sábado, julio 06, 2013

75. Uno y Trino


Fecha: 01 de julio de 2013             


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TEMAS: Cultura, Fe.
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RESUMEN: 1. No deberíamos estar tan preocupados por saber qué es Dios y, por el contrario, deberíamos intentar conocer cómo es Dios y cómo se manifiesta por medio de la Revelación.
2. La Trinidad es el misterio central de la fe cristiana. Todos los cristianos nos iniciamos en la vida de la gracia en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en el sacramento del Bautismo.
3. Jesús llamaba a su Padre «abbá», papá, con el  apelativo cariñoso del término arameo en que los niños se dirigen a su propio padre.
4. El hombre racional no es capaz de entender qué es Dios, por el contrario, sí podemos entender que pretender definir a Dios es indiferente para el corazón del hombre.

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1. Misterio
Dios es un misterio y la inteligencia humana es incapaz de entenderlo. Si se tratara de un asunto de capacidad podríamos decir que el misterio de Dios no «cabe» en la inteligencia del hombre.
Por esto no deberíamos estar tan preocupados por saber qué es Dios y, por el contrario, deberíamos intentar conocer cómo es Dios y cómo se manifiesta por medio de la Revelación.
Es evidente que Dios es Creador, Juez, Legislador, el Bien, la Belleza y la Verdad. Pero todo eso son atributos y cualidades de Dios que no le definen. Si tuviéramos que definir a Dios en una sola palabra ninguna de las anteriores nos serviría. Dios es el Creador de todo lo visible y lo invisible, pero no es un creador lejano, ausente, ajeno a las cosas de los hombres y al transcurrir de la historia.
Dios, por medio de Jesucristo se ha revelado y nos ha comunicado que es Trinidad: tres personas distintas y un solo Dios verdadero. No son tres dioses, sino que solo existe un solo Dios. Pero no son la misma persona, puesto que la persona del Padre no se confunde con la del Hijo ni con la del Espíritu Santo.

2. La Trinidad
La Trinidad es el misterio central de la fe cristiana. Todos los cristianos nos iniciamos en la vida de la gracia en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo en el sacramento del Bautismo y siempre que hacemos la señal de la cruz nos santiguamos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Por la misma razón damos gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo reparando en cada una de la “íes”  cada una de las Personas de la Trinidad.
Que Dios es Trinidad lo sabemos por Revelación divina, no por ciencia humana. Y si lo sabemos es que así es y para nuestro bien. Sin embargo, sigue siendo un misterio para el hombre que no puede entender. Decía san Agustín «si lo has entendido, no es Dios». Parece que Dios juega con los hombres a una adivinanza imposible.

3. Padre, Hijo y Espíritu Santo
En primer lugar, Dios es Padre, es el Creador no creado del cielo y de la tierra, de lo visible y lo invisible. Es el principio y el fin, el alfa y el omega, es todo lo que debemos adorar. Pero Dios, además, se revela como Padre, como un padre cariñoso que busca y quiere a sus hijos. Jesús llamaba a su Padre «abbá», papá, con el  apelativo cariñoso del término arameo en que los niños se dirigen a su propio padre.
Dios Padre es el padre de la parábola del hijo pródigo que sale a buscar y a esperar al hijo, el que va a buscar la oveja perdida, el que compra el campo para buscar el tesoro. A ese padre cariñoso y familiar es al que podemos dirigirnos como hijos necesitados y pedirle su ayuda y amparo. No debemos tener miedo a un padre cariñoso.
El Hijo ha sido engendrado por el Padre, no creado sino engendrado por el Padre, y por eso es de la misma naturaleza del Padre y es Dios. El Padre engendra al Hijo en la eternidad, en cada momento, fuera de la historia y del tiempo, no existe un antes ni un después, sino un eternamente engendrado.
El Padre que es la Sabiduría conoce todo con perfección absoluta y se conoce a Sí mismo de manera perfecta. De tal manera que ese conocimiento perfecto de Sí mismo engendra al Hijo que es la Palabra y la Razón de Dios. Se podría intentar explicar diciendo que el Padre tiene una imagen de Sí mismo que es tan perfecta y tan fiel que no es una imagen sino una realidad y que es otra Persona distinta del Padre pero que no puede ser menos que el Padre y es también Dios, aunque no puede ser otro Dios porque habría dos dioses y el Dios absoluto no puede ser más que uno. Luego la imagen que el Padre tiene de Sí mismo es Dios Hijo, que también es Dios pero es la persona del Hijo.
El Hijo se ha encarnado, se ha hecho un hombre como nosotros para redimirnos de la esclavitud del pecado y por amor se ha dejado clavar en la cruz para ganarnos la vida eterna. Jesús es el Salvador, pero no un salvador cualquiera de entre varios posibles, sino el Salvador necesario. Fuera de Cristo no hay salvación, fuera de las palabras de Cristo —el Evangelio—, no hay salvación. Y además, Cristo es nuestro modelo es el modelo a quien imitar en la vida para alcanzar la vida eterna.
El Espíritu Santo no ha sido creado, ni tampoco ha sido engendrado, sino que procede del Padre y del Hijo. El Padre y el Hijo se aman eternamente y el acto de voluntad de querer tan perfecto produce en el que quiere una nueva realidad que es el Espíritu Santo.
La relación de amor entre el Padre y el Hijo tiene como fruto la procedencia del Espíritu Santo. Es el Amor, el Consolador de los cristianos, el Santificador que con sus dones nos alcanza la vida eterna con Dios, es el Señor y dador de vida que habló por los profetas.
Es llamado Espíritu por analogía con el soplo vital que nos anima y nos marca el ritmo de nuestras emociones. Es el don por excelencia porque lo propio de Dios es darse. La voluntad tiende hacia lo que fue el principio del conocimiento. Dios Padre pensando en Sí mismo concibe el Verbo y partiendo del Verbo ama todas las cosas en Sí mismo.

El hombre racional no es capaz de entender qué es Dios, por el contrario, sí podemos entender que pretender definir a Dios es indiferente para el corazón del hombre. Lo que el mismo Dios quiere cuando nos revela el misterio trinitario es mostrarnos la esencia divina para dar verdadero sentido a nuestras vidas. Y si tuviéramos que resumir a Dios en una sola palabra en justicia solo podríamos decir que Dios es Amor. ■


Felipe Pou Ampuero

Bibliografía
1.      Catecismo de la Iglesia Católica, 232-267.
2.      Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 44-49.
3.      Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, Roma 11 de octubre de 2011.
4.      San Josemaría, Homilía Humildad, en Amigos de Dios, 104-109.
5.      J. Ratzinger, El Dios de los cristianos. Meditaciones, Ed. Sígueme, Salamanca 2005.
6.      Resúmenes de fe cristiana,  Tema 5: La Santísima Trinidad, www.opusdei.org

domingo, junio 16, 2013

74. Globalización


Fecha: 01 de enero de 2013                       


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TEMAS: Cultura, Globalización.
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RESUMEN: 1. Globalización puede ser definida como un proceso económico, tecnológico, social y cultural a gran escala, que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los distintos países del mundo que unifican sus mercados, sociedades y culturas, a través de una serie de transformaciones sociales, económicas y políticas que les dan un carácter global.
2. A la abundancia de datos y la inmediatez de los mismos se enfrenta la idea sosegada, meditada y asimilada, hecha propia, personalizada por medio del conocimiento.
3. La realidad es la verdad de las cosas y también del mismo hombre que dice que la verdad del hombre es su valor único e insustituible: su dignidad.
4. La característica fundamental del humanismo cívico debe ser anteponer el valor de la verdad a cualquier interés práctico o coyuntural. Ninguna estrategia puede justificar el sacrificio deliberado de la verdad.


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1. Mercado global
Alejandro Llano citando a santo Tomás de Aquino dice que «dos cosas hay que corrompen la justicia: la falsa prudencia del sabio y la violencia del poderoso».
Los que se dedican a las encuestas y estadísticas nos recuerdan que el 65% de las personas que habita la Tierra no ha realizado nunca una llamada telefónica. También nos dicen que en la isla de Manhattan  hay más conexiones electrónicas que en toda África.
La globalización puede ser definida como un proceso económico, tecnológico, social y cultural a gran escala, que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los distintos países del mundo que unifican sus mercados, sociedades y culturas, a través de una serie de transformaciones sociales, económicas y políticas que les dan un carácter global.  Pero la realidad es que hoy por hoy, la globalización mundial es un gran zoco donde los que dominan el mundo pueden vender más caro y comprar más barato, sobre todo, porque se rige por las leyes económicas y no por las leyes morales.
Convendría reparar en que las relaciones electrónicas que son la base técnica de la globalización tienen una índole fundamentalmente técnica, mientras que las relaciones familiares son básicamente humanas. La cuestión central es que el hombre sigue siendo hombre y no se ha convertido en una máquina que encaja en un engranaje global.
Así sucede que el hombre global tiene medios técnicos que le permiten recibir abundante información en tiempo real, pero en muchas ocasiones carece del criterio y la formación necesaria para poder entender y asimilar la ingente información recibida: «información mucha, pero conocimiento poco».

2. Conocer o saber
Porque tener información no es lo mismo que estar informado. Para estar informado es necesario conocer la información recibida. El conocimiento es una actividad humana que hace referencia al saber, al entendimiento y la inteligencia que son actividades netamente humanas que precisan de tiempo, reflexión y estudio. Y aquí reside la mayor dificultad. La reflexión exige tiempo, lentitud, sosiego, tranquilidad, distancia y perspectiva.
A la abundancia de datos y la inmediatez de los mismos se enfrenta la idea sosegada, meditada y asimilada, hecha propia, personalizada por medio del conocimiento. Y esto es algo que la globalización no permite, no quiere y hasta casi hace suponer que es precisamente a lo que se opone. Globalización y pensamiento parece que se excluyen.
Sin embargo, el hombre debe empeñarse en ser precisamente hombre y eso significa tanto como volver a pensar, hacerse preguntas y aprender a responderlas. En una palabra, saber qué hay detrás de toda la información que le llega a toda velocidad. Y aquí aparece un problema: el hombre no nace enseñado, sino que la propia vida es aprendizaje hasta poder decir que «para saber hay que llegar a saber».
Conocimiento y sabiduría que excede de la mera información, de la acumulación de datos, de la inmediatez de la noticia, para llegar hasta la fecundidad, a la profundidad y con ellas a las raíces y el sentido de todo.

3. De la eficacia a la dignidad
Uno de los principios de la Ilustración es la racionalización del mundo y de la sociedad por medio de la ciencia y la tecnología, del progreso histórico y la democracia liberal como la solución a todos los problemas políticos y sociales.
Sin embargo, la toma de conciencia de la crisis de la modernidad viene dada por la comprobación histórica de que ninguna de sus aspiraciones racionalistas se ha cumplido: el hombre no ha sido más feliz bajo los postulados racionalistas. Al final, se comprende que la realidad no es lo que nosotros comprendemos con nuestro entendimiento, sino que solamente podemos ver lo que es real.
La realidad es la verdad de las cosas, de la naturaleza entera y también del mismo hombre y la realidad nos dice que la verdad del hombre es su valor único e insustituible: su dignidad. La dignidad humana hace referencia necesariamente a su valor ético por encima de parámetros económicos, mercantiles o de intercambio. El hombre no vale mucho ni poco, el hombre «es». Y este reconocimiento ético del hombre nos lleva a entender que debemos aprender a distinguir entre lo que parece bueno y lo que es bueno; lo que apetece y lo que conviene; lo que distrae y lo que enriquece. Y esto se aprende, no se lleva en el “adn” de origen, sino que se debe adquirir.

4. Ante todo el hombre
El eje decisivo ahora es el hombre: lo humano o no-humano. Lo que importa es el desarrollo de la persona en toda su amplitud ética, cultural, social, técnica y científica. Y lo no-humano que se opone al hombre es la masificación, la cosificación del hombre considerado como mercancía, como elemento de producción, como material sustituible y reciclable.
Y es que debemos recordar la vieja enseñanza de la metafísica: aunque nosotros no lo seamos, la realidad es siempre fiel a sí misma. Y lo más interesante de esta globalización en la que vivimos y estamos inmersos es que lo humano —la calidad ética y cultural— se pondrá de manifiesto cada vez de manera más clara gracias a la transparencia que aportan las nuevas tecnologías.
En esta sociedad global donde importa el conocimiento más que la información el valor por antonomasia debería ser la verdad. Por esto mismo, resulta más llamativo aún cómo se ha trivializado la verdad en la sociedad tecnológica y global. La característica fundamental del humanismo cívico debe ser anteponer el valor de la verdad a cualquier conveniencia práctica o coyuntural. Ninguna estrategia puede justificar el sacrificio deliberado de la verdad.
Cuando una sociedad sacrifica la verdad se convierte en una sociedad que busca otros fines distintos. Sin el referente de la verdad, sin la medida de los valores que la buscan y la hacen presente entre los hombres, la convivencia social se convierte en un totalitarismo más o menos visible que sólo atiende a fines de poder a costa del sacrificio del hombre. De este totalitarismo práctico no está exenta la sociedad global del mercado único de compras y ventas.


Felipe Pou Ampuero

Bibliografía
1.      Alejandro Llano Cifuentes, Globalización y cultura, en su libro Cultura y pasión, Eunsa, Pamplona, 2007.
2.      Card. Bertone, respuesta en nombre de Benedicto XVI, al primer ministro británico Gordon Brown, 18 junio 2008.
3.       Juan Pablo IIMensaje a los empresarios, 3 marzo 2004.
4.      Rafael Domingo, Nuevos principios para un nuevo orden mundial, ABC, 2 de mayo de 2006.
5.      Benedicto XVI, Los tres desafíos del mundo globalizado, carta a Mary Ann Glendon, Vaticano 28 abril 2007.
6.       Alejandro Navas, La generación Ipad, La Razón.

domingo, junio 09, 2013

73. Año de la fe


01 de junio de 2013               


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TEMAS: Fe, Cultura.
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RESUMEN: 1. Las certezas racionales —las verdades— que se admiten sin ninguna reserva en la actualidad solamente son aquellas que derivan del conocimiento científico y tecnológico.
2. Ante esta mentalidad, la fe —la existencia de Dios y de Jesucristo como el único Salvador del hombre— queda en entredicho o cuando menos en la duda racional de las afirmaciones genéricas no comprobadas racionalmente.
3. En nuestra sociedad todavía perviven tradiciones religiosas y celebraciones sociales de carácter religioso, pero la cultura actual no está fundada en la fe en Cristo.
4. Para el cristiano no bastan las tradiciones y fiestas religiosas, sino que la fe supone una verdadera conversión del corazón y la adhesión de amor y obediencia a Jesucristo muerto y resucitado.
5. Así las cosas, la mayoría, vive, de hecho, en un ateísmo práctico que puede coexistir con algunas prácticas religiosas, pero que termina imponiéndose y ahogando la fe y la vida cristiana de la mayoría de los que se confiesan creyentes.
6. Para vivir como si Dios existiera hay que creer que Dios vive realmente. Y esto supone creer en la Palabra de Dios revelada por Jesucristo. El creyente tiene que estar convencido que Jesús es el Salvador del hombre.
7. En el Año de la Fe se nos pide un cambio de mentalidad y un cambio de actitud, un cambio en la manera de ser y de vivir nuestra fe y nuestro misterio.


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1. La fe en la sociedad actual
La fe en el mundo actual se encuentra sometida a una serie de interrogantes que tienen su origen en el cambio de mentalidad sufrido como consecuencia del triunfo de la revolución cultura. Si tuviéramos que reducir las causas de este cambio de mentalidad a una sola, en mi opinión, deberíamos concluir que el hombre actual ha renunciado al modo de conocer propio de la fe.
Las certezas racionales —las verdades— que se admiten sin ninguna reserva en la actualidad solamente son aquellas que derivan del conocimiento científico y tecnológico, es decir, las que provienen de una manera de conocer experimental que todo lo basa y lo confía en la comprobación física y científica de los experimentos.
Ante esta mentalidad, la fe —la existencia de Dios y de Jesucristo como el único Salvador del hombre— queda en entredicho o cuando menos en la duda racional de las afirmaciones genéricas no comprobadas racionalmente.
Ante esta situación, Benedicto XVI dirigió a todos los católicos una Carta Apostólica en forma de “Motu propio” titulada «La Puerta de la Fe» y fechada en Roma el día 11 de octubre de 2011, por la cual estableció la celebración de un Año de la Fe que terminará este próximo 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.
Esta Carta es una llamada de atención a todos los creyentes para recordar que la vida de comunión con Dios no es consecuencia de una convicción racional humana, sino que es un don que se recibe de Dios y se acoge en el corazón de cada uno de los hombres transformando por entero la propia vida. Así, la fe no es —no puede ser— algo anecdótico, superficial, intranscendente, sino que la fe debe ser, y es, el hecho central de nuestra vida: creo en Dios.
Si salimos a la calle de paseo nos encontramos con un mundo en el que la cultura, la prensa, las conversaciones, la economía, la política, en suma, eso que denominaríamos la «gente» no vive como si Dios existiera. Dios no es la referencia del mundo actual. La ley de Dios no es la suprema ley que inspira cualquier otra ley humana, ni su trasgresión se tiene por peligrosa o prohibida.
Con cierta tristeza, pero con sentido de la realidad, podríamos decir que en la sociedad actual la mayoría de los bautizados no viven la fe:
— De 100 niños que nacen, 80 reciben el bautismo, 60 la comunión, 20 la confirmación y sólo 5 viven como cristianos.
— De cada 100 parejas, 30 son de hecho, 35 son matrimonios civiles y 35 son sacramentales.
— De cada 100 familias, 40 llevan a sus hijos a colegios católicos, pero sólo 15 lo hacen por razones religiosas.
En nuestra sociedad todavía perviven tradiciones religiosas y celebraciones sociales de carácter religioso, pero la cultura actual no está fundada en la fe en Cristo. Para el cristiano no bastan las tradiciones y fiestas religiosas, sino que la fe supone una verdadera conversión del corazón y la adhesión de amor y obediencia a Jesucristo muerto y resucitado.
La fe cristiana está dejando de ser patrimonio general de la sociedad, elemento central de la cultura influyente. Lo culturalmente válido es la abstención, la omisión de lo religioso, el desconocimiento de lo sagrado, la pura dimensión material y sociológica de la vida.
El hombre se considera como el resultado fortuito de una evolución ciega, que nadie explica, en virtud de la cual ha tenido la suerte de alcanzar la autoconciencia y la libertad. Una libertad, por tanto, indeterminada, sin normas ni fines de ninguna clase, por tanto, la propia naturaleza humana no tiene por qué ser vinculante para ninguno de nosotros.
Así las cosas, la mayoría, vive, de hecho, en un ateísmo práctico que puede coexistir con algunas prácticas religiosas, pero que termina imponiéndose y ahogando la fe y la vida cristiana de la mayoría de los que se confiesan creyentes.
Y ante esta situación ¿qué nos propone la Iglesia por medio de la Carta Apostólica de Benedicto XVI?, pues nos propone fundamentalmente dos cosas:
— Primero ayudar a creer a todos los hombres, creyentes y no creyentes.
— Segundo,  “redescubrir” la fe.
Esto supone que la idea de la fe que estamos acostumbrados a manejar y a entender es una idea imperfecta y, en parte, errónea. Porque la fe no es tanto creer en Dios y que Dios existe, que desde luego así es, sino sobre todo la fe consiste en una conversión radical de la persona que vive como que Dios es el centro y la raíz de su vida y de su existencia, que da sentido a su vida que se centra en el amor a Dios sobre todas las cosas y el deseo de vida eterna con Cristo.

2. Una manera de entender la vida
Pero la fe no queda reducida a una fórmula verbal, una recitación, unos textos, ni siquiera unas formalidades u horarios semanales, sino que la fe que transforma la vida significa que el creyente, porque sabe que Dios es su Padre, vive abandonado en su Señor. La fe no renuncia al hombre, ni a su cuerpo, ni a sus potencias, ni menos aún a su inteligencia, pero la fe se apropia del corazón del hombre y si no es así la fe no convierte al hombre en creyente.
Tener fe no solo supone conocer una lista de preceptos. La fe es un acto de voluntad y supone un acto de amor y de entrega de la propia vida a la voluntad de Dios. También hoy es necesario renovar la fe personal y descubrir la alegría de creer. La Iglesia y la sociedad esperan de los creyentes que seamos ejemplos creíbles de personas que tienen fe, que nuestra fe sea concreta, real, material,  hecha de cosas y sucesos cotidianos. Sobran los textos y las frases y faltan modelos hechos realidad.
Porque la fe es un don de Dios, pero ese don necesita ser acogido en el corazón del hombre para hacerlo vida propia. La vida del creyente debe ser un desbordamiento de la fe interior. Por esto, la fe nunca puede ser un hecho privado, íntimo, casi secreto del interior de un cristiano, sino que la fe tiene que ser algo manifiesto, público y hasta notorio. ¡Se tiene que notar que soy creyente! Si no es así, si vivo, digo y hago como si no fuera creyente no será mucha la fe que tengo.

3. Algo tiene que cambiar
Para vivir como si Dios existiera hay que creer que Dios vive realmente. Y esto supone creer en la Palabra de Dios revelada por Jesucristo. El creyente tiene que estar convencido que Jesús es el Salvador del hombre. La felicidad del hombre, de la sociedad y del mundo no es el progreso, ni la ciencia, ni la tecnología, ni la economía de escala ni nada de todo eso, siendo todo eso muy importante y nada despreciable. Pero la felicidad del hombre no se encuentra ahí. Solo Jesús es el Salvador necesario con una exclusividad absoluta y total porque tiene «palabras de vida eterna» y porque es «el camino, la verdad y la vida».
El centro del mensaje de la Iglesia y de la fe no es el hombre. La Iglesia  ha sido instituida para salvar al hombre, pero el centro de la Iglesia es Dios. Y el mensaje de la fe es que Jesús salva. La palabra de Jesús, su Evangelio, explica el sentido de la vida y del hombre. El que quiera salvarse y dar sentido a su vida debe vivir conforme al Evangelio y no de otra manera.
También muchas personas que no tienen el don de la fe buscan el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico “preámbulo” de la fe porque conduce a las personas al misterio de Dios. La misma razón humana tiene inscrita la exigencia de que la vida y el hombre es permanente y tiene un valor por encima de todo lo demás que existe.
En el Año de la Fe se nos pide un cambio de mentalidad y un cambio de actitud, un cambio en la manera de ser y de vivir nuestra fe y nuestro misterio. Para que esto suceda es necesario lo siguiente:
«1) Tenemos que convertirnos, ponernos enteramente en manos del Señor para ser sus enviados. Cambiar en nuestra manera de pensar, de sentir, de razonar.
2) Cambiar nuestra visión de la Iglesia y del mundo. La Iglesia ha sido fundada por Cristo para anunciar el Evangelio y el anuncio es para todo el mundo, no sólo para los que ya son creyentes, también para los incrédulos, los desinteresados, los apartados.
3) Aprender mejor nuestra fe, estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica.
4) Ser testigos de Cristo, vivir la fe como testimonio en público y con sinceridad, sin miedos ni vergüenzas» (Mons. Fernando Sebastián, Anunciar la fe…). ■


Felipe Pou Ampuero

Bibliografía
1.      Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, Ciudad del Vaticano, 11 de octubre de 2011.
2.      Mons. Javier Echevarría, Carta pastoral con ocasión del Año de la Fe, Roma 29 de septiembre de 2012.
3.      Mons. Fernando Sebastián, Anunciar la fe en la sociedad actual,  conferencia pronunciada en el Encuentro de sacerdotes de Iranzu (Navarra), agosto 2012, publicada en La Verdad, nº 3896, p. 22 y ss.

jueves, noviembre 01, 2012

72. Occidente


TEMAS: Europa, Razón, Verdad, Fe.
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RESUMEN: 1.Europa y la cultura occidental no es propiamente un territorio físico. Europa, ciertamente, es una manera de entender la vida.
            2. Occidente es el resultado de tres factores fundamentales: la fe cristiana en un Dios que es Amor; la sabiduría griega que no ha renunciado a buscar la verdad; y el derecho romano que se niega a convertirse en un instrumento del poder y se afana en buscar la justicia.
            3. Los europeos en la actualidad adoramos a ídolos pequeños que nos hemos fabricado a nuestra medida y comodidad; no admitimos una ciencia que busque la verdad y se atreva a trascender el propio conocimiento humano aceptando el misterio; y hemos instrumentalizado el derecho al servicio del poder y de los gobernantes.


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En el mes de abril del año 2005, poco antes de que tuviera lugar el acontecimiento que cambiaría toda su vida, el cardenal Joseph Ratzinger se preguntaba durante su conferencia pronunciada en Subiaco qué es Europa. ¿Es un territorio, es un lugar, tiene fronteras delimitadas…? Porque realmente Europa y la cultura occidental que disfrutamos los europeos no es propiamente un territorio físico. Europa, ciertamente, es una manera de entender la vida.
El occidente reconocido para todos en la cultura europea es el resultado de la conjunción de tres factores fundamentales. En primer lugar, es la fe cristiana que cree en un Dios que se manifiesta como Dios verdadero, único y creador. Un Dios que no ha abandonado al mundo y al hombre sino que vive cercano a él como un padre que cuida de sus hijos. No es un dios lejano y olvidadizo, tampoco un dios vengativo y luchador, sino que es un Dios que ama, que ama tanto que en su hijo Jesucristo se he hecho uno de los hombres para liberarnos de todas las limitaciones y defectos. Un Dios que es Amor.
En segundo lugar, occidente es la sabiduría griega que no ha renunciado a buscar la verdad, que la sigue buscando en la filosofía y en las artes abiertas a la trascendencia del ser y que, por buscar la verdad del hombre, no se conforma con pequeñas certezas científicas que tranquilizan los sentidos pero no acaban de explicar el sentido de la vida. La búsqueda de la verdad implica la humildad de quien reconoce que es un ser pequeño ante las realidades que le rodean y que pretende dominar pero que, en cualquier caso, siempre le exceden y sobrepasan.
Y en tercer lugar,  es la conjunción del Derecho romano que se niega a convertirse en un instrumento del poder y se afana en buscar la justicia en las relaciones entre los ciudadanos para cumplir el primer precepto de la justicia: dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde. Por tanto, dar al hombre, a cada hombre lo que su dignidad exige y en las relaciones patrimoniales no doblegarse al poderoso.
Sobre estos tres principios se ha construido la cultura occidental y se entiende la vida y el hombre a la manera que lo entienden los occidentales. Es lo que se ha dado en llamar las raíces cristianas de Europa. Las raíces que han hecho posible el desarrollo de los pueblos, el cultivo del bien común, la extensión del saber y de las ciencias, el progreso científico y económico, porque no se ha conformado con seguridades parciales, sino que siempre ha querido ir más allá.
Hoy día, los europeos hemos olvidado esas raíces que nos definen y hemos sucumbido en las sombras de los tres principios antes enunciados. Adoramos a ídolos pequeños que nos hemos fabricado a nuestra medida y comodidad, renunciando a las leyes naturales dictadas por el Dios verdadero. Tampoco admitimos una ciencia que busque la verdad y se atreva a trascender el propio conocimiento humano aceptando el misterio y lo desconocido como la última causa de lo que somos. Y, por fin, hemos instrumentalizado el derecho al servicio del poder y de los gobernantes pretendiendo definir la justicia por los pequeños parlamentos que se exceden en sus atribuciones de origen.
Europa no es la causa de la civilización occidental. Más bien, es la consecuencia del respeto de la religión, la ciencia y el derecho rectamente entendidos. Europa no es una sorpresa, ni un resultado del azar o del capricho del destino. Tiene unas causas que nos urge recuperar.
Todavía hoy, al cabo de treinta años, resuenan en nuestros oídos las palabras del beato Juan Pablo II en el aeropuerto de Lavacolla cuando despertó a la vieja Europa con palabras sencillas y profundas. "Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes".


Felipe Pou Ampuero

Bibliografía
1.      Card. Joseph Ratzinger, Europa en la crisis de las culturas, conferencia pronunciada en Subiaco el 1 de abril de 2005, en el monasterio de Santa Escolástica, al recibir el premio «San Benito por la promoción de la vida y de la familia en Europa». El 19 de abril fue elegido Papa.
2.      Benedicto XVI, Discurso ante el Bundestag, el 22 de septiembre de 2011, ante los miembros del Parlamento Federal Alemán y las autoridades máximas del Estado, en el Aula del Bundestag en su viaje apostolico a Alemania.

sábado, junio 16, 2012

71. Certeza o verdad



TEMAS: Verdad, Razón, Fe.
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RESUMEN: 1. El corazón del hombre alberga un deseo natural e innato de conocer la verdad.
2. La filosofía es la «ciencia» que por excelencia busca la verdad y formula el sentido de la vida del hombre.
3. El conocimiento de la fe no es un conocimiento humano y, por tanto, no es un conocimiento filosófico.
4. Por medio de la fe, Dios ha comunicado a los hombres una verdad sobre el mismo hombre y sobre el sentido de su vida. Y esta verdad que conocemos por la Revelación no es la consecuencia o la maduración de un proceso de razonamiento que en último extremo sería un proceso humano.
5. El deseo de buscar la verdad mueve al corazón y a la razón humana a querer ir siempre más allá de los conocimientos actuales hasta llegar a los límites de la propia capacidad humana y abrirse a la trascendencia.

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SUMARIO: 1. Dos alas.- 2. Desde el siglo XIX.- 3. La fe y la razón.- 4. La verdad es una.

1. Dos alas
«La fe y la razón (Fides et Ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad»[1]. Con estas palabras comienza la encíclica filosófica que tantos comentarios ha dado lugar. Se pone en tela de juicio la legitimidad de la Iglesia para opinar sobre las cuestiones temporales y se pretende relegarla a las cuestiones que son ajenas a las cosas de este mundo y propias de una vida retirada, extraña al cotidiano pasar de los hombres.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La Iglesia tiene derecho a estar en el mundo porque forma parte del mundo. Pero, sobre todo, la Iglesia tiene una misión que es ayudar al hombre —y con el hombre al mundo que es la reunión de todos los hombres— a realizarse plenamente y alcanzar la felicidad.
Y una cosa es clara: el corazón del hombre alberga un deseo natural e innato de conocer la verdad. Podemos mirar para otro lado y hacer como que no nos interesa, como que estamos ocupados en las cosas importantes de la vida. Pero, aparte de poses y actitudes, lo que de verdad nos interesa es conocer la verdad. La verdad de la vida, la verdad de las relaciones y, sobre todo, nuestra verdad: la verdad del hombre.
En este deseo natural de conocer la verdad —verdad es la adecuación del intelecto a la realidad, decía santo Tomás de Aquino— el hombre se ayuda de las ciencias, de las letras y, sobre todo, de la filosofía que es la «ciencia» que por excelencia busca la verdad y formula el sentido de la vida del hombre. Esto ha sido así desde los primeros filósofos y sigue siendo así hasta los filósofos actuales.

2. Desde el siglo XIX
            Desde el siglo XIX, que ya va para viejo, las luces de la razón consideraron que cualquier conocimiento humano que no sea fruto y consecuencia de las capacidades de la razón no es digno de ser reconocido como conocimiento verdadero. En consecuencia con la anterior afirmación, el racionalismo considera que el conocimiento que proporciona la fe no es un conocimiento, sino una creencia, una convicción y, en algunos supuestos, hasta una superstición.
            Una cosa sí que es verdad. El conocimiento de la fe no es un conocimiento humano y, por tanto, no es un conocimiento filosófico. Pero es que tampoco lo pretende. Una cosa es la fe y otra la filosofía. Pero esta distinción no significa que la fe no pueda proporcionar conocimientos al hombre, que sí que puede y, menos aún, que el único medio de conocimiento del hombre sea el filosófico, que no lo es.
            Por medio de la fe, Dios ha comunicado a los hombres una verdad sobre el mismo hombre y sobre el sentido de su vida. Y esta verdad que conocemos por la Revelación no es la consecuencia o la maduración de un proceso de razonamiento que en último extremo sería un proceso humano. La verdad revelada no es filosófica ni tampoco es humana sino que se encuentra situada en otro nivel de conocimiento.
            Contra ese racionalismo decimonónico se revela el corazón del hombre que sigue buscando la verdad y no se conforma con verdades parciales, con simples razonamientos filosóficos más o menos coherentes. El hombre no se conforma con simples certezas para conocer el sentido de su vida y su propio sentido, sino que quiere conocer la verdad completa y total y esto nos lleva sin remedio al conocimiento de la Verdad absoluta —con mayúsculas— que la filosofía por sí sola no es capaz de conocer.

3. La fe y la razón
            El deseo de buscar la verdad mueve al corazón y a la razón humana a querer ir siempre más allá de los conocimientos actuales hasta llegar a los límites de la propia capacidad humana y abrirse a la trascendencia. La razón tiene límites, como todo lo humano tiene límites, pero las limitaciones naturales no  significan que tanto la razón, como la fe, no procedan de Dios cuando Él es el creador, la fuente y origen de todo. La fe y la razón no pueden contradecirse si son verdaderas.
            Quizá la cuestión central es dónde situamos la razón humana: en el centro de la existencia del hombre o al servicio de la existencia del hombre. Si está en el centro se erige como fuente exclusiva del conocimiento y de la realidad de tal manera que llegaría a afirmarse que la realidad es aquello que la razón puede conocer y comprender, de manera que lo no conocido por la razón quedaría fuera de la realidad.
            Por el contrario, si la razón está al servicio de la existencia del hombre será un instrumento útil y eficaz que le ayude a responder a las interrogantes que se realiza desde su nacimiento: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿después de esta vida qué hay?
            Al hablar de realidad no solamente estamos hablando de las cosas que se tocan y se ven como las farolas de la calle, sino de la realidad de las cosas que existen pero no se tocan y no se ven, por ejemplo, la amistad, la belleza, el bien, la vida, la muerte, etc. Todo aquello que no queda amparado por la razón queda abandonado y considerado inexistente o, en el mejor de los casos, inalcanzable para el hombre. De esta manera, la razón queda reducida a algo instrumental que sirve para solucionar los problemas de cada día y las cuestiones prácticas, pero que no se pregunta por la verdadera realidad.
            ¿Y la fe, dónde queda la fe? Pues al renunciar la razón a la trascendencia la fe queda fuera de la razón, entendida como algo irracional, absurdo y subjetivo que si sirve para algo es para calmar los sentimientos de cada persona, como una experiencia personal y una vivencia que nada aporta a la verdad de la vida y a la verdad del hombre. La fe es algo que pertenece a la fantasía interior de cada hombre.

4. La verdad es una
            Antes que nada se debe considerar que la verdad es siempre una, aunque sus expresiones lleven la impronta de la historia de cada época. La verdad de una determinada época no se opone —no puede oponerse— a la verdad de otra época puesto que dejaría de ser verdadera. No existe una verdad histórica, sino que la verdad permanece en la historia.
            La verdad no es coyuntural y conveniente para una época. La historia concreta de los pueblos manifiesta la verdad conforme a su cultura pero esto no  significa que altere la verdad. La verdad no puede ser el resultado de un consenso o de una conveniencia histórica, sino que cada momento de la historia debe buscar la verdad y responder a los interrogantes del hombre. La verdad es inmutable y no puede ser limitada por el tiempo y la cultura; se conoce en la historia, pero supera la historia misma[2].
            Por la experiencia personal que tiene cada hombre puede afirmar que la realidad que conoce y le rodea no ha sido increada ni tampoco se ha autoengendrado a sí misma. Esto significa que la vida humana y el mundo tienen un origen y un sentido que se realiza en la trascendencia. Si se niega el sentido trascendente de la vida la razón renuncia a buscar la verdad última del hombre y del sentido de la vida y queda encerrada en sí misma degradada a funciones instrumentales.
            Para que esto no suceda el hombre debe convencerse que es capaz de conocer la verdad aunque esté sometido a las limitaciones propias de la naturaleza humana. Pero creer en la posibilidad de conocer la verdad no es en modo alguno fuente de intolerancia, al contrario, es condición necesaria para un diálogo entre las personas que buscan la verdad y se adhieren a ella.
            [el Papa] Seguramente no debe tratar de imponer a otros de modo autoritario la fe, que sólo puede ser donada en libertad. Más allá de su ministerio de Pastor en la Iglesia, y de acuerdo con la naturaleza intrínseca de este ministerio pastoral, tiene la misión de mantener despierta la sensibilidad por la verdad; invitar una y otra vez a la razón a buscar la verdad, a buscar el bien, a buscar a Dios; y, en este camino, estimularla a descubrir las útiles luces que han surgido a lo largo de la historia de la fe cristiana y a percibir así a Jesucristo como la Luz que ilumina la historia y ayuda a encontrar el camino hacia el futuro[3]. ■
  

Felipe Pou Ampuero



[1] Juan Pablo II, Enc. Fe y Razón, Ciudad del Vaticano, 14 de septiembre de 1998, n.1.
[2] Juan Pablo II, Enc. Fe y Razón, Ciudad del Vaticano, 14 de septiembre de 1998, n.92.
[3] Texto de la conferencia que el Papa Benedicto XVI iba a pronunciar durante su visita a la "Sapienza”, Universidad de Roma, el jueves 17 de enero de 2008. Visita cancelada el 15 de enero.

sábado, mayo 05, 2012

70. Mujeres del siglo XXI



Fecha: 01 de mayo de 2012           

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TEMAS: Mujer, feminismo, género.
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RESUMEN: 1. La sociedad, la cultura, no siempre ha sabido comprender la importancia y la necesidad que tenemos de la existencia de la mujer. Desgraciadamente, en muchas ocasiones, tampoco las propias mujeres han sabido comprender su condición femenina.
          2. Es evidente que todos nacemos con un cuerpo y una sexualidad concreta. Y si no somos capaces de aceptarnos tal y como somos es claro que tendremos un gran problema en nuestra vida porque seremos unas personas profundamente desgraciadas.
           3. La igualdad de la mujer no consiste tanto en que se libere a la mujer de los roles que tradicionalmente ha desempeñado, sino que consiste más bien en luchar para que esos roles sean reconocidos y tengan la misma dignidad y valor que otros roles que tradicionalmente se han atribuido a los varones.
4. Las madres nos recuerdan que sería monstruoso un mundo que se burlara del alma humana, que no tuviera capacidad de fijarse y pararse un momento en cada una de las personas que lo componen, en tantos pequeños detalles insignificantes pero que hacen la vida más digna y humana.
5. En efecto, es la madre la que pone los cimientos de una nueva personalidad humana con sus cuidados en los primeros años, con sus primeras muestras de cariño, con su conversación llena de comprensión, con su actitud acogedora y hospitalaria.

  
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SUMARIO: 1. Un nuevo feminismo.- 2. Mujeres.- 3. Madres.

1. Un nuevo feminismo
Qué sería de un mundo sin mujeres donde solamente vivieran varones. Sería un mundo aburrido, además de desordenado… Pero qué sería de un mundo sin varones, donde solamente habitaran mujeres. Además de ser un mundo sin futuro porque no nacerían niños, sería un mundo sin interés.
La mujer es un verdadero regalo para el hombre, quiero decir, que es un verdadero regalo para toda la humanidad. La mujer es mujer y esta condición femenina forma parte esencial de su persona, no es un simple accidente añadido, como quien ha nacido en una determinada ciudad.
La sociedad, la cultura, no siempre ha sabido comprender la importancia y la necesidad que tenemos de la existencia de la mujer. Desgraciadamente, en muchas ocasiones, tampoco las propias mujeres han sabido comprender su condición femenina.


Si echamos la mirada atrás podemos comprobar que el movimiento feminista ha cambiado profundamente nuestras vidas. Podríamos empezar por fijarnos en los comienzos de la Revolución Francesa. Algunas mujeres se dieron cuenta que los derechos humanos que se reivindicaban beneficiaban exclusivamente a los varones. Estas mujeres pedían para sí los mismos derechos y obligaciones a que aspiraban los hombres, incluso el derecho a ser ajusticiadas en el patíbulo. Por desgracia, alguna lo logró y consiguió terminar sus días en la guillotina.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, una parte de las feministas ya no aspiraban a tener los mismos derechos que los hombres sino que querían algo más, querían ser como los mismos hombres y hacer lo que hacían los hombres. Esto significaba que las feministas empezaron a rechazar aquellas ocupaciones específicas  y propias de la mujer tales como la maternidad.
Más tarde, cayeron en la cuenta de que ese “deseo de ser como el varón” manifestaba en realidad un cierto complejo de inferioridad y se plantearon ser mujeres prescindiendo de los hombres y convertirse en unas terribles trabajadoras en competencia con el hombre más trabajador.
 El movimiento feminista llegó a sostener que la verdadera liberación de la mujer se lograría cuando nos olvidáramos de la condición femenina de las mujeres y las apreciáramos sin tener en cuenta su condición de mujer: solamente como personas, sin sexualidad.
Sin embargo, es evidente que todos nacemos con un cuerpo y una sexualidad concreta. Y si no somos capaces de aceptarnos tal y como somos es claro que tendremos un gran problema en nuestra vida porque seremos unas personas profundamente desgraciadas.
Por lo que se refiere a nosotros mismos, no tenemos un cuerpo como quien tiene un vestido o una moto. Antes bien, somos nuestro cuerpo porque el cuerpo es personal y forma parte de nosotros mismos. No nos limitamos a vivir dentro de nuestro cuerpo como si estuviéramos de alquiler en un apartamento, sino que mi cuerpo soy yo.
Y hablando del cuerpo, me parece claro que ser mujer es diferente de ser varón. Pero lo que quizá no vemos tan claro es que esta diferencia no solamente se refiere a nuestro cuerpo, sino que trasciende a toda nuestra persona y así somos varones o son mujeres como una determinada manera de vivir, de sentir, de pensar, de amar.

2. Mujeres
 Y ahora que llevamos más de una década de este siglo XXI nos podríamos preguntar cómo debería ser la mujer de este siglo. Ante todo, mujeres iguales a los hombres, sin ningún complejo de inferioridad, al contrario, orgullosas de su igualdad. Pero, atención, la mujer no es como el varón. Si así fuera sería una especie de varón afeminado.


El Génesis afirma que Dios creó al hombre —varón y mujer— a su imagen y semejanza. Esto significa que los dos sexos poseen la misma naturaleza de seres racionales y libres, que ambos han recibido el mandato divino de someter la tierra y cada uno tiene relación directa y personal con Dios. Tanto la mujer como el varón han sido amados por Dios por sí mismos y en esto reside su dignidad.


La mujer no es un ser definido a partir del varón, ni debe su existencia a la existencia previa del varón como si a él estuviera condicionada. Pero esta igualdad en la dignidad se demuestra en la diferencia que, por otra parte, es señal de la creación divina: no existen dos pájaros iguales, ni dos flores, ni dos personas porque la diferencia nos recuerda que al Creador, como al buen artesano, ninguna criatura ha salido de sus manos igual que la anterior.


Sin embargo, la mujer ha tenido que luchar por conquistar su puesto en la sociedad. Pero la mujer actual no debe caer en la tentación de compararse con el varón. No hace falta y, sobre todo, es que no es un varón; es una mujer ¿recuerdan?


La mujer es igual al hombre, o, si se prefiere, semejante, pero no es idéntica porque no es un hombre y sería una grave error que la mujer aspire a ser un hombre. La cuestión de la igualad entre los sexos debe ser tratada con una nueva perspectiva. No se trata tanto de afirmar que hombre y mujer son iguales, sino que se trata más bien de concretar qué significa la igualdad de los sexos, porque si pretendemos que la mujer sea igual al varón en todo ¿no estaremos elevando al varón a la categoría de modelo a seguir y así considerándolo superior a la mujer?


Los hombres y las mujeres del siglo XXI deben comprender que solamente respetando la propia naturaleza serán verdaderamente felices y la primera naturaleza que deben respetar es la propia: la mujer su propia feminidad. La mujer actual debe ser mujer y poner empeño en serlo realmente porque siéndolo podrá alcanzar el propio desarrollo y la realización personal. Esta aceptación de su propia manera de ser le ha de llevar a aportar a los hombres, a la familia y a la sociedad lo que es propio de la mujer, ese genio femenino que nadie como la misma mujer es capaz de dar.


La aceptación de la naturaleza humana como algo que nos viene dado, con lo que nacemos, supone aceptar que existe un Ser superior que nos ha dado esa naturaleza desde el amor y para amarnos y se puede entender que aceptar la Creación en nosotros mismos es el mayor bien que nos podemos hacer y es la única manera de realizarnos plenamente.


El problema no es solo jurídico, económico u organizativo, sino sobre todo de mentalidad, de cultura y de respeto. Se necesita una justa valoración del trabajo desarrollado por la mujer en la familia. Porque de lo contrario estamos pidiendo a la mujer que se comporte como lo que no es. ¿Acaso ser mujer no es tan importante y bueno como ser hombre?


La igualdad de la mujer no consiste tanto en que se libere a la mujer de los roles que tradicionalmente ha desempeñado, sino que consiste más bien en luchar para que esos roles sean reconocidos y tengan la misma dignidad y valor que otros roles que tradicionalmente se han atribuido a los varones. Evitando pensar que el tiempo dedicado a la familia sea un tiempo robado al desarrollo y la madurez de la personalidad. No existe una razón por la cual sea más importante diseñar un maravilloso satélite artificial que cuidar la cuna donde duerme tranquilo sabiéndose cuidado por su madre, el hombre o la mujer que en el futuro diseñará ese satélite.

3. Madres
Una mujer puede ser médico, ingeniero, arquitecto, conductor de autobús…, igual que un hombre. Pero un hombre no puede ser madre. Lo propio de la mujer es ser madre: la maternidad. De la misma manera que lo propio del varón es ser padre. En todo lo demás podríamos decir que son intercambiables menos en la maternidad o en la paternidad.


Es verdad, la mujer es madre y esta cualidad forma parte intrínseca de su ser. La mujer es madre por naturaleza y la capacidad de dar vida, sea puesta en acto o no, estructura la personalidad femenina, le hace pronta a la madurez y provoca un mayor respeto por lo concreto que se opone a las abstracciones teóricas e intelectuales, a menudo, letales para la existencia de los individuos y de la sociedad. Las madres no pretenden salvar a la “humanidad” (así con letras de molde y mayúsculas), sino que pretenden —y lo consiguen— salvar a sus hijos, a su familia, a su esposo, a sus seres queridos, a su sociedad.
Es la madre la que forma a los hombres en el hogar familiar y esto es lo que necesita nuestra sociedad tan materializada. Las madres nos recuerdan que sería monstruoso un mundo que se burlara del alma humana, que no tuviera capacidad de fijarse y pararse un momento en cada una de las personas que lo componen, en tantos pequeños detalles insignificantes pero que hacen la vida más digna y humana.
Las madres saben muy bien qué significa sacrificarse por sus hijos: no se trata solamente de concederles unas cuantas horas o de llevarles y traerles de las clases extraescolares. Significa gastar en su beneficio toda su vida. Las madres viven pensando en los demás, recordando los gustos y los deseos de todos para darles siempre una alegría.
Para una madre no solo es importante ser y vivir de esta manera, sino que enseña a sus hijos a vivir y ser hombres y mujeres cabales. Supone enseñarles a ser personas que viven para los demás, que superan sus egoísmos, que se preocupan del que no está pasando un buen momento. Estos y otros detalles parecidos son la verdadera solidaridad de las personas que no es otra cosa que cariño concreto por todos y cada uno de los que viven a nuestro lado.
En efecto, es la madre la que pone los cimientos de una nueva personalidad humana con sus cuidados en los primeros años, con sus primeras muestras de cariño, con su conversación llena de comprensión, con su actitud acogedora y hospitalaria. Con razón afirma la sabiduría popular que quien enseña a un niño forma un hombre, pero quien enseña a una mujer educa un pueblo.■




BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
1. Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris Digntatem,  Vaticano, 15 de agosto de 1988.
2. Juan Pablo II, Enc.Laborem exercens, Vaticano, 14 de septiembre de1981, n. 19.
3. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de laPaz, 1 de enero de 2012.
4. San Josemaría Escrivá, La mujer en la vida del mundo y de la Iglesia, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer.
5. Mons. Javier Echevarría, El mundo necesita del genio femenino, Diario ABC, 8 de marzo de 2006.
6. Jutta Burggraf, Varón y Mujer: ¿Naturaleza o cultura?
7. Jutta Burggraf, Para un feminismo cristiano: reflexiones sobre la Carta Apostólica “Mulieris Dignitatem”, Romana, nº 20, 1 de marzo de 2007.
8.  Jutta Burggraf, En torno a un nuevo modo de hablar, www.arvo.net
9.   Mary Ann Glendon, Las mujeres y la cultura de la vida, 24 de noviembre de 2011.
10. Monserrat Martín, Feministas o femeninas, www.mujernueva.com
11. Valores femeninos, valores de la sociedad, Mundo Cristiano, septiembre 2004.
12. Janne Haaland Matlary, L’Observatore Romano, 12 de febrero de 2005.
13. Janne Haaland Matlary, Maternidad y feminismo,  Lexicon, Consejo Pontificio para la Familia,  Ed. Palabra, 2004, p. 716.
14. Gloria Solé Romeo, La mujer, Aceprensa, servicio 135/98.
15. Natalia López Moratalla, No existe un cerebro unisex, Entrevista publicada en ALBA, octubre 2007.
16.  María Martínez López, Mujeres jóvenes, preparadas y en casa. Alfa y Omega.
17.  Karna Swanson, El trabajo de la mujer: algo más que freír tocino. www.mujernueva.org.
18. María Pía Chirinos, La excelencia en el hogar, www.zenit.org, 6 de febrero de 2007.
19. Nieves García, ¿Liberarse de la maternidad? No, gracias, Mujer Nueva, 2 de mayo de 2003.


Felipe Pou Ampuero