Thursday, December 10, 2009

49. Cruces

Fecha: 01 de diciembre de 2009

TEMAS: Cultura, Religión, Cristiano.

RESUMEN: 1. Se trata de una iniciativa demasiado tributaria de una concepción que no entiende el laicismo como la neutralidad del Estado ante el hecho de la religión, sino como una ausencia de signos religiosos.

2. Entiende que el Estado neutral es el Estado sin religión pero no piensa lo mismo de los valores éticos. Porque, vamos a ver, ¿acaso estamos en un Estado neutro de valores?, ¿neutro contra el fraude, la violencia de género, la xenofobia, los ataques al medio ambiente, el nazismo, la pornografía infantil y un largo etcétera?

3. Pero el crucifijo lo que representa es una manera de entender la vida y el hombre. Representa la igualdad de todos los hombres hijos de un mismo Padre común y por eso mismo hermanos. Representa el perdón a todos y la comprensión de la debilidad humana, la convivencia de los hombres y de los pueblos y un afán de solidaridad que va más allá de un buen sentimiento.

4. ¿Se imaginan ustedes un tribunal internacional en un continente que no sea Europa? La historia de los derechos humanos es europea porque Europa es cristiana, de eso no hay duda, y la sombra de Europa tiene forma de cruz.

5. El Estado laico es defensor de la libertad religiosa y esto pasa necesariamente por ser un Estado neutral ante todas las confesiones religiosas.


SUMARIO: 1. ¿Europa?.- 2. Un símbolo cultural.- 3. Cultura laicista.

1. ¿Europa?

El día 4 de noviembre de 2009, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo dicta sentencia en la que prohíbe la exhibición del crucifijo en las aulas escolares italianas porque entiende que la imagen de un crucificado vulnera el derecho de libertad religiosa y resulta opresiva para los escolares que no sean cristianos y discriminatoria respecto de las demás religiones. Los jueces de Estrasburgo —que es tanto como decir los jueces de Europa— han dicho que la cruz es una agresión para todo el que no sea cristiano[1].

Se trata de una iniciativa demasiado tributaria de una concepción que no entiende el laicismo como la neutralidad del Estado ante el hecho de la religión, sino como una ausencia de signos religiosos. Como si el laicismo fuera equivalente a sociedad libre de religión aunque no libre de otras ideas no religiosas pero de igual impacto ético que la religión. Es decir, este tribunal entiende que laicidad es equiparable a ética no religiosa, pero ética al fin y al cabo.

Sin embargo, la nada sospechosa Natalia Ginzburg escribe «El crucifijo no genera ninguna discriminación. Calla. Es la imagen de la revolución cristiana que diseminó por el mundo la idea de la igualdad entre los hombres, hasta entonces ausente»[2].

En España, por desgracia, vamos por delante. La sentencia 288/2008, de 14 de noviembre de 2008, del Juzgado de lo Contencioso Administrativo número dos de Valladolid ordenó retirar del colegio público «Macias Picavea» los símbolos religiosos en sus instalaciones fundándose en los artículos 14 y 16.1 de la Constitución española.

Pero no deja de llamar la atención el cúmulo de contradicciones en todas las argumentaciones. Por ejemplo, que se pretenda la retirada de símbolos religiosos porque atentan a la libertad de conciencia de los escolares y no se pretenda, por el mismo motivo, que se retire el nombre del centro escolar que alude a un escritor del siglo XIX español, Ricardo Macias Picavea, discípulo de Julián Sanz del Río y de Nicolás Salmerón, perteneciente a la «escuela filosófica» krausista, de ideas regeneracionistas y defensor del positivismo jurídico. Digo yo que algún niño en ese centro se podrá ver discriminado con el ideario de ese corte positivista ¿o no?, o solamente ofende la cruz y el nombre del centro escolar no...

Por ejemplo, que el tribunal europeo entienda que para luchar contra la intolerancia religiosa hay que atacar la religión católica, pero no las demás. Y que además entienda que el Estado neutral es el Estado sin religión pero no piense lo mismo de los valores éticos. Porque, vamos a ver, ¿acaso estamos en un Estado neutro de valores?, ¿neutro contra el fraude, la violencia de género, la xenofobia, los ataques al medio ambiente, el nazismo, la pornografía infantil y un largo etcétera?[3] No, el Estado no es neutro, ni nadie quiere que sea neutro frente a lo que hace daño a la sociedad.

Lo que se trasparenta es que para ese tribunal la religión católica es algo malo e indeseable y la cruz es la manifestación de ese algo malo e indeseable que es necesario erradicar.

Pero el crucifijo lo que representa es una manera de entender la vida y el hombre. Representa la igualdad de todos los hombres hijos de un mismo Padre común y por eso mismo hermanos. Representa el perdón a todos y la comprensión de la debilidad humana, la convivencia de los hombres y de los pueblos y un afán de solidaridad que va más allá de un buen sentimiento. Representa el cariño necesario para saltar las propias fronteras y hasta las propias convicciones y realizar el esfuerzo personal por acercarse al vecino y formar una comunidad de naciones, de pueblos y de culturas que tienen una misma raíz, raíz que tiene forma de cruz.

Los crucifijos situados en los caminos, en las cumbres, en las plazas de los pueblos, en las fachadas de los consistorios, y en las banderas y enseñas nacionales son un referente de comprensión, de hospitalidad, de convivencia pacífica, de superación de personalismos. Tienen un significado civil, histórico y cultural que trasciende en simple valor religioso. Realmente quien ofende a los europeos es sin lugar a dudas el tribunal (con minúsculas) de la Corte de Estrasburgo. ¿Se imaginan ustedes un tribunal internacional en un continente que no sea Europa?[4] La historia de los derechos humanos es europea porque Europa es cristiana, de eso no hay duda, y la sombra de Europa tiene forma de cruz.

Ante un crucifijo cobra sentido nuestra cultura. Porque las culturas las fundan las religiones y donde no hay religión no hay cultura[5]. Deberían saber los señores magistrados de Estrasburgo que lo importante no es atacar los símbolos religiosos, sino ayudar a respetarlos a todos los ciudadanos europeos, sean católicos o de cualquier otra confesión religiosa.


2. Un símbolo cultural

Como afirma el Presidente de la República italiana, Carlo Azaglio Ciampi, «el crucifijo en las escuelas ha sido considerado siempre no sólo un signo distintivo de una creencia religiosa particular, sino sobre todo un símbolo de los valores que conforman el fundamento de nuestra identidad».

Y si la cruz puede estar en la bandera, que es el símbolo de todo lo que significa un Estado, una nación, una patria, la tierra de los padres; si puede estar en las monedas, expresión máxima del poder institucional, no se entiende si no es por prejuicio ideológico que no pueda estar en la modesta pared de una escuela[6].

La cruz es signo de paz y reconciliación. Su palo vertical recuerda la dimensión trascendente de la persona y su palo horizontal representa la dimensión terrena de la persona que se extiende desde el centro para abarcar a todos los pueblos, razas, culturas[7].

Toda la cultura occidental y europea hunde sus raíces en la concepción de Dios y del hombre que representa de manera suprema el crucifijo. Es precisamente esa concepción la que está en la raíz de la laicidad del Estado, que sólo ha podido desarrollarse en este sustrato[8].

El crucifijo es un símbolo de amor, compromiso, respeto, solidaridad, entrega por los demás. Representa valores positivos, compartidos y aceptados por nuestra sociedad. Es difícil imaginar a quién puede ofender la presencia del crucifijo. Quitar un crucifijo es como arrancar de la pared una declaración genuina de derechos humanos[9].


3. Cultura laicista

Pero qué significa que el Estado es laico. Desde luego no significa que es contrario a la religión. El Estado laico es defensor de la libertad religiosa y esto pasa necesariamente por ser un Estado neutral ante todas las confesiones religiosas. El Estado no debe optar por ninguna religión, ni mucho menos imponérsela a los ciudadanos, pero tampoco debe optar por la no-religión e imponer este postulado a sus ciudadanos porque, en tal caso, estaría siendo un Estado confesional laicista.

Que el Estado, tal como señala la Constitución española, sea aconfesional, no significa que sea confesionalmente laicista y militante contra cualquier signo religioso[10].

La laicidad del Estado significa que no puede imponer signos religiosos en los espacios públicos, pero tampoco puede eliminar los que ya existen y son fruto de una historia y de una cultura particular. Quitarlos sería un acto positivo confesional del Estado que socavaría la necesaria neutralidad del Estado laico. Aquí está en juego la libertad religiosa[11].

Porque la religión —cualquier religión, por su dimensión trascendente— lejos de ser algo negativo, resulta un factor positivo para la sociedad, en la medida que construye un espíritu común. Y, en este sentido, el crucifijo es la mejor expresión de libertad, la mayor historia de amor jamás contada. Es un ejemplo y una lección permanente para todos los escolares y para cualquier caminante que pasa delante de él.

La verdadera libertad religiosa no tiene nada que ver con la pretendida libertad de la religión de que hacen gala los magistrados de Estrasburgo, no tiene nada en común con una sociedad libre de cualquier religión. La verdadera libertad religiosa valora la religión, todas las religiones, y porque las valora las respeta como tales y no pretende suprimir ninguna, sino que defiende un espacio común donde puedan existir y desarrollarse en pacífica convivencia.

En lo que se refiere a los símbolos y signos religiosos, es cierto que al Estado le corresponde velar por el bien común y por la pacífica convivencia de sus ciudadanos y, por tanto, el Estado está legitimado para regular el uso y la presencia de los signos en la vida pública. Pero será en cuanto tales signos son signos sociales, no en cuanto signos religiosos y sólo en cuando afecten al bien común y a la paz social, no a la ideología predominante del partido en el poder.

Así, el poder legítimo podrá regular la prohibición de determinados símbolos por su peligro social, o por su potencia generadora de disturbios, pero en cualquier otro supuesto, el uso de los símbolos es libre en un Estado democrático. La presencia de una cruz no significa la obligatoriedad de una creencia y, si no, a los hechos me remito: véase Europa y su multiculturalidad; una Europa llena de crucifijos.

No deja de sorprender que una pared escolar blanca y sin ningún símbolo religioso también constituye una declaración ideológica que a muchos padres puede no convencer. Exigir la retirada de un crucifijo es una manera de negar el derecho de todo ser humano a tener unas creencias y a sustentarse sobre un pilar tan básico como el de la libertad religiosa que deriva de la libertad personal y de la propia dignidad humana. ¡Soy libre de creer!




Felipe Pou Ampuero

[1] Uría, Ignacio, Para hacerse cruces, www.nachouria.com
[2] Artículo publicado en L’Unità, diario fundado por Antonio Gramsci, el día 22 de marzo de 1988, citado por Giuseppe Florentino, El crucifijo, los jueces y Natalia Ginzburg, en L’Osservatore Romano, Ciudad del Vaticano, 7 de noviembre de 2009.
[3] Martin Kugler, 12 razones por las que el crucifijo no viola la libertad, www.zenit.org, 10 de noviembre de 2009.
[4] López Schlichting, Cristina, A los magistrados de Estrasburgo.
[5] De Prada, Juan Manuel, Una clase de religión para el siglo XXI.
[6] Manifiesto de e-cristians.net.
[7] Ramiro Pelletero, La cruz, www.ReligionConfidencial.com
[8] Ignacio Uría, ob. Cit.
[9] González Vila, Teófilo, Signos religiosos en el espacio público, La Verdad, n.3762, Pamplona, 25 de septiembre de 2009.
[10] Gómez Trinidad, Juan Antonio, Portavoz de Educación del Grupo Popular.
[11] Teófilo González Vila, ob. Cit.

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Saturday, November 14, 2009

Índice general


1. Si se quieren... pues que se casen. (nov. 2004)
2. Hombre y mujer. (feb. 2005)
3. Cristiano. (mar. 2005)
4. Clonación. (abr. 2005)
5. Intimidad. (may. 2005)
6. La moda. (jun. 2005)
7. Libertad. (jul. 2005)
8. El sentido de la vida. (sep. 2005)
9. Creación y evolución. (oct. 2005)
10. Fidelidad. (nov. 2005)
11. Relativismo. (ene. 2006)
12. Verdad. (feb. 2006)
13. Fecundación. (mar. 2006)
14. Dolor. (abr. 2006)
15. El mal. (may. 2006)
16. La felicidad. (jun. 2006)
17. Los derechos. (sep 2006)
18. Razonable. (oct. 2006)
19. Laico. (nov. 2006)
20. Europa. (dic. 2006)
21. Religión. (ene. 2007)
22. Democracia. (feb. 2007)
23. Vida pública. (mar. 2007)
24. Educación. (abr. 2007)
25. Aborto. (may. 2007)
26. Familia. (jun. 2007)
27. Cultura. (sep. 2007)
28. Mujer. (oct. 2007)
29. Género. (nov. 2007)
30. Trabajadoras. (dic. 2007)
31. Madres. (ene. 2008)
32. Modernismo. (feb. 2008)
33. Ley natural. (mar. 2008)
34. Bien común. (abr. 2008)
35. Valores. (may. 2008)
36. Matrimonio duradero. (sep. 2008)
37. Absoluto. (oct. 2008)
38. Mi cuerpo y yo. (nov. 2008)
39. Liturgia. (dic. 2008)
40. Educación diferente. (ene. 2009)
41. Belleza. (feb. 2009)
42. Eutanasia. (mar. 2009)
43. Novios. (abr. 2009)
44. Primero. (may. 2009)
45. Trabajo. (jun. 2009)
46. Caridad verdadera (1 de 2). (sep. 2009)
47. Caridad verdadera (2 de 2). (oct.2009)
48. Diálogo. (nov. 2009)

Saturday, November 07, 2009

48. Diálogo

Fecha: 01 de noviembre de 2009

TEMAS: Desarrollo, Verdad, Razón.

RESUMEN: 1. Los hombres somos libres y la esencia de la libertad es nuestra libertad interior, es decir, poder pensar libremente por nuestra cuenta sin que nada ni nadie nos imponga sus ideas.

2. Sin embargo, la falta de reflexión debilita al hombre moderno porque le impide pensar con libertad y le expone a vivir como no piensa ni desea.

3. Sobre todo, el gran reto es pensar bien. En el bien propio y en el bien de todos, en el bien común. La virtud de la ciudadanía supone el desvelo por el bien común sin el cual el bien humano se ve seriamente recortado.

4. El hombre es racional y puede pensar para conocer mediante la «razón ampliada» la verdad en toda su extensión, es decir, sin limitarse a adquirir conocimientos técnicos para dominar la realidad material, sino abriéndose hasta encontrar al Trascendente.

5. Un diálogo no es una simple conversación, sino que es un encuentro entre dos o varias personas en un clima de amistad. Pero para poder tener amistad es preciso conocer a mi amigo. Si no le conozco tal y como es realmente ¿cómo le voy a poder querer?

6. Para poder dialogar, además, es necesario también dar a conocer la propia identidad. Se trata de saber quién es el otro y de que el otro pueda saber quién soy yo.


SUMARIO: 1. Un hombre aislado.- 2. El hombre piensa.- 3. Descubrir la verdad.- 4. Dialogar.

1. Un hombre aislado

Tradicionalmente se distinguen tres grandes conjuntos de dinamismos naturales. El primero, que es común a todos los seres sustanciales comprende la inclinación a conservar y desarrollar su propia existencia. El segundo, común a todos los seres vivos, comprende la inclinación a reproducirse para perpetuar la especie. Y el tercero, propio solamente del hombre como ser racional, comprende la inclinación a conocer la verdad sobre Dios y a vivir en sociedad.
El hombre es un ser social que vive en sociedad y tiene muchos porqués para responder. Es el peaje que tenemos que pagar por ser humanos. Y lo primero que percibimos es que vivimos rodeados de personas diferentes a nosotros, o por mejor decir, yo no pienso ni siento como el resto de personas que me rodean[1].

Los hombres somos libres y la esencia de la libertad es nuestra libertad interior, es decir, poder pensar libremente por nuestra cuenta sin que nada ni nadie nos imponga sus ideas. Pero apenas tenemos el valor de pensar por nuestra cuenta y nos atrevemos a ser libres de verdad. Es mucho más cómodo pensar como piensan los medios de comunicación y nos enseñan en la televisión, en la radio, en los eslóganes publicitarios.

Claro que, para pensar hace falta un poco de tiempo y pararse a reflexionar. Y el tiempo es quizá el bien más escaso para el hombre posmoderno tan lleno de bienestar. No deja de resultar paradójico que con frecuencia conocemos mejor a los protagonistas de esa serie televisiva que tanto nos gusta que a nuestros propios vecinos con los que bajamos en el ascensor cada mañana.

Sin embargo, la falta de reflexión debilita al hombre moderno porque le impide pensar con libertad y le expone a vivir como no piensa ni desea[2]. Hasta tal punto que será muy difícil que una persona pueda tener convicciones propias si no adopta una actitud distante respecto de los medios de comunicación. Nos gustaría gritarles «¡No me pienses!, ya pienso yo solo».

Podemos sospechar que estas son las desventajas de la modernidad. En otros tiempos esto no sucedía. Pero no es así. Nuestro tiempo no es algo exterior y ajeno a nosotros. Al contrario, nuestro tiempo somos nosotros mismos, es nuestra mentalidad, nuestra manera de ver las cosas, nuestras sensibilidades y gustos y todas nuestras relaciones humanas. Y este tiempo nuestro es el que queremos cambiar, pero para esto es necesario saber exponer las propias convicciones de una manera distinta para que puedan comprenderlas –precisamente– también aquellos que no las comparten[3].


2. El hombre piensa

A veces sentimos la sensación de que el mundo no es humano, que no parecemos hombres sino máquinas que persiguen objetivos. Parece que con tanto progreso nos hemos olvidado del hombre y de poner en el centro de la vida social el desarrollo integral de la persona humana[4].

Así es. Sentimos la imperiosa necesidad de dar a los medios electrónicos y a todo el mundo un rostro verdaderamente humano. El primer paso para conseguirlo consiste en hacer lo que hacen los humanos, es decir, pensar por nosotros mismos. Nada fácil, no vaya a pensarse lo contrario. Porque todo lo que nos rodea se empeña en que no seamos libres ni nos dediquemos a pensar por nuestra cuenta.

Sobre todo, el gran reto es pensar bien. En el bien propio y en el bien de todos, en el bien común. La virtud de la ciudadanía supone el desvelo por el bien común sin el cual el bien humano se ve seriamente recortado. Pero para pensar en el bien común hace falta crear situaciones comunes, de relaciones sociales entre unos hombres y otros, entre los que piensan de una manera y los que piensan justo de la manera contraria. Para pensar bien y para pensar en el bien común hace falta aprender a dialogar.


3. Descubrir la verdad

El hombre es racional y puede pensar para conocer mediante la «razón ampliada» la verdad en toda su extensión, es decir, sin limitarse a adquirir conocimientos técnicos para dominar la realidad material, sino abriéndose hasta encontrar al Trascendente[5].

El hombre puede conocer la verdad sin llegar a ser su dueño porque no le pertenece. Como enseña santo Tomás de Aquino, lo bueno puede existir sin mezcla de lo malo; pero lo malo no puede existir sin mezcla de lo bueno[6]. Por tanto, cualquier persona, por erróneos que nos parezcan sus planteamientos, participa de alguna manera de la verdad y podemos aprender de ella.

Porque si lo que nos importa no es si la idea es verdadera o falsa, sino si es progresista o conservadora, de izquierdas o de derechas, crítica o dogmática, feminista o machista, u otras cosas por el estilo, nos estamos instalando en el totalitarismo y abandonamos el camino de la verdad[7].

Y ¿qué es la verdad? Pues la verdad es aquello contra lo que no tenemos nada que hacer: sólo nos cabe aceptarla como condición y límite de nuestras pretensiones. No querer dialogar supone no admitir, por principio, la posibilidad de que un planteamiento ajeno resulte a la postre verdadero.

Pero si queremos comprender nuestro mundo hemos de ampliar nuestro horizonte y profundizar en la verdad allí donde se encuentre, esto es, en todas partes. Debemos estar dispuestos al diálogo –especialmente– con aquellos que son distintos a nosotros.


4. Dialogar

Un diálogo no es una simple conversación, sino que es un encuentro entre dos o varias personas en un clima de amistad. El clima de amistad consiste en comprender al otro con sus reacciones, sus miedos y sus esperanzas. La amistad implica que mi amigo es único y digno de mi atención. Cuando una persona experimenta que es amada por lo que es, sin necesidad alguna de mostrarse competente o interesante aprende el valor de la amistad.

Pero para poder tener amistad es preciso conocer a mi amigo. Si no le conozco tal y como es realmente ¿cómo le voy a poder querer? Y muchas veces tenemos ideas bastantes desfiguradas y erróneas de las tradiciones y costumbres de los demás, en especial, de los extranjeros y los que proceden de otras civilizaciones que no sea la occidental.

Si le conozco y le estimo necesariamente le respeto tal y como es. Si Dios nos ha creado distintos a unos y otros por qué nos empeñamos en uniformarnos. El hecho de ser distintos constituye una gran riqueza y una fuente de aprendizaje continuo. Las diferencias no pueden ser negadas; no necesitan ser niveladas. Cada hombre es original y tiene pleno derecho a serlo[8].

El respeto a los demás y a su manera de ser diferente es algo más que la mera tolerancia. El amor a la libertad lleva en primer término a respetar las opciones temporales de otras personas aunque sean distintas de las propias. Esto no significa dejar de llamar error al error, ni abdicar de la verdad, pero sí reconocer que la verdad es más importante que los gustos personales.

Para poder dialogar, además, es necesario también dar a conocer la propia identidad. Se trata de saber quién es el otro y de que el otro pueda saber quién soy yo. Si jugamos a los disfraces y nos ocultamos recíprocamente tal vez podamos gozar por un tiempo de una aparente armonía, pero nos moveríamos en un ambiente falso y nuestra relación sería cada vez más superficial.

Por el contrario, si cada uno somos fiel a nuestras propias convicciones nos pareceremos muchos más que cuando coincidimos en acuerdos superficiales porque en lo más íntimo de nuestro ser mantenemos la misma actitud fundamental de fidelidad a la propia conciencia y convicciones.

El diálogo es un camino hacia la madurez que nos exige ser auténticos y amar la verdad. Nos ayuda a abrir nuestra mente y comprender a los demás para acercarnos a ellos. Con el diálogo con todos podremos descubrir la verdad del hombre y afirmar que «sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador»[9].




Felipe Pou Ampuero

[1] Burggraf, Jutta, Hacia una cultura de diálogo, www.opusdei.es, 15 de junio de 2009.
[2] González, Ana Marta, Al buen ciudadano se le supone un cierto interés por el bien común, Nuestro Tiempo, mayo-junio, 2009, n. 656, p.105.
[3] Burggraf, Jutta, Hacia una cultura de diálogo ...
[4] Cfr. Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, Ciudad del Vaticano, 29 de junio de 2009, n. 19.
[5] Benedicto XVI, Discurso del 12 de septiembre de 2006 en la Universidad de Ratisbona.
[6] Cfr. Jutta Burggraf, Hacia una cultura de diálogo, S. Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-IIae, q.109, a. 1, ad 1.
[7] Cruz, Alfredo, La derrota de la verdad, Nuestro Tiempo, mayo-juio 2009, n. 656, p. 42.
[8] Burggraf, Jutta, Hacia una cultura de diálogo ...
[9] Cfr. Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, Ciudad del Vaticano, 29 de junio de 2009, n. 9.

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Saturday, October 03, 2009

47. Caridad verdadera (2 de 2)

Fecha: 01 de octubre de 2009

TEMAS: Caridad, Desarrollo, Economía.

RESUMEN: 1. La técnica —conviene subrayarlo— es un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre. En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia.

2. El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma. De modo análogo, también el desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los «prodigios» de la tecnología.

3. El verdadero desarrollo no consiste principalmente en hacer. La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona considerada en la globalidad de su ser.

4. Es necesario que los medios de comunicación estén centrados en la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural.

5. Los descubrimientos científicos han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia.

6. El problema del desarrollo está estrechamente relacionado con el concepto que tengamos del alma del hombre, ya que nuestro yo se ve reducido muchas veces a la psique, y la salud del alma se confunde con el bienestar emotivo.

7. El absolutismo de la técnica tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia. Se necesitan unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese «algo más» que la técnica no puede ofrecer.


SUMARIO: 1. La técnica (n. 68 a 69).- 2. La tentación (n. 70).- 3. Medios de comunicación (n. 73).- 4. Fe y razón (n. 75 a 77).- 5. Conclusiones.

1. La técnica (n. 68 a 69)

En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia. La técnica permite dominar la materia, reducir los riesgos, ahorrar esfuerzos, mejorar las condiciones de vida. Responde a la misma vocación del trabajo humano: en la técnica, vista como una obra del propio talento, el hombre se reconoce a sí mismo y realiza su propia humanidad. La técnica es el aspecto objetivo del actuar humano, cuyo origen y razón de ser está en el elemento subjetivo: el hombre que trabaja.

Pero la técnica no es sólo un instrumento sino que también es obra del hombre y, por tanto, es humana y como tal lleva una actitud moral de valores sobre el bien y el mal. La técnica no es neutra, sino que con ella el hombre puede hacer el bien o hacer el mal.

La técnica — conviene subrayarlo — es un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre. En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia.

Por eso, la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos condicionamientos materiales. La técnica, por lo tanto, se inserta en el mandato de cultivar y custodiar la tierra (cf. Gn 2,15), que Dios ha confiado al hombre, y se orienta a reforzar esa alianza entre ser humano y medio ambiente que debe reflejar el amor creador de Dios.

Y tenemos experiencia que por medio de la técnica se lleva a cabo el desarrollo de los pueblos. Por medio de la técnica, la persona y los pueblos pueden tener la tentación de la autosuficiencia, del dominio de la naturaleza y volver a oír el «seréis como dioses».

El tema del desarrollo de los pueblos está íntimamente unido al del desarrollo de cada hombre. La persona humana tiende por naturaleza a su propio desarrollo. Éste no está garantizado por una serie de mecanismos naturales, sino que cada uno de nosotros es consciente de su capacidad de decidir libre y responsablemente. Tampoco se trata de un desarrollo a merced de nuestro capricho, ya que todos sabemos que somos un don y no el resultado de una autogeneración.

El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma. De modo análogo, también el desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los «prodigios» de la tecnología.

Para alcanzar este objetivo, es necesario que el hombre entre en sí mismo para descubrir las normas fundamentales de la ley moral natural que Dios ha inscrito en su corazón.

2. La tentación (n. 70)

El desarrollo tecnológico puede alentar la idea de la autosuficiencia de la técnica, cuando el hombre se pregunta solamente por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar.

Nacida la técnica de la creatividad humana como instrumento de la libertad de la persona, puede entenderse como elemento de una libertad absoluta, que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas. El proceso de globalización podría sustituir las ideologías por la técnica, transformándose ella misma en un poder ideológico, que expondría a la humanidad al riesgo de encontrarse encerrada dentro de un a priori del cual no podría salir para encontrar el ser y la verdad.

Esta visión refuerza mucho hoy la mentalidad tecnicista, que hace coincidir la verdad con lo factible. Pero cuando el único criterio de verdad es la eficiencia y la utilidad, se niega automáticamente el desarrollo. En efecto, el verdadero desarrollo no consiste principalmente en hacer. La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona considerada en la globalidad de su ser. Incluso cuando el hombre opera a través de un satélite o de un impulso electrónico a distancia, su actuar permanece siempre humano, expresión de una libertad responsable.

Pero la libertad humana es ella misma sólo cuando responde a esta atracción de la técnica con decisiones que son fruto de la responsabilidad moral. De ahí la necesidad apremiante de una formación para un uso ético y responsable de la técnica. Se debe recuperar el verdadero sentido de la libertad, que no consiste en la seducción de una autonomía total, sino en la respuesta a la llamada del ser, en buscar y hacer posible la verdad del hombre en cada hombre.

Esta posible desviación de la mentalidad técnica de su originario cauce humanista se muestra hoy de manera evidente en la tecnificación del desarrollo y de la paz. Pero deberíamos preguntarnos por qué las decisiones de tipo técnico hasta ahora no han funcionado totalmente como se esperaba de ellas. La causa es mucho más profunda. El desarrollo nunca estará plenamente garantizado por fuerzas que en gran medida son automáticas e impersonales, ya provengan de las leyes de mercado o de políticas de carácter internacional. El desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común.

Cuando predomina la absolutización de la técnica se produce una confusión entre los fines y los medios, el empresario considera como único criterio de acción el máximo beneficio en la producción; el político, la consolidación del poder; el científico, el resultado de sus descubrimientos. Se olvidan que su verdadero fin, lo que justifica su existencia es el logro del bien común de la sociedad en la que viven.

3. Medios de comunicación (n. 73)

El desarrollo tecnológico está relacionado con la influencia cada vez mayor de los medios de comunicación social. Es casi imposible imaginar ya la existencia de la familia humana sin su presencia. Para bien o para mal, se han introducido de tal manera en la vida del mundo, que parece realmente absurda la postura de quienes defienden su neutralidad y, consiguientemente, reivindican su autonomía con respecto a la moral de las personas. Como si las leyes morales no afectaran a los medios de comunicación y a sus empresas.

El mero hecho de que los medios de comunicación social multipliquen las posibilidades de interconexión y de circulación de ideas, no favorece la libertad ni globaliza el desarrollo y la democracia para todos. Para alcanzar estos objetivos se necesita que los medios de comunicación estén centrados en la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural.

En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral. Éste es un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios.

Los descubrimientos científicos en este campo y las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia.

Deslumbrada por el desarrollo técnico, la razón sin la ayuda de la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia, como si fuera capaz de inventarse un nuevo mundo. Pero, por otro lado, la fe sin la concreción de la razón corre el riesgo de alejarse de la vida de las personas.

4. Fe y razón (n. 75 a 77)

Sorprende la selección arbitraria de aquello que hoy se propone como digno de respeto. Muchos, dispuestos a escandalizarse por cosas secundarias, parecen tolerar injusticias inauditas. Mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una conciencia incapaz de reconocer lo humano. Dios revela el hombre al hombre; la razón y la fe colaboran a la hora de mostrarle el bien, con tal que lo quiera ver; la ley natural, en la que brilla la Razón creadora, indica la grandeza del hombre, pero también su miseria, cuando desconoce el reclamo de la verdad moral.

El problema del desarrollo está estrechamente relacionado con el concepto que tengamos del alma del hombre, ya que nuestro yo se ve reducido muchas veces a la psique, y la salud del alma se confunde con el bienestar emotivo.

Estas reducciones tienen su origen en una profunda incomprensión de lo que es la vida espiritual y llevan a ignorar que el desarrollo del hombre y de los pueblos depende también de las soluciones que se dan a los problemas de carácter espiritual. El desarrollo debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es «uno en cuerpo y alma», nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente

El ser humano se desarrolla cuando crece espiritualmente, cuando su alma se conoce a sí misma y la verdad que Dios ha impreso germinalmente en ella, cuando dialoga consigo mismo y con su Creador. Lejos de Dios, el hombre está inquieto y se hace frágil. La alienación social y psicológica, y las numerosas neurosis que caracterizan las sociedades opulentas, remiten también a este tipo de causas espirituales. Una sociedad del bienestar, materialmente desarrollada, pero que oprime el alma, no está en sí misma bien orientada hacia un auténtico desarrollo.

El absolutismo de la técnica tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia. Sin embargo, todos los hombres tienen experiencia de tantos aspectos inmateriales y espirituales de su vida que, a la postre, acaban siendo imprescindibles para su propia felicidad. No siempre tener más bienes es equivalente a ser más feliz.

Conocer no es sólo un acto material, porque lo conocido esconde siempre algo que va más allá del dato empírico. Todo conocimiento, hasta el más simple, es siempre un pequeño prodigio, porque nunca se explica completamente con los elementos materiales que empleamos. En toda verdad hay siempre algo más de lo que cabía esperar, en el amor que recibimos hay siempre algo que nos sorprende.

También el desarrollo del hombre y de los pueblos alcanza un nivel parecido, si consideramos la dimensión espiritual que debe incluir necesariamente el desarrollo para ser auténtico. Para ello se necesitan unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese «algo más» que la técnica no puede ofrecer. Por este camino se podrá conseguir aquel desarrollo humano e integral, cuyo criterio orientador se halla en la fuerza impulsora de la caridad en la verdad.

5. Conclusiones

Las conclusiones a las que se puede llegar son las siguientes:

1. Sin Dios el hombre no sabe a dónde ir, ni logra entender quién es. De espaldas a Dios el hombre se revela como un ser sin sentido.

2. El hombre no puede gobernar por sí mismo su propio progreso. El desarrollo es vocación que excede de las fuerzas y de la capacidad humanas.

3. El humanismo abierto a Dios es el único que puede servir al hombre. Los demás humanismos que excluyen a Dios se convierten en humanismos «inhumanos».

4. El desarrollo necesita cristianos que pidan a Dios el don del amor lleno de verdad. El auténtico desarrollo no procede de nuestro esfuerzo sino que realmente en un don. Por esto tenemos esperanza.

Felipe Pou Ampuero

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Sunday, September 13, 2009

46. Caridad verdadera (1 de 2)

Fecha: 01 de septiembre de 2009

TEMAS: Caridad, Desarrollo, Economía.

RESUMEN: 1. ¿Puede la Iglesia intervenir en los problemas del mundo, de la sociedad, o debe quedarse apartada de ellos sin inmiscuirse en asuntos temporales? Es la pregunta y el reproche que muchos se hacen.

2. La doctrina de la Iglesia no está para solucionar los problemas de los hombres que ellos pueden solucionar con sus propios medios y con su inteligencia y trabajo.

3. Los deberes delimitan y encauzan los derechos para situarlos en sus justos límites como un compromiso al servicio del bien. Pero esto supone que existen unos deberes objetivos que no son “disponibles” por los hombres ni por los parlamentos, sino que obligan a todos y les comprometen.

4. En realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos.

5. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad. Ésta nace de una vocación trascendente de Dios Padre.

6. La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es verdadero desarrollo. El primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad. El ser humano no es un átomo perdido en un universo casual, sino una criatura de Dios, a quien Él ha querido dar un alma inmortal y al que ha amado desde siempre.

7. Ir más allá nunca significa prescindir de las conclusiones de la razón, ni contradecir sus resultados. No existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor.

8. Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social.


SUMARIO: 1. La Iglesia en el mundo.- 2. El deber y el derecho (n. 43 a 52).- 3. El verdadero desarrollo (n. 21 a 24).- 4. El verdadero capital es el hombre (n. 25 a 33).- 5. La experiencia del don (n. 34 a 42).

1. La Iglesia en el mundo

El 29 de junio de 2009, fiesta de San Pedro y San Pablo, el Papa Benedicto XVI publicó su tercera encíclica con el título Caritas in veritate. La encíclica tiene 79 parágrafos que se dividen en 6 capítulos, una introducción y la conclusión final, con un total de 159 notas finales.

La encíclica se enmarca dentro de las encíclicas de la doctrina social de la Iglesia. La primera fue la Rerum Novarum de León XIII en 1891 en la Edad Moderna y al final de la revolución industrial con todos los problemas humanos que marcó la etapa industrial, el uso y abuso de la mano de obra en los procesos de producción, tanto de hombres como de mujeres y de niños. La Rerum Novarum fue un hito importante que recordó la dignidad de la persona por encima de los beneficios de la producción y de la riqueza económica del capitalismo.

Para conmemorar los 40 años de la anterior y para responder a las preguntas y cuestiones que dejaba la gran depresión del 29 y la primera guerra mundial, Pío XI publicó en 1931 la Quadragesimo Anno.

En 1961 Juan XXIII publicó la Mater et Magistra en pleno Concilio Vaticano II y en 1967 Pablo VI publicó la Populorum Progressio que vino a ser como la Rerum Novarum de la Edad contemporánea con las cuestiones que planteaban los tiempos actuales y las que se adivinaban por venir.

En 1988 Juan Pablo II publicó la Sollicitudo Rei Socialis y en 1991 —para conmemorar el centenario de la Rerum Novarum— publicó la encíclica Centisimus Annus en la que, una vez caído el muro y los bloques en 1989, parecía que toda la doctrina social de la Iglesia iba a cambiar, cuando en realidad no había cambiado nada sino los problemas planteados.

Así llegamos hasta el año 2009 con Benedicto XVI en que podemos apreciar que se trata de una encíclica escrita para cada uno de nosotros, dirigida a todos los fieles laicos y a todos los hombres de buena voluntad, sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad.

La pregunta inicial es la siguiente: ¿puede la Iglesia intervenir en los problemas del mundo, de la sociedad, o debe quedarse apartada de ellos sin inmiscuirse en asuntos temporales? Es la pregunta y el reproche que muchos se hacen cuando ven a unos obispos participar en una manifestación en defensa de la vida, o a unos sacerdotes opinando sobre el derecho de voto, o a la Conferencia Episcopal dando criterios morales sobre la vida política.

¿La Iglesia tiene derecho a opinar en la sociedad moderna? Sí y en estos asuntos también porque la Iglesia tiene los medios necesarios para ayudar a descubrir la verdad y tiene la revelación sobre la verdad del hombre que ilumina la verdadera realidad del mundo y del hombre.

La Iglesia, además, no se encuentra fuera del mundo, como segregada o apartada del mismo como si fuera ajena a las cosas de este mundo que sólo las tolerara como inevitables. No, la Iglesia está en el mundo y quiere acompañar al hombre en sus problemas actuales, los de cada época y con su dificultad. Esta es su misión y el anuncio de la buena nueva.

Pero la Iglesia no viene a dar soluciones técnicas a la crisis económica actual (n. 9), ni ahora ni nunca. La doctrina de la Iglesia no está para solucionar los problemas de los hombres que ellos pueden solucionar con sus propios medios y con su inteligencia y trabajo. Este es el plan de Dios que la Iglesia no quiere ni puede estorbar. La Iglesia no da soluciones pero sí ilumina con los principios católicos que ahora el Papa nos dice que son principios humanos porque son naturales por estar en la naturaleza del hombre y de la Creación.

El Papa apunta las raíces de estos problemas que entre otras son dos: 1) el positivismo jurídico que se considera autosuficiente para definir lo justo y lo debido; y 2) el relativismo moral que se considera independiente de cualquier referencia o medida ajena a la voluntad mayoritaria de un parlamento.

2. El deber y el derecho (n. 43 a 52)

En la actualidad muchos piensan que se han hecho a sí mismos y no tienen deberes para con nadie, sólo tienen derechos. Están llenos de derechos a todo y parece que no tienen ningún deber.

Sin embargo, la existencia de los derechos se justifica como medio para cumplir unos deberes que son anteriores y que tienen un fin esencial que es hacer el bien. Tenemos el deber de hacer el bien en todas sus formas y para cumplir este deber podemos decir que tenemos derechos.

Sin los previos deberes, los derechos se convierten en deseos arbitrarios y superficiales que satisfacen el propio bienestar y no hacen bien a nadie. Así se acaba defendiendo el presunto derecho a hacer locuras y a justificar cualquier vicio y desorden tan solo porque “me apetece” y nada más. Los derechos desvinculados de los previos deberes se desquician y dan lugar a una espiral de exigencias sin ningún criterio que hace olvidar los más elementales deberes, como respetar y cuidar a los propios hijos, a los padres, al cónyuge… etc.

Por el contrario, los deberes delimitan y encauzan los derechos para situarlos en su justo límite como un compromiso al servicio del bien. Pero esto supone que existen unos deberes objetivos que no son “disponibles” por los hombres ni por los parlamentos, sino que obligan a todos y les comprometen.

Estos son los deberes morales, la ética de la cual está necesitada la economía y la vida social y el desarrollo, pero no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona que se sustenta sobre dos pilares indisponibles: 1) la inviolable dignidad de la persona como imagen de Dios; y 2) el valor trascendente de las normas morales naturales. La naturaleza no se inventa, se descubre, y la naturaleza humana tampoco se inventa, sino que también se descubre en cada hombre. Esta ética es la única capaz de corregir los defectos económicos y no amoldarse a las presiones de la economía.

Dentro de estos deberes se incluye el deber de respetar el medio ambiente como un don de Dios para todos los hombres. La naturaleza es un don de Dios que obedece a un designio de amor, no a un capricho o un caos del azar. La naturaleza es la consecuencia del amor de Dios y habla del Creador. Pero la naturaleza no es más importante que los hombres, porque está a su servicio. La salvación del hombre no viene de la naturaleza, sino de Cristo.

Resulta sintomático que el hombre trata a la naturaleza como se acaba tratando a sí mismo. Y en esto se refleja la actitud del hombre actual ante la naturaleza. La sociedad consumista y hedonista se despreocupa de la naturaleza y de los daños que le causa. Es necesario cambiar de estilo de vida para buscar la verdad, la belleza y el bien para que éstos sean los criterios que determinen las opciones de inversión.

Al final el compromiso con el bien nos desvela la verdad y que la misma no se fabrica o se inventa por los hombres, sino que se encuentra en Dios, que es Verdad y Amor. La verdad no es un producto humano que derive de una deliberación o acuerdo de hombres o gobiernos, sino que la verdad es anterior al hombre y para todos los hombres se convierte así en un deber, el deber de buscar la verdad y de acogerla en nuestra vida.

3. El verdadero desarrollo (n. 21 a 24)

El verdadero desarrollo del hombre no es el técnico, ni el económico, sino el desarrollo integral del todo el hombre y de todos los hombres. Y como el hombre es naturaleza animal y racional, el desarrollo también debe ser racional, es decir, desarrollo moral. Se debe desarrollar el alma del hombre y su perspectiva de la vida eterna sin la cual todas las aspiraciones del hombre se quedan encerradas en el simple tener cosas y bienes, pero no le hacen mejor al hombre. De lo contrario el hombre pierde la oportunidad de estar disponible para bienes más altos, para las iniciativas más grandes y desinteresadas que la caridad exige.

Pero este desarrollo integral del hombre no lo realiza él sólo con sus propias fuerzas sino que necesita la ayuda de quien le conoce. A lo largo de la Historia el hombre ha creído poder hacerlo sólo y ha creado instituciones que se han encargado de este desarrollo. En realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado. Además el encuentro con Dios permite al hombre darse cuenta que los demás hombres son otra imagen de Dios, no simplemente otros distintos de mí, sino más bien esencialmente iguales a él de quienes se tiene que ocupar y preocupar.

Pero la cuestión es: ¿qué significa «ser más»? A esta pregunta, Pablo VI responde indicando lo que comporta esencialmente el «auténtico desarrollo»: «debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre».

La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es verdadero desarrollo. Éste es el mensaje central de la Populorum progressio, válido hoy y siempre. El desarrollo humano integral en el plano natural, al ser respuesta a una vocación de Dios creador, requiere su autentificación en «un humanismo trascendental, que da al hombre su mayor plenitud; ésta es la finalidad suprema del desarrollo personal». Por tanto, la vocación cristiana a dicho desarrollo abarca tanto el plano natural como el sobrenatural; éste es el motivo por el que, «cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden natural, la finalidad y el “bien”, empieza a disiparse».

En la Encíclica Populorum progressio, Pablo VI señaló que las causas del subdesarrollo no son principalmente de orden material. Nos invitó a buscarlas en otras dimensiones del hombre. Ante todo, en la voluntad, que con frecuencia se desentiende de los deberes de la solidaridad. Después, en el pensamiento, que no siempre sabe orientar adecuadamente el deseo.

El subdesarrollo tiene una causa aún más importante que la falta de pensamiento: es «la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos». Esta fraternidad, ¿podrán lograrla alguna vez los hombres por sí solos? La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad. Ésta nace de una vocación transcendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado, y que nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna.

Pero se ha de subrayar que no basta progresar sólo desde el punto de vista económico y tecnológico. El desarrollo necesita ser ante todo auténtico e integral. El salir del atraso económico, algo en sí mismo positivo, no soluciona la problemática compleja de la promoción del hombre, ni en los países protagonistas de estos adelantos, ni en los países económicamente ya desarrollados, ni en los que todavía son pobres.


4. El verdadero capital es el hombre (n. 25 a 33)


El mercado, al hacerse global, ha estimulado, sobre todo en países ricos, la búsqueda de áreas en las que emplazar la producción a bajo coste con el fin de reducir los precios de muchos bienes, aumentar el poder de adquisición y acelerar por tanto el índice de crecimiento, centrado en un mayor consumo en el propio mercado interior.

Estos procesos han llevado a la reducción de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para la solidaridad en las tradicionales formas del Estado social.

El primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad: «Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social».

El ser humano no es un átomo perdido en un universo casual, sino una criatura de Dios, a quien Él ha querido dar un alma inmortal y al que ha amado desde siempre. Si el hombre fuera fruto sólo del azar o la necesidad, o si tuviera que reducir sus aspiraciones al horizonte angosto de las situaciones en que vive, si todo fuera únicamente historia y cultura, y el hombre no tuviera una naturaleza destinada a transcenderse en una vida sobrenatural, podría hablarse de incremento o de evolución, pero no de desarrollo.

La caridad no excluye el saber, más bien lo exige, lo promueve y lo anima desde dentro. El saber nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente, puede reducirse a cálculo y experimentación, pero si quiere ser sabiduría capaz de orientar al hombre a la luz de los primeros principios y de su fin último, ha de ser «sazonado» con la «sal» de la caridad. Sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor.

Las exigencias del amor no contradicen las de la razón. El saber humano es insuficiente y las conclusiones de las ciencias no podrán indicar por sí solas la vía hacia el desarrollo integral del hombre. Siempre hay que lanzarse más allá: lo exige la caridad en la verdad. Pero ir más allá nunca significa prescindir de las conclusiones de la razón, ni contradecir sus resultados. No existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor.

Pablo VI vio con claridad que una de las causas del subdesarrollo es una falta de sabiduría, de reflexión, de pensamiento capaz de elaborar una síntesis orientadora, y que requiere «una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales». La excesiva sectorización del saber, el cerrarse de las ciencias humanas a la metafísica, las dificultades del diálogo entre las ciencias y la teología, no sólo dañan el desarrollo del saber, sino también el desarrollo de los pueblos, pues, cuando eso ocurre, se obstaculiza la visión de todo el bien del hombre en las diferentes dimensiones que lo caracterizan.


5. La experiencia del don (n. 34 a 42)

La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad.

A veces, el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo, que procede —por decirlo con una expresión creyente— del pecado de los orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad: «Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres» (Centesimus annus, n. 25).

Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social. Además, la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a «injerencias» de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva. Con el pasar del tiempo, estas posturas han desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de los organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían.

La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios.

La Iglesia sostiene siempre que la actividad económica no debe considerarse antisocial. Por eso, el mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas.

La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión.

Las actuales dinámicas económicas internacionales, caracterizadas por graves distorsiones y disfunciones, requieren también cambios profundos en el modo de entender la empresa.

La gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes, proveedores de los diversos elementos de producción, la comunidad de referencia. En los últimos años se ha notado el crecimiento de una clase cosmopolita de manager, que a menudo responde sólo a las pretensiones de los nuevos accionistas de referencia compuestos generalmente por fondos anónimos que establecen su retribución.

Juan Pablo II advertía que invertir tiene siempre un significado moral, además de económico. Se ha de reiterar que todo esto mantiene su validez en nuestros días a pesar de que el mercado de capitales haya sido fuertemente liberalizado y la moderna mentalidad tecnológica pueda inducir a pensar que invertir es sólo un hecho técnico y no humano ni ético. No se puede negar que un cierto capital puede hacer el bien cuando se invierte en el extranjero en lugar de invertirlo en la propia patria. Pero deben quedar a salvo los vínculos de justicia, teniendo en cuenta también cómo se ha formado ese capital y los perjuicios que comporta para las personas el que no se emplee en los lugares donde se ha generado. Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros esté motivado por la especulación y ceda a la tentación de buscar únicamente un beneficio inmediato, en vez de la sostenibilidad de la empresa a largo plazo, su propio servicio a la economía real y la promoción, en modo adecuado y oportuno, de iniciativas económicas también en los países necesitados de desarrollo.

Felipe Pou Ampuero

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Monday, June 08, 2009

45. Trabajo

Fecha: 01 de junio de 2009

TEMAS: Economía, Trabajo.

RESUMEN: 1. La cuestión nuclear es si el hombre puede ser mejor hombre si no trabaja: es decir, si necesita trabajar para mejorarse a sí mismo en primer lugar y luego al mundo que le rodea. En este sentido me parece que se debe contestar que el hombre no puede permitirse el lujo de no trabajar.

2. No importa tanto qué clase de trabajo hace cada uno, sino cómo lo hace. Porque el verdadero valor del trabajo es el humano y no el social o el científico o el económico. Y la diferencia entre un trabajo que «vale» y otro que «no vale» no está en la cantidad sino en la calidad, y esa calidad es el amor que se pone en el trabajo que cada cual realiza.

3. La historia reciente nos ha enseñado de manera muy evidente que sólo la dignidad del hombre es el verdadero criterio para juzgar el progreso de los pueblos y de la ciencia. El mundo laboral es, ante todo, un mundo humano, de hombres y para los hombres y, por lo tanto, debe ser un mundo con valores humanos donde la solución de los problemas no resida en la lucha de clases sino en la colaboración.

4. Muchos se pasan la vida trabajando como si fuera ese el fin de su vida. ¡Han nacido para trabajar! No es fácil, pero nuestra propia felicidad y la felicidad de los que nos rodean nos demandan poner orden en nuestra vida laboral. No somos máquinas trabajadoras, somos hombres y mujeres que por medio del trabajo podemos amar a las otras criaturas.


SUMARIO: 1. Trabajo humano.- 2. Trabajo de amor.- 3. Colaboración laboral.- 4. Vida laboral.

1. Trabajo humano

El hombre con sus manos y con su inteligencia es capaz de modificar la naturaleza creada para ponerla a su servicio. No crea nada nuevo, sino que transforma lo ya existente. Pero no es poco. Es capaz de progresar y de hacer el mundo más habitable con sus solas fuerzas.

El resto de los animales también realizan tareas. Construyen nidos en lo alto de la espadaña del campanario desafiando a la ley de la gravedad; realizan presas en los ríos estancando el caudal de agua de tal manera que el hombre intenta copiar su arte y su oficio; organizan colonias que son verdaderos imperios de estamentos distribuidos por sus categorías, labores y funciones, donde desde la reina hasta la última obrera tienen su sitio y su cometido.

Pero los animales han sido creados así y desde que comienza su existencia hacen lo que su instinto dice: siempre lo mismo y hasta el mismo límite. Los animales no inventan nada, ni transforman, ni mejoran ni empeoran la naturaleza. Forman parte de la naturaleza y su cometido es hacer lo que cada uno de ellos tiene que hacer.

Los animales, propiamente, no trabajan. Hacen nidos, presas y hormigueros, pero eso no es trabajar. El hombre no hace nidos, pero es capaz de transformar el mundo y además es capaz de hacerlo libremente. Esa libertad para hacer una tarea u otra, para mejorar o estropear la naturaleza, para progresar o deteriorar la vida humana diferencia radicalmente la laboriosidad humana de la laboriosidad del castor.

El hombre no es un castor, es evidente. Por tanto, el trabajo del hombre no es un trabajo animal, instintivo, sin sentido, sino que es un trabajo humano que participa en su propia esencia de la naturaleza del hombre que es como el perfume que impregna todo lo que el hombre hace. Así el trabajo del hombre es un trabajo realizado humanamente.

¿Puede el hombre no trabajar? No debemos adelantarnos a contestar esta pregunta. No se trata de poder, como si la cuestión se pudiera reducir a si el hombre puede no querer trabajar. Claro que puede no querer trabajar. Sin embargo, la cuestión nuclear es si el hombre puede ser mejor hombre si no trabaja: es decir, si necesita trabajar para mejorarse a sí mismo en primer lugar y luego al mundo que le rodea. En este sentido me parece que se debe contestar que el hombre no puede permitirse el lujo de no trabajar, de no mejorarse.

El trabajo es una actividad propia del hombre que todo hombre siente en su interior y ansía realizar. Todos los hombres trabajamos y la recta razón aprecia que la naturaleza humana incluye la necesidad del trabajo como ineludible para el desarrollo integral de la persona. La persona que no trabaja no se mejora. El trabajo es fuente de muchas virtudes y escuela de humanidad. El trabajo forma parte de la naturaleza originaria del hombre y la Iglesia halla en las primeras páginas del libro del Génesis la fuente de su convicción según la cual el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia humana[1].

En cierto sentido se puede decir que el trabajo hace al hombre más hombre, porque le ayuda a desarrollar su propia naturaleza humana que es trabajadora. Por eso, cualquier trabajo noble hecho a conciencia nos hace partícipes en la obra creadora de Dios sobre el hombre, no tanto porque mejoramos o creamos el mundo, sino porque por medio del trabajo podemos mejorarnos nosotros mismos y en ese sentido nos terminamos de «crear» cada vez un poco más.

Claro, ya sabemos que el hombre tiene razón y libertad para hacer y elegir el bien y desechar y omitir el mal. Qué otra cosa mejor se puede hacer con la libertad y con la razón que el bien. El trabajo humano es, ante todo, un trabajo racional, sometido a la razón. Y por ser racional es un trabajo con una finalidad, dirigido hacia el bien, lo que ahora llamamos excelencia...

Pero el hombre se cansa al trabajar. El cansancio y la fatiga sorprenden al hombre. El hombre sospecha que lo natural es lo espontáneo y, a su vez, lo espontáneo es equivalente a lo no sufrido. En sentido inverso, el hombre ancestral concluye que lo que comporta esfuerzo, cansancio, sacrificio, no es natural, sino artificial, impuesto y, a la postre, se podría prescindir del trabajo porque el trabajo cansa.

Es verdad que el esfuerzo cansa, pero también es verdad que la consecuencia del esfuerzo que comporta todo trabajo es la mejora personal y del mundo en que vivimos. Y sin ese trabajo no se pueden conseguir esos resultados. Forma parte de la naturaleza humana que el trabajo lleve consigo cansancio. No existe el esfuerzo que no canse y si alguien se da cuenta de esto ahora: ¡bienvenido a la Tierra!


2. Trabajo de amor

Por medio del trabajo cada hombre se convierte en más humano y ayuda o puede ayudar a los demás hombres a ser más hombres y al mundo a ser mejor. Por tanto, el trabajo no vale solamente por la «buena intención» que cada uno podamos poner en lo que hacemos, o por el ofrecimiento personal y espiritual que hagamos de nuestro trabajo diario.

El trabajo debe estar bien hecho, con sentido profesional y con responsabilidad social. Trabajo completo, acabado y lo más perfecto posible. Pero no debemos olvidar que el trabajo es ante todo humano, es cosa de los hombres y para los hombres. No importa tanto qué clase de trabajo hace cada uno, sino cómo lo hace[2]. Porque el verdadero valor del trabajo es el humano y no el social o el científico o el económico.

Una persona que ha desempeñado tareas humildísimas en la vida puede «valer» mucho más que quien ha ocupado puestos de gran prestigio social. Y la diferencia entre un trabajo que «vale» y otro que «no vale» no está en la cantidad sino en la calidad, y esa calidad es el amor que se pone en el trabajo que cada cual realiza. Conviene no olvidar que esta dignidad del trabajo está fundada en el amor. «Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos»[3].

Todos los hombres buscamos la justicia, la paz y el bien común. Nos mueve el afán de solidaridad y el ansia de compartir lo que tenemos de bueno con los demás. Nos apiadamos de las condiciones inhumanas en que se desarrolla la vida de otras personas cuya dignidad es la más elocuente llamada de ayuda.

No se ama la justicia si no se ama verla cumplida en los demás. La justicia solo para mí y no para los demás es ya una injusticia llamativa. El que desea ser justo debe querer también que la justicia se realice en los demás hombres. Así pues, el trabajo humano reclama por justicia un salario justo, incluso cuando se trata de trabajo contratado libremente. Pues lo que se paga con el salario no es solamente el resultado final de ese trabajo, sino la humanidad que en él se oculta, en definitiva, el amor humano que trasciende del trabajo. Aunque el salario estipulado fuera conforme a la ley, eso no legitima cualquier retribución que se acuerde si no es digna del hombre que la percibe[4].


3. Colaboración laboral

La finalidad principal del desarrollo económico no es el mero crecimiento de la producción, ni el lucro o el poder, sino el servicio del hombre integral[5]. El criterio para juzgar el verdadero progreso de los pueblos y de las civilizaciones no es la acumulación de riquezas, ni el grado de poder o imposición sobre otros pueblos. La historia reciente nos ha enseñado de manera muy evidente que sólo la dignidad del hombre es el verdadero criterio para juzgar el progreso de los pueblos y de la ciencia. Aquello que se oponga o menoscabe la dignidad de cualquier hombre, por sencillo o humilde que sea, no es avance sino atraso en la historia de la humanidad.

Por eso la Iglesia defiende la dignidad de la persona que trabaja y a la que se falta cuando se la estima sólo en lo que produce, cuando se considera el trabajo como mercancía, valorando más la obra que el obrero, el objeto más que el sujeto que la realiza. Los indicadores más fieles de la justicia en las relaciones sociales no son el volumen de riqueza creada, ni su distribución, sino la promoción y el respeto de la dignidad del trabajador[6].

El mundo del trabajo, la relaciones laborales, la consideración del trabajador y del empresario o empleador, no pueden quedar reducidas a lo económico como si se tratara de la administración de las riquezas naturales. Menos aún pueden quedar reducidas a un sistema de poder o de predominio de la clase patronal sobre la clase obrera. Esto sería un enfoque injusto del mundo del trabajo. El mundo laboral es, ante todo, un mundo humano, de hombres y para los hombres y, por lo tanto, debe ser un mundo con valores humanos donde la solución de los problemas no resida en la lucha de clases sino en la colaboración del patrón y del obrero para dignificar el trabajo y todas las circunstancias que le rodean.


4. Vida laboral

Según un estudio publicado hace años por el Instituto Nacional de Estadística de España más del 25% de las mujeres españolas querrían tener más hijos de los que actualmente tenían pero las condiciones laborales y el miedo a perder el puesto de trabajo les hacía desistir de la idea. También decía ese trabajo que las horas extras realizadas en el trabajo, incluyendo el trabajo realizado en domingo, parecen ser las causantes de los trastornos familiares más importantes[7].

Y es que nos podemos olvidar fácilmente que somos seres humanos ¡sí, hombres y mujeres y no máquinas! El trabajo es siempre una actividad instrumental, para algo, medio y no fin en sí mismo. Y, sin embargo, muchos se pasan la vida trabajando como si fuera ese el fin de su vida. ¡Han nacido para trabajar! Pues no es así. Hemos nacido para vivir. Dentro de nuestra vida el trabajo ocupa una parte importante y no podemos vivir sin trabajar, pero nuestra vida no se limita al trabajo ni se reduce al trabajo. Eso significaría empobrecer la vida y faltar a la dignidad humana de que venimos hablando.

La vida laboral se debe supeditar a la vida del hombre puesto que forma parte de la misma pero no integra toda su extensión. Además está la vida familiar, la de oración, la social, la de la cultura y la propia formación, etc. Y darle un tiempo a cada una de esas vidas y ordenar todos los tiempos y hacerlos compatibles, con su jerarquía y por su orden es el arte del buen vivir.

No es fácil tener una vida completa y bien ordenada donde exista un tiempo para cada tarea y cada tarea se realice a su tiempo, sin invadir el tiempo de las demás. No es fácil, pero nuestra propia felicidad y la felicidad de los que nos rodean nos demandan poner orden en nuestra vida laboral. No somos máquinas trabajadoras, somos hombres y mujeres que por medio del trabajo podemos amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido y manifestarles el amor[8].


Felipe Pou Ampuero

[1] Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, Ciudad del Vaticano, 14 de noviembre de 1981, n. 4.
[2] Rainiero Cantalemesa, El secreto para dar sentido al trabajo, www.fluvium.org, 12 de noviembre de 2004.
[3] San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n.48.
[4] Pablo VI, Enc. Populorum Progressio, Ciudad del Vaticano, 24 de marzo de 1967, n. 59.
[5] Vaticano II. Const. Gaudium et Spes, n. 64.
[6] Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, Ciudad del Vaticano, 15 de mayo de 1961, n. 83.
[7] Matrimonio, trabajo e hijos: un equilibrio cada vez más difícil. www.zenit.org 2 de noviembre de 2002.
[8] Cfr. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n.48.

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Friday, May 08, 2009

44. Primero

Fecha: 1 de mayo de 2009

TEMAS: Educación, Vida.

RESUMEN: 1 Un adolescente tiene todos los días cuatro profesores en su horario: la familia, la escuela, la pandilla y... los medios de comunicación. ¿Cuántas horas está cada día con cada profesor?

2. En ocasiones, la influencia de las series de televisión es muy contraproducente: presentan como normal el consumo de alcohol, la violencia, las relaciones prematrimoniales, la infidelidad conyugal, la banalización del sexo, hasta el punto de que todo se presenta como un juego.

3. A los padres nos queda eso: ser padres y enseñar y transmitir el verdadero sentido de la vida a nuestros hijos. No se trata de enseñar cosas, sino de enseñarles la vida y a vivirla dignamente.

4. Nuestro ser no es propio, sino que nos ha sido dado. Nuestra vida tiene una razón de existir porque ha sido pensada. Esta es la grandeza de la labor educativa de los padres y de todos los demás educadores, enseñar la verdad, el verdadero sentido de la vida. Pero también esta es la miseria de la condición humana: la dimisión de esta labor educadora.

5. Las personas que han sabido ser felices en su vida no han estado exentas de problemas y dificultades, a veces, graves y dolorosas. Sin embargo, han sabido integrarlos en su vida y darles un sentido.

6. Somos fruto de una Razón que nos llama a la existencia por bondad y que por la misma bondad nos mantiene en la vida. Es la libertad de cada hombre la que le permite elegir el bien y desechar el mal. Es la libertad la que permite buscar la verdad y no vivir en el error y en la ofuscación.


SUMARIO: 1. Los cuatro educadores.- 2. Educar en la verdad.- 3. Para ser felices.- 4. Respetando su libertad.

1. Los cuatro educadores

En la franja de tiempo que va desde los tres hasta los dieciocho años es cuando se adquieren los hábitos de conducta que se pueden llamar valores o cuando, por el contrario, se adquieren los hábitos de conducta que se pueden llamar contravalores. Porque durante esos quince años el niño, el adolescente y el joven son más perceptivos y se encuentran abiertos a las influencias de su entorno[1].

Un adolescente tiene todos los días cuatro profesores en su horario: la familia, la escuela, la pandilla y... los medios de comunicación. ¿Cuántas horas está cada día con cada profesor? Pues parece que con la familia se está un tiempo muy breve por la mañana al despertar. Pero todos tenemos mucha prisa y, a veces, mal humor, y la suma de ambos puede hacer que el amanecer familiar se parezca más a un «alzamiento nacional» que a una clase de valores. Claro, también está el tiempo de la tarde-noche, con la reunión alrededor de la mesa y la conversación tranquila.

La escuela está ocupando la mayor parte del horario. Pero en la escuela no se aprende solamente a sumar. La escuela socializa a los alumnos, les enseña a vivir en sociedad y aquí se aprenden valores o contravalores. La cuestión es que en la escuela no siempre los profesores están dispuestos a trasmitir sus propios valores y cuando los transmiten no siempre son conformes con los de los padres.

Los amigos, la pandilla, están siempre presentes en el horario de los jóvenes. Conforme se avanza en la adolescencia, la pandilla es el marco de referencia de los jóvenes: hacen lo que hacen los demás. Es importante saber quiénes son los amigos de nuestros hijos y cuáles son sus valores porque pueden estar a favor o en contra de los que les queramos enseñar.

Por último, los medios de comunicación —básicamente internet y la televisión— ocupan muchas horas de soledad cada día. Horas de atención absoluta y sin la necesaria crítica de los comportamientos y actitudes que se muestran a los jóvenes en situaciones que, muchas veces, no distinguen la ficción de la realidad. En ocasiones, la influencia de las series de televisión es muy contraproducente: presentan como normal el consumo de alcohol, la violencia, las relaciones prematrimoniales, la infidelidad conyugal, la banalización del sexo, hasta el punto de que todo se presenta como un juego.


2. Educar en la verdad

Pero ante este panorama, los padres no podemos retener a los hijos dentro de casa, sin tener amigos, sin ir a la escuela, sin contacto con los medios de comunicación. A los padres nos queda eso: ser padres y enseñar y transmitir el verdadero sentido de la vida a nuestros hijos. No se trata de enseñar cosas, sino de enseñarles la vida y a vivirla dignamente.

Para esto hay que usar la cabeza y el corazón, pero sobre todo la cabeza, ser racionales. Cuando queremos ir a alguna parte en tren lo primero que hacemos es enterarnos bien de los horarios y trayectos adecuados para poder llegar a nuestro destino. No se nos ocurre llegar a la estación y subirnos en el primer tren que veamos porque no sabemos a dónde va y, es posible, que acabemos en Sevilla queriendo ir a Valencia. Pero tampoco nos subimos en el tren más bonito que veamos. No todos los trenes son iguales. A Sevilla va el Ave y las máquinas son modernas, el tren con destino en Valencia no es tan atractivo. Pero si queremos llegar a Valencia tendremos que tomar el tren que va a Valencia y no otro.

Si los padres queremos enseñar un estilo de vida a nuestros hijos debemos adoptar los medios y medidas necesarias para que puedan aprender ese estilo de vida y evitar lo que les pueda distraer. De lo contrario acabarán en Sevilla queriendo ir a Valencia.

Y ¿cómo se puede hacer esto? Pues lo primero es descubrir que somos hombres y mujeres que existimos de una manera determinada y no de otra. Somos hombres y, por tanto, somos seres racionales que es lo mismo que razonables.

Con nuestra razón podemos descubrir el sentido de las cosas, pero también descubrimos que con nuestra sola razón no somos capaces de entender el sentido último de la existencia. La razón humana no basta para explicar la realidad, pero sí podemos intuir que la creación y el cosmos se rigen por unas leyes y unos principios que nos superan pero que, ciertamente, gobiernan el mundo y nuestra vida. Podemos atisbar que existe una Razón anterior a todo lo creado y que nosotros somos un reflejo de esa Razón creadora.

Nuestro ser no es propio, sino que nos ha sido dado. Nuestra vida tiene una razón de existir porque ha sido pensada. Lo primero que debemos hacer y enseñar es descubrir el sentido de nuestra vida y saber para qué vivimos y enseñar a nuestros hijos para qué viven ellos[2].

Esta es la grandeza de la labor educativa de los padres y de todos los demás educadores, enseñar la verdad, el verdadero sentido de la vida. Pero también esta es la miseria de la condición humana: la dimisión de esta labor educadora. Dimisión que se produce cuando, con la mejor de las intenciones, no se exponen —se entiende que de forma amable— las propias convicciones[3].

Las dudas creadas por la ola de relativismo en que vivimos o incluso el propio temor a expresar nuestras convicciones dejan huérfanos de referencias a nuestros hijos y alumnos para poder perseguir la verdad. Para esto hay que estar firmemente convencido de que la verdad existe y perder el miedo a exponerla, que no es lo mismo que imponerla.

Siempre hay cosas urgentes por hacer, pero tenemos que saber descubrir las cosas importantes y ponerlas en primer lugar. Lo importante en nuestra vida no es hacer primero lo urgente, sino vivir en la verdad y saber dar importancia a las cosas que realmente la tienen por su trascendencia en nuestra vida y no por su urgencia en la realización.

De lo contrario, podemos encontrarnos un buen día con que nos hemos dedicado a dilapidar nuestra verdadera fortuna: nuestra propia honestidad, nuestra familia, la vocación a la eternidad a la que nos sentíamos llamados, nuestros deseos de ayudar a los demás[4]. Y así nos podríamos encontrar ese buen día con que carecemos de cultura y nos creemos cualquier cosa que aparece en una serie de televisión, que hemos abandonado la práctica religiosa, que hemos arruinado el cariño de nuestra esposa y tantas cosas importantes que no suceden de un momento para otro, sino que se van sucediendo por no haber sabido descubrir la verdad que había en ellas.

Para evitar este peligro habrá que reaccionar, corregir el rumbo y saber bajarse en la próxima estación si es que hemos tomado el tren equivocado. Esto en primer lugar. Luego, además, habrá que empezar a descubrir la verdad, descubrirla donde se encuentra y no en otros sitios donde no está. Y en tercer lugar, enseñar todo esto a nuestros hijos.


3. Para ser felices

Porque los hombres no nacemos felices o infelices, sino que aprendemos a ser felices o no[5]. Casi siempre pensamos que la felicidad de cada uno es algo externo a nosotros, como si se pudiera adquirir en la estantería del supermercado o tuviéramos la suerte de haber tenido una vida feliz. Esto es un error. La felicidad no está en la acera esperando que pasemos, depende de nosotros cuando nos empeñamos en aprender a vivir la vida.

Todas las vidas tienen cosas buenas y cosas amargas, esto además de ser terriblemente real es inevitable. Lo contrario es un sueño. Las personas que han sabido ser felices en su vida no han estado exentas de problemas y dificultades, a veces, graves y dolorosas. Sin embargo, han sabido integrarlos en su vida y darles un sentido. Han sabido que la propia vida es un cuadro con relieves: tiene luces y también tiene sombras. Las personas felices han tenido dificultades y, a veces, muchas, pero han sabido superarlas.

Porque la felicidad no es una risa contagiosa o la ausencia de problemas. La felicidad no es un sueño, es real, y como parte de la realidad es compleja. Algunos piensan que la felicidad está en una vida sin problemas y sin dificultades y se afanan en preparar y conseguir una existencia donde no puedan tener cabida los problemas y las complicaciones. Cuando consiga no tener problemas —piensan— entonces seré feliz. Se equivocan. La felicidad no está al final de la vida esperándonos. La felicidad se encuentra a lo largo de toda nuestra vida siempre que queramos vivirla con gallardía para todos los demás.

Aprender a ser feliz significa saber que la vida en la tierra es algo temporal, pasajero, camino para otra vida. Aquí no nos quedamos para siempre, ni mucho menos esto es el final. Por tanto, el valor de nuestra vida no es algo que se pueda medir por lo que produce o por el dinero que ganamos[6], sino que nuestra vida y todas las vidas son algo valioso que no tiene valor mensurable, es una vida trascendente.

Aprender a ser feliz implica reconocer una Razón creadora superior a la nuestra y aceptar nuestras limitaciones. Limitaciones que no nos deprimen sino que nos llenan de esperanza en quien nos ha llamado a esta vida por amor. No se ha olvidado de nuestra existencia sino que cuida de ella con una perspectiva mayor que la nuestra.


4. Respetando su libertad

No somos fruto del azar o de la casualidad, muchos menos somos la consecuencia de un capricho. Somos fruto de una Razón que nos llama a la existencia por bondad y que por la misma bondad nos mantiene en la vida. La verdad del hombre se encuentra en su naturaleza humana. El hombre moderno ha perdido la capacidad de escuchar la naturaleza. Abrumado por el ruido y los mensajes publicitarios ha dejado de escuchar su naturaleza humana que constantemente le habla y le dice cuál es su verdad.

El hombre es racional que es tanto como decir que necesita razones. No le bastan las modas ni las confianzas, el hombre necesita argumentos racionales y, por tanto, debe rechazar todos los argumentos que no resisten la crítica racional. La razón humana no es contraria a la Razón, más bien es su ínfimo reflejo. Por tanto, nunca estará en contradicción con ella.

La naturaleza también nos dice que el hombre es libre y como tal no puede quedar sujeto a ningún otro hombre ni a ninguna potestad humana. La libertad humana solamente puede quedar sometida a la verdad y nunca puede quedar sujeta al error. Es la libertad de cada hombre la que le permite elegir el bien y desechar el mal. Es la libertad la que permite buscar la verdad y no vivir en el error y en la ofuscación. Es la libertad la que hace posible que cada día pueda corregir el rumbo y bajarme de mi equivocado tren tantas veces como sea necesario.

La calidad de nuestra vida no se encuentra en los momentos heroicos y extraordinarios, sino en los cotidianos[7]. Decía Aristóteles que la vida del hombre no es un momentáneo, sino un hábito de cada día. «¿Qué otra cosa podía deciros mejor que ésta? ¡Aprended a conocer a Cristo y dejaos conocer por Él! Él conoce a cada uno de vosotros de modo especial. No es conocimiento que suscite oposición y rebelión, una ciencia ante la cual sea necesario huir para salvaguardar el propio misterio interior. No es una ciencia compuesta de hipótesis, que reduce al hombre a las dimensiones socioculturales. La suya es una ciencia llena de sencilla verdad sobre el hombre y, sobre todo, llena de amor. Someteos a esta ciencia, sencilla y llena de amor, del Buen Pastor. Estad seguros de que Él conoce a cada uno de vosotros más que cuanto cada uno de vosotros se conoce a sí mismo»[8].


Felipe Pou Ampuero

[1] Antoni Coll Gilabert, Los cuatro educadores, Mundo Cristiano, marzo 2006, p. 36.
[2] Benedicto XVI, Entender al hombre de hoy, Mundo Cristiano, octubre 2007, p.45.
[3] Antoni Coll Gilabert, Los cuatro educadores, Mundo Cristiano, marzo 2006, p. 46.
[4] Alfonso Aguiló, No olvides lo principal, julio 2008, www.integrrogantes.net
[5] Alfonso Aguiló, Aprender a ser feliz, abril 2009, www.interrogantes.net
[6] Elio Sgreccia, Calidad de vida y ética de la salud, 12 de marzo de 2005, www.zenit.org
[7] José-María Contreras Luzón, Pequeños secretos de la vida en común, Planeta testimonio, Barcelona, 2000, 3ª ed., p.184.
[8] Juan Pablo II, Homilía Cracovia, 8 de junio de 1979. www.vatican.va

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