Sunday, February 07, 2010

51. Ecología

Fecha: 01 de febrero de 2010

TEMAS:
Ecología, Ley natural, Solidaridad.

RESUMEN: 1. El mundo y todo lo creado no es el resultado de una necesidad cualquiera, procede de la voluntad de Dios que ha querido participar a todo lo creado de su propio ser.

2. La salvaguardia de la naturaleza no responde primariamente a una exigencia estética, sino más bien a una exigencia moral, puesto que la naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que le precede y que viene del mismo Dios que es su autor.

3. Es evidente que la propia naturaleza nos enseña que es necesario superar la lógica del consumo para promover nueva formas de producción agrícola e industrial que respeten el orden de la creación y puedan satisfacer las necesidades primarias de todos los hombres: hay que adoptar un nuevo estilo de vida.

4. El libro de la naturaleza es único y el mismo tanto para el medio ambiente como para las relaciones sociales y la ética personal y familiar. También nosotros somos naturaleza creada por el mismo Creador de la naturaleza que nos rodea.

5. La ecología y el respeto de la naturaleza debe comenzar y entenderse desde la ecología y el respeto por el hombre. Solamente desde estas coordenadas se puede entender la naturaleza y todo lo creado como algo maravilloso puesto al servicio del hombre y de todos los hombres que lo administran con espíritu solidario para favorecer el desarrollo de todos los pueblos que habitan la Tierra.


SUMARIO: 1. Natural.- 2. Sobriedad.- 3. Ecología humana.- 4. Superior.

1. Natural

La primera cuestión es que el mundo no es una casualidad, producto del azar o de la sinrazón, resultado de un caos. Si fuera realmente así, si todo fuera el resultado de una línea evolutiva ciega y el comportamiento humano una mera función del instinto sería absurdo proponerse cambiar nada. Ni siquiera tendría sentido intentar razonar o argumentar porque solamente tendría sentido dejarse llevar[1].

El mundo y todo lo creado no es el resultado de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o de una determinación. Procede de la voluntad de Dios que ha querido participar a todo lo creado –en mayor medida al hombre– de su propio ser. El mundo creado tiene un autor y ese autor no es el hombre. La ecología en un primer sentido muy amplio significa respeto por la naturaleza. El hombre es el dueño o destinatario de la naturaleza, pero no es el dueño absoluto. Entre otras razones, porque no puede cambiar las leyes naturales. Cada vez que el hombre quiere cambiar la naturaleza para hacerla a su capricho no lo consigue.

La naturaleza se resiste a ser cambiada. Cada vez que el hombre lo intenta no consigue una naturaleza nueva, sino la misma... pero degenerada. Por esto el hombre, todos los hombres, no son dueños absolutos de la naturaleza, son, más bien, sus administradores. Los administradores de un Dueño que es el autor de todo lo creado. «La naturaleza es un don del Creador, el cual ha inscrito en ella su orden intrínseco para que el hombre pueda descubrir en él las orientaciones necesarias para cultivarla y guardarla»[2].

La salvaguardia de la naturaleza no responde primariamente a una exigencia estética, sino más bien a una exigencia moral, puesto que la naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que le precede y que viene del mismo Dios que es su autor. ¿Acaso no es verdad que el abuso de la naturaleza comienza allí donde Dios mismo es marginado o incluso donde se le niega su existencia? Si desaparece la relación entre Dios y el hombre la materia y todas las cosas creadas pierden su verdadera dimensión y su sentido y se convierten para el hombre en pura materia destinada a la posesión egoísta.

Cuando el hombre se convierte en la última instancia de la creación, el fin de la materia, la utilización de la naturaleza queda reducida al consumo insolidario donde no existe nada más allá de lo que se ve y se oye.


2. Sobriedad

El hombre se ha dejado guiar por el egoísmo, perdiendo el sentido del mandato divino y en su relación con la creación se ha comportado como explotador, como si fuera el dueño absoluto. El hombre moderno ha olvidado que también él mismo es criatura y, como tal, ser limitado.

La libertad personal, para empezar, no es absoluta. El hombre no es Dios, sino imagen de Dios. El rumbo que debe seguir el hombre no puede venir trazado por su propia arbitrariedad o deseo, sino que debe más bien consistir en la adecuada correspondencia con la estructura querida por el Creador[3].

Es evidente que la propia naturaleza creada nos enseña que es necesario superar la lógica del consumo para promover nueva formas de producción agrícola e industrial que respeten el orden de la creación y puedan satisfacer las necesidades primarias de todos los hombres: hay que adoptar un nuevo estilo de vida.

En primer lugar, hay que deshacer prejuicios antiguos y falsos. Si toda la gente del mundo se mudara al estado de Texas (USA) se le podría dar a cada familia la típica vivienda americana. La zona poblada del planeta no alcanza al 1% de la superficie total[4].

La ONU ha publicado el dato por el cual se sabe que la zona de bosques actual es la misma que la que existía en el año 1950 (4 billones de hectáreas). Además, hay que hacer saber que una hectárea de lechugas, por ejemplo, produce más oxígeno que una hectárea de un bosque de pinos.

La tierra puede alimentar a todos sus habitantes con tal de que el egoísmo de algunos no les lleve a acaparar para sí los bienes que están destinados para todos[5]. La realidad es que si África dejara de estar permanentemente en guerra, con los recursos agrícolas que tiene, sería capaz de alimentar al doble de la población actual de todo el planeta entero. En USA los programas de reducción agrícola han hecho que el 39% de la tierra cultivable se abandone (área que es mayor que toda la extensión cultivable de Europa).

Uno de los países más contaminantes es Rusia que es uno de los países con menor densidad de población, a diferencia de países como Alemania que, a pesar de su gran densidad de población, cuida su aire y la naturaleza que le corresponde.

En segundo lugar, es necesario promover un cambio efectivo de mentalidad y establecer nuevos modelos de vida dentro del marco de un gran esfuerzo educativo que va más allá de la mera instrucción técnica y social. Es necesario enseñar a los hombres que son criaturas y –precisamente por esta condición– no son los dueños absolutos de la creación.

Con esta nueva educación en los valores el hombre podrá descubrir que el egoísmo, el hedonismo, la búsqueda del propio bienestar y el individualismo no son propios de la naturaleza humana y, por esto, no son comportamientos naturales ni ecológicos.

El aprendizaje en el verdadero uso de las cosas creadas es lo que siempre hemos llamado sobriedad. Ser sobrios viene a ser lo mismo que ser ecológicos y esto, a su vez, es lo mismo que ser naturales.


3. Ecología humana

La educación natural o ecológica exige una relación responsable no sólo con la creación, sino también con los demás hombres que conviven con nosotros en el mundo a los que consideramos nuestros hermanos porque somos hijos de un mismo padre que es Dios, por qué iba a ser si no.

El libro de la naturaleza es único y el mismo tanto para lo concerniente al medio ambiente como para las relaciones sociales y la ética personal y familiar. También nosotros somos naturaleza creada por el mismo Creador de la naturaleza que nos rodea.

Preocuparse del medio ambiente exige, pues, una visión amplia y global del mundo y de todo lo que nos rodea. Exige una nueva visión de los problemas que cambie radicalmente desde el enfoque del interés particular y del beneficio propio hacia las necesidades de todos los pueblos.

El respeto por los demás hombres que también viven en este planeta se manifiesta en una nueva relación con las cosas creadas. Un desarrollo que solamente se ocupara del aspecto técnico y económico, descuidando la dimensión moral y religiosa (trascendente) de los hombres no sería un desarrollo humano integral de todos los hombres. Sería –por desgracia, es– un desarrollo unilateral de unos pocos hombres que termina fomentando la capacidad destructiva del hombre y el dominio de unos hombres sobre los demás hombres.


4. Superior

La misma ley natural inscrita en el corazón de todos los hombres pide al hombre que respete su misma naturaleza y de la de los demás hombres que conviven con él. También existe una verdadera ecología humana que nos dice que las demás personas son eso mismo: personas y no cosas de las que podamos abusar y usar a nuestro antojo.

La naturaleza del hombre es el libro que nos enseña que somos algo más que una reunión de células unidas por un principio de vida. El hombre trasciende su propia materia y su naturaleza es así trascendente por constitución y no por propias creencias. Yo no me creo trascendente lo soy, que no es lo mismo, y aunque no lo afirmara seguiría siéndolo de la misma manera.

La naturaleza del hombre nos enseña que tenemos espíritu y que nuestro espíritu tiene unos valores que no son materiales ni propios de la materia. La generosidad, la solidaridad, la afabilidad, la cordialidad, la tolerancia, la comprensión, el acogimiento, la honestidad y un largo etcétera son típicos de los hombres y no de las cosas ni de los animales.

El hombre es un ser ecológico porque es un ser natural. Pero no se confunde con los demás seres creados porque, a diferencia de ellos, está dotado de espíritu trascendente que lo eleva a un plano superior al de los demás seres vivos.

La ecología y el respeto de la naturaleza deben comenzar y entenderse desde la ecología y el respeto por el hombre. Solamente desde estas coordenadas se puede entender la naturaleza y todo lo creado como algo maravilloso puesto al servicio del hombre y de todos los hombres que lo administran con espíritu solidario para favorecer el desarrollo de todos los pueblos que habitan la Tierra.

No es correcto absolutizar la naturaleza ni considerarla más importante que el mismo hombre. Este camino nos lleva a una concepción del mundo donde se elimina la diferencia sustancial entre el hombre y los demás seres vivos y se termina por negar la verdadera dignidad de la persona humana superior a todo lo demás creado.■


Felipe Pou Ampuero

[1] De la Vega-Hazas Ramírez, Julio, ¿Creación? Por qué sí, www.zenit.org
[2] Benedicto XVI, Si quieres promover la paz, protege la Creación, Mensaje para la XLIII Jornada Mundial de la Paz, Ciudad del Vaticano, 1 de enero de 2010.
[3] Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático ante la Santa sede, Ciudad del Vaticano, 11 de enero de 2010.
[4] Jacqueline E. Kasun, El mito de la superpoblación.
[5] Benedicto XVI, Discurso ante la FAO, 16 de noviembre de 2009.

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Sunday, January 03, 2010

50. Economía

Fecha: 01 de enero de 2010

TEMAS: Economía, Cultura, Cristiano.

RESUMEN: 1. Quien ha querido entender el mensaje del crecimiento y del desarrollo solamente para sí mismo o para una estirpe o civilización determinada está claro que ha entendido mal el mensaje original del hombre.

2. ¿Por qué no buscamos la excelencia del hombre y de nuestras vidas? ¿Acaso no será la excelencia el verdadero desarrollo del hombre? ¿Por qué hemos de limitar la excelencia a los procesos productivos y no pretenderla también para la propia economía?

3. La economía no es para la administración de las cosas y los bienes, sino para el crecimiento total (integral) del hombre junto con todos los demás hombres (solidario).

4. Resulta que los votantes votamos con el bolsillo más que con la cabeza y el corazón. La principal preocupación política es la economía, pero no el desarrollo del hombre.

5. La finalidad de la empresa no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia de la empresa como comunidad de hombres que de diversas maneras buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales.

6. El humanismo cristiano exige superar la estructura del utilitarismo y sustituirla por la de la reciprocidad y la donación.


SUMARIO: 1. Administrar.- 2. Integral.- 3. Crisis.- 4. Necesario.- 5. Empresa.

1. Administrar

Nuestro tiempo no es algo ajeno y exterior a nosotros mismos. A veces miramos la realidad desde la barrera, como simples espectadores, como si no fuera nuestro tiempo, nuestra vida y nuestros problemas. Pero no es así. No es cuestión de verlo o no verlo, es que es la realidad que se impone y se empeña en ser real. Nuestro tiempo somos nosotros mismos, nuestra manera de ser, nuestra cultura, nuestras preocupaciones. Nuestro tiempo es también nuestra sensibilidad, lo que de verdad nos preocupa y lo que nos resulta más o menos indiferente[1].

La economía, que es la administración de los bienes, no es algo ajeno a los hombres. Parece que estas cosas de los bienes y del dinero son demasiado prosaicas como para prestarles atención. Ya existen otros problemas más interesantes en la vida que las cosas materiales. Y sin embargo, no es así. Desde el principio al hombre y a la mujer se les confía la misión de administrar la creación entera y de someter la misma para crecer y desarrollarse. Los bienes, las cosas y su administración forman parte esencial del encargo original que consiste en administrar los dones recibidos.

Incluso más. En el Antiguo Testamento las riquezas y la abundancia de bienes son una señal de la bendición divina. En sí misma, la riqueza no es un mal. Pero el mal uso de los bienes que tenemos a nuestro cuidado —muchos o pocos— sí es objeto de condena.

Los bienes y las riquezas forman parte del mensaje original. Un mensaje que se dirige a todos los hombres y que abarca a todos los hombres. No se trata de crecer unos pocos, sino de crecer todos y de multiplicarse todos y a la vez, es decir, solidariamente. Quien ha querido entender el mensaje del crecimiento y del desarrollo solamente para sí mismo o para una estirpe o civilización determinada está claro que ha entendido mal el mensaje original del hombre.

El hombre —todos los hombres— estamos llamados a desarrollarnos sin dejar atrás a nadie y compartiendo, no ya los bienes, sino el mismo desarrollo con todos los demás hombres.


2. Integral

Y puestos a crecer y desarrollarnos todos juntos, también dice el mensaje que el desarrollo es de todo el hombre y no solamente de su cuenta corriente. Cuando el crecimiento humano se enfoca exclusivamente sobre el crecimiento de las cosas y de los bienes el resultado es un enanismo del hombre y de su cultura que le convierten incapaz de descubrir los bienes más altos que son los únicos capaces de satisfacer las ansias de felicidad que tiene todo hombre.

Los países del tercer mundo tienen, pero no poseen, gran cantidad de riqueza y de materias primas: energéticas (gas, petróleo), biológicas (bosques, campos de cultivo), minerales (minas, yacimientos). Esas riquezas no son propiedad exclusiva de los países productores. Los países que explotan esas riquezas no pueden contentarse con pagar un precio por las mismas y además aportar un donativo de su producto interior bruto para que los países donde se encuentran las riquezas puedan seguir tolerando esa situación.

Es claro que cuando el único horizonte de una economía es la riqueza contable y material, los hombres se encuentran ciegos para ver el verdadero problema y por no verlo son incapaces de su resolución. Sin embargo, los propios países ricos no aspiran solamente a acumular riquezas, sino que quieren ir más allá de la riqueza y pretenden conseguir lo que ellos entienden que es calidad de vida: bienestar social, seguridad pública, ordenamiento jurídico, reparto equitativo de las riquezas, sostenimiento proporcional de las cargas sociales, socialización de la cultura y un largo etcétera.

No nos quedamos sólo en tener cosas y bienes sino que aspiramos a más o, mejor dicho, aspiramos a mejor. El verdadero crecimiento y desarrollo es el que aspira a mejor y no solamente a más. El triste avaro de Molière se conformaba con más y se olvidaba del mejor. Para nosotros el mejor es la calidad, la excelencia y la satisfacción cumplida de nuestras aspiraciones.

Pues ¿por qué no buscamos la excelencia del hombre y de nuestras vidas? ¿Acaso no será la excelencia el verdadero desarrollo del hombre? ¿Por qué hemos de limitar la excelencia a los procesos productivos y no pretenderla también para la propia economía?

El crecimiento de todo el hombre es su crecimiento integral que exige necesariamente una economía excelente. Este nuevo horizonte supone unas metas y unos objetivos donde no tiene cabida el adverbio «más», sino que resulta imprescindible el calificativo «mejor».

Entonces percibimos que hemos cambiado el terreno de juego. Mejor hace referencia a bien y bien hace referencia a sentido ético de las decisiones y de los comportamientos. Porque es claro que una economía que solamente aspire a buenos resultados económicos no es una economía excelente. Y si no es excelente no nos interesa para nada.


3. Crisis

Cuando la economía abandonó la excelencia y se conformó solamente con la utilidad dejó de ser una buena economía. Seguramente llamamos crisis a lo que no es más que un simple error económico. La economía no puede renunciar a la excelencia porque entonces viene a ser como el triste avaro que se olvidó de vivir la vida.

Y es que la economía no es para la administración de las cosas y los bienes, sino para el crecimiento total (integral) del hombre junto con todos los demás hombres (solidario). Cualquier economía que no pretenda estos objetivos no es que esté en crisis, es que está equivocada.

No es lo mismo salir de la crisis que salir del error. De la crisis se puede salir adoptando medidas económicas que serán más o menos eficaces, pero siempre se insertan dentro de una visión económica que puede ser acertada o errónea. Pero del error no se sale con medidas económicas, sino buscando la verdad y cambiando totalmente de planteamiento económico.

A nadie le interesa salir de la crisis para seguir en el error porque sabe que no se ha solucionado el verdadero problema. Es más, cuando la economía es errónea, los problemas se irán sucediendo y las soluciones adoptadas no pasarán de ser unos intentos de solución.

Mientras los directivos de las empresas sigan considerando que su objetivo es aumentar el resultado económico positivo de cada ejercicio nos estaremos equivocando en la solución del error, aunque para algunas empresas se solucione su crisis económica. La excelencia empresarial que va pareja con la excelencia económica, no tiene por objetivo ningún «más», sino que busca siempre un «mejor». No debe preocuparnos un mayor resultado, sino si realmente es un mejor resultado.

Pero no se trata de un problema ajeno, de otros, de los economistas. Es nuestro tiempo y son nuestros problemas: de verdad. Porque resulta que los votantes votamos con el bolsillo más que con la cabeza y el corazón. La principal preocupación política es la economía, pero no el desarrollo del hombre. Y los votantes votaron mayoritariamente a los candidatos que ofrecían «más» y no prestaron atención ni importancia a los candidatos marginales que postulaban el «mejor». ¿Qué ha sido del voto católico en Estados Unidos?, ¿y en España?


4. Necesario

Lo necesario es reconsiderar el concepto mismo de riqueza y de prosperidad[2] para evitar que quede reducido a la riqueza material de bienes. Una sociedad no es más rica cuando tiene más bienes, sino cuando sus ciudadanos viven mejor. Para esto debe cambiar el horizonte de sus objetivos y mirar más alto aún, donde los bienes no alcanzan.

Los objetivos prioritarios no son el producto interior, ni la balanza de pagos, ni el crecimiento económico. Los verdaderos objetivos de la economía actual son el pan en la mesa, la vivienda, educación, salud, y oportunidades de vida digna para todos los miembros de la familia humana[3].

Y contra estos objetivos prioritarios el verdadero enemigo es la ideología. Una ideología que pretende sustituir a la naturaleza de las cosas y a la recta razón. Una ideología que pretende fabricar una realidad a su medida antes que reconocer la realidad objetiva de las cosas. Una ideología que se impone al hombre y a sus necesidades en lugar de servir al bien común, a la justicia y a la paz social.


5. Empresa

La empresa no puede considerarse solamente como una sociedad de capitales, sino que es, al mismo tiempo, una sociedad de personas[4]. Una comunidad de personas libres y responsables que se asocian para llevar a cabo una obra común. La finalidad de la empresa no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia de la empresa como comunidad de hombres que de diversas maneras buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales[5].

El humanismo cristiano tiene mucho que ofrecer para que la actividad empresarial no pierda de vista que el hombre es el autor, el centro, el fin de toda la vida económico-social[6]. Frente a humanismos cerrados a Dios y al espíritu, el humanismo cristiano pretende una visión completa de la persona; una visión que considera, a la vez, la dimensión individual y la dimensión social de la persona y no reduce al hombre a un nivel puramente intramundano, sin más horizontes que los derivados de la utilidad o del hedonismo.

El humanismo cristiano exige superar la estructura del utilitarismo y sustituirla por la de la reciprocidad y la donación. Es verdad que la lógica del mercado y de las relaciones estrictamente contractuales se fundan en el intercambio, pero ese comercio, ese trato, ha de llevar a la reciprocidad, de modo que ambas partes salgan beneficiadas[7].

La tarea económica actual, la solución de la crisis económica, se encuentra en cambiar una tendencia profundamente enraizada en la sociedad actual que impulsa a los hombres a convertirse en la única medida de sí mismos y sustituirla por la tendencia a buscar la verdad que se encuentra en la naturaleza de las cosas, primera ley económica que siempre se debe cumplir.■


Felipe Pou Ampuero
[1] Burggraf, Jutta, Hacio una cultura de diálogo,
www.opusdei.es, 15 de junio de 2009.
[2] Juan Pablo II, Mensaje del Día Mundial de la Paz, 1 de enero de 2000.
[3] Card. Scherer, Discurso,
www.zenit.org, 22 de noviembre de 2009.
[4] Juan Pablo II, Enc. Centesimus annus, Ciudad del Vaticano, 1 de mayo de 1991, n.43.
[5] Mons. Javier Echeverría, El humanismo cristiano en la dirección de empresas, Discurso pronunciado en el IESE, Barcelona, 16 de mayo de 2008.
[6] Conc. Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 63.
[7] Mons. Javier Echeverría, El humanismo cristiano en la dirección de empresas... ob. cit.

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Thursday, December 10, 2009

49. Cruces

Fecha: 01 de diciembre de 2009

TEMAS: Cultura, Religión, Cristiano.

RESUMEN: 1. Se trata de una iniciativa demasiado tributaria de una concepción que no entiende el laicismo como la neutralidad del Estado ante el hecho de la religión, sino como una ausencia de signos religiosos.

2. Entiende que el Estado neutral es el Estado sin religión pero no piensa lo mismo de los valores éticos. Porque, vamos a ver, ¿acaso estamos en un Estado neutro de valores?, ¿neutro contra el fraude, la violencia de género, la xenofobia, los ataques al medio ambiente, el nazismo, la pornografía infantil y un largo etcétera?

3. Pero el crucifijo lo que representa es una manera de entender la vida y el hombre. Representa la igualdad de todos los hombres hijos de un mismo Padre común y por eso mismo hermanos. Representa el perdón a todos y la comprensión de la debilidad humana, la convivencia de los hombres y de los pueblos y un afán de solidaridad que va más allá de un buen sentimiento.

4. ¿Se imaginan ustedes un tribunal internacional en un continente que no sea Europa? La historia de los derechos humanos es europea porque Europa es cristiana, de eso no hay duda, y la sombra de Europa tiene forma de cruz.

5. El Estado laico es defensor de la libertad religiosa y esto pasa necesariamente por ser un Estado neutral ante todas las confesiones religiosas.


SUMARIO: 1. ¿Europa?.- 2. Un símbolo cultural.- 3. Cultura laicista.

1. ¿Europa?

El día 4 de noviembre de 2009, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo dicta sentencia en la que prohíbe la exhibición del crucifijo en las aulas escolares italianas porque entiende que la imagen de un crucificado vulnera el derecho de libertad religiosa y resulta opresiva para los escolares que no sean cristianos y discriminatoria respecto de las demás religiones. Los jueces de Estrasburgo —que es tanto como decir los jueces de Europa— han dicho que la cruz es una agresión para todo el que no sea cristiano[1].

Se trata de una iniciativa demasiado tributaria de una concepción que no entiende el laicismo como la neutralidad del Estado ante el hecho de la religión, sino como una ausencia de signos religiosos. Como si el laicismo fuera equivalente a sociedad libre de religión aunque no libre de otras ideas no religiosas pero de igual impacto ético que la religión. Es decir, este tribunal entiende que laicidad es equiparable a ética no religiosa, pero ética al fin y al cabo.

Sin embargo, la nada sospechosa Natalia Ginzburg escribe «El crucifijo no genera ninguna discriminación. Calla. Es la imagen de la revolución cristiana que diseminó por el mundo la idea de la igualdad entre los hombres, hasta entonces ausente»[2].

En España, por desgracia, vamos por delante. La sentencia 288/2008, de 14 de noviembre de 2008, del Juzgado de lo Contencioso Administrativo número dos de Valladolid ordenó retirar del colegio público «Macias Picavea» los símbolos religiosos en sus instalaciones fundándose en los artículos 14 y 16.1 de la Constitución española.

Pero no deja de llamar la atención el cúmulo de contradicciones en todas las argumentaciones. Por ejemplo, que se pretenda la retirada de símbolos religiosos porque atentan a la libertad de conciencia de los escolares y no se pretenda, por el mismo motivo, que se retire el nombre del centro escolar que alude a un escritor del siglo XIX español, Ricardo Macias Picavea, discípulo de Julián Sanz del Río y de Nicolás Salmerón, perteneciente a la «escuela filosófica» krausista, de ideas regeneracionistas y defensor del positivismo jurídico. Digo yo que algún niño en ese centro se podrá ver discriminado con el ideario de ese corte positivista ¿o no?, o solamente ofende la cruz y el nombre del centro escolar no...

Por ejemplo, que el tribunal europeo entienda que para luchar contra la intolerancia religiosa hay que atacar la religión católica, pero no las demás. Y que además entienda que el Estado neutral es el Estado sin religión pero no piense lo mismo de los valores éticos. Porque, vamos a ver, ¿acaso estamos en un Estado neutro de valores?, ¿neutro contra el fraude, la violencia de género, la xenofobia, los ataques al medio ambiente, el nazismo, la pornografía infantil y un largo etcétera?[3] No, el Estado no es neutro, ni nadie quiere que sea neutro frente a lo que hace daño a la sociedad.

Lo que se trasparenta es que para ese tribunal la religión católica es algo malo e indeseable y la cruz es la manifestación de ese algo malo e indeseable que es necesario erradicar.

Pero el crucifijo lo que representa es una manera de entender la vida y el hombre. Representa la igualdad de todos los hombres hijos de un mismo Padre común y por eso mismo hermanos. Representa el perdón a todos y la comprensión de la debilidad humana, la convivencia de los hombres y de los pueblos y un afán de solidaridad que va más allá de un buen sentimiento. Representa el cariño necesario para saltar las propias fronteras y hasta las propias convicciones y realizar el esfuerzo personal por acercarse al vecino y formar una comunidad de naciones, de pueblos y de culturas que tienen una misma raíz, raíz que tiene forma de cruz.

Los crucifijos situados en los caminos, en las cumbres, en las plazas de los pueblos, en las fachadas de los consistorios, y en las banderas y enseñas nacionales son un referente de comprensión, de hospitalidad, de convivencia pacífica, de superación de personalismos. Tienen un significado civil, histórico y cultural que trasciende en simple valor religioso. Realmente quien ofende a los europeos es sin lugar a dudas el tribunal (con minúsculas) de la Corte de Estrasburgo. ¿Se imaginan ustedes un tribunal internacional en un continente que no sea Europa?[4] La historia de los derechos humanos es europea porque Europa es cristiana, de eso no hay duda, y la sombra de Europa tiene forma de cruz.

Ante un crucifijo cobra sentido nuestra cultura. Porque las culturas las fundan las religiones y donde no hay religión no hay cultura[5]. Deberían saber los señores magistrados de Estrasburgo que lo importante no es atacar los símbolos religiosos, sino ayudar a respetarlos a todos los ciudadanos europeos, sean católicos o de cualquier otra confesión religiosa.


2. Un símbolo cultural

Como afirma el Presidente de la República italiana, Carlo Azaglio Ciampi, «el crucifijo en las escuelas ha sido considerado siempre no sólo un signo distintivo de una creencia religiosa particular, sino sobre todo un símbolo de los valores que conforman el fundamento de nuestra identidad».

Y si la cruz puede estar en la bandera, que es el símbolo de todo lo que significa un Estado, una nación, una patria, la tierra de los padres; si puede estar en las monedas, expresión máxima del poder institucional, no se entiende si no es por prejuicio ideológico que no pueda estar en la modesta pared de una escuela[6].

La cruz es signo de paz y reconciliación. Su palo vertical recuerda la dimensión trascendente de la persona y su palo horizontal representa la dimensión terrena de la persona que se extiende desde el centro para abarcar a todos los pueblos, razas, culturas[7].

Toda la cultura occidental y europea hunde sus raíces en la concepción de Dios y del hombre que representa de manera suprema el crucifijo. Es precisamente esa concepción la que está en la raíz de la laicidad del Estado, que sólo ha podido desarrollarse en este sustrato[8].

El crucifijo es un símbolo de amor, compromiso, respeto, solidaridad, entrega por los demás. Representa valores positivos, compartidos y aceptados por nuestra sociedad. Es difícil imaginar a quién puede ofender la presencia del crucifijo. Quitar un crucifijo es como arrancar de la pared una declaración genuina de derechos humanos[9].


3. Cultura laicista

Pero qué significa que el Estado es laico. Desde luego no significa que es contrario a la religión. El Estado laico es defensor de la libertad religiosa y esto pasa necesariamente por ser un Estado neutral ante todas las confesiones religiosas. El Estado no debe optar por ninguna religión, ni mucho menos imponérsela a los ciudadanos, pero tampoco debe optar por la no-religión e imponer este postulado a sus ciudadanos porque, en tal caso, estaría siendo un Estado confesional laicista.

Que el Estado, tal como señala la Constitución española, sea aconfesional, no significa que sea confesionalmente laicista y militante contra cualquier signo religioso[10].

La laicidad del Estado significa que no puede imponer signos religiosos en los espacios públicos, pero tampoco puede eliminar los que ya existen y son fruto de una historia y de una cultura particular. Quitarlos sería un acto positivo confesional del Estado que socavaría la necesaria neutralidad del Estado laico. Aquí está en juego la libertad religiosa[11].

Porque la religión —cualquier religión, por su dimensión trascendente— lejos de ser algo negativo, resulta un factor positivo para la sociedad, en la medida que construye un espíritu común. Y, en este sentido, el crucifijo es la mejor expresión de libertad, la mayor historia de amor jamás contada. Es un ejemplo y una lección permanente para todos los escolares y para cualquier caminante que pasa delante de él.

La verdadera libertad religiosa no tiene nada que ver con la pretendida libertad de la religión de que hacen gala los magistrados de Estrasburgo, no tiene nada en común con una sociedad libre de cualquier religión. La verdadera libertad religiosa valora la religión, todas las religiones, y porque las valora las respeta como tales y no pretende suprimir ninguna, sino que defiende un espacio común donde puedan existir y desarrollarse en pacífica convivencia.

En lo que se refiere a los símbolos y signos religiosos, es cierto que al Estado le corresponde velar por el bien común y por la pacífica convivencia de sus ciudadanos y, por tanto, el Estado está legitimado para regular el uso y la presencia de los signos en la vida pública. Pero será en cuanto tales signos son signos sociales, no en cuanto signos religiosos y sólo en cuando afecten al bien común y a la paz social, no a la ideología predominante del partido en el poder.

Así, el poder legítimo podrá regular la prohibición de determinados símbolos por su peligro social, o por su potencia generadora de disturbios, pero en cualquier otro supuesto, el uso de los símbolos es libre en un Estado democrático. La presencia de una cruz no significa la obligatoriedad de una creencia y, si no, a los hechos me remito: véase Europa y su multiculturalidad; una Europa llena de crucifijos.

No deja de sorprender que una pared escolar blanca y sin ningún símbolo religioso también constituye una declaración ideológica que a muchos padres puede no convencer. Exigir la retirada de un crucifijo es una manera de negar el derecho de todo ser humano a tener unas creencias y a sustentarse sobre un pilar tan básico como el de la libertad religiosa que deriva de la libertad personal y de la propia dignidad humana. ¡Soy libre de creer!




Felipe Pou Ampuero

[1] Uría, Ignacio, Para hacerse cruces, www.nachouria.com
[2] Artículo publicado en L’Unità, diario fundado por Antonio Gramsci, el día 22 de marzo de 1988, citado por Giuseppe Florentino, El crucifijo, los jueces y Natalia Ginzburg, en L’Osservatore Romano, Ciudad del Vaticano, 7 de noviembre de 2009.
[3] Martin Kugler, 12 razones por las que el crucifijo no viola la libertad, www.zenit.org, 10 de noviembre de 2009.
[4] López Schlichting, Cristina, A los magistrados de Estrasburgo.
[5] De Prada, Juan Manuel, Una clase de religión para el siglo XXI.
[6] Manifiesto de e-cristians.net.
[7] Ramiro Pelletero, La cruz, www.ReligionConfidencial.com
[8] Ignacio Uría, ob. Cit.
[9] González Vila, Teófilo, Signos religiosos en el espacio público, La Verdad, n.3762, Pamplona, 25 de septiembre de 2009.
[10] Gómez Trinidad, Juan Antonio, Portavoz de Educación del Grupo Popular.
[11] Teófilo González Vila, ob. Cit.

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Saturday, November 14, 2009

Índice general


1. Si se quieren... pues que se casen. (nov. 2004)
2. Hombre y mujer. (feb. 2005)
3. Cristiano. (mar. 2005)
4. Clonación. (abr. 2005)
5. Intimidad. (may. 2005)
6. La moda. (jun. 2005)
7. Libertad. (jul. 2005)
8. El sentido de la vida. (sep. 2005)
9. Creación y evolución. (oct. 2005)
10. Fidelidad. (nov. 2005)
11. Relativismo. (ene. 2006)
12. Verdad. (feb. 2006)
13. Fecundación. (mar. 2006)
14. Dolor. (abr. 2006)
15. El mal. (may. 2006)
16. La felicidad. (jun. 2006)
17. Los derechos. (sep 2006)
18. Razonable. (oct. 2006)
19. Laico. (nov. 2006)
20. Europa. (dic. 2006)
21. Religión. (ene. 2007)
22. Democracia. (feb. 2007)
23. Vida pública. (mar. 2007)
24. Educación. (abr. 2007)
25. Aborto. (may. 2007)
26. Familia. (jun. 2007)
27. Cultura. (sep. 2007)
28. Mujer. (oct. 2007)
29. Género. (nov. 2007)
30. Trabajadoras. (dic. 2007)
31. Madres. (ene. 2008)
32. Modernismo. (feb. 2008)
33. Ley natural. (mar. 2008)
34. Bien común. (abr. 2008)
35. Valores. (may. 2008)
36. Matrimonio duradero. (sep. 2008)
37. Absoluto. (oct. 2008)
38. Mi cuerpo y yo. (nov. 2008)
39. Liturgia. (dic. 2008)
40. Educación diferente. (ene. 2009)
41. Belleza. (feb. 2009)
42. Eutanasia. (mar. 2009)
43. Novios. (abr. 2009)
44. Primero. (may. 2009)
45. Trabajo. (jun. 2009)
46. Caridad verdadera (1 de 2). (sep. 2009)
47. Caridad verdadera (2 de 2). (oct.2009)
48. Diálogo. (nov. 2009)

Saturday, November 07, 2009

48. Diálogo

Fecha: 01 de noviembre de 2009

TEMAS: Desarrollo, Verdad, Razón.

RESUMEN: 1. Los hombres somos libres y la esencia de la libertad es nuestra libertad interior, es decir, poder pensar libremente por nuestra cuenta sin que nada ni nadie nos imponga sus ideas.

2. Sin embargo, la falta de reflexión debilita al hombre moderno porque le impide pensar con libertad y le expone a vivir como no piensa ni desea.

3. Sobre todo, el gran reto es pensar bien. En el bien propio y en el bien de todos, en el bien común. La virtud de la ciudadanía supone el desvelo por el bien común sin el cual el bien humano se ve seriamente recortado.

4. El hombre es racional y puede pensar para conocer mediante la «razón ampliada» la verdad en toda su extensión, es decir, sin limitarse a adquirir conocimientos técnicos para dominar la realidad material, sino abriéndose hasta encontrar al Trascendente.

5. Un diálogo no es una simple conversación, sino que es un encuentro entre dos o varias personas en un clima de amistad. Pero para poder tener amistad es preciso conocer a mi amigo. Si no le conozco tal y como es realmente ¿cómo le voy a poder querer?

6. Para poder dialogar, además, es necesario también dar a conocer la propia identidad. Se trata de saber quién es el otro y de que el otro pueda saber quién soy yo.


SUMARIO: 1. Un hombre aislado.- 2. El hombre piensa.- 3. Descubrir la verdad.- 4. Dialogar.

1. Un hombre aislado

Tradicionalmente se distinguen tres grandes conjuntos de dinamismos naturales. El primero, que es común a todos los seres sustanciales comprende la inclinación a conservar y desarrollar su propia existencia. El segundo, común a todos los seres vivos, comprende la inclinación a reproducirse para perpetuar la especie. Y el tercero, propio solamente del hombre como ser racional, comprende la inclinación a conocer la verdad sobre Dios y a vivir en sociedad.
El hombre es un ser social que vive en sociedad y tiene muchos porqués para responder. Es el peaje que tenemos que pagar por ser humanos. Y lo primero que percibimos es que vivimos rodeados de personas diferentes a nosotros, o por mejor decir, yo no pienso ni siento como el resto de personas que me rodean[1].

Los hombres somos libres y la esencia de la libertad es nuestra libertad interior, es decir, poder pensar libremente por nuestra cuenta sin que nada ni nadie nos imponga sus ideas. Pero apenas tenemos el valor de pensar por nuestra cuenta y nos atrevemos a ser libres de verdad. Es mucho más cómodo pensar como piensan los medios de comunicación y nos enseñan en la televisión, en la radio, en los eslóganes publicitarios.

Claro que, para pensar hace falta un poco de tiempo y pararse a reflexionar. Y el tiempo es quizá el bien más escaso para el hombre posmoderno tan lleno de bienestar. No deja de resultar paradójico que con frecuencia conocemos mejor a los protagonistas de esa serie televisiva que tanto nos gusta que a nuestros propios vecinos con los que bajamos en el ascensor cada mañana.

Sin embargo, la falta de reflexión debilita al hombre moderno porque le impide pensar con libertad y le expone a vivir como no piensa ni desea[2]. Hasta tal punto que será muy difícil que una persona pueda tener convicciones propias si no adopta una actitud distante respecto de los medios de comunicación. Nos gustaría gritarles «¡No me pienses!, ya pienso yo solo».

Podemos sospechar que estas son las desventajas de la modernidad. En otros tiempos esto no sucedía. Pero no es así. Nuestro tiempo no es algo exterior y ajeno a nosotros. Al contrario, nuestro tiempo somos nosotros mismos, es nuestra mentalidad, nuestra manera de ver las cosas, nuestras sensibilidades y gustos y todas nuestras relaciones humanas. Y este tiempo nuestro es el que queremos cambiar, pero para esto es necesario saber exponer las propias convicciones de una manera distinta para que puedan comprenderlas –precisamente– también aquellos que no las comparten[3].


2. El hombre piensa

A veces sentimos la sensación de que el mundo no es humano, que no parecemos hombres sino máquinas que persiguen objetivos. Parece que con tanto progreso nos hemos olvidado del hombre y de poner en el centro de la vida social el desarrollo integral de la persona humana[4].

Así es. Sentimos la imperiosa necesidad de dar a los medios electrónicos y a todo el mundo un rostro verdaderamente humano. El primer paso para conseguirlo consiste en hacer lo que hacen los humanos, es decir, pensar por nosotros mismos. Nada fácil, no vaya a pensarse lo contrario. Porque todo lo que nos rodea se empeña en que no seamos libres ni nos dediquemos a pensar por nuestra cuenta.

Sobre todo, el gran reto es pensar bien. En el bien propio y en el bien de todos, en el bien común. La virtud de la ciudadanía supone el desvelo por el bien común sin el cual el bien humano se ve seriamente recortado. Pero para pensar en el bien común hace falta crear situaciones comunes, de relaciones sociales entre unos hombres y otros, entre los que piensan de una manera y los que piensan justo de la manera contraria. Para pensar bien y para pensar en el bien común hace falta aprender a dialogar.


3. Descubrir la verdad

El hombre es racional y puede pensar para conocer mediante la «razón ampliada» la verdad en toda su extensión, es decir, sin limitarse a adquirir conocimientos técnicos para dominar la realidad material, sino abriéndose hasta encontrar al Trascendente[5].

El hombre puede conocer la verdad sin llegar a ser su dueño porque no le pertenece. Como enseña santo Tomás de Aquino, lo bueno puede existir sin mezcla de lo malo; pero lo malo no puede existir sin mezcla de lo bueno[6]. Por tanto, cualquier persona, por erróneos que nos parezcan sus planteamientos, participa de alguna manera de la verdad y podemos aprender de ella.

Porque si lo que nos importa no es si la idea es verdadera o falsa, sino si es progresista o conservadora, de izquierdas o de derechas, crítica o dogmática, feminista o machista, u otras cosas por el estilo, nos estamos instalando en el totalitarismo y abandonamos el camino de la verdad[7].

Y ¿qué es la verdad? Pues la verdad es aquello contra lo que no tenemos nada que hacer: sólo nos cabe aceptarla como condición y límite de nuestras pretensiones. No querer dialogar supone no admitir, por principio, la posibilidad de que un planteamiento ajeno resulte a la postre verdadero.

Pero si queremos comprender nuestro mundo hemos de ampliar nuestro horizonte y profundizar en la verdad allí donde se encuentre, esto es, en todas partes. Debemos estar dispuestos al diálogo –especialmente– con aquellos que son distintos a nosotros.


4. Dialogar

Un diálogo no es una simple conversación, sino que es un encuentro entre dos o varias personas en un clima de amistad. El clima de amistad consiste en comprender al otro con sus reacciones, sus miedos y sus esperanzas. La amistad implica que mi amigo es único y digno de mi atención. Cuando una persona experimenta que es amada por lo que es, sin necesidad alguna de mostrarse competente o interesante aprende el valor de la amistad.

Pero para poder tener amistad es preciso conocer a mi amigo. Si no le conozco tal y como es realmente ¿cómo le voy a poder querer? Y muchas veces tenemos ideas bastantes desfiguradas y erróneas de las tradiciones y costumbres de los demás, en especial, de los extranjeros y los que proceden de otras civilizaciones que no sea la occidental.

Si le conozco y le estimo necesariamente le respeto tal y como es. Si Dios nos ha creado distintos a unos y otros por qué nos empeñamos en uniformarnos. El hecho de ser distintos constituye una gran riqueza y una fuente de aprendizaje continuo. Las diferencias no pueden ser negadas; no necesitan ser niveladas. Cada hombre es original y tiene pleno derecho a serlo[8].

El respeto a los demás y a su manera de ser diferente es algo más que la mera tolerancia. El amor a la libertad lleva en primer término a respetar las opciones temporales de otras personas aunque sean distintas de las propias. Esto no significa dejar de llamar error al error, ni abdicar de la verdad, pero sí reconocer que la verdad es más importante que los gustos personales.

Para poder dialogar, además, es necesario también dar a conocer la propia identidad. Se trata de saber quién es el otro y de que el otro pueda saber quién soy yo. Si jugamos a los disfraces y nos ocultamos recíprocamente tal vez podamos gozar por un tiempo de una aparente armonía, pero nos moveríamos en un ambiente falso y nuestra relación sería cada vez más superficial.

Por el contrario, si cada uno somos fiel a nuestras propias convicciones nos pareceremos muchos más que cuando coincidimos en acuerdos superficiales porque en lo más íntimo de nuestro ser mantenemos la misma actitud fundamental de fidelidad a la propia conciencia y convicciones.

El diálogo es un camino hacia la madurez que nos exige ser auténticos y amar la verdad. Nos ayuda a abrir nuestra mente y comprender a los demás para acercarnos a ellos. Con el diálogo con todos podremos descubrir la verdad del hombre y afirmar que «sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador»[9].




Felipe Pou Ampuero

[1] Burggraf, Jutta, Hacia una cultura de diálogo, www.opusdei.es, 15 de junio de 2009.
[2] González, Ana Marta, Al buen ciudadano se le supone un cierto interés por el bien común, Nuestro Tiempo, mayo-junio, 2009, n. 656, p.105.
[3] Burggraf, Jutta, Hacia una cultura de diálogo ...
[4] Cfr. Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, Ciudad del Vaticano, 29 de junio de 2009, n. 19.
[5] Benedicto XVI, Discurso del 12 de septiembre de 2006 en la Universidad de Ratisbona.
[6] Cfr. Jutta Burggraf, Hacia una cultura de diálogo, S. Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-IIae, q.109, a. 1, ad 1.
[7] Cruz, Alfredo, La derrota de la verdad, Nuestro Tiempo, mayo-juio 2009, n. 656, p. 42.
[8] Burggraf, Jutta, Hacia una cultura de diálogo ...
[9] Cfr. Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, Ciudad del Vaticano, 29 de junio de 2009, n. 9.

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Saturday, October 03, 2009

47. Caridad verdadera (2 de 2)

Fecha: 01 de octubre de 2009

TEMAS: Caridad, Desarrollo, Economía.

RESUMEN: 1. La técnica —conviene subrayarlo— es un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre. En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia.

2. El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma. De modo análogo, también el desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los «prodigios» de la tecnología.

3. El verdadero desarrollo no consiste principalmente en hacer. La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona considerada en la globalidad de su ser.

4. Es necesario que los medios de comunicación estén centrados en la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural.

5. Los descubrimientos científicos han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia.

6. El problema del desarrollo está estrechamente relacionado con el concepto que tengamos del alma del hombre, ya que nuestro yo se ve reducido muchas veces a la psique, y la salud del alma se confunde con el bienestar emotivo.

7. El absolutismo de la técnica tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia. Se necesitan unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese «algo más» que la técnica no puede ofrecer.


SUMARIO: 1. La técnica (n. 68 a 69).- 2. La tentación (n. 70).- 3. Medios de comunicación (n. 73).- 4. Fe y razón (n. 75 a 77).- 5. Conclusiones.

1. La técnica (n. 68 a 69)

En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia. La técnica permite dominar la materia, reducir los riesgos, ahorrar esfuerzos, mejorar las condiciones de vida. Responde a la misma vocación del trabajo humano: en la técnica, vista como una obra del propio talento, el hombre se reconoce a sí mismo y realiza su propia humanidad. La técnica es el aspecto objetivo del actuar humano, cuyo origen y razón de ser está en el elemento subjetivo: el hombre que trabaja.

Pero la técnica no es sólo un instrumento sino que también es obra del hombre y, por tanto, es humana y como tal lleva una actitud moral de valores sobre el bien y el mal. La técnica no es neutra, sino que con ella el hombre puede hacer el bien o hacer el mal.

La técnica — conviene subrayarlo — es un hecho profundamente humano, vinculado a la autonomía y libertad del hombre. En la técnica se manifiesta y confirma el dominio del espíritu sobre la materia.

Por eso, la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos condicionamientos materiales. La técnica, por lo tanto, se inserta en el mandato de cultivar y custodiar la tierra (cf. Gn 2,15), que Dios ha confiado al hombre, y se orienta a reforzar esa alianza entre ser humano y medio ambiente que debe reflejar el amor creador de Dios.

Y tenemos experiencia que por medio de la técnica se lleva a cabo el desarrollo de los pueblos. Por medio de la técnica, la persona y los pueblos pueden tener la tentación de la autosuficiencia, del dominio de la naturaleza y volver a oír el «seréis como dioses».

El tema del desarrollo de los pueblos está íntimamente unido al del desarrollo de cada hombre. La persona humana tiende por naturaleza a su propio desarrollo. Éste no está garantizado por una serie de mecanismos naturales, sino que cada uno de nosotros es consciente de su capacidad de decidir libre y responsablemente. Tampoco se trata de un desarrollo a merced de nuestro capricho, ya que todos sabemos que somos un don y no el resultado de una autogeneración.

El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma. De modo análogo, también el desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los «prodigios» de la tecnología.

Para alcanzar este objetivo, es necesario que el hombre entre en sí mismo para descubrir las normas fundamentales de la ley moral natural que Dios ha inscrito en su corazón.

2. La tentación (n. 70)

El desarrollo tecnológico puede alentar la idea de la autosuficiencia de la técnica, cuando el hombre se pregunta solamente por el cómo, en vez de considerar los porqués que lo impulsan a actuar.

Nacida la técnica de la creatividad humana como instrumento de la libertad de la persona, puede entenderse como elemento de una libertad absoluta, que desea prescindir de los límites inherentes a las cosas. El proceso de globalización podría sustituir las ideologías por la técnica, transformándose ella misma en un poder ideológico, que expondría a la humanidad al riesgo de encontrarse encerrada dentro de un a priori del cual no podría salir para encontrar el ser y la verdad.

Esta visión refuerza mucho hoy la mentalidad tecnicista, que hace coincidir la verdad con lo factible. Pero cuando el único criterio de verdad es la eficiencia y la utilidad, se niega automáticamente el desarrollo. En efecto, el verdadero desarrollo no consiste principalmente en hacer. La clave del desarrollo está en una inteligencia capaz de entender la técnica y de captar el significado plenamente humano del quehacer del hombre, según el horizonte de sentido de la persona considerada en la globalidad de su ser. Incluso cuando el hombre opera a través de un satélite o de un impulso electrónico a distancia, su actuar permanece siempre humano, expresión de una libertad responsable.

Pero la libertad humana es ella misma sólo cuando responde a esta atracción de la técnica con decisiones que son fruto de la responsabilidad moral. De ahí la necesidad apremiante de una formación para un uso ético y responsable de la técnica. Se debe recuperar el verdadero sentido de la libertad, que no consiste en la seducción de una autonomía total, sino en la respuesta a la llamada del ser, en buscar y hacer posible la verdad del hombre en cada hombre.

Esta posible desviación de la mentalidad técnica de su originario cauce humanista se muestra hoy de manera evidente en la tecnificación del desarrollo y de la paz. Pero deberíamos preguntarnos por qué las decisiones de tipo técnico hasta ahora no han funcionado totalmente como se esperaba de ellas. La causa es mucho más profunda. El desarrollo nunca estará plenamente garantizado por fuerzas que en gran medida son automáticas e impersonales, ya provengan de las leyes de mercado o de políticas de carácter internacional. El desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común.

Cuando predomina la absolutización de la técnica se produce una confusión entre los fines y los medios, el empresario considera como único criterio de acción el máximo beneficio en la producción; el político, la consolidación del poder; el científico, el resultado de sus descubrimientos. Se olvidan que su verdadero fin, lo que justifica su existencia es el logro del bien común de la sociedad en la que viven.

3. Medios de comunicación (n. 73)

El desarrollo tecnológico está relacionado con la influencia cada vez mayor de los medios de comunicación social. Es casi imposible imaginar ya la existencia de la familia humana sin su presencia. Para bien o para mal, se han introducido de tal manera en la vida del mundo, que parece realmente absurda la postura de quienes defienden su neutralidad y, consiguientemente, reivindican su autonomía con respecto a la moral de las personas. Como si las leyes morales no afectaran a los medios de comunicación y a sus empresas.

El mero hecho de que los medios de comunicación social multipliquen las posibilidades de interconexión y de circulación de ideas, no favorece la libertad ni globaliza el desarrollo y la democracia para todos. Para alcanzar estos objetivos se necesita que los medios de comunicación estén centrados en la promoción de la dignidad de las personas y de los pueblos, que estén expresamente animados por la caridad y se pongan al servicio de la verdad, del bien y de la fraternidad natural y sobrenatural.

En la actualidad, la bioética es un campo prioritario y crucial en la lucha cultural entre el absolutismo de la técnica y la responsabilidad moral, y en el que está en juego la posibilidad de un desarrollo humano e integral. Éste es un ámbito muy delicado y decisivo, donde se plantea con toda su fuerza dramática la cuestión fundamental: si el hombre es un producto de sí mismo o si depende de Dios.

Los descubrimientos científicos en este campo y las posibilidades de una intervención técnica han crecido tanto que parecen imponer la elección entre estos dos tipos de razón: una razón abierta a la trascendencia o una razón encerrada en la inmanencia.

Deslumbrada por el desarrollo técnico, la razón sin la ayuda de la fe se ve avocada a perderse en la ilusión de su propia omnipotencia, como si fuera capaz de inventarse un nuevo mundo. Pero, por otro lado, la fe sin la concreción de la razón corre el riesgo de alejarse de la vida de las personas.

4. Fe y razón (n. 75 a 77)

Sorprende la selección arbitraria de aquello que hoy se propone como digno de respeto. Muchos, dispuestos a escandalizarse por cosas secundarias, parecen tolerar injusticias inauditas. Mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una conciencia incapaz de reconocer lo humano. Dios revela el hombre al hombre; la razón y la fe colaboran a la hora de mostrarle el bien, con tal que lo quiera ver; la ley natural, en la que brilla la Razón creadora, indica la grandeza del hombre, pero también su miseria, cuando desconoce el reclamo de la verdad moral.

El problema del desarrollo está estrechamente relacionado con el concepto que tengamos del alma del hombre, ya que nuestro yo se ve reducido muchas veces a la psique, y la salud del alma se confunde con el bienestar emotivo.

Estas reducciones tienen su origen en una profunda incomprensión de lo que es la vida espiritual y llevan a ignorar que el desarrollo del hombre y de los pueblos depende también de las soluciones que se dan a los problemas de carácter espiritual. El desarrollo debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es «uno en cuerpo y alma», nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente

El ser humano se desarrolla cuando crece espiritualmente, cuando su alma se conoce a sí misma y la verdad que Dios ha impreso germinalmente en ella, cuando dialoga consigo mismo y con su Creador. Lejos de Dios, el hombre está inquieto y se hace frágil. La alienación social y psicológica, y las numerosas neurosis que caracterizan las sociedades opulentas, remiten también a este tipo de causas espirituales. Una sociedad del bienestar, materialmente desarrollada, pero que oprime el alma, no está en sí misma bien orientada hacia un auténtico desarrollo.

El absolutismo de la técnica tiende a producir una incapacidad de percibir todo aquello que no se explica con la pura materia. Sin embargo, todos los hombres tienen experiencia de tantos aspectos inmateriales y espirituales de su vida que, a la postre, acaban siendo imprescindibles para su propia felicidad. No siempre tener más bienes es equivalente a ser más feliz.

Conocer no es sólo un acto material, porque lo conocido esconde siempre algo que va más allá del dato empírico. Todo conocimiento, hasta el más simple, es siempre un pequeño prodigio, porque nunca se explica completamente con los elementos materiales que empleamos. En toda verdad hay siempre algo más de lo que cabía esperar, en el amor que recibimos hay siempre algo que nos sorprende.

También el desarrollo del hombre y de los pueblos alcanza un nivel parecido, si consideramos la dimensión espiritual que debe incluir necesariamente el desarrollo para ser auténtico. Para ello se necesitan unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese «algo más» que la técnica no puede ofrecer. Por este camino se podrá conseguir aquel desarrollo humano e integral, cuyo criterio orientador se halla en la fuerza impulsora de la caridad en la verdad.

5. Conclusiones

Las conclusiones a las que se puede llegar son las siguientes:

1. Sin Dios el hombre no sabe a dónde ir, ni logra entender quién es. De espaldas a Dios el hombre se revela como un ser sin sentido.

2. El hombre no puede gobernar por sí mismo su propio progreso. El desarrollo es vocación que excede de las fuerzas y de la capacidad humanas.

3. El humanismo abierto a Dios es el único que puede servir al hombre. Los demás humanismos que excluyen a Dios se convierten en humanismos «inhumanos».

4. El desarrollo necesita cristianos que pidan a Dios el don del amor lleno de verdad. El auténtico desarrollo no procede de nuestro esfuerzo sino que realmente en un don. Por esto tenemos esperanza.

Felipe Pou Ampuero

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Sunday, September 13, 2009

46. Caridad verdadera (1 de 2)

Fecha: 01 de septiembre de 2009

TEMAS: Caridad, Desarrollo, Economía.

RESUMEN: 1. ¿Puede la Iglesia intervenir en los problemas del mundo, de la sociedad, o debe quedarse apartada de ellos sin inmiscuirse en asuntos temporales? Es la pregunta y el reproche que muchos se hacen.

2. La doctrina de la Iglesia no está para solucionar los problemas de los hombres que ellos pueden solucionar con sus propios medios y con su inteligencia y trabajo.

3. Los deberes delimitan y encauzan los derechos para situarlos en sus justos límites como un compromiso al servicio del bien. Pero esto supone que existen unos deberes objetivos que no son “disponibles” por los hombres ni por los parlamentos, sino que obligan a todos y les comprometen.

4. En realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos.

5. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad. Ésta nace de una vocación trascendente de Dios Padre.

6. La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es verdadero desarrollo. El primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad. El ser humano no es un átomo perdido en un universo casual, sino una criatura de Dios, a quien Él ha querido dar un alma inmortal y al que ha amado desde siempre.

7. Ir más allá nunca significa prescindir de las conclusiones de la razón, ni contradecir sus resultados. No existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor.

8. Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social.


SUMARIO: 1. La Iglesia en el mundo.- 2. El deber y el derecho (n. 43 a 52).- 3. El verdadero desarrollo (n. 21 a 24).- 4. El verdadero capital es el hombre (n. 25 a 33).- 5. La experiencia del don (n. 34 a 42).

1. La Iglesia en el mundo

El 29 de junio de 2009, fiesta de San Pedro y San Pablo, el Papa Benedicto XVI publicó su tercera encíclica con el título Caritas in veritate. La encíclica tiene 79 parágrafos que se dividen en 6 capítulos, una introducción y la conclusión final, con un total de 159 notas finales.

La encíclica se enmarca dentro de las encíclicas de la doctrina social de la Iglesia. La primera fue la Rerum Novarum de León XIII en 1891 en la Edad Moderna y al final de la revolución industrial con todos los problemas humanos que marcó la etapa industrial, el uso y abuso de la mano de obra en los procesos de producción, tanto de hombres como de mujeres y de niños. La Rerum Novarum fue un hito importante que recordó la dignidad de la persona por encima de los beneficios de la producción y de la riqueza económica del capitalismo.

Para conmemorar los 40 años de la anterior y para responder a las preguntas y cuestiones que dejaba la gran depresión del 29 y la primera guerra mundial, Pío XI publicó en 1931 la Quadragesimo Anno.

En 1961 Juan XXIII publicó la Mater et Magistra en pleno Concilio Vaticano II y en 1967 Pablo VI publicó la Populorum Progressio que vino a ser como la Rerum Novarum de la Edad contemporánea con las cuestiones que planteaban los tiempos actuales y las que se adivinaban por venir.

En 1988 Juan Pablo II publicó la Sollicitudo Rei Socialis y en 1991 —para conmemorar el centenario de la Rerum Novarum— publicó la encíclica Centisimus Annus en la que, una vez caído el muro y los bloques en 1989, parecía que toda la doctrina social de la Iglesia iba a cambiar, cuando en realidad no había cambiado nada sino los problemas planteados.

Así llegamos hasta el año 2009 con Benedicto XVI en que podemos apreciar que se trata de una encíclica escrita para cada uno de nosotros, dirigida a todos los fieles laicos y a todos los hombres de buena voluntad, sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad.

La pregunta inicial es la siguiente: ¿puede la Iglesia intervenir en los problemas del mundo, de la sociedad, o debe quedarse apartada de ellos sin inmiscuirse en asuntos temporales? Es la pregunta y el reproche que muchos se hacen cuando ven a unos obispos participar en una manifestación en defensa de la vida, o a unos sacerdotes opinando sobre el derecho de voto, o a la Conferencia Episcopal dando criterios morales sobre la vida política.

¿La Iglesia tiene derecho a opinar en la sociedad moderna? Sí y en estos asuntos también porque la Iglesia tiene los medios necesarios para ayudar a descubrir la verdad y tiene la revelación sobre la verdad del hombre que ilumina la verdadera realidad del mundo y del hombre.

La Iglesia, además, no se encuentra fuera del mundo, como segregada o apartada del mismo como si fuera ajena a las cosas de este mundo que sólo las tolerara como inevitables. No, la Iglesia está en el mundo y quiere acompañar al hombre en sus problemas actuales, los de cada época y con su dificultad. Esta es su misión y el anuncio de la buena nueva.

Pero la Iglesia no viene a dar soluciones técnicas a la crisis económica actual (n. 9), ni ahora ni nunca. La doctrina de la Iglesia no está para solucionar los problemas de los hombres que ellos pueden solucionar con sus propios medios y con su inteligencia y trabajo. Este es el plan de Dios que la Iglesia no quiere ni puede estorbar. La Iglesia no da soluciones pero sí ilumina con los principios católicos que ahora el Papa nos dice que son principios humanos porque son naturales por estar en la naturaleza del hombre y de la Creación.

El Papa apunta las raíces de estos problemas que entre otras son dos: 1) el positivismo jurídico que se considera autosuficiente para definir lo justo y lo debido; y 2) el relativismo moral que se considera independiente de cualquier referencia o medida ajena a la voluntad mayoritaria de un parlamento.

2. El deber y el derecho (n. 43 a 52)

En la actualidad muchos piensan que se han hecho a sí mismos y no tienen deberes para con nadie, sólo tienen derechos. Están llenos de derechos a todo y parece que no tienen ningún deber.

Sin embargo, la existencia de los derechos se justifica como medio para cumplir unos deberes que son anteriores y que tienen un fin esencial que es hacer el bien. Tenemos el deber de hacer el bien en todas sus formas y para cumplir este deber podemos decir que tenemos derechos.

Sin los previos deberes, los derechos se convierten en deseos arbitrarios y superficiales que satisfacen el propio bienestar y no hacen bien a nadie. Así se acaba defendiendo el presunto derecho a hacer locuras y a justificar cualquier vicio y desorden tan solo porque “me apetece” y nada más. Los derechos desvinculados de los previos deberes se desquician y dan lugar a una espiral de exigencias sin ningún criterio que hace olvidar los más elementales deberes, como respetar y cuidar a los propios hijos, a los padres, al cónyuge… etc.

Por el contrario, los deberes delimitan y encauzan los derechos para situarlos en su justo límite como un compromiso al servicio del bien. Pero esto supone que existen unos deberes objetivos que no son “disponibles” por los hombres ni por los parlamentos, sino que obligan a todos y les comprometen.

Estos son los deberes morales, la ética de la cual está necesitada la economía y la vida social y el desarrollo, pero no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona que se sustenta sobre dos pilares indisponibles: 1) la inviolable dignidad de la persona como imagen de Dios; y 2) el valor trascendente de las normas morales naturales. La naturaleza no se inventa, se descubre, y la naturaleza humana tampoco se inventa, sino que también se descubre en cada hombre. Esta ética es la única capaz de corregir los defectos económicos y no amoldarse a las presiones de la economía.

Dentro de estos deberes se incluye el deber de respetar el medio ambiente como un don de Dios para todos los hombres. La naturaleza es un don de Dios que obedece a un designio de amor, no a un capricho o un caos del azar. La naturaleza es la consecuencia del amor de Dios y habla del Creador. Pero la naturaleza no es más importante que los hombres, porque está a su servicio. La salvación del hombre no viene de la naturaleza, sino de Cristo.

Resulta sintomático que el hombre trata a la naturaleza como se acaba tratando a sí mismo. Y en esto se refleja la actitud del hombre actual ante la naturaleza. La sociedad consumista y hedonista se despreocupa de la naturaleza y de los daños que le causa. Es necesario cambiar de estilo de vida para buscar la verdad, la belleza y el bien para que éstos sean los criterios que determinen las opciones de inversión.

Al final el compromiso con el bien nos desvela la verdad y que la misma no se fabrica o se inventa por los hombres, sino que se encuentra en Dios, que es Verdad y Amor. La verdad no es un producto humano que derive de una deliberación o acuerdo de hombres o gobiernos, sino que la verdad es anterior al hombre y para todos los hombres se convierte así en un deber, el deber de buscar la verdad y de acogerla en nuestra vida.

3. El verdadero desarrollo (n. 21 a 24)

El verdadero desarrollo del hombre no es el técnico, ni el económico, sino el desarrollo integral del todo el hombre y de todos los hombres. Y como el hombre es naturaleza animal y racional, el desarrollo también debe ser racional, es decir, desarrollo moral. Se debe desarrollar el alma del hombre y su perspectiva de la vida eterna sin la cual todas las aspiraciones del hombre se quedan encerradas en el simple tener cosas y bienes, pero no le hacen mejor al hombre. De lo contrario el hombre pierde la oportunidad de estar disponible para bienes más altos, para las iniciativas más grandes y desinteresadas que la caridad exige.

Pero este desarrollo integral del hombre no lo realiza él sólo con sus propias fuerzas sino que necesita la ayuda de quien le conoce. A lo largo de la Historia el hombre ha creído poder hacerlo sólo y ha creado instituciones que se han encargado de este desarrollo. En realidad, las instituciones por sí solas no bastan, porque el desarrollo humano integral es ante todo vocación y, por tanto, comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Este desarrollo exige, además, una visión trascendente de la persona, necesita a Dios: sin Él, o se niega el desarrollo, o se le deja únicamente en manos del hombre, que cede a la presunción de la auto-salvación y termina por promover un desarrollo deshumanizado. Además el encuentro con Dios permite al hombre darse cuenta que los demás hombres son otra imagen de Dios, no simplemente otros distintos de mí, sino más bien esencialmente iguales a él de quienes se tiene que ocupar y preocupar.

Pero la cuestión es: ¿qué significa «ser más»? A esta pregunta, Pablo VI responde indicando lo que comporta esencialmente el «auténtico desarrollo»: «debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre».

La verdad del desarrollo consiste en su totalidad: si no es de todo el hombre y de todos los hombres, no es verdadero desarrollo. Éste es el mensaje central de la Populorum progressio, válido hoy y siempre. El desarrollo humano integral en el plano natural, al ser respuesta a una vocación de Dios creador, requiere su autentificación en «un humanismo trascendental, que da al hombre su mayor plenitud; ésta es la finalidad suprema del desarrollo personal». Por tanto, la vocación cristiana a dicho desarrollo abarca tanto el plano natural como el sobrenatural; éste es el motivo por el que, «cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden natural, la finalidad y el “bien”, empieza a disiparse».

En la Encíclica Populorum progressio, Pablo VI señaló que las causas del subdesarrollo no son principalmente de orden material. Nos invitó a buscarlas en otras dimensiones del hombre. Ante todo, en la voluntad, que con frecuencia se desentiende de los deberes de la solidaridad. Después, en el pensamiento, que no siempre sabe orientar adecuadamente el deseo.

El subdesarrollo tiene una causa aún más importante que la falta de pensamiento: es «la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos». Esta fraternidad, ¿podrán lograrla alguna vez los hombres por sí solos? La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad. Ésta nace de una vocación transcendente de Dios Padre, el primero que nos ha amado, y que nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad fraterna.

Pero se ha de subrayar que no basta progresar sólo desde el punto de vista económico y tecnológico. El desarrollo necesita ser ante todo auténtico e integral. El salir del atraso económico, algo en sí mismo positivo, no soluciona la problemática compleja de la promoción del hombre, ni en los países protagonistas de estos adelantos, ni en los países económicamente ya desarrollados, ni en los que todavía son pobres.


4. El verdadero capital es el hombre (n. 25 a 33)


El mercado, al hacerse global, ha estimulado, sobre todo en países ricos, la búsqueda de áreas en las que emplazar la producción a bajo coste con el fin de reducir los precios de muchos bienes, aumentar el poder de adquisición y acelerar por tanto el índice de crecimiento, centrado en un mayor consumo en el propio mercado interior.

Estos procesos han llevado a la reducción de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para la solidaridad en las tradicionales formas del Estado social.

El primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad: «Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social».

El ser humano no es un átomo perdido en un universo casual, sino una criatura de Dios, a quien Él ha querido dar un alma inmortal y al que ha amado desde siempre. Si el hombre fuera fruto sólo del azar o la necesidad, o si tuviera que reducir sus aspiraciones al horizonte angosto de las situaciones en que vive, si todo fuera únicamente historia y cultura, y el hombre no tuviera una naturaleza destinada a transcenderse en una vida sobrenatural, podría hablarse de incremento o de evolución, pero no de desarrollo.

La caridad no excluye el saber, más bien lo exige, lo promueve y lo anima desde dentro. El saber nunca es sólo obra de la inteligencia. Ciertamente, puede reducirse a cálculo y experimentación, pero si quiere ser sabiduría capaz de orientar al hombre a la luz de los primeros principios y de su fin último, ha de ser «sazonado» con la «sal» de la caridad. Sin el saber, el hacer es ciego, y el saber es estéril sin el amor.

Las exigencias del amor no contradicen las de la razón. El saber humano es insuficiente y las conclusiones de las ciencias no podrán indicar por sí solas la vía hacia el desarrollo integral del hombre. Siempre hay que lanzarse más allá: lo exige la caridad en la verdad. Pero ir más allá nunca significa prescindir de las conclusiones de la razón, ni contradecir sus resultados. No existe la inteligencia y después el amor: existe el amor rico en inteligencia y la inteligencia llena de amor.

Pablo VI vio con claridad que una de las causas del subdesarrollo es una falta de sabiduría, de reflexión, de pensamiento capaz de elaborar una síntesis orientadora, y que requiere «una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales». La excesiva sectorización del saber, el cerrarse de las ciencias humanas a la metafísica, las dificultades del diálogo entre las ciencias y la teología, no sólo dañan el desarrollo del saber, sino también el desarrollo de los pueblos, pues, cuando eso ocurre, se obstaculiza la visión de todo el bien del hombre en las diferentes dimensiones que lo caracterizan.


5. La experiencia del don (n. 34 a 42)

La caridad en la verdad pone al hombre ante la sorprendente experiencia del don. La gratuidad está en su vida de muchas maneras, aunque frecuentemente pasa desapercibida debido a una visión de la existencia que antepone a todo la productividad y la utilidad.

A veces, el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad. Es una presunción fruto de la cerrazón egoísta en sí mismo, que procede —por decirlo con una expresión creyente— del pecado de los orígenes. La sabiduría de la Iglesia ha invitado siempre a no olvidar la realidad del pecado original, ni siquiera en la interpretación de los fenómenos sociales y en la construcción de la sociedad: «Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres» (Centesimus annus, n. 25).

Creerse autosuficiente y capaz de eliminar por sí mismo el mal de la historia ha inducido al hombre a confundir la felicidad y la salvación con formas inmanentes de bienestar material y de actuación social. Además, la exigencia de la economía de ser autónoma, de no estar sujeta a «injerencias» de carácter moral, ha llevado al hombre a abusar de los instrumentos económicos incluso de manera destructiva. Con el pasar del tiempo, estas posturas han desembocado en sistemas económicos, sociales y políticos que han tiranizado la libertad de la persona y de los organismos sociales y que, precisamente por eso, no han sido capaces de asegurar la justicia que prometían.

La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios.

La Iglesia sostiene siempre que la actividad económica no debe considerarse antisocial. Por eso, el mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas.

La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión.

Las actuales dinámicas económicas internacionales, caracterizadas por graves distorsiones y disfunciones, requieren también cambios profundos en el modo de entender la empresa.

La gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes, proveedores de los diversos elementos de producción, la comunidad de referencia. En los últimos años se ha notado el crecimiento de una clase cosmopolita de manager, que a menudo responde sólo a las pretensiones de los nuevos accionistas de referencia compuestos generalmente por fondos anónimos que establecen su retribución.

Juan Pablo II advertía que invertir tiene siempre un significado moral, además de económico. Se ha de reiterar que todo esto mantiene su validez en nuestros días a pesar de que el mercado de capitales haya sido fuertemente liberalizado y la moderna mentalidad tecnológica pueda inducir a pensar que invertir es sólo un hecho técnico y no humano ni ético. No se puede negar que un cierto capital puede hacer el bien cuando se invierte en el extranjero en lugar de invertirlo en la propia patria. Pero deben quedar a salvo los vínculos de justicia, teniendo en cuenta también cómo se ha formado ese capital y los perjuicios que comporta para las personas el que no se emplee en los lugares donde se ha generado. Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros esté motivado por la especulación y ceda a la tentación de buscar únicamente un beneficio inmediato, en vez de la sostenibilidad de la empresa a largo plazo, su propio servicio a la economía real y la promoción, en modo adecuado y oportuno, de iniciativas económicas también en los países necesitados de desarrollo.

Felipe Pou Ampuero

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