domingo, abril 22, 2018

104. Comunicar la verdad


RESUMEN: Lo importante es ir a lo esencial: el gran amor de Dios hacia nosotros.

Quien pretende comunicar la verdad afirma que existe. A veces, se confunde la verdad con la propia opinión. Pero la verdad no nos pertenece. Más bien, nosotros pertenecemos a la verdad si somos veraces.
La verdad no es un objeto que se posee y se trasmite. La verdad no es algo, sino Alguien: Jesús. Así lo dijo de Sí mismo.
El problema es que podemos esconder la verdad entre una maraña de preceptos, de costumbres, de ritos y otras cosas que en lugar de mostrar el rostro de Jesús lo ocultan.
Lo importante es ir a lo esencial: el gran amor de Dios hacia nosotros, la vida apasionante de Cristo, la actuación misteriosa del Espíritu Santo en nuestra mente y en nuestro corazón...
Es necesario darse cuenta y saber transmitir que un cristiano no es una persona “piadosa”, un escrupuloso cumplidor de preceptos, sino una persona feliz que ha encontrado el sentido de su vida. Precisamente por esto es capaz de transmitir a los otros el amor a la vida, que es tan contagioso como la angustia.
Si queremos hablar sobre la fe, es preciso tener en cuenta el ambiente actual. Tenemos que conocer el corazón del hombre de hoy —con sus dudas y perplejidades—, que es nuestro propio corazón, con sus dudas y perplejidades. El hombre actual es más sensible y tiene una preocupación social mayor debido a la gran cantidad de información que recibe.
Lo necesario es no ocultar la verdad. Brilla por sí misma. La verdad no necesita imponerse: convence. Tampoco cambia con los tiempos ni con las culturas. No tiene acepción de personas. Siempre será la verdad, la proclame quien la proclame.
Si fuéramos capaces de mostrar el verdadero rostro de Jesús bastaría. ¿Y cómo se consigue? Ser verdaderos, he aquí la cuestión. Para conseguirlo hay que empezar por ser mejores, es decir, adquirir virtudes: humanas y sobrenaturales, quizás por ese orden pues la naturaleza lleva a la gracia. Leales, justos, considerados, fieles, sociales, alegres, piadosos, esperanzados, etc. Y, sobre todo, humanos, muy humanos e iguales, muy iguales a nuestros iguales, los demás hombres.

sábado, marzo 31, 2018

103. Violencia y religión


1. Algunos piensan que puesto que el islam y el cristianismo son religiones monoteístas creen en el mismo y único Dios. Sin embargo, Alá no es como Dios. Alá es un gobernante, un regidor que ordena y manda por medio de su profeta Mahoma y los musulmanes deben obedecer.
Dios, por el contrario, es un padre que atiende y espera a sus hijos, su ley es la ley de amor. Dios se nos ha revelado como Uno y Trino y la esencia de la Trinidad es el Amor. Lo que Dios espera de los cristianos es que le amen por encima de todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
2. Mahoma no es igual a Jesucristo. Mahoma es un profeta, mientras que Jesucristo se define a sí mismo como Dios Hijo.
3. El Corán no es como los Evangelios. El islam es la religión de un libro que es el Corán, mientras que los cristianos no seguimos un libro que podría ser los evangelios, sino que nos hemos enamorado de Cristo y seguimos su ejemplo y sus enseñanzas. El cristianismo tiene un Magisterio que interpreta y unifica los preceptos de Dios, mientras que el islam carece de autoridad superior y eso favorece distintas interpretaciones y lecturas del Corán.
«No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, 25-XII-2005).
4. Libertad de conciencia: en el islam no existe libertad de conciencia porque todo el Corán es un mandato. La revelación de Alá es considerada como un bien para el hombre que se debe imponer por su propio bien. Por el contrario, Cristo se hizo hombre para liberar a los hombres del pecado y ganarles la libertad. Los cristianos somos libres para aceptar el bien o para ofender a Dios, es el misterio de la libertad de los hombres.
5. Violencia: el Corán no condena la violencia;  el Evangelio predica el perdón. No se puede afirmar que el islam sea igual a violencia, pero tampoco se puede decir que en el islam no hay violencia, por el contrario, el cristianismo tiene un mandato principal que es amar al prójimo como a uno mismo, atender al extranjero y amar a los que nos odian.
El Corán establece la guerra santa y justifica que la violencia puede ser utilizada para fines de la religión en una organización política donde no hay separación entre la confesión religiosa  y el Estado; por el contrario en el cristianismo se da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
6. Fe y razón: quizás haya que plantear el tema desde otro punto de vista. Hay muchos musulmanes —alrededor de 1.200 millones— y no todos son violentos, ni siquiera la  mayoría. Es verdad que el islam no es como el cristianismo y tiene una raíz violenta que puede favorecer y hasta justificar la violencia, pero esto no es suficiente para afirmar que el islam es violento o que es la causa de la violencia.
Con menor motivo se puede decir que el cristianismo es violento puesto que es una religión que hace del amor su enseña y la distinción de sus miembros a los que se distingue por el ejercicio de la caridad.
En términos parecidos se podría hablar de otras religiones. La religión no es fuente de violencia ni de enfrentamientos, sino más bien lo contrario, la religión es fuente de paz y de concordia. Entonces, ¿qué ocurre?
Cuando la violencia se ha querido justificar por motivos religiosos o de fe nos encontramos con unas formas de religión distorsionada, extravagante y contraria a su mismo ideario hasta provocar que los fieles de la misma fe rechacen las acciones violentas de los que dicen tener sus mismas creencias. Se trataría de una fe embrutecida, no purificada por la razón.
La consecuencia es el desprecio y abandono de la razón a la que se considera inútil para la fe y hasta un estorbo o impedimento para creer. Por tanto, al prescindir de la razón, la fe se fundamenta en la literalidad de los textos y en los sentimientos y lo único que existe es un sentimiento religioso exacerbado que se convierte en una pasión alocada que da importancia al sentimiento para reconocer la fe y entiende que solo se tiene fe si se siente.
Fácilmente se comprende que por este camino se termina en un fanatismo irracional y pasional donde el fiel creyente queda atrapado por sus sentimientos, los mitos, las supersticiones y por las consignas de aquellos a los que reconoce como sus modelos religiosos.
Este razonamiento nos podría llevar a concluir que la religión es un suceso peligroso en el hombre del que debe apartarse y mantenerse al margen y, también, del que debe defenderse. Estaríamos en el extremo opuesto, una razón sin fe que puede llegar a convertirse en una justificación de la violencia por las ideologías y por la idea de construir un mundo feliz para el hombre. La sola razón puede llegar a justificar la utilización de cualquier medio para conseguir un fin que previamente se ha considerado útil.
Esta razón sin fe se convierte en una crueldad que no reconoce la dignidad del hombre y justifica todo tipo de totalitarismos, dictaduras, genocidios, asesinatos y vejaciones de hombres y mujeres como el pasado siglo XX nos ha enseñado trágicamente.
La fe asiste a la razón de manera que le ayuda a encontrar los principios morales objetivos, válidos con carácter universal, para todos los hombres y para todas las épocas, a distinguir el bien del mal y a no renunciar a la verdad objetiva de la realidad que nos rodea.
La religión no es un problema que los legisladores deban solucionar (Benedicto XVI, Discurso en Westminster Hall 17-IX-2010) sino que es un bien social que ayuda a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de los principios morales objetivos.

domingo, junio 04, 2017

102. Amar la vida

RESUMEN: La vida humana es sagrada porque el hombre es el único ser a quien Dios ama por sí mismo.
Catecismo Iglesia Católica nn. 2258 a 2330.
Quinto mandamiento: «No matarás».
1. El quinto mandamiento ordena no matar. Solo Dios es el dueño de la vida y de la muerte porque solo Él es su creador. El hombre es alguien singular: la única criatura de este mundo a la que Dios ama por sí misma. Está destinado a conocer y amar eternamente a Dios, y su vida es sagrada. Ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26-27), y éste es el fundamento último de la dignidad humana y del quinto mandamiento.
Se mata cuando se comete homicidio; en el suicidio cuando se atenta contra la propia vida; en el aborto cuando no se permite nacer al concebido; en la eutanasia cuando no se deja vivir al enfermo o anciano; cuando se acude a la violencia para intentar solucionar los conflictos y las diferencias entre las personas y las naciones; cuando se ejerce la guerra injusta contra los hombres; cuando se justifica el terrorismo en la lucha política.
También se atenta contra la vida y contra el quinto mandamiento cuando no se ama al prójimo como merece su dignidad humana. Cuando se odia al otro por el motivo que sea; cuando se guarda rencor y enemistad al vecino y al familiar, cuando se desea el mal y también cuando no se respeta a los que conviven con uno mismo. Cuando se insulta, cuando se es indiferente. No todo tiene la misma gravedad y repercusión, pero todo eso sí atenta contra el respeto a la vida humana.
2. Con el quinto mandamiento comienzan una serie de mandatos que se formulan inicialmente con la negación. Se dice «no» para comenzar y parece que estos mandamientos son más prohibiciones que mandatos positivos. Parece que no piden nada, sino que se limitan a prohibir una acción. Pero, realmente, no es así.
Lo propio del cristiano es amar, porque Dios es amor. Si toda la Ley se encierra en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, ¿el quinto mandamiento que quiere que amemos? Es claro que quiere que amemos la vida. No matar es amar la vida, la propia y la de los demás, con más motivo la de los indefensos, la de los inocentes, la de los enfermos, la de los débiles, la de los incapaces de defenderse.
Amar la vida y no hacer daño a ninguna persona, sea joven o viejo, enfermo o sano, blanco o de color, inteligente o no, válido o inválido. Amar la vida porque la vida es un regalo de Dios a los hombres para llegar a la vida eterna.
3. Amar es desear el bien de la persona amada. Quien desea el mal de otra persona podemos estar seguros de que no le ama. Lo primero es el amor a uno mismo. Y amarse a uno mismo es desear el bien para uno mismo. No es nada malo, todo lo contrario, es muy conveniente desearnos el bien y buscarlo para nosotros mismos, en primer lugar, y luego para los demás. Así todos seremos mejores.
También ordena este mandamiento cuidar la propia salud y la salud ajena o la de aquellas personas que dependen de nosotros. Va en contra de este mandamiento ponerse en situación de peligro o daño para la salud como el consumo de drogas o el abuso del alcohol, la conducción temeraria y peligrosa, la realización de actividades arriesgadas o peligrosas sin motivo justificado, por pura diversión o buscando nuevas emociones.
Cuidar la salud también significa guardar el debido descanso y evitar el agotamiento. Guardar las horas de sueño y de reposo saber limitar el horario de trabajo en sus justos límites poniendo por obra que el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. El descanso es necesario para cuidar la salud y para servir mejor a Dios.
4. Pero el daño a la vida no es solo físico. También se atenta contra este mandamiento cuando se falta contra la dignidad de las personas al faltar contra  su integridad moral al poner en situación de peligro su vida moral; más grave aún si se tiene cierta autoridad sobre otras personas tal y como se encuentran los padres, tutores, profesores, maestros, superiores.
El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El escándalo constituye una falta grave, si por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave. Se puede causar escándalo por comentarios injustos, por la promoción de espectáculos, libros y revistas inmorales, por seguir modas contrarias al pudor, etc.

El quinto mandamiento nos ordena amar la vida y aceptar la vida porque todo es don.

jueves, abril 20, 2017

101. Honrarás a tu padre y a tu madre

RESUMEN: Dios quiere que después de amarle a Él por encima de todas las cosas, amemos a nuestros padres a quienes les debemos la vida y la fe que nos han transmitido.
Catecismo Iglesia Católica nn. 2197 a 2257.
Cuarto mandamiento: «Honrarás a tu padre y a tu madre».
1. El cumplimiento amoroso del Cuarto Mandamiento tiene sus raíces más firmes en el sentido de nuestra filiación divina. El único que puede considerarse Padre en toda su plenitud es Dios,  de quien se deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra.
Con el cuarto mandamiento comienza la segunda parte de los mandamientos que indica el orden de la caridad y se enuncia con el amor al prójimo como a uno mismo. Dios quiere que después de amarle a Él por encima de todas las cosas, amemos a nuestros padres a quienes les debemos la vida y la fe que nos han transmitido.
El precepto se dirige expresamente a los hijos respecto de sus padres, pero también alcanza a los demás parientes, abuelos y antepasados y se extiende al respeto a los maestros, tutores y todas aquellas personas que Dios ha investido de autoridad para nuestro bien.
2. La comunidad conyugal de los padres se funda en el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de la prole. Al crear Dios al hombre y a la mujer estableció la familia humana. La familia cristiana es una comunión de personas –padres e hijos– que es imagen de la comunión de la Trinidad.
La familia es la primera escuela de humanidad, el origen de la sociedad y de los pueblos, donde los padres buscan el bien de sus hijos y los hijos honran y obedecen los mandatos de los padres con lealtad. Así, también, los gobernantes deben buscar el bien común de la sociedad y gobernar con virtud con actitud de servicio.
La sociedad es una extensión de la familia y las relaciones sociales deben estar impregnadas del mismo afecto y bondad de las relaciones familiares. En la familia todos tienen la misma dignidad y consideración. La sociedad –a semejanza de la familia– está compuesta de personas. Gobernar la sociedad no puede limitarse a garantizar el ejercicio de los derechos y el cumplimiento de los deberes. Las relaciones sociales, laborales, políticas reclaman justicia y fraternidad conforme a la dignidad de las personas.
3. Los hijos deben a sus padres respeto, gratitud, justa obediencia y ayuda. El respeto de los hijos a sus padres está hecho de gratitud a quienes les deben la vida, el amor y sus desvelos por educarles. Este respeto se expresa en la docilidad y en la obediencia de los hijos. La obediencia de los hijos cesa con la mayoría de edad, pero no el respeto a los padres que permanece siempre.
Los padres no deben limitarse a procrear hijos, sino que sus deberes se extienden también a la educación y a la formación espiritual de sus hijos. Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. En primer lugar, por la creación de un hogar donde la ternura, el perdón y el servicio son la norma general de conducta. La familia es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Es una grave responsabilidad para los padres dar buen ejemplo a sus hijos. Deben enseñar a sus hijos a guardarse de los riesgos y las degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.
Sin embargo, los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. Los padres deben respetar la vocación singular de cada hijo que viene de Dios. La vocación primera de cada cristiano es seguir a Jesús.
4. El cuarto mandamiento nos ordena también honrar a todos los que han recibido de Dios una autoridad en la sociedad. La autoridad debe ejercerse como un servicio y siempre conforme a la dignidad de las personas y a la ley natural.
El ciudadano está obligado en conciencia a no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando sean contrarias a las exigencias del orden moral. Si los gobernantes prescinden de la luz del Evangelio sobre Dios y sobre el hombre la sociedad se aparta de la ley del bien y se convierte en totalitaria.

Para los ciudadanos, el amor y el servicio a la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. En este orden se han de entender el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho al voto y la defensa del país. Rezar y pedir por los gobernantes es una obligación moral de los ciudadanos.

domingo, marzo 26, 2017

100. Santificarás las fiestas

RESUMEN: Santificar las fiestas es hacerlas santas y agradables al Señor.

Catecismo Iglesia Católica nn. 2168 a 2195.
Tercer mandamiento: «Santificarás las fiestas».
1. Santificar las fiestas es lo mismo que convertir todas las fiestas en santas, es decir, en agradables al Señor. Es convertir los días de fiesta en días llenos de cosas buenas y, sobre todo, llenos de Dios. Son santos los días dedicados a adorar a Dios, a darle gloria.
El tercer mandamiento proclama la santidad de sábado: “El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor” (Ex 31, 15). El sábado representa la coronación de la primera creación, es el día en que Dios vio que era bueno y descansó. Pero a la primera creación le sucede la nueva creación inaugurada por la resurrección de Cristo que sustituye el sábado por el domingo o día del Señor en que se recuerda la resurrección de Cristo.
En el Evangelio Jesús da ejemplo de respetar y santificar el sábado, pero con su autoridad enseña la verdadera interpretación de esta ley al señalar que: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27).
El mandamiento precisa que el domingo y las demás fiestas de precepto hay obligación de participar en la misa. Se cumple con el precepto cuando se asiste a la misa en rito católico tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde.

2. Durante el domingo y las fiestas de precepto no se deben realizar trabajos o actividades que impidan dar a Dios el culto debido y vivir la alegría propia de la Resurrección. Santificar las fiestas forma parte, junto con la adoración y la alabanza, de la virtud de la religión que se contiene en los tres primeros mandamientos.
Las necesidades familiares pueden ser una legítima excusa para faltar al descanso dominical, pero se debe cuidar de no convertir la excusa en un hábito que haga desparecer el sentido del domingo como día dedicado al Señor convirtiendo en norma las excusas para acabar no santificando las fiestas.

3. El domingo es el día en que se asiste a la parroquia que es una comunidad de fieles que celebran juntos la resurrección del Señor. Es bueno recordar que la expresión pública del culto a Dios en la fiesta del domingo en la parroquia es un derecho de cualquier ciudadano a vivir y expresar sus creencias religiosas y además es un deber del poder público garantizar este derecho en convivencia pacífica.
Puesto que Dios es el Bien y le corresponde toda la gloria los cristianos tenemos derecho a dar culto público a Dios, sin obligar o violentar a nadie, pero expresando libremente nuestras creencias.
Al santificar las fiestas en público tenemos la ocasión de sentir la parroquia como una extensión familiar con quienes comparten nuestra misma fe. Del mismo modo, las procesiones, romerías y demás expresiones públicas del fervor popular, en cuanto que son actos de gloria y alabanza a Dios, son actos lícitos y justos que no deben ser impedidos por el poder civil.
Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los cuidados más difíciles de prestar los otros días de la semana. El domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de meditación, que favorecen la oración y el crecimiento de la vida interior y cristiana.

Santificando el domingo, santificando las fiestas y santificando la expresión popular de las fiestas se santifica la creación y se devuelve al Señor lo que salió de sus manos santo y sin mancha.

sábado, marzo 04, 2017

99. No tomarás el nombre de Dios en vano

RESUMEN: Jesús nos enseña a llamar a Dios “Padre” (Abbá) que es el modo familiar de decir padre en hebreo (papá).

Catecismo Iglesia Católica nn. 2142 al 2167.
Segundo mandamiento: « No tomarás el nombre de Dios en vano».
1. Este mandamiento pide respetar y honrar el nombre de Dios, que se debe pronunciar para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo. Al igual que el primer mandamiento éste forma parte de la virtud de la religión y concreta el uso de nuestras palabras referidas a las cosas de Dios y sagradas.
Este mandamiento enriquece el primero, puesto que no solo manda adorar a Dios sino que además permite que el hombre pueda poner a Dios mismo como testigo de las grandes decisiones de su vida y hasta permite que el hombre pueda comprometer su vida en el nombre de Dios por medio de promesas y votos.
Esta es la razón por la cual los cristianos comenzamos el día invocando el nombre del Señor en nuestras oraciones al ofrecer la jornada y también, de ordinario, en los actos de culto a Dios con la señal de la cruz al recitar «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».
2. Este mandamiento prohíbe todo uso inconveniente del nombre de Dios y, en particular, la blasfemia que consiste en proferir contra Dios, interior o exteriormente, palabras de odio, de reproche, de desafío. La blasfemia es un insulto al Señor y es de suyo pecado grave, materia de confesión.
También prohíbe el juramento en falso. Jurar es poner a Dios por testigo de lo que se afirma como garantía de veracidad de nuestras palabras o promesas. El que jura en falso, el que hace una promesa que no tiene intención de cumplir o que no está dispuesto a mantener después de realizada es un perjuro. El perjurio es una grave falta de respeto hacia Dios que es el dueño de toda palabra. Es una falta grave contra el Señor que siempre es fiel a sus promesas.
Las palabras malsonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto a Dios y constituyen una falta que se debe evitar, de la misma manera que también se debe evitar el uso irreverente del nombre de Dios, por ejemplo, en chistes o bromas acerca del Señor o de las cosas dedicadas al culto divino porque demuestran falta de cariño al Señor.
3. El respeto del nombre de Dios exige no recurrir a él por motivos vanos o sin verdadera necesidad.  Se honra el nombre de Dios haciendo una promesa agradable al Señor o que muestre alabanza al nombre del Señor. También se le honra en el culto público, en las procesiones y, sobre todo, haciendo un acto de reparación interior cada vez que se pronuncia sin respeto el nombre de Dios diciendo, por ejemplo, «bendito sea el nombre de Dios».
El cristiano tiene un modo propio de hablar y de nombrar a Dios en sus necesidades y en sus alegrías. Expresiones tradicionales de la cultura cristiana como «gracias a Dios» o «si Dios quiere» pueden servir de ayuda para tener presente al Señor en nuestra conversación y en nuestros actos.
Cuando un hombre y una mujer realizan el sacramento del matrimonio, se hacen una serie de promesas poniendo a Dios como testigo de ellas. De esta forma Dios entra en la historia de ese matrimonio y se le hace partícipe de sus alegrías y de sus penas.
4. El cristiano conoce el nombre del Señor por especial revelación de Dios mismo. Entre todas las palabras de la revelación hay una de singular importancia que es el nombre de Dios. Dios confía su nombre a los que creen en Él. Revelar el nombre es una confidencia y un acto de intimidad de Dios que muestra el infinito amor que tiene al hombre.
Dios manifestó a Moisés su nombre como el Ser por esencia al decir “Yo soy el que  soy”. Dios es “Yo soy” “Yahvé: Él es”. Por respeto a la santidad de Dios el pueblo de Israel no pronunciaba su nombre sino que lo sustituía por el título “Señor” (Adonai, en hebreo; Kyrios, en griego). En el Nuevo Testamento Dios revela el misterio de su vida trinitaria: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesús nos enseña a llamar a Dios “Padre” (Abbá) que es el modo familiar de llamar al padre en hebreo (papá).
En la oración del Padrenuestro que nos enseña el mismo Jesús rezamos “Santificado sea tu nombre” y esto es lo que hacemos cuando adoramos y alabamos al Señor. Pero también pedimos que su nombre sea santificado a través de nosotros, es decir, que le demos gloria con nuestra vida y que los demás le glorifiquen.
Dios mismo llama a cada uno de nosotros por nuestro nombre. Nos ama a cada uno personalmente, de uno en uno. Para Dios no somos multitud, siempre somos uno y nos llama por nuestro nombre. El nombre de todo hombre es sagrado, es la imagen de la persona y pide respeto en señal de la dignidad de quien lo tiene. En el Bautismo, la Iglesia da un nombre al cristiano.

El nombre de Dios es admirable, en su nombre se obran maravillas, se hablan nuevas lenguas, se curan enfermedades. Bendito sea el nombre del Señor, El nombre de Dios es Misericordia.

sábado, febrero 18, 2017

98. Amarás a Dios sobre todas las cosas

RESUMEN: Amar a Dios sobre todas las cosas significa amarle más que a uno mismo y también amarle más que a ninguna otra persona o cosa.

Catecismo Iglesia Católica nn. 2083 al 2141.
Primer mandamiento: «Amarás a Dios sobre todas las cosas».
Es el primer mandamiento, el de mayor importancia porque del cumplimiento cabal del mismo depende el cumplimiento de todos los demás mandamientos. Si no se cumple este mandamiento no se pueden cumplir los siguientes.
Lo que pide este mandamiento es guardar la fe y alimentarla y, al mismo tiempo, rechazar todo lo que se opone a la fe. Amar a Dios significa que no se puede amar a otros dioses porque solo Dios es el Señor. Cualquier tipo de superstición, de idolatría, de superchería, o de divinización de los objetos atenta contra este mandamiento.
Amar a Dios sobre todas las cosas quiere decir adorarle, mostrarle reverencia, respeto y culto como lo más importante en nuestra vida y creer en Él y esperarlo todo de Dios. En la manera como una persona adora, respeta y reverencia a Dios se puede conocer cómo le ama y, sobre todo, si le ama por encima de todas las cosas.
El primer mandamiento del Decálogo se lesiona cuando se prefieren otras cosas a Dios, aunque sean buenas, pues entonces se las está amando desordenadamente. En estos casos, el hombre pervierte la ordenación de las criaturas, usando de ellas para un fin opuesto o distinto de aquel para el que fueron creadas.
La adoración es el primer acto de la virtud de la religión y significa reconocerle como Creador, Salvador, Señor y Dueño de todo lo visible y lo invisible. Al mismo tiempo, también significa reconocer que uno mismo comparado con Dios es la «nada» de la criatura.
Amar a Dios sobre todas las cosas supone elegir a Dios por encima del amor o de las preferencias personales por otras personas, cosas, bienes o éxitos personales o profesionales. El amor a Dios implica un estilo de vida propio en el que Dios es lo primero y luego está todo lo demás, sin excluir nada de lo que es lícito y bueno, que por eso es agradable a Dios, pero con un orden de preferencia posterior al amor a Dios.
Debemos hacer con frecuencia actos positivos de amor y de adoración al Señor en cada genuflexión y en cada oración. También en nuestro trabajo bien hecho, acabado, cumplido.

A todos nos corresponde la responsabilidad de actuar en nuestra vida manifestando que Dios es el primero, a quien amamos por encima de todas las cosas, viviendo con Dios presente en todos nuestros actos, en nuestros pensamientos, en nuestros amores.