domingo, junio 04, 2017

102. Amar la vida

RESUMEN: La vida humana es sagrada porque el hombre es el único ser a quien Dios ama por sí mismo.
Catecismo Iglesia Católica nn. 2258 a 2330.
Quinto mandamiento: «No matarás».
1. El quinto mandamiento ordena no matar. Solo Dios es el dueño de la vida y de la muerte porque solo Él es su creador. El hombre es alguien singular: la única criatura de este mundo a la que Dios ama por sí misma. Está destinado a conocer y amar eternamente a Dios, y su vida es sagrada. Ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26-27), y éste es el fundamento último de la dignidad humana y del quinto mandamiento.
Se mata cuando se comete homicidio; en el suicidio cuando se atenta contra la propia vida; en el aborto cuando no se permite nacer al concebido; en la eutanasia cuando no se deja vivir al enfermo o anciano; cuando se acude a la violencia para intentar solucionar los conflictos y las diferencias entre las personas y las naciones; cuando se ejerce la guerra injusta contra los hombres; cuando se justifica el terrorismo en la lucha política.
También se atenta contra la vida y contra el quinto mandamiento cuando no se ama al prójimo como merece su dignidad humana. Cuando se odia al otro por el motivo que sea; cuando se guarda rencor y enemistad al vecino y al familiar, cuando se desea el mal y también cuando no se respeta a los que conviven con uno mismo. Cuando se insulta, cuando se es indiferente. No todo tiene la misma gravedad y repercusión, pero todo eso sí atenta contra el respeto a la vida humana.
2. Con el quinto mandamiento comienzan una serie de mandatos que se formulan inicialmente con la negación. Se dice «no» para comenzar y parece que estos mandamientos son más prohibiciones que mandatos positivos. Parece que no piden nada, sino que se limitan a prohibir una acción. Pero, realmente, no es así.
Lo propio del cristiano es amar, porque Dios es amor. Si toda la Ley se encierra en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, ¿el quinto mandamiento que quiere que amemos? Es claro que quiere que amemos la vida. No matar es amar la vida, la propia y la de los demás, con más motivo la de los indefensos, la de los inocentes, la de los enfermos, la de los débiles, la de los incapaces de defenderse.
Amar la vida y no hacer daño a ninguna persona, sea joven o viejo, enfermo o sano, blanco o de color, inteligente o no, válido o inválido. Amar la vida porque la vida es un regalo de Dios a los hombres para llegar a la vida eterna.
3. Amar es desear el bien de la persona amada. Quien desea el mal de otra persona podemos estar seguros de que no le ama. Lo primero es el amor a uno mismo. Y amarse a uno mismo es desear el bien para uno mismo. No es nada malo, todo lo contrario, es muy conveniente desearnos el bien y buscarlo para nosotros mismos, en primer lugar, y luego para los demás. Así todos seremos mejores.
También ordena este mandamiento cuidar la propia salud y la salud ajena o la de aquellas personas que dependen de nosotros. Va en contra de este mandamiento ponerse en situación de peligro o daño para la salud como el consumo de drogas o el abuso del alcohol, la conducción temeraria y peligrosa, la realización de actividades arriesgadas o peligrosas sin motivo justificado, por pura diversión o buscando nuevas emociones.
Cuidar la salud también significa guardar el debido descanso y evitar el agotamiento. Guardar las horas de sueño y de reposo saber limitar el horario de trabajo en sus justos límites poniendo por obra que el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. El descanso es necesario para cuidar la salud y para servir mejor a Dios.
4. Pero el daño a la vida no es solo físico. También se atenta contra este mandamiento cuando se falta contra la dignidad de las personas al faltar contra  su integridad moral al poner en situación de peligro su vida moral; más grave aún si se tiene cierta autoridad sobre otras personas tal y como se encuentran los padres, tutores, profesores, maestros, superiores.
El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El escándalo constituye una falta grave, si por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave. Se puede causar escándalo por comentarios injustos, por la promoción de espectáculos, libros y revistas inmorales, por seguir modas contrarias al pudor, etc.

El quinto mandamiento nos ordena amar la vida y aceptar la vida porque todo es don.

jueves, abril 20, 2017

101. Honrarás a tu padre y a tu madre

RESUMEN: Dios quiere que después de amarle a Él por encima de todas las cosas, amemos a nuestros padres a quienes les debemos la vida y la fe que nos han transmitido.
Catecismo Iglesia Católica nn. 2197 a 2257.
Cuarto mandamiento: «Honrarás a tu padre y a tu madre».
1. El cumplimiento amoroso del Cuarto Mandamiento tiene sus raíces más firmes en el sentido de nuestra filiación divina. El único que puede considerarse Padre en toda su plenitud es Dios,  de quien se deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra.
Con el cuarto mandamiento comienza la segunda parte de los mandamientos que indica el orden de la caridad y se enuncia con el amor al prójimo como a uno mismo. Dios quiere que después de amarle a Él por encima de todas las cosas, amemos a nuestros padres a quienes les debemos la vida y la fe que nos han transmitido.
El precepto se dirige expresamente a los hijos respecto de sus padres, pero también alcanza a los demás parientes, abuelos y antepasados y se extiende al respeto a los maestros, tutores y todas aquellas personas que Dios ha investido de autoridad para nuestro bien.
2. La comunidad conyugal de los padres se funda en el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de la prole. Al crear Dios al hombre y a la mujer estableció la familia humana. La familia cristiana es una comunión de personas –padres e hijos– que es imagen de la comunión de la Trinidad.
La familia es la primera escuela de humanidad, el origen de la sociedad y de los pueblos, donde los padres buscan el bien de sus hijos y los hijos honran y obedecen los mandatos de los padres con lealtad. Así, también, los gobernantes deben buscar el bien común de la sociedad y gobernar con virtud con actitud de servicio.
La sociedad es una extensión de la familia y las relaciones sociales deben estar impregnadas del mismo afecto y bondad de las relaciones familiares. En la familia todos tienen la misma dignidad y consideración. La sociedad –a semejanza de la familia– está compuesta de personas. Gobernar la sociedad no puede limitarse a garantizar el ejercicio de los derechos y el cumplimiento de los deberes. Las relaciones sociales, laborales, políticas reclaman justicia y fraternidad conforme a la dignidad de las personas.
3. Los hijos deben a sus padres respeto, gratitud, justa obediencia y ayuda. El respeto de los hijos a sus padres está hecho de gratitud a quienes les deben la vida, el amor y sus desvelos por educarles. Este respeto se expresa en la docilidad y en la obediencia de los hijos. La obediencia de los hijos cesa con la mayoría de edad, pero no el respeto a los padres que permanece siempre.
Los padres no deben limitarse a procrear hijos, sino que sus deberes se extienden también a la educación y a la formación espiritual de sus hijos. Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. En primer lugar, por la creación de un hogar donde la ternura, el perdón y el servicio son la norma general de conducta. La familia es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Es una grave responsabilidad para los padres dar buen ejemplo a sus hijos. Deben enseñar a sus hijos a guardarse de los riesgos y las degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.
Sin embargo, los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. Los padres deben respetar la vocación singular de cada hijo que viene de Dios. La vocación primera de cada cristiano es seguir a Jesús.
4. El cuarto mandamiento nos ordena también honrar a todos los que han recibido de Dios una autoridad en la sociedad. La autoridad debe ejercerse como un servicio y siempre conforme a la dignidad de las personas y a la ley natural.
El ciudadano está obligado en conciencia a no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando sean contrarias a las exigencias del orden moral. Si los gobernantes prescinden de la luz del Evangelio sobre Dios y sobre el hombre la sociedad se aparta de la ley del bien y se convierte en totalitaria.

Para los ciudadanos, el amor y el servicio a la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. En este orden se han de entender el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho al voto y la defensa del país. Rezar y pedir por los gobernantes es una obligación moral de los ciudadanos.

domingo, marzo 26, 2017

100. Santificarás las fiestas

RESUMEN: Santificar las fiestas es hacerlas santas y agradables al Señor.

Catecismo Iglesia Católica nn. 2168 a 2195.
Tercer mandamiento: «Santificarás las fiestas».
1. Santificar las fiestas es lo mismo que convertir todas las fiestas en santas, es decir, en agradables al Señor. Es convertir los días de fiesta en días llenos de cosas buenas y, sobre todo, llenos de Dios. Son santos los días dedicados a adorar a Dios, a darle gloria.
El tercer mandamiento proclama la santidad de sábado: “El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor” (Ex 31, 15). El sábado representa la coronación de la primera creación, es el día en que Dios vio que era bueno y descansó. Pero a la primera creación le sucede la nueva creación inaugurada por la resurrección de Cristo que sustituye el sábado por el domingo o día del Señor en que se recuerda la resurrección de Cristo.
En el Evangelio Jesús da ejemplo de respetar y santificar el sábado, pero con su autoridad enseña la verdadera interpretación de esta ley al señalar que: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27).
El mandamiento precisa que el domingo y las demás fiestas de precepto hay obligación de participar en la misa. Se cumple con el precepto cuando se asiste a la misa en rito católico tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde.

2. Durante el domingo y las fiestas de precepto no se deben realizar trabajos o actividades que impidan dar a Dios el culto debido y vivir la alegría propia de la Resurrección. Santificar las fiestas forma parte, junto con la adoración y la alabanza, de la virtud de la religión que se contiene en los tres primeros mandamientos.
Las necesidades familiares pueden ser una legítima excusa para faltar al descanso dominical, pero se debe cuidar de no convertir la excusa en un hábito que haga desparecer el sentido del domingo como día dedicado al Señor convirtiendo en norma las excusas para acabar no santificando las fiestas.

3. El domingo es el día en que se asiste a la parroquia que es una comunidad de fieles que celebran juntos la resurrección del Señor. Es bueno recordar que la expresión pública del culto a Dios en la fiesta del domingo en la parroquia es un derecho de cualquier ciudadano a vivir y expresar sus creencias religiosas y además es un deber del poder público garantizar este derecho en convivencia pacífica.
Puesto que Dios es el Bien y le corresponde toda la gloria los cristianos tenemos derecho a dar culto público a Dios, sin obligar o violentar a nadie, pero expresando libremente nuestras creencias.
Al santificar las fiestas en público tenemos la ocasión de sentir la parroquia como una extensión familiar con quienes comparten nuestra misma fe. Del mismo modo, las procesiones, romerías y demás expresiones públicas del fervor popular, en cuanto que son actos de gloria y alabanza a Dios, son actos lícitos y justos que no deben ser impedidos por el poder civil.
Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los cuidados más difíciles de prestar los otros días de la semana. El domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de meditación, que favorecen la oración y el crecimiento de la vida interior y cristiana.

Santificando el domingo, santificando las fiestas y santificando la expresión popular de las fiestas se santifica la creación y se devuelve al Señor lo que salió de sus manos santo y sin mancha.

sábado, marzo 04, 2017

99. No tomarás el nombre de Dios en vano

RESUMEN: Jesús nos enseña a llamar a Dios “Padre” (Abbá) que es el modo familiar de decir padre en hebreo (papá).

Catecismo Iglesia Católica nn. 2142 al 2167.
Segundo mandamiento: « No tomarás el nombre de Dios en vano».
1. Este mandamiento pide respetar y honrar el nombre de Dios, que se debe pronunciar para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo. Al igual que el primer mandamiento éste forma parte de la virtud de la religión y concreta el uso de nuestras palabras referidas a las cosas de Dios y sagradas.
Este mandamiento enriquece el primero, puesto que no solo manda adorar a Dios sino que además permite que el hombre pueda poner a Dios mismo como testigo de las grandes decisiones de su vida y hasta permite que el hombre pueda comprometer su vida en el nombre de Dios por medio de promesas y votos.
Esta es la razón por la cual los cristianos comenzamos el día invocando el nombre del Señor en nuestras oraciones al ofrecer la jornada y también, de ordinario, en los actos de culto a Dios con la señal de la cruz al recitar «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».
2. Este mandamiento prohíbe todo uso inconveniente del nombre de Dios y, en particular, la blasfemia que consiste en proferir contra Dios, interior o exteriormente, palabras de odio, de reproche, de desafío. La blasfemia es un insulto al Señor y es de suyo pecado grave, materia de confesión.
También prohíbe el juramento en falso. Jurar es poner a Dios por testigo de lo que se afirma como garantía de veracidad de nuestras palabras o promesas. El que jura en falso, el que hace una promesa que no tiene intención de cumplir o que no está dispuesto a mantener después de realizada es un perjuro. El perjurio es una grave falta de respeto hacia Dios que es el dueño de toda palabra. Es una falta grave contra el Señor que siempre es fiel a sus promesas.
Las palabras malsonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto a Dios y constituyen una falta que se debe evitar, de la misma manera que también se debe evitar el uso irreverente del nombre de Dios, por ejemplo, en chistes o bromas acerca del Señor o de las cosas dedicadas al culto divino porque demuestran falta de cariño al Señor.
3. El respeto del nombre de Dios exige no recurrir a él por motivos vanos o sin verdadera necesidad.  Se honra el nombre de Dios haciendo una promesa agradable al Señor o que muestre alabanza al nombre del Señor. También se le honra en el culto público, en las procesiones y, sobre todo, haciendo un acto de reparación interior cada vez que se pronuncia sin respeto el nombre de Dios diciendo, por ejemplo, «bendito sea el nombre de Dios».
El cristiano tiene un modo propio de hablar y de nombrar a Dios en sus necesidades y en sus alegrías. Expresiones tradicionales de la cultura cristiana como «gracias a Dios» o «si Dios quiere» pueden servir de ayuda para tener presente al Señor en nuestra conversación y en nuestros actos.
Cuando un hombre y una mujer realizan el sacramento del matrimonio, se hacen una serie de promesas poniendo a Dios como testigo de ellas. De esta forma Dios entra en la historia de ese matrimonio y se le hace partícipe de sus alegrías y de sus penas.
4. El cristiano conoce el nombre del Señor por especial revelación de Dios mismo. Entre todas las palabras de la revelación hay una de singular importancia que es el nombre de Dios. Dios confía su nombre a los que creen en Él. Revelar el nombre es una confidencia y un acto de intimidad de Dios que muestra el infinito amor que tiene al hombre.
Dios manifestó a Moisés su nombre como el Ser por esencia al decir “Yo soy el que  soy”. Dios es “Yo soy” “Yahvé: Él es”. Por respeto a la santidad de Dios el pueblo de Israel no pronunciaba su nombre sino que lo sustituía por el título “Señor” (Adonai, en hebreo; Kyrios, en griego). En el Nuevo Testamento Dios revela el misterio de su vida trinitaria: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesús nos enseña a llamar a Dios “Padre” (Abbá) que es el modo familiar de llamar al padre en hebreo (papá).
En la oración del Padrenuestro que nos enseña el mismo Jesús rezamos “Santificado sea tu nombre” y esto es lo que hacemos cuando adoramos y alabamos al Señor. Pero también pedimos que su nombre sea santificado a través de nosotros, es decir, que le demos gloria con nuestra vida y que los demás le glorifiquen.
Dios mismo llama a cada uno de nosotros por nuestro nombre. Nos ama a cada uno personalmente, de uno en uno. Para Dios no somos multitud, siempre somos uno y nos llama por nuestro nombre. El nombre de todo hombre es sagrado, es la imagen de la persona y pide respeto en señal de la dignidad de quien lo tiene. En el Bautismo, la Iglesia da un nombre al cristiano.

El nombre de Dios es admirable, en su nombre se obran maravillas, se hablan nuevas lenguas, se curan enfermedades. Bendito sea el nombre del Señor, El nombre de Dios es Misericordia.

sábado, febrero 18, 2017

98. Amarás a Dios sobre todas las cosas

RESUMEN: Amar a Dios sobre todas las cosas significa amarle más que a uno mismo y también amarle más que a ninguna otra persona o cosa.

Catecismo Iglesia Católica nn. 2083 al 2141.
Primer mandamiento: «Amarás a Dios sobre todas las cosas».
Es el primer mandamiento, el de mayor importancia porque del cumplimiento cabal del mismo depende el cumplimiento de todos los demás mandamientos. Si no se cumple este mandamiento no se pueden cumplir los siguientes.
Lo que pide este mandamiento es guardar la fe y alimentarla y, al mismo tiempo, rechazar todo lo que se opone a la fe. Amar a Dios significa que no se puede amar a otros dioses porque solo Dios es el Señor. Cualquier tipo de superstición, de idolatría, de superchería, o de divinización de los objetos atenta contra este mandamiento.
Amar a Dios sobre todas las cosas quiere decir adorarle, mostrarle reverencia, respeto y culto como lo más importante en nuestra vida y creer en Él y esperarlo todo de Dios. En la manera como una persona adora, respeta y reverencia a Dios se puede conocer cómo le ama y, sobre todo, si le ama por encima de todas las cosas.
El primer mandamiento del Decálogo se lesiona cuando se prefieren otras cosas a Dios, aunque sean buenas, pues entonces se las está amando desordenadamente. En estos casos, el hombre pervierte la ordenación de las criaturas, usando de ellas para un fin opuesto o distinto de aquel para el que fueron creadas.
La adoración es el primer acto de la virtud de la religión y significa reconocerle como Creador, Salvador, Señor y Dueño de todo lo visible y lo invisible. Al mismo tiempo, también significa reconocer que uno mismo comparado con Dios es la «nada» de la criatura.
Amar a Dios sobre todas las cosas supone elegir a Dios por encima del amor o de las preferencias personales por otras personas, cosas, bienes o éxitos personales o profesionales. El amor a Dios implica un estilo de vida propio en el que Dios es lo primero y luego está todo lo demás, sin excluir nada de lo que es lícito y bueno, que por eso es agradable a Dios, pero con un orden de preferencia posterior al amor a Dios.
Debemos hacer con frecuencia actos positivos de amor y de adoración al Señor en cada genuflexión y en cada oración. También en nuestro trabajo bien hecho, acabado, cumplido.

A todos nos corresponde la responsabilidad de actuar en nuestra vida manifestando que Dios es el primero, a quien amamos por encima de todas las cosas, viviendo con Dios presente en todos nuestros actos, en nuestros pensamientos, en nuestros amores.

domingo, enero 29, 2017

97. Los Diez Mandamientos

RESUMEN: Los Diez Mandamientos son la expresión de la ley natural que permite a los hombres encontrar el camino para tener una vida feliz.

Antes de empezar a hablar sobre los Diez Mandamientos conviene tener presentes algunas consideraciones que ayudan a entenderlos:
1. En primer lugar, hay que aceptar y reconocer que “sólo Dios es bueno”. Esto equivale a afirmar que el Bien no es una opinión personal, sujeta a cambios, a modas y a circunstancias, sino que lo bueno y lo malo es un criterio absoluto que no depende de cada persona. Solo Dios es bueno y solo Dios es el dueño del Bien, quien determina lo que es bueno y lo que es malo, por oposición a lo bueno.
Si este postulado no se acepta, los Diez Mandamientos quedarán reducidos a unas indicaciones, a unos criterios de experiencia, como pueden existir tantos otros, que cada uno elige según su propia convicción.
2. En segundo lugar, el Decálogo significa literalmente, las “diez palabras” porque son las palabras de Dios manifestadas a Moisés en el monte Sinaí y expresan lo que Dios –Señor del Bien– dispone que es bueno y, por tanto, lo que hace bien al hombre. Lo contrario a los Diez Mandamientos no hará bien al hombre, es decir, le hará mal hombre o peor hombre.
Los Diez Mandamientos es la ley natural que rige al hombre en su vida para hacerle el bien a sí mismo y para hacer el bien a los demás: es lo que el hombre debe cumplir para ser feliz. Porque no se encuentra la felicidad fuera de la naturaleza, dejando de ser hombres. Somos hombres y solamente podremos ser felices siendo hombres y no siendo pájaros o cualquier otra cosa.
El hombre es un ser moral, que no solamente tiene biología y anatomía,  que también tiene libertad, sentimientos y corazón, es decir, la vida humana es vida moral que se rige y aspira al Bien y se aparta del Mal.
3. En tercer lugar, los Diez Mandamientos forman un todo indisociable y conjunto. No pueden cumplirse unos mandamientos con los que estoy más de acuerdo y no cumplir otros que me resultan más incómodos porque, entonces, estoy faltando a todos. Se aceptan y cumplen los diez mandamientos o no se cumplen en su totalidad. No se pueden fraccionar, ni se cumplen a medias.
Así es. No se puede adorar a Dios sin amar a todos los hombres que son sus criaturas; ni tampoco se puede honrar a otra persona sin bendecir a Dios que es su Creador. No vale defender la vida y no condenar el aborto; o santificar las fiestas y no ser honesto.
4. Dios es el Señor del Bien y lo expresa en el Decálogo que tiene una unidad coherente en todos sus preceptos pero también tiene un orden interno. Los mandamientos tienen un orden: es decir, hay que cumplirlos todos pero por su orden porque es precisamente su orden el que explica y justifica todos los demás. Por eso se empieza por el primer mandamiento y se sigue por los demás y, también por eso, el mismo Jesús, los resume en dos que encierran toda la ley: amarás al Señor tu Dios… y amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Todos los mandamientos son importantes, pero no de la misma forma ni en la misma proporción. No conviene obsesionarse con uno cualquiera y descuidar el amor a Dios sobre todas las cosas y por encima de la honra, de la fama, etc.
5. Los Diez Mandamientos no son algo ilógico y absurdo. No son un capricho de Dios para con los hombres. Son la expresión de la ley natural del hombre y, por tanto, son accesibles por la sola razón humana. Si Dios los revela a Moisés no es porque los hombres no podamos conocer que “hacer el bien y evitar el mal” es algo necesario. Tampoco porque no seamos capaces de saber que se debe respetar la honra, la propiedad, el buen nombre, y todo lo demás de los otros.
Todo lo que disponen los Diez Mandamientos lo puede conocer la razón natural de cualquier hombre. Pero la experiencia nos dice que los sentimientos, las pasiones, la ignorancia, el miedo y tantas otras circunstancias pueden oscurecer la razón y enturbiar la inteligencia. Por experiencia sabemos que no todos los hombres son capaces de conocer con la misma intensidad la ley natural que rige la moralidad de sus actos. Dios también conoce al hombre. Dios conoce al hombre mejor que el mismo hombre porque es su creador y le hace saber la ley natural para facilitarle su conocimiento y su aplicación en la vida diaria de cada uno.
6. Los Mandamientos es algo que conviene saber, refrescar y no olvidar, como conviene saber cómo se conduce un automóvil para poder disfrutar de sus ventajas y sacarle el máximo provecho. Sucede que con el paso del tiempo y la vida diaria se tienden a olvidar las cosas y también se pueden olvidar los Mandamientos. Sí, es verdad, sabemos lo que dicen y, más o menos, podemos recordar el sentido general de cada uno de ellos.  Pero si no se recuerdan a menudo, si no se reflexiona sobre cada uno, si no se concretan en lo que hacemos cada día, en nuestro trabajo, en nuestros comportamientos, en nuestros hábitos, corremos el peligro de desdibujarlos, de convertirlos en anónimos, de perder su perfil y su nitidez y acabar teniendo tan solo una ligera idea de lo que dicen los Mandamientos.

Sin embargo, los Mandamientos no son una lista de prohibiciones o de faltas, como podría ser el código criminal. Los Mandamientos no son una lista de “noes” sobre lo que no se puede hacer. Es justo al contrario. Lo que son es una lista de indicaciones para ser feliz. Es la recomendación del mismo Creador para volver a ser como al principio. Por eso mismo, son un lista de “síes” y, sobre todo, son una lista de cosas que hay que hacer que se pueden resumir en que hay que amar a Dios y a los hombres, pero con un orden: primero a Dios sobre todas las cosas, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente y luego, sin que sea incompatible con lo primero, a los hombres como a uno mismo.

martes, junio 07, 2016

96. Moral de situación

Temas: Moral, verdad, persona.

Resumen: El obrar humano no puede ser valorado como moralmente bueno simplemente porque la intención del sujeto sea buena o porque tiene la voluntad general de no pecar o de amar a Dios.

La llamada moral de situación sostiene que “la bondad o malicia de la acción humana no viene dada por una ley universal e inmutable, sino que se determina por la situación en que el individuo se halle”. Del estado anímico o circunstancial se quiere hacer depender la moralidad de la acción.
La cultura actual exalta la libertad y la conciencia individual hasta tal extremo que, según las circunstancias y el lugar, se llega a dudar de la obligatoriedad de los Mandamientos como expresión de la ley moral universal.
Esta exaltación de la libertad individual llegaría a considerar la propia conciencia como ley moral de cada hombre fundada en su propia voluntad: «yo pienso…, a mí me parece…, yo creo que…».  De tal manera que el Magisterio de la Iglesia no tendría autoridad para intervenir en materia moral dictando instrucciones vinculantes por cuanto tal actuación supondría una violación de la libertad individual que convertiría al hombre en un «esclavo» de la ley moral y le privaría de su «bien más preciado» que es su libertad.
Estas corrientes de pensamiento moderno olvidan que la libertad del hombre tiene como premisa esencial la felicidad del hombre. Porque cuando la libertad se aparta de la verdad el hombre queda encadenado al error y pierde la felicidad.
La Ley moral, los Mandamientos, no son una limitación de la vida del hombre o la negación de su libertad. Con el «no cometerás…» no se priva al hombre de su libertad, no se ahoga su existencia, sino que, al contrario, la Ley moral señala al hombre el camino de la verdadera felicidad y le enseña los principios de su correcto vivir. Así pues, los Mandamientos no limitan al hombre, sino que le enseñan a ser mejor hombre y solamente marcan el mínimo indispensable para una vida correcta permitiendo que el hombre aspire a ser mejor.
La ley moral es ley universal para todos los hombres y para todas las épocas de los hombres porque no es una ley coyuntural o histórica de un tiempo concreto, sino que es la ley que rige la bondad de los actos del hombre en cuanto tal hombre como existe desde siempre.
La conciencia personal debe aplicar la ley moral universal a cada acto del hombre. Es posible que en un caso concreto el hombre se equivoque y, si existiera ignorancia invencible, el acto —malo en sí mismo— no sería imputable al hombre, pero tal acto aunque no imputable seguiría siendo un acto malo. En ningún caso la conciencia puede definir o cambiar la ley moral y convertir en acto bueno lo que es un acto malo.
El obrar humano no puede ser valorado como moralmente bueno simplemente porque la intención del sujeto sea buena o porque tiene la voluntad general de no pecar o de amar a Dios. No es suficiente la buena intención para calificar de bueno a un acto, sencillamente porque la buena intención no es independiente de la ley moral. Es decir, la buena intención será buena porque se ajusta a la ley moral,  no porque haya un deseo general de ser bueno.
La libertad del hombre no consiste en una libertad «respecto de» la verdad, sino que siempre es una libertad «en» la verdad puesto que solo Dios tiene el poder de decidir lo que está bien y lo que está mal. La verdad no se elige puesto que no existen varias verdades equivalentes; la verdad se acepta.
Cualquier acto humano es malo o contrario a la ley moral cuando es contrario a alguno de los preceptos de la ley moral: los «Mandamientos de la ley de Dios», aunque la intención del sujeto fuera buena e incluso aunque el sujeto no pretenda ofender a Dios, puesto que la ofensa de la ley moral ya es ofensa de Dios que es su legislador.

La verdad sobre el hombre no es una simple opinión personal de cada hombre sobre sí mismo y sus circunstancias. La verdad sobre el hombre es la visión divina del hombre que se expresa en la ley moral universal y se concreta en los Mandamientos.  La propuesta de esta ley moral en toda su integridad y sin alterar ni ocultar su contenido comporta una exigencia derivada de la propia dignidad de cada hombre que no se debe rehusar.