sábado, marzo 04, 2017

99. No tomarás el nombre de Dios en vano

RESUMEN: Jesús nos enseña a llamar a Dios “Padre” (Abbá) que es el modo familiar de decir padre en hebreo (papá).

Catecismo Iglesia Católica nn. 2142 al 2167.
Segundo mandamiento: « No tomarás el nombre de Dios en vano».
1. Este mandamiento pide respetar y honrar el nombre de Dios, que se debe pronunciar para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo. Al igual que el primer mandamiento éste forma parte de la virtud de la religión y concreta el uso de nuestras palabras referidas a las cosas de Dios y sagradas.
Este mandamiento enriquece el primero, puesto que no solo manda adorar a Dios sino que además permite que el hombre pueda poner a Dios mismo como testigo de las grandes decisiones de su vida y hasta permite que el hombre pueda comprometer su vida en el nombre de Dios por medio de promesas y votos.
Esta es la razón por la cual los cristianos comenzamos el día invocando el nombre del Señor en nuestras oraciones al ofrecer la jornada y también, de ordinario, en los actos de culto a Dios con la señal de la cruz al recitar «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».
2. Este mandamiento prohíbe todo uso inconveniente del nombre de Dios y, en particular, la blasfemia que consiste en proferir contra Dios, interior o exteriormente, palabras de odio, de reproche, de desafío. La blasfemia es un insulto al Señor y es de suyo pecado grave, materia de confesión.
También prohíbe el juramento en falso. Jurar es poner a Dios por testigo de lo que se afirma como garantía de veracidad de nuestras palabras o promesas. El que jura en falso, el que hace una promesa que no tiene intención de cumplir o que no está dispuesto a mantener después de realizada es un perjuro. El perjurio es una grave falta de respeto hacia Dios que es el dueño de toda palabra. Es una falta grave contra el Señor que siempre es fiel a sus promesas.
Las palabras malsonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto a Dios y constituyen una falta que se debe evitar, de la misma manera que también se debe evitar el uso irreverente del nombre de Dios, por ejemplo, en chistes o bromas acerca del Señor o de las cosas dedicadas al culto divino porque demuestran falta de cariño al Señor.
3. El respeto del nombre de Dios exige no recurrir a él por motivos vanos o sin verdadera necesidad.  Se honra el nombre de Dios haciendo una promesa agradable al Señor o que muestre alabanza al nombre del Señor. También se le honra en el culto público, en las procesiones y, sobre todo, haciendo un acto de reparación interior cada vez que se pronuncia sin respeto el nombre de Dios diciendo, por ejemplo, «bendito sea el nombre de Dios».
El cristiano tiene un modo propio de hablar y de nombrar a Dios en sus necesidades y en sus alegrías. Expresiones tradicionales de la cultura cristiana como «gracias a Dios» o «si Dios quiere» pueden servir de ayuda para tener presente al Señor en nuestra conversación y en nuestros actos.
Cuando un hombre y una mujer realizan el sacramento del matrimonio, se hacen una serie de promesas poniendo a Dios como testigo de ellas. De esta forma Dios entra en la historia de ese matrimonio y se le hace partícipe de sus alegrías y de sus penas.
4. El cristiano conoce el nombre del Señor por especial revelación de Dios mismo. Entre todas las palabras de la revelación hay una de singular importancia que es el nombre de Dios. Dios confía su nombre a los que creen en Él. Revelar el nombre es una confidencia y un acto de intimidad de Dios que muestra el infinito amor que tiene al hombre.
Dios manifestó a Moisés su nombre como el Ser por esencia al decir “Yo soy el que  soy”. Dios es “Yo soy” “Yahvé: Él es”. Por respeto a la santidad de Dios el pueblo de Israel no pronunciaba su nombre sino que lo sustituía por el título “Señor” (Adonai, en hebreo; Kyrios, en griego). En el Nuevo Testamento Dios revela el misterio de su vida trinitaria: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesús nos enseña a llamar a Dios “Padre” (Abbá) que es el modo familiar de llamar al padre en hebreo (papá).
En la oración del Padrenuestro que nos enseña el mismo Jesús rezamos “Santificado sea tu nombre” y esto es lo que hacemos cuando adoramos y alabamos al Señor. Pero también pedimos que su nombre sea santificado a través de nosotros, es decir, que le demos gloria con nuestra vida y que los demás le glorifiquen.
Dios mismo llama a cada uno de nosotros por nuestro nombre. Nos ama a cada uno personalmente, de uno en uno. Para Dios no somos multitud, siempre somos uno y nos llama por nuestro nombre. El nombre de todo hombre es sagrado, es la imagen de la persona y pide respeto en señal de la dignidad de quien lo tiene. En el Bautismo, la Iglesia da un nombre al cristiano.

El nombre de Dios es admirable, en su nombre se obran maravillas, se hablan nuevas lenguas, se curan enfermedades. Bendito sea el nombre del Señor, El nombre de Dios es Misericordia.

sábado, febrero 18, 2017

98. Amarás a Dios sobre todas las cosas

RESUMEN: Amar a Dios sobre todas las cosas significa amarle más que a uno mismo y también amarle más que a ninguna otra persona o cosa.

Catecismo Iglesia Católica nn. 2083 al 2141.
Primer mandamiento: «Amarás a Dios sobre todas las cosas».
Es el primer mandamiento, el de mayor importancia porque del cumplimiento cabal del mismo depende el cumplimiento de todos los demás mandamientos. Si no se cumple este mandamiento no se pueden cumplir los siguientes.
Lo que pide este mandamiento es guardar la fe y alimentarla y, al mismo tiempo, rechazar todo lo que se opone a la fe. Amar a Dios significa que no se puede amar a otros dioses porque solo Dios es el Señor. Cualquier tipo de superstición, de idolatría, de superchería, o de divinización de los objetos atenta contra este mandamiento.
Amar a Dios sobre todas las cosas quiere decir adorarle, mostrarle reverencia, respeto y culto como lo más importante en nuestra vida y creer en Él y esperarlo todo de Dios. En la manera como una persona adora, respeta y reverencia a Dios se puede conocer cómo le ama y, sobre todo, si le ama por encima de todas las cosas.
El primer mandamiento del Decálogo se lesiona cuando se prefieren otras cosas a Dios, aunque sean buenas, pues entonces se las está amando desordenadamente. En estos casos, el hombre pervierte la ordenación de las criaturas, usando de ellas para un fin opuesto o distinto de aquel para el que fueron creadas.
La adoración es el primer acto de la virtud de la religión y significa reconocerle como Creador, Salvador, Señor y Dueño de todo lo visible y lo invisible. Al mismo tiempo, también significa reconocer que uno mismo comparado con Dios es la «nada» de la criatura.
Amar a Dios sobre todas las cosas supone elegir a Dios por encima del amor o de las preferencias personales por otras personas, cosas, bienes o éxitos personales o profesionales. El amor a Dios implica un estilo de vida propio en el que Dios es lo primero y luego está todo lo demás, sin excluir nada de lo que es lícito y bueno, que por eso es agradable a Dios, pero con un orden de preferencia posterior al amor a Dios.
Debemos hacer con frecuencia actos positivos de amor y de adoración al Señor en cada genuflexión y en cada oración. También en nuestro trabajo bien hecho, acabado, cumplido.

A todos nos corresponde la responsabilidad de actuar en nuestra vida manifestando que Dios es el primero, a quien amamos por encima de todas las cosas, viviendo con Dios presente en todos nuestros actos, en nuestros pensamientos, en nuestros amores.

domingo, enero 29, 2017

97. Los Diez Mandamientos

RESUMEN: Los Diez Mandamientos son la expresión de la ley natural que permite a los hombres encontrar el camino para tener una vida feliz.

Antes de empezar a hablar sobre los Diez Mandamientos conviene tener presentes algunas consideraciones que ayudan a entenderlos:
1. En primer lugar, hay que aceptar y reconocer que “sólo Dios es bueno”. Esto equivale a afirmar que el Bien no es una opinión personal, sujeta a cambios, a modas y a circunstancias, sino que lo bueno y lo malo es un criterio absoluto que no depende de cada persona. Solo Dios es bueno y solo Dios es el dueño del Bien, quien determina lo que es bueno y lo que es malo, por oposición a lo bueno.
Si este postulado no se acepta, los Diez Mandamientos quedarán reducidos a unas indicaciones, a unos criterios de experiencia, como pueden existir tantos otros, que cada uno elige según su propia convicción.
2. En segundo lugar, el Decálogo significa literalmente, las “diez palabras” porque son las palabras de Dios manifestadas a Moisés en el monte Sinaí y expresan lo que Dios –Señor del Bien– dispone que es bueno y, por tanto, lo que hace bien al hombre. Lo contrario a los Diez Mandamientos no hará bien al hombre, es decir, le hará mal hombre o peor hombre.
Los Diez Mandamientos es la ley natural que rige al hombre en su vida para hacerle el bien a sí mismo y para hacer el bien a los demás: es lo que el hombre debe cumplir para ser feliz. Porque no se encuentra la felicidad fuera de la naturaleza, dejando de ser hombres. Somos hombres y solamente podremos ser felices siendo hombres y no siendo pájaros o cualquier otra cosa.
El hombre es un ser moral, que no solamente tiene biología y anatomía,  que también tiene libertad, sentimientos y corazón, es decir, la vida humana es vida moral que se rige y aspira al Bien y se aparta del Mal.
3. En tercer lugar, los Diez Mandamientos forman un todo indisociable y conjunto. No pueden cumplirse unos mandamientos con los que estoy más de acuerdo y no cumplir otros que me resultan más incómodos porque, entonces, estoy faltando a todos. Se aceptan y cumplen los diez mandamientos o no se cumplen en su totalidad. No se pueden fraccionar, ni se cumplen a medias.
Así es. No se puede adorar a Dios sin amar a todos los hombres que son sus criaturas; ni tampoco se puede honrar a otra persona sin bendecir a Dios que es su Creador. No vale defender la vida y no condenar el aborto; o santificar las fiestas y no ser honesto.
4. Dios es el Señor del Bien y lo expresa en el Decálogo que tiene una unidad coherente en todos sus preceptos pero también tiene un orden interno. Los mandamientos tienen un orden: es decir, hay que cumplirlos todos pero por su orden porque es precisamente su orden el que explica y justifica todos los demás. Por eso se empieza por el primer mandamiento y se sigue por los demás y, también por eso, el mismo Jesús, los resume en dos que encierran toda la ley: amarás al Señor tu Dios… y amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Todos los mandamientos son importantes, pero no de la misma forma ni en la misma proporción. No conviene obsesionarse con uno cualquiera y descuidar el amor a Dios sobre todas las cosas y por encima de la honra, de la fama, etc.
5. Los Diez Mandamientos no son algo ilógico y absurdo. No son un capricho de Dios para con los hombres. Son la expresión de la ley natural del hombre y, por tanto, son accesibles por la sola razón humana. Si Dios los revela a Moisés no es porque los hombres no podamos conocer que “hacer el bien y evitar el mal” es algo necesario. Tampoco porque no seamos capaces de saber que se debe respetar la honra, la propiedad, el buen nombre, y todo lo demás de los otros.
Todo lo que disponen los Diez Mandamientos lo puede conocer la razón natural de cualquier hombre. Pero la experiencia nos dice que los sentimientos, las pasiones, la ignorancia, el miedo y tantas otras circunstancias pueden oscurecer la razón y enturbiar la inteligencia. Por experiencia sabemos que no todos los hombres son capaces de conocer con la misma intensidad la ley natural que rige la moralidad de sus actos. Dios también conoce al hombre. Dios conoce al hombre mejor que el mismo hombre porque es su creador y le hace saber la ley natural para facilitarle su conocimiento y su aplicación en la vida diaria de cada uno.
6. Los Mandamientos es algo que conviene saber, refrescar y no olvidar, como conviene saber cómo se conduce un automóvil para poder disfrutar de sus ventajas y sacarle el máximo provecho. Sucede que con el paso del tiempo y la vida diaria se tienden a olvidar las cosas y también se pueden olvidar los Mandamientos. Sí, es verdad, sabemos lo que dicen y, más o menos, podemos recordar el sentido general de cada uno de ellos.  Pero si no se recuerdan a menudo, si no se reflexiona sobre cada uno, si no se concretan en lo que hacemos cada día, en nuestro trabajo, en nuestros comportamientos, en nuestros hábitos, corremos el peligro de desdibujarlos, de convertirlos en anónimos, de perder su perfil y su nitidez y acabar teniendo tan solo una ligera idea de lo que dicen los Mandamientos.

Sin embargo, los Mandamientos no son una lista de prohibiciones o de faltas, como podría ser el código criminal. Los Mandamientos no son una lista de “noes” sobre lo que no se puede hacer. Es justo al contrario. Lo que son es una lista de indicaciones para ser feliz. Es la recomendación del mismo Creador para volver a ser como al principio. Por eso mismo, son un lista de “síes” y, sobre todo, son una lista de cosas que hay que hacer que se pueden resumir en que hay que amar a Dios y a los hombres, pero con un orden: primero a Dios sobre todas las cosas, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente y luego, sin que sea incompatible con lo primero, a los hombres como a uno mismo.

martes, junio 07, 2016

96. Moral de situación

Temas: Moral, verdad, persona.

Resumen: El obrar humano no puede ser valorado como moralmente bueno simplemente porque la intención del sujeto sea buena o porque tiene la voluntad general de no pecar o de amar a Dios.

La llamada moral de situación sostiene que “la bondad o malicia de la acción humana no viene dada por una ley universal e inmutable, sino que se determina por la situación en que el individuo se halle”. Del estado anímico o circunstancial se quiere hacer depender la moralidad de la acción.
La cultura actual exalta la libertad y la conciencia individual hasta tal extremo que, según las circunstancias y el lugar, se llega a dudar de la obligatoriedad de los Mandamientos como expresión de la ley moral universal.
Esta exaltación de la libertad individual llegaría a considerar la propia conciencia como ley moral de cada hombre fundada en su propia voluntad: «yo pienso…, a mí me parece…, yo creo que…».  De tal manera que el Magisterio de la Iglesia no tendría autoridad para intervenir en materia moral dictando instrucciones vinculantes por cuanto tal actuación supondría una violación de la libertad individual que convertiría al hombre en un «esclavo» de la ley moral y le privaría de su «bien más preciado» que es su libertad.
Estas corrientes de pensamiento moderno olvidan que la libertad del hombre tiene como premisa esencial la felicidad del hombre. Porque cuando la libertad se aparta de la verdad el hombre queda encadenado al error y pierde la felicidad.
La Ley moral, los Mandamientos, no son una limitación de la vida del hombre o la negación de su libertad. Con el «no cometerás…» no se priva al hombre de su libertad, no se ahoga su existencia, sino que, al contrario, la Ley moral señala al hombre el camino de la verdadera felicidad y le enseña los principios de su correcto vivir. Así pues, los Mandamientos no limitan al hombre, sino que le enseñan a ser mejor hombre y solamente marcan el mínimo indispensable para una vida correcta permitiendo que el hombre aspire a ser mejor.
La ley moral es ley universal para todos los hombres y para todas las épocas de los hombres porque no es una ley coyuntural o histórica de un tiempo concreto, sino que es la ley que rige la bondad de los actos del hombre en cuanto tal hombre como existe desde siempre.
La conciencia personal debe aplicar la ley moral universal a cada acto del hombre. Es posible que en un caso concreto el hombre se equivoque y, si existiera ignorancia invencible, el acto —malo en sí mismo— no sería imputable al hombre, pero tal acto aunque no imputable seguiría siendo un acto malo. En ningún caso la conciencia puede definir o cambiar la ley moral y convertir en acto bueno lo que es un acto malo.
El obrar humano no puede ser valorado como moralmente bueno simplemente porque la intención del sujeto sea buena o porque tiene la voluntad general de no pecar o de amar a Dios. No es suficiente la buena intención para calificar de bueno a un acto, sencillamente porque la buena intención no es independiente de la ley moral. Es decir, la buena intención será buena porque se ajusta a la ley moral,  no porque haya un deseo general de ser bueno.
La libertad del hombre no consiste en una libertad «respecto de» la verdad, sino que siempre es una libertad «en» la verdad puesto que solo Dios tiene el poder de decidir lo que está bien y lo que está mal. La verdad no se elige puesto que no existen varias verdades equivalentes; la verdad se acepta.
Cualquier acto humano es malo o contrario a la ley moral cuando es contrario a alguno de los preceptos de la ley moral: los «Mandamientos de la ley de Dios», aunque la intención del sujeto fuera buena e incluso aunque el sujeto no pretenda ofender a Dios, puesto que la ofensa de la ley moral ya es ofensa de Dios que es su legislador.

La verdad sobre el hombre no es una simple opinión personal de cada hombre sobre sí mismo y sus circunstancias. La verdad sobre el hombre es la visión divina del hombre que se expresa en la ley moral universal y se concreta en los Mandamientos.  La propuesta de esta ley moral en toda su integridad y sin alterar ni ocultar su contenido comporta una exigencia derivada de la propia dignidad de cada hombre que no se debe rehusar.

domingo, mayo 08, 2016

95. Elecciones 2016

TEMAS: Política, elecciones.
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RESUMEN: 1. En las elecciones hay que elegir un partido político.
2. Se vota a los candidatos de cada provincia. La abstención no cuenta.
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Han vuelto a convocar elecciones generales para el próximo 26 de junio. Si dejamos al margen las razones por las que ha sido necesario convocar unas nuevas elecciones puesto que eso es ya “agua pasada que no mueve molino” creo que lo que ahora interesa es centrarse de nuevo en el proceso electoral que inevitablemente tendrá lugar.
Hay elecciones porque hay que elegir, hecho elemental que no debe pasar desapercibido. Nos parecerá mejor o peor, barato o caro, necesario o superfluo, nos parecerá lo que sea, pero tenemos que elegir. Y elegir significa escoger una opción política de entre varias y desechar o abandonar las restantes no elegidas. Elegir implica, pues, preferir un partido político sobre los restantes.
La democracia no exige que los votantes pertenezcan a un partido concreto, ni tampoco exige que se identifiquen con alguno de los partidos que se presentan a las elecciones. El votante puede no estar afiliado a ningún partido político —lo que suele ser habitual— y también puede no simpatizar en su totalidad con alguno de los partidos.
Por el contrario, la democracia sí exige que los ciudadanos elijan a sus representantes políticos para gestionar durante su mandato legislativo los asuntos del bien común de la nación. Es decir, que ser demócratas no supone pertenecer a ningún partido político, ni que nos guste la política, sino elegir a los representantes políticos, o sea, ser demócratas exige votar.
Votar puede ser un problema porque no se puede votar a todos, ni tan siquiera se puede votar a dos partidos que nos gustaría que llegaran a un acuerdo y gobernaran el país. Solamente se puede votar a un partido político. Y esta elección es difícil, es comprometida y es responsable. Sobre todo nos hace responsables porque no se vota por un día ni por un capricho, sino que se vota para cuatro años y para una acción de gobierno.  
Antes de nada es necesario reparar que aunque en la papeleta aparecen los nombres de unas personas que aspiran a ser diputados y senadores en verdad no se vota a unas personas sino que se vota a un partido político. En otros países es de otra manera, pero en España y con la ley electoral actual no se vota a caras —por más que se anuncien caras bonitas— sino que se votan siglas de partidos y la dirección del partido es la que marcará el gobierno del país en las materias de educación, sanidad, economía, impuestos, empleo, desarrollo, industria, justicia, etc.
Por eso, votar es una gran responsabilidad para el votante que además solamente dispone de una sola opción y si se equivoca no puede arrepentirse y cambiar su voto a mitad de legislatura. Se puede decir con toda propiedad que “lo que se vota, votado queda”.
Por esto, a la hora de depositar el voto en la urna, es importante lo siguiente:
a) Primero, votar: hay que votar porque el sistema electoral no refleja la abstención. En el congreso de los diputados no existe ningún sillón para los votos de la abstención. La abstención podrá deslegitimar a los elegidos por falta de votos, podrá satisfacer las ansias de revancha de los que no creen en el sistema electoral, podrán desahogar la ira de los que se sienten engañados por los políticos traidores que incumplen sus promesas electorales, sí la abstención podrá servir para todo eso y para más cosas, pero no sirve para elegir a los representantes políticos.
b) Segundo, conocer a quien se vota: hay que votar con conocimiento del candidato y del partido que representa. Quizá es una ingenuidad pretender que leamos los programas políticos de los partidos o que acudamos a los mítines donde se explica cada uno de los puntos principales del programa político, pero tampoco hay que votar a ciegas o a una foto o una canción. Entre una cosa y la otra hay un término medio. Tenemos la responsabilidad social de enterarnos qué pretenden unos y otros y qué piensan hacer con nuestro voto.
c) Tercero, votar con la cabeza: no se vota por venganza o por despecho, no se vota con las vísceras sino que se vota con la cabeza. Hay que pensar, hay de sopesar las distintas opciones, hay que intentar comprender los proyectos de futura sociedad que cada partido propone y adónde nos llevaría cada uno de ellos y al final votar con la inteligencia y no votar solo con el corazón.
d) Cuarto, votar con prudencia: porque la prudencia es una virtud que significa elegir lo bueno y desechar lo menos bueno. Es la virtud del elector que va a la urna. Ser prudentes, eso es lo que deseo para todos los españoles en las próximas elecciones. Porque de todos los partidos estoy seguro que lo más probable es que ninguno me convenza en su totalidad. De uno me puede gustar una cosa, de otro me puede gustar otras cosas y de otro no me gustará ninguna.
Bueno, la primera elección irá por ese camino, debo desechar los partidos en los que no me gusta nada de lo que proponen. Luego, me iré quedando con dos o tres partidos que podrían ser mis elegidos. ¡Pero tengo que elegir uno solo! Esta es la cuestión. ¿Cuál de ellos elegir?
e) Quinto, votar por mi provincia: esto es una verdad de Perogrullo. Cada uno de nosotros votamos donde estamos empadronados. Si estoy en Barcelona no estoy en Madrid, y viceversa. Y en cada provincia se presentan unos partidos concretos que no tienen que ser los mismos en todas las provincias.
No es lo mismo votar en Soria donde sólo se eligen dos diputados que en Madrid donde se eligen 36 diputados. Y la diferencia es esencial. Con la ley electoral actual en Soria la duda será si salen elegidos los dos partidos más votados o solo el partido más votado. Los votos obtenidos por los demás partidos serán votos testimoniales perdidos para los escaños del congreso.
Por esto es importante situarse en la provincia de cada uno y averiguar qué partidos tienen posibilidades reales de obtener representación y elegir de entre esos partidos, sabiendo que la elección siempre es un acto de prudencia donde se elige «lo menos bueno y se desecha lo peor».

Al día siguiente de la votación se hará el recuento de votos y cada partido tendrá que valorar si puede gobernar solo o necesita pactos con otros partidos. Eso dependerá, en gran parte, de los votos que obtenga y le hayamos dado los electores y también del estilo dialogante y realista de sus gobernantes que sepan aceptar la realidad política tal y como es y sepan adaptarse a ella.■

sábado, marzo 05, 2016

94. Nieve en Segovia

TEMAS: Ley natural, cultura, ciencia.

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RESUMEN: 1. Existe una ciencia que cuenta con la naturaleza de las cosas y con las leyes naturales para construir, para progresar. Sin embargo, también existe otra clase de ciencia que desafía a la naturaleza y pretende oponerse a las leyes naturales para evitarlas y hasta anularlas si fuera posible.
2. El acueducto de Segovia está construido con sillares de granito asentados sin argamasa entre ellos.
3. La foto del acueducto cubierto de nieve, restaurado y convertido en monumento me hace admirar a sus constructores  y a su cultura. Pero, en realidad, el acueducto nevado es un sentido homenaje a la Naturaleza.

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Ayer, sábado y 27 de febrero de 2016, nevó en muchos lugares de España. Entre otros sitios, nevó en Segovia. Los periódicos de hoy aparecen con la foto del acueducto romano de Segovia cubierto de nieve mientras —a sus pies— la ciudad procura reponerse de la nevada y volver a la actividad normal en medio de las dificultades propias del temporal de frío y nieve.
El acueducto romano se construyó a principios del siglo II d.C. en tiempos del emperador Trajano y es una obra de ingeniería para llevar agua a la ciudad desde un manantial que se encuentra a más de 17 kilómetros de distancia. Dispone de un canal de conducción, estanques de recogida del agua y de decantación de las arenas y una gran arquería que es la que siempre aparece en las fotos de los turistas y de los periódicos.
Hoy veo de nuevo la foto del impresionante acueducto segoviano bajo la nueve y no puedo dejar de admirar que después de 19 siglos de nevadas, tormentas, aguaceros, riadas, temblores de tierra, guerras y todas las demás inclemencias e imprevistos que hayan podido suceder sigue estando en pie haciendo grandes a sus constructores.
Me entero que está construido con sillares de granito asentados sin argamasa entre ellos, por el sistema de empujes de piedras, a peso y por encaje de los propios sillares de piedra de manera que aprovechando la fuerza de la gravedad se sujetan los distintos sillares y así hasta el día de hoy.
Me quedo pensativo. Los romanos construyeron contando con las leyes naturales. Las fuerzas y los pesos para construir andamios y poleas y para trasportar los bloques de piedra hasta el lugar de su posición. Y la fuerza natural de la gravedad que mantiene unas piedras sobre otras, empujándose para no moverse.
Existe una ciencia que cuenta con la naturaleza de las cosas y con las leyes naturales para construir, para progresar. Sin embargo, también existe otra clase de ciencia que desafía a la naturaleza y pretende oponerse a las leyes naturales para evitarlas y hasta anularlas si fuera posible. La primera ciencia es una ciencia natural no solo porque integra la naturaleza, sino porque ella misma se integra en el mundo natural como una pertenencia más del universo. La segunda ciencia se rebela contra las leyes naturales, se enfrenta decididamente contra ellas y pretende crear un mundo nuevo.
Las consecuencias de las dos clases de ciencia son bien distintas: la primera, se mantiene, es útil; la segunda, exige mucha atención, muchos cuidados y, cuando le faltan,  deviene inútil y acaba destruida.
La foto del acueducto de Segovia cubierto de nieve, restaurado y convertido en monumento me hace admirar a sus constructores  y a su cultura. Pero, en realidad, el acueducto nevado es un sentido homenaje a la Naturaleza. ■

domingo, enero 17, 2016

93. Dignidad trascendente

TEMAS: Dignidad, Europa, cultura.

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RESUMEN: 1. Los Padres fundadores de la Unión Europa confiaban en la capacidad del hombre de trabajar junto con sus iguales, de superar divisiones y alcanzar la comunión de los pueblos.
2. El hombre tiene dignidad porque es persona y no es un simple individuo. Un individuo es «uno entre los iguales de su especie» y esto es tanto como decir que no es único, ni irrepetible, ni digno.
3. La historia del siglo XX no puede caer en el olvido para recordar que la persona es el centro de la acción política de los gobiernos y de las sociedades y que ninguna política tiene sentido si no tiene a la persona como fin y como causa de la misma.

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En estos momentos en que reina una cierta confusión en las ideas políticas y sociales me parece oportuno recordar las ideas del discurso pronunciado por el Papa Francisco ante el Parlamento europeo en la ciudad de Estrasburgo (Francia) el 25 de noviembre de 2014 sobre la dignidad trascendente del hombre como fuente de la reconstrucción de Europa y de los derechos humanos.
Los Padres fundadores de la Unión Europa confiaban en la capacidad del hombre de trabajar junto con sus iguales, de superar divisiones y alcanzar la comunión de los pueblos. En suma y, a los pocos años de terminar la Segunda guerra mundial, confiaban en la capacidad del hombre de convivir en paz con los demás hombres.
Y esta convicción procedía de la consideración del hombre no como un individuo cualquiera, sino como una persona con dignidad, como alguien y no como algo, con un valor especial, insustituible, no intercambiable. Una convicción que se apoya en que cada uno de nosotros somos únicos e irrepetibles. No somos un sujeto económico que forma parte de una cadena de producción industrial que genera riqueza económica para el dueño de la empresa, sino que somos seres únicos, dignos, valiosos, queridos; alguien distinto a un simple elemento de producción.
Pero esta dignidad del hombre no es solo una idea —una ocurrencia—. El hombre es digno porque es persona y no es un simple individuo. Un individuo es «uno entre los iguales de su especie» y esto es tanto como decir que no es único, ni irrepetible, ni digno. Si el hombre tiene dignidad es porque no es un «individuo» sino que es «persona». Y que el hombre sea considerado como persona implica que es un ser que diferencia el bien del mal, lo que es bueno para mí y lo que es malo para mí o para los demás.
Esto tiene más trascendencia de la que parece. Los derechos personales implican que se concibe a cada hombre como un ser digno y que, por tanto, se deben respetar los derechos de los demás hombres, además de los propios. En efecto, no se pueden imponer los propios derechos «individuales» sobre los demás porque eso no genera paz ni es fuente de una sana convivencia. Se ve claro que si el derecho de cada uno no tiene límites se convierte en una fuente de conflictos. Y la causa inicial de esos conflictos será que se concibe al hombre como «individuo» en lugar de considerarlo una persona.
Si los hombres son seres únicos quiere esto decir que son diferentes unos de otros. Todos son hombres y todos son dignos, pero también todos son únicos y, por tanto, diferentes. La sociedad civil no es uniforme, ni los hogares son cuarteles, ni el orden en la vida es disciplina militar. Al mismo tiempo, es necesario respetar al vecino, respetar al contrario en su diferencia, en su opinión, en su creencia. Y el respeto debe ser recíproco.
Cuando no se tiene una concepción digna del hombre se produce una aparente paradoja: como la persona no es única, deja de ser el centro de la política y esa centralidad la ocupa la ciencia, la técnica, la economía y otras mil cosas, en resumen, la ocupa el poder político que se considera sin ninguna limitación porque entiende que la sociedad es un conjunto de individuos intercambiables unos por otros sin mayores problemas.
La concepción humanista del hombre como un ser con dignidad trascendente es la que tuvieron los fundadores de la Unión Europea tras la «gran guerra» que mostró hasta dónde puede llegar el poder político que considera al hombre como individuo y se olvida que es una persona única e irrepetible. Esta lección de la historia del siglo XX peligra caer en el olvido y hemos de acudir a la memoria histórica —esta sí— para no olvidar que la persona es el centro de la acción política de los gobiernos y de las sociedades y que ninguna política tiene sentido si no tiene a la persona como fin y como causa de la misma.
Sin embargo, nos debemos plantear cuál es el fundamento de la dignidad del hombre. Para unos será un gran acuerdo social, un consenso producto de la cultura y la civilización que se plasma en las leyes y constituciones de una sociedad avanzada. La conquista social es la conquista de la dignidad del hombre y su respeto por los poderes políticos.
Esta concepción de la dignidad ausente de trascendencia queda a merced de las leyes, las costumbres y las circunstancias de un país, de una civilización o del poder político concreto. ¿Quién asegura que una ley posterior derogue y altere la ley anterior y deje de respetar la dignidad del hombre o de un grupo racial de hombres? El fundamento “cultural” de la dignidad se demuestra frágil y coyuntural y la historia reciente nos muestra casos de abusos y tragedias.
Existe, en cambio, otro posible fundamento de la dignidad del hombre que no se basa en los acuerdos de los hombres sino en su propio ser. El hombre es un ser trascendente y su dignidad también es trascendente. Su dignidad hace referencia a algo fuera del mismo hombre que le viene dado, que recibe y no depende de las propias fuerzas del hombre: su propia vida.
El hombre es digno porque su vida es digna y su vida es digna porque le ha sido dada por quien es capaz de crear y dar la vida. Esta dignidad trascendente no se funda en un acuerdo de voluntades, ni en un contrato social, sino que se funda en quien es el Creador de la vida que está por encima de los hombres, de sus leyes y de sus contratos y a quien las leyes humanas no pueden «derogar».■

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
1. Discurso del Papa Francisco al Parlamento europeo, Estrasburgo, Francia,  25 de noviembre de 2014.
2. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1701 y ss.
3. Compendio de Doctrina social de la Iglesia Católica.