Mostrando entradas con la etiqueta ética. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ética. Mostrar todas las entradas

sábado, febrero 04, 2012

68. Economía humana

Fecha: 01 de febrero de 2012


TEMAS: Economía, Empresa, Ética.

RESUMEN: 1. Una de las aportaciones del cristianismo a la economía es la de ofrecer una visión panorámica del sentido y finalidad del mundo, del sentido de la vida y del hombre.
2. Los bienes de la tierra son un don que debemos usar con generosidad, con la misma con la que los hemos recibido. Los bienes son para compartirlos para que a nadie le falte lo necesario para llevar una vida digna y en este sentido, las riquezas que se poseen tienen un sentido social.
3. Las diferencia iniciales de la Creación y de la misma situación de los hombres no son diferencias constitucionales, sino diferencias estructurales que los mismos hombres con su libertad y son su inteligencia pueden solucionar para contribuir al desarrollo de la Creación.
4. Por el principio de subsidiariedad todo lo que el hombre pueda hacer y desarrollar por sí mismo y en el ejercicio de su libertad y de su inteligencia no es lícito impedírselo.
5. Hay que «dejar hacer» a los hombres y también hay que «hacer hacer» a los hombres lo que ellos puedan hacer por sí mismos, sin fomentar la pereza, la apatía, la comodidad y la falta de responsabilidad.
6. No es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de vida que se presume mejor cuando está orientado sólo a tener más bienes y no a ser mejor persona. Es necesario realizar un esfuerzo social y político para implantar estilos de vida a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones.

  
SUMARIO: 1. El plan general.- 2. Las diferencias.- 3. La realidad económica.- 4. Una oportunidad.

1. El plan general
El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente[1].
Una de las aportaciones más generales del cristianismo a la economía es la de ofrecer una visión panorámica del sentido y finalidad del mundo, del sentido de la vida y del hombre. Importa saber cómo se fabrican los productos y cuáles son las mejores técnicas de producción y los más eficientes procedimientos de venta y de distribución, pero por encima de todo esto está el conocimiento del hombre y del mundo que nos rodea, en definitiva, saber para qué se hacen las cosas vale más que el mismo hecho de poder hacerlas.
La economía debe estar al servicio del hombre, considerado siempre como un fin en sí mismo, y ser la consecuencia de la participación de todos y para beneficio de todos, por esto debe estar debidamente regulada y supervisada como garantía del bien común. Además de lo anterior, en el actual momento histórico, la economía debe tener un enfoque y una autoridad global[2].
Todo empieza con la Creación, con el origen del universo. Todos los bienes  y las riquezas de la tierra son buenos porque proceden de Dios y en Él tienen su fin. Pero la Creación no es un absurdo, tiene una lógica, unas leyes y unos principios que rigen la naturaleza y los mismos bienes. La Creación está bajo el gobierno y cuidado del Creador que no abandona el mundo a su suerte, sino que se implica en su futuro y lo mantiene.
Dentro de este plan divino se encuentra el hombre, también creado por Dios como una criatura más de todas pero, a la vez, con unas cualidades tales que le asemejan a su Creador y le hacen acreedor de una dignidad superior a todo lo creado. El hombre, creado como varón y mujer, recibe el encargo de dominar la tierra.
Pero el hombre no gobierna la tierra de cualquier manera, sino que debe gobernarla conforme a las leyes naturales. Existe una ecología natural y un respeto de la naturaleza, pero antes aún, existe una ecología humana y un respeto del hombre por el mismo hombre.
El hombre es libre, mientras que las demás criaturas no son libres, sino que están determinadas por su propia naturaleza y por su instinto. El hombre puede querer colaborar en la Creación o puede no querer, de él depende y por eso es libre. Pero la libertad del hombre no es absoluta porque no procede de él mismo, sino que al ser recibida como un don más tiene una limitación. La libertad del hombre no le permite fijar el orden moral (el bien y el mal), sino que éste responde al designio del Creador. Pero el hombre, por ser racional, puede reconocer ese orden y puede amarlo o rechazarlo.
Pero una cosa es clara, el hombre ha sido creado para gobernar la tierra y hacerla crecer y, por tanto, la administración de los bienes  —la economía— no es algo ajeno a los planes de la Creación sino  que forma parte de los mismos y de la vida ordinaria de los hombres. Dedicarse a la economía no es nada extraño, ni contrario a la dignidad humana, sino que forma parte de la misma puesto que ninguna otra criatura puede dedicarse a la economía.
Los bienes de la tierra son un don que debemos usar con generosidad, con la misma con la que los hemos recibido. Los bienes son para compartirlos para que a nadie le falte lo necesario para llevar una vida digna y en este sentido, las riquezas que se poseen tienen un sentido social[3].

2. Las diferencias
            Al contemplar el mundo podemos observar dos cosas: a) por un lado, que los bienes no están repartidos de manera uniforme entre todas las personas, sino que mientras unos tienen bienes en abundancia a otros les falta hasta lo necesario;  y b) que existen bienes suficientes para todos de tal manera que si los bienes se repartieran con equidad todos los hombres podrían poseer los bienes necesarios para tener una vida digna ellos y sus familias.
            El plan de la Creación cuenta con que el mundo no es igualitario, existen diferencias entre los hombres y las mujeres, entre los altos y los bajos, los listos y los menos listos, los de arriba y los de abajo, etc.: el igualitarismo generalizado no entra en los planes de la Creación.
            Pero, al mismo tiempo, todos los hombres y todas las mujeres participan de la misma dignidad —son la misma imagen y semejanza— y están llamados a la misma excelencia luego tenemos que concluir que las diferencia iniciales de la Creación y de la misma situación de los hombres no son diferencias constitucionales, sino más bien diferencias estructurales que los mismos hombres con su libertad y son su inteligencia pueden solucionar para contribuir al desarrollo de la Creación[4].
  
3. La realidad económica
            Hay tres principios generales que tienen aplicación en el campo económico[5]:
            a) Principio de la dignidad de la persona. Este principio, ya lo sabemos, dice que todo ser humano tiene valor en sí mismo, con independencia de lo que tenga o posea, de su raza, credo, cultura o situación. El hombre vale por lo que es y no vale por lo que tiene o significa. Por tanto, todos los hombres valen igual.
            El fundamento y razón de la dignidad de los hombres y de las mujeres es haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, es decir, poder amar y ser amados. Por la fuerza de la dignidad de los hombres, toda la creación está puesta a su servicio y también la actividad económica y la administración de los bienes y las riquezas de la tierra.
b) Principio de subsidiariedad.  El segundo principio general es el que dice que todo lo que el hombre pueda hacer y desarrollar por sí mismo y en el ejercicio de su libertad y de su inteligencia no es lícito impedírselo. También dice que todo lo que una estructura social inferior pueda realizar no debe realizarlo una estructura social superior[6].
            c) Principio de solidaridad. Pero el hombre no vive aislado y despreocupado de sus semejantes, sino que debe preocuparse de los demás hombres porque tienen su misma dignidad y son sus iguales.
Hay que «dejar hacer» a los hombres y también hay que «hacer hacer» a los hombres lo que ellos puedan hacer por sí mismos, sin fomentar la pereza, la apatía, la comodidad y la falta de responsabilidad en el desarrollo económico y social de los pueblos. Los hombres tenemos talentos para ejercerlos en bien de todos, no para enterrarlos cuidadosamente. Hay que trabajar por el común de todos y hay que arriesgar los talentos, no es lícito guardarlos.
La solidaridad está unida al bien común que es el conjunto de condiciones de la vida social que permiten a las asociaciones y a cada uno de sus miembros perfeccionarse más fácilmente[7]. Pero el bien común —por definición— es común a todos los pueblos de la tierra, no sólo a los desarrollados o a los de cultura occidental. El verdadero test del bien común es la efectiva solidaridad con las personas que corren grave riesgo de quedar socialmente descolgados del desarrollo como pueden ser los mayores, los inmigrantes y los jóvenes[8].
Junto con los principios señalados también existen otros principios de aplicación en el orden económico que conviene recordar:
d) La centralidad de la persona. El hombre es el autor, el centro y el fin de cualquier actividad económica (Gaudium et Spes, n.63). Es más importante la persona del trabajador que el resultado de su trabajo.
e) El destino universal de los bienes. Los bienes creados son para todos los hombres y pueblos que tienen un legítimo derecho a disfrutar de ellos. Es la función social de la propiedad. Este derecho lleva aparejada la obligación ética de los pueblos desarrollados de no impedir y hasta de facilitar el acceso a los bienes de la tierra a todos los hombres y pueblos que la habitan.
f) El desarrollo integral del hombre.  El desarrollo de los hombres y de los pueblos no deben atender solamente a las condiciones económicas, materiales y técnicas de la producción de bienes y servicios, sino, sobre todo, al desarrollo de la persona en todas sus dimensiones: materiales, espirituales, familiares, culturales, artísticas, sociales, deportivas, etc.
No es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de vida que se presume mejor cuando está orientado sólo a tener más bienes y no a ser mejor persona. Por esto es necesario realizar un esfuerzo social y político para implantar estilos de vida a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones[9].
g) La sostenibilidad de la naturaleza. El hombre es el administrador de la naturaleza y no un devastador o depredador de la misma. Mientras se sirve de la naturaleza para su desarrollo y el de todos los pueblos también debe cuidarla y mantenerla —administrarla— y conservarla para que la naturaleza pueda seguir sirviendo a los demás hombres, sin divinizarla, pero tampoco sin despreciarla.

4. Una oportunidad
            Una auténtica democracia solamente es posible en un Estado de Derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Es necesario reconocer que si no existe una verdad última que guía y orienta la acción política y económica, entonces las convicciones humanas pueden ser instrumentadas para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia[10].
            El problema de fondo estriba en que el éxito de la actividad económica se mide en términos de rendimiento económico o beneficio empresarial y, por tanto, su búsqueda lleva a convertir a las personas empleadas en «factores de producción» al servicio de dicho éxito.
            Esta crisis es mucho más que financiera y económica, tiene raíces éticas, culturales y antropológicas, y nos obliga a cambios profundos de toda índole. Por ello, el tiempo presente no puede ser baldío. La crisis debe ser una oportunidad para reconocer nuestras carencias técnicas, institucionales y, sobre todo, éticas y culturales, y para avanzar por caminos de humanidad; caminos que sitúen a la persona en su integridad, y a todas las personas por igual, en el centro de nuestra economía y de nuestra sociedad global[11]. ■



[1] Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, n.36.
[2] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria,  2011,  n. 40.
[3]  Gregorio Guitián, Negocios y moral, Eunsa,  Pamplona, 2011, p. 65.
[4] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1936-1937.
[5] Gregorio Guitián, Negocios y moral, Eunsa,  Pamplona, 2011, p. 75.
[6] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 15.
[7] Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, n. 26.
[8] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria,  2011,  n. 35.
[9] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 36.
[10] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 46.
[11] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria,  2011,  n. 40.

sábado, noviembre 05, 2011

65. Valores de la libertad (1/2)



TEMAS: Libertad, ecología, ética.
* * * * *
RESUMEN: 1. La libertad es la gran aspiración del hombre moderno, aquello por lo que se alzó la revolución, es la voz de la humanidad.
2. Pero ¿en qué medida es libre la propia voluntad después de todo? ¿Y hasta dónde es razonable? Una voluntad caprichosa ¿es realmente una voluntad libre?
3. Algunos piensan que la libertad supone la ausencia de normas: la libertad exigiría no estar limitada por una regulación u ordenamiento.
4. También el hombre posee una naturaleza que debe respetar y no puede manipular a su antojo. Dentro de la propia naturaleza del hombre se encuentra ínsita su libertad.
5. La libertad del hombre es como el mismo hombre es: no es una libertad individual sino que es una libertad compartida. La coexistencia de todas las libertades nos remite a un orden, a un derecho que asegure el ejercicio y el desarrollo de todas las libertades.
6. Ahora resulta que el ansia de libertad del hombre exige la existencia del derecho. La libertad necesita un orden justo, una referencia a una instancia superior. Necesita valores que nada ni nadie pueda manipular, porque esos valores universales son la auténtica garantía de nuestra libertad.
7. La naturaleza no es un límite para mi libertad, sino que es la medida y la referencia que me indica cómo debe ser realmente mi libertad para ser verdaderamente libre.



* * * * *

SUMARIO: 1. La gran aspiración.- 2. La ecología humana.- 3. Libertad compartida.- 4. Señales.

1. La gran aspiración
La libertad caracteriza los actos propiamente humanos, porque lo propio del hombre es actuar deliberadamente[1]. Y entendemos que somos libres porque podemos hacer o no hacer alguna cosa. Mediante el ejercicio de la libertad cada uno dispone de sí mismo y es su propio dueño y señor. Todos reconocemos la libertad como algo propio, original que nos pertenece desde el principio y por esta razón juzgamos que la libertad propia, la libertad personal de cada uno de nosotros, es una libertad radical[2].
Por la libertad podemos decidir nuestra vida y nuestro destino y por ella misma somos más libres. Así se puede decir que la libertad se conquista a golpe de libertad y se expande con su propio ejercicio.
La libertad es la gran aspiración del hombre moderno, aquello por lo que se alzó la revolución y consiguió ilusionar a todas las generaciones porque el clamor de la libertad es la voz de la humanidad. El hombre no puede vivir sin libertad, siquiera, y a falta de cualquier otra, sin la libertad interior que nada ni nadie le podrá arrebatar.
En la mente del hombre contemporáneo la libertad se manifiesta en gran medida como el bien más elevado al cual se subordinan todos los demás bienes[3]. Sin duda, la libertad es el tema que define la época que podemos llamar moderna. Es la ruptura con el viejo orden para ir en busca de nuevas libertades —de pensamiento, de gobierno, de creencias, de reunión, etc.— lo que justifica el cambio de época.
Pero ¿qué es realmente la libertad? En qué consiste, propiamente, ser libre. Ser libre ¿es hacer lo que cada uno quiera? Y si fuera así ¿cuál sería la norma de conducta? ¿La propia voluntad y el propio capricho sin ningún criterio ni orientación? ¿Hasta dónde podemos decir que la propia voluntad sea libre de actuar, exenta de influencias, de  modas? ¿En qué medida es libre la propia voluntad después de todo? ¿Y hasta dónde es razonable? Una voluntad caprichosa ¿es realmente una voluntad libre?
A la gran aspiración de la libertad siempre le han acompañado tres mitos que califican la libertad y no suelen ser cuestionados: a) el primero, que la libertad es la ausencia de normas: la libertad exigiría no estar limitada por una regulación u ordenamiento; b) el segundo, que la libertad es un estado ideal y definitivo de la vida que se conquistará por el hombre y hacia el cual se encamina la humanidad; c) y el tercero, que la libertad exige la autonomía de la razón.
Sin embargo, los tres mitos son falsos y además presentan una libertad errónea por no ser real ni humana.

2. La ecología humana
            La naturaleza tiene unas leyes que es peligroso quebrantar. Tenemos experiencia que cuando no se respetan las leyes de la naturaleza las cosas no funcionan bien y sobreviene el caos y el desastre. También el hombre posee una naturaleza que debe respetar y no puede manipular a su antojo. Dentro de la propia naturaleza del hombre se encuentra ínsita su libertad. Porque el hombre no es solamente su libertad: es más cosas y también su libertad. Es espíritu y voluntad, es razón y libertad y también es naturaleza. El hombre debe escuchar su naturaleza que le habla constantemente y respetarla. Sólo cuando el hombre se acepta tal y como es se realiza la verdadera libertad humana[4].
            El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decidir y hacer cualquier cosa[5]. Esto sería tanto como considerar que el hombre es autosuficiente y se ha creado a sí mismo y por sí mismo puede desarrollarse como si no estuviera sujeto a ninguna limitación ni condicionamiento. Pero las cosas no son así. El hombre es libre pero no es autosuficiente. El hombre es ser racional e  inteligente, pero no es creador de nada ni de nadie. El hombre es hombre y no es un dios.
            Muchos hombres piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos, decidir lo que es bueno o malo, dar en cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento[6].
            La misma naturaleza del hombre nos dice que el hombre no existe en soledad. El hombre no nace solo, sino que nace de una mujer y con el concurso de un hombre. El hombre viene a la vida de la mano de otros hombres. Después, el hombre se alimenta, crece y vive gracias a la ayuda de su madre, de su padre, de su familia y por extensión, de su gran familia que es su pueblo y nación. Y, al final, el hombre no vive aislado y separado del resto. Quien así hace es considerado enfermo y antisocial. El hombre vive en sociedad y vive para la sociedad porque el hombre es un ser solidario por naturaleza, es social por constitución natural.

3. Libertad compartida
            ¿Y cómo es la libertad del hombre? Hemos de concluir que la libertad del hombre es como el mismo hombre es: no es una libertad individual sino que es una libertad compartida. Para ser libre el hombre necesita ser antes hombre y, por tanto, social y solidario. Por tanto, la libertad del hombre ha de ser necesariamente social y solidaria y si no es así resultará que no es verdadera libertad humana.
            La libertad del hombre supone y exige la coexistencia de otras libertades de los demás hombres que conviven con él. La libertad compartida no es una libertad única y exclusiva de la que solamente disfruto yo. Más bien, es una libertad que se ejerce al mismo tiempo que se ejercen las demás libertades de los que conviven conmigo y me ayudan a vivir. La libertad compartida supone que puedan desarrollarse conjuntamente y a la vez todas las libertades porque si no es así, si solamente se desarrolla mi libertad no estamos en presencia de mi libertad sino que estamos en presencia de mi tiranía, de mi imposición.
            La coexistencia de todas las libertades nos remite a un orden, a un derecho que asegure el ejercicio y el desarrollo de todas las libertades. Mira por donde ahora resulta que el ansia de libertad del hombre exige la existencia del derecho. Pero no servirá cualquier derecho, como no servirá cualquier orden. Solo puede servir el derecho que permita la existencia de todas las libertades y este será un derecho justo.
            ¿Cuál es el orden justo? San Agustín dijo que cuando un Estado solamente busca su propio interés y no la justicia no se diferencia en nada de una banda de ladrones[7]. Realmente el orden justo no es el que asegura el propio interés o el interés de una nación, sino el que asegura el interés de todos los hombres, de todos los pueblos y de todas las naciones.
            La libertad necesita un orden justo, una referencia a una instancia superior. Necesita valores que nada ni nadie pueda manipular, porque esos valores universales son la auténtica garantía de nuestra libertad. La libertad del hombre se desarrolla y crece sólo ante un bien verdadero y superior. Y este bien superior existe sólo si es justo para todos y no sólo para mi propio beneficio[8].

4. Señales
            La libertad humana no es una libertad limitada por nuestra condición humana, como si tener cuerpo y ser seres materiales limitara nuestra libertad. Es la misma naturaleza la que nos habla y envía señales acerca de cómo es la verdadera libertad humana: una libertad que nos hace más humanos, mejores hombres. La naturaleza nos remite a Aquel de quien somos imagen y nos muestra un modelo de hombre.
            La naturaleza no es un límite para mi libertad, sino que es la medida y la referencia que me indica cómo debe ser realmente mi libertad para ser verdaderamente libre.
            El hombre moderno considera que los valores superiores son un límite para la libertad que se deben combatir y superar. Considera que el hombre sería más libre si se evadiera de los valores. Sin embargo, esta persuasión nos puede llevar a resultados dramáticos. La naturaleza nos muestra la realidad de las cosas, su auténtica manera de ser y existir. También para el hombre. Apartarse de la verdad supone ensayar la ruleta rusa en cada intento. Qué pensar de un niño que atraído por el diseño del frasco bebiera su contenido sin saber que aquello que bebe es un fatal veneno. O de aquel otro que se presenta en la estación central de trenes y se sube al tren más aerodinámico sin preguntar si le llevará al destino deseado o a cualquier otro del lado opuesto de la nación.
            La libertad no es un bien absoluto que pueda prescindir del conocimiento de la realidad del mundo, de las cosas y del conocimiento del mismo hombre. También la libertad necesita conocer la verdad del hombre y ponerse a su servicio, so pena de acabar envenenada bajo los destellos de una desordenada voluntad. ■



Felipe Pou Ampuero




[1] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1745.
[2] Alejandro Llano, La libertad radical, en la obra conjunta Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, Eunsa, Pamplona, 1993.
[3] Card. Joseph Ratzinger, Verdad y libertad, www.arguments.es
[4] Benedicto XVI, Visita a Alemania, Discurso 22 de septiembre de 2011.
[5] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1740.
[6] Benedicto XVI, Jornada Mundial de la Juventud,  Discurso en la fiesta de acogida de los jóvenes, Madrid, 18 de agosto de 2011.
[7] San Agustín,. De civitate Dei, IV, 4, 1.
[8] Benedicto XVI, Visita a Alemania, Discurso en el Palacio Bellevue, 22 de septiembre de 2011.

sábado, abril 09, 2011

61. Ética universal

Fecha: 01 de abril de 2011

TEMAS: Vida pública, Laicismo, Ética.

RESUMEN: 1. La ley natural que reconoce todo hombre en su conciencia le hace ver que la manera correcta de actuar no es caprichosa, sino que se impone al hombre de tal manera que se puede afirmar que la naturaleza humana es ley para el propio hombre.

2. El afán de conocer la verdad presupone la capacidad de conocerla por nuestra naturaleza racional. Por esta capacidad podemos entrar en diálogo con nuestros semejantes y preguntarles y responderles y juntos buscar y encontrar la verdad común de todos los hombres.

3. Algunos piensan que el cuerpo es como una cárcel para la persona porque le limita y encierra en su manera de ser. Pero cuerpo y persona no se oponen, más bien, se necesitan y se complementan.

4. El derecho aparece cuando dos personas entran en relación. Es el paso de la persona a la sociedad. Pero la persona está en el centro de la sociedad porque es un fin y no es un medio.

5. No es el derecho el que decide que una cosa es justa. Las normas de la justicia no son el resultado de un acuerdo humano o de poderes. La justicia es anterior y porque las cosas son justas se aceptan como conformes a derecho.

6. La organización del estado y la política derivan del orden natural del hombre a la sociedad y deben actuar en un debate racional abierto a la trascendencia. Pero esta convicción es racional, no es religiosa o de fe, porque deriva de la comprensión racional de la naturaleza del hombre y no de un credo religioso.

SUMARIO: 1. La naturaleza.- 2. La naturaleza humana.- 3. La libertad humana.- 4. La justicia es anterior

1. La naturaleza


La ley natural que reconoce todo hombre en su conciencia le hace ver que la manera correcta de actuar no es caprichosa, sino que se impone al hombre de tal manera que se puede afirmar que la naturaleza humana es ley para el propio hombre. Ser hombres y no ser animales implica comportarse como hombres y no comportarse como animales.

Esta percepción de la ley natural no se realiza en cada hombre como consecuencia de una abstracción de ideas o una elaboración intelectual concreta y determinada, sino que se realiza de una manera natural, se podría decir que la ley natural interviene en el obrar del hombre de una manera espontánea. Otra cosa será que cada hombre, en ejercicio de su libertad, quiera hacer caso a la voz de su conciencia o no.

Tradicionalmente se distinguen en los seres vivos tres grandes conjuntos de dinamismos. El primero comprende la inclinación a conservar la propia vida: es el instinto de supervivencia. Esta inclinación a vivir es la que nos hace capaces de superar las situaciones difíciles y evitar el peligro. Hasta huir de la muerte. Tan es así, que cuando un hombre desea la muerte nos hace ver que no está en su sano juicio. Amparadas en esta inclinación se encuentran todas las actuaciones del hombre que tienden a la integridad del cuerpo y de la vida, la búsqueda de la salud y el deseo de una vida saludable. La primera apreciación de la felicidad la podemos encontrar en la ausencia de enfermedades.

El segundo, es el instinto o inclinación a perpetuarse y a continuar la especie. Es la procreación y la tendencia a permanecer en el ser, a seguir existiendo por medio de las futuras generaciones y la prolongación de la memoria de cada hombre en la vida de sus descendientes. Es la memoria histórica de cada hombre que le hace no sentirse un ser aislado y sin pasado, sino una persona con una concreta explicación.

Consecuencia de esta inclinación natural a la procreación es la inclinación natural del hombre hacia la mujer y viceversa. También la inclinación natural al cariño hacia la prole —nadie se siente forzado a querer a sus hijos— y a su cuidado y educación como un bien para los propios hijos y no como una obligación.

Esta inclinación implica la fidelidad como un elemento necesario para el debido cumplimiento de la procreación y educación de la descendencia.

Y el tercero, que es propio solamente de los hombres por su naturaleza racional, es el instinto de saber y preguntarse por las cosas. Es el afán de conocer que descubrimos en todos los niños cuando comienzan la edad de los «por qués».

El afán de conocer la verdad presupone la capacidad de conocerla por nuestra naturaleza racional. Por esta capacidad podemos entrar en diálogo con nuestros semejantes y preguntarles y responderles y juntos buscar y encontrar la verdad común de todos los hombres.

Esta tercera inclinación presupone la inclinación natural a vivir en sociedad, con nuestros semejantes, y no ser unos ermitaños o seres aislados que evitan el roce con los demás hombres.

Esta inclinación natural a buscar la verdad le hace comprender al hombre, por medio de su razón, que el universo también está abierto a la verdad y no se explica por sí solo acudiendo a leyes materiales o físicas. La razón le hace ver al hombre que el origen del universo no puede ser el mismo universo puesto que no es capaz de darse el ser a sí mismo.

Así, el hombre también puede concluir que la ley natural que descubre en su naturaleza no tiene, tampoco, su origen en sí misma, sino que es una participación de otra ley superior que podemos denominar la ley eterna.

2. La naturaleza humana

La noción de naturaleza es compleja y no es unívoca. Desde luego la naturaleza no se identifica necesariamente con lo material. Naturaleza son las plantas, pero la naturaleza del hombre, la naturaleza humana, no se identifica con su cuerpo. El cuerpo es una parte del hombre: imprescindible y necesaria, pero una parte. En el cuerpo no está todo el hombre, por tanto, el cuerpo sólo no es el hombre.

Sin embargo, el hombre no puede prescindir de su cuerpo. El hombre puede conocer y amar, dar y entrar en comunión con otros: puede trascender. El hombre es libre y puede decidir su destino. Incluso puede no obedecer la voz de su conciencia. Pero el hombre tampoco es su libertad. Si definiéramos al hombre por su libertad no hablaríamos de todo el hombre.

Algunos piensan que el cuerpo es como una cárcel para la persona porque le limita y encierra en su manera de ser. Pero cuerpo y persona no se oponen, más bien, se necesitan y se complementan. Entre otras razones, porque mi libertad parte de que soy varón y no mujer, alto y no bajo, delgado y no gordo, y dentro de estas circunstancias que conforman mi manera de ser ejerzo mi libertad que nunca se ejerce en abstracto, sino en concreto, en un «aquí y ahora» existencial.

El hombre, por su razón, descubre que su naturaleza humana no es mecánica, ni solo material, ni anónima, ni mucho menos animal. Descubre que es un ser racional que conoce y descubre la vida desde un cuerpo que le sitúa en un tiempo y en un espacio concreto.

El conocimiento de su propia naturaleza humana le manifiesta al hombre su propia ley natural y su manera correcta de actuar como un ser vivo que protege la vida, que se perpetúa en fidelidad y que aspira a ser poseído por la verdad.

3. La libertad humana

La libertad del hombre es una libertad para el cumplimiento de las inclinaciones naturales del hombre: vida, procreación y verdad. No es una libertad antojadiza y banal cuya única finalidad fuera permitir la autodestrucción del hombre. Esto no sería lógico ni racional. La libertad del hombre es para el bien del hombre y no para su mal.

El derecho aparece cuando dos personas entran en relación. Es el paso de la persona a la sociedad. Pero la persona está en el centro de la sociedad porque es un fin y no es un medio. La persona es anterior a la sociedad y no al revés, pero la persona es un ser social por naturaleza, no por elección libre o por afición.

Por la vocación social cada hombre tiene en común con los demás hombres un conjunto de bienes a conseguir y unos valores a defender en la sociedad: es lo que se llama el «bien común».

La sociedad que se organiza con la mirada puesta en el bien común de sus miembros responde a una exigencia de la naturaleza humana del hombre. La ley natural aparece, entonces, como el horizonte normativo de todas las normas del derecho positivo en el que debe desenvolverse el orden político.

La persona es anterior a la sociedad y la sociedad solamente puede ser humana si responde a las expectativas de la ley natural inscrita en el corazón del hombre.

4. La justicia es anterior

Porque el derecho no es arbitrario. El derecho debe ser justo. La exigencia de la justicia deriva de la ley natural. No es el derecho el que decide que una cosa es justa. Las normas de la justicia no son el resultado de un acuerdo humano o de poderes. La justicia es anterior y porque las cosas son justas se aceptan como conformes a derecho.

La justicia para el hombre no viene de un contrato social de los hombres que forman una sociedad o comunidad política concreta y determinada, sino que la justicia para el hombre viene de su misma manera de ser, de su propia naturaleza y así cuando algo es conforme a la naturaleza humana podemos decir que es humano y no animal y por eso mismo es justo.

Al contrario, cuando el legislador no reconoce la justicia derivada de la ley natural e impone su propio criterio de justicia pretendiendo que su sola voluntad haga la ley entonces el legislador no es el intérprete de lo justo sino que pretende apropiarse de la verdad.

Por esta razón, que es natural y de justicia, el estado no puede erigirse en poseedor del sentido último de la vida del hombre, no puede imponer una ideología ni un pensamiento único.

El estado debe procurar a los ciudadanos aquello que les es necesario para su propia realización y esto incluye algunos valores espirituales y religiosos, así como la libertad para que puedan decidir en relación a lo eterno y absoluto y los bienes supremos. Pero el estado no puede proporcionar los bienes sobrenaturales que son de otro orden distinto del temporal.

La organización del estado y la política derivan del orden natural del hombre a la sociedad y a vivir en común y deben actuar en un debate racional abierto a la trascendencia. Pero esta convicción es racional, no es religiosa o de fe, porque deriva de la comprensión racional de la naturaleza del hombre y no de un credo religioso.

Al mismo tiempo, también es posible llegar a comprender por medio de la razón que algunos hombres se encuentran limitados para comprender su verdadero sentido por las pasiones, intereses contradictorios y prejuicios que les oscurecen la razón y de los que necesitan liberarse.

El descubrimiento de la ley natural responde a la búsqueda de una humanidad que siempre se ha esforzado en darse reglas para la vida moral y para la vida en sociedad, que para poder ser reconocidas por todos los hombres de todas las culturas deben tener su fuente en la misma persona, en sus necesidades, en sus inclinaciones[1]. ■ Felipe Pou Ampuero

[1] Comisión Teológica Internacional, En busca de una ética universal, Roma, 20 de diciembre de 2009.

sábado, marzo 12, 2011

60. Laicismo (2)

Fecha: 01 de marzo de 2011

TEMAS: Vida pública, Laicismo, Ética.

RESUMEN: 1. ¿Existen unos valores comunes y válidos para todos los hombres de todas las culturas y de todas las creencias que obliguen a la sociedad civil?

2. Si no existe una norma que nos diga qué es lo bueno y qué es lo malo, entonces quien dice lo que es bueno y lo que es malo soy yo y cada uno de los hombres que vivimos juntos.

3. Los derechos humanos son del hombre y no de la sociedad o del poder establecido, por esto, son anteriores a las normas de ordenación de la convivencia.

4. Esta idea de que la propia naturaleza del hombre es portadora de unos derechos, porque nace con ellos, constituye un mensaje ético de la naturaleza: el hombre no nace desnudo de derechos, sino que viene al mundo con unos derechos propios y los demás hombres no pueden hacer otra cosa que respetar los derechos humanos de los demás hombres y no conculcarlos.

5. Los cristianos han reconocido estos derechos humanos desde siempre y los han reconocido como anteriores al Evangelio, lo cual no quiere decir que los derechos humanos sean contrarios al Evangelio ni mucho menos, más bien quiere decir que el Evangelio los presupone.

6. Si la ley natural se impone y limita el poder y las culturas y no puede ser consensuada ¿cuál es el poder con el que obliga? La respuesta a esta pregunta no puede ser otra que el poder de la razón.

7. Esta ley natural que reconocen todos los hombres y que descubren con su razón tiene su sede en la conciencia de cada hombre que descubre que alberga un sentido del bien y del mal.


SUMARIO: 1. Normas de conducta.- 2. Ley natural.- 3. Reconocimiento.

1. Normas de conducta

¿Existen unos valores comunes y válidos para todos los hombres de todas las culturas y de todas las creencias que obliguen a la sociedad civil? Más aún, ¿existen unos valores que sean válidos para todos los hombres de todas las culturas y de todos los tiempos? ¿Existen unos valores universales y eternos que no dependan de una determinada creencia religiosa?[1]

Vivimos en una sociedad cada vez más multicultural y global donde parece que los valores de cada persona dependen de un manera de vivir, de una cultura, de una época o de una historia particular, pero, en cualquier caso, parece que los valores y las normas de conducta por depender de alguna circunstancia no son valores universales y, por tanto, no son valores válidos para todos los hombres y para todas las épocas.

La consecuencia de esta ausencia de normas de conducta universales es que la manera de comportarse los hombres, las normas morales de actuación de los hombres al no depender de unas normas morales universales dependerán del acuerdo concreto y particular que en cada sociedad, en cada cultura y en cada tiempo histórico se quiera adoptar.

Si lo anterior fuera cierto, sería tanto como aceptar que cada hombre puede actuar como quiera, porque si no existe una norma moral de conducta que sea universal para todos, la única norma de conducta válida es la propia voluntad de cada uno.

La consecuencia lógica sería que si no existe una norma que nos diga qué es lo bueno y qué es lo malo, entonces quien dice lo que es bueno y lo que es malo soy yo y cada uno de los hombres que vivimos juntos. Y como no podemos tener 6.000 millones de normas de conducta nos ponemos de acuerdo cediendo y concediendo unos a otros para poder convivir. Y cuando alguno no quiere ceder entonces se impone por la fuerza a los demás y les impone su norma de conducta y sus criterios sobre lo que está bien y lo que está mal.
Pero, ¿esto es así?


2. Ley natural

Finalizada la segunda guerra mundial, la comunidad de las naciones, viendo la estrecha complicidad que el totalitarismo había tenido con el puro positivismo jurídico, definió en la Declaración de los derechos humanos (1948) algunos derechos inalienables de la persona humana que trascienden las leyes positivas de los estados y que deben servirles de norma de referencia.

Los derechos humanos son derechos «declarados», es decir, no concedidos por el legislador, sino reconocidos como propios y anteriores de los hombres por el solo hecho de ser hombres y mujeres y tener una dignidad personal que está por encima del poder del Estado[2].

Los derechos humanos son del hombre y no de la sociedad o del poder establecido, por esto, son anteriores a las normas de ordenación de la convivencia. El derecho a la vida, a la familia, a la educación, al respeto, a la salud, a la vivienda, a la paz, y todos los demás derechos de los hombres no son conquistas de una ideología, ni una dádiva del gobernante. A un hombre no se le «concede» la libertad: a un hombre se le «reconoce» su libertad y se le restaura en la justicia de su condición de ser libre por nacimiento.

Esta idea de que la propia naturaleza del hombre es portadora de unos derechos, porque nace con ellos, constituye un mensaje ético de la naturaleza: el hombre no nace desnudo de derechos, sino que viene al mundo con unos derechos propios y los demás hombres no pueden hacer otra cosa que respetar los derechos humanos de los demás hombres y no conculcarlos.

Los cristianos han reconocido estos derechos humanos desde siempre y los han reconocido como anteriores al Evangelio, lo cual no quiere decir que los derechos humanos sean contrarios al Evangelio ni mucho menos, más bien quiere decir que el Evangelio los presupone. Así habla san Pablo a los Filipenses «Aquello que es verdadero, noble, justo, puro, amable, honrado, aquello que es virtud y aquello que merece alabanza, sea objeto de vuestro pensamiento» (Fil 4,8).

Sin embargo, es indudable que la existencia de los derechos humanos concebidos como originarios del hombre que no necesitan ser reconocidos por ninguna cultura para ser exigibles supone una limitación a cualquier concepción cultural o ideología contraria a los mismos. También supone una limitación a los poderes establecidos, ejecutivos, legislativos o judiciales, que no pueden actuar en contra o con oposición a los derechos humanos sin un grave quebranto de los principios de justicia.

3. Reconocimiento

Reconocer esta ley natural que impone los derechos humanos siempre será una fuente de conflictos entre las distintas culturas para determinar cuáles son verdaderos derechos humanos y cuáles no lo son. Nos podríamos preguntar ¿por qué hay un derecho a la vida y no existe un derecho a la muerte?, ¿por qué existe un derecho a la salud y a la sanidad y no existe un derecho al aborto?

El reconocimiento de los derechos humanos que se imponen a los poderes establecidos no puede depender de un acuerdo de voluntades o de una solución pactada. Si fuera posible pactar sobre el derecho a la vida ya no sería reconocido como tal, sino concedido por el pacto firmado. El valor y la autoridad de los derechos humanos —su fuerza de obligar— es anterior a un posible acuerdo de voluntades, por eso mismo se pueden «imponer» a cualquier voluntad.

Si la ley natural se impone y limita el poder y las culturas y no puede ser consensuada ¿cuál es el poder con el que obliga? La respuesta a esta pregunta no puede ser otra que el poder de la razón. Los derechos humanos y la ley natural que los reconoce tienen razón frente a quien no los reconoce que no tiene la razón de su parte, aunque podrá tener el poder, la mayoría, la voluntad, la creencia y muchas otras instancias de su parte, pero no la razón.

Así pues, la ley natural que impone normas de conducta a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las creencias es una ley que se descubre y se afirma —se hace valer— con la razón. Es necesario someterse a la razón para descubrir la ley natural.

Pero la ley natural no es obra de la razón humana. Que sea racional quiere decir que puede descubrirse y conocerse con la razón. Pero no quiere decir que la ley natural dependa de la razón humana y que la razón pueda modificarla según las circunstancias pues entonces la ley natural no sería natural al hombre, sino dependiente del hombre.

El hombre no es dueño de su naturaleza, vive con ella y es como es, pero no es capaz de ser algo distinto de lo que es naturalmente, es decir, el hombre no puede dejar de ser un hombre.

Esta ley natural que reconocen todos los hombres y que descubren con su razón tiene su sede en la conciencia de cada hombre que descubre que alberga un sentido del bien y del mal. Cada hombre se siente impelido a obedecer a su propia conciencia a la ley de su propio corazón que le dice “haz el bien y evita el mal”.

Y esta ley de la conciencia la escucha cada hombre como una voz exterior y no propia que le recrimina su desobediencia hasta remorderle la conciencia. Podemos decir que la manera correcta de ser hombre es escuchar la voz de la propia conciencia.

Y, por extensión, a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las culturas la experiencia compartida por el saber humano nos enseña que existe un modo correcto —“sabio”— de hacer las cosas frente a un modo incorrecto o “equivocado” de hacerlas. Y que este modo sabio no depende de la propia ocurrencia o de la propia historia, sino que forma parte del hombre y la sabiduría humana nos enseña a conocerlo. Este modo correcto de hacer las cosas viene así definido como algo exterior y objetivo al hombre que a cada hombre, a cada sociedad, a cada sistema político le corresponde descubrir y aprender.

Recapitulando: La sociedad civil no es una sociedad confesional, pero sí es una sociedad humana sujeta a la ley natural del hombre.

La ley natural del corazón del hombre reconoce unas normas y unos derechos a los hombres por encima de las leyes positivas y de las ideologías sociales.

La ley natural se descubre con la razón, aunque no depende de la razón humana sino de la misma naturaleza del hombre.

La ley natural ordena y la sabiduría humana enseña que existe una manera correcta de hacer las cosas.

En cualquier caso, todas las creencias religiosas y las religiones humanas se encuentran al margen —que no quiere decir en contra— de la ley natural del hombre, aunque son una ayuda imprescindible para reconocer y aplicar la ley natural. ■


Felipe Pou Ampuero
[1] Comisión teológica Internacional, En busca de una ética universal, Roma, 29 de diciembre de 2009.
[2] Cfr. Declaración universal de los derechos humanos, 1948, Preámbulo.

domingo, noviembre 14, 2010

56. Humanismo

Fecha: 01 de noviembre de 2010

TEMAS: Verdad, Cultura, Ética.

RESUMEN: 1. Los hombres medievales creían en un Dios real y verdadero que no pertenece al mundo, porque es el creador del mundo y, por tanto, anterior al mundo.

2. El mundo que conocemos no es lo que el estado de nuestro cerebro nos hace ver, sino el mundo mismo que tiene una existencia ¡y una explicación! propia, objetiva y que no depende de la razón del hombre.

3. Así pues, tenemos que volver a mirar al hombre sabiendo asombrarnos del mismo hombre y descubriendo la verdadera realidad de cada hombre asumiendo la racionalidad pero logrando superarla. Esta nueva verdad de la vida humana y del hombre mismo es lo que llamamos nuevamente humanismo.

4. Nuestra cultura habla mucho del hombre y sabe muchas cosas de él, pero a menudo da la impresión de ignorar lo que realmente es el hombre. El hombre es, ciertamente, un ser político y un animal racional, pero más radicalmente es un ser teológico, un ser que busca a Dios.

5. La relación trascendental del hombre hacia Dios no es algo postizo o añadido a su humanidad, sino constitutivo del propio ser humano. Los hombres hemos descubierto que formamos parte de una historia de amor que nos precede, no solamente por parte de nuestros padres y de nuestros abuelos, sino, de un modo más fundamental, por parte de Dios. Es por esto que el hombre se comprende a sí mismo sólo a la luz de Dios, creado por amor y destinado a vivir para siempre en comunión con Él.

6. El hombre tiene la tarea de vivir conforme a la verdad, a la verdad del mundo y a la verdad del hombre. Para esto es necesario que el hombre se abra al don de Dios, reconociéndose criatura, y aprenda a conocer la realidad desde la perspectiva que el amor divino le descubre.

7. Esta es la tarea: devolver al hombre su verdad, una verdad que supera su razón y le hace comprender que solamente por el Amor tiene sentido su existencia


SUMARIO: 1. Los errores.- 2. Humanismo.- 3. Humanismo cristiano.

1. Los errores

La Edad Media se caracteriza, sobre todo, por la creencia en la Revelación bíblica. Los hombres medievales creían en un Dios real y verdadero que no pertenece al mundo, porque es el creador del mundo y, por tanto, anterior al mundo. Cuando el gran big bang tuvo lugar Dios ya estaba allí. Por tanto, la explicación del universo, del hombre y el sentido de la vida tenía su origen y su fin en la existencia de Dios, sin el cual nada tenía sentido[1].

El hombre de la modernidad deja de creer en la revelación cristiana porque le parece algo irracional. El conjunto de los acontecimientos de la vida ya no serán entendidos como una manifestación de la mano providente y cariñosa de un Dios que quiere al hombre, sino que tendrán su explicación en unas causas científicas y racionales y tendrán unos efectos que el hombre científico podrá controlar y dirigir. ¡Se acabó la oscuridad! ¡Viva el siglo de las luces!

El «pienso, luego existo» de Descartes separa al hombre modernista de la realidad objetiva de las cosas porque le hace creer que las cosas existen porque es consciente de su existencia, cuando en realidad todas las cosas existen porque ellas mismas existen aunque el hombre no sea conciente de su existencia.

Porque si Dios es apartado de la vida pública y de la realidad de la sociedad humana, entonces Dios deja de ser la explicación y la referencia para la vida de los hombres para ser sustituido por la Razón y el Progreso, es decir, por el «pienso, luego existo». Así la Modernidad termina en una implacable racionalización del mundo por medio de la tecnología y la ciencia; todo se explica por el progreso histórico indefinido, el criterio de la mayoría se convierte en la solución a todos los problemas de convivencia y la revolución se convierte en el método fundamental para la liberación de los pueblos y los individuos[2].

¿Y dónde queda Dios en todo este planteamiento? Pues para un modernista Dios tiene una explicación racional: es la proyección personal de la infinitud de la conciencia y la religión es un sentimiento que encarna el ansia de eternidad de los hombres y su sentido de la trascendencia. Pero Dios, como tal, no existe y como sentenció Feuerbach «el giro fundamental de la historia estará constituido por aquel momento en el cual el hombre tome conciencia de que el único Dios del hombre es el hombre mismo: homo homini Deus»[3].

Hemos tardado mucho tiempo en darnos cuenta de lo evidente: la razón no puede limitar el conocimiento del hombre. Lo sabíamos, pero no éramos capaces de aceptarlo: cuando un médico tiene «ojo clínico», cuando una madre tiene «instinto materno», cuando hemos dicho «esto me huele mal...», cuando hemos conjeturado una explicación basada en indicios racionales no demostrados científicamente por definición hemos puesto de manifiesto que el conocimiento del hombre excede el simple conocimiento racional del mundo que nos rodea.

El mundo que conocemos no es lo que el estado de nuestro cerebro nos hace ver, sino el mundo mismo que tiene una existencia ¡y una explicación! propia, objetiva y que no depende de la razón del hombre. El conocimiento no puede limitarse a lo intelectual y racional. En la actualidad estamos cayendo en la cuenta que debemos aprender a mirar el mundo y saber asombrarnos de la realidad que nos rodea cuya verdad íntima solamente se puede descubrir uniendo comprensión y amor[4].

Así pues, tenemos que aprender a volver a mirar al hombre sabiendo asombrarnos del mismo hombre y descubriendo la verdadera realidad de cada hombre asumiendo su racionalidad pero logrando superarla. Esta nueva verdad de la vida humana y del hombre mismo es lo que llamamos nuevamente humanismo.


2. Humanismo

La palabra «humanismo» nació en Alemania a principios del siglo XIX para definir la enseñanza y promoción de los saberes que se consideraban más apropiados del hombre: lenguas y literatura antigua, filosofía, historia, etc.[5]. Humanismo significa lo propio del hombre, el desarrollo de las cualidades del hombre que lo hacen un ser verdaderamente humano, que lo enriquecen y lo diferencian del bárbaro.

La cultura actual parece que se olvida del hombre mismo cegada por el progreso técnico y el bienestar material. Nuestra cultura habla mucho del hombre y sabe muchas cosas de él, pero a menudo da la impresión de ignorar lo que realmente es el hombre. Como dice Chesterton «no es natural ser materialista ... tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por el contrario, es místico»[6].

El hombre es, ciertamente, un ser político y un animal racional, pero más radicalmente es un ser teológico, un ser que busca a Dios. La relación trascendental del hombre hacia Dios no es algo postizo o añadido a su humanidad, sino constitutivo del propio ser humano[7].

El hombre modernista eliminó a Dios porque pensaba que limitaba su dignidad y su existencia, que era un obstáculo para su libertad y para su perfección. Pero en realidad, es al contrario, el hombre no se realiza a partir de sí mismo y por el simple desarrollo de las cualidades inmanentes a su naturaleza, sino en la medida en que se une a un bien superior que le trasciende y supera toda medida humana. No hay mayor amor que dar la vida por quien se ama.

La razón nos habla de utilidad y de resultados, de beneficios y de satisfacción. La explicación racional de la dignidad humana se resume en el éxito personal y profesional. Será más digno y mejor hombre el que más triunfa. Pero esto es un error.

Más allá de lo que pueda aportar por sus posesiones o por sus capacidades físicas, técnicas, intelectuales, o las propias de su personalidad, la persona no es un medio al servicio del interés de otros; es un fin absoluto, amada por sí misma[8]. Los hombres hemos descubierto que formamos parte de una historia de amor que nos precede, no solamente por parte de nuestros padres y de nuestros abuelos, sino, de un modo más fundamental, por parte de Dios. Es por esto que el hombre se comprende a sí mismo sólo a la luz de de Dios, creado por amor y destinado a vivir para siempre en comunión con Él[9].


3. Humanismo cristiano

Y en esta verdad del hombre la fe cristiana no niega al hombre, no le limita ni le obstaculiza en su desarrollo, sino que le hace reconocer su grandeza y le potencia al infinito al darle a conocer que está llamado a participar en la vida de ese Dios que le quiere. La historia de amor de Dios con Israel consiste, en el fondo, en que Él le da la Torah, es decir, abre los ojos a Israel sobre la verdadera naturaleza del hombre y le indica el camino del verdadero humanismo[10].

El hombre tiene la tarea de vivir conforme a la verdad, a la verdad del mundo y a la verdad del hombre. Para esto es necesario que el hombre se abra al don de Dios, reconociéndose criatura, y aprenda a conocer la realidad desde la perspectiva que el amor divino le descubre.

Esto equivale a afirmar no ya que existe un humanismo cristiano al lado de otros posibles humanismos –el agnóstico, el social, el individual, etc. – sino que el único humanismo posible y verdadero es el cristiano y que el verdadero hombre es el que realiza es su vida la verdad de Dios para con él[11].

Esta es la tarea: devolver al hombre su verdad, una verdad que supera su razón y le hace comprender que solamente por el Amor tiene sentido su existencia.■


Felipe Pou Ampuero
[1] Romano Guardini, El fin de la modernidad, Madrid, 1996.
[2] Alejandro Llano, Humanismo y posmodernidad, Nuestro Tiempo, n. 627, septiembre 2006, p. 18.
[3] J.L. Illanes, G.E.R. voz Humanismo.
[4] Benedicto XVI, Discurso a los profesores universitarios, Ciudad del Vaticano, 27 julio 2007.
[5] Antonio Fontán, Humanismo cristiano y liberal, ABC, 1 octubre 2004.
[6] G.K. Chesterton, Porqué me convertí al catolicismo.
[7] J.L. Illanes, ob. cit.
[8] Conferencia Episcopal Española, La familia, escuela de humanidad y transmisora de la fe, Madrid, 23 diciembre 2008.
[9] Juan Pablo II, Mensaje a la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino, Ciudad del Vaticano, 21 junio 2002.
[10] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, Ciudad del Vaticano, 25 diciembre 2005, n. 9.
[11] J.L. Illanes, ob. cit.

sábado, octubre 16, 2010

55. Posmodernidad

Fecha: 01 de octubre de 2010

TEMAS: Cultura, Ética, Verdad.

RESUMEN: 1. La Ilustración estableció que nada es real si no es comprobado y certificado por la experiencia humana, por la ciencia.

2. Cuando se niega a la realidad la capacidad de existir por sí misma se confunde con la representación personal de la realidad.

3. La caída del muro no fue el fin de una etapa, más bien, fue el comienzo de una nueva revolución cultural, la que se ha llamado posmodernista.

4. Pero lo que ha quedado en pie son los hechos. Y nos hemos vuelto a encontrar con la realidad en su más cruda versión. Nos volvemos a encontrar con la cuestión de la verdad.

5. Sobre todo, el posmodernismo nos ha enseñado que la realidad no es personal, es como es, es decir, objetiva. Será personal nuestra interpretación de la realidad, la composición de lugar que cada uno se quiera hacer. Cualquier discusión de ética o de política no puede obviar la cuestión de la vida humana como un hecho real que acontece y viene a ser lo más importante para cada hombre.

6. La educación de la libertad no puede quedar reducida a una asignatura de comportamientos y actitudes cívicas y sociales. El correcto ejercicio de la libertad personal no se enseña en los libros, se aprende en la propia vida con el ejercicio y la reflexión.

7. La revolución actual es la búsqueda de la verdad despojada de creencias, de prejuicios y de presupuestos. La verdad sin aditivos: qué otra cosa es la Verdad.


SUMARIO: 1. El muro cae.- 2. Desencanto.- 3. El horizonte.

1. El muro cae
En 1989 cayó el muro de Berlín. No por deseado dejó de causar gran sorpresa que aquel muro de la vergüenza desapareciera. Constituía una gran paradoja que el paraíso socialista tuviera que impedir a sus habitantes la salida para que no se contaminaran de las libertades democráticas del oeste. Sus dirigentes hacían oídos sordos a la realidad y a pesar del gran fracaso del sistema socialista se empeñaban en mantener vivo a un muerto. Al final cayó el muro. El 9 de noviembre de 1989 aproximadamente a las siete de la tarde, el líder del Partido Comunista de Berlín Oriental, Gunter Schabowski anunció que una parte del muro sería abierto para «viajes privados al extranjero». Anunciaba por fin, de forma lacónica, el inicio del fin de todo un imperio del terror.

Las revoluciones más importantes son las culturales. Algunas van acompañadas de violencia y desorden, pero otras se instalan sin ruido, casi sin hacerse notar. La Ilustración fue la revolución de la ciencia y el progreso. Trajo con ella el siglo de las luces y una nueva manera de pensar, de entender la vida y hasta de cuestionar las verdades siempre aceptadas.

La Ilustración estableció como paradigma la fe en la ciencia y en el progreso del saber humano y concluyó que nada es real si no es comprobado y certificado por la experiencia humana. De tal manera que reducía la existencia de la realidad y del mundo que nos rodea solamente a lo que la ciencia humana puede comprobar. Lo demás se relegó al ámbito de lo personal y particular de cada hombre. Y sobre todo, la Ilustración acabó negando la existencia de la Verdad como algo anterior e independiente del conocimiento del hombre. En adelante sólo sería verdad lo que se pudiera demostrar científicamente como tal.

Esta manera de pensar convirtió al hombre en el centro y juez supremo del universo y del mundo conocido, con capacidad para decidir lo que está bien y lo que está mal, y de esta manera acabó legitimando la rebeldía del hombre frente a la Verdad que en lugar de entenderla como una liberación, la tachaba de opresora.

Con esta revolución cultural se redujo el mundo a los ojos del hombre porque desconoció todo el mundo inmaterial y limitó su capacidad de conocimiento solamente al conocimiento científico y experimental, como si éste fuera el único medio posible de conocer para el hombre. De un golpe se vinieron abajo el sentido común, los indicios racionales, las intuiciones fundadas, la naturaleza de las cosas, la experiencia de generaciones anteriores, la tradición heredada y tantas cosas que no logran superar el «examen del microscopio de laboratorio» pero que son imprescindibles para saber vivir la vida con acierto.

El método experimental y científico es válido para las ciencias y para el saber experimental, la medicina, la biología, la física, química y tales más. Sin embargo, cuando el experimento se excede de lo que le es propio y quiere comprobar la realidad no material surgen problemas imprevistos.

Porque cuando se niega a la realidad la capacidad de existir por sí misma y tiene que pedir permiso para demostrar su propia consistencia entonces la realidad se confunde con la representación personal de la realidad, es decir, entonces se confunde con la propia imaginación de cada cual y podemos llegar a pensar que sólo es real aquello que podemos entender o imaginar o comprender. Y lo que es más grave, podemos llegar a pensar que aquello que no entendemos o no comprendemos no es real, es algo imaginario y no existe. Solamente es real «mi mundo», porque el mundo, así, a secas, no existe como tal.

Sin darnos cuenta se había llegado a una situación cultural en la que se había renunciado a la realidad verdadera, esto es, se había renunciado a la Verdad a cambio de la certeza sin darnos cuenta que las cosas ciertas y seguras para nosotros son solamente una parte —y pequeña— de la verdadera realidad y, además, son la parte de la realidad que no nos sirve para entender la realidad.

La Ilustración trajo el Modernismo, con sus certezas y su progreso científico. También la racionalización del mundo y del hombre y su reducción a tesis y antitesis científicas y racionales olvidándose del mismo hombre tal y como es, no el pensado, sino el real. La mayor expresión del modernismo es el materialismo histórico y la revolución marxista que prometía el paraíso terrenal del proletariado conquistado con la razón y los programas científicos y sociales para asegurar el progreso de la humanidad y de las ciencias al servicio de la comunidad de todos los hombres.

Y toda esa revolución cultural y científica del marxismo resultó ser un mundo artificial donde nadie era feliz y todos estaban a la espera del futuro prometido que algún día llegaría. Un mundo donde era necesario cerrar las puertas para que sus habitantes no se marcharan, donde había que instalar barricadas y alambradas para defender el progreso y la razón.

Ese mundo era la más evidente demostración de que la razón que prescinde de la Verdad se enloquece y no acierta a comprender la realidad. El muro vergonzante era un clamor de libertad de un pueblo oprimido por las teorías y los planes quinquenales, empobrecido y esquilmado por la carrera de armamentos y la corrupción política. Un muro que no hizo falta tirar porque se cayó él solo después de una larga agonía.

Pero con el muro no se cae solamente un sistema político falso, se cae también una cultura y una manera de entender el mundo que se olvidó de la realidad, de toda la realidad: sobre todo, que se olvidó de la verdadera realidad del hombre, tal y como es.



2. Desencanto

Porque la caída del muro no fue el fin de una etapa, más bien, fue el comienzo de una nueva revolución cultural, la que se ha llamado «posmodernidad» porque no se trata tanto de estar situada detrás de la anterior, sino de ser la respuesta a la anterior, al desencanto de la certeza empírica y del vacío materialista.

Mirando los últimos cien años que hemos dejado atrás comprobamos que son los años más sangrientos de la historia de la humanidad, con sus guerras y confinamientos, con sus imposiciones arbitrarias y violaciones de la libertad humana. Pero somos hijos de la Ilustración y el desencanto de un mundo sin verdades definitivas deja un vacío existencial al que le falta un horizonte. No existen verdades, ni creencias ni nada que valga la pena. Sólo existen emociones, sensaciones, distracciones y hechos.

El hombre posmoderno es un hombre sin creencias, sin compromisos y sin audacia para liderar su vida. Afincado en el «pensamiento débil» no quiere conocer la verdad porque teme el compromiso.

La sociedad posmoderna es una sociedad de muchos datos, muchos hechos y poco pensamiento. Donde la vida pasa a gran velocidad y el vértigo viene si se detiene el tiempo y el hombre se queda a solas consigo mismo y tiene que pensar. Es necesario distraerse, estar siempre muy ocupado y con la agenda muy llena para no tener tiempo para vivir. Esta es la gran paradoja posmodernista.

La caída del muro arrumbó todas las teorías racionalistas del modernismo sobre lo que conviene al hombre y a la humanidad, sobre lo que es progreso y ciencia, sobre tal y sobre cual. Pero lo que ha quedado en pie son los hechos. Aquí no hay más leña que la que arde y nos hemos vuelto a encontrar con la realidad en su más cruda versión. Y la realidad es la primera imagen de la verdad. La realidad es verdadera y tozuda: se empeña en ser real por mucho que queramos disfrazarla. Así pues, nos volvemos a encontrar con la cuestión de la verdad.


3. El horizonte

Superado el bache inicial se nos presenta de nuevo la cuestión fundamental: ¿existe una verdad objetiva, autónoma y anterior al hombre? Si así fuera no tendría sentido discutir lo inevitable y deberíamos intentar descubrirla. Y en este dilema vuelven a aparecer en escena los hechos, la tozuda realidad que se empeña en existir por encima de nuestras imaginaciones y sentimientos. Ahí está la vida humana, la vida de cada uno y la propia existencia y la búsqueda de sentido y la propia felicidad.

Sobre todo, el posmodernismo nos ha enseñado que la realidad no es personal, es como es, es decir, objetiva. Será personal nuestra interpretación de la realidad, la composición de lugar que cada uno se quiera hacer. Pero es inevitable que cualquier discusión de ética o de política no podrá obviar la cuestión de la vida humana como un hecho real que acontece y viene a ser lo más importante para cada hombre.

Entonces, hay una primera tarea para el hombre actual: conocer la realidad y descubrir la verdad que en ella se esconde. Esto no es opinable, a pesar de nuestros prejuicios modernistas. Las cosas son como son y no como nos las imaginamos. Y al descubrir la realidad también será necesario descubrir la realidad del hombre, tal y como es y tal y como no es, por mucho que algunos se empeñen en deformarlo.

Al acercarnos a la realidad «real» descubrimos que las cosas buenas son las que realmente son buenas aunque no nos lo parezcan, y al contrario, las cosas malas son malas aunque nos pudieran parecer apetecibles. No bastan las apariencias ni las emociones. No me debo fiar sólo de mis sentidos, sino que debo aplicar la inteligencia y toda mi capacidad humana para descubrir lo bueno y lo malo. Para ir al monte necesito unas buenas botas. Y unas buenas botas son las que sirven para ir al monte, aunque no sean de apariencia muy vistosa. En cambio, el calzado vistoso y elegante no servirá para ir al monte.

Pero como la realidad tiene una existencia propia no nos puede bastar con la información de lo que existe. Para conseguir una vida buena no basta con tener la información adecuada sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo conveniente y necesario, sino que es preciso vivir bien la vida, es decir, ser bueno, adquirir virtudes, ser honrados, ser verdadero hombre.

Estamos hablando ni más ni menos que de la libertad del hombre para elegir la verdad del hombre o darle la espalda. Esta educación de la libertad no puede quedar reducida a una asignatura de comportamientos y actitudes cívicas y sociales. El correcto ejercicio de la libertad personal no se enseña en los libros, se aprende en la propia vida con el ejercicio y la reflexión.

El mundo actual necesita de filósofos, poetas y sabios que busquen la verdad, el bien, la belleza y todos los atributos del ser en que consiste la verdad del hombre, aquello que lo satisface y hace feliz porque consigue dar sentido a su vida.

La revolución actual es la búsqueda de la verdad despojada de creencias, de prejuicios, de presupuestos. La verdad sin aditivos: qué otra cosa es la Verdad. ■

Felipe Pou Ampuero