sábado, febrero 04, 2012
68. Economía humana
sábado, noviembre 05, 2011
65. Valores de la libertad (1/2)
sábado, abril 09, 2011
61. Ética universal
sábado, marzo 12, 2011
60. Laicismo (2)
Fecha: 01 de marzo de 2011
TEMAS: Vida pública, Laicismo, Ética.
RESUMEN: 1. ¿Existen unos valores comunes y válidos para todos los hombres de todas las culturas y de todas las creencias que obliguen a la sociedad civil?
2. Si no existe una norma que nos diga qué es lo bueno y qué es lo malo, entonces quien dice lo que es bueno y lo que es malo soy yo y cada uno de los hombres que vivimos juntos.
3. Los derechos humanos son del hombre y no de la sociedad o del poder establecido, por esto, son anteriores a las normas de ordenación de la convivencia.
4. Esta idea de que la propia naturaleza del hombre es portadora de unos derechos, porque nace con ellos, constituye un mensaje ético de la naturaleza: el hombre no nace desnudo de derechos, sino que viene al mundo con unos derechos propios y los demás hombres no pueden hacer otra cosa que respetar los derechos humanos de los demás hombres y no conculcarlos.
5. Los cristianos han reconocido estos derechos humanos desde siempre y los han reconocido como anteriores al Evangelio, lo cual no quiere decir que los derechos humanos sean contrarios al Evangelio ni mucho menos, más bien quiere decir que el Evangelio los presupone.
6. Si la ley natural se impone y limita el poder y las culturas y no puede ser consensuada ¿cuál es el poder con el que obliga? La respuesta a esta pregunta no puede ser otra que el poder de la razón.
7. Esta ley natural que reconocen todos los hombres y que descubren con su razón tiene su sede en la conciencia de cada hombre que descubre que alberga un sentido del bien y del mal.
SUMARIO: 1. Normas de conducta.- 2. Ley natural.- 3. Reconocimiento.
1. Normas de conducta
¿Existen unos valores comunes y válidos para todos los hombres de todas las culturas y de todas las creencias que obliguen a la sociedad civil? Más aún, ¿existen unos valores que sean válidos para todos los hombres de todas las culturas y de todos los tiempos? ¿Existen unos valores universales y eternos que no dependan de una determinada creencia religiosa?[1]
Vivimos en una sociedad cada vez más multicultural y global donde parece que los valores de cada persona dependen de un manera de vivir, de una cultura, de una época o de una historia particular, pero, en cualquier caso, parece que los valores y las normas de conducta por depender de alguna circunstancia no son valores universales y, por tanto, no son valores válidos para todos los hombres y para todas las épocas.
La consecuencia de esta ausencia de normas de conducta universales es que la manera de comportarse los hombres, las normas morales de actuación de los hombres al no depender de unas normas morales universales dependerán del acuerdo concreto y particular que en cada sociedad, en cada cultura y en cada tiempo histórico se quiera adoptar.
Si lo anterior fuera cierto, sería tanto como aceptar que cada hombre puede actuar como quiera, porque si no existe una norma moral de conducta que sea universal para todos, la única norma de conducta válida es la propia voluntad de cada uno.
La consecuencia lógica sería que si no existe una norma que nos diga qué es lo bueno y qué es lo malo, entonces quien dice lo que es bueno y lo que es malo soy yo y cada uno de los hombres que vivimos juntos. Y como no podemos tener 6.000 millones de normas de conducta nos ponemos de acuerdo cediendo y concediendo unos a otros para poder convivir. Y cuando alguno no quiere ceder entonces se impone por la fuerza a los demás y les impone su norma de conducta y sus criterios sobre lo que está bien y lo que está mal.
Pero, ¿esto es así?
2. Ley natural
Finalizada la segunda guerra mundial, la comunidad de las naciones, viendo la estrecha complicidad que el totalitarismo había tenido con el puro positivismo jurídico, definió en la Declaración de los derechos humanos (1948) algunos derechos inalienables de la persona humana que trascienden las leyes positivas de los estados y que deben servirles de norma de referencia.
Los derechos humanos son derechos «declarados», es decir, no concedidos por el legislador, sino reconocidos como propios y anteriores de los hombres por el solo hecho de ser hombres y mujeres y tener una dignidad personal que está por encima del poder del Estado
[2].Los derechos humanos son del hombre y no de la sociedad o del poder establecido, por esto, son anteriores a las normas de ordenación de la convivencia. El derecho a la vida, a la familia, a la educación, al respeto, a la salud, a la vivienda, a la paz, y todos los demás derechos de los hombres no son conquistas de una ideología, ni una dádiva del gobernante. A un hombre no se le «concede» la libertad: a un hombre se le «reconoce» su libertad y se le restaura en la justicia de su condición de ser libre por nacimiento.
Esta idea de que la propia naturaleza del hombre es portadora de unos derechos, porque nace con ellos, constituye un mensaje ético de la naturaleza: el hombre no nace desnudo de derechos, sino que viene al mundo con unos derechos propios y los demás hombres no pueden hacer otra cosa que respetar los derechos humanos de los demás hombres y no conculcarlos.
Los cristianos han reconocido estos derechos humanos desde siempre y los han reconocido como anteriores al Evangelio, lo cual no quiere decir que los derechos humanos sean contrarios al Evangelio ni mucho menos, más bien quiere decir que el Evangelio los presupone. Así habla san Pablo a los Filipenses «Aquello que es verdadero, noble, justo, puro, amable, honrado, aquello que es virtud y aquello que merece alabanza, sea objeto de vuestro pensamiento» (Fil 4,8).
Sin embargo, es indudable que la existencia de los derechos humanos concebidos como originarios del hombre que no necesitan ser reconocidos por ninguna cultura para ser exigibles supone una limitación a cualquier concepción cultural o ideología contraria a los mismos. También supone una limitación a los poderes establecidos, ejecutivos, legislativos o judiciales, que no pueden actuar en contra o con oposición a los derechos humanos sin un grave quebranto de los principios de justicia.
3. Reconocimiento
Reconocer esta ley natural que impone los derechos humanos siempre será una fuente de conflictos entre las distintas culturas para determinar cuáles son verdaderos derechos humanos y cuáles no lo son. Nos podríamos preguntar ¿por qué hay un derecho a la vida y no existe un derecho a la muerte?, ¿por qué existe un derecho a la salud y a la sanidad y no existe un derecho al aborto?
El reconocimiento de los derechos humanos que se imponen a los poderes establecidos no puede depender de un acuerdo de voluntades o de una solución pactada. Si fuera posible pactar sobre el derecho a la vida ya no sería reconocido como tal, sino concedido por el pacto firmado. El valor y la autoridad de los derechos humanos —su fuerza de obligar— es anterior a un posible acuerdo de voluntades, por eso mismo se pueden «imponer» a cualquier voluntad.
Si la ley natural se impone y limita el poder y las culturas y no puede ser consensuada ¿cuál es el poder con el que obliga? La respuesta a esta pregunta no puede ser otra que el poder de la razón. Los derechos humanos y la ley natural que los reconoce tienen razón frente a quien no los reconoce que no tiene la razón de su parte, aunque podrá tener el poder, la mayoría, la voluntad, la creencia y muchas otras instancias de su parte, pero no la razón.
Así pues, la ley natural que impone normas de conducta a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las creencias es una ley que se descubre y se afirma —se hace valer— con la razón. Es necesario someterse a la razón para descubrir la ley natural.
Pero la ley natural no es obra de la razón humana. Que sea racional quiere decir que puede descubrirse y conocerse con la razón. Pero no quiere decir que la ley natural dependa de la razón humana y que la razón pueda modificarla según las circunstancias pues entonces la ley natural no sería natural al hombre, sino dependiente del hombre.
El hombre no es dueño de su naturaleza, vive con ella y es como es, pero no es capaz de ser algo distinto de lo que es naturalmente, es decir, el hombre no puede dejar de ser un hombre.
Esta ley natural que reconocen todos los hombres y que descubren con su razón tiene su sede en la conciencia de cada hombre que descubre que alberga un sentido del bien y del mal. Cada hombre se siente impelido a obedecer a su propia conciencia a la ley de su propio corazón que le dice “haz el bien y evita el mal”.
Y esta ley de la conciencia la escucha cada hombre como una voz exterior y no propia que le recrimina su desobediencia hasta remorderle la conciencia. Podemos decir que la manera correcta de ser hombre es escuchar la voz de la propia conciencia.
Y, por extensión, a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las culturas la experiencia compartida por el saber humano nos enseña que existe un modo correcto —“sabio”— de hacer las cosas frente a un modo incorrecto o “equivocado” de hacerlas. Y que este modo sabio no depende de la propia ocurrencia o de la propia historia, sino que forma parte del hombre y la sabiduría humana nos enseña a conocerlo. Este modo correcto de hacer las cosas viene así definido como algo exterior y objetivo al hombre que a cada hombre, a cada sociedad, a cada sistema político le corresponde descubrir y aprender.
Recapitulando: La sociedad civil no es una sociedad confesional, pero sí es una sociedad humana sujeta a la ley natural del hombre.
La ley natural del corazón del hombre reconoce unas normas y unos derechos a los hombres por encima de las leyes positivas y de las ideologías sociales.
La ley natural se descubre con la razón, aunque no depende de la razón humana sino de la misma naturaleza del hombre.
La ley natural ordena y la sabiduría humana enseña que existe una manera correcta de hacer las cosas.
En cualquier caso, todas las creencias religiosas y las religiones humanas se encuentran al margen —que no quiere decir en contra— de la ley natural del hombre, aunque son una ayuda imprescindible para reconocer y aplicar la ley natural. ■
Felipe Pou Ampuero
[2] Cfr. Declaración universal de los derechos humanos, 1948, Preámbulo.
domingo, noviembre 14, 2010
56. Humanismo
TEMAS: Verdad, Cultura, Ética.
RESUMEN: 1. Los hombres medievales creían en un Dios real y verdadero que no pertenece al mundo, porque es el creador del mundo y, por tanto, anterior al mundo.
2. El mundo que conocemos no es lo que el estado de nuestro cerebro nos hace ver, sino el mundo mismo que tiene una existencia ¡y una explicación! propia, objetiva y que no depende de la razón del hombre.
3. Así pues, tenemos que volver a mirar al hombre sabiendo asombrarnos del mismo hombre y descubriendo la verdadera realidad de cada hombre asumiendo la racionalidad pero logrando superarla. Esta nueva verdad de la vida humana y del hombre mismo es lo que llamamos nuevamente humanismo.
4. Nuestra cultura habla mucho del hombre y sabe muchas cosas de él, pero a menudo da la impresión de ignorar lo que realmente es el hombre. El hombre es, ciertamente, un ser político y un animal racional, pero más radicalmente es un ser teológico, un ser que busca a Dios.
5. La relación trascendental del hombre hacia Dios no es algo postizo o añadido a su humanidad, sino constitutivo del propio ser humano. Los hombres hemos descubierto que formamos parte de una historia de amor que nos precede, no solamente por parte de nuestros padres y de nuestros abuelos, sino, de un modo más fundamental, por parte de Dios. Es por esto que el hombre se comprende a sí mismo sólo a la luz de Dios, creado por amor y destinado a vivir para siempre en comunión con Él.
6. El hombre tiene la tarea de vivir conforme a la verdad, a la verdad del mundo y a la verdad del hombre. Para esto es necesario que el hombre se abra al don de Dios, reconociéndose criatura, y aprenda a conocer la realidad desde la perspectiva que el amor divino le descubre.
7. Esta es la tarea: devolver al hombre su verdad, una verdad que supera su razón y le hace comprender que solamente por el Amor tiene sentido su existencia
SUMARIO: 1. Los errores.- 2. Humanismo.- 3. Humanismo cristiano.
1. Los errores
La Edad Media se caracteriza, sobre todo, por la creencia en la Revelación bíblica. Los hombres medievales creían en un Dios real y verdadero que no pertenece al mundo, porque es el creador del mundo y, por tanto, anterior al mundo. Cuando el gran big bang tuvo lugar Dios ya estaba allí. Por tanto, la explicación del universo, del hombre y el sentido de la vida tenía su origen y su fin en la existencia de Dios, sin el cual nada tenía sentido[1].
El hombre de la modernidad deja de creer en la revelación cristiana porque le parece algo irracional. El conjunto de los acontecimientos de la vida ya no serán entendidos como una manifestación de la mano providente y cariñosa de un Dios que quiere al hombre, sino que tendrán su explicación en unas causas científicas y racionales y tendrán unos efectos que el hombre científico podrá controlar y dirigir. ¡Se acabó la oscuridad! ¡Viva el siglo de las luces!
El «pienso, luego existo» de Descartes separa al hombre modernista de la realidad objetiva de las cosas porque le hace creer que las cosas existen porque es consciente de su existencia, cuando en realidad todas las cosas existen porque ellas mismas existen aunque el hombre no sea conciente de su existencia.
Porque si Dios es apartado de la vida pública y de la realidad de la sociedad humana, entonces Dios deja de ser la explicación y la referencia para la vida de los hombres para ser sustituido por la Razón y el Progreso, es decir, por el «pienso, luego existo». Así la Modernidad termina en una implacable racionalización del mundo por medio de la tecnología y la ciencia; todo se explica por el progreso histórico indefinido, el criterio de la mayoría se convierte en la solución a todos los problemas de convivencia y la revolución se convierte en el método fundamental para la liberación de los pueblos y los individuos[2].
¿Y dónde queda Dios en todo este planteamiento? Pues para un modernista Dios tiene una explicación racional: es la proyección personal de la infinitud de la conciencia y la religión es un sentimiento que encarna el ansia de eternidad de los hombres y su sentido de la trascendencia. Pero Dios, como tal, no existe y como sentenció Feuerbach «el giro fundamental de la historia estará constituido por aquel momento en el cual el hombre tome conciencia de que el único Dios del hombre es el hombre mismo: homo homini Deus»[3].
Hemos tardado mucho tiempo en darnos cuenta de lo evidente: la razón no puede limitar el conocimiento del hombre. Lo sabíamos, pero no éramos capaces de aceptarlo: cuando un médico tiene «ojo clínico», cuando una madre tiene «instinto materno», cuando hemos dicho «esto me huele mal...», cuando hemos conjeturado una explicación basada en indicios racionales no demostrados científicamente por definición hemos puesto de manifiesto que el conocimiento del hombre excede el simple conocimiento racional del mundo que nos rodea.
El mundo que conocemos no es lo que el estado de nuestro cerebro nos hace ver, sino el mundo mismo que tiene una existencia ¡y una explicación! propia, objetiva y que no depende de la razón del hombre. El conocimiento no puede limitarse a lo intelectual y racional. En la actualidad estamos cayendo en la cuenta que debemos aprender a mirar el mundo y saber asombrarnos de la realidad que nos rodea cuya verdad íntima solamente se puede descubrir uniendo comprensión y amor[4].
Así pues, tenemos que aprender a volver a mirar al hombre sabiendo asombrarnos del mismo hombre y descubriendo la verdadera realidad de cada hombre asumiendo su racionalidad pero logrando superarla. Esta nueva verdad de la vida humana y del hombre mismo es lo que llamamos nuevamente humanismo.
2. Humanismo
La palabra «humanismo» nació en Alemania a principios del siglo XIX para definir la enseñanza y promoción de los saberes que se consideraban más apropiados del hombre: lenguas y literatura antigua, filosofía, historia, etc.[5]. Humanismo significa lo propio del hombre, el desarrollo de las cualidades del hombre que lo hacen un ser verdaderamente humano, que lo enriquecen y lo diferencian del bárbaro.
La cultura actual parece que se olvida del hombre mismo cegada por el progreso técnico y el bienestar material. Nuestra cultura habla mucho del hombre y sabe muchas cosas de él, pero a menudo da la impresión de ignorar lo que realmente es el hombre. Como dice Chesterton «no es natural ser materialista ... tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por el contrario, es místico»[6].
El hombre es, ciertamente, un ser político y un animal racional, pero más radicalmente es un ser teológico, un ser que busca a Dios. La relación trascendental del hombre hacia Dios no es algo postizo o añadido a su humanidad, sino constitutivo del propio ser humano[7].
El hombre modernista eliminó a Dios porque pensaba que limitaba su dignidad y su existencia, que era un obstáculo para su libertad y para su perfección. Pero en realidad, es al contrario, el hombre no se realiza a partir de sí mismo y por el simple desarrollo de las cualidades inmanentes a su naturaleza, sino en la medida en que se une a un bien superior que le trasciende y supera toda medida humana. No hay mayor amor que dar la vida por quien se ama.
La razón nos habla de utilidad y de resultados, de beneficios y de satisfacción. La explicación racional de la dignidad humana se resume en el éxito personal y profesional. Será más digno y mejor hombre el que más triunfa. Pero esto es un error.
Más allá de lo que pueda aportar por sus posesiones o por sus capacidades físicas, técnicas, intelectuales, o las propias de su personalidad, la persona no es un medio al servicio del interés de otros; es un fin absoluto, amada por sí misma[8]. Los hombres hemos descubierto que formamos parte de una historia de amor que nos precede, no solamente por parte de nuestros padres y de nuestros abuelos, sino, de un modo más fundamental, por parte de Dios. Es por esto que el hombre se comprende a sí mismo sólo a la luz de de Dios, creado por amor y destinado a vivir para siempre en comunión con Él[9].
3. Humanismo cristiano
Y en esta verdad del hombre la fe cristiana no niega al hombre, no le limita ni le obstaculiza en su desarrollo, sino que le hace reconocer su grandeza y le potencia al infinito al darle a conocer que está llamado a participar en la vida de ese Dios que le quiere. La historia de amor de Dios con Israel consiste, en el fondo, en que Él le da la Torah, es decir, abre los ojos a Israel sobre la verdadera naturaleza del hombre y le indica el camino del verdadero humanismo[10].
El hombre tiene la tarea de vivir conforme a la verdad, a la verdad del mundo y a la verdad del hombre. Para esto es necesario que el hombre se abra al don de Dios, reconociéndose criatura, y aprenda a conocer la realidad desde la perspectiva que el amor divino le descubre.
Esto equivale a afirmar no ya que existe un humanismo cristiano al lado de otros posibles humanismos –el agnóstico, el social, el individual, etc. – sino que el único humanismo posible y verdadero es el cristiano y que el verdadero hombre es el que realiza es su vida la verdad de Dios para con él[11].
Esta es la tarea: devolver al hombre su verdad, una verdad que supera su razón y le hace comprender que solamente por el Amor tiene sentido su existencia.■
Felipe Pou Ampuero
[1] Romano Guardini, El fin de la modernidad, Madrid, 1996.
[2] Alejandro Llano, Humanismo y posmodernidad, Nuestro Tiempo, n. 627, septiembre 2006, p. 18.
[3] J.L. Illanes, G.E.R. voz Humanismo.
[4] Benedicto XVI, Discurso a los profesores universitarios, Ciudad del Vaticano, 27 julio 2007.
[5] Antonio Fontán, Humanismo cristiano y liberal, ABC, 1 octubre 2004.
[6] G.K. Chesterton, Porqué me convertí al catolicismo.
[7] J.L. Illanes, ob. cit.
[8] Conferencia Episcopal Española, La familia, escuela de humanidad y transmisora de la fe, Madrid, 23 diciembre 2008.
[9] Juan Pablo II, Mensaje a la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino, Ciudad del Vaticano, 21 junio 2002.
[10] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, Ciudad del Vaticano, 25 diciembre 2005, n. 9.
[11] J.L. Illanes, ob. cit.
sábado, octubre 16, 2010
55. Posmodernidad
TEMAS: Cultura, Ética, Verdad.
RESUMEN: 1. La Ilustración estableció que nada es real si no es comprobado y certificado por la experiencia humana, por la ciencia.
2. Cuando se niega a la realidad la capacidad de existir por sí misma se confunde con la representación personal de la realidad.
3. La caída del muro no fue el fin de una etapa, más bien, fue el comienzo de una nueva revolución cultural, la que se ha llamado posmodernista.
4. Pero lo que ha quedado en pie son los hechos. Y nos hemos vuelto a encontrar con la realidad en su más cruda versión. Nos volvemos a encontrar con la cuestión de la verdad.
5. Sobre todo, el posmodernismo nos ha enseñado que la realidad no es personal, es como es, es decir, objetiva. Será personal nuestra interpretación de la realidad, la composición de lugar que cada uno se quiera hacer. Cualquier discusión de ética o de política no puede obviar la cuestión de la vida humana como un hecho real que acontece y viene a ser lo más importante para cada hombre.
6. La educación de la libertad no puede quedar reducida a una asignatura de comportamientos y actitudes cívicas y sociales. El correcto ejercicio de la libertad personal no se enseña en los libros, se aprende en la propia vida con el ejercicio y la reflexión.
7. La revolución actual es la búsqueda de la verdad despojada de creencias, de prejuicios y de presupuestos. La verdad sin aditivos: qué otra cosa es la Verdad.
SUMARIO: 1. El muro cae.- 2. Desencanto.- 3. El horizonte.
1. El muro cae
Las revoluciones más importantes son las culturales. Algunas van acompañadas de violencia y desorden, pero otras se instalan sin ruido, casi sin hacerse notar. La Ilustración fue la revolución de la ciencia y el progreso. Trajo con ella el siglo de las luces y una nueva manera de pensar, de entender la vida y hasta de cuestionar las verdades siempre aceptadas.
La Ilustración estableció como paradigma la fe en la ciencia y en el progreso del saber humano y concluyó que nada es real si no es comprobado y certificado por la experiencia humana. De tal manera que reducía la existencia de la realidad y del mundo que nos rodea solamente a lo que la ciencia humana puede comprobar. Lo demás se relegó al ámbito de lo personal y particular de cada hombre. Y sobre todo, la Ilustración acabó negando la existencia de la Verdad como algo anterior e independiente del conocimiento del hombre. En adelante sólo sería verdad lo que se pudiera demostrar científicamente como tal.
Esta manera de pensar convirtió al hombre en el centro y juez supremo del universo y del mundo conocido, con capacidad para decidir lo que está bien y lo que está mal, y de esta manera acabó legitimando la rebeldía del hombre frente a la Verdad que en lugar de entenderla como una liberación, la tachaba de opresora.
Con esta revolución cultural se redujo el mundo a los ojos del hombre porque desconoció todo el mundo inmaterial y limitó su capacidad de conocimiento solamente al conocimiento científico y experimental, como si éste fuera el único medio posible de conocer para el hombre. De un golpe se vinieron abajo el sentido común, los indicios racionales, las intuiciones fundadas, la naturaleza de las cosas, la experiencia de generaciones anteriores, la tradición heredada y tantas cosas que no logran superar el «examen del microscopio de laboratorio» pero que son imprescindibles para saber vivir la vida con acierto.
El método experimental y científico es válido para las ciencias y para el saber experimental, la medicina, la biología, la física, química y tales más. Sin embargo, cuando el experimento se excede de lo que le es propio y quiere comprobar la realidad no material surgen problemas imprevistos.
Porque cuando se niega a la realidad la capacidad de existir por sí misma y tiene que pedir permiso para demostrar su propia consistencia entonces la realidad se confunde con la representación personal de la realidad, es decir, entonces se confunde con la propia imaginación de cada cual y podemos llegar a pensar que sólo es real aquello que podemos entender o imaginar o comprender. Y lo que es más grave, podemos llegar a pensar que aquello que no entendemos o no comprendemos no es real, es algo imaginario y no existe. Solamente es real «mi mundo», porque el mundo, así, a secas, no existe como tal.
Sin darnos cuenta se había llegado a una situación cultural en la que se había renunciado a la realidad verdadera, esto es, se había renunciado a la Verdad a cambio de la certeza sin darnos cuenta que las cosas ciertas y seguras para nosotros son solamente una parte —y pequeña— de la verdadera realidad y, además, son la parte de la realidad que no nos sirve para entender la realidad.
La Ilustración trajo el Modernismo, con sus certezas y su progreso científico. También la racionalización del mundo y del hombre y su reducción a tesis y antitesis científicas y racionales olvidándose del mismo hombre tal y como es, no el pensado, sino el real. La mayor expresión del modernismo es el materialismo histórico y la revolución marxista que prometía el paraíso terrenal del proletariado conquistado con la razón y los programas científicos y sociales para asegurar el progreso de la humanidad y de las ciencias al servicio de la comunidad de todos los hombres.
Y toda esa revolución cultural y científica del marxismo resultó ser un mundo artificial donde nadie era feliz y todos estaban a la espera del futuro prometido que algún día llegaría. Un mundo donde era necesario cerrar las puertas para que sus habitantes no se marcharan, donde había que instalar barricadas y alambradas para defender el progreso y la razón.
Ese mundo era la más evidente demostración de que la razón que prescinde de la Verdad se enloquece y no acierta a comprender la realidad. El muro vergonzante era un clamor de libertad de un pueblo oprimido por las teorías y los planes quinquenales, empobrecido y esquilmado por la carrera de armamentos y la corrupción política. Un muro que no hizo falta tirar porque se cayó él solo después de una larga agonía.
Pero con el muro no se cae solamente un sistema político falso, se cae también una cultura y una manera de entender el mundo que se olvidó de la realidad, de toda la realidad: sobre todo, que se olvidó de la verdadera realidad del hombre, tal y como es.
2. Desencanto
Porque la caída del muro no fue el fin de una etapa, más bien, fue el comienzo de una nueva revolución cultural, la que se ha llamado «posmodernidad» porque no se trata tanto de estar situada detrás de la anterior, sino de ser la respuesta a la anterior, al desencanto de la certeza empírica y del vacío materialista.
Mirando los últimos cien años que hemos dejado atrás comprobamos que son los años más sangrientos de la historia de la humanidad, con sus guerras y confinamientos, con sus imposiciones arbitrarias y violaciones de la libertad humana. Pero somos hijos de la Ilustración y el desencanto de un mundo sin verdades definitivas deja un vacío existencial al que le falta un horizonte. No existen verdades, ni creencias ni nada que valga la pena. Sólo existen emociones, sensaciones, distracciones y hechos.
El hombre posmoderno es un hombre sin creencias, sin compromisos y sin audacia para liderar su vida. Afincado en el «pensamiento débil» no quiere conocer la verdad porque teme el compromiso.
La sociedad posmoderna es una sociedad de muchos datos, muchos hechos y poco pensamiento. Donde la vida pasa a gran velocidad y el vértigo viene si se detiene el tiempo y el hombre se queda a solas consigo mismo y tiene que pensar. Es necesario distraerse, estar siempre muy ocupado y con la agenda muy llena para no tener tiempo para vivir. Esta es la gran paradoja posmodernista.
La caída del muro arrumbó todas las teorías racionalistas del modernismo sobre lo que conviene al hombre y a la humanidad, sobre lo que es progreso y ciencia, sobre tal y sobre cual. Pero lo que ha quedado en pie son los hechos. Aquí no hay más leña que la que arde y nos hemos vuelto a encontrar con la realidad en su más cruda versión. Y la realidad es la primera imagen de la verdad. La realidad es verdadera y tozuda: se empeña en ser real por mucho que queramos disfrazarla. Así pues, nos volvemos a encontrar con la cuestión de la verdad.
3. El horizonte
Superado el bache inicial se nos presenta de nuevo la cuestión fundamental: ¿existe una verdad objetiva, autónoma y anterior al hombre? Si así fuera no tendría sentido discutir lo inevitable y deberíamos intentar descubrirla. Y en este dilema vuelven a aparecer en escena los hechos, la tozuda realidad que se empeña en existir por encima de nuestras imaginaciones y sentimientos. Ahí está la vida humana, la vida de cada uno y la propia existencia y la búsqueda de sentido y la propia felicidad.
Sobre todo, el posmodernismo nos ha enseñado que la realidad no es personal, es como es, es decir, objetiva. Será personal nuestra interpretación de la realidad, la composición de lugar que cada uno se quiera hacer. Pero es inevitable que cualquier discusión de ética o de política no podrá obviar la cuestión de la vida humana como un hecho real que acontece y viene a ser lo más importante para cada hombre.
Entonces, hay una primera tarea para el hombre actual: conocer la realidad y descubrir la verdad que en ella se esconde. Esto no es opinable, a pesar de nuestros prejuicios modernistas. Las cosas son como son y no como nos las imaginamos. Y al descubrir la realidad también será necesario descubrir la realidad del hombre, tal y como es y tal y como no es, por mucho que algunos se empeñen en deformarlo.
Al acercarnos a la realidad «real» descubrimos que las cosas buenas son las que realmente son buenas aunque no nos lo parezcan, y al contrario, las cosas malas son malas aunque nos pudieran parecer apetecibles. No bastan las apariencias ni las emociones. No me debo fiar sólo de mis sentidos, sino que debo aplicar la inteligencia y toda mi capacidad humana para descubrir lo bueno y lo malo. Para ir al monte necesito unas buenas botas. Y unas buenas botas son las que sirven para ir al monte, aunque no sean de apariencia muy vistosa. En cambio, el calzado vistoso y elegante no servirá para ir al monte.
Pero como la realidad tiene una existencia propia no nos puede bastar con la información de lo que existe. Para conseguir una vida buena no basta con tener la información adecuada sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo conveniente y necesario, sino que es preciso vivir bien la vida, es decir, ser bueno, adquirir virtudes, ser honrados, ser verdadero hombre.
Estamos hablando ni más ni menos que de la libertad del hombre para elegir la verdad del hombre o darle la espalda. Esta educación de la libertad no puede quedar reducida a una asignatura de comportamientos y actitudes cívicas y sociales. El correcto ejercicio de la libertad personal no se enseña en los libros, se aprende en la propia vida con el ejercicio y la reflexión.
El mundo actual necesita de filósofos, poetas y sabios que busquen la verdad, el bien, la belleza y todos los atributos del ser en que consiste la verdad del hombre, aquello que lo satisface y hace feliz porque consigue dar sentido a su vida.
La revolución actual es la búsqueda de la verdad despojada de creencias, de prejuicios, de presupuestos. La verdad sin aditivos: qué otra cosa es la Verdad. ■
Felipe Pou Ampuero