sábado, diciembre 02, 2006

20. Europa

Fecha: 1 de diciembre de 2006
TEMAS: Cultura, Religión, Vida.

RESUMEN: 1. Europa es un lugar geográfico, pero sobre todo es un concepto cultural e histórico que se ha caracterizado como continente por muchos factores, uno de los cuales y no el menos importante, es por la fuerza unificadora del cristianismo.

2. Se puede decir que la fe cristiana ha forjado la cultura europea fundiéndose con su historia y, a pesar de la dolorosa división entre Oriente y Occidente, el cristianismo se ha convertido en la religión de los europeos. ¿Qué cultura podrá proteger mejor los derechos humanos, promover el bien común, defender el legítimo pluralismo y dar razón de los compromisos morales que hacen posible la democracia, la cultura que ha producido “La Grande Arche de la Dèfense” con su frío racionalismo, o la cultura materializada en esa catedral que, según los promotores de La Grande Arche cabe perfectamente dentro del cubo?

3. El hombre europeo actual ha llegado al convencimiento de que para ser moderno y libre tiene que ser radicalmente secular, es decir, sin Dios. Por tanto, Dios no es una ayuda ni menos aún una razón de la existencia. Dios aparece como un estorbo, como un lastre que ralentiza los avances, como una rémora del pasado que sólo cabe en las mentes atrasadas e ignorantes.

4. El cristianismo propone una lectura alternativa de la modernidad que supone una lectura completamente moderna, en el sentido de nueva respecto de cualquier otra interpretación anterior. Europa tiene que volver el rostro a Cristo para encontrar al hombre. Y este camino de vuelta se recorre a través de la naturaleza del hombre tal como Cristo la da a conocer.

SUMARIO: 1. Qué es Europa.- 2. La cultura europea.- 3. Sin esperanza.- 4. Volver al origen.

1. Qué es Europa

El entonces cardenal Joseph Ratzinger comenzaba una conferencia sobre Europa con esta pregunta que se formulaba. ¿Qué es exactamente Europa?[1] Porque realmente Europa es un continente, el más admirado culturalmente de todos, la cabeza de lo que se llama la civilización occidental. Pero dónde empieza Europa. Siberia no se tiene por parte de Europa pero allí habitan europeos que tienen un modo de pensar y de vivir completamente europeo. Por el sur, ¿dónde termina Europa? ¿Justo en el mar Mediterráneo? ¿Se podría decir que Tánger no es europea? Qué islas del Atlántico son Europa y cuáles no lo son. ¿Y por el este? ¿Turquía es Europa? ¿En su totalidad?

Europa no tiene unas fronteras. Más bien los países europeos tienen unas fronteras como las tienen todos los países. Y son producto de convenciones y de guerras. La suma de unos países puede formar un continente, pero sólo si entendemos que un continente es eso, la suma de algo. Pero los continentes no son la suma de cosas, tienen una entidad peculiar y propia.

Europa es un lugar geográfico, pero sobre todo es un concepto cultural e histórico que se ha caracterizado como continente por muchos factores, uno de los cuales y no el menos importante, es por la fuerza unificadora del cristianismo[2]. Y hasta se puede afirmar que sólo de un modo secundario Europa es un concepto geográfico. Porque lo que realmente define a Europa no son unas fronteras o unos límites físicos —tal río o valle— sino una manera de entender la vida, el hombre y su pasado, es decir, su cultura y su historia.

Una cultura europea que se caracteriza por una palabra «comunicación». Fueron los romanos los que surcaron el Imperio con grandes calzadas que como arterias culturales servían para acercar Roma a cada rincón del Imperio, pero también para enriquecer la sabiduría romana con la griega, bética, egipcia, celta. Sobre esas vías de comunicación se transportaban mercancías y saberes. Pero también transitaban personas. Unas iban y otras venían y se mezclaban los pueblos y se conocían gentes de distintos usos y maneras. Permitían contrastar el propio «aldeanismo» con el de los demás y mostraron el mundo a los hombres. Un mundo mucho más grande y rico que lo que la imaginación humana puede soñar.

Sobre esas vías surgieron las nuevas naciones —también los nuevos ejércitos— y las nuevas peregrinaciones a Santiago[3]. Con la peregrinación se llevó la cultura y la fe de los peregrinos. Una fe que habla de un Dios de todos, de unos hijos de un mismo Padre, de una autoridad que procede de un Creador, de una dignidad de la persona que tiene su origen en su misma creación y no en el poder temporal.

El papa Gregorio VII defendió la prerrogativa de la Iglesia para decidir quién sería nombrado obispo, limitando el poder temporal del emperador y auspiciando lo que en el curso de los siglos sería la «sociedad civil»[4]. En adelante, el Estado no ocuparía hasta el último centímetro de la vida de los súbditos que en el futuro serían ciudadanos con derechos y libertades. El emperador tuvo que reconocer que existían una serie de cosas que él no podía hacer, no porque no tuviera ejércitos, sino porque no tenía competencias para llevarlas a cabo.

A veces, a los europeos se nos olvida que somos hijos de las calzadas romanas y del espíritu del papa Gregorio VII, pero conviene recordar la historia y actualizarla para saber que la memoria es la facultad que fragua la identidad de los seres humanos porque a través de ella se dibuja el sentido de la identidad personal, de lo que somos[5].

2. La cultura europea

Y la identidad de Europa y de los europeos no se comprende sin una presencia, sin una referencia al cristianismo. Una religión que no surge en Europa, viene de Oriente, pero se extiende y se asienta en Roma, capital del Imperio. Los valores europeos son de origen cristiano porque antes del cristianismo no existieron. El respeto de la persona por sí misma, el profundo sentimiento de la justicia social y de la libertad de todos los hombres que no pueden ser esclavizados, el valor del trabajo humano, la esperanza como motor de la iniciativa de las empresas humanas, el valor de la familia como cimiento del ser humano, escuela de virtudes y lugar donde se aprende a vivir en sociedad, la fraternidad de todos los hombres que explica la tolerancia de lo diverso y hasta de lo opuesto, etc.

Se puede decir que la fe cristiana ha forjado la cultura europea fundiéndose con su historia y, a pesar de la dolorosa división entre Oriente y Occidente, el cristianismo se ha convertido en la religión de los europeos[6]. De la fe cristiana también aprendió Europa que sobre la autoridad pública y sobre su poder pende no el juicio de la historia, sino el juicio de un orden trascendente, el de la justicia. Y que lo justo no es solamente aquello que los poderes públicos declaran como tal[7].

Porque todos los valores humanos por los que se identifica Europa en la actualidad y que a sus líderes políticos tanto les gusta alabar, presuponen una imagen del hombre, una identidad personal que lleva implícito un orden moral concreto y una idea del derecho que no se fundamentan en sí mismos, sino que se apoyan en valores superiores y trascendentes que en último extremo se refieren a un Ser superior de todo y de todos, principio y fin de todo lo conocido[8].

Y esta identidad europea no es una identidad de los cristianos, aunque sea una identidad cristiana. Porque bajo el amparo de los valores morales europeos viven y conviven todos los hombres que admiten la existencia humana como un respeto personal y una esperanza en un futuro mejor.

¿Qué cultura podrá proteger mejor los derechos humanos, promover el bien común, defender el legítimo pluralismo y dar razón de los compromisos morales que hacen posible la democracia, la cultura que ha producido “La Grande Arche de la Dèfense” con su frío racionalismo, o la cultura materializada en esa catedral que, según los promotores de La Grande Arche cabe perfectamente dentro del cubo?[9]


3. Sin esperanza

Y ¿cuál es el problema de Europa? Desde luego si los fundamentos de Europa son morales y culturales, el problema de Europa está en sus propios fundamentos. Habrá que solucionarlo en esos términos y no en clave de poder o de política económica. El mayor peligro es el desequilibrio existente entre las posibilidades técnicas y científicas y el crecimiento moral que lo acompaña.

Asistimos a un momento en el que a mayor progreso científico se une un menor crecimiento moral, por no llegar a decir que en algunos casos se asiste a un desprecio de la ley moral objetiva por el cientifismo que la entiende como una limitación y cortapisa de sus avances tecnológicos.

El mundo occidental se ha convertido en un lugar que se considera autosuficiente, donde el hombre se ha emancipado del Dios verdadero y se considera capaz de organizarse por sí mismo sin necesitar de la idea ni de la presencia de un Dios que le diga lo que está bien y lo que está mal. Europa llega a vivir de espaldas a Dios, como si Dios no existiera.

El hombre europeo actual ha llegado al convencimiento de que para ser moderno y libre tiene que ser radicalmente secular, es decir, sin Dios. Por tanto, Dios no es una ayuda ni menos aún una razón de la existencia. Dios aparece como un estorbo, como un lastre que ralentiza los avances, como una rémora del pasado que sólo cabe en las mentes atrasadas e ignorantes. Dios no pertenece a la modernidad, dicen y piensan.

Sin embargo, la realidad es tozuda. Y por más que la modernidad se obstine en pensar una nueva vida, la vida real se empeña en ser real antes que pensada. De tal manera que la vida diseñada y filosofada no es vida realmente, sino tan solo un señuelo, una trampa. De Lubac lo resumía así «No es verdad, como se dice en ocasiones, que el hombre no puede organizar el mundo de espaldas a Dios. Lo que sí es verdad es que el hombre, si prescinde de Dios, lo único que puede organizar es un mundo contra el hombre»[10].

Cuando el europeo ha decidido vivir de espaldas a Dios ha dejado de ser un hermano para el hombre y se ha convertido en un opresor del hombre, en un tirano justificado por sí mismo, enloquecido por sus propias razones sin otro fundamento que la fuerza del poder y no la de la verdadera Razón. Europa asiste así a una pérdida de la esperanza en cuya raíz está el intento de hacer que prevalezca una antropología sin Dios y sin Cristo[11].

El europeo vive sin esperanza y, sobre todo, vive sin futuro. Como si el porvenir no mereciera la pena. Ha intentado explicar el sentido de la vida sin Dios y sin Cristo y se ha situado él mismo en el centro del universo, como si fuera Dios, olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre[12].

La esperanza queda reducida al presente material y se contenta con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica. Entiende la felicidad como simple satisfacción de los propios caprichos a través del consumismo o por medio de la evasión de la realidad con sustancias estupefacientes.

La falta de esperanza y de verdadera felicidad provoca una angustia existencial que se manifiesta «en el dramático descenso de la natalidad, en la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada y en la resistencia, cuando no el rechazo, a tomar decisiones definitivas de vida, incluso en el matrimonio»[13].


4. Volver al origen

Y ¿cuál es la solución de Europa? «Yo, obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes (...) Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo»[14].

En último análisis la democracia se basa en la convicción de que la persona humana posee una dignidad y un valor inalienable que el poder no puede menoscabar y que la libertad no es equivalente a arbitrariedad. Supone un compromiso de la sociedad con la moralidad, con unas ideas, con unos ideales y con unas creencias que son comunes a todo el conjunto social. Es el marco donde se desarrolla la vida pública y social de una civilización. Desde luego esto es mucho más y —sobre todo— algo distinto de una simple cuestión de procedimiento. Como si todo se redujera a votar y contar los votos a favor o en contra. La democracia no es una suma y una resta de votos, es una convicción en el bien común, en la justicia y en la paz social.

Por esto mismo, si un parlamento aprueba por una gran mayoría de votos que somos unos extraterrestres simplemente se equivoca y va contra la realidad de las cosas. Por muy mayoritaria que sea la decisión.

En esta situación, las raíces cristianas de la cultura europea no son una vuelta al mundo pre-moderno, como si los cristianos estuvieran arrepentidos de la ciencia y de sus progresos. No. El cristianismo propone una lectura alternativa de la modernidad que supone una lectura completamente moderna, en el sentido de nueva respecto de cualquier otra interpretación anterior.

En Europa, con bastante ligereza, se da por descontado que todos somos cristianos y que ya sabemos lo que eso significa. Pero la realidad es que se lee y se estudia poco la Biblia y no siempre se profundiza en la catequesis. Tampoco se acude a los sacramentos, esenciales para un cristiano por donde llega la gracia de Cristo. El resultado final no es una fe auténtica y madura, sino un vago y difuso sentimiento religioso de una imagen personal de un dios que no se parece al Dios verdadero y que no compromete más de lo que nosotros le queramos permitir. De aquí a un agnosticismo práctico no hay nada.

«Al final la fe es sencilla y rica: ¿creemos que Dios existe, que Dios cuenta? ¿Pero de qué Dios hablamos? Un Dios con rostro, un rostro humano, un Dios que reconcilia, que vence el odio y da esa fuerza de la paz que nadie más puede dar»[15].

Y ¿cuál es la esperanza del europeo y del hombre en general? La esperanza tiene un nombre que es Cristo que ha venido a decir al hombre que es un ser amado por Dios por sí mismo, que tiene un valor y una dignidad que ningún poder puede eliminar. Solamente Cristo revela al hombre lo que es el hombre porque conoce al hombre desde su origen. Y es la Iglesia la depositaria de la palabra de Cristo que anuncia la verdad del hombre a los demás hombres.

La esperanza del hombre no se encuentra en la ciencia o en la técnica. La verdadera esperanza se encuentra en el amor que Dios tiene al hombre. Esta es la buena noticia para todos los hombres: «Dios nos ha amado primero» (cf. 1 Jn 4, 10) y además nos ama hasta el final (cf. Jn 13,1)[16]. Solamente Cristo es capaz de devolver la esperanza al hombre porque nos dice que hay un futuro, una vida después de esta vida y que Dios está allí esperándonos.

«Tenemos que afirmar de modo rotundo que el hombre es más que el bien que está en condiciones de hacer: es hijo de Dios»[17].

Europa tiene que volver el rostro a Cristo para encontrar al hombre. Y este camino de vuelta se recorre a través de la naturaleza del hombre tal como Cristo la da a conocer, como ser creado, con cuerpo y alma, social, llamado al amor, capaz de entregarse a los demás. Este camino de vuelta supone aceptar que el hombre es de una determinada manera y que la vida pública de los hombres debe ser a la medida de los mismos. Es un camino hacia la verdad del hombre que tiene unos principios necesarios para el hombre, sin los cuales la existencia humana no puede ser cabal.

La protección de la vida en todo momento, el reconocimiento y promoción de la familia como una unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio y la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos son unos principios que no pertenecen al dogma de la fe, sino que están inscritos en la naturaleza humana y por tanto son comunes a todos los hombres y sin los cuales los hombres no podrán sobrevivir[18].

Felipe Pou Ampuero

[1] Card. Joseph Raztinger, Europa: sus fundamentos espirituales, Roma, 13 de mayo de 2004, www.zenit.org
[2] Juan Pablo II, Discurso, Castelgandolfo, 17 de agosto de 2003.
[3] Juan Pablo II, Discurso en el acto europeísta celebrado en la catedral de Santiago de Compostela. 9 de noviembre de 1982.
[4] George Weigel, Política sin Dios, Ediciones Cristiandad, S.A. Madrid, 2005, p.108.
[5] Cfr. Juan Pablo II, Memoria e identidad, Madrid, 2005, p. 178.
[6] Juan Pablo II, Discurso, Castelgandolfo, 20 de julio de 2003.
[7] George Weigel, Política sin Dios, Ediciones Cristiandad, S.A. Madrid, 2005, p.112.
[8] Pablo Blanco, La Europa de Ratzinger, Nuestro Tiempo, junio 2006, nº 624, p. 108.
[9] George Weigel, Política sin Dios, Ediciones Cristiandad, S.A. Madrid, 2005, p.171.
[10] Citado por George Weigel, op. Cit. p.58.
[11] Juan Pablo II, Discurso, Castelgandolfo, 13 de julio de 2003.
[12] Juan Pablo II, Exhortación apostólica La Iglesia en Europa, Vaticano, 28 de junio de 2003, n.9.
[13] Juan Pablo II, Exhortación apostólica La Iglesia en Europa, Vaticano, 28 de junio de 2003, n.8.
[14] Juan Pablo II, Discurso en el acto europeísta celebrado en la catedral de Santiago de Compostela. 9 de noviembre de 1982.
[15] Benedicto XVI, Discurso, Aosta, 25 de julio de 2005.
[16] Juan Pablo II, Exhortación apostólica La Iglesia en Europa, Vaticano, 28 de junio de 2003, n.84.
[17] Jacques Philippe, La libertad interior, Rialp, Madrid, 2005, p.150.
[18] Cfr. Benedicto XVI, Discurso, Vaticano, 29 de marzo de 2006.

miércoles, noviembre 01, 2006

19. Laico


Fecha: 1 de noviembre de 2006

TEMAS: Religión, Fe, Vida pública.

RESUMEN: 1. Laico quiere decir «uno del pueblo». Un laico es uno del pueblo de Dios que además y a la vez es uno del Estado de Derecho, un fiel de la Iglesia que además es un ciudadano.

2. La esencia de la democracia es que cada uno pueda proponer, no imponer, las ideas y planes que tenga por conveniente y que quien alcance la mayoría de apoyos consiga que su proposición salga adelante.

3. Si no aceptamos algo porque «huele a cristiano, aunque sea conveniente» quien sale perdiendo no son los cristianos, sino la sociedad democrática, cristianos y no cristianos. Y este planteamiento aparte de poco democrático y nada razonable es muy empobrecedor.

4. El laico en todo caso debe actuar como tal cristiano en coherencia con los principios morales y éticos de la Iglesia que son los de su fe. No faltarán ocasiones para profesar las propias creencias aunque más como una consecuencia del planteamiento personal de las cuestiones que como el origen de las mismas. Será la propia actuación del cristiano la que profesará su fe en la vida pública y si no es así podemos estar seguros de que algo importante no está funcionando como se esperaba.

5. Porque, a fin de cuentas, ser cristiano no es frecuentar tal o cual práctica, ni seguir una lista de mandamientos y deberes; ser cristiano es, ante todo, creer en Dios.

SUMARIO: 1. Uno del pueblo.- 2. La plaza pública.- 3. La profesión de la fe.- 4. Un lugar en la sociedad.

1. Uno del pueblo

La palabra laico viene del término griego laikós y éste a su vez viene de la palabra laos que quiere decir pueblo. De aquí se deriva que entonces laico quiere decir «uno del pueblo»[1]. En el lenguaje cristiano laico se aplica a quien pertenece al pueblo de Dios y, de manera especial, a quien por no tener funciones y ministerios vinculados al sacramento del Orden no forma parte del clero. Los clérigos son el Papa, los Obispos, los presbíteros y los diáconos.

Además hay que recordar a cierto número de religiosos o consagrados que emiten votos pero no reciben las órdenes sagradas y que deberían ser considerados laicos. Sin embargo, por su estado de consagración ocupan un lugar especial en la Iglesia y se distinguen de los demás laicos. De esta manera el Concilio consideró laicos a los que no son clérigos ni religiosos[2].

Laico en términos constitucionales se podría traducir como uno del Estado de Derecho, es decir, como «un ciudadano». Un sujeto de derechos y de deberes, un titular de libertades. Así nos encontramos con que un laico es uno del pueblo de Dios que además y a la vez es uno del Estado de Derecho, un fiel de la Iglesia que además es un ciudadano.

Pero ante esta dualidad del laico, que por otra parte es natural y espontánea, se plantea la cuestión de si el laico por ser fiel de la Iglesia tiene la libertad necesaria para actuar en la vida pública. Se piensa que ser cristiano supone abdicar de la esencial libertad de poder elegir entre distintas opciones posibles para participar en la vida pública.

Sin embargo, la libertad así entendida queda muy alejada del compromiso político que cualquiera reclama y considera esencial en quien se dedique a la vida pública. El cristiano tiene que actuar en la vida pública como a él personalmente le parezca que debe actuar. Esto a su vez significa que la actuación coherente del cristiano tiene que ser una cuestión de autenticidad personal y no tanto de confesión religiosa. Si un cristiano no defiende el aborto, no es porque la Iglesia se lo prohíba, sino porque el aborto es un crimen. La Iglesia puede ayudar al cristiano y enseñarle la verdad de las cosas, pero no puede imponer una actuación política de los cristianos.


2. La plaza pública

Y este hecho de comparecer el cristiano con los demás ciudadanos, que son sus iguales, en la plaza pública para exponer sus ideas y sus razonamientos no es nada anormal. Todo lo contrario. La proposición cristiana del bien común, de la educación y de la vida y las demás cuestiones que son fundamentales en la vida de todo hombre no es un proposición religiosa o confesional, —siéndolo—, sino que es ante todo una proposición democrática. Porque esto es la esencia de la democracia que cada uno pueda proponer, no imponer, las ideas y planes que tenga por conveniente y que quien alcance la mayoría de apoyos consiga que su proposición salga adelante.

La democracia es la búsqueda de la verdad por medio del consenso y la mayoría, pero no la abdicación de la verdad. Tampoco es la democracia una imposición autoritaria de ninguna idea o propuesta y menos una lucha de poder. En esta democracia tiene cabida el cristiano, y el no cristiano. Y el derecho del laico a comparecer en la plaza pública junto con los demás del pueblo para hablar de las cosas comunes como las entiende un cristiano es un derecho de lo más democrático del mundo.

Porque en el ámbito democrático no importa tanto el origen de las ideas como que las ideas sean buenas y ayuden a conseguir el bien común. Esto es lo importante. Si no aceptamos algo porque «huele a cristiano, aunque sea conveniente» quien sale perdiendo no son los cristianos, sino la sociedad democrática, cristianos y no cristianos. Y este planteamiento aparte de poco democrático y nada razonable es muy empobrecedor.

Con las buenas soluciones debemos estar siempre porque antes o después nos acercan a la verdad y en la verdad se encuentra el bien común y la justicia social que son las metas de la política y del sistema democrático.

Buscar estas metas y luchar por alcanzarlas no limita al ciudadano ni lo condiciona, ni le priva de su libertad, sino que lo libera realmente porque le permite ser más persona, más de lo que él mismo es y menos de lo que no es.

El cristiano tiene el mismo derecho que los demás ciudadanos a participar en la vida pública sin tener que renunciar a nada que los demás no renuncien. Porque la esencia de la vida pública es participar en la construcción del bien común y para eso hay que aportar, no hay que renunciar. Es uno más y sus propuestas pueden ser aceptadas o rechazadas, pero siempre sobre la base de la argumentación racional[3]. A fin de cuentas lo que es verdaderamente importante no es qué inspira a un ciudadano sus propuestas, sino que tales propuestas sean sólidas, eficaces y procuren un bienestar común y una mejora respecto de la situación anterior. Y esto es lo que hay que valorar.

La medida de toda política es la justicia. Pero la razón práctica no siempre tiene la lucidez necesaria para discernir la solución justa ante el deslumbramiento de los intereses particulares y el afán de poder. La Iglesia puede ayudar a purificar la razón de las interferencias del poder y los intereses, pero no es su misión actuar en las realidades temporales. Al laico como ciudadano del Estado sí le corresponde en primera persona esta actuación que consiste en configurar rectamente la vida social, respetando la legítima autonomía de las cosas temporales y cooperando con los demás ciudadanos[4].


3. La profesión de la fe

Y en toda esta actuación en la vida pública de los laicos surge la pregunta de si el laico está obligado a profesar su fe en el ámbito político[5]. Desde luego no cabe duda que una cosa es profesar públicamente su fe y otra que pueda actuar desoyendo a su conciencia y sin coherencia con su fe.

Empecemos por esto segundo. El laico en todo caso debe actuar como tal cristiano en coherencia con los principios morales y éticos de la Iglesia que son los de su fe. Lo contrario además de absurdo sería una burla y en fraude para sus conciudadanos quienes esperan que el cristiano actúe como tal y no como lo contrario a lo que es. Esta coherencia es la que se espera de cualquier ciudadano sea de la creencia que sea. Por tanto, el laico no puede prestar su apoyo a medidas que sean injustas o que vayan contra la doctrina de la Iglesia, ni aun cuando se pretendiera una finalidad deseable o buena puesto que nunca el fin puede justificar los medios ilícitos empleados.

Pero volviendo a la primera pregunta, la profesión pública de la fe, habrá que responder que a pesar de la importancia personal que puede tener, en sí mismo, es un dato secundario y más propio del cotilleo personal que de la acción pública. En la medida que al sistema democrático lo que le interesa son las proposiciones bien argumentadas que busquen y faciliten el bien común es indiferente que estas soluciones tengan la etiqueta de cristianas o no. Si son buenas nos tenemos que encontrar del mismo lado porque en el bien y en la verdad estaremos siempre juntos.

Sin embargo, seguro no faltarán ocasiones para profesar las propias creencias aunque más como una consecuencia del planteamiento personal de las cuestiones que como el origen de las mismas. El cristiano está llamado a plantear a la sociedad cuestiones fundamentales sobre el hombre y el bien común que la buena fe y el amor a la verdad presentan como irrenunciables. Tales son el respeto de la vida desde su concepción hasta su muerte natural; el renacimiento de la familia fundada en el matrimonio indisoluble de un hombre con una mujer; el derecho de los padres a educar a sus hijos; el derecho de cada hombre a expresar libremente su religión y creencias; el desarrollo de la economía al servicio del hombre y del bien común; la solidaridad de los hombres y de los pueblos; la paz de las naciones...

Será la propia actuación del cristiano la que profesará su fe en la vida pública y si no es así podemos estar seguros de que algo importante no está funcionando como se esperaba. El cristiano camuflado o mimetizado con la sociedad no será un auténtico cristiano.


4. Un lugar en la sociedad

Y a todos nos alcanza comprender que para ocupar cargos públicos hay que tener preparación y además oportunidad. Presidente sólo hay uno, diputados más y concejales algunos más, pero aún así se acaba pronto la lista de ocupaciones. No sé si podré tener esa oportunidad o no. Lo que sí sé es que hoy mismo sí puedo ser un buen ciudadano. Responsable de la cosa común. Que no deja el mundo donde vide fuera de su hogar, sino que lo hace pasar a su casa cada vez que entra en ella, para compartir con su mundo sus quehaceres, sus inquietudes, sus esperanzas. Comprometido para dar y seguir participando en la construcción de la casa de todos.

Y esto se hace cada día, en la escuela y en la fábrica, en la oficina y en el almacén, en la parada del autobús y en el ascensor, en el trabajo y en las vacaciones. Siempre tengo la ocasión de comprometerme en ser un buen cristiano que muestre a los demás que la vida es importante, que el hombre es digno y valioso, que los derechos humanos nos pertenecen por derecho propio, que Dios existe y adorarle nos ennoblece, que la violencia no soluciona los problemas, que perdonar es propio de los hombres...

Porque, a fin de cuentas, ser cristiano no es frecuentar tal o cual práctica, ni seguir una lista de mandamientos y deberes; ser cristiano es, ante todo, creer en Dios, esperarlo todo de Él y querer amarle a Él y al prójimo de todo corazón[6]. El objetivo de los laicos en su vida pública es la renovación moral de la sociedad, restaurar la adecuada jerarquía de valores donde el hombre esté por encima de las cosas, el ser por encima del tener y el amor por encima de la mera satisfacción.

Es preciso un cristiano a la altura de los tiempos modernos que vivimos, como siempre ha sido necesario un cristiano a la altura de su tiempo. El gobierno de las cosas temporales requiere más de principios morales que de acuerdos internacionales que todos dudan de su cumplimiento. «La suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar» (Gaudium et Spes, 31,3).



Felipe Pou Ampuero

[1] Juan Pablo II, Catequesis sobre los laicos, Audiencia general, 27 de octubre de 1993.
[2] Cfr. Lumen gentium, 31.
[3] Cesar Izquierdo, Libertad del cristiano en su acción social y política, Nuestro Tiempo, julio-agosto 2006, nº 625-626, p.99.
[4] Benedicto XVI, Enc. Dios es Amor, n.28.
[5] Cesar Izquierdo, op. Cit. P.107
[6] Jacques Philippe, La libertad interior, Patmos, Madrid, 2005, p.108.

domingo, octubre 01, 2006

18. Razonable

Fecha: 1 de octubre de 2006
TEMAS: Fe, Razón, Verdad.

RESUMEN: 1. La postura del hombre frente a la existencia de Dios se reduce a una disyuntiva: vivir como si Dios no existiera o, por el contrario, vivir como si Dios existiera.

2. Pero ¿alguna vez se nos ha ocurrido pensar que, en cualquier caso, sería bueno que Dios existiera? Lo mejor para el hombre y para la humanidad, lo más razonable es que Dios exista.

3. Parece que la existencia de Dios es más razonable que su inexistencia y para la vida del hombre sería más asequible y tranquilizador que Dios existiera. Sin embargo, no tenemos pruebas científicas de la existencia de Dios.

4. Cuando una madre hace lo imposible por un hijo, cuando un hombre ama a una mujer y siempre que un hombre pone empeño en conseguir algo es el espíritu el que vence a la materia y proclama que la persona es algo más materia.

5. La ciencia es capaz de conocer una parte de la realidad, la que puede llegar a comprobar, pero la ciencia humana no agota la realidad. Una cosa es que la ciencia actúe con métodos racionales y otra que la razón quede limitada por la ciencia, que no es así.

6. Que el hombre no sea capaz de entender las razones de Dios no significa que Dios no tenga razones o no tenga razón.

SUMARIO: 1. Como si Dios existiera.- 2. El espíritu.- 3. El sentido de las cosas.- 4. El método científico.- 5. La realidad.- 6. El Logos.

1. Como si Dios existiera

Ante la existencia de Dios cualquier hombre puede adoptar distintas posturas. Pero en resumen la postura del hombre frente a la existencia de Dios se reduce a una disyuntiva: vivir como si Dios no existiera o, por el contrario, vivir como si Dios existiera. La elección de una u otra postura depende de muchas razones. Para los que creen que Dios existe acaban concluyendo que creen por la fe. Con esta explicación dejan un poco atónitos a los que no tienen fe, porque parece que la existencia de Dios dependiera solamente de la fe personal.

Para los que opinan que Dios no existe manifiestan que la existencia de Dios no es verificable, no se puede comprobar científicamente y, por tanto, la cuestión sobre la existencia de Dios no pertenece al mundo de la realidad, sino al mundo subjetivo de la imaginación de cada uno. Allá cada cual con lo que quiera creer y pensar.

Pero ¿alguna vez se nos ha ocurrido pensar que, en cualquier caso, sería bueno que Dios existiera? Lo mejor para el hombre y para la humanidad, lo más razonable es que Dios exista. Cuando contemplamos la naturaleza y el mundo creado, el firmamento, y todo lo que existe y nos parece tan armonioso que cada cosa esté en su sitio y que haya un tiempo para cada cosa, todo eso nos lleva a pensar que existe un orden en la existencia de las cosas, que cada cosa creada tiene unas leyes dentro de sí que dicen cómo tiene que ser. Y existe una armonía en la creación que no sería posible si Alguien no lo hubiera hecho[1].

Si Dios no existiera todo sería consecuencia de un caos, de un desorden y de una casualidad. A la postre todo sería consecuencia de un absurdo sin sentido. Sería un despropósito que de lo anormal se derivara lo normal. Para ninguno de nosotros tiene sentido que de lo absurdo y sin sentido se pueda derivar lo razonable y el sentido de las cosas. Por pura casualidad no se hace un mundo.

Es verdad que no tengo la certeza científica de que el origen del universo sea obra de Dios, pero tampoco tengo certeza científica de que el origen del universo se deba a una casualidad. Y puestos a no poder comprobar ninguna de las dos tesis prefiero quedarme con la tesis más razonable que me dice que el mundo tiene un orden interno y unas leyes que lo rigen y hacen funcionar y que todo esto es obra de un Ser superior que lo ha creado y no de la pura casualidad.

2. El espíritu

Los hombres tenemos espíritu. No somos solamente materia —carne con ojos, que diría alguien—. El hombre no es una máquina, ni un robot. Aunque podríamos explicar que las potencias, la inteligencia, la voluntad, el temperamento, el carácter, el temple de cada uno y su estado de ánimo, al fin y al cabo, no son sino procesos químicos de sustancias que se unen en nuestro cerebro —que no deja ser una parte de nuestro cuerpo y materia es— y que provocan reacciones en el hombre. Sin embargo, el hombre es capaz de vencer a su propio cuerpo y a su propia materia, de ir contra su propia química, de vivir conforme a su voluntad y no conforme a su necesidad. Cuando una madre hace lo imposible por un hijo, cuando un hombre ama a una mujer y siempre que un hombre pone empeño en conseguir algo es el espíritu el que vence a la materia y proclama que la persona es algo más que materia.

Ese algo más que llamamos espíritu y que supera a la simple materia ¿de dónde viene? ¿cuál es su origen? Podemos pensar que está ahí sin más. Pero es más razonable pensar que tenemos espíritu por alguna causa que ha sido capaz de infundirnos el espíritu. De algún sitio procederá el espíritu ya que no procede de la materia, puesto que no es materia. Lo razonable es pensar que el espíritu procede de un Ser superior que nos dio el espíritu como participación de su propio espíritu. No lo tengo comprobado pero, en mi opinión, es más razonable pensar esto que su contrario.


3. El sentido de las cosas

El propio sentido de las cosas, de las maneras de actuar las personas, de los modos de comportarnos y de vivir en sociedad con los demás. Tenemos una noción de lo bueno y de lo malo. De lo que es comportarse con corrección y de lo que significa ser una mala persona. El sentido común nos dice que existe una manera de estar que es la adecuada. Que nos debemos comportar con sencillez, con veracidad, con valentía, ser sinceros y más cosas. El sentido común nos dice que es mejor ser de esta manera que de la contraria. Que los falsos, los malvados, los cobardes, los traidores no son buena compañía ni hacen bien a nadie. Y todo esto ¿por qué es así? ¿Será por pura causalidad o porque existe una referencia precisa de lo que está bien y de lo que está mal? Porque los hombres no podemos comportarnos de cualquier manera, sino tan solo de la manera acertada y el que no se comporta de la manera acertada se equivoca, no acierta y a la postre es un desgraciado y un infeliz en la vida. Puedo pensar que esto es así por pura casualidad o puedo pensar que existe el Bien, la Verdad, la Vida y el sentido de las cosas. Que todo esto sólo lo puede explicar Aquel de quien proviene el bien porque es el mismo Bien. Puedo pensar lo contrario, pero me parece más razonable pensar que existe un Ser superior que es la referencia de la vida, es el Absoluto, es el Ser por excelencia que da la medida a los demás que tan solo existimos participando del ser.


4. El método científico

Los científicos tienen unos métodos de investigación. Siguen unos procesos racionales por medio de los cuales avanzan en sus experimentos y pueden llegar a descubrir nuevas realidades que antes estaban allí pero nos eran desconocidas. No crean nada, pero lo descubren: amplían nuestro concepto de la realidad. Es el razonamiento humano que sigue los dictados de la lógica. De lo simple se llega a lo complejo, de lo sencillo a lo complicado, de la unidad a la pluralidad, de las premisas a las conclusiones, de la parte al todo. Las personas no somos seres absurdos o sin sentido, no somos seres que actúan por causalidades de la vida. No nos comportamos así. No sería lógico pensar que el mundo y la realidad que nos rodea y nos esforzamos en conocer razonadamente existan por causas no razonables. En tal caso los científicos estarían perdiendo el tiempo: ¿por qué buscar razones en la realidad cuando la realidad no obedecería a ninguna razón? Y, por cierto, qué miedo ¿no? Porque si todo fuera fruto de la casualidad qué sería de nosotros mañana.

El hombre desde que tiene noticia de sí mismo se realiza siempre la misma pregunta que es fundamental para cada uno: ¿quién soy? ¿para qué vivo? ¿cuál es el sentido de mi vida? Si Dios no existiera dónde estaría la verdad: ¿en la opinión de cada uno? Pero esto es tanto como declarar que no existe la verdad, sino la propia opinión. Lo que prevalecería sería la suma de las opiniones, es decir, la mayoría. Pero la mayoría que se pudiera defender frente a la opinión solitaria pero más poderosa.

Frente al estado totalitario la mayoría de la población oprimida opina que el opresor debe desaparecer, pero el opresor no reconoce esa opinión mayoritaria como verdadera. Además la mayoría por sí misma no es más razonable. Si el ochenta por ciento de un parlamento vota que somos extraterrestres no tengo por qué estar de acuerdo con tal decisión por muy mayoritaria que sea.

Mi vida no vale nada si depende de la opinión de los demás, de la mayoría o del poderoso. Porque entonces mi vida deja ser valiosa para convertirse en sólo útil o provechosa para la mayoría o el opresor. No. Mi vida vale por sí misma y esto es así porque existe la Verdad y esa verdad dice que mi vida es valiosa y no simplemente útil. Y esto sólo puede ocurrir, razonablemente, si existe un Ser superior que dice lo que está bien y lo que está mal, lo que es verdadero y lo que es falso.


5. La realidad

Parece que la existencia de Dios es más razonable que su inexistencia y para la vida del hombre sería más asequible y tranquilizador que Dios existiera. Sin embargo, no tenemos pruebas científicas de la existencia de Dios. Tenemos testimonios y declaraciones de otras personas, que han visto, que han oído, que han sentido… Pero la existencia de Dios es una realidad que no se puede comprobar científicamente. No podemos demostrar que Dios existe porque la existencia de Dios no es verificable por procedimientos humanos.

Para algunos esto es suficiente para concluir que si Dios no es demostrable Dios no existe. Dicen esto porque presuponen que la realidad está delimitada por aquello que podamos comprobar con métodos experimentales. Como si todo lo que no se pudiera comprobar no existiera.

Las cosas no son así. La realidad es superior a la ciencia, más amplia y más rica. La ciencia es capaz de conocer una parte de la realidad, la que puede llegar a comprobar, pero la ciencia humana no agota la realidad. Esto es una pretensión cientifista, que no es lo mismo que científica. Por otra parte, la razón y lo racional no queda limitado por la ciencia, como si solo fuera racional aquello que la ciencia experimental ha podido comprobar y certificar. Una cosa es que la ciencia actúe con métodos racionales y otra que la razón quede limitada por la ciencia, que no es así.

La razón es superior a la ciencia. La pregunta del por qué del hombre y la razón de su existencia no la puede contestar la ciencia experimental y, sin embargo, la contestación a estas preguntas no pueden ser sino racionales porque el hombre como tal es un ser racional por esencia. Es verdad. Si no sé la fórmula del ácido acetilsalicílico no me importa mucho y puedo pasar sin saberlo la vida entera. Pero si no sé qué pinto en la vida y qué hacer con mi vida tengo un problema serio.

La persona no es un mono con raciocinio. Es distinto. Es otra cosa. Es persona. La razón es esencial a la persona. Y hasta aquí vemos que es más razonable que Dios exista. Si ese Dios al que descubrimos como razonable ha creado un mundo razonable también sería razonable pensar que el Ser superior que ha causado todo esto es un Ser razonable, con razón, racional. Dios no es un ser caprichoso, juguetón, de voluntad modificable y ligera. No es razonable pensar eso de Dios. Es más razonable pensar que Dios es razonable, más aún, pensar que Dios es la misma Razón, el «Logos». Y por ser la Razón sus obras son razonables.


6. El Logos

Pero la razón de Dios no es la razón del hombre. Ni tampoco es lógico pensar que la razón del hombre, que es inferior, puede comprender la razón de Dios que es superior. Esto sería tanto como querer introducir el mar dentro de un vaso de agua. Lo mayor no puede caber dentro de lo menor. Y el que el hombre no sea capaz de entender las razones de Dios no significa que Dios no tenga razones o no tenga razón.

Es más razonable pensar que puesto que el hombre no puede comprender del todo a Dios es el mismo Dios quien se acerque a la razón del hombre y le descubra verdades que con la razón humana el hombre nunca podría descubrir.

Si resulta que lo razonable es que Dios exista y además también es razonable que de existir Dios exista como Razón, la Palabra de Dios es buena y nos conviene porque, ante todo, es razonable. No es solamente conveniente o favorable sino razonable. Y siendo razonable de quien es la Razón tendremos que concluir que la Palabra de Dios es necesaria para el hombre porque le muestra el camino de su felicidad y el sentido de su vida. ¡Atención! No un posible sentido de su vida entre otros muchos, sino precisamente el verdadero sentido de su vida, no comparable con ningún otro sentido.

Ante los dictados de la moral y de la ética, el hombre moderno se muestra receloso porque piensa que tales normas coartan y limitan su libertad. Le oprimen y no le dejan ser él mismo. Por tanto, concluye el hombre moderno, es necesario liberarse de las ataduras y suprimir la esclavitud de la norma moral. Nada más erróneo.

Las normas morales no son un límite de la expresión humana. Al contrario, son el único medio adecuado para la expresión humana. Por medio de la moral y de la ética basada en la verdad de Dios el hombre se encuentra consigo mismo y es capaz de ser verdaderamente hombre y no sólo animal o solo materia o solo un absurdo. «Si Dios no existe, todo me está permitido» repetía el ateo de Iván Karamazov, y no le faltaba razón.

Quién es más humano, pregunto, Teresa de Calcuta o Atila, por poner dos ejemplos. Los dos eran personas humanas, desde luego. Pero no han representado la humanidad de la misma manera, ni nos identificamos con ellos en la misma medida. Con quién me identifico mejor con el vecino amable y servicial o con el que miente, engaña y extorsiona a cuantos se encuentra en su camino.

¿Entonces creer que Dios existe es una cuestión racional? Bien sabemos que no. Si fuera así la cuestión se habría resuelto hace mucho tiempo. «El problema estriba en si el mundo proviene de lo irracional —y si la razón no es más que un subproducto, quizá incluso dañino, de su desarrollo— o si el mundo proviene de la razón y es consiguientemente su criterio y su meta»[2].

Ante lo que el hombre no llega a comprender debe suplir su incapacidad con un voto de confianza en lo más razonable. Porque la razón humana tampoco es fruto de la casualidad, sino imagen de la Razón creadora. El hombre sí puede comprender que la fe en Dios no es humana. El hombre siempre estará limitado por sí mismo y no será capaz de conocer más de lo que su inteligencia y su razón le permitan conocer.

La fe es un don divino y como tal excede a la razón del hombre. Sin embargo, la razón del hombre puede ir recogiendo las pistas razonables de la vida y de la naturaleza que le llevarán al don de la fe. «La alegría que Mozart nos regala, y que yo siento de nuevo en cada encuentro con él, no se basa en dejar fuera una parte de la realidad, sino que es expresión de una percepción más elevada del todo, que yo solo puedo caracterizar como una inspiración, de la que parecen fluir sus composiciones como si fueran evidentes»[3].


Felipe Pou Ampuero

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, n.3.
[2] Card. Joseph Ratzinger, Europa en la crisis de las culturas, Subiaco, 1 de abril de 2005.
[3] Benedicto XVI, Mi Mozart, www.alfayomega.es

domingo, julio 02, 2006

17. Los derechos


Fecha: 2 de julio de 2006

Temas: Derechos, vida, solidaridad.

RESUMEN: 1. Los derechos de los hombres no son una invención del siglo pasado son, más bien, un descubrimiento del siglo pasado, como se descubrió el nuevo continente que estaba allí desde siempre pero no lo sabíamos.

2. Los hombres tenemos muchos derechos, pero el primero de todos los derechos de los hombres es el derecho a la vida, a la propia vida y a la vida de todos los demás.

3. No solo la propia vida es un don, también el resto de los derechos de los hombres son una donación que se concede a los hombres para proteger el valor de cada hombre.

4. La dignidad del hombre es un acto de amor que supera lo justo y lo debido hasta alcanzar lo querido, lo amado y la misericordia.

5. El amor a la vida no permite negar ninguna vida. Mi derecho a la vida no puede servir para negar la vida de nadie, ni la defensa de mi propia vida justifica la negación de ninguna otra vida. El derecho a la vida es un acto de amor donde todos estamos unidos y nadie puede quedar excluido.

SUMARIO: 1. Los derechos de los hombres.— 2. El primer derecho es un don.—3. Un acto de amor.— 4. Contra el abuso.

1. Los derechos de los hombres

Recién acaba la Segunda Guerra Mundial el hombre experimentó una de las más grandes humillaciones de la historia cuando entró en los campos de concentración nazis donde todavía las cenizas de los hornos crematorios cubrían el suelo de gris...[1]. La comunidad de las naciones se apresuró a aprobar una Declaración Universal de los Derechos Humanos en cuyo preámbulo se puede leer que «el desconocimiento de los derechos humanos ha originado actos de barbarie ultrajantes».

El pasado siglo XX nos «descubrió» los derechos humanos que, si se me permite, prefiero llamar los derechos de cada hombre o los derechos de los hombres. Porque lo que existe, los que existimos, somos los hombres, todos y cada uno de los hombres y mujeres, los reales, aquellos con los que nos cruzamos por la calle cada día. A veces, parece que cuando se habla de los derechos humanos nos estamos refiriendo a los derechos de «los humanos» como si fueran alguien distinto de nuestros vecinos, de nuestros colegas, amigos, parientes, etc. Los humanos no existen, existen Juan, Pepe, María, Alberto, Inés...

Los derechos humanos son derechos de cada hombre porque le pertenecen a cada uno no por concesión o atribución generosa del mandatario de turno o de la mismísima comunidad de naciones que se reúne en no sé donde y deciden , en un acto de generosidad, conceder la ciudadanía a los humanos que hasta entonces estaban esclavizados por el poder. Pues no. Los derechos de los hombres son derechos originales, propios, implícitos en la condición humana, son la marca de origen, el contraste con el que nacemos y en este sentido los derechos de los hombres no son derechos concedidos por nadie, sino que deben ser —tienen la obligación de ser— reconocidos por todos los hombres, incluso por los poderosos, hombres también, que detentan cualquier tipo de poder [2].

Los derechos de los hombres no son una invención del siglo pasado son, más bien, un descubrimiento del siglo pasado, como se descubrió el nuevo continente que estaba allí desde siempre pero no lo sabíamos. Y ¿por qué los hombres tenemos derechos? Y ¿por qué los tenemos por nacimiento y de origen? Los derechos de los hombres no tienen su fundamento en la categoría moral, los méritos, las propias virtudes, el prestigio social o cualquier otra consideración que se pueda pensar. El único fundamento de los derechos es la dignidad del hombre, la dignidad de cada hombre y de cada mujer. Cada uno somos dignos, que es tanto como decir, que cada uno somos valiosos, tenemos un valor único, infinito y este valor nos hace titulares de unos derechos que son propios, autónomos y originales. Porque como decía Kant en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres: «Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por lo tanto, no admite nada equivalente, eso tiene dignidad»[3].

Y ¿por qué somos dignos y valiosos? Pues porque llevamos en nuestro corazón una semilla de eternidad que no es otra cosa que la «imagen y semejanza del Creador». Somos valiosos porque somos algo más que simples hombres, algo más que seres animados, que seres racionales. Todo esto es mucho y, a la vez, dice muy poco. Porque los hombres somos, ante todo, «hijos de la promesa», seres queridos por Dios uno a uno, así cada uno hasta el fin. No cabe el peso, ni la medida, ni la cantidad, sólo cabe la unidad de cada uno, somos únicos porque somos eternos y por esto somos seres valiosos y dignos, más valiosos que el resto de los seres creados.

Según las épocas y las corrientes de pensamiento se ha podido hacer más hincapié en unos derechos o en otros y sería difícil enumerar una lista de los derechos de los hombres. Podemos ser más exactos si los definimos por su finalidad: son derechos de los hombres todos los necesarios para respetar la dignidad personal de cada hombre. Los hombres tenemos derecho de origen a fundar una familia, a educar a nuestros hijos, a reunirnos y asociarnos, a expresar nuestras ideas, a vivir y manifestar nuestras creencias y fe, a tener un trabajo digno y un salario justo, a albergar la esperanza de un futuro pacífico y sosegado, a un descanso merecido...

Los hombres tenemos muchos derechos, pero el primero de todos los derechos de los hombres es el derecho a la vida, a la propia vida y a la vida de todos los demás[4]. El derecho a la vida es derecho de origen, los hombres no podemos dar ni quitar este derecho a los demás, como tampoco podemos conceder derechos a los demás hombres, no es lícito negar los derechos humanos a los hombres. Cabalmente los hombres solo podemos reconocer el derecho a la vida de los demás y, al menos, no impedir que este derecho no pueda ser ejercido por su titular.

Sin el derecho a la vida carecen de sentido los demás derechos. En el cementerio nadie reclama sus derechos. Ningún muerto se preocupa de su libertad de expresión. Los derechos precisan de la vida para existir y para poder ser ejercidos, para servir a la finalidad por la que fueron concedidos. Los derechos de los hombres hablan de la vida de los hombres y son el mayor portavoz de la vida humana. Tan es así que siempre que se defiende algún derecho se está defendiendo la vida que es necesaria para ejercer este derecho.

Por esto se delata la falsedad de quien pretende defender todos los derechos humanos sin defender el primero y necesario de los derechos que permite que todos los demás existan. Sin vida no existen derechos.


2. El primer derecho es un don

Y ¡oh sorpresa! El primero de los derechos de los hombres, el derecho a la vida no es un derecho es un don. La vida no es propia, no es propiedad del titular. Los derechos de los hombres —y la propia vida es el primer derecho— no son derechos de poder, de fuerza, de atribución. Son derechos de dignidad, de respeto, de valor propio. No tengo derecho a la vida porque mi vida sea importante, porque sea político, o inteligente, o superdotado o porque sea muy rico y mi vida valga mucho. Pues no.

Los derechos de los hombres no son derechos merecidos y, por tanto, no son derechos propios de cada uno a la manera como se pueden entender el derecho de propiedad sobre mi casa o sobre mi bicicleta. Mi vida tiene un valor no por mí, sino por quien me la ha concedido, y el resto de todos mis derechos tienen un valor no porque yo sea una persona muy interesante, sino porque soy imagen del Creador.

No solo la propia vida es un don, también el resto de los derechos de los hombres son una donación que se concede a los hombres para proteger el valor de cada hombre. No son derechos de propietario. Una de las facultades que integran el derecho de propiedad es el llamado poder de disposición por el cual el propietario puede disponer libremente y a su voluntad del objeto sobre el recae su derecho. Así yo puedo regalar mi bicicleta y quedarme sin ella. No funcionan así los derechos de los hombres.

No podemos ejercer los derechos de los hombres como si fueran derechos de propiedad sobre las cosas que nos rodean. Entre otras consideraciones porque si dispongo de mi casa siempre puedo conseguir otra, o vivir de alquiler o en casa de mis parientes. Si dispongo de mi vida no tengo otra más, porque mi vida soy yo mismo y al disponer de mi vida estoy disponiendo de mí mismo.

Mi derecho a la vida no es igual que mi derecho sobre mi bicicleta. El derecho a educar a los propios hijos no es el alquiler de la vivienda, la libertad religiosa no es como el pago de los impuestos. Debemos tener presente que los derechos de los hombres tienen que ser ejercidos como lo que son, como un don, una concesión, un regalo, no como algo propio, sino como algo prestado y concedido que debemos conservar. Tenemos la obligación —así como suena, obligación— de conservar nuestra dignidad personal, de mantenerla y de defenderla de nuestros propios caprichos, en primer lugar, y de las injerencias de los poderosos después.

Los derechos de los hombres no son renunciables porque no son propios, no nos pertenecen. Se nos ha dado su ejercicio con una finalidad muy concreta, no para que nos apropiemos de ellos. Y el que se apropia de lo ajeno está hurtando. Los derechos de los hombres no son ciertamente de los hombres aunque corresponde a los hombres su disfrute y su ejercicio. Porque la vida no es algo que simplemente se tiene, sino algo que se es[5].


3. Un acto de amor

Si los derechos de los hombres son un don, una concesión gratuita, nos podemos preguntar por qué esto es así, por qué funcionan así los derechos de los hombres. El hombre es un ser creado. Pero el hombre no es un ser necesario para Dios. Dios no nos creó porque le «faltara algo» o se sintiera muy solo. Un Dios que es realmente Dios no puede ser incompleto o necesitado, luego nuestra existencia debe tener otra explicación.

Si Dios no necesita al hombre ¿por qué creó al hombre? Sólo cabe una respuesta segura. Dios crea al hombre por amor al hombre y además crea libre al hombre para que le pueda amar libremente. El hombre es un acto de amor de Dios y la dignidad del hombre es verdadera imagen del amor de Dios: tal como Dios ama al hombre es el hombre de digno.

El ejercicio de los derechos de los hombres no puede quedar reducido a la simple contabilidad jurídica del toma y daca. Yo te doy un precio y tu me das una cosa. Te pago el alquiler y me dejas vivir en tu casa. Me temo que no funciona así el ejercicio de los derechos de los hombres. La dignidad del hombre sólo puede ser entendida en las coordenadas del amor y, por tanto, supera con creces las medidas de lo justo, de lo debido, de lo que a cada uno corresponde.

La dignidad personal no es lo correspondiente a cada uno, lo justo, lo propio. Por lo menos no lo es en el sentido de justicia sobre las cosas materiales, el coche, la casa, el patrimonio. La dignidad del hombre es un acto de amor que supera lo justo y lo debido hasta alcanzar lo querido, lo amado y la misericordia. Porque la misericordia supera la justicia pero, todavía más, la misericordia explica la justicia porque no existe una justicia que se limite a ser solo justa. La verdadera justicia debe ser misericordiosa. «El hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor»[6].

El ejercicio de los derechos no puede limitarse a ser solamente justo, sino que debe ser un acto de amor, algo más de lo debido, para empezar a ser precisamente lo querido, lo deseado, lo amado.


4. Contra el abuso

El amor no excluye, sino que une. Cuando se ama, se quiere, se pretende la unión con el ser amado. Cuando se ama no se rechaza o se anula o se ignora al ser amado. Eso no es amar. El derecho a la vida ejercido con amor y no solo con justicia es un derecho a todas las vidas, a las incipientes y a las terminales, a las fuertes y a las débiles, a las importantes y a las ignoradas, a las necesarias y a las desconocidas.

El amor a la vida no permite negar ninguna vida. Mi derecho a la vida no puede servir para negar la vida de nadie, ni la defensa de mi propia vida justifica la negación de ninguna otra vida. El derecho a la vida es un acto de amor donde todos estamos unidos y nadie puede quedar excluido.

Los hombres no podemos realizar un uso exclusivo o abusivo de nuestros derechos porque no se nos han concedido para ejercerlos de cualquier manera o la manera que nos pueda parecer más conveniente. Los derechos de los hombres que son hijos del Amor solo pueden ser ejercidos con amor, con misericordia y muy por encima de la simple justicia.

No podemos ampararnos en nuestro derecho a la vida cuando se mueren de hambre tantos millones de personas cada año. No podemos defender nuestro derecho a la educación cuando el subdesarrollo sigue paseándose por el mundo. No podemos defender nuestros derechos cuando tantos hombres no los tienen. El ejercicio de los derechos es solidario por definición. Yo no ejerzo mis derechos solo para mí, sino para todos los hombres que en este acto se concretan en mí.

No pido revolución, pero sí pido ocupación. Algo podemos hacer. Algo es más que nada y mucho menos que todo. Pero soy consciente de mi poquedad. No puedo mucho, casi nada, pero lo que puedo lo hago.

¿Qué puedo hacer por los derechos de los hombres en el mundo de hoy? Puedo ayudar con mi dinero para promover escuelas, dispensarios, bancos de alimentos, hospitales, ayudas a familias. Allí lejos y aquí cerca, sí también aquí cerca es necesario hacer algo por los derechos de los hombres.

Puedo ayudar con mi voz, con mi presencia, con mi trabajo, con mis ideas, con mi inteligencia. Puedo pensar, proponer soluciones, provocar reuniones, mostrar preocupaciones. Tanto en lo material como en lo espiritual, sobre todo en lo espiritual. No caemos en la cuenta que —al menos de hecho— actuamos como si solo de pan viviera el hombre y sólo nos preocupamos de las necesidades materiales. Estamos equivocados. «No sólo de pan vive el hombre» (Lc 4,4) y el verdadero bien de los hombres es reconocer el camino correcto en su vida. Acertar a saber vivir. Y en esto, las exigencias morales son humanas y, por tanto, necesarias para la vida cabal de todos los hombres.

Para ayudar a los derechos de los hombres, además de lo anterior, lo mejor que puedo hacer es amar a todos los hombres. «Las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad no son valores confesionales, pues tales exigencias están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural»[7].


Felipe Pou Ampuero

[1] Nieves García, Fundamentar lo evidente, www.mujernueva.org
[2] Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 156.
[3] Nieves García, op.cit.
[4] Juan Pablo II, Enc. Evangelium vitae, n. 2
[5] Eduardo Terrasa, Posibles desencuentros entre yo y mi cuerpo, Nuestro Tiempo, noviembre 2005, nº 617, p. 82.
[6] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, 25 de diciembre de 2005, n. 29.
[7] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre el compromiso y conducta de los católicos en la vida política. Vaticano, 24 de noviembre de 2002.

domingo, junio 04, 2006

16. Felicidad

Fecha: 2 de junio de 2006

TEMAS: Felicidad, Vida, Dinero.

RESUMEN: 1. Aunque en el último medio siglo los hombres hemos doblado nuestros ingresos económicos, todas las encuestas muestran que no somos más felices que nuestros abuelos.

2. Muchos piensan que la felicidad se encuentra en las cosas o en los placeres o en otro lugar, como si la felicidad fuera una cosa o un objeto o una categoría que se tiene o no se tiene.

3. La felicidad no es algo que se tiene enseguida, ni mucho menos de modo improvisado o casual, así, a la vuelta de la esquina y sin habérselo trabajado. Por el contrario, la felicidad se alcanza tras un largo esfuerzo sobre nosotros mismos.

4. Según las encuestas las personas que se ocupan de otros son más felices que las que sólo se ocupan de sí mismas. Las mismas encuestas señalan que no es el dinero, sino el matrimonio lo que proporciona mayor felicidad a las personas.

5. Nuestra vida es demasiado importante como para ser vivida de una manera ligera y frívola. Exige ser vivida con hondura, con reflexión, con coherencia. La felicidad se vive, se ejercita, se practica por el hombre que vive su vida de la mejor manera posible.

6. Para ser feliz no se trata de tener algo, sino que, más bien, se trata de aprender a ser alguien, parece que debemos aprender a vivir. Porque todos vivimos, pero no sabemos vivir por el solo hecho de haber nacido. La vida es un oficio que debemos aprender, debemos aprender a ser felices.

SUMARIO: 1. Lo que todos quieren.— 2. ¡Es posible ser feliz!.— 3. El sí y el no de la felicidad.— 4. Un estilo de vida.— 5. Donde se encuentra la felicidad.

1. Lo que todos quieren

Según estudios recientes[1] aunque en el último medio siglo los hombres hemos doblado nuestros ingresos económicos, todas las encuestas muestran que no somos más felices que nuestros abuelos. En última instancia lo que todos queremos no es competir a toda costa, sino ser felices, disfrutar de la vida. Las mismas encuestas dicen que las personas que centran su vida en el placer o en el egoísmo acaban por aburrirse de cada uno de los sucesivos niveles que van alcanzando en cada objetivo conseguido. Lo mismo se puede decir con las personas que piensan que la felicidad se encuentra en la comodidad y huyen despavoridamente de realizar cualquier esfuerzo.

Muchos piensan que la felicidad se encuentra en las cosas o en los placeres o en otro lugar, como si la felicidad fuera una cosa o un objeto o una categoría que se tiene o no se tiene. Y si no se tiene se afanan en buscarla como si fueran las llaves del coche... ¿Dónde están las llaves? Y uno anda buscando las llaves por toda la casa hasta que las encuentra. Me temo que no es así, La felicidad no es como las llaves que está por ahí perdida y hay que encontrarla para ser feliz.

El dinero, por ejemplo, no asegura la felicidad. Ricos y tristes hay unos cuantos, ricos y solos también. También hay ricos y felices, porque no es nada malo tener dinero, siempre que se haya conseguido honradamente y no se encuentre uno atado al dinero. El dinero —como es evidente— sólo proporciona los bienes que se pueden comprar y están en el mercado. Desde luego que el dinero, por sí solo, no compra la paz del alma, ni enseña a saber disfrutar de la naturaleza, ni la fuerza de la amistad[2].

Sin embargo, el hombre es animal (racional) que recae en los mismos problemas. No nos sirve la experiencia ajena para aprender y muchos hombres sensatos pero demasiado prácticos acaban creyendo que lo único provechoso que pueden hacer con su vida es dedicarse a ganar dinero, cuanto más mejor, y se entiende que actuando honestamente. Pero viven como si el dinero fuera lo único importante que existe olvidando otras muchas cosas que también son importantes y, a veces, más importantes que ganar dinero.

A muchos se les podría poner en su epitafio «Fue un buen hombre, pero sólo se dedicó a ganar dinero...» Y realmente, muchos padres de familia han invertido su vida en ganar dinero para sus familias pensando que era su obligación y lo mejor que les podían dar a sus hijos y, sin embargo, la familia ha estado deseando poder disfrutar de ese padre que no han visto porque estaba dedicándose a asegurarles un porvenir.

El dinero no compra la felicidad, sencillamente porque la felicidad no se puede comprar, como no se puede comprar la alegría, la amistad, el cariño, la satisfacción, la belleza, el esplendor y tantas y tantas cosas que no son materiales y que, sin embargo, son tan necesarias a los hombres como el mismo alimento.

Al mismo tiempo, y siguiendo los resultados de las encuestas se puede apreciar que las personas felices no son todas ricas, pero algunas sí; no son todas artistas, pero algunas sí; no tienen todas la vida resuelta, pero algunas sí. Lo que sí tienen en común las personas felices es que tienen vida interior, profundidad, reflexión, apreciación de los sucesos y los detalles de su vida, que saben mirar lo que les sucede, tienen reposo. Son personas que «saben vivir». Parece que tienen en común un determinado talante a la hora de plantearse su propia vida y lo que les pasa.


2. ¡Es posible ser feliz!

Claro que es posible ser feliz aunque no se tenga toda la riqueza del mundo, ni todo el bienestar, ni la salud asegurada de por vida. Porque la felicidad no consiste en nada de eso. Sin embargo, en nuestra sociedad de consumo y de comida rápida, estamos acostumbrados a la rapidez de resultados y la felicidad no es algo que se tiene enseguida, ni mucho menos de modo improvisado o casual, así, a la vuelta de la esquina y sin habérselo trabajado. Por el contrario, la felicidad se alcanza tras un largo esfuerzo sobre nosotros mismos[3].

Y es que cualquier vida es difícil de gobernar si no existe un constante y diario esfuerzo por estar conectado a la realidad. Lo bueno es ser real, no ser imaginario o fantástico. Y para ser real hay que empezar por uno mismo, por conocerse mejor; como en realidad somos. Las personas tenemos cabeza y corazón, razón y sentimientos. Tenemos una gran capacidad afectiva y somos capaces de amar mucho y esto no es nada malo pero, a veces, los sentimientos nos juegan malas pasadas si no los sabemos controlar o entender y nos desfiguran la realidad de las cosas y hasta podemos llegar a pensar que se acaba el mundo porque hemos tenido un revés amoroso.

La razón nos distingue de los animales y nos hace superiores a todo lo creado, pero el puro racionalismo que se enseñorea falsamente nos engaña y nos hace pensar que somos «dioses» cuando en realidad somos de lo más «normalito». La voluntad nos permite forjarnos metas y pelear por ellas y conseguirlas o no, pero ayuda a formar una vida. Sin embargo, el simple voluntarismo nos puede llevar a situaciones ridículas, propias de comedia, de un quiero y no puedo.

No se trata de evitar el corazón por miedo al sentimentalismo, ni de evitar la razón por miedo al racionalismo, ni de evitar la voluntad por miedo al fracaso. Se trata más bien de reconciliar cabeza y corazón, se trata de ser personas íntegras, enteras y con los pies en la tierra. Para esto es necesario repasar la hoja de ruta que diría un navegante. Hay que ir en la propia vida comprobando que vamos por el sitio adecuado, es decir, que vivimos como pensamos, que somos coherentes, que comprendemos nuestra vida y para todo esto es imprescindible dedicar un tiempo a reflexionar sobre nuestra vida.

Y esto necesita tiempo, mucho tiempo, y un esfuerzo continuado. Desde luego, la felicidad no se encuentra en una solución rápida y milagrosa a nuestros problemas, porque eso, en el mejor de los casos, lo que arreglará son esos problemas concretos, pero no nuestra vida. No podemos olvidar que hay muchas personas con los problemas resueltos que no son felices ¿por qué?: porque ser feliz no es equivalente a no tener problemas.


3. El sí y el no de la felicidad

Después de tantas encuestas y test de inteligencia se puede comprobar que tampoco está la felicidad en la inteligencia. Las personas con altos coeficientes de inteligencia y muy capaces para lograr grandes éxitos profesionales algunas veces (no siempre) son verdaderos fracasados en su vida personal. Incapaces de amar y de mantener una relación estable, inmaduros, caprichosos, superficiales, infieles a la palabra dada, sin amigos...

Personas con una alto coeficiente intelectual pero con escasas aptitudes emocionales se manejan en la vida mucho peor que otras que tienen un modesto coeficiente pero que han sabido desarrollar mejor otras aptitudes que les hacen más válidos para su propia vida[4]. Es necesario saber sumar y restar sí, pero también en necesario preocuparse de otras capacidades que tienen una importancia decisiva en la vida: las relativas a la educación de los sentimientos que comprenden habilidades tales como el conocimiento propio, el autocontrol, el equilibrio emocional, la capacidad de motivarse, el talento social, el optimismo, la constancia, la capacidad de reconocer y comprender los sentimientos de los demás, etc.

Una persona educada emocionalmente suele sentirse más satisfecha, es más eficaz y está en situación de hacer rendir más su talento natural. Y la educación exige esfuerzo, es un ensayar y corregir y volver a ensayar y volver a corregir y así toda la vida. Bien se puede decir lo que dijo Millán Puelles que cuando uno se considera consumado es cuando está consumido. Todas las personas estamos en construcción durante toda la vida. Es lo que nos toca. Además, la vida humana es un sistema natural. Se hace el esfuerzo y el proceso sigue su curso. Aunque puedan sobrevenir imprevistos, lo normal es que se coseche de lo que se siembra.

Hoy comienza a comprenderse que los que han tenido una vida fácil no son capaces de comprender la vida en toda su hondura. La vida regalada de muchos de los jóvenes actuales criados en la abundancia y la experiencia de estos mismos jóvenes que se sienten incapaces para asumir compromisos duraderos, para trabajar en equipo, para compartir tareas nos lleva a admitir que no se les ha educado emocionalmente.

Nos hemos olvidado de las virtudes, algunas tan básicas como la generosidad, el espíritu de sacrificio, la paciencia, la templanza, la austeridad, la fortaleza. Y precisamente todos podemos observar que es en el ámbito de las familias numerosas donde mejor se pueden cultivar, enseñar y aprender estas virtudes. Porque en un familia numerosa uno nace y no tiene todo asegurado, ni siquiera el baño por las mañanas, ni el sitio de lectura... De la necesidad se hace virtud y se aprende a ceder cediendo, a dar dando, a compartir compartiendo. No es una teoría es una realidad, una realidad que se ve en los padres, en primer lugar, luego en los hermanos y en todos los que conviven en un mismo hogar.

Y siguiendo con las encuestas, nos volvemos a encontrar que las personas formadas y nacidas en familias numerosas o que dan más importancia al hogar son personas más responsables, comprometidas, maduras, capaces de convivir con los demás, que ceden, que se sobreponen a los estados de ánimo del lunes o del jueves.


4. Un estilo de vida

Según las encuestas las personas que se ocupan de otros son más felices que las que sólo se ocupan de sí mismas. Las mismas encuestas señalan que no es el dinero, sino el matrimonio lo que proporciona mayor felicidad a las personas. No lo digo yo, lo decimos todos en las encuestas que nos hacen. También dicen las encuestas que las personas que se reconocen a sí mismas como más desgraciadas son los divorciados que padecen una experiencia de fracaso matrimonial que se extiende a una sensación de fracaso vital[5].

Y es que nuestra vida es demasiado importante como para ser vivida de una manera ligera y frívola. Exige ser vivida con hondura, con reflexión, con coherencia. Hay elecciones en la propia vida que son fundamentales y la dispersión y la renuncia a lo que pensamos que debíamos hacer pero no nos atrevemos a poner en práctica termina por afectar la propia existencia.

En comparación con la situación de hace veinte años, la tasa de suicidios entre personas mayores de 65 años ha disminuido considerablemente. En cambio, entre jóvenes de edades entre 15 y 24 años la tasa de suicidios ha permanecido estable en torno al 10 por 100.000 personas lo que hace pensar que la angustia vital de las nuevas generaciones no depende de una mejora económica[6].

Estos indicadores y otros parecidos hacen pensar que la felicidad no está en las cosas sino en las personas. El dinero no es feliz, ni da la felicidad. Pero hay personas felices y otras infelices. Todo parece indicar que la felicidad se encuentra más bien en un estilo de vida que integra a la persona con el mundo que le rodea, el que le haya tocado en suerte vivir a cada uno.

Ser rico no es moralmente malo. Ser rico significa tener muchos medios y, por tanto, mucha libertad para hacer el bien. Es un talento y una responsabilidad el destino concreto que se dé al dinero de que se dispone, porque el dinero es sólo eso, un medio.

La inteligencia y la brillantez profesional son cualidades buenas y medios formidables de hacer el bien y de ayuda a los demás. Pero el afán de éxito profesional y la excesiva competencia se convierten en fuente de envidia e insatisfacción que hacen que no nos conformemos con ser buenos profesionales mientras no seamos el mejor profesional, cosa, por cierto, harto improbable.


5. Donde se encuentra la felicidad

Porque la felicidad no se encuentra en ningún sitio ni en ninguna actividad. La felicidad se vive, se ejercita, se practica por el hombre que vive su vida de la mejor manera posible. Porque el hombre no es sólo alguien hecho para conseguir resultados, metas o conquistas. El hombre sobre todo es alguien hecho para el amor, es lo único que puede hacer por sí mismo y le diferencia del resto de los seres creados.

«Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»[7] . Y de esto dan prueba segura tantos hombres y mujeres que con sus vidas testifican que la felicidad es posible, que existe y es real. Que no se trata de una imaginación o un espejismo. La vida enamorada es una vida feliz.

Algunos hombres parece que se pasan toda su vida persiguiendo la felicidad como si se tratara de un elixir mágico. Pero la felicidad no está fuera del hombre, la felicidad no está en las cosas, ni en el dinero, ni en el bienestar económico, ni en la salud, ni en ninguna cosa. No está ahí porque si estuviera ya lo habríamos descubierto a estas alturas del siglo XXI. Pero además no está porque tenemos la experiencia de tantos hombres y de los hombres que han vivido antes de nosotros y de nuestros contemporáneos que nos muestran que se puede tener muchas cosas y no ser feliz.

Porque, entonces, para ser feliz no es necesario tener algo, sino que, más bien, se trata de aprender a ser alguien, parece que debemos aprender a vivir. Porque todos vivimos, pero no sabemos vivir por el solo hecho de haber nacido. La vida es un oficio que debemos aprender, debemos aprender a ser felices. En cierto modo yo puedo gobernar mi vida y ser dueño y responsable de lo que me suceda, pero esto no es del todo cierto porque la vida, como dijo Shakespeare, es un imprevisto y siempre sucede lo inesperado. «Si, mal que bien, no aprendo a vivir, la vida misma se encarga de pasar por encima de mí como un tren que me pillara tumbado en un paso a nivel sin barrera»[8].

Para aprender a ser feliz debo tener en cuenta que siempre me pasarán cosas que no dependen de mí —las tragedias, los imprevistos, los demás, la misma vida—, pero sí que depende de mí cómo afronto lo que me pasa, cómo encaro mi propia vida. Me parece que no se trata tanto de lo que hago, sino de cómo lo hago. La clave de la felicidad no está en las cosas, sino en mi actitud ante las cosas y ante mi propia vida.

Esto es lo mismo que si digo que la clave de la felicidad está en cómo soy y no está en qué es lo que soy. Y si hablo de cómo soy es que se trata de ser mejor, no de ser peor, porque cuanto mejor sea podré estar en actitud de afrontar mejor las cosas que me suceden en la vida y llegaré a ser feliz.

El mejor hombre es el hombre virtuoso. El que tiene y adquiere y mantiene virtudes puede ser feliz, llegará a ser feliz. El que no sabe vivir no podrá ser feliz nunca[9]. Para ser mejores el camino es parecernos más al Creador de quien somos imagen y semejanza y quien es la fuente de todo bien. No existe otra referencia válida.

De manera que ser más de Dios nos acerca a la felicidad y sabemos que la esencia de Dios es el Amor. «Dios es amor» (1 Jn 4, 16) luego la felicidad está en el Amor. Solo el que es capaz de amar puede ser feliz. El que no ama no puede ser feliz, es imposible ser feliz sin amar. Entonces tendremos que amar y aprender a amar para conseguir la felicidad.

Amar es querer lo mejor para el amado, pensar en él y vivir para él. Amar es dar, entregar, hacer crecer a quien se quiere. Y el mayor acto de amor consiste en darse uno mismo a quien se quiere para hacerle la vida más fácil, más digna de ser vivida. Ama el que da, pero ama mejor el que se da a sí mismo, sin reserva y del todo.

Podemos llegar a concluir que la felicidad está en darse. El que se da a sí mismo es feliz, aunque no tenga cosas, ni bienes, ni dinero, ni inteligencia, ni destaque profesionalmente, ni satisfaga sus apetitos sensibles. El que ama es feliz. Y por el contrario, el que no sabe amar no puede ser feliz porque estará buscando la felicidad en muchos lugares donde no está la felicidad ni estará nunca. En vano buscan la felicidad en la salud, en los bienes, en la ausencia de problemas, en la vida acomodada... no está allí.

A ser felices se aprende. Antes hay que aprender a vivir. Antes hay que aprender a ser personas. El Creador de la persona nos dice cómo es la persona, a través de Él llegaremos a ser felices.


Felipe Pou Ampuero

[1] Richard Layard, Hapiness. Lessons from a New Science. Allen Lane-Penguin, EE.UU-Reino Unido, 2005, citado por Santiago Mata en su artículo ¿Una ciencia de la felicidad?, en Aceprensa, servicio 95/05 de 31 de agosto de 2005.
[2] Juan Luis Lorda, El amor al dinero, www.arvo.net.
[3] Alfonso Aguiló, Felicidad y coherencia de vida, www.arguments.es.
[4] Alfonso Aguiló, El ocaso del C.I., www.interrogantes.net.
[5] Santiago Mata, ¿Una ciencia de la felicidad?, Aceprensa, servicio 95/05.
[6] Ignacio Aréchaga, La felicidad per cápita, Aceprensa servicio 95/05.
[7] San Josemaría Escrivá, Surco, nº 795. Ed. Rialp. Madrid 1986.
[8] Alejandro Llano, La vida lograda, Ariel, Barcelona, 2002, p.16.
[9] Alejandro Llano, op. Cit. P. 59.

lunes, mayo 01, 2006

15. El Mal

Fecha: 2 de mayo de 2006

TEMAS: Mal. Conciencia. Bien.

RESUMEN: 1. El mal tiene nombre y apellidos, el de los hombres y las mujeres que libremente han elegido hacer el mal en lugar de hacer el bien.

2. El mal no es una creación de Dios. Más bien es el resultado de la ausencia de Dios. Lo que existe es el bien de la Creación. Pero la más excelsa de las criaturas, el hombre, ha sido creado con libertad. Libre para amar y libre también para odiar.

3. El mal está en algunas personas, no está en las cosas, ni en las situaciones, ni en las ocasiones, ni en el mundo, ni en nada de fuera. El mal está donde no está Dios.

4. La primera manera de evitar el mal, incluso antes de hacer el bien, es no cooperar al mal, no ayudar a echar a Dios de nuestros corazones, de nuestras inteligencias.

5. Podemos también reciclar nuestras acciones para evitar el mal y conseguir el bien.

SUMARIO: 1. ¿Existe el mal?.— 2. El mal tiene nombre.— 3. No cooperar al mal.— 4. El amor vence al mal.


1. ¿Existe el mal?

Cuenta Alfonso Aguiló en su sección de anécdotas[1] que un profesor universitario retaba a sus alumnos argumentando que si Dios creó todo, también Dios creó el mal. Por tanto, si las obras reflejan a su creador, Dios es malo. Con esto y ante el estupor de los alumnos el profesor demostraba que la fe cristiana era un mito antiguo superado por las luces de la razón.

Pero un estudiante levantó la mano y le preguntó al profesor: ¿Cree usted que existe el frío? Claro que existe el frío contestó el profesor, ¿acaso usted no ha tenido frío nunca? El estudiante contestó: de hecho el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío es, en realidad, ausencia de calor. Hemos creado el término frío para designar la ausencia de calor, pero el frío en sí mismo no existe, sólo podemos estudiar el calor.

¿Y cree que existe la oscuridad? Continuó preguntado el estudiante. Claro que existe, respondió el profesor. Pues creo que tampoco existe la oscuridad, volvió a contestar el estudiante. La oscuridad es, en realidad, la ausencia de la luz. La luz se puede estudiar, se descompone, tiene intensidad y color. La oscuridad no se puede estudiar si no es porque tenga algo de luz. ¿Cómo puede saber lo oscuro que está un sitio? La oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para referirse a la ausencia de luz.

Por fin, el estudiante preguntó al profesor: ¿Cree que existe el mal? El mal no existe, continuó, es sólo la ausencia del bien. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios en sus corazones. El profesor quedó callado. El estudiante se llamaba Albert Einstein.

2. El mal tiene nombre

El mal no es una creación de Dios. Más bien es el resultado de la ausencia de Dios. Donde no está Dios está el mal y los únicos seres que tenemos libertad para hacer el bien o hacer el mal somos los hombres: los animales no tienen libertad, solo tienen instinto. Por tanto, si nos encontramos con acciones malas, es que algún hombre las ha elegido, las ha hecho. El mal tiene nombre y apellidos, el de los hombres y las mujeres que libremente han elegido hacer el mal en lugar de hacer el bien.

¿Qué es el mal? El mal no es algo, ni mucho menos es alguien. El mal no existe por sí mismo, como un hado o fatalidad del mundo pagano que anduviera errante por el cosmos. Lo que existe es el bien de la existencia y de todo lo que existe, existe la bondad del Creador y también existe la bondad de las criaturas[2]. Pero la más excelsa de las criaturas, el hombre, ha sido creado con libertad. Libre para amar y libre también para odiar.

En la Creación podemos apreciar el bien que Dios promueve y la invitación que realiza al hombre a participar y continuar en la bondad. El mal surge como un rechazo por parte del hombre de la iniciativa divina[3]. Dios podría acabar con el mal de una vez por todas. De hecho, en la eternidad de Dios, el bien ya ha vencido al mal. Sin embargo, Dios permite el mal porque respeta —ama— la libertad del hombre, de cada hombre, de apartarse de la ley divina y de sus designios.

El mundo creado por Dios es bueno. La Redención de Cristo ha vencido todos los pecados de los hombres que se apartan de la ley divina en un mal uso de su libertad. Nosotros sabemos que Cristo ha vencido al pecado y que —amparados en su Redención— podemos hacer el bien, no estamos determinados para hacer el mal por muy mal acompañados que andemos por el camino[4].

3. No cooperar al mal

Luego el mal, como tal no existe. Lo que existe es la ausencia de acciones buenas. Lo que existe son acciones malas que algunos hombres y mujeres realizan por su propia decisión, pudiendo no hacerlas. El mal está en algunas personas, no está en las cosas, ni en las situaciones, ni en las ocasiones, ni en el mundo, ni en nada de fuera. El mal está en los corazones donde no está Dios.

«El mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo por mecanicismos deterministas e impersonales. El mal pasa por la libertad humana. (...) El mal tiene siempre un rostro y un nombre: el rostro y el nombre de los hombres y mujeres que libremente lo eligen»[5].

El mal proviene de un alejamiento voluntario del hombre del bien. Con el Racionalismo y la Ilustración se puso en duda la existencia real y objetiva del mundo —que las cosas son lo que ellas son—, para empezar a discurrir que la realidad que nos rodea sólo existe en la medida que la podemos percibir. Algo así, como si a mi gato le dijera que existe porque yo le veo, no porque exista realmente.

Desde este momento, el hombre «ilustrado» queda encerrado en el interior de su propio mundo, cerrando las puertas a la realidad de las cosas, sobre todo, cerrando la inteligencia a la luz de la fe que viene de Dios. El hombre se erige en un nuevo creador que dictamina lo que es bueno y lo que es malo, y —sobre todo— niega a Dios el fundamento último para determinar lo que es bueno. Por esta pendiente, se acaba por negar que exista una naturaleza humana creada por Dios. Se niega que eso sea real, objetivo, existente. Y se «piensa» que el hombre es lo que nuestra inteligencia percibe, es un producto de nuestro pensamiento, del pensamiento de cada uno. Ya no existe una sola naturaleza humana, sino tantas como hombres y además cambian libremente según las circunstancias[6].

Si pensamos que Dios no existe, no existe el Bien absoluto. Tampoco existe ninguna referencia del Mal. Caemos en la cuenta que el solo hecho de pensar que Dios no existe es apartar al Creador de nuestras inteligencias y esta ausencia es ya en sí misma un mal. Para nosotros el mayor mal.

La primera manera de evitar el mal, incluso antes de hacer el bien, es no cooperar al mal, no ayudar a expulsar a Dios de nuestros corazones, de nuestras inteligencias. Si Dios no está en nosotros ya padecemos un mal. Si el mal es la ausencia del bien no debemos ayudar a ausentar el bien de los corazones de los hombres. Porque es ahí mismo donde se aposenta el mal. Un corazón vacío de Dios es un corazón sin referencia del bien. No tendrá más referencia que su propio beneficio o provecho.

El mensaje del materialismo ateo es hacernos entender que el bien común consiste solamente en un bienestar económico y físico, carente de toda trascendencia. El bien común, en cambio, tiene también una dimensión trascendente, porque Dios es el fin último de sus criaturas[7]. Porque el verdadero mal no es mal físico, la ausencia de salud, la falta de dinero o de recursos necesarios. El verdadero mal es la lejanía de Dios, la ausencia de Dios.

Para nosotros, los hombres, es importante poder andar y no tener enfermedades. Para Jesús, sin embargo, es más importante no ofender a Dios. Por eso, para demostrar su importancia, cuando hizo el milagro primero perdonó los pecados y luego le ordenó caminar al paralítico (Mc 2, 1-12).

¿Qué cómo puedo no cooperar al mal? Con lo poco que tengo. No comprar en aquel kiosco donde venden determinadas publicaciones ofensivas. No entrar en una farmacia que ayuda a cegar las fuentes de la vida. No comprar un periódico y sí otro. No ver una cadena de televisión y sí otra, o casi ninguna. Es lamentable comprobar el gran daño y el mal que unas empresas pueden realizar gracias a los medios económicos de muchos cristianos que compran sus productos[8].

Nos estamos educando para reciclar la basura y los residuos con el fin de evitar la erosión y para conservar la naturaleza. Podemos también reciclar nuestras acciones para evitar el mal y conseguir el bien.


4. El amor vence al mal

Y en este asunto de reciclar todos estamos implicados, porque es algo que nos afecta. No luchar contra el mal ya es un mal. El vacío del mal hay que llenarlo con el bien. Y ¿cómo se hace esto? Si Dios es el Bien, si el mal es la ausencia de bien, donde esté Dios no estará el mal. Y si Dios es amor, sobre todo amor y se podría decir que nada más que amor, el vacío del mal se llenará con amor.

Para evitar el mal es necesario hacer el bien, no sólo es conveniente, sino necesario. Porque ser solidario no consiste en compadecerse de los que sufren y tener un sentimiento superficial por los males que se afligen a tantas personas en lugares lejanos o cercanos. Al contrario, ser solidario es una virtud que consiste en la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y de cada uno[9]. Ser solidario consiste en «ser» antes que en «hacer» acciones solidarias.

Y en esta tarea de vencer el mal con el bien los cristianos, especialmente los fieles laicos, nos tenemos que comportar de tal modo que hagamos brillar el Evangelio en la vida diaria, familiar, laboral y social. Debemos mostrar que somos hijos de la promesa, fuertes en la fe y en la esperanza, que aprovechamos el tiempo presente y esperamos con paciencia la gloria futura.

La Iglesia enseña al hombre que Dios ofrece realmente la posibilidad de superar el mal con el bien, a pesar de la debilidad del hombre y de los males cometidos. La promesa divina garantiza que el mundo no permanece encerrado en sí mismo, sino que está abierto al reino de Dios: que ha sido redimido, porque el hombre es imagen de su Creador bajo el influjo redentor de Cristo[10].

Debemos tener mucho cuidado con el afán de dinero porque es la raíz de todos los males (1 Tm 6, 10), y algunos por dejarse llevar de él se extraviaron de la fe. La riqueza existe para ser compartida y toda forma de acumulación indebida es inmoral porque se halla en abierta contradicción con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes[11]. Y de este afán de poseer también hay que liberar al hombre como si de una cadena se tratara. El materialismo ateo endiosa los bienes como si fueran fines en sí mismos. Hace olvidar que los bienes y la riqueza y el dinero no son más que medios para conseguir los verdaderos bienes, aquellos que hacen bien al hombre porque lo hacen más digno.

«La misión de los católicos en la sociedad puede ser vista así: portadores de una pequeña —¡y a la vez grande!— semilla de paz y alegría»[12]. Los cristianos han de ser testigos convencidos de esta verdad; han de saber mostrar con su vida que el amor es la única fuerza capaz de llevar a la perfección personal y social, el único dinamismo posible para hacer avanzar la historia hacia el bien y la paz[13].

Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida
[14].


Felipe Pou Ampuero

[1] Alfonso Aguiló, www.interrogantes.net, Anécdotas ¿Existe el mal?.
[2] Juan Pablo II, Salvifici doloris, Carta apostólica sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, Vaticano, 11 de abril de 1984.
[3] José Luis Illanes, La cosmovisión de Juan Pablo II en su último libro Memoria e identidad, Aceprensa, servicio 35/06, 6 de abril de 2005.
[4] José Luis Illanes, op. Cit.
[5] Juan Pablo II, No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien, Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz. Vaticano, 8 de diciembre de 2004.
[6] Juan Pablo II, Memoria e identidad, La esfera de los libros, Madrid, 2005.
[7] Juan Pablo II, No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien, Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz. Vaticano, 8 de diciembre de 2004.
[8] Francisco Fernández Carvajal, Hablar con Dios, Tomo III, p. 428.
[9] Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Librería Editrice Vaticana, Vaticano, 2005, n. 193.
[10] Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, n.47
[11] Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Librería Editrice Vaticana, Vaticano, 2005, n. 328.
[12] Mons. Javier Echeverría, Nuestro Tiempo, Junio 2005, n.612, p.42.
[13] Juan Pablo II, No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien, Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz. Vaticano, 8 de diciembre de 2004.
[14] Benedicto XVI, Homilía en el inicio ministerio petrino, Vaticano, 24 de abril de 2005.