viernes, mayo 12, 2023

112. Posverdad

 

La cultura actual prescinde de la razón y vive de las emociones.

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La cultura actual entiende que las cosas son lo que a cada uno le parecen. Esto significa que no reconoce una realidad propia de las cosas: las cosas no son lo que ellas mismas son. Y esto supone que se ha renunciado a la realidad objetiva de las cosas.

Al negar la existencia real de las cosas, lo único que se acepta es el valor de la propia experiencia personal: el “yo creo”, “yo pienso”. Por tanto, deja de existir el bien y el mal como realidades objetivas, independientes de las opiniones personales y se sustituyen por los “me parece bien” o “me parece mal”. Es la cultura actual de la “posverdad”.

El relativismo niega la existencia de cualquier verdad, todo es relativo y depende de las circunstancias. Salvo una cosa: el relativismo, que es una afirmación tan verdadera y tan absoluta que nadie puede cuestionar. Hasta tal punto, que el que se atreva a afirmar que el relativismo es cuestionable será condenado como hereje por atreverse a dudar de la verdad del relativismo. Es la dictadura del relativismo que resulta ser la verdadera amenaza para la verdad en el siglo XXI, en lugar de la religión, como muchos postulan.

El nihilismo postula que no hay nada que valga del todo y para siempre, no hay nada de valor en esta vida y nada hay después de esta vida: todo es nada. La vida se convierte en sólo una experiencia para adquirir sensaciones pasajeras que dan paso a otras sensaciones que les suceden, donde nada es definitivo.

Por tanto, no existe ninguna referencia absoluta y, en consecuencia, todo está permitido con tal que se pueda realizar. Y, en última instancia, se podrá realizar si se impone por el uso de la fuerza.

Cuando no existe una razón válida para hacer algo, la única apelación posible es el propio sentimiento, o las emociones. Ya no haré algo porque esté bien, sino porque “me parece” bien. No porque deba hacerlo por algún motivo, sino porque “siento” la necesidad de hacerlo.

Sin embargo, no se trata de ignorar los propios sentimientos, porque eso sería inhumano. Pero tampoco se trata de ignorar la razón, porque eso también sería inhumano. Se trata de aprender a armonizar la razón y los sentimientos. Y, claro, al hablar de la razón tenemos que aceptar que las cosas son razonables o no razonables, no como a cada uno le parecen. Existe una razón objetiva que se dirige hacia la realidad de las cosas y de las personas.

La consecuencia de esta deriva cultural es que el hombre actual no sabe cuál es el sentido de su vida: ¿para qué vivo? ¿por qué tengo que hacer el bien y evitar el mal? ¿qué hago en este mundo?

Si el hombre se hubiera hecho a sí mismo podría saber el sentido de su vida, sabría para qué existe. Pero no es así porque el hombre no se ha creado a sí mismo. Sólo el origen del hombre puede explicar el sentido de la vida del hombre.

La posverdad nos enseña que cuando se renuncia a la verdad su vacío lo ocupa la violencia en estado puro.

 

Bibliografía

1.   JUAN PABLO II, Enc. Fe y Razón, nn. 46, 81, 90, 91.

2. ORIENTACIONES MORALES ANTE LA SITUACIÓN ACTUAL DE ESPAÑA.- Instrucción Pastoral de la LXXXVIII Asamblea Plenaria de la CEE. Madrid, 23 de noviembre de 2006.

3. FERNANDO RODRÍGUEZ-BORLADO. Causas de una juventud anémica, Aceprensa, 27 enero 2022.

4. GREGORIO LURI,  Precariedad y alarmismo: “Una familia estable es un chollo psicológico”,  Aceprensa, 21 enero 2022.

domingo, abril 02, 2023

111. Posmoderno

 

Además de la razón importan los sentimientos porque el hombre también tiene corazón.

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Somos posmodernos porque vivimos en la actualidad que es la posmodernidad. La posmodernidad es la continuación de la modernidad que surgió con la Ilustración en 1789 y cuyo principal postulado era el imperio de la razón que dio lugar al racionalismo. Cuando todo se juzga por la razón humana y sólo se admite lo que la razón acierta a comprender se acaba renunciando a lo que la razón humana no entiende –es decir– se acaba apartando a Dios de la vida pública. Allá cada uno con sus creencias, pero sólo son reales las certezas racionales –dirán–.

La modernidad desembocó en dos guerras mundiales, los totalitarismos comunistas y nacionalistas, los gulag, los campos de concentración, el holocausto del pueblo judío, la hambruna china con sus millones de muertos de hambre, etc. Postuló todo para el hombre pero sin el hombre y, a veces, contra el mismo hombre.

El hombre moderno se olvidó del hombre, de cada hombre y de sus sentimientos. Sin embargo, además de la razón importan los sentimientos porque el hombre también tiene corazón. Y la posmodernidad deriva en el sentimentalismo y el individualismo, que es en lo que estamos ahora.

La posmodernidad tiene postulados buenos porque se fija en la persona y en sus sentimientos como algo valioso, digno de protección. Reconoce los derechos humanos, la dignidad de la mujer como igual al hombre, el valor de la ecología  y la naturaleza como algo insustituible que debemos cuidar, la solidaridad de todos los pueblos en las catástrofes, el valor de la paz y la mediación en los conflictos, la negociación como parte esencial en la resolución de conflictos, etc.

Pero la posmodernidad también tiene sus sombras, postulados erróneos que nacen de ideas preconcebidas y son verdaderos prejuicios. Exalta la libertad, concebida como una ausencia de compromisos, una libertad para decir no, en lugar de una libertad para decir sí. Confunde el amor verdadero con el deseo personal, no se quiere el bien de la persona amada, sino satisfacer los propios caprichos. Se muestra incapaz de entender los compromisos definitivos y la fidelidad en las relaciones personales y conyugales porque entiende la vida como un conjunto de experiencias que se suceden donde nada es definitivo. Y, en fin, concibe a la persona humana como una yuxtaposición de dos naturalezas –la animal y la espiritual– que pugnan por convivir juntas en un cuerpo humano, resistiéndose a admitir que existe una naturaleza humana única, animal y racional que no puede separarse.

Conviene conocer las luces y las sombras de la posmodernidad para saber situarse en  nuestra cultura y evitar conceptos erróneos que nos impedirían comprender la verdadera realidad de las personas y de las cosas y, en fin, aprender a aceptarnos como en realidad somos.

viernes, marzo 03, 2023

110. Soy racional

 

La capacidad de discernir permite al hombre vivir conforme a los dictados de la razón y no conforme a sus instintos o apetencias.

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De todos es conocida la sentencia de René Descartes “pienso, luego existo”, la cual aparece en su obra Discurso del método (1637). Fue uno de los principios de la Ilustración y el racionalismo. Se dejaron atrás las creencias y solamente se admitían las certezas: los hechos probados.

Quizás la mejor traducción del original francés “Je pense, donc je suis” —que se tradujo al latín como "Cogito, ergo sum"— sería: “Pienso, luego soy” (“Pienso, por lo tanto soy”). En realidad, viene a afirmar que lo propio de los hombres es la razón; en esto se diferencian del resto de los animales. Sin embargo, conviene no confundir el razonamiento con la inteligencia.

La inteligencia no es exclusiva de los hombres, también algunos animales poseen inteligencia –los delfines son capaces de resolver ciertos problemas–, sin embargo, lo que diferencia al hombre de los animales no es que sea más inteligente, sino que es capaz de transcender la realidad mediante el uso de la razón. Es capaz de plantearse preguntas sobre el sentido de la existencia, de su vida, el porqué de sus acciones, ir más allá de la realidad física mediante el uso de la razón.

La razón es la capacidad de elegir: de decidir hacer una cosa o no hacerla. Y eso es exclusivo de quien tiene libertad que es lo propio de los hombres. El hombre es capaz de elegir mientras que el animal actúa movido por el instinto. El hombre puede elegir entre el bien y el mal; actúa libremente y por eso se hace responsable de sus actos.

El hombre es capaz de decidir no comer, aun teniendo hambre, por razones de salud, de estética o incluso como signo de protesta. El hombre posee algo que está por encima del instinto, posee un principio vital singular que llamamos espíritu y que le hace capaz de razonar y sacrificarse, es decir, el hombre es un ser espiritual.

La capacidad de discernir también permite al hombre vivir conforme a los dictados de la razón, conforme a un razonamiento y no conforme a sus instintos o apetencias. Por medio de la razón el hombre es capaz de descubrir la bondad de sus actos y encaminar su vida conforme a esos criterios.

La libertad y la racionalidad es lo que hacen al hombre digno, con un valor superior al resto de los animales y esta capacidad de elegir libremente sus acciones es lo que constituye al hombre como un ser moral que va más allá de la simple materia y la biología.

La dignidad es lo que no tiene precio. Es el valor propio de cada persona. Es lo que está fuera del comercio, no se puede comprar ni vender, es lo que no puede ser sustituido por otra cosa equivalente, porque no tiene comparación. Sin embargo, la dignidad no se identifica con el mérito personal de cada persona o con su valía profesional o con sus cualidades artísticas, ni depende de su capacidad o de su estado vegetativo. La dignidad es propia de cada persona  por el solo hecho de serlo.


 

  

BIBLIOGRAFÍA

1. José Luis Méndez y Juan Barbeito, Una vida lograda, Ediciones Palabra, Madrid 2021, p. 15.

2. Catecismo de la Iglesia Católica, 1776.

3. Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, n. 16.

miércoles, febrero 01, 2023

109. Soy yo

 

El cuerpo no es simplemente el lugar donde vivimos, sino que manifiesta la propia persona.

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Para algunos la persona está compuesta de un cuerpo y de un espíritu. Según ellos, el cuerpo sería un material bruto sin significado personal y que está sometido a las leyes de la biología y la psicología; en cambio, el espíritu sería la parte noble de la persona, donde radica su libertad. Esta visión dualista de la persona es falsa. La auténtica concepción de la persona reside en la unidad de cuerpo y alma.

La persona humana es un ser unitario de cuerpo y espíritu. Quienes reducen la persona a su cuerpo y a sus cualidades, acaban reconociendo la superioridad de un sexo sobre otro, del fuerte sobre el débil, del sabio sobre el necio, de la guapa sobre la fea y no reconocen la misma dignidad a todas las personas.  Sin embargo, hay algo que nos hace a todos iguales: todos tenemos un cuerpo, por eso podemos decir que la persona “es” corporal y no decimos que la persona “tiene” un cuerpo.

Y quienes reducen la persona a un espíritu consideran la existencia humana como algo materialista y sucio que carece de valor, despreciable, y acaban negando el valor y la belleza de la vida cotidiana y de todos sus acontecimientos y hasta de las mismas personas a las que acaban considerando seres inferiores por estar dotados de materia corporal.

El cuerpo no es algo externo a la persona. No es simplemente el lugar donde vivimos, sino que manifiesta la propia persona. La persona es la unidad del cuerpo y el alma y por eso hacer algo en el cuerpo es hacerlo en la propia persona. Cuando tatúo mi cuerpo me tatúo yo mismo; cuando desnudo mi cuerpo me desnudo yo mismo y cuando enseño mi cuerpo como si fuera mercancía disponible, me convierto en algo que se puede usar y tirar.

El cuerpo nos descubre algo importante: nuestro cuerpo no lo hemos elegido nosotros, sino que lo hemos recibido al igual que la vida misma. El cuerpo nos recuerda que somos un don de Dios, que la vida la hemos recibido de Dios como fruto del amor de nuestros padres. Y el recién nacido tampoco es capaz de sobrevivir por sí solo, necesita el cuidado y el cariño de sus padres para llegar a ser adulto. El cuerpo nos recuerda que somos un don de otros y que también somos un don para otros a los que podemos comunicar la vida y cuidar.

El cuerpo humano no se reduce a su dimensión biológica, sino que participa de la dignidad de la persona humana y por eso mi cuerpo es digno, es valioso, no es un objeto. El cuerpo no es una cosa como tantas otras sin valor especial. El cuerpo es personal, expresa mi propia persona, soy yo mismo y tengo que aprender a tratar y manifestar mi cuerpo de una manera digna conforme a la dignidad que le corresponde.

El pudor corporal se manifiesta entonces como una invitación a buscar a la persona más allá de su propio cuerpo. El acto de pudor es, en el fondo, una petición de reconocimiento, es como si quien fuera mirada o deseada le dijera: «si te fijas sólo en mi cuerpo no podrás ver mi corazón». La esencia del pudor se encuentra en la personalización del propio cuerpo. El impúdico presenta su propio cuerpo como un simple objeto que llama la atención de manera inmediata y oculta la persona que habita dentro del mismo.

A veces, se trata de un centímetro de más o de menos. Pero en ese pequeño recorrido se encuentra la diferencia entre ser mirada como un objeto de deseo o como una persona. No es sólo una cuestión de más o menos tela.

La persona humana no es un cuerpo unido a un espíritu que no se mezclan; algo así como una piedra encima de otra piedra que se pudieran separar. La unión del cuerpo y del alma da lugar a una nueva naturaleza distinta de sus componentes previos a la que llamamos humana.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

1. José Luis Méndez y Juan Barbeito, Una vida lograda, Ediciones Palabra, Madrid 2021, p. 75.

2.  Catecismo de la Iglesia Católica, 365.

3.  Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, n. 29.

4. Conferencia episcopal española, La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar. n. 19

5. Mikel Gotzon Santamaría Garai, Saber amar con el cuerpo,  Eunsa, Pamplona, 1996, p.111

sábado, enero 07, 2023

38. Mi cuerpo y yo

 

TEMAS: Cuerpo, Pudor, Persona, Amor.

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RESUMEN: 1. ¿Por qué el mundo moderno no entiende el mensaje de la Iglesia —que es el mensaje de Dios— sobre el amor humano? Es la gran pregunta que sigue queriendo responder una y otra generación.

2. Entre muchos cristianos ha quedado una visión un tanto negativa del cuerpo humano y de su sexualidad que les hace pensar que el cuerpo es un obstáculo para su vida espiritual. Sin embargo, esta visión dualista del cuerpo y del alma es falsa y errónea.

3. El error de la cultura moderna consiste en una defectuosa apreciación del cuerpo y de su sexualidad. Si el cuerpo fuera solamente un objeto de posesión —por muy valiosa que fuera esa posesión—, el cuerpo no participaría de la dignidad de la persona.

4. El sexo es constitutivo de la persona y no solamente un atributo de la misma. De tal manera que podría decirse que no existen personas, lo que existen son varones y mujeres. No se puede separar el sexo de la persona porque entonces la persona queda incompleta e indefinida y el cuerpo convertido en cosa, no en persona.

5. La manera masculina de darse a los demás consiste en salir de uno mismo y buscar y cuidar del otro. Pero la manera femenina de amar consiste en acoger y aceptar al otro y tenerlo dentro de sí e integrarlo en su propia vida.

6. Dios ha confiado a los hombres y mujeres la misma construcción de la historia y el desarrollo del mundo de manera que sea por medio de la colaboración entre el varón y la mujer como se realice el verdadero progreso.

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SUMARIO: 1. A los cuarenta años.- 2. Platón.- 3. El giro antropológico.- a) El sexo es constitutivo de la persona.-  b) El significado esponsal del cuerpo.-  c) La complementariedad varón-mujer es ontológica.- d) Varón y mujer son una unidualidad relacional.

 

1. A los cuarenta años

El 25 de julio de 2008 se han cumplido los cuarenta años de la profética encíclica del Papa Pablo VI Humanae Vitae. Curiosamente esta encíclica que trata sobre la vida humana trata sobre el amor humano de un hombre y una mujer, sobre el amor de los esposos. El Papa quería explicar el amor al hombre moderno del siglo XX porque a todas luces era evidente que el hombre moderno no sabía amar.

¿Por qué el mundo moderno no entiende el mensaje de la Iglesia —que es el mensaje de Dios— sobre el amor humano? Es la gran pregunta que sigue queriendo responder una y otra generación. En el aprendizaje del amor nos va la vida porque en eso mismo nos va la verdadera felicidad de cada hombre. Para el hombre moderno, acelerado por el ritmo de la informática, ser feliz es disfrutar, estar satisfecho. El hombre se relaciona con cosas y busca la felicidad en las cosas de tal manera que acaba por convertir a cuantos le rodean en cosas también a las que puede desear, que le pueden satisfacer. Sin embargo, el hombre moderno no es feliz porque aunque tenga muchas cosas no tiene amor verdadero.

 

2. Platón

Durante mucho tiempo, la teología cristiana tuvo una fuerte influencia de la filosofía de Platón que ponderaba la bondad del alma y tenía cierta tendencia a menospreciar el valor del cuerpo[1]. Los discípulos de Platón llegaron a exagerar esta dualidad de alma y cuerpo —espíritu y materia— y con el correr  del tiempo  ciertos movimientos pseudo-religiosos, como el maniqueísmo y el gnosticismo, llegaron al extremo de condenar la materia por considerarla corruptible y mala y a despreciar el cuerpo y rechazar el mismo matrimonio como una realidad sucia y fea, debido a la dimensión sexual que el cuerpo comporta.

La Iglesia condenó estas corrientes erróneas, pero entre muchos cristianos ha quedado una visión un tanto negativa del cuerpo humano y de su sexualidad que les hace pensar que el cuerpo es un obstáculo para su vida espiritual. Sin embargo, esta visión dualista del cuerpo y del alma es falsa y errónea. Es cierto que lo espiritual tiene prioridad sobre los material, el alma sobre el cuerpo, pero también es cierto que «El hombre, siendo a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y símbolos materiales» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1146).

La hipersexualización de nuestra sociedad moderna también tiene su causa en este mismo error, al infravalorar la sexualidad humana. La obsesión por el sexo de la sociedad actual tiene su origen en el vacío de amor que sufre el hombre moderno por haber abandonado a Dios. Se ha sustituido la búsqueda del verdadero amor por el placer intenso e instantáneo que proporcionan las relaciones sexuales. Pero luego el hombre queda más vacío que antes porque el placer sólo no satisface el corazón humano.

Esto demuestra que el error de la cultura moderna consiste en una defectuosa apreciación del cuerpo y de su sexualidad. Si el cuerpo fuera solamente un objeto de posesión —por muy valiosa que fuera esa posesión—, el cuerpo no participaría de la dignidad de la persona[2].

Los hombres no tenemos un cuerpo como quien tiene un reloj o una camisa. Más bien somos corporales y no somos nuestro reloj. Porque el cuerpo no se tiene sino que forma parte de mí y al «usar» mi cuerpo estoy «usándome».

 

3. El giro antropológico

            Karol Wojtyla, a la entrada del Cónclave que elegiría al sucesor de Pablo VI, llevaba bajo el brazo unos papeles para trabajarlos si le sobraba tiempo con el tema que por entonces le rondaba: la Teología del cuerpo[3]. Pocos meses después, siendo ya Juan Pablo II la expuso a lo largo de 129 Audiencias de los miércoles durante cinco años desde septiembre de 1979 hasta noviembre de 1984.

            La visión del hombre de Juan Pablo II es completamente moderna porque continúa con la idea central de Kant y de Feuerbach en la que el hombre es el centro pero no la pone en contradicción con el teocentrismo desde el momento en que se comprende que Jesucristo es Dios y Hombre a la vez. La teología del cuerpo nos dice que la dignidad del hombre debe leerse desde la encarnación del hombre en un cuerpo de varón y en un cuerpo de mujer sexuados y creados por ese Dios que se ha hecho Hombre. Las conclusiones de esta nueva visión del hombre son las siguientes:

            a) El sexo es constitutivo de la persona. Hasta ahora el pensamiento que hemos heredado consideraba el sexo como un accidente inseparable de la persona: Juan es inteligente, alto, ágil y es varón., pero Juan es persona. Sin embargo, la realidad no es así. Juan tiene muchos atributos: alto, inteligente, ágil. Pero Juan «es» varón. El sexo es constitutivo de la persona y no solamente un atributo de la misma. De tal manera que podría decirse que no existen personas, lo que existen son varones y mujeres.

            Esta afirmación no es fácil de explicar a primera vista. Cuando nos preguntamos ¿qué es ser persona? santo Tomás describe la persona como «ser subsistente», es decir, ser persona consiste en que cada hombre o mujer tiene su propio acto de ser en propiedad, que tiene una libertad interior para decidir quien quiere ser. La persona es dueña de sí misma y nadie la puede poseer a menos que ella misma se entregue. Pero la persona no es solamente subsistencia y autopropiedad.

            La modernidad ha puesto de relieve otra característica de la persona que es su comunicabilidad, su capacidad de apertura a los demás. Todo «yo» requiere un «tú»: éste es el principio de relación descubierto por Feuerbach de manera que Heidegger define a la persona como «ser-con».

            La intuición de Juan Pablo II descubre que la sexualidad humana añade una característica más a la persona, no solamente es un ser libre que vive con otras personas, sino que por su masculinidad y feminidad la persona vive «para» otras personas en comunión de amor. La sexualidad define a la persona humana como alguien con capacidad de entregarse a otro por amor y de una manera total y plena —cosa que no son capaces de hacer los animales—. Y esto, precisamente, define en plenitud a la persona. Y en todo esto el cuerpo humano y su sexualidad juegan un papel imprescindible.

            La consecuencia fundamental de todo lo dicho es que si el sexo es constitutivo de la persona no se puede separar el sexo de la persona porque entonces la persona queda incompleta e indefinida y el cuerpo convertido en cosa, no en persona.

 

            b) El significado esponsal del cuerpo. La visión del hombre de Juan Pablo II es que si la persona es capaz de amar entonces la persona debe ser tratada con amor. Amar es a su vez tratar al ser humano como persona, no como un objeto. Para tratar a una persona como tal hay que tratarla con amor.

            El cuerpo humano, con su sexualidad, manifiesta la capacidad de amar de la persona. El cuerpo es lo que se ve de la persona y lo que se ve es un cuerpo que puede amar y que ha sido creado para el amor. Y esto es así porque la sexualidad humana no se acaba en su genitalidad, sino que alcanza a toda la persona de manera que se puede amar con el cuerpo.

Pero se trata de un amor humano, inteligente y espiritual también, de un amor que ama de una manera definitiva y total por medio de una entrega de toda la vida. El amor que expresa la sexualidad del cuerpo humano es un amor de promesa, que dice un «te amaré toda la vida» y eso es el significado esponsal del cuerpo.

 

c) La complementariedad varón-mujer es ontológica.  Que el varón y la mujer se complementan es algo que ya demostraban la biología y la psicología. Pero existe otro tercer nivel donde también se complementan y del que nadie hablaba. Es el plano del ser, la manera de ser persona como varón y como mujer. Podemos y debemos hablar de dos tipos de personas: la masculina y la femenina.

Si lo que caracteriza a la persona es su capacidad de amar y amar es darse a los demás, entonces podemos concluir que existen dos maneras de darse a los demás. La manera masculina de darse a los demás consiste en salir de uno mismo y buscar y cuidar del otro. Pero la manera femenina de amar consiste en acoger y aceptar al otro y tenerlo dentro de sí e integrarlo en su propia vida.

Así se puede afirmar que no existe una sola manera de ser persona, sino que existen dos maneras de ser persona y que a cada uno nos corresponde la manera de ser persona que determina nuestra sexualidad. Así Juan vivirá la vida y todo lo que ello lleva consigo como la viven los varones y María la vivirá como la viven las mujeres.

 

    d) Varón y mujer son una unidualidad relacional.  Si la sexualidad define a la persona y hace al varón y a la mujer distintos como personas porque tienen distintas maneras de ser personas, estamos afirmando que son distintos pero que los dos son personas. Varón y mujer son igual de personas pero distintos en la manera de ser personas. Y esta igualdad y esta diferencia es lo que Juan Pablo II ha denominado «uni-dualidad» para querer expresar que es una unidad de los dos: unidad en la persona y dualidad en la manera de ser.

    Es la unidad de los dos la que permite que cada uno —varón y mujer— pueda sentir la relación con el otro sexo como enriquecedora y creativa. De esta unidad de los dos es de donde nace la familia y es el lugar digno para la llamada a la vida de cada uno de los hijos.

Pero esta unidad de dos no se limita solamente a la procreación y a la vida de familia, sino que Dios, por medio de la unidad de los dos, ha confiado a los hombres y mujeres la misma construcción de la historia[4] y el desarrollo del mundo de manera que sea por medio de la colaboración entre el varón y la mujer como se realice el verdadero progreso en el mundo para hacerlo más humano.

Es claro, que todas estas intuiciones de Karol Wojtyla, luego Juan Pablo II, suponen una revolución pacífica en el pensamiento y en la visión del hombre que tendrá unas consecuencias enormes en la cultura y en el ordenamiento social del presente siglo XXI.

 

 



[1] Adolfo J. Castañeda, ¿Qué es la Teología del cuerpo?, www.catholic.net

[2] Eduardo Terrasa, Posibles desencuentros entre yo y mi cuerpo, Nuestro Tiempo, noviembre 2005, nº. 617, p.70.

[3] Blanca Castilla de Cortázar Larrea, Varón y mujer en la “teología del cuerpo” de Karon Wojtyla, www.arvo.net, 2 de marzo de 2006.

[4] Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 29 de junio de 1995, n. 8.

108. Libres

 

 "Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente"

 

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Todos entendemos por libertad la posibilidad de elegir entre unas cosas u otras, es la libertad de elección o “libertad pro choice”. Es algo así como coger un tren. Cuando llegas a la estación central de Madrid puedes subirte a cualquier tren. Solo que un tren te lleva a Barcelona y otro a Huelva, por ejemplo.

Entonces, la libertad no solo sirve para elegir a qué tren me subo, sino que también sirve para cumplir un proyecto, es la libertad de determinar mi destino, es la “libertad para”. Porque no se trata de subirme a cualquier tren, es decir, al tren que más me guste –por ejemplo, el tren bala– sino que se trata de subirme al tren que me lleva a la ciudad donde quiero ir. Soy libre para elegir cualquier tren, pero elegiré el tren que me lleve a mi destino.

Pero para poder elegir el tren que me interesa, antes tengo que estar informado del destino de los trenes. Tendré que ir hasta los paneles generales de la estación e informarme de los destinos y andenes de cada tren para poder elegir el tren correcto. Es la libertad de conocimiento que me permite elegir con toda la información suficiente para acertar en la elección: es la “libertad de”.

Hace tiempo un presidente del gobierno de España se atrevió a proclamar que la libertad nos hace verdaderos porque entendía que la realización de cada persona consiste en ser lo más libre posible, sin ninguna limitación. Es cierto que alcanzando nuestro pleno desarrollo nos realizamos plenamente. Pero no es cierto que esto suceda de cualquier manera, sino que antes debemos saber qué es lo que queremos ser y hacer con nuestra vida. En efecto, "Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente" (san Juan Pablo II, Enc. Fe y Razón, n. 90). No es cierto que la libertad nos haga verdaderos, sino que es la verdad la que nos hace libres (cfr. Juan 8, 31-42).

La libertad que tengo para subirme a cualquier tren no me aprovecha si antes no tengo la información suficiente para poder elegir cuál es el tren que me lleva a mi destino. Ahora comprendo que la libertad sin la verdad no es más que una quimera.

Sin conocimiento no sabremos elegir nuestro destino, ni adónde queremos llegar ni qué debemos hacer. Resulta imprescindible la formación personal de cada uno, como me resulta imprescindible informarme sobre dónde se encuentra estacionado mi tren para no acabar perdido en cualquier esquina de España.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

1.      San Juan Pablo II, Encíclica Fides et Ratio, n. 90.

2. YEPES STORK, Ricardo, El sentido de la libertad. www.arguments.blogspot.com

3.      TERMES, Rafael, Libertad y verdad, ABC, 18 de septiembre de 1995.

4. SPAEMANN, Robert, Dios, la libertad, la realidad. www.fluvium.org/textos/etica

5.  LLANO CIFUENTES, Alejandro, La vida lograda, Ediciones Ariel, Barcelona. 2002.

6.      MARIANO FAZIO, conferencia en la Universidad de La Sabana, 25 de febrero de 2022.

viernes, diciembre 02, 2022

107. Para siempre

 

La fidelidad implica el perdón y la comprensión que se alcanzan con amor y respeto.

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El 25 de julio de 1968 San Pablo VI publicó la profética encíclica Humanae Vitae. Curiosamente, esta encíclica que trata sobre la vida humana, tiene como fondo el amor humano de un hombre y una mujer, el amor de los esposos. El Papa quería explicar el amor al hombre moderno del siglo XX porque a todas luces era evidente que el hombre moderno no sabía amar.

El Papa señala que el amor conyugal tiene las siguientes características: 1) es un amor plenamente humano; 2) es un amor total; 3) es un amor fiel y exclusivo y  4) es un amor fecundo. Más aún,  señala que si falta alguna de esas notas el amor ya no es un amor matrimonial sino otro tipo de amor. Conviene saberlo para estar seguros de cómo es nuestro amor conyugal.

Por ser humano es un amor digno, entre personas iguales que se respetan y se quieren como se quieren las personas: con la cabeza y con el corazón a diferencia de los animales que solo quieren por puro instinto o pasión.

Por ser total es un amor que implica la totalidad de la persona que se entrega a la otra persona y viceversa. Esta totalidad abarca al otro en todos los niveles: sentimiento, voluntad, cuerpo y espíritu. Es necesario amar íntegramente al cónyuge, sin excluir ninguno de los aspectos que lo encarnan. En frase castiza se quiere la col y las hojas de alrededor. No es conyugal excluir la sexualidad, o quedarse solamente con el sexo y excluir todo lo demás.

Por ser fiel y exclusivo no es un amor a prueba. La fidelidad implica excluir de la relación conyugal todo aquello –cosas o personas– que la entorpecen. Se trata de guardar el corazón para el cónyuge y también se trata de no sacar a pasear el corazón como si se vendiera una mercancía. La fidelidad, a veces, puede resultar difícil pero siempre es posible y, además, los cristianos contamos con la ayuda de la gracia. ¡Dios es fiel!

Y por ser fecundo no es amor que se encierra en sí mismo, sino que está abierto a los demás porque es acogedor y sobre todo está abierto a la vida de los nuevos hijos a los que recibe como un regalo y  encargo divinos. Es un amor que no se reserva nada para sí mismo.

La fidelidad es cosa humana, de hombres y de mujeres, no de ángeles y de demonios. Y seremos fieles como lo puede ser una persona: algunas veces con heroicidad, pero siempre con sentido de la realidad. Por esto la fidelidad cuenta con los propios defectos e imperfecciones, así como con las propias virtudes. Por todo ello, la fidelidad implica necesariamente el perdón y la comprensión que se alcanzan sólo con amor y respeto.

¿Por qué es preciso amar siempre al otro cónyuge, incluso cuando muchos motivos, aparentemente justificados, inducirían a dejarlo?

La respuesta más radical presupone ante todo el reconocimiento del valor objetivo y esencial del vínculo matrimonial. Marido y mujer son esposos, cónyuges, personas unidas, vinculadas. Pero no unidos como unos esclavos encadenados y castigados a permanecer siempre así, sino unidos por el don recíproco y la promesa de amor hecha con los propios defectos.■

 

BIBLIOGRAFÍA

1.      JUAN PABLO II,  El origen de la crisis del matrimonio.  Discurso a la Rota romana, 30 de enero de 2003.

2.      ENRIQUE ROJAS, Remedios para el desamor. Mujer Nueva

3.      JOSÉ MORALES, Fidelidad, Ediciones Rialp, S.A. Madrid 2004.

4.      DAVID ISAACS, La educación de las virtudes humanas, Eunsa, Pamplona, 1976.

5.      ALFONSO LÓPEZ QUINTÁS. El valor de la fidelidad matrimonial. www.Catholic.net.

6.      TONY ANATRELLA. La mentalidad juvenil en el mundo occidental. Aceprensa, 8 de octubre de 2003, servicio 136/03

7.      TOMAS TRIGO, La fidelidad matrimonial, almudi.org

8.      Pablo VI, Encíclica Humanae Vitae, n.9

 

sábado, octubre 29, 2022

106. Varón y mujer

La sexualidad no es un simple accidente de la persona, es la oportunidad para el desarrollo personal.

  

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Durante mucho tiempo, la teología cristiana influenciada por la filosofía de Platón ponderaba la bondad del alma y menospreciaba el valor del cuerpo. Con el tiempo, se llegó a considerar al cuerpo como algo corruptible y despreciable, valorando solamente el alma y la espiritualidad y tolerando el matrimonio como una realidad “poco noble”, debido a la dimensión sexual que el cuerpo comportaba.

Karol Wojtyla, a la entrada del Cónclave que elegiría a Juan Pablo I, llevaba bajo el brazo unos papeles para trabajar con el tema que por entonces le rondaba: la Teología del cuerpo. Pocos meses después, siendo ya Juan Pablo II la expuso a lo largo de 129 audiencias de los miércoles durante cinco años desde septiembre de 1979 hasta noviembre de 1984.

La teología del cuerpo expresa que la dignidad del hombre y de la mujer se reconoce desde un cuerpo de varón y un cuerpo de mujer sexuados y creados por Dios que se ha hecho Hombre. Las conclusiones de esta nueva visión del hombre son las siguientes:

- El sexo es constitutivo de la persona. Hasta ahora se consideraba el sexo como un accidente inseparable de la persona: Juan es inteligente, alto, ágil y es varón, pero Juan es persona. Sin embargo, la realidad no es así. Juan tiene muchos atributos: alto, inteligente, ágil. Pero Juan «es» varón. El sexo es constitutivo de la persona y no solamente un atributo de la misma. Porque el hombre y la mujer no tienen un sexo determinado, son su sexualidad, es decir, son corporales, son sexuados, porque la sexualidad es estructural en lo corpóreo, psíquico y espiritual, no es sólo una diferencia genital.

- El significado esponsal del cuerpo. Si la persona es capaz de amar por medio de su sexualidad entonces la persona debe ser tratada con amor. Amar significa tratar al ser humano con una dignidad especial y no como un objeto.

- La complementariedad varón-mujer es ontológica.  Que el varón y la mujer se complementan es algo que ya demostraba la biología y la psicología. Pero existe un tercer nivel donde también se complementan y del que nadie hablaba. Reside en el plano del ser: la manera de ser persona como varón y como mujer. Se puede hablar de dos tipos de personas: la masculina y la femenina.

Como la persona entera es hombre o mujer, la unidad del cuerpo y del alma se extiende a todos los rincones de la existencia humana. No se puede limitar la sexualidad humana a la procreación. El sexo lejos de ser un privilegio o una discriminación, supone la oportunidad para el propio desarrollo y la realización personal de cada uno.

Para el cristiano el término "diferente'' es sinónimo de Creación. Nada hay igual en la Creación del universo. Ni dos pájaros, ni dos piedras, ni dos margaritas, ni mucho menos, dos mujeres o dos hombres. La diferencia es el sello divino de la Creación y en cada diferencia se muestra el amor concreto de Dios por cada criatura.

La aceptación de la naturaleza humana como algo que nos viene dado, con lo que nacemos, supone aceptar que Dios nos ha dado esa naturaleza desde el amor y nos hace entender que aceptar la Creación en nosotros mismos es el mayor bien que podemos hacernos y es la única manera de realizarnos.■

 

 

BIBLIOGRAFÍA

1. Cerebro de mujer y cerebro de varón, Natalia López Moratalla, Instituto de Ciencias para la Familia, 2007.

2. Varón y Mujer: ¿Naturaleza o Cultura? Jutta Burggraf

3. Varón y mujer. Una diferencia que cuenta. Antonio Malo Pé.

4. Blanca Castilla de Cortázar Larrea, Varón y mujer en la “teología del cuerpo” de Karon Wojtyla, www.arvo.net, 2 de marzo de 2006.

5. Eduardo Terrasa, Posibles desencuentros entre yo y mi cuerpo, Nuestro Tiempo, noviembre 2005, nº. 617, p.70.

6. Natalia López Moratalla, No existe un cerebro unisex, Entrevista publicada en ALBA, octubre 2007.

domingo, septiembre 25, 2022

105. Juntos

 

No basta la simple convivencia entre los esposos, el amor conyugal exige poner amor en la convivencia, estar pendiente del otro cónyuge, vivir para él.

 

En qué se diferencia el amor entre esposos de los demás amores. Todos admitimos que los casados son los que viven juntos y hacen vida en común. Pero, ¿realmente es así? ¿Se puede afirmar que vivir juntos es lo propio de los esposos?

Parece que no. Vivir juntos es necesario pero no es suficiente. La simple convivencia no es determinante de la vida matrimonial. Porque existen muchas convivencias que no implican un matrimonio, ni, mucho menos, un amor conyugal entre los convivientes.

Conviven los estudiantes que comparten un piso. También conviven los colegiales que residen en el mismo colegio mayor; los internos en una institución sanitaria y hasta penitenciaria. Y también conviven las parejas que no han contraído matrimonio ni se han comprometido a quererse para siempre.

Porque la promesa matrimonial de quererse toda la vida no asegura el amor conyugal, es la causa del mismo o su antecedente, pero el amor puede llegar a desaparecer si se fía todo a la promesa que se hizo el día de la boda.

Si nos fijamos en el principio de los tiempos podemos leer que Dios después de formar al hombre se compadece de su soledad y decide darle una ayuda semejante a él (Gn 2,18). Pero ninguno de los animales ni los demás seres vivientes creados es capaz de llenar esa soledad. Sólo cuando se le presenta la mujer el hombre puede expresar su profundo gozo y la reconoce carne de su carne y hueso de sus huesos.

Precisamente porque la mujer se diferencia del hombre, aunque colocándose a su mismo nivel, puede realmente servirle de ayuda y viceversa. Como dice Juan Pablo II (Mulieris Dignitatem, 7), esta ayuda semejante es una unidad de los dos –el hombre y la mujer– que son llamados desde su origen no sólo a existir uno al lado del otro o, simplemente juntos, sino que son llamados también a existir el uno para el otro. Y esta unidad del hombre y la mujer alcanza su más perfecta expresión en la unión conyugal.

Los esposos deben vivir juntos y compartir mesa, mantel, vida e ilusiones. Pero no deben vivir como simples convivientes, sino como esposos que se aman. ¿Y en qué consiste? Pues consiste en no “vivir con” sino en “vivir para”. Vivir  pensando en el esposo o la esposa, en hacerle la vida más agradable, en escucharle, acompañarle, animarle, defenderle, en fin, querer lo mejor para él o ella.

No basta la simple convivencia entre los esposos, el amor conyugal exige poner amor en la convivencia, estar pendiente del otro cónyuge, vivir para él, vivir pendiente de él. Si el matrimonio no se vive de esta manera se convierte en una rutina que será una triste imagen del verdadero amor conyugal.■

 

 

BIBLIOGRAFÍA

  1. Adolfo J. Castañeda, ¿Qué es la Teología del cuerpo?, www.catholic.net
  2. Blanca Castilla de Cortázar Larrea, Varón y mujer en la “teología del cuerpo” de Karon Wojtyla, www.arvo.net, 2 de marzo de 2006.
  3. San Juan Pablo II, Encíclica Mulieris dignitatem, nn. 6, 7 y 8.