lunes, junio 08, 2009

45. Trabajo

Fecha: 01 de junio de 2009

TEMAS: Economía, Trabajo.

RESUMEN: 1. La cuestión nuclear es si el hombre puede ser mejor hombre si no trabaja: es decir, si necesita trabajar para mejorarse a sí mismo en primer lugar y luego al mundo que le rodea. En este sentido me parece que se debe contestar que el hombre no puede permitirse el lujo de no trabajar.

2. No importa tanto qué clase de trabajo hace cada uno, sino cómo lo hace. Porque el verdadero valor del trabajo es el humano y no el social o el científico o el económico. Y la diferencia entre un trabajo que «vale» y otro que «no vale» no está en la cantidad sino en la calidad, y esa calidad es el amor que se pone en el trabajo que cada cual realiza.

3. La historia reciente nos ha enseñado de manera muy evidente que sólo la dignidad del hombre es el verdadero criterio para juzgar el progreso de los pueblos y de la ciencia. El mundo laboral es, ante todo, un mundo humano, de hombres y para los hombres y, por lo tanto, debe ser un mundo con valores humanos donde la solución de los problemas no resida en la lucha de clases sino en la colaboración.

4. Muchos se pasan la vida trabajando como si fuera ese el fin de su vida. ¡Han nacido para trabajar! No es fácil, pero nuestra propia felicidad y la felicidad de los que nos rodean nos demandan poner orden en nuestra vida laboral. No somos máquinas trabajadoras, somos hombres y mujeres que por medio del trabajo podemos amar a las otras criaturas.


SUMARIO: 1. Trabajo humano.- 2. Trabajo de amor.- 3. Colaboración laboral.- 4. Vida laboral.

1. Trabajo humano

El hombre con sus manos y con su inteligencia es capaz de modificar la naturaleza creada para ponerla a su servicio. No crea nada nuevo, sino que transforma lo ya existente. Pero no es poco. Es capaz de progresar y de hacer el mundo más habitable con sus solas fuerzas.

El resto de los animales también realizan tareas. Construyen nidos en lo alto de la espadaña del campanario desafiando a la ley de la gravedad; realizan presas en los ríos estancando el caudal de agua de tal manera que el hombre intenta copiar su arte y su oficio; organizan colonias que son verdaderos imperios de estamentos distribuidos por sus categorías, labores y funciones, donde desde la reina hasta la última obrera tienen su sitio y su cometido.

Pero los animales han sido creados así y desde que comienza su existencia hacen lo que su instinto dice: siempre lo mismo y hasta el mismo límite. Los animales no inventan nada, ni transforman, ni mejoran ni empeoran la naturaleza. Forman parte de la naturaleza y su cometido es hacer lo que cada uno de ellos tiene que hacer.

Los animales, propiamente, no trabajan. Hacen nidos, presas y hormigueros, pero eso no es trabajar. El hombre no hace nidos, pero es capaz de transformar el mundo y además es capaz de hacerlo libremente. Esa libertad para hacer una tarea u otra, para mejorar o estropear la naturaleza, para progresar o deteriorar la vida humana diferencia radicalmente la laboriosidad humana de la laboriosidad del castor.

El hombre no es un castor, es evidente. Por tanto, el trabajo del hombre no es un trabajo animal, instintivo, sin sentido, sino que es un trabajo humano que participa en su propia esencia de la naturaleza del hombre que es como el perfume que impregna todo lo que el hombre hace. Así el trabajo del hombre es un trabajo realizado humanamente.

¿Puede el hombre no trabajar? No debemos adelantarnos a contestar esta pregunta. No se trata de poder, como si la cuestión se pudiera reducir a si el hombre puede no querer trabajar. Claro que puede no querer trabajar. Sin embargo, la cuestión nuclear es si el hombre puede ser mejor hombre si no trabaja: es decir, si necesita trabajar para mejorarse a sí mismo en primer lugar y luego al mundo que le rodea. En este sentido me parece que se debe contestar que el hombre no puede permitirse el lujo de no trabajar, de no mejorarse.

El trabajo es una actividad propia del hombre que todo hombre siente en su interior y ansía realizar. Todos los hombres trabajamos y la recta razón aprecia que la naturaleza humana incluye la necesidad del trabajo como ineludible para el desarrollo integral de la persona. La persona que no trabaja no se mejora. El trabajo es fuente de muchas virtudes y escuela de humanidad. El trabajo forma parte de la naturaleza originaria del hombre y la Iglesia halla en las primeras páginas del libro del Génesis la fuente de su convicción según la cual el trabajo constituye una dimensión fundamental de la existencia humana[1].

En cierto sentido se puede decir que el trabajo hace al hombre más hombre, porque le ayuda a desarrollar su propia naturaleza humana que es trabajadora. Por eso, cualquier trabajo noble hecho a conciencia nos hace partícipes en la obra creadora de Dios sobre el hombre, no tanto porque mejoramos o creamos el mundo, sino porque por medio del trabajo podemos mejorarnos nosotros mismos y en ese sentido nos terminamos de «crear» cada vez un poco más.

Claro, ya sabemos que el hombre tiene razón y libertad para hacer y elegir el bien y desechar y omitir el mal. Qué otra cosa mejor se puede hacer con la libertad y con la razón que el bien. El trabajo humano es, ante todo, un trabajo racional, sometido a la razón. Y por ser racional es un trabajo con una finalidad, dirigido hacia el bien, lo que ahora llamamos excelencia...

Pero el hombre se cansa al trabajar. El cansancio y la fatiga sorprenden al hombre. El hombre sospecha que lo natural es lo espontáneo y, a su vez, lo espontáneo es equivalente a lo no sufrido. En sentido inverso, el hombre ancestral concluye que lo que comporta esfuerzo, cansancio, sacrificio, no es natural, sino artificial, impuesto y, a la postre, se podría prescindir del trabajo porque el trabajo cansa.

Es verdad que el esfuerzo cansa, pero también es verdad que la consecuencia del esfuerzo que comporta todo trabajo es la mejora personal y del mundo en que vivimos. Y sin ese trabajo no se pueden conseguir esos resultados. Forma parte de la naturaleza humana que el trabajo lleve consigo cansancio. No existe el esfuerzo que no canse y si alguien se da cuenta de esto ahora: ¡bienvenido a la Tierra!


2. Trabajo de amor

Por medio del trabajo cada hombre se convierte en más humano y ayuda o puede ayudar a los demás hombres a ser más hombres y al mundo a ser mejor. Por tanto, el trabajo no vale solamente por la «buena intención» que cada uno podamos poner en lo que hacemos, o por el ofrecimiento personal y espiritual que hagamos de nuestro trabajo diario.

El trabajo debe estar bien hecho, con sentido profesional y con responsabilidad social. Trabajo completo, acabado y lo más perfecto posible. Pero no debemos olvidar que el trabajo es ante todo humano, es cosa de los hombres y para los hombres. No importa tanto qué clase de trabajo hace cada uno, sino cómo lo hace[2]. Porque el verdadero valor del trabajo es el humano y no el social o el científico o el económico.

Una persona que ha desempeñado tareas humildísimas en la vida puede «valer» mucho más que quien ha ocupado puestos de gran prestigio social. Y la diferencia entre un trabajo que «vale» y otro que «no vale» no está en la cantidad sino en la calidad, y esa calidad es el amor que se pone en el trabajo que cada cual realiza. Conviene no olvidar que esta dignidad del trabajo está fundada en el amor. «Por eso el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos»[3].

Todos los hombres buscamos la justicia, la paz y el bien común. Nos mueve el afán de solidaridad y el ansia de compartir lo que tenemos de bueno con los demás. Nos apiadamos de las condiciones inhumanas en que se desarrolla la vida de otras personas cuya dignidad es la más elocuente llamada de ayuda.

No se ama la justicia si no se ama verla cumplida en los demás. La justicia solo para mí y no para los demás es ya una injusticia llamativa. El que desea ser justo debe querer también que la justicia se realice en los demás hombres. Así pues, el trabajo humano reclama por justicia un salario justo, incluso cuando se trata de trabajo contratado libremente. Pues lo que se paga con el salario no es solamente el resultado final de ese trabajo, sino la humanidad que en él se oculta, en definitiva, el amor humano que trasciende del trabajo. Aunque el salario estipulado fuera conforme a la ley, eso no legitima cualquier retribución que se acuerde si no es digna del hombre que la percibe[4].


3. Colaboración laboral

La finalidad principal del desarrollo económico no es el mero crecimiento de la producción, ni el lucro o el poder, sino el servicio del hombre integral[5]. El criterio para juzgar el verdadero progreso de los pueblos y de las civilizaciones no es la acumulación de riquezas, ni el grado de poder o imposición sobre otros pueblos. La historia reciente nos ha enseñado de manera muy evidente que sólo la dignidad del hombre es el verdadero criterio para juzgar el progreso de los pueblos y de la ciencia. Aquello que se oponga o menoscabe la dignidad de cualquier hombre, por sencillo o humilde que sea, no es avance sino atraso en la historia de la humanidad.

Por eso la Iglesia defiende la dignidad de la persona que trabaja y a la que se falta cuando se la estima sólo en lo que produce, cuando se considera el trabajo como mercancía, valorando más la obra que el obrero, el objeto más que el sujeto que la realiza. Los indicadores más fieles de la justicia en las relaciones sociales no son el volumen de riqueza creada, ni su distribución, sino la promoción y el respeto de la dignidad del trabajador[6].

El mundo del trabajo, la relaciones laborales, la consideración del trabajador y del empresario o empleador, no pueden quedar reducidas a lo económico como si se tratara de la administración de las riquezas naturales. Menos aún pueden quedar reducidas a un sistema de poder o de predominio de la clase patronal sobre la clase obrera. Esto sería un enfoque injusto del mundo del trabajo. El mundo laboral es, ante todo, un mundo humano, de hombres y para los hombres y, por lo tanto, debe ser un mundo con valores humanos donde la solución de los problemas no resida en la lucha de clases sino en la colaboración del patrón y del obrero para dignificar el trabajo y todas las circunstancias que le rodean.


4. Vida laboral

Según un estudio publicado hace años por el Instituto Nacional de Estadística de España más del 25% de las mujeres españolas querrían tener más hijos de los que actualmente tenían pero las condiciones laborales y el miedo a perder el puesto de trabajo les hacía desistir de la idea. También decía ese trabajo que las horas extras realizadas en el trabajo, incluyendo el trabajo realizado en domingo, parecen ser las causantes de los trastornos familiares más importantes[7].

Y es que nos podemos olvidar fácilmente que somos seres humanos ¡sí, hombres y mujeres y no máquinas! El trabajo es siempre una actividad instrumental, para algo, medio y no fin en sí mismo. Y, sin embargo, muchos se pasan la vida trabajando como si fuera ese el fin de su vida. ¡Han nacido para trabajar! Pues no es así. Hemos nacido para vivir. Dentro de nuestra vida el trabajo ocupa una parte importante y no podemos vivir sin trabajar, pero nuestra vida no se limita al trabajo ni se reduce al trabajo. Eso significaría empobrecer la vida y faltar a la dignidad humana de que venimos hablando.

La vida laboral se debe supeditar a la vida del hombre puesto que forma parte de la misma pero no integra toda su extensión. Además está la vida familiar, la de oración, la social, la de la cultura y la propia formación, etc. Y darle un tiempo a cada una de esas vidas y ordenar todos los tiempos y hacerlos compatibles, con su jerarquía y por su orden es el arte del buen vivir.

No es fácil tener una vida completa y bien ordenada donde exista un tiempo para cada tarea y cada tarea se realice a su tiempo, sin invadir el tiempo de las demás. No es fácil, pero nuestra propia felicidad y la felicidad de los que nos rodean nos demandan poner orden en nuestra vida laboral. No somos máquinas trabajadoras, somos hombres y mujeres que por medio del trabajo podemos amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido y manifestarles el amor[8].


Felipe Pou Ampuero

[1] Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, Ciudad del Vaticano, 14 de noviembre de 1981, n. 4.
[2] Rainiero Cantalemesa, El secreto para dar sentido al trabajo, www.fluvium.org, 12 de noviembre de 2004.
[3] San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n.48.
[4] Pablo VI, Enc. Populorum Progressio, Ciudad del Vaticano, 24 de marzo de 1967, n. 59.
[5] Vaticano II. Const. Gaudium et Spes, n. 64.
[6] Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, Ciudad del Vaticano, 15 de mayo de 1961, n. 83.
[7] Matrimonio, trabajo e hijos: un equilibrio cada vez más difícil. www.zenit.org 2 de noviembre de 2002.
[8] Cfr. San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n.48.

viernes, mayo 08, 2009

44. Primero

Fecha: 1 de mayo de 2009

TEMAS: Educación, Vida.

RESUMEN: 1 Un adolescente tiene todos los días cuatro profesores en su horario: la familia, la escuela, la pandilla y... los medios de comunicación. ¿Cuántas horas está cada día con cada profesor?

2. En ocasiones, la influencia de las series de televisión es muy contraproducente: presentan como normal el consumo de alcohol, la violencia, las relaciones prematrimoniales, la infidelidad conyugal, la banalización del sexo, hasta el punto de que todo se presenta como un juego.

3. A los padres nos queda eso: ser padres y enseñar y transmitir el verdadero sentido de la vida a nuestros hijos. No se trata de enseñar cosas, sino de enseñarles la vida y a vivirla dignamente.

4. Nuestro ser no es propio, sino que nos ha sido dado. Nuestra vida tiene una razón de existir porque ha sido pensada. Esta es la grandeza de la labor educativa de los padres y de todos los demás educadores, enseñar la verdad, el verdadero sentido de la vida. Pero también esta es la miseria de la condición humana: la dimisión de esta labor educadora.

5. Las personas que han sabido ser felices en su vida no han estado exentas de problemas y dificultades, a veces, graves y dolorosas. Sin embargo, han sabido integrarlos en su vida y darles un sentido.

6. Somos fruto de una Razón que nos llama a la existencia por bondad y que por la misma bondad nos mantiene en la vida. Es la libertad de cada hombre la que le permite elegir el bien y desechar el mal. Es la libertad la que permite buscar la verdad y no vivir en el error y en la ofuscación.


SUMARIO: 1. Los cuatro educadores.- 2. Educar en la verdad.- 3. Para ser felices.- 4. Respetando su libertad.

1. Los cuatro educadores

En la franja de tiempo que va desde los tres hasta los dieciocho años es cuando se adquieren los hábitos de conducta que se pueden llamar valores o cuando, por el contrario, se adquieren los hábitos de conducta que se pueden llamar contravalores. Porque durante esos quince años el niño, el adolescente y el joven son más perceptivos y se encuentran abiertos a las influencias de su entorno[1].

Un adolescente tiene todos los días cuatro profesores en su horario: la familia, la escuela, la pandilla y... los medios de comunicación. ¿Cuántas horas está cada día con cada profesor? Pues parece que con la familia se está un tiempo muy breve por la mañana al despertar. Pero todos tenemos mucha prisa y, a veces, mal humor, y la suma de ambos puede hacer que el amanecer familiar se parezca más a un «alzamiento nacional» que a una clase de valores. Claro, también está el tiempo de la tarde-noche, con la reunión alrededor de la mesa y la conversación tranquila.

La escuela está ocupando la mayor parte del horario. Pero en la escuela no se aprende solamente a sumar. La escuela socializa a los alumnos, les enseña a vivir en sociedad y aquí se aprenden valores o contravalores. La cuestión es que en la escuela no siempre los profesores están dispuestos a trasmitir sus propios valores y cuando los transmiten no siempre son conformes con los de los padres.

Los amigos, la pandilla, están siempre presentes en el horario de los jóvenes. Conforme se avanza en la adolescencia, la pandilla es el marco de referencia de los jóvenes: hacen lo que hacen los demás. Es importante saber quiénes son los amigos de nuestros hijos y cuáles son sus valores porque pueden estar a favor o en contra de los que les queramos enseñar.

Por último, los medios de comunicación —básicamente internet y la televisión— ocupan muchas horas de soledad cada día. Horas de atención absoluta y sin la necesaria crítica de los comportamientos y actitudes que se muestran a los jóvenes en situaciones que, muchas veces, no distinguen la ficción de la realidad. En ocasiones, la influencia de las series de televisión es muy contraproducente: presentan como normal el consumo de alcohol, la violencia, las relaciones prematrimoniales, la infidelidad conyugal, la banalización del sexo, hasta el punto de que todo se presenta como un juego.


2. Educar en la verdad

Pero ante este panorama, los padres no podemos retener a los hijos dentro de casa, sin tener amigos, sin ir a la escuela, sin contacto con los medios de comunicación. A los padres nos queda eso: ser padres y enseñar y transmitir el verdadero sentido de la vida a nuestros hijos. No se trata de enseñar cosas, sino de enseñarles la vida y a vivirla dignamente.

Para esto hay que usar la cabeza y el corazón, pero sobre todo la cabeza, ser racionales. Cuando queremos ir a alguna parte en tren lo primero que hacemos es enterarnos bien de los horarios y trayectos adecuados para poder llegar a nuestro destino. No se nos ocurre llegar a la estación y subirnos en el primer tren que veamos porque no sabemos a dónde va y, es posible, que acabemos en Sevilla queriendo ir a Valencia. Pero tampoco nos subimos en el tren más bonito que veamos. No todos los trenes son iguales. A Sevilla va el Ave y las máquinas son modernas, el tren con destino en Valencia no es tan atractivo. Pero si queremos llegar a Valencia tendremos que tomar el tren que va a Valencia y no otro.

Si los padres queremos enseñar un estilo de vida a nuestros hijos debemos adoptar los medios y medidas necesarias para que puedan aprender ese estilo de vida y evitar lo que les pueda distraer. De lo contrario acabarán en Sevilla queriendo ir a Valencia.

Y ¿cómo se puede hacer esto? Pues lo primero es descubrir que somos hombres y mujeres que existimos de una manera determinada y no de otra. Somos hombres y, por tanto, somos seres racionales que es lo mismo que razonables.

Con nuestra razón podemos descubrir el sentido de las cosas, pero también descubrimos que con nuestra sola razón no somos capaces de entender el sentido último de la existencia. La razón humana no basta para explicar la realidad, pero sí podemos intuir que la creación y el cosmos se rigen por unas leyes y unos principios que nos superan pero que, ciertamente, gobiernan el mundo y nuestra vida. Podemos atisbar que existe una Razón anterior a todo lo creado y que nosotros somos un reflejo de esa Razón creadora.

Nuestro ser no es propio, sino que nos ha sido dado. Nuestra vida tiene una razón de existir porque ha sido pensada. Lo primero que debemos hacer y enseñar es descubrir el sentido de nuestra vida y saber para qué vivimos y enseñar a nuestros hijos para qué viven ellos[2].

Esta es la grandeza de la labor educativa de los padres y de todos los demás educadores, enseñar la verdad, el verdadero sentido de la vida. Pero también esta es la miseria de la condición humana: la dimisión de esta labor educadora. Dimisión que se produce cuando, con la mejor de las intenciones, no se exponen —se entiende que de forma amable— las propias convicciones[3].

Las dudas creadas por la ola de relativismo en que vivimos o incluso el propio temor a expresar nuestras convicciones dejan huérfanos de referencias a nuestros hijos y alumnos para poder perseguir la verdad. Para esto hay que estar firmemente convencido de que la verdad existe y perder el miedo a exponerla, que no es lo mismo que imponerla.

Siempre hay cosas urgentes por hacer, pero tenemos que saber descubrir las cosas importantes y ponerlas en primer lugar. Lo importante en nuestra vida no es hacer primero lo urgente, sino vivir en la verdad y saber dar importancia a las cosas que realmente la tienen por su trascendencia en nuestra vida y no por su urgencia en la realización.

De lo contrario, podemos encontrarnos un buen día con que nos hemos dedicado a dilapidar nuestra verdadera fortuna: nuestra propia honestidad, nuestra familia, la vocación a la eternidad a la que nos sentíamos llamados, nuestros deseos de ayudar a los demás[4]. Y así nos podríamos encontrar ese buen día con que carecemos de cultura y nos creemos cualquier cosa que aparece en una serie de televisión, que hemos abandonado la práctica religiosa, que hemos arruinado el cariño de nuestra esposa y tantas cosas importantes que no suceden de un momento para otro, sino que se van sucediendo por no haber sabido descubrir la verdad que había en ellas.

Para evitar este peligro habrá que reaccionar, corregir el rumbo y saber bajarse en la próxima estación si es que hemos tomado el tren equivocado. Esto en primer lugar. Luego, además, habrá que empezar a descubrir la verdad, descubrirla donde se encuentra y no en otros sitios donde no está. Y en tercer lugar, enseñar todo esto a nuestros hijos.


3. Para ser felices

Porque los hombres no nacemos felices o infelices, sino que aprendemos a ser felices o no[5]. Casi siempre pensamos que la felicidad de cada uno es algo externo a nosotros, como si se pudiera adquirir en la estantería del supermercado o tuviéramos la suerte de haber tenido una vida feliz. Esto es un error. La felicidad no está en la acera esperando que pasemos, depende de nosotros cuando nos empeñamos en aprender a vivir la vida.

Todas las vidas tienen cosas buenas y cosas amargas, esto además de ser terriblemente real es inevitable. Lo contrario es un sueño. Las personas que han sabido ser felices en su vida no han estado exentas de problemas y dificultades, a veces, graves y dolorosas. Sin embargo, han sabido integrarlos en su vida y darles un sentido. Han sabido que la propia vida es un cuadro con relieves: tiene luces y también tiene sombras. Las personas felices han tenido dificultades y, a veces, muchas, pero han sabido superarlas.

Porque la felicidad no es una risa contagiosa o la ausencia de problemas. La felicidad no es un sueño, es real, y como parte de la realidad es compleja. Algunos piensan que la felicidad está en una vida sin problemas y sin dificultades y se afanan en preparar y conseguir una existencia donde no puedan tener cabida los problemas y las complicaciones. Cuando consiga no tener problemas —piensan— entonces seré feliz. Se equivocan. La felicidad no está al final de la vida esperándonos. La felicidad se encuentra a lo largo de toda nuestra vida siempre que queramos vivirla con gallardía para todos los demás.

Aprender a ser feliz significa saber que la vida en la tierra es algo temporal, pasajero, camino para otra vida. Aquí no nos quedamos para siempre, ni mucho menos esto es el final. Por tanto, el valor de nuestra vida no es algo que se pueda medir por lo que produce o por el dinero que ganamos[6], sino que nuestra vida y todas las vidas son algo valioso que no tiene valor mensurable, es una vida trascendente.

Aprender a ser feliz implica reconocer una Razón creadora superior a la nuestra y aceptar nuestras limitaciones. Limitaciones que no nos deprimen sino que nos llenan de esperanza en quien nos ha llamado a esta vida por amor. No se ha olvidado de nuestra existencia sino que cuida de ella con una perspectiva mayor que la nuestra.


4. Respetando su libertad

No somos fruto del azar o de la casualidad, muchos menos somos la consecuencia de un capricho. Somos fruto de una Razón que nos llama a la existencia por bondad y que por la misma bondad nos mantiene en la vida. La verdad del hombre se encuentra en su naturaleza humana. El hombre moderno ha perdido la capacidad de escuchar la naturaleza. Abrumado por el ruido y los mensajes publicitarios ha dejado de escuchar su naturaleza humana que constantemente le habla y le dice cuál es su verdad.

El hombre es racional que es tanto como decir que necesita razones. No le bastan las modas ni las confianzas, el hombre necesita argumentos racionales y, por tanto, debe rechazar todos los argumentos que no resisten la crítica racional. La razón humana no es contraria a la Razón, más bien es su ínfimo reflejo. Por tanto, nunca estará en contradicción con ella.

La naturaleza también nos dice que el hombre es libre y como tal no puede quedar sujeto a ningún otro hombre ni a ninguna potestad humana. La libertad humana solamente puede quedar sometida a la verdad y nunca puede quedar sujeta al error. Es la libertad de cada hombre la que le permite elegir el bien y desechar el mal. Es la libertad la que permite buscar la verdad y no vivir en el error y en la ofuscación. Es la libertad la que hace posible que cada día pueda corregir el rumbo y bajarme de mi equivocado tren tantas veces como sea necesario.

La calidad de nuestra vida no se encuentra en los momentos heroicos y extraordinarios, sino en los cotidianos[7]. Decía Aristóteles que la vida del hombre no es un momentáneo, sino un hábito de cada día. «¿Qué otra cosa podía deciros mejor que ésta? ¡Aprended a conocer a Cristo y dejaos conocer por Él! Él conoce a cada uno de vosotros de modo especial. No es conocimiento que suscite oposición y rebelión, una ciencia ante la cual sea necesario huir para salvaguardar el propio misterio interior. No es una ciencia compuesta de hipótesis, que reduce al hombre a las dimensiones socioculturales. La suya es una ciencia llena de sencilla verdad sobre el hombre y, sobre todo, llena de amor. Someteos a esta ciencia, sencilla y llena de amor, del Buen Pastor. Estad seguros de que Él conoce a cada uno de vosotros más que cuanto cada uno de vosotros se conoce a sí mismo»[8].


Felipe Pou Ampuero

[1] Antoni Coll Gilabert, Los cuatro educadores, Mundo Cristiano, marzo 2006, p. 36.
[2] Benedicto XVI, Entender al hombre de hoy, Mundo Cristiano, octubre 2007, p.45.
[3] Antoni Coll Gilabert, Los cuatro educadores, Mundo Cristiano, marzo 2006, p. 46.
[4] Alfonso Aguiló, No olvides lo principal, julio 2008, www.integrrogantes.net
[5] Alfonso Aguiló, Aprender a ser feliz, abril 2009, www.interrogantes.net
[6] Elio Sgreccia, Calidad de vida y ética de la salud, 12 de marzo de 2005, www.zenit.org
[7] José-María Contreras Luzón, Pequeños secretos de la vida en común, Planeta testimonio, Barcelona, 2000, 3ª ed., p.184.
[8] Juan Pablo II, Homilía Cracovia, 8 de junio de 1979. www.vatican.va

domingo, abril 05, 2009

43. Novios

Fecha: 01 de abril de 2009

TEMAS: Amor, Sexualidad, Matrimonio.

RESUMEN: 1 El noviazgo es el tiempo de la palabra y del deseo de conocerse. Es tiempo de aprender a comunicarse, a intercambiar opiniones, compartir pensamientos, creencias, ideales y gustos.

2. No es nada fácil respetar al otro. Pero es necesario para poder dar un paso más, el paso siguiente que consiste en poderle amar. Sin respeto no puede existir el amor.

3. No se trata de estar de acuerdo en todo, pero sí se trata de no tener desacuerdos en los temas esenciales. Para esto es necesario dejar que los pensamientos salgan afuera.

4. El amor humano no se puede reducir al sexo y al goce sexual, sino que por ser humano es también espiritual y afectivo. Y esta otra dimensión espiritual es el soporte de la dimensión sexual porque va a permanecer siempre.

5. Y es que las cosas se complican cuando la ternura y las muestras de cariño se limitan a los momentos de pasión. La verdadera intimidad y la vida común no se identifican solamente con la sexualidad. Porque el matrimonio no es un punto de llegada, sino un punto de partida. El matrimonio es para empezar a quererse como un hombre no puede querer más en la vida a ninguna otra mujer, y al contrario.

SUMARIO: 1. Conocerse.- 2. Con libertad.- 3. Por amor.

1. Conocerse

Ser novios es esa etapa de la vida en la que un chico y una chica comienzan a conocerse y se descubren un mundo nuevo el uno para el otro. El noviazgo es el tiempo de la palabra y del deseo de conocerse. Es tiempo de aprender a comunicarse, a intercambiar opiniones, compartir pensamientos, creencias, ideales, gustos y averiguar si congeniamos, si seremos capaces de construir una vida en común apoyada sobre lo que cada uno aporta[1].

Todo empieza por el enamoramiento. En el encuentro entre un hombre y una mujer lo primero que atrae es lo que se ve con los ojos: el encanto del cuerpo, la belleza de la cara. Luego se empezará a ver con los «ojos del corazón» para averiguar si también nos encanta su mirada, su forma de hablar, sus gestos, sus pensamientos, su manera de entender la vida...

El noviazgo es –esencialmente– el tiempo de la palabra. Es el tiempo de dar tiempo a las personas a ser ellas mismas, para poder conocer como en realidad son. Es el tiempo del descubrimiento de la persona que realmente somos cada uno. Por esto, el noviazgo nos enseña a abrirnos al otro en singular, a mostrar el interior de la persona y compartir intereses, respetar sus gustos y deseos, incluso saber superar momentos de desacuerdo o hasta de tensión y acompañarle cuando se encuentre solo.

Es el momento para aprender a discutir sin enfadarse y siempre respetando al otro como una persona distinta de mí, esencialmente distinta. Habrá que saber poner palabras a nuestros deseos y diferencias, dialogar, y, muchas veces, estar callados para poder «oír» lo que las palabras no son capaces de expresar: hablar de corazón a corazón.

No es nada fácil respetar al otro. Pero es necesario para poder dar un paso más, el paso siguiente que consiste en poderle amar. Sin respeto no puede existir el amor y para respetarse es necesario aceptar las diferencias. Porque las personas no se prueban como los dulces, las personas se quieren y se aceptan tal como son[2].

Pero cuando queremos conocer a una persona nos adentramos en su intimidad, en ese espacio interior que constituye su propio ser y el ámbito de su maduración vital. Los novios desean tener una intimidad compartida porque quieren llegar a tener una sola vida en común.

Para tener intimidad es necesaria la serenidad. Como el artista necesita inspiración para crear, los novios necesitan serenidad para poder unir sus vidas. Calma para conocerse, para comprenderse, para hablarse. La serenidad protege el cariño de los novios de los ruidos de la calle, de los destellos de la falsa vida, de los artificios de la propaganda.

No se trata de estar de acuerdo en todo, pero sí se trata de no tener desacuerdos en los temas esenciales. Para esto es necesario dejar que los pensamientos salgan afuera, se conozcan y se discutan. Esto no implica que los novios tengan que hablar siempre de temas profundos y filosóficos, sino de su futura vida. La vida es una historia que encadena los hechos que nos acontecen: uno detrás de otro. Y de la historia de nuestra vida nosotros somos los protagonistas.

La serenidad y la intimidad compartida permiten compartir los sentimientos, ser capaces de expresar sus verdaderos sentimientos, es decir, compartirlos. Un marido no tiene por qué sentir lo mismo que su esposa, entre otras cosas porque no es su esposa, y además es hombre. Pero es necesario que un marido pueda y sepa expresar sus sentimientos a su esposa, y viceversa.

La intimidad compartida también permite compartir una misma espiritualidad, que no quiere decir que tengan que pertenecer al mismo movimiento, ni asistir a las mismas conferencias o leer los mismos libros. Pero sí es esencial que los dos estén de acuerdo en el sentido de la vida y de la muerte, en la verdadera felicidad de la persona, en el verdadero valor de las cosas y de las virtudes y en esa pequeña estructura interior que sostiene a la persona.


2. Con libertad

Los novios están enamorados y desean conocerse más porque se quieren y quieren quererse aún más. Sin embargo, ocurre que las relaciones prematrimoniales no ayudan a conocerse, y a la postre, tampoco ayudan al amor, sino que lo deforman.

Por relación prematrimonial se entiende el acto sexual completo entre los novios que tienen intención seria de contraer matrimonio o que, al menos, se están planteando seriamente la posibilidad de casarse[3]. El amor humano no se puede reducir al sexo y al goce sexual, sino que por ser humano es también espiritual y afectivo. Y esta otra dimensión espiritual es el soporte de la dimensión sexual porque va a permanecer siempre por encima de los cambios físicos o psíquicos que la vida nos traerá inevitablemente. Nunca vamos a tener veinte años. Eso sólo pasa un año en nuestra vida.

En las relaciones prematrimoniales no se da todo cuanto se tiene porque lo que se pretende no es darse al otro, sino la búsqueda egoísta del placer sexual: la novia no es la persona a quien amo, sino la que me procura una satisfacción. La unión carnal de un hombre y de una mujer fuera del matrimonio es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana[4].

Y es que las cosas se complican cuando la ternura y las muestras de cariño se limitan a los momentos de pasión. La verdadera intimidad y la vida común no se identifican solamente con la sexualidad. Ésta es sólo una de sus facetas, necesaria, importante, indispensable, pero en cifras no más del 20% de todas las facetas necesarias. Hay que esperar para que el placer sexual sea un verdadero regalo de Dios al matrimonio y no un fruto que se arrebata antes de tiempo y se estropea sin llegar a disfrutarlo en su totalidad.

Cuando existen relaciones prematrimoniales el noviazgo no es un encuentro de dos corazones, sino un encuentro de dos cuerpos que se desean. En cada encuentro, la pareja no llega a conocerse más, sino a desearse más y a utilizarse como un medio de placer[5].

Estos novios no son libres para decidir si quieren o no continuar con la relación, sino que quedan pegados a una forma de relacionarse enfocada solamente en el aspecto sexual y olvidada del resto de los aspectos personales que la vida luego pondrá en su sitio. Corren el riesgo de acabar casándose con un desconocido y hasta de sorprenderse de los resultados cuando falta la pasión y la fogosidad de los primeros momentos.

Si existen relaciones prematrimoniales falta el compromiso de fidelidad que solamente concede el matrimonio y siempre estará presente el temor al embarazo no deseado, a ser traicionada después de la fecundación, al abandono, al desencanto por la rutina o el acostumbramiento. La vida prematrimonial entre los novios genera un clima de permanente sospecha de infidelidad. No en vano se comprueba que la mayoría de los matrimonios que acuden al Tribunal eclesiástico en demanda de nulidad han tenido relaciones prematrimoniales.

Porque no podemos obviar que la sexualidad humana abraza todos los aspectos de la persona, en la unidad de su cuerpo y alma[6] y amar se ama a toda la persona, no solamente a su cuerpo o a su alma. Y para que una relación sexual sea plenamente satisfactoria debe ser serena, con calma; segura, sin miedo al rechazo; y libre, elegida personalmente.

Sólo dentro del matrimonio se cumplen los requisitos necesarios para que una relación sexual sea plenamente satisfactoria, es decir, para que el lenguaje del cuerpo —lo que dice el acto sexual­­— exprese realmente un compromiso de amor definitivo para siempre y contra toda adversidad.

Por otra parte, la relación sexual no es propia de la etapa del noviazgo, porque la entrega total de la persona que se expresa con la entrega total del propio cuerpo se produce en el matrimonio y no antes del matrimonio. Esta entrega de los esposos no es algo puramente biológico, de fluidos y mecanismos, sino que afecta a la intimidad de la propia persona que se da del todo y de verdad cuando se da hasta el final[7].

Pero las relaciones prematrimoniales son una tentación real y un señuelo de la modernidad actual. Es necesario que los novios aprendan también a respetar la propia castidad como el único medio posible para aprender a amarse. Para vivir la castidad hay que vivir la modestia y el pudor, tanto en las ropas y vestidos, como en las maneras de actuar y en los modos de expresar el cariño con el fin de evitar situaciones incómodas al otro que pongan en peligro la capacidad de conocerse de verdad.

Con la castidad —vida limpia— se comienza el camino de la verdadera felicidad que se funda en la virtud. Y no se vive una virtud sin vivir las demás. Una virtud permite y hace posible las demás y entre todas juntas hacen posible la felicidad y la realización personal. La castidad es fundamental para la educación del carácter y del dominio de sí. El que tiene hábito de responder a las tentaciones contra la castidad, también responderá a las tentaciones contra la paciencia golpeando a su esposa, el que tiene hábito de responder a las tentaciones contra la codicia, también responderá a las tentaciones contra el desprendimiento no compartiendo, etc.

Por medio de la castidad, los novios descubren el respeto mutuo, aprenden a ser fieles y a esperar el don y la entrega recíproca en el tiempo del matrimonio y comienzan ya a ayudarse mutuamente en el crecimiento de la virtud.

En la actualidad, para muchos hombres el pecado solamente consiste en una ofensa a Dios que no afectaría al no creyente. Pero las cosas no son así: el pecado es una ofensa a Dios y, por esto, también es una ofensa para el propio hombre porque le degrada, le destruye como persona y nos muestran vacíos de la propia dignidad que no es sino reflejo de la dignidad del Creador.



3. Por amor

En nuestra sociedad materialista actual, el matrimonio se puede entender como la búsqueda de la felicidad personal y, en su versión más extrema, se entiende como la búsqueda de la satisfacción del consumidor que siempre tiene derechos y nunca obligaciones[8].

Pero el matrimonio no es un punto de llegada, sino un punto de partida. El matrimonio es para empezar a quererse como un hombre no puede querer más en la vida a ninguna otra mujer, y al contrario. Porque para que exista matrimonio debe existir amor conyugal, es decir, amor humano de cuerpo y alma a la vez. El amor que construye el matrimonio es un amor de entrega total y que, por tanto, comporta darse y acoger al otro tal como es. Este amor es radicalmente distinto del deseo de satisfacción sexual que proporciona una relación más o menos duradera.

Lo propio del amor es dar y no tomar o poseer. Amor es sacrificio –escribía Pemán– y para ser feliz hay que saber mirar las flores sin arrancarlas[9]. Y en el trato entre personas el componente espiritual es imprescindible. No es lo mismo dar la mano entre personas, que dar una pezuña entre animales. La mano no es un simple trozo de carne y huesos, es la expresión de toda la persona, dar la confianza, la amistad, la ayuda.

Para todo esto somos novios. Para conocernos con libertad y poder amarnos para siempre. El noviazgo enseña a quererse y procura un buen matrimonio. Matrimonio que es algo más que la sexualidad conyugal, es la verdadera unión de un hombre y de una mujer que antes fueron novios.



Felipe Pou Ampuero

[1] ¿Relaciones sexuales en el noviazgo?, www.catholic.net
[2] Montserrat Gas, ¿Por qué el matrimonio es para siempre?, www.mujernueva.com
[3] Miguel Ángel Fuentes, Relaciones prematrimoniales ¿por qué son ilícitas?, www.catholic.net
[4] Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), n. 2353.
[5] Ernesto María Caro, Relaciones íntimas entre novios y amigos; www.catholic.net
[6] Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), n. 2332.
[7] Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), n. 2361.
[8] Harol James, Un contrato estable, Mundo Cristiano, mayo 2007, p. 39.
[9] Rafael Ibáñez, Chiflando y aplaudiendo, www.masalto.com

martes, marzo 10, 2009

42. Eutanasia

Fecha: 01 de marzo de 2009

TEMAS: Vida, Amor, Muerte.

RESUMEN: 1. Se entiende por eutanasia una acción u omisión que, por su propia naturaleza, o en sus intenciones, procura la muerte de una persona con la finalidad de eliminar todo dolor y sufrimiento. La eutanasia hace referencia a la piedad o compasión que siente quien la practica o ejecuta para quien la sufre o padece. Sin embargo, no se trata de una piedad cualquiera, sino que se trata de una piedad que mata.

2. La persona es el hombre mismo, no es un hombre que piensa o razona. Incluso si un hombre no piensa ni razona sigue siendo persona. Yo siempre seré aquello que realmente soy aunque alguna vez pueda no aparentarlo. Siempre seré una persona por muy acabado que pueda llegar a estar.

3. Quizá la pregunta adecuada no sea si se debe ser progresista, sino qué es el progreso: progreso significa afirmar, defender, al ser humano.

4. El bien en que consiste la vida humana va más lejos de esta vida y podemos comprender que se nos da la vida para poder alcanzar el verdadero Bien.

5. Al hombre contemporáneo le urge comprender el sentido de su vida para así comprender cuál es el sentido de la muerte. Ya decía Kant que «cuando se tiene un porqué para vivir se soporta cualquier cómo».

6. La dignidad de la muerte no consiste en evitar al hombre, a cualquier precio, todo sufrimiento, más bien pasa por comprender que el sufrimiento humano tiene sentido, no es un absurdo. Si la compasión ante el dolor ajeno autorizara a matar al que sufre, no podríamos encontrar una razón válida para que otros sentimientos más nobles o más prácticos no puedan justificar una arbitraria licencia para matar.

7. La administración de agua y alimento aunque se administre por medios artificiales constituye siempre un medio natural de conservación de la vida, no es un acto médico. Por tanto, su uso se debe considerar como un cuidado ordinario y proporcionado y, por tanto, como obligatorio para con el enfermo

SUMARIO: 1. Compasión.- 2. Personas.- 3. Racional.- 4. El sentido.- 5. La muerte.- 6. Hasta cuándo.

1. Compasión

Se entiende por eutanasia una acción u omisión que, por su propia naturaleza, o en sus intenciones, procura la muerte de una persona con la finalidad de eliminar todo dolor y sufrimiento[1]. La eutanasia implica la muerte directa de un ser humano inocente. Este hecho, la muerte de un inocente, entra en conflicto con la tesis que reconoce el valor sagrado de la vida humana.

La eutanasia hace referencia a la piedad o compasión que siente quien la practica o ejecuta para quien la sufre o padece. Sin embargo, no se trata de una piedad cualquiera, sino que se trata de una piedad que mata. Esto nos lleva a preguntarnos si no existe una exagerada desproporción entre ese cariño y el efecto que produce: ¡hay cariños que matan!

Ocurre, entonces, que desde el momento en que la compasión ante el dolor ajeno considera que esa vida no merece la pena ser vivida se plantea la cuestión ética de si la vida es un bien solamente en determinadas circunstancias. Pero esta conclusión abre otro interrogante mayor ¿no se sienta ya la premisa para esos y otros abusos?


2. Personas

La mirada de un hombre que se dirige a mí, sea de un modo afectuoso, sea como enemigo o sea de una manera indiferente, de ningún modo es un objeto o una cosa, siempre es la mirada de un ser humano que me dice algo mucho mayor que la simple mirada[2].

Como podamos definir una mirada es como podamos definir qué es una persona. Para Boecio la persona es «individua rationalis naturae substantia», la persona no es un algo, algo que se pueda describir, una naturaleza orgánica, un conjunto molecular, etc, sino que la persona es un alguien. En efecto, la persona es ese alguien que me contempla desde o detrás de un rostro humano.

Para Locke la persona es alguien que tiene conciencia y recuerdo de sí y que se atribuye a sí mismo determinadas acciones. Con esta definición se comenzó una pendiente muy peligrosa, si la persona coincide con sus atributos, aquellas personas que carezcan de alguno o de todos de sus atributos ya no serán personas. Los inconscientes ¿serán personas? Sin embargo, para Kant no podemos pensar el concepto de persona sin pensar al mismo tiempo en una persona que piensa.

Porque la persona es el hombre mismo, no es un hombre que piensa o razona. Incluso si un hombre no piensa ni razona sigue siendo persona. Y si esto es así no existe ningún estado de un hombre que pudiera justificar el negarle su condición de persona.

Las personas no son nunca pensadas, son siempre algo real. Por esto se dice «yo nací en tal fecha» y no se nos ocurre decir «en tal fecha nació un ser a partir del cual, poco a poco, surgí yo». No utilizamos la palabra yo para utilizar un yo porque el «yo» no es una cosa.

Esta consideración de la persona como un ser que es alguien nos hace valorarla sin medida, con dignidad, y, por el contrario, nos compromete a no poner precio o medida a lo que no puede ser medido según ninguna escala de valores.


3. Racional

La modernidad[3] y la exaltación de la razón se convirtieron en un verdadero monstruo incapaz de comprender la dignidad de la persona por su incapacidad para valorar una vida sin poder medirla ni parametrizarla. Llegó a convertir a los seres humanos en empleados, en números, en «material humano» como acostumbran a citar algunas fuentes económicas.

La postmodernidad nos ha devuelto el protagonismo de nuestras vidas: ¡viva la diferencia!, ¡la arruga es bella! Pero tiene una pequeña trampa: la sociedad postmoderna se fía más de las apariencias que de las realidades. Yo siempre seré aquello que realmente soy aunque alguna vez pueda no aparentarlo. Siempre seré una persona por muy acabado que pueda llegar a estar.

La racionalidad no se encuentra en el sistema cartesiano, sino en la realidad de las cosas y de las personas. La racionalidad es la razón de la verdad, no un sistema que pretenda explicar realidades que algunas veces son inabarcables. Aristóteles decía que quien duda que haya que honrar a los dioses o a los padres no merece argumentos, sino una reprimenda[4].

La racionalidad nos compromete a argumentar, a explicar la verdad o el bien de las acciones y no la compasión o la conmiseración ante el dolor ajeno. También se aceptaba el exterminio en la Alemania nazi y esto no evitó que en los juicios de Nüremberg se tachara la «solución final» de verdadero crimen contra el género humano, contra la humanidad.

La racionalidad nos enseña y demuestra que existen unas leyes que se sitúan por encima del legislador nazi, que no se encuentran escritas sino que se fundamentan en el valor sin medida de la persona. Quizá la pregunta adecuada no sea si se debe ser progresista, sino qué es el progreso: progreso significa afirmar, defender, al ser humano.


4. El sentido

La vida y la muerte resumen la complejidad de la persona humana y, en consecuencia, ellas mismas son cuestiones que no pueden dejar de ser complejas[5]. El sentido de la vida guarda una íntima conexión con el fin último del hombre y en este fin último es donde converge cualquier sentido de la vida humana puesto que vivimos para algo.

Ningún hombre se ha dado la vida a sí mismo, y si la tiene y no se la ha dado a sí mismo, necesariamente ha de considerarse deudor de ella. Una deuda que es superior a cualquiera otra deuda porque, en último término, es una deuda ontológica.

La vida humana es, desde luego, un bien y uno de los mayores bienes posibles, pero no es en sí misma un bien absoluto. La vida es un bien para un Bien mayor. El bien en que consiste la vida humana va más lejos de esta vida y podemos comprender que se nos da la vida para poder alcanzar el verdadero Bien.

Por esto la vida es un soy pero todavía no soy o estoy siendo. Estamos en construcción porque a través de la vida podemos ir alcanzando una mayor perfección que nos permita alcanzar el verdadero Bien. Y esto pasa, necesariamente, por la muerte. No se alcanza el verdadero Bien sin la muerte.

Al hombre contemporáneo le urge comprender el sentido de su vida para así comprender cuál es el sentido de la muerte. Ya decía Kant que «cuando se tiene un porqué para vivir se soporta cualquier cómo».


5. La muerte

La dignidad de la muerte no consiste en evitar al hombre, a cualquier precio, todo sufrimiento, más bien pasa por comprender que el sufrimiento humano tiene sentido, no es un absurdo. El peligro consiste en reducir la cuestión a un debate sentimental. Pero la vida es algo más que la suma de unos sentimientos, también está presente nuestra libertad, la inteligencia, la voluntad, y tantas circunstancias que pueden dar el verdadero sentido al amor y a los sentimientos.

La concepción extendida hoy de que la muerte dolorosa es sinónima de muerte indigna no solamente es falsa, sino que constituye un grosero error antropológico[6]. Este error manifiesta claramente que la sociedad moderna ha optado por el hedonismo, por considerar el placer como el verdadero sentido de la vida humana. De ahí que la ausencia de placer, el dolor, se considere una indignidad.

Si la compasión ante el dolor ajeno autorizara a matar al que sufre, no podríamos encontrar una razón válida para que otros sentimientos más nobles —fanatismo fundamentalista— o más prácticos —utilidad económica— no puedan justificar una arbitraria licencia para matar[7].

Centrar la cuestión de la dignidad de la muerte en la ausencia de sufrimiento significa trivializar el mismo hecho de la muerte humana. Porque el dolor, aún con ser muy importante, es algo sensorial y en tanto que sensorial periférico y externo. Donde hay un cuerpo humano vivo, hay persona humana y, por tanto, dignidad humana inviolable[8].


6. Hasta cuándo

«Una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo su Creador»[9], «aunque la muerte se considere inminente, los cuidados ordinarios debidos a la persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos»[10].

El estado no puede atribuirse el derecho de legalizar la eutanasia, pues la vida del inocente es un bien que supera el propio poder del Estado sobre las personas. Un hombre aunque se encuentre gravemente enfermo o impedido de sus funciones superiores es y siempre será un hombre; jamás se convertirá en un vegetal o en un animal[11].

Es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir, sin embargo, los cuidados normales debidos al enfermo en casos similares. Y la administración de agua y alimento aunque se administre por medios artificiales constituye siempre un medio natural de conservación de la vida, no es un acto médico. Por tanto, su uso se debe considerar como un cuidado ordinario y proporcionado y, por tanto, como obligatorio para con el enfermo.

La razón natural y la moral cristiana enseñan que en caso de enfermedad grave, el paciente y los que le atienden tienen el derecho y el deber de aplicar los cuidados médicos necesarios para conservar la salud y la vida del enfermo. Ese deber comprende el uso de los medios que, consideradas todas las circunstancias, son ordinarios, es decir, que no constituyen una carga extraordinaria para el enfermo o para los demás.



Felipe Pou Ampuero

[1] Ignacio Carrasco de Paula, Suicidio asistido y eutanasia involuntaria, Mundo Cristiano, mayo 1994, nº 386, p. 41.
[2] Robert Spaemann, Qué es persona.
[3] Pablo Vázquez y Jaime Aurell, Los guiños del postmodernismo, Nuestro Tiempo, octubre 2005, nº 616, p.22.
[4] Javier Aranguren, Sobre la eutanasia, Nuestro Tiempo, julio-agosto 2005, p.61.
[5] Aquilino Polaino, De la dignidad y el sentido de la vida al sentido y dignidad de la muerte, www.almudi.org.
[6] Aquilino Polaino, De la dignidad...
[7] Ignacio Carrasco de Paula, Suicidio asistido...
[8] La vida humana, don precioso de Dios. Mensaje de los Obispos de la Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida, n. 3.
[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2277.
[10] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2279.
[11] ¿Hasta cuándo se les debe alimentar?, Mundo Cristiano, noviembre 2007.

domingo, febrero 08, 2009

41. Belleza

Fecha: 1 de febrero de 2009

TEMAS: Belleza, Cuerpo, Verdad.

RESUMEN: 1. Con frecuencia olvidamos que la vista y el aspecto exterior son sólo una parte de la realidad de las cosas, a decir verdad, son la parte menos importante de la realidad de las cosas porque se quedan en la mera superficialidad. Para encontrar la belleza que no se ve con los ojos hay que buscar la belleza que se puede ver con los ojos del alma.

2. Pero la belleza es la clave del misterio y la llamada a lo trascendente. La belleza de las cosas creadas suscita el anhelo de Dios, Creador de todo lo visible y lo invisible y fuente de toda belleza.

3. En todas las atrocidades de la historia del hombre queda demostrado que un concepto puramente armonioso de la belleza no es suficiente. La belleza es en cierto sentido la expresión visible del bien, así como el bien es la condición metafísica de la belleza.

4. La necesidad y la urgencia del diálogo renovado entre estética y ética, entre belleza y verdad y bondad nos lo replantea no sólo el debate cultural, sino también la realidad cotidiana.

5. El arte, cuando es auténtico, tiene una íntima afinidad con el mundo de la fe y continúa siendo una especie de puente tendido hacia la experiencia religiosa. El arte cristiano debe manifestar la verdad de la belleza que enaltece al hombre y lo asemeja a su Creador y así poder contestar la pregunta de Dostoievski: «¿Nos salvará la Belleza?». Sí la Belleza salvará el mundo.

6. Por medio de la belleza del arte se puede hacer perceptible y fascinante el mundo del espíritu. El arte posee esa capacidad peculiar de reflejar el mensaje, traduciéndolo en colores, formas o sonidos que ayudan a la intuición de quien contempla o escucha.

7. Precisamente en ese Rostro desfigurado aparece la auténtica y suprema belleza: la belleza del amor que llega hasta el extremo y que por ello se revela más fuerte que la mentira y la violencia.

SUMARIO: 1. Donde no se ve.- 2. La verdad de la belleza.- 3. La belleza del arte.- 4. La belleza de la verdad.


1. Donde no se ve

Todos tenemos la tentación de tener por belleza aquello que es agradable a la vista, a los ojos de la cara. Juzgamos por una impresión sensible —por el aspecto exterior— y por una impresión subjetiva —por lo que a cada uno nos agrada—. Con frecuencia olvidamos que la vista y el aspecto exterior son sólo una parte de la realidad de las cosas, a decir verdad, son sólo la parte menos importante de la realidad de las cosas porque se quedan en la mera superficialidad, en el ropaje exterior y no ahondan en la verdadera realidad, en la esencia de la propia realidad.

Vivimos en esta sociedad occidental y posmoderna tan angustiada por el cuidado estético y el diseño y nos olvidamos que la verdadera belleza de las cosas y de las personas es su belleza moral, su categoría personal[1]. Para encontrar la belleza que no se ve con los ojos hay que buscar la belleza que se puede ver con los ojos del alma y esto solamente se consigue en silencio y en la quietud que permite ver lo invisible, pero que es lo realmente valioso, porque sólo la belleza interior es la que agrada para siempre y no cansa.

La preocupación por lo material y lo sensible, aquello que se puede tocar, ha reemplazado el interés por lo espiritual y lo divino. Pero el corazón del hombre no está hecho para aparcarse en cosas materiales. Su verdadera capacidad desea elevarse por encima de la materia y si no se le contenta ese corazón queda triste y surge el tedio de la existencia material.

Con frecuencia se tiende a juzgar la armonía y la estética de las cosas solamente por su aspecto exterior de tal manera que el arte es separado de la realidad del mundo y el buen gusto es reducido a la excesiva sensibilidad, sin percatarse que el hombre tiene facultades superiores a los sentidos —inteligencia y voluntad— que aspiran no sólo a la simple satisfacción de los sentidos, sino a la verdad y el bien. Al hombre no le basta con la simple armonía o estética, sino que desea la verdad: ¡de qué serviría una belleza que no fuera verdadera!

Pero la belleza es la clave del misterio y la llamada a lo trascendente[2]. La belleza de las cosas creadas suscita el anhelo de Dios, Creador de todo lo visible y lo invisible y fuente de toda belleza. «Tarde de amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé» (San Agustín, Confesiones, 10, 27).

Y cada hombre tiene una intuición: por medio de la belleza encontraré la verdad. A cada hombre se le ha confiado la tarea de ser el artífice de su propia vida y de hacer de ella una vida bella y no se complace con componer una vida solamente armoniosa y ordenada. Debe ser más, debe ser bella y para esto debe ser verdadera, descubriendo que la belleza no se encuentra lejana de la verdad porque trasciende de las simples formas y sensaciones para asomarse a lo indecible.


2. La verdad de la belleza

¿Dónde estaba Dios mientras funcionaban los hornos crematorios? En todas las atrocidades de la historia del hombre queda demostrado que un concepto puramente armonioso de la belleza no es suficiente[3]. Al escuchar una obra maestra de música, magistralmente interpretada, se puede llegar a percibir que aquello que nos impacta en el corazón y en la inteligencia sólo puede ser posible gracias a una fuerza superior que se actualiza en la inspiración de cada compositor.

La belleza es ciertamente conocimiento, una forma superior de conocimiento que toca al hombre con toda la profundidad de la verdad[4]. De tal manera que una búsqueda de la belleza que fuera ajena a la búsqueda humana de la verdad y la bondad se transformaría en puro esteticismo y, sobre todo, para los más jóvenes en un itinerario que lleva a lo efímero, a la apariencia o incluso a una fuga hacia paraísos artificiales que esconden el vacío de la inconsistencia interior[5]. La belleza es en cierto sentido la expresión visible del bien, así como el bien es la condición metafísica de la belleza[6]. Santo Tomás habla de la belleza como del «esplendor en la forma» y siempre ha habido una asociación natural entre bondad y belleza.

Sin embargo, en la edad moderna se ha ido afirmando una forma de humanismo caracterizado por la ausencia de Dios y, con frecuencia, por la oposición a Él. Este clima ha llevado, a veces, a una cierta separación entre el mundo del arte y el mundo de la fe, como si fuera necesario no creer en Dios para poder ser un auténtico artista. La necesidad y la urgencia del diálogo renovado entre estética y ética, entre belleza y verdad y bondad nos lo replantea no sólo el debate cultural, sino también la realidad cotidiana que busca la verdad de las acciones efectuadas con un fin determinado y no solamente por puro esteticismo[7].

Es patente que al modelar una obra el artista se expresa a sí mismo, hasta el punto de que su producción es un reflejo singular de su misma vida. También la vida del artista nos puede mostrar que no siempre consigue expresar aquello que ha intuido como expresión de la suma perfección y belleza, aquello que entrevió y apenas llega a balbucear en su indigna obra maestra, como manifiestan muchos artistas. También sabemos que no es extraño tener que apartar al artista de su obra para darla ya por fin por acabada, pues nunca se satisface en componerla una y otra vez buscando la belleza que no alcanza.

«El que cree en Dios sabe que la belleza es verdad y que la verdad es belleza, pero en el Cristo sufriente comprende también que la belleza de la verdad incluye la ofensa, el dolor e incluso el oscuro misterio de la muerte y que sólo se puede encontrar belleza aceptando el dolor y no ignorándolo»[8].


3. La belleza del arte

«Dios vio cuanto había hecho y todo estaba muy bien» (Génesis, 1, 31). Un eco de aquel sentimiento se ha reflejado en la mirada del artista al admirar la obra de su inspiración descubriendo en ella como una resonancia de aquel misterio de la creación a la que Dios, único creador de todas las cosas, ha querido, en cierto modo, asociar a los artistas.

El arte, cuando es auténtico, tiene una íntima afinidad con el mundo de la fe y continúa siendo una especie de puente tendido hacia la experiencia religiosa. En cuanto que búsqueda de la belleza, fruto de la imaginación que va más allá de lo cotidiano, es por su naturaleza una especie de llamada al Misterio[9]. En un sentido muy real puede decirse que la belleza es la vocación a la que el Creador llama al artista con el don del talento artístico. Quien percibe en sí mismo este destello divino que es la vocación artística —de poeta, escritor, pintor, escultor, arquitecto, músico, etc.— advierte, al mismo tiempo, la obligación de no malgastarlo, sino desarrollarlo para ponerlo al servicio de la humanidad.

La misión de los artistas es así la de suscitar la maravilla y deseo de lo bello, formar la sensibilidad y alimentar la pasión por todo lo que es expresión auténtica del genio humano y reflejo de la belleza divina. Un artista consciente de todo esto sabe que ha de trabajar sin dejarse llevar por la búsqueda de la gloria banal o por la avidez de una fácil popularidad o la ambición de ganancias personales.

Porque así como existe una belleza verdadera también existe una belleza falsa que no despierta la nostalgia por lo indecible, sino que provoca el ansia, la voluntad de poder, de posesión y de mero placer. El arte cristiano debe oponerse al culto de lo feo que nos lleva a pensar que la belleza no existe y que solamente la representación de lo cruel y vulgar sería la verdad auténtica. El arte cristiano debe manifestar la verdad de la belleza que enaltece al hombre y lo asemeja a su Creador y así poder contestar la pregunta de Dostoievski: «¿Nos salvará la Belleza?». Sí la Belleza salvará el mundo[10].

Por medio de la belleza del arte se puede hacer perceptible y fascinante el mundo del espíritu. El arte posee esa capacidad peculiar de reflejar el mensaje, traduciéndolo en colores, formas o sonidos que ayudan a la intuición de quien contempla o escucha sin privar al mensaje de su valor propio y original, sin alterarlo.


4. La belleza de la verdad

«Aquel que es la Belleza misma se ha dejado desfigurar el rostro, escupir encima y coronar de espinas... Precisamente en ese Rostro desfigurado aparece la auténtica y suprema belleza: la belleza del amor que llega hasta el extremo y que por ello se revela más fuerte que la mentira y la violencia»[11]. La verdadera belleza es la belleza redentora de Cristo, la belleza de la fidelidad que acepta el dolor y el misterio de la muerte como don de la vida. Necesitamos la humildad para someternos a la verdad y para no manipular la verdad sometiéndola a nuestros gustos o deseos.

La auténtica obra de arte interpela la interioridad del contemplador y abre a la trascendencia. ¿Quién no ha experimentado algo así ante un buen cuadro, una buena película o una buena pieza musical?[12]. Los cristianos deben ser imágenes de la belleza que invitan a descubrir la conexión entre la verdad y el amor, es decir, la belleza del bien.

«Que la belleza que transmitáis a las generaciones del mañana provoque asombro en ellas. Ante la sacralidad de la vida y del ser humano, ante las maravillas del universo, la única actitud apropiada es el asombro. Desde el asombro podrá surgir el entusiasmo de que tienen necesidad los hombres de hoy y mañana para afrontar y superar los desafíos cruciales que se avistan en el horizonte. Gracias a él, la humanidad, después de cada momento de extravío, podrá ponerse en pie y reanudar su camino»[13].



Felipe Pou Ampuero

[1] Nieves García, Una moda que no pasa: la belleza interior, 19 de junio de 2003, www.mujernueva.org
[2] Juan Pablo II, Carta a los artistas, Vaticano, 4 de abril de 1999, n.16.
[3] Card. Joseph Ratzinger, La contemplación de la belleza, Roma, 24 de agosto de 2002.
[4] Card. Joseph Ratzinger, La contemplación de la belleza, Roma, 24 de agosto de 2002.
[5] Benedicto XVI, La belleza es inseparable de la búsqueda de la verdad y la bondad. Roma, 25 de noviembre de 2008.
[6] Juan Pablo II, Carta a los artistas, n.3.
[7] Benedicto XVI, La belleza es inseparable de la búsqueda de la verdad y la bondad. Roma, 25 de noviembre de 2008.
[8] Card. Joseph Ratzinger, La contemplación de la belleza, Roma, 24 de agosto de 2002.
[9] Juan Pablo II, Carta a los artistas, n. 10.
[10] F. Dostoievski, El idiota, p. III, cap. V.
[11] Card. Joseph Ratzinger, La contemplación de la belleza, Roma, 24 de agosto de 2002.
[12] Ramiro Pellitero, El esplendor de la belleza, www.fluvium.org.
[13] Juan Pablo II, Carta a los artistas, n. 16.

domingo, enero 04, 2009

40. Educación diferente

Fecha: 1 de enero de 2009

TEMAS: Cuerpo, Educación, Valores.

RESUMEN: 1.La educación de los niños y de las niñas debe ser inevitablemente moral, debe enseñar el arte de vivir con coherencia. Lo importante no es lo que se logra externamente con notas y calificaciones, sino el mejoramiento de la persona, que sea capaz de ser un buen ciudadano.

2. La educación es ante todo formación personal, capacidad de vivir para uno mismo y para los demás, madurez personal y crecimiento en las virtudes —o valores, si prefieren— para mejora personal y de la sociedad en la que se vive.

3. Todos tienen derecho a la educación: primero en el ámbito primario de la familia, donde los hijos aprenden a querer y a respetar a los demás; después en el sistema educativo donde se debe garantizar el acceso de todos los ciudadanos a la educación, a la formación de la personalidad para ser buenos ciudadanos.

4. El derecho a educar es un derecho de los padres, no del poder y es a los padres a quienes el poder debe garantizar la educación de sus hijos tal y como los padres determinen. Son los padres quienes tienen en derecho a elegir el tipo de enseñanza que desean para sus hijos.

5. Cada persona nace hombre o mujer con ritmos diferentes de maduración personal y de aprendizaje. Los niños y las niñas no aprenden igual porque presentan diferencias básicas en su constitución y en su desarrollo que determinan que el proceso de aprendizaje de cada uno sea distinto.

6. Es necesario y conveniente un modelo educativo que permita atender adecuadamente la diversidad del hombre y de la mujer, que tienen los mismos derechos pero presentan diferencias que no sólo son sexuales, sino que afectan a toda la persona.

7. El modelo de enseñanza que propugna una escuela única, pública y laica sometida a las ideologías está anclado en el pasado y es regresivo: la sociedad se mueve hacia un creciente pluralismo ideológico y cultural y ahora tenemos datos y pruebas que avalan el error de los dogmatismos educativos de antaño.

8. La formación integral de los hijos determina que siempre se tenga muy presente las peculiaridades de cada sexo en su propia formación.


SUMARIO: 1. Formación.- 2. Derecho a educar.- 3. Diferentes.- 4. Escuelas diferentes para igualar.


1. Formación

Bien sabemos que educar no es simplemente instruir o enseñar ciencias o técnicas especiales de algún oficio. A la vista tenemos el amplio muestrario de científicos y técnicos, juristas y médicos que no parecen personas cultivadas. Más bien se podría decir de ellos que se parecen a esa estampa de un burro cargado de libros: ciencia mucha, pero brutalidad también.

Y es que la educación completa de una persona no solamente alcanza a los datos, a los conceptos y a los libros, sino que debe llegar hasta la raíz. La educación de los niños y de las niñas debe ser inevitablemente moral, debe enseñar el arte de vivir con coherencia[1].

Los expertos en educación señalan que el auténtico crecimiento educativo, la adquisición de una madurez personal e intelectual de altura, no se logra por medio del activismo bullicioso, sino más bien a través de la serenidad que procede del silencio creativo, del reposo y del sosiego y del cultivo —también— del espíritu[2]. La sociedad posmoderna en que vivimos se ha olvidado de estas premisas y valora más la eficacia que la fecundidad —el ruido más que las nueces— olvidando que lo importante no es lo que se logra externamente con notas, calificaciones y «números uno», sino el mejoramiento de la persona, que sea capaz de ser un buen ciudadano.

Por esto la educación no se puede reducir a hacer cosas, a obtener títulos, a acaparar conocimientos y datos hasta que no quepan más en la cabeza del chico. La educación es ante todo formación personal, capacidad de vivir para uno mismo y para los demás, madurez personal y crecimiento en las virtudes —o valores, si prefieren— para mejora personal y de la sociedad en la que se vive.


2. Derecho a educar

El derecho a la educación, a la formación integral de la persona es un derecho primario, original, que corresponde a cada persona por el sólo nacimiento. Todos tienen derecho a la educación: primero en el ámbito primario de la familia, donde los hijos aprenden a querer y a respetar a los demás; después en el sistema educativo donde se debe garantizar el acceso de todos los ciudadanos a la educación, a la formación de la personalidad para ser buenos ciudadanos[3].

Pero si en esto estamos de acuerdo no sucede lo mismo cuando se cuestiona quién tiene derecho a educar. La educación es un derecho de la persona que debe ser garantizado por las autoridades y los poderes públicos y que en consonancia con la libertad íntima de la persona debe ser educada en libertad y con una oferta plural educativa. Pero el derecho a educar no le corresponde a los poderes públicos ni al Estado. El derecho a educar es un derecho de los padres, no del poder y es a los padres a quienes el poder debe garantizar la educación de sus hijos tal y como los padres determinen. Son los padres quienes tienen en derecho a elegir el tipo de enseñanza que desean para sus hijos.

Los padres son los responsables de sus hijos, aunque solamente fuera porque son ellos los que les han traído a la vida. Los padres ejercen la autoridad sobre sus hijos y determinan sus cuidados, alimentación, atención médica, intervenciones quirúrgicas y... la educación que les corresponda. El Estado y los poderes públicos deben garantizar, asegurar y ayudar a los padres en el ejercicio del derecho a educar a sus propios hijos según sus propias opiniones, creencias, convicciones y determinaciones. Pero el Estado no puede arrogarse un derecho que no le corresponde, sería tanto como usurpar lo que de suyo corresponde a los padres para ejercerlo sin derecho.

Así lo han establecido las instancias internacionales desde el principio. La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 10 de diciembre de 1948 establece en su artículo 26 el derecho a la educación gratuita de toda persona, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental, y que ésta será obligatoria. También señala que la educación debe tener por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana. Por último, declara que son los padres quienes tienen derecho a escoger la educación de sus hijos.

Nuestra Constitución también reconoce este derecho de los padres y establece en su artículo 27 que los padres tienen derecho a que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones señalando como límite al carácter propio de cada centro educativo que se respeten los principios democráticos de convivencia y los derechos y libertades fundamentales. En todo lo demás, nuestra Constitución reconoce el derecho de los padres a elegir el tipo de educación que desean para sus hijos y el derecho de los titulares de los centros educativos para ofrecer un determinado modelo de escuela.


3. Diferentes

Los hombres y las mujeres son personas con los mismos derechos y la misma dignidad y estima personal, pero son diferentes ¡vaya que son diferentes!

Cada persona nace hombre o mujer con ritmos diferentes de maduración personal y de aprendizaje. Los niños y las niñas no aprenden igual porque presentan diferencias básicas en su constitución y en su desarrollo que determinan que el proceso de aprendizaje de cada uno sea distinto. No se trata de que los niños y las niñas aprendan distintas cosas: todos aprenden la misma tabla de multiplicar, pero lo aprenden de distinta forma.

El cerebro masculino difiere claramente del femenino y, además, desde el principio, antes de que las hormonas sexuales puedan tener alguna influencia[4]. No todos los pares de ojos son iguales. En las retinas femeninas predominan las células P, sensibles al color y la textura, mientras que en las retinas masculinas predominan las células M que detectan el movimiento. Tampoco todos los oídos son iguales. Desde muy pequeñas las niñas son más sensibles a los sonidos que los niños.

Los recién nacidos no reaccionan todos del mismo modo a lo que entra en su campo visual: las niñas responden a expresiones faciales y los niños a objetos en movimiento[5]. En fin, que la ciencia demuestra que los niños y las niñas no juegan igual, no ven igual, no oyen igual, no ven el mundo de la misma manera. Hoy sabemos que las diferencias innatas entre los niños y las niñas son profundas. Lo inteligente es entenderlas y aprovecharlas, no encubrirlas ni despreciarlas.

Si no fuera una desgraciada realidad se podría relatar como una anécdota que muchos niños medicados con «Retalin» no tienen hiperactividad, sino que sencillamente son chicos y una profesora que les habla suavemente y desconoce su diferencia masculina les aburre enormemente.

Por tanto, es necesario y conveniente un modelo educativo que permita atender adecuadamente la diversidad del hombre y de la mujer, que tienen los mismos derechos pero presentan diferencias que no sólo son sexuales, sino que afectan a toda la persona. Precisamente si queremos que el hombre y la mujer sean iguales y sepan lo mismo debemos enseñárselo de manera distinta y adecuada a cada uno de ellos[6].

Las chicas maduran biológica y psicológicamente antes que los varones que resultan perjudicados en las aulas mixtas porque esa comparación constante con las chicas provoca un comportamiento inhibitorio. Las mujeres tienen mayor facilidad para las relaciones humanas, delicadeza en el trato y seriedad en el compromiso; mientras que los hombres se orientan más hacia el pensamiento abstracto y los grandes ideales.

Las escuelas mixtas provocan que haya muchos menos chicos con inclinación al arte y muchas menos vocaciones científicas de las chicas tan sólo por no tener que soportar de los compañeros calificativos despiadados y crueles en plena adolescencia.

Según un estudio reciente[7] las chicas rinden peor cuando tienen profesores del otro sexo, mientras que con los chicos ocurre lo mismo pero al revés, si el profesor en varón los chicos aprenden mejor. Las chicas aventajan a los chicos en lengua pero los chicos superan a las chicas en ciencias. Hasta donde concluye el estudio, tener un profesor del sexo opuesto es peor para los alumnos, aunque no aclara exactamente por qué: podría influir las actitudes espontáneas o incluso inconscientes del docente hacia los alumnos del otro sexo y de éstos hacia aquellos; pero también podría suceder que los docentes desconozcan o no tengan en cuenta que cada sexo tiene su propio estilo de aprender.

Lo que resulta incuestionable es que un aula mixta presente variables emocionales, conductuales y evolutivas mucho más acentuadas y dispares que un aula de un solo sexo.

La pregunta es : ¿separar alumnos por sexo es discriminar? Por qué, a menudo se podría decir que ocurre lo contrario, se podría decir que es más igualitarista separar a los desiguales para enseñarles lo mismo con la misma calidad educativa[8].

La sensibilidad de la sociedad actual hacia la discriminación ha llevado a plantearse la cuestión de si toda separación o diferencia es discriminatoria. La UNESCO en la «Convención relativa a la lucha contra las discriminaciones en la esfera de la enseñanza» (1960) sostiene, en su artículo 2, que la creación de sistemas de enseñanza separados no serán considerados discriminaciones[9].

La Asociación Americana de Mujeres Universitarias, en un estudio realizado con 1.331 chicas, señala que en los centros con educación mixta las chicas reciben una atención menor por parte de los profesores en su trabajo y en la solución de sus dudas[10]. Porque hay que tener en cuenta que existen una serie de factores diferenciales en el aprendizaje que aumentan o disminuyen la calidad de la enseñanza como son a) el fomento de la serenidad y concentración en el estudio; b) evitar la competitividad entre chicos y chicas en la adolescencia; y c) ser conscientes que la mujer es más comunicativa que el hombre y atender a esta realidad[11].


4. Escuelas diferentes para igualar

La educación mixta defrauda tanto a los chicos como a las chicas por la simple razón que los chicos y las chicas aprenden de distintas maneras. El «establishment» educativo ha adoctrinado a profesores y padres con el dogma de que a los chicos y las chicas se les debe enseñar las mismas materias, de la misma manera y al mismo tiempo. Pero esto es hacer violencia a la naturaleza y así se han extendido los problemas típicos de la escuela mixta.

El modelo de enseñanza que propugna una escuela única, pública y laica sometida a las ideologías está anclado en el pasado y es regresivo: la sociedad se mueve hacia un creciente pluralismo ideológico y cultural y ahora tenemos datos y pruebas que avalan el error de los dogmatismos educativos de antaño.

La escuela mixta existía en el siglo XIX por falta de espacio: ¡todos juntos en un aula! Luego en los años sesenta aumentó la escolarización y los años de estudio, pero no había dinero suficiente para construir escuelas separadas. El pecado original de la escuela mixta es ése: el resultado de una restricción presupuestaria[12].

La escuela mixta no nació para combatir la desigualdad de los sexos, eso se argumentó luego, en el 68 y desde las posiciones feministas en donde se equiparó la escuela mixta a igualitarismo. Pero la experiencia demuestra que la escuela mixta no ha conseguido asegurar la igualdad de los sexos ni la de las oportunidades, dos importantes objetivos que se esperaban de ese sistema escolar.

Entonces, ¿qué es mejor para nuestros hijos? No puede negarse que el asunto se encuentra en discusión y que hasta ahora no se cuenta con evidencias científicas suficientes para decidirse por la escuela mixta o diferenciada. Con todo hay numerosos indicios de que el dogmatismo educativo mixto actual —así como el contrario en su momento— carece de base pedagógica suficiente[13].

Pero al no existir una evidencia científicamente comprobada sobre qué sistema es más ventajoso, son los padres quienes tienen el derecho a escoger el tipo de escuela que desean para sus hijos y las autoridades deben facilitar ese derecho a los padres, incluso ofreciendo centros de escolarización diferenciada también en la red pública. No es aceptable argumentar que si los padres quieren una educación diferenciada para sus hijos deben pagarla porque no existe dinero público para la enseñanza, propiamente lo que existe son fondos procedentes de los impuestos que pagan los ciudadanos que se pueden y deben destinar a la enseñanza en todas sus modalidades.

Los padres, titulares del derecho a la educación de sus hijos, deberán tener en cuenta que la educación diferenciada no es sólo una cuestión de enseñanza o de escolarización, sino, sobre todo, es una cuestión familiar y de formación integral de los hijos que determina que siempre se tenga muy presente las peculiaridades de cada sexo en su propia formación.


Felipe Pou Ampuero

[1] José-Luis González Simancas, La educación diferenciada: una aclaración a los padres de familia, www.arguments.es, 21 diciembre 2005.
[2] Alejandro Llano, La educación en la encrucijada. Nuestro Tiempo, junio 2007, n. 636, p. 36.
[3] Fundación Acción para la Educación, El derecho de los padres a elegir la educación en libertad, Barcelona, 2005, p.3.
[4] Rafael Serrano, Por qué los chicos y las chicas no aprenden igual, www.aceprensa.com
[5] Leonard Sax, Why gender matters, Nueva York, 2005.
[6] Confederación de Padres y Madres de Alumnos (COFAPA), La educación diferenciada, una opción por la diversidad, Madrid, 2004. p.6.
[7] Thomas Dee, How a teacher’s gender affects boys and girls, Education next, 2006.
[8] Michel Fize, La escuela mixta hace sufrir a muchos niños, La Vanguardia, 15 diciembre 2004.
[9] Josep María Barnils, Qué es discriminación en educación, El País, 30 junio 2004.
[10] Confederación de Padres y Madres de Alumnos (COFAPA), La educación diferenciada, una opción por la diversidad, Madrid, 2004. p.10.
[11] José-Luis González Simancas, La educación diferenciada: una aclaración a los padres de familia, www.arguments.es, 21 diciembre 2005.
[12] Michel Fize, La escuela mixta hace sufrir a muchos niños, La Vanguardia, 15 diciembre 2004.
[13] José María Barrio Maestre, Educación diferenciada una opción razonable, El Semanal Digital, 17 julio 2006.