domingo, marzo 02, 2008

33. Ley natural

Fecha: 1 de marzo de 2008

TEMAS: Justicia, Razón, Naturaleza.

RESUMEN: 1. Los hombres tenemos un sentido natural de la justicia y de lo justo, de lo que está bien y de lo que está mal. Hablar de la ley natural del hombre es tanto como hablar de la ley de la razón del hombre. Esta ley natural no tiene más eficacia que la que cada uno de nosotros libremente le queramos reconocer. Pero de ese reconocimiento depende en gran medida nuestro propio bien y el bien común de la sociedad.

2. Lo que nos hace iguales a todos los hombres es que todos tenemos la misma naturaleza y reconocemos la misma ley que nos manda hacer el bien y evitar el mal. La ley más democrática de todas no es la que se encuentra respaldada por mayor número de votos, sino la ley natural, porque es la ley de todos los hombres. El criterio de la mayoría no es necesariamente bueno ni suficiente, además debe ser correcto.

3. La ley natural es una ley que descubrimos en nuestra propia razón en tanto que directiva de nuestro comportamiento. La ciencia no nos dice si un comportamiento es bueno o malo. Obrar bien requiere introducir orden en nuestros actos y deseos, para lo cual es indispensable preguntarse a dónde nos llevan nuestros actos y deseos y anticipar sus fines y objetos y valorarlos.

4. Esta es la alternativa: o somos espíritus racionales que obedecemos los valores que se desprenden de la ley natural de nuestra razón, o somos materia moldeable al capricho de los instintos o de quien los quiera manipular


SUMARIO: 1. Ley racional.- 2. Ley interior.- 3. Ley moral.- 4. Una sociedad más justa.

1. Ley racional

Dice Cicerón que no existe en absoluto la justicia si no está fundada sobre la naturaleza, porque si la justicia se funda sobre un interés, otro interés la destruye (Cicerón, Sobre las Leyes, I, 15)[1]. Los hombres tenemos un sentido natural de la justicia y de lo justo, de lo que está bien y de lo que está mal, que nos dice que existen ciertos comportamientos que son correctos y otros, al contrario, son incorrectos.

Para reconocer que la tortura contradice la naturaleza del hombre no hace falta grandes estudios: basta con preguntar al torturado. Y quien dice que la tortura no debería existir no está expresando tan sólo la repugnancia personal a la tortura sino que está afirmando un principio universal de respeto al hombre y a su dignidad[2]. Y es que para el sentido común de los hombres calificar algo como antinatural equivale a desaprobarlo y calificar cualquier conducta como natural equivale a defenderla de posibles desaprobaciones.

Pero lo natural en el hombre es la naturaleza humana. Esto es lo más natural y aquello en que nos igualamos todos. Unos serán rubios, otros bajos, unos listos, otros ricos, otros hábiles... pero todos son humanos, tienen la misma naturaleza humana y están hechos de los mismos materiales: carne, huesos y... alma. Y lo propio y característico de la naturaleza humana es la razón, porque la razón es lo que diferencia al hombre de los demás seres vivos. Y hablar de la ley natural del hombre es tanto como hablar de la ley de la razón del hombre[3].

Esta ley natural o de la razón es la que dice a cada hombre lo que está bien o lo que está mal. No se trata de una ley de fuerza o de poder, sino de una ley de razón, de autoridad, de argumentos, que dice lo que es justo y corresponde a cada cual. Esta ley natural inspira a la razón la convicción de que ciertas actitudes son realmente verdaderas y buenas y otras son realmente falsas y nocivas[4].

Esta ley de la razón es accesible de por sí sola a todos los hombres y les indica las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral: lo bueno y lo malo en la conducta del hombre. Por ser común a todos los hombres se trata de una gran oportunidad de unir y aunar a los hombres. Esta ley natural es lo que nos iguala y nos une frente a cualquier otra posible diferencia o discrepancia.

En la historia del pensamiento occidental, el concepto de ley natural siempre ha representado la aspiración de la racionalidad por encima de la brutalidad y de la universalidad por encima del localismo. Esta aspiración racional y universal es propia de la ética y la ética es lo propio de los hombres cabales.

La referencia a la ley natural es lo que nos permite distinguir entre leyes justas y leyes injustas —¿qué otra cosa si no?—, o discernir si una ley, tal vez justa en sí misma, no debe aplicarse en un caso determinado[5]. Desde luego, la referencia a la ley natural no inspira el uso de las armas, la violencia contra el débil y el abuso de poder.

Estamos de acuerdo en que el hombre tiene un valor absoluto, por encima de intereses y componendas de otros hombres. Pero si esto es así es porque existe Alguien absoluto que respalda el valor del hombre incluso allí donde los hombres no lo respetan. El ejercicio de la libertad humana implica la referencia a una ley natural de carácter universal que precede y aúna todos los derechos y deberes[6]. Esta ley es inmutable y no está sujeta a cambios o mudanzas de acuerdo con las modas, las costumbres y los avances del progreso. Lo siento, pero pegar a una madre es algo muy feo desde siempre y me temo que siempre lo será por mucho que adelante la biociencia.

Creo que estamos de acuerdo en que hablar de ley natural es tanto como hablar de unos principios morales básicos cuya vigencia no depende de ninguna autoridad política o eclesiástica, pues precede a una y a otra. Y creo también que este concepto se nos ha ido olvidando. Para Aristóteles la ley natural no era una realidad pre-política, sino algo propio y constituyente de la vida política[7].

Pero esta apelación a la naturaleza, a la ley natural de la razón resulta incómoda para los políticos porque entraña el reconocimiento de que su poder tiene un límite que no se puede traspasar sin graves peligros. La renuncia a la ley natural como criterio de praxis jurídica y política conduce inmediatamente a imponer el descriterio y el capricho de unos pocos sobre todos los demás.

Esta ley natural no tiene más eficacia que la que cada uno de nosotros libremente le queramos reconocer. Pero no hace falta ser muy listo para advertir que de ese reconocimiento depende en gran medida nuestro propio bien y el bien común de la sociedad.


2. Ley interior

La ley natural de la razón humana aprecia como una verdad primera y original a todo hombre el principio que dice «haz el bien y evita el mal». En esto estamos todos de acuerdo porque todos los hombres —absolutamente todos— somos seres morales por naturaleza. Se podría decir que lo que hace a los hombres iguales de verdad no es una afirmación constitucional, ni una declaración universal de derechos, ni una manifestación parlamentaria. Lo que nos hace iguales a todos los hombres es que todos tenemos la misma naturaleza y reconocemos la misma ley que nos manda hacer el bien y evitar el mal.

Por esto se puede afirmar con contundencia que la ley más democrática de todas no es la que se encuentra respaldada por mayor número de votos, sino la ley natural, porque es la ley de todos los hombres. Venimos al mundo con la ley natural puesta. Claro está, todos queremos hacer el bien, pero no coincidimos en qué cosa sea el bien. Pero esto es la segunda parte de la cuestión. La primera es que la ley natural es humana y de todos los hombres.

Y en esta universalidad de la ley natural a veces se confunde la defensa de la ley natural con una profesión de fe concreta. Que los cristianos defendamos la existencia de la ley natural, que es una ley de todos y que no cambia con el tiempo, no quiere decir que la ley natural sea un asunto cristiano, ni siquiera que la ley natural sea una ley religiosa o cristiana.

Considerada en sí misma, la ley natural no es un asunto cristiano, sino que es un asunto profundamente humano en el que todos podemos coincidir. La Iglesia reconoce en la ley natural una huella del plan original de Dios sobre el hombre, una verdad básica que permite enlazar con la plenitud de la verdad sobre el hombre que la Iglesia descubre en Jesucristo[8].

Pero no se trata de que la ley natural coincida con el Decálogo de la Ley de Dios. Más bien, se trata de que el Decálogo expresa por escrito y con más claridad verdades de la ley natural que pueden oscurecerse por diversos motivos. Porque algunos problemas morales son bastante complejos y para estar a su altura el juicio de conciencia debe refinarse. Así el Decálogo nos dice que evitar el mal es no matar, no robar, no insultar; que hacer el bien es amar a Dios, amar a los demás y desearles el bien.

Por esto, la mayor parte de nuestros desacuerdos no se refieren a la ley natural, sino a su materialización práctica en unas determinadas circunstancias. Podemos estar de acuerdo en hacer el bien, pero Stalin no pensaba que hacía mal cuando «libraba» a ciertas personas de su pueblo, tampoco Hitler pensó traicionar a su nación eliminando al pueblo judío y tantos ejemplos que nos vienen a la cabeza.

Habrá que afinar el criterio moral, estudiar y formarse. Pero algo ya queda claro desde el principio. El criterio válido es el de la ley natural que es un criterio racional. Y la razón hace referencia necesariamente a la verdad, no al poder o a la fuerza o la simple mayoría. El criterio de la mayoría no es necesariamente bueno ni suficiente, además debe ser correcto y racional.


3. Ley moral

Las leyes físicas —la gravedad, por ejemplo— sólo se pueden formular sobre la base de regularidades empíricas comprobadas, de tal manera que si se prueba la excepción ya no puede propiamente hablarse de ley. En el espacio no hay gravedad, pero en la Tierra siempre la hay, es inevitable.

Sin embargo, esto no ocurre con la ley natural, que a menudo es conculcada —matar a un inocente— y no por eso la ley del no matarás deja de ser ley. Porque la ley natural no es una ley que podamos descubrir y comprobar en la naturaleza de las cosas y del mundo creado, sino que es una ley que descubrimos en nuestra propia razón en tanto que dirige y ordena nuestro comportamiento.

La ciencia no es una norma de conducta del hombre. La ciencia no nos dice si un comportamiento es bueno o malo. Para saber que matar es hacer daño y está mal no hace falta consultar a un médico. Sin embargo, el conocimiento de un médico puede ser relevante para saber si una persona está o no está muerta. Porque al hablar de la conducta de los hombres no me refiero a la ley física, ni a la ley de la ciencia, sino a la sabiduría de la vida, a saber vivir. Y para saber vivir hay que saber qué es el hombre. Esto no nos lo dice la ciencia. La medicina nos dirá cómo es el hombre, sus órganos, su anatomía. Sin embargo, para saber qué es el hombre hay que contestar al sentido de su vida, al porqué de sus actos. Y esto lo contesta la ley natural que nos dice el criterio de bondad o maldad de la actuación de cada hombre.


4. Una sociedad más justa

La ley natural se presenta como una participación de una ley mayor, superior y anterior al mismo hombre que es la ley eterna con la que Dios dirige el mundo. No podemos olvidar que también para Dios la ley natural es, ante todo, la ley de nuestra razón práctica, el principio último de nuestras actuaciones.

Dios —si puedo hablar así— también sabe que la religión no es la primera fuente de las convicciones éticas del hombre. Estas convicciones (hacer el bien, no matar, no robar) se abren paso en la vida del hombre por la propia ley natural impresa en cada corazón humano. Y este bien que cada hombre quiere hacer se concreta de entrada en las inclinaciones naturales y primarias que todo hombre tiene: hacia la vida, hacia la sexualidad y procreación y hacia la convivencia y vida en sociedad con los demás.

Estos primeros principios son verdades originales por cuanto se distinguen de los demás conocimientos adquiridos por estudio y discurso[9]. Estos principios originales son la concreción de una convicción filosófica que dice que la norma moral no es la consecuencia de unas convicciones humanas, sino que es anterior a ellas. La ley natural pone orden en nuestras inclinaciones a la vida, a la sexualidad y a la sociedad para que en todas se haga el bien y se evite el mal, para que nuestras acciones sean siempre justas y equitativas.

Por esta razón la ética es una forma de sabiduría, en el sentido de que sabio no es la persona que sabe mucho de algo o hasta de todo, sino la persona que sabe vivir en general. Obrar bien requiere introducir orden en nuestros actos y deseos, para lo cual es indispensable preguntarse a dónde nos llevan nuestros actos y deseos y anticipar sus fines y objetos y valorarlos. Todo esto es obra de la razón, no de los impulsos sensuales, desde luego.

Obrar bien entraña en la práctica cumplir una serie de preceptos, pero desde el punto de vista moral importa, y mucho, la manera de cumplirlos. Y, precisamente, porque el hombre no es razón pura, sino cuerpo y razón, su misma corporalidad no es irrelevante a la hora de ordenar sus actos al bien. La vida personal no es indiferente de nuestras creencias. Esta es la alternativa: o somos espíritus racionales que obedecemos los valores que se desprenden de la ley natural de nuestra razón, o somos materia moldeable al capricho de los instintos o de quien los quiera manipular[10].

Si por un lado el hombre sólo alcanza a desarrollar su humanidad en sociedad, por otro, la sociedad sólo es realmente humana cuando respeta la naturaleza del hombre, es decir, cuando encuentra en la naturaleza humana su pauta de desarrollo[11].


Felipe Pou Ampuero

[1] Cfr. Ana Marta González, La naturaleza y lo natural como límite al poder. Nuestro Tiempo, mayo 2005, n. 611, p. 102.
[2] Robert Sapemann, ¿Son ‘natural’ y ‘antinatural’ conceptos moralmente relevantes?, www. Aceprensa.com
[3] Benedicto XVI, Discurso a la Comisión Teológica Internacional. Ciudad del Vaticano, 5 de octubre de 2007.
[4] Juan Manuel de Prada, La abolición del hombre, El Semanal, 7 de octubre de 2007.
[5] Ana Marta González, Nuestro Tiempo, marzo 2007, n.633, p.64.
[6] Juan Pablo II, Enc. Veritatis Splendor, n.61
[7] Ana Marta González, La naturaleza y lo natural como límite al poder. Nuestro Tiempo, mayo 2005, n. 611, p. 104.
[8] Ana Marta González, entrevista de Corina Dávalos publicada en Zenit La ley que usamos con más frecuencia, la más democrática de todas es la ley natural.
[9] Alejandro Llano, La ética puede aprender de la naturaleza, Alga y Omega, 4 de mayo de 2006.
[10] Juan Manuel de Prada, La abolición del hombre, El Semanal, 7 de octubre de 2007.
[11] Ana Marta González, La naturaleza y lo natural como límite al poder. Nuestro Tiempo, mayo 2005, n. 611, p. 107.

sábado, febrero 02, 2008

32. Modernismo

Fecha: 1 de febrero de 2008

TEMAS: Ciencia, Persona, Verdad.

RESUMEN: 1. Tenemos raciocinio para conocer la realidad que nos rodea y este conocimiento, cuando es verdadero nos hace comprender el mundo y al mismo hombre. Pero la realidad de las cosas y del mundo que nos rodea y la realidad del mismo hombre no queda totalmente definida sólo por los fenómenos que el hombre puede percibir.

2. Para el hombre modernista sólo existe lo que se puede conocer racionalmente. Sólo es realidad lo que se puede comprobar y certificar. Lo demás, entre otras cosas, la misma existencia de Dios y del mundo espiritual, no es científico ni real.

3. El hombre modernista piensa que el modo de alcanzar la felicidad en la vida es evadiendo la cuestión de la verdad.

4. Para el filósofo modernista la fe es inmanente al hombre, por tanto, Dios, que es el objeto de la fe, no es Alguien que trasciende al hombre sino que es una idea y un sentimiento del hombre. El concepto modernista de dios es tan simple y tan irreal, tan falso y tan feo, que convierte a dios en una caricatura del verdadero Dios.

5. Que la razón humana no pueda comprender a Dios por sus solas facultades humanas no significa que Dios no exista. Más bien hace referencia a la absoluta falta de proporción entre la existencia de Dios y el entendimiento humano.

6. Como Dios existe, no existe la idea de Dios, ni ser cristiano es una idea, ni menos una ideología, sino que Dios es el Señor de la historia y la causa y principio del hombre y del mundo. El modernismo como intento de diálogo del mundo moderno padece un error inicial: poner en entredicho el sentido de la relación de Dios con el mundo.

7. Se encuentran enfrentadas dos maneras de entender la vida: vida humana con Dios o vida humana sin Dios, ésta es la cuestión capital.


SUMARIO: 1. Saber.- 2. ¿Quién es Dios?.- 3. ¿Qué es la religión?.- 4. Realismo.- 5. La opción fundamental.-

1. Saber

Modernista viene de moderno, sin embargo, los modernistas ya van siendo viejos. Se nos ha ido el año 2007 y, entre otros aniversarios, hemos celebrado el centenario de la «Pascendi» que en 1907 enseñó los errores del modernismo y de su forma de entender el mundo.

Aristóteles inició su Metafísica diciendo que todo hombre por naturaleza desea saber (Metafísica I, 1: 980 a 1). El deseo de conocer y de saber forma parte esencial del hombre. Tenemos raciocinio para conocer la realidad que nos rodea y este conocimiento, cuando es verdadero, nos hace comprender el mundo y al mismo hombre. Tan esencial es al hombre que no puede prescindir de este afán de conocimiento.

Pero la razón humana tiene los límites propios de la naturaleza humana. Conoce los hechos, lo que acontece, lo que ocurre alrededor del hombre y éste puede percibir por sus sentidos. El hombre percibe fenómenos. Podría llegar a ocurrir que se quisiera conocer el mundo sólo desde el punto de vista del hombre y sólo por los hechos que el hombre puede percibir. Sería un conocimiento fenomenológico y, por tanto, limitado y parcial. Porque la realidad de las cosas y del mundo que nos rodea y la realidad del mismo hombre no queda totalmente definida sólo por los fenómenos que el hombre puede percibir.

Los modernistas sostienen que el hombre, tal como es, no posee el derecho ni la facultad de franquear los límites de las cosas materiales y, por tanto, con sus solas facultades es incapaz de elevarse hasta Dios, ni de conocer su existencia[1]. De donde resultaría que el hombre no podría conocer, ni siquiera atisbar, por las cosas creadas la existencia de un Creador.

La filosofía moderna o modernista a partir de la Ilustración renunció a conocer la verdad de la realidad y del mundo que rodea al hombre y se aferró a la certeza (incompleta) que pueda conseguir por medio del conocimiento racional. Ante la incapacidad propia para conocer la verdad de las cosas, renunció a la verdad misma y se conforma con la certeza que puede dar la racionalización del mundo. Para el hombre ilustrado el mundo deja de ser el mundo real y empieza a ser el mundo científico. El mundo no científico, por no poderlo conocer el hombre dentro de sus límites, simplemente se desprecia y se relega a los confines de lo imaginario.

Para el hombre modernista sólo existe lo que se puede conocer racionalmente. Sólo es realidad lo que se puede comprobar y certificar. Lo demás, entre otras cosas, la misma existencia de Dios y del mundo espiritual, no es científico ni real.

Esta decisión implica renunciar a reconocer que existe una inteligencia más alta que la humana, que es la inteligencia del Creador que determina lo que son las cosas y los límites del poder humano de transformarlas[2]. No reconocer un Creador es tanto como admitir que Dios no existe y entonces la lógica de la realidad de las cosas va por otros caminos.

El hombre modernista piensa que el modo de alcanzar la felicidad en la vida es evadiendo la cuestión de la verdad. Si la verdad no se puede alcanzar con las solas fuerzas humanas, entonces viviremos sólo de la certeza científica, dicen. Por tanto, al modernista que renuncia a la verdad y al conocimiento de Dios no le queda más salida que el agnosticismo. ¿Dios existe? No lo sé, no lo puedo comprobar científicamente, no lo puedo ver con el microscopio.

Para los modernistas, la ciencia tiene que ser atea. ¿Cómo va a fundarse la ciencia y el saber científico en una verdad indemostrable? Dios y lo divino quedan desterrados[3]. De donde se infieren dos consecuencias: una, que Dios no puede ser objeto directo de la ciencia; y dos, que Dios, de ningún modo, puede ser sujeto de la Historia. La realidad y la Historia de los hombres es científica —piensan— y Dios es imaginario.

Por esta misma lógica, las leyes de los Estados y el orden público y cívico de las sociedades humanas deben ser científicos y verdaderos, por lo menos ciertos y seguros, de modo y manera que las leyes no deberán tener en cuenta a Dios ni a las creencias de los ciudadanos porque todas esas cosas pertenecen al mundo imaginario de cada cual, pero no son reales.

Para los hombres modernistas surge un desdoblamiento de la personalidad. En cuanto científicos y hombres de su tiempo son personas agnósticas y certeras, que se atienen con seguridad a la realidad que se puede palpar y tocar. Pero en cuanto a su mundo interior —el imaginario— queda relegado a la intimidad caprichosa de cada uno que no tiene derecho a trascender a su vida pública[4].

La cultura modernista manifiesta una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera y que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como conocimiento personal de la verdad íntima de cada hombre.

El gran obstáculo para aceptar la noticia sobre el destino eterno del hombre es su propia autosuficiencia, que prefiere aferrarse a la crispación de la certeza individual, antes que abrirse a la riqueza de la verdad compartida[5]. Pero el ansia de verdad que anida en el corazón del hombre reclama su derecho a saber. El gran vacío interior que atenaza a muchas personas, la pérdida del sentido de la vida, la fragmentación de la existencia, el decaimiento creciente de la solidaridad entendida sólo como ayuda material, es un grito silencioso del hombre moderno que dice que algo no encaja, que al puzzle de la filosofía modernista le falta una pieza.

Emerge un nuevo modo de pensar que trata de comprender lo que nos está pasando y ¡qué sorpresa! está interesado ni más ni menos que en la verdad[6]. Porque lo que conocemos por medio de los fenómenos, lo que acontece ante nosotros, no son nuestras ideas, sino las cosas mismas, que tienen su propia existencia aunque no la pudiéramos comprobar y certificar científicamente. Esa montaña existe porque es y no porque yo la vea y la conozca. Es más, existirá siempre aunque yo no la conozca.


2. ¿Quién es Dios?

Lo moderno no es lo modernista, que, en el fondo, es una manera de combatir la religión y la existencia de Dios. Para el filósofo modernista, hijo de la Ilustración, la fe es inmanente al hombre, se tiene que explicar desde el mismo hombre que es la única realidad verificable. Por tanto, Dios, que es el objeto de la fe, no es Alguien que trasciende al hombre y se encuentra fuera y por encima del hombre, sino que Dios es una idea y un sentimiento del hombre[7].

Dios, en cuanto Dios, no existe, dicen. Es una necesidad de algunos hombres que necesitan creer en algo. El objeto de la fe no es Dios, sino la idea de Dios y como tal idea es objeto de comprobación, de crítica, de razonamiento y, sobre todo, la idea de Dios es algo humano y, por supuesto, no es divina. Dios ha dejado de ser un «Quién » y se ha convertido en un «qué».

De aquí se puede concluir fácilmente que si dios es una idea, Cristo fue un hombre más, no Dios ni el Hijo de Dios. Cristo fue un hombre singular, especial y extraordinario, pero sólo fue un hombre y los cristianos seguiríamos a un hombre.

Al pensar en dios como un hombre se le reduce y somete a las limitaciones propias de los hombres y se pretender entender y comprender a dios como se pretende comprender a un hombre más. El concepto modernista de dios es tan simple y tan irreal, tan falso y tan feo, que convierte a Dios en una caricatura del verdadero Dios.

Desde luego yo no creo en un dios como el que describen los modernistas. Ni mi Dios es una idea de dios. Dios es una Persona, divina por más señas y, desde luego, existe en la realidad no en mis ideas. Dios es el fundamento de la realidad, tan fundamento que sin la existencia de Dios no existiría la realidad misma. Por tanto, si quiero conocer la verdadera realidad debo conocerla como Dios mismo la conoce y me lo hace saber por medio de su Palabra revelada.

¡Huy!, todo esto me parece poco demostrable. ¿Qué puedo hacer?


3. ¿Qué es la religión?

Para un modernista la religión es la necesidad del hombre de creer en algo y de satisfacer su mundo espiritual. Por tanto, la religión es un sentimiento que tiene su causa y origen en la necesidad humana de espiritualidad. La religión no debe buscarse fuera del hombre, sino en su interior. El objeto de la religión es un sentimiento que tuvo su origen en la conciencia que dejó Cristo cuando vivió históricamente entre los hombres. Cristo fue aquel hombre de naturaleza privilegiada, único entre los hombres y singular de todo punto, pero en cuanto hombre murió y sólo nos queda de él su recuerdo y ejemplo.

Porque todo encaja si resulta que Dios no existe. Porque si Dios existiera entonces la religión no sería un sentimiento del hombre, sino el conocimiento y relación con el Otro, el único no-hombre con el que el hombre puede relacionarse. Y si además resulta que ese Dios quiere hablar al hombre como un Padre entonces resulta que la religión es un don de Dios, una relación cariñosa y no un sentimiento.

Pero todo esto no tiene ninguna lógica científica. En qué cabeza cabe que un Dios se pueda humillar tanto...


4. Realismo

Si Dios no existe entonces la fe se tiene que explicar con categorías humanas y acudiendo a los sentimientos de los hombres, fabricando un dios a la medida del entendimiento del hombre. Pero si Dios existiera entonces la fe no podría explicarse con las categorías de una filosofía subjetivista. Como recordaba Chesterton el empeño de la postura cientifista de reducir todo a lo empírico acota la realidad sólo a lo que se puede ver con el ojo humano.

Si no queremos admitir que Dios sea superior al hombre, por la misma razón tampoco podremos probar que el hombre es superior al caballo[8]. Que la razón humana no pueda conocer a Dios y apreciar su existencia por sus solas facultades humanas no significa que Dios no exista. Más bien hace referencia a la absoluta falta de proporción entre la existencia de Dios y el entendimiento humano[9].

Lo peor que le puede pasar a un hombre es llegar a la verdad de los hechos y descubrir que éstos no tienen sentido. La confianza en la razón sólo se puede apoyar en la fe, en que todos los acontecimientos de la vida están dotados de un sentido trascendente.

No son los elementos del cosmos, las leyes de la materia, lo que en definitiva gobierna el mundo y el hombre, sino que es un Dios personal quien gobierna las estrellas, la última instancia es la razón, la voluntad, el amor: una Persona[10].

Sin embargo, si Dios existe, los Libros sagrados son la Palabra de Dios que viene al encuentro de la razón humana, esa razón pequeña y limitada, creada a imagen de la divina, pero en todo inferior a la suya. Esa razón humana que no puede demostrar la existencia de Dios, como tampoco puede demostrar la existencia de tantas cosas en las que cree y confía. Pero que por la Palabra de Dios sabe que no todo se acaba aquí abajo, que nuestro futuro está asegurado.

La realidad de las cosas y del mundo no es tal como la ven nuestros ojos de hombres racionales y modernistas, sino como la ven los ojos del Creador, que son capaces de ver lo visible y lo invisible, lo que parece que importa y lo que es realmente importante. El hombre real que sabe que Dios existe vive para Dios y sabe que no se aleja del mundo porque el mundo es de Dios y Dios se ha vinculado definitivamente a nuestro mundo en la carne de su Hijo[11].

Como Dios existe, no existe la idea de Dios, ni ser cristiano es una idea, ni menos una ideología que dependa de circunstancias históricas de un tiempo y de un lugar, ni se trata de una teoría sometida a las leyes de la historia. Como Dios existe es el Señor de la historia y la causa y principio del hombre y del mundo, es la explicación acabada de la realidad[12].

La existencia de Dios es la primera y principal realidad de todas. Sin Dios nada tiene sentido. Si no existe una referencia por encima del hombre que justifica el sentido de la vida, ninguna vida tendría sentido y todas quedarían expuestas al sentido de un hombre o de un grupo de hombres que se considerarían superiores a los demás. Sólo reconociendo a Dios superior al hombre el hombre es respetado por el mismo hombre.


5. La opción fundamental

El modernismo como intento de diálogo del mundo moderno padece un error inicial: poner en entredicho el sentido de la relación de Dios con el mundo. El mundo no solamente es conocido por la razón humana, sino también y, sobre todo, es conocido por lo revelado por la Palabra de Dios. Esto significa situar el centro del mundo no en el hombre y su raciocinio, sino en Dios, su Creador[13].

Tenemos que tener en cuenta la gravedad del conflicto cultural en el que vivimos actualmente. Se encuentran enfrentadas dos maneras de entender la vida: vida humana con Dios o vida humana sin Dios, ésta es la cuestión capital[14]. Pero esta dualidad no se debe comprender como una exclusión de la razón humana y de la racionalidad. Dios no pide al hombre que reniegue de su humanidad ni de su racionalidad: entre otras cosas porque la razón humana también es creación divina.

Si la razón humana es capaz de organizar la convivencia y elaborar modelos de vida y de comportamiento, la fe purifica y enriquece las capacidades naturales, ilumina la razón, purifica los deseos y fortalece la voluntad para percibir y practicar el bien en la vida personal y social. Éste es precisamente el error de la filosofía modernista: pensar que el hombre encerrado en sí mismo, sin contar con Dios, puede alcanzar la plenitud de su existencia.

En la posmodernidad vuelve a ser imposible discutir de ética y de política sin recurrir a algo así como una verdad de la vida humana, es decir, a lo que hemos empezado a llamar de nuevo humanismo[15]. Tenemos que aprender, en primer lugar, a distinguir entre lo que me parece bueno y lo que realmente es bueno; entre lo que me apetece y aquello que verdaderamente me perfecciona como persona, lo que me hace mejor persona.

La vida humana es como un juego en el que se puede perder y se puede ganar. Pero la victoria solo es posible si cabe la derrota. Y este juego es el ejercicio de la libertad que cada uno tenemos y que nos permite decir sí o decir no, y también nos permite rectificar nuestras equivocaciones. Con el escritor converso al catolicismo T.S. Elliot podemos decir que nunca dejaremos de explorar y el final de nuestra búsqueda consistirá en llegar al lugar donde habíamos comenzado y conocer ese lugar por primera vez[16].

«Si Dios no existe está todo permitido» dijo Fiódor Dostoyevski en Los hermanos Karamazov. Sin embargo, si Dios existe «nada te turbe, (...). Solo Dios basta.» dice Santa Teresa de Jesús.

«El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten»[17].


Felipe Pou Ampuero

[1] San Pío X, Enc. Pascendi Dominici Greeci, Ciudad del Vaticano, 8 de septiembre de 1907, n.4
[2] Ángel Rodríguez Luño, Relativismo, verdad y fe,
[3] San Pío X, Enc. Pascendi Dominici Greeci, n.4
[4] Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, ¿Dónde está tu Dios?, Ciudad del Vaticano, 11-13 de marzo de 2004, n.I-3.
[5] Alejandro Llano, ¿Qué nos espera?, Alfa y Omega, ABC, 1 de marzo de 2007.
[6] Alejandro Llano, Humanismo y posmodernidad, Nuestro Tiempo, n. 627, septiembre 2006, p.21
[7] San Pío X, Enc. Pascendi Dominici Greeci, n.18.
[8] Eduardo Terrasa, Escritores conversos. Una epopeya silenciosa, Nuestro Tiempo, n. 641, noviembre 2007, p.54.
[9] San Pío X, Enc. Pascendi Dominici Greeci, n.40.
[10] Benedicto XVI, Enc. Spe Salvi, Ciudad del Vaticano, 30 de noviembre de 2007, n.5.
[11] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Vivir cristianamente en democracia, Pamplona, 3 de marzo de 2007, www.zenit.org.
[12] Benedicto XVI, Discurso en la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida (Brasil), 13 demayo de 2007.
[13] R. García de Haro, Gran Enciclopedia Rialp, tomo 16, voz Modernismo teológico, p. 147.
[14] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, ob.cit.
[15] Alejandro Llano, Humanismo y posmodernidad, p.29.
[16] Eduardo Terrasa, Escritores conversos. Una epopeya silenciosa, p.61.
[17] Benedicto XVI, Homilía de Nochebuena, Ciudad del vaticano, 25 de diciembre de 2007, www.vatican.va.

sábado, enero 05, 2008

31. Madres

Fecha: 1 de enero de 2008

TEMAS: Mujer, Madre, Matrimonio.

RESUMEN: 1. El humanismo cristiano recuerda que la persona humana —hombre y mujer— no son una construcción ideológica, fruto de una casualidad o de una situación histórica concreta. No son una idea y por eso no son una ideología. Son una realidad.


2. La naturaleza no es una casualidad, ni menos aún un juego caprichoso. La naturaleza femenina muestra una verdad sobre la mujer: dice que la mujer en su ser más profundo e íntimo lleva el germen de la maternidad y puede ser madre como ningún hombre puede serlo.


3. El hombre y la mujer se definen en su libertad. Pero se es más libre cuando se elige ser más uno mismo, en este caso, cuando se elige crecer como mujer. Y crecer como mujer es profundizar en su propia naturaleza, en la verdad que dice la naturaleza femenina. Se es más mujer cuando se es más femenina.


4. La madre, en la especie humana, no simplemente pare y protege unas crías. La madre concibe y educa seres humanos que por ser libres están capacitados para amar a otras personas. La fuerza de la maternidad va más allá de los actos corporales que hacen a una mujer madre físicamente.


5. La maternidad hace referencia a la paternidad puesto que ninguna mujer puede ser madre —naturalmente— sin el concurso de un hombre. Ser madre supone conocer un hombre. Ser mujer de esta manera es una manera de ser. Y como tal implica una elección en la vida. Ser madre es una elección comprometida.


6. Ser madre en último extremo significa ser fiel al compromiso aceptado, es sostener el matrimonio donde la maternidad tiene su explicación y del que crece la familia.

SUMARIO: 1. Madres.- 2. Casadas.- 3. Comprometidas.- 4. Una manera de ser.

1. Madres


Para algunas mujeres se ha implantado la ideología[1] de la maternidad intensiva. En esta ideología destacan tres principios fundamentales. Primero, la mujer debe invertir una enorme cantidad de tiempo, dinero y desgaste emocional en la crianza de los hijos, como si fueran su bien más preciado, por encima, incluso, de su propio marido. Segundo, se desprecia la aportación paterna en la educación de los hijos. A los hombres se les considera «enanos emocionales» con mentes unilaterales que sólo entienden lo relativo a ganarse el pan. Y tercero, los niños son seres casi celestiales, en absoluto humanos normales y exentos de cualquier malicia puesto que por nacimiento son inocentes, puros y, en definitiva, niños, es decir, y parece que, no humanos.


La misma sociedad que difunde la anterior ideología que insta a las madres a dar su vida con abnegación a los inocentes niños, al mismo tiempo, les impulsa a ser mujeres individualistas y ambiciosamente competitivas en su trabajo demostrando a todos, especialmente a los hombres, que la mujer es capaz de ser el trabajador más competente.


Frente a esta ideología feminista que exalta la figura de la mujer aislada de su naturaleza humana el humanismo cristiano recuerda, una y otra vez, que el matrimonio y la familia y, por ende, la persona humana hombre y mujer no son una construcción ideológica, fruto de una casualidad o de una situación histórica concreta. No son una idea y por eso no son una ideología. Son una realidad.


En el mundo que nos rodea hay muchas cosas opinables. Pero también es cierto que hay afirmaciones que son verdaderas y otras afirmaciones que son falsas. Y la realidad siempre es la realidad, nunca una opinión.


El que la mujer sea madre por naturaleza se ha entendido como una opinión opresora[2] propia de una concepción social basada en el patriarcado y el ejercicio del poder por el uso de la fuerza del hombre. La mujer habría nacido para ser madre porque el instinto de conservación de la especie le obligaba a seguir el ciclo de reproducción. Era una «animal» condenado a producir niños y a criarlos. Y esta condena biológica le privaba de su libertad natural. Así pues, la liberación de la mujer consistiría en liberarla de la maternidad y que fuera la propia mujer quien decidiera el destino de su propio cuerpo sin verse condicionada por la naturaleza.


La mujer liberada elige cuándo quiere ser madre. La nueva mujer ya no tiene una maternidad impuesta por la naturaleza, sino una maternidad elegida por ella misma. Sin embargo, esta liberación de la mujer padece del error inicial de considerar la naturaleza como una limitación del hombre y de la mujer. Se entiende que la mujer está limitada por ser naturalmente mujer. Se concibe la naturaleza de la persona como un conjunto de funciones sin ninguna finalidad última y de las que la voluntad individual puede disponer a su capricho.


Pero la naturaleza no es una casualidad, ni menos aún un juego caprichoso. La naturaleza femenina muestra una verdad sobre la mujer que no es ciertamente que está dominada por el hombre. En cambio, la naturaleza sí dice que la mujer en su ser más profundo e íntimo lleva el germen de la maternidad y puede ser madre como ningún hombre puede serlo.


En una encuesta de la agencia europea Eurostat de finales del año 2001 se revelaba que en Europa la edad media de las mujeres que tenían hijos se había elevado desde los 26 años a los 30 años y que, en general las europeas tenían un solo hijo —la fecundidad media es de 1,5 hijos por mujer y la tasa de sustitución de las generaciones es de 2,1—, pero el número de mujeres que elegían ser madres era igual o superior que en el año 1976.


A pesar de la teoría de la liberación femenina, la mujer sigue eligiendo libremente ser madre porque sabe o intuye que siendo madre experimenta una felicidad que no podrá conseguir con el éxito profesional.


El hombre y la mujer se definen en su libertad. Pero se es más libre cuando se elige ser más uno mismo, en este caso, cuado se elige crecer como mujer. Y crecer como mujer es profundizar en su propia naturaleza, en la verdad que dice la naturaleza femenina. Se es más mujer cuando se es más femenina.



2. Casadas


Ocurre además que algunas mujeres entienden que liberarse de la maternidad significa liberarse del matrimonio. Mujer liberada es la mujer no sometida al marido. Curiosa deducción. Equivale a pensar que el matrimonio esclaviza y que la libertad es la ausencia de compromiso.


Desde 1960 a 2000 la tasa de divorcio en Estados Unidos creció más del doble, pasando del 20% al 45% de todos los primeros matrimonios. Y desde 1960 a 2003 el porcentaje de hijos nacidos fuera del matrimonio creció del 5% al 35%, es decir, uno de cada tres niños nace dentro de alguna de las llamadas «otras realidades familiares»[3]. Bajo la actual legislación americana y también la española los tribunales ofrecen menor protección al contrato matrimonial que a un contrato mercantil ordinario.


La consecuencia directa de esta liberación femenina es que cada año se ven afectados, por ejemplo, en los Países Bajos, 35.000 niños por el divorcio de sus padres y que el miembro de la antigua pareja con los hijos a su cargo, casi siempre la mujer, inicia con frecuencia relaciones con terceros y se crean situaciones no supervisadas y que escapan al control legal con grave riesgo para la integridad física y moral de los niños. De esos niños a los que algunas mujeres dedican su vida por completo...


En contra de esta liberación feminista se alza la experiencia de todas las civilizaciones que han privilegiado siempre un entorno estable para las relaciones sexuales, reconociendo en ellas una profunda dimensión moral y unas consecuencias que trascienden con mucho la intimidad de la alcoba de dos adultos.


La madre, en la especie humana, no simplemente pare y protege unas crías. La madre concibe y educa seres humanos que por ser libres están capacitados para amar a otras personas. La fuerza de la maternidad va más allá de los actos corporales que hacen a una mujer madre físicamente. Ser madre es distinto de engendrar niños. Es formar personas de tal manera que ser madre implica ser esposa, estar comprometida en unión matrimonial alimentando un entorno y un ambiente favorable a la maduración de la personalidad de los hijos.


Un matrimonio siempre ha sido más que un contrato para vivir juntos y el derecho y el legislador deben reconocer que son sólo uno de entre los muchos factores que contribuyen a crear y sostener una cultura del matrimonio.


La mujer es madre por naturaleza. Pero la maternidad hace referencia a la paternidad puesto que ninguna mujer puede ser madre —naturalmente— sin el concurso de un hombre. Ser madre supone conocer un hombre. Este conocimiento del hombre puede ser esporádico y transitorio o estable y duradero. En la misma medida se verá afectada la maternidad que deriva de esa convivencia pasajera o estable.



3. Comprometidas


La mentalidad liberadora de la mujer entiende que ser libre es no tener compromisos. Ser libre es, entonces, poder siempre y en todo momento elegir entre distintas opciones. Pensar que la mujer es libre cuando elige es tanto como pensar que no puede comprometerse porque no existe un motivo lo suficientemente bueno para comprometerse y dejar de elegir.


Sin embargo, todos dejamos de elegir cuando nos enamoramos. Entonces ya no queremos más. Ya hemos elegido y nos es suficiente. No nos consideramos esclavos de nuestro amor. Más bien, nos encontramos felices por la buena elección que hemos realizado.


Además, elegir, elegir, siempre se está eligiendo en la vida. Y el mero hecho de elegir no es el fin de la vida de cada uno, sino que hacer elecciones es, más bien, el medio por el que cada uno realiza su propia vida. Cada día elijo levantarme a la hora o quedarme en la cama, ir a trabajar o no ir, trabajar bien y a conciencia o perder el tiempo fingiendo que trabajo. Y en cada elección afirmo mi vida de acuerdo con el compromiso que he asumido o no y salgo derrotado en cada envite. Pero elegir, elegir, todos elegimos, los comprometidos y los no comprometidos.


El mismo hecho de ser madre es una elección. Y el no querer ser madre es otra elección. Mantener el compromiso adquirido es otra elección, la de cada día, la de cada momento, es la elección por ser fiel en toda situación. Ser fiel a tantas cosas, pero, para empezar, ser fiel a la propia naturaleza de cada uno que nos dice que ser mujer es poder ser madre.



4. Una manera de ser


Ser mujer de esta manera es una manera de ser. Y como tal implica una elección en la vida, la de ser de una manera y la de no ser de las otras maneras que se oponen a la manera de ser madre. Ser madre es una elección comprometida.


Y en qué consiste realmente ser madre. Pues ser madre supone concebir la vida de una mujer como una vida arriesgada, porque tener hijos y educarlos es formar personas libres que pueden ser de una manera o de otra, como ellos quieran. Entraña su riesgo y su peligro. Se puede tener mucho miedo a ser madre y se puede superar el miedo con la misma cantidad de cariño.


Ser madre significa que la vida no se acaba en los actos físicos o corporales, como si ser madre fuera dar a luz. No. Dar a luz es empezar a ser madre y, además, es sólo una de las varias posibles maneras de ser madre. Porque ser madre no es algo corporal, ni físico, ni por contacto. Ser madre es algo humano, con una mezcla misteriosa, pero real, de corazón y cabeza, de amor y de fortaleza. Se es madre toda la vida y se es madre para siempre, de una manera que ni las leyes ni los parlamentos pueden quebrar o hacer olvidar.


Ser madre significa pensar en otro, en el hijo y en todos los hijos que puedan llegar sin haber avisado antes. Quererlos a todos y acogerlos a todos sin perder calidad maternal. Ser madre es demostrar que el cariño no se desgasta como el jabón en las manos, sino que se mantiene y se aumenta con la maternidad sobrevenida y por no esperada más querida.


Ser madre es crear familia donde se forman los hijos que serán hombres y mujeres cuando sean adultos. Niños que no son seres angelicales ni seres demenciales: son niños que necesitan de la presencia constante de su madre y de su padre para aprender a ser personas, es decir, para trascender de sus instintos y vivir en libertad.


Toda sociedad necesita una masa crítica de mujeres y de familias que puedan educar a la infancia y servir de modelo a otros adultos que se encuentran en la misma situación o en situaciones difíciles.


Ser madre en último extremo significa ser fiel al compromiso aceptado, es sostener el matrimonio donde la maternidad tiene su explicación y del que crece la familia. Lo fácil es tirar la toalla a la primera de cambio, pero lo fácil no es sinónimo de lo mejor. Los matrimonios fieles y comprometidos no han atravesado menos dificultades que los matrimonios rotos. Sencillamente han sabido superar las dificultades de sus crisis.


Ser madre es llevar al hombre y traer al hombre a la vida. Ser madre es dar vida, pero no una vida cualquiera, sino la vida comprometida con la naturaleza de la mujer. Ser madre no es equivalente a ser una mujer con hijos[4], es algo más o algo distinto. Es ser esposa de su marido y fiel a su amor.



Felipe Pou Ampuero


[1] Mercedes Taler, Las contradicciones culturales de la maternidad, Aceprensa, servicio 164/98, 25 de noviembre de 1998.
[2] Nieves García, ¿Liberarse de la maternidad? No, gracias, Mujer Nueva, 2 de mayo de 2003.
[3] Propuestas para revitalizar el matrimonio, Aceprensa, servicio 109/06, 18 de octubre de 2006.
[4] Janne Haaland Matlary, Maternidad y feminismo, Lexicon, Consejo Pontificio para la Familia, Ed. Palabra, 2004, p. 716.

domingo, diciembre 02, 2007

30. Trabajadoras

Fecha: 1 de diciembre de 2007.

TEMAS: Mujer, Trabajo, Conciliación.

RESUMEN: 1. El acceso de la mujer al mundo del trabajo y a los puestos de dirección de la sociedad se ha considerado como una de las grandes conquistas del feminismo del siglo pasado —del siglo XX, se entiende— y de la igualdad de los sexos. Realmente, si lo pensamos con un poco de detenimiento, bajo estas afirmaciones subyace la idea de que la mujer tiene mucho más que ofrecer a la sociedad como trabajadora que como madre, como ama de casa.

2. En muchos casos lo que ocurre es que la mujer no puede elegir con total libertad entre un empleo remunerado y dedicarse plenamente al trabajo en casa. Tantas mujeres quisieran dejar su trabajo fuera del hogar y no pueden hacerlo porque necesitan ese segundo o primer sueldo.

3. Las mujeres modernas, sin prejuicios laborales machistas consideran que dejar a sus hijos en manos de otros les hace más vulnerables a los malos hábitos y les pone en peligro de sufrir abusos físicos y morales. Se dan cuenta que su trabajo en casa no es tan reemplazable como ellas pensaban.

4. Porque debemos preguntarnos hacia dónde vamos, qué es lo que queremos: una economía más competitiva o una sociedad mejor. Y es necesario elegir de una vez. Todo a la vez no se puede, es necesario jerarquizar y dar prioridad a la persona. Nuestra sociedad no puede permitirse por más tiempo el organizarse solamente como un sistema de prestación de servicios económicos; todo lo contrario, la economía debe ordenarse dentro del marco general de la sociedad.

5. Hacer hogar y hacerlo excelente implica un esfuerzo común —hombre y mujer— de los esposos y luego de los hijos por crear un lugar con un clima de cariño y de ayuda mutua, con tradiciones propias y con personalidad familiar que son fruto también de unos trabajos y energías que trascienden lo cotidiano y la materialidad de las cosas y los muebles del hogar.


SUMARIO: 1. Panorama.- 2. Ama de casa.- 3. La excelencia laboral.

1. Panorama

El acceso de la mujer al mundo del trabajo y a los puestos de dirección de la sociedad se ha considerado como una de las grandes conquistas del feminismo del siglo pasado —del siglo XX, se entiende— y de la igualdad de los sexos. Realmente, si lo pensamos con un poco de detenimiento, bajo estas afirmaciones subyace la idea de que la mujer tiene mucho más que ofrecer a la sociedad como trabajadora que como madre, como ama de casa[1].

Catherine Hakim[2] distingue en un estudio que las mujeres centradas en su trabajo profesional vienen a representar el 20% del total, otro 20% estaría representado por las mujeres que trabajan por necesidad, pero preferirían quedarse en su casa y atender a sus hijos; y el numeroso grupo del 60% estaría representado por las mujeres que trata de buscar lo mejor del mundo familiar y del mundo laboral.

La primera observación que se puede hacer al observar estas cifras es que no es cierto el dogma inexorable de la incorporación de la mujer al mundo laboral. Sencillamente porque ella misma en un porcentaje del 20% no lo desea en ciertas etapas de su vida.

En otra encuesta encargada por el gobierno holandés en el año 2005 el 50% de los hombres y mujeres encuestados considera que la vida familiar sufre si la mujer trabaja —fuera de casa— a tiempo completo, mientras que en el año 1991 sólo un 25% de los encuestados pensaba así[3]. Se puede afirmar que los intentos del gobierno holandés de que el hombre y la mujer compartan por igual la responsabilidad del hogar y que aumente la participación de la mujer en el mundo laboral no consiguen los resultados pretendidos.

Ante esto se puede investigar qué es lo que se está haciendo mal o en qué se equivoca el gobierno holandés. También nos podemos preguntar: ¿no será que los ciudadanos de un país libre hacen lo que quieren en lugar de obedecer a las metas impuestas por los funcionarios? Porque estamos de acuerdo en que el hombre y la mujer son iguales. Tan iguales que la mujer no necesita que el hombre o la cultura de los hombres le diga cómo debe promocionarse. La mujer es mayor de edad, es persona adulta y sabe bien lo que quiere en cada momento de su vida.

Claro que si es necesario trabajaremos todos por sacar adelante una familia y tantas cosas importantes. Pero no trabajaremos por motivos de emancipación femenina. Porque la verdadera emancipación femenina es que la propia mujer elija su destino y se realice según sus propias convicciones sin que la etiqueten de «ama de casa».

En muchos casos lo que ocurre es que la mujer no puede elegir con total libertad entre un empleo remunerado y dedicarse plenamente al trabajo en casa. Tantas mujeres quisieran dejar su trabajo fuera del hogar y no pueden hacerlo porque necesitan ese segundo o primer sueldo.

En otra encuesta, esta vez con alemanes, no echan en falta plazas de guardería para sus hijos pequeños, sino dinero para atender a su familia como piensan que se merece. Cada día son más los padres que piensan que no es indiferente confiar la educación de sus hijos a extraños en guarderías infantiles, por muy técnicas e higiénicas que sean.


2. Ama de casa

Todavía se nos escapa en la conversación la inercia de considerar como no trabajadora la mujer que trabaja en su hogar dedicada todo el día y toda la noche a atender a su familia. La Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa (CEACCU) describe del siguiente modo la labor de un ama de casa: contable, gerente de compras, relaciones públicas y secretaria, cocinera, nutricionista, encargada de limpieza y mantenimiento, médica, puericultora, psicóloga y educadora[4]. Seguro que todavía nos dejaremos algo en el tintero...

El ama de casa aprende a hacer bien su trabajo sobre la marcha, no existen escuelas de postgrado para amas de casa. Sin embargo, la actividad que desempeña una mujer en su hogar y como elemento aglutinador de la familia la convierte en uno de los pilares básicos no ya de su propia familia, sin la cual sería un verdadero caos, sino, sobre todo, de nuestra sociedad.

Cuando se pregunta a las amas de casa sobre su grado de satisfacción con su profesión, el 60,20% se declara bastante o muy satisfecha, frente al 9,80% que se declaran bastante o muy insatisfechas con su trabajo de amas de casa.

Y es que la mujer tiene derecho a trabajar en el mundo laboral, pero también tiene derecho a ser madre, a educar a sus hijos, conducir una familia y al mismo tiempo sentirse compensada emocional y económicamente.

Las mujeres modernas, sin prejuicios laborales machistas, consideran que dejar a sus hijos en manos de otros les hace más vulnerables a los malos hábitos y les pone en peligro de sufrir abusos físicos y morales[5]. Se dan cuenta que su trabajo en casa no es tan reemplazable como ellas pensaban.

Porque es cierto y la experiencia demuestra que en los primeros años de un niño, por medio de la educación, la madre es transmisora de los conocimientos básicos para integrar el sentido de la vida. Y esto no es sumar ni restar, pero es seguro que es la clave de la felicidad de ese niño en el futuro.

Trabajar como ama de casa es un trabajo, al menos, como el que más. Sin embargo, muchos comienzan a percibir que no es solamente un trabajo, sino que es la más excelsa ocupación de una mujer.


3. La excelencia laboral

Porque debemos preguntarnos hacia dónde vamos, qué es lo que queremos: una economía más competitiva o una sociedad mejor. Y es necesario elegir de una vez. Todo a la vez no se puede, es necesario jerarquizar y dar prioridad a la persona. Nuestra sociedad no puede permitirse por más tiempo el organizarse solamente como un sistema de prestación de servicios económicos; todo lo contrario, la economía debe ordenarse dentro del marco general de la sociedad[6].

Todos los gobiernos reconocen que la familia es un factor básico en el desarrollo económico, pero con frecuencia la sociedad lo ignora. Los gobiernos deberían ayudar activamente a las familias creando condiciones para que se desarrollen y cumplan su papel de formar a la siguiente generación.

Para esto se precisa una nueva cultura y una nueva educación. Es preciso modificar el modelo de éxito que se nos ha presentado en el que no está incluido para la mujer el ser ama de casa.

Donde se ha perdido el sentido del hogar nos encontramos con más familias rotas, más desequilibrios psíquicos, más delincuencia juvenil, más adicción al alcohol o a la droga[7]. El verdadero problema de los niños de padres con trabajo a tiempo completo es que están experimentando un empobrecimiento que se cura con algo tan sencillo como que su madre les ponga en la lista de quehaceres diarios.

Que una mujer trabaje como ama de casa no significa que siempre tenga que estar dentro de su casa y que renuncie a cualquier contacto con la cultura y la sociedad como si se tratara de una reclusión. Para empezar, no hay que darlo todo por supuesto: hay que aprender a hacer hogar y a hacerlo bien.

Hacer hogar y hacerlo excelente implica un esfuerzo común —hombre y mujer— de los esposos y luego de los hijos por crear un lugar con un clima de cariño y de ayuda mutua, con tradiciones propias y con personalidad familiar que son fruto también de unos trabajos y energías que trascienden lo cotidiano y la materialidad de las cosas y los muebles del hogar.

Es necesario aprender a hacer hogar. Esta es una asignatura que no aprendimos en los cursos preparatorios del matrimonio y, sin embargo, es la base sobre la que se puede construir una familia completa, real, auténtica, que se distingue de una simple reunión de personas que conviven bajo el mismo techo y se sientan (a veces) a comer juntos.

Será un honor para la sociedad hacer posible a la madre —sin obstaculizar su libertad, sin discriminación sicológica o práctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras— dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos, según las necesidades diferenciadas de la edad[8].


Felipe Pou Ampuero

[1] Carlota de Barcino, El empleo femenino, un tema controvertido, www.mujernueva.org
[2] Catherine Hakim es Investigadora del Departamento de Sociología en la London School of Economics. La autora es citada por Carlota de Barcino en su trabajo.
[3] Carmen Montón, Conciliar familia y trabajo son malabarismos, Aceprensa, 10/05, 2 de febrero de 2005.
[4] María Martínez López, Mujeres jóvenes, preparadas y en casa. Alfa y Omega.
[5] Karna Swanson, El trabajo de la mujer: algo más que freír tocino. www.mujernueva.org
[6] Santiago Mata, La clave es la flexibilidad en las empresas, Aceprensa, 10/05, 2 de febrero de 2005.
[7] María Pía Chirinos, La excelencia en el hogar, www.zenit.org, 6 de febrero de 2007.
[8] Juan Pablo II, Enc.Laborem exercens, Vaticano, 14 de septiembre de1981, n. 19.

domingo, noviembre 04, 2007

29. Género

Fecha: 1 de noviembre de 2007.

TEMAS: Mujer, Sexualidad, Género.

RESUMEN: 1. La ideología del género considera que la sexualidad humana no es una característica determinada por la naturaleza de cada persona, sino que es un elemento maleable cuyo significado es fundamentalmente una convención social.

2. Su más profunda motivación debe buscarse en la tentativa de la persona humana de liberarse de los condicionamientos naturales. Mientras que el sexo hace referencia a la naturaleza e implica dos posibilidades (varón y mujer), el término género viene del campo de la lingüística donde se aprecian tres variaciones: masculino, femenino y neutro.

3. Frente a la ideología del género se encuentra la antropología de la sexualidad humana. Dios ha creado al hombre como varón y mujer. Ambos sexos tienen igual dignidad y valor pero corresponde a cada uno aceptar su propia identidad sexual.

4. Existe una profunda unidad entre las dimensiones corporales, psíquicas y espirituales de la persona porque se trata de «una sola persona», no de varias a la vez. El hombre no puede ir contra su naturaleza sin hacerse profundamente desgraciado. Como la persona entera es hombre o mujer, la unidad del cuerpo y del alma se extiende a todos los rincones de la existencia humana. Así la sexualidad humana no se limita a la procreación, sino que es el medio de manifestar el amor humano, es su mayor expresión, como donación de toda la persona.

5. Muchas personas han vuelto a comprender que no pueden llegar a ser libres más allá de su propia naturaleza. Que el sexo lejos de ser un privilegio o una discriminación, supone la oportunidad para el propio desarrollo y realización personal.

SUMARIO: 1. La cuestión.- 2. Qué es el género.- 3. Qué es sexualidad.- 4. Qué es la persona.

1. La cuestión

La ideología de género o «gender» afirma que una persona de sexo masculino, es decir, un hombre, puede adoptar a su antojo un género femenino; y que una mujer puede adoptar a su antojo un género masculino sin mayores problemas, porque no se nace hombre o mujer.

La misma ideología afirma que la atracción heterosexual no es innata o natural, sino que es aprendida o cultural. Y que el instinto maternal de las mujeres no existe.


2. Qué es el género

La ideología del género considera que la sexualidad humana no es una característica determinada por la naturaleza de cada persona, sino que es un elemento maleable cuyo significado es fundamentalmente una convención social. De tal manera que el significado del sexo dependería de la elección autónoma de cada uno sobre cómo configurar su propia sexualidad.

La sexualidad no sería un determinante biológico, sino una construcción cultural de cada persona que «se siente hombre o mujer». Su más profunda motivación debe buscarse en la tentativa de la persona humana de liberarse de los condicionamientos naturales. Según esta concepción, la naturaleza humana no lleva en sí misma las características que se impondrían de manera absoluta en lo referente a la sexualidad: antes al contrario, toda persona podría o debería configurarse según sus propios deseos, ya que sería libre de toda predeterminación vinculada a su constitución esencial.

Esta ideología que se extiende desde los años sesenta[1] entiende que la masculinidad y la feminidad no están determinadas por el sexo, sino por la cultura. Mientras que el sexo hace referencia a la naturaleza e implica dos posibilidades (varón y mujer), el término género viene del campo de la lingüística donde se aprecian tres variaciones: masculino, femenino y neutro. Según esta ideología, las variaciones de sexo, aparte de las morfológicas, no vendrían dadas por la naturaleza, sino que serían meras construcciones culturales hechas según los roles y estereotipos que en cada sociedad se asignan a los sexos.

Para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo se tiende a suprimir las diferencias de sexos en lo corporal, y en las modas, mientras que se subraya el género que cada uno quiere asumir en lo cultural. Lo que de verdad importa, lo realmente trascendente, sería lo que uno de verdad se siente, hombre o mujer o ambos, por encima de lo que la anatomía de uno dice.

Así mientras que solo existen dos sexos ­—masculino y femenino—, se llega a decir que pueden existir hasta cinco géneros —heterosexual masculino, heterosexual femenino, homosexual, lesbiana y bisexual—. Todo se entiende que es natural y no existe ningún comportamiento sexual que pueda entenderse desviado siempre que sea libremente asumido por el individuo.

Cualquier actividad sexual resultaría justificable. La heterosexualidad, lejos de ser “obligatoria”, no es más que uno de los posibles casos de práctica sexual, ni siquiera sería preferible para la procreación que se podría conseguir por otros métodos «científicos» y, por supuesto, la familia también sería una construcción cultural que limita y agobia a la persona en lugar de liberarla.

En este contexto se pierde el nexo individuo-familia-sociedad y la persona queda reducida a un mero individuo. El amor de la madre no es algo natural, sino una simple sentimiento cultural que podría desaparecer o ser destruido con un cambio cultural.


3. Qué es sexualidad

Frente a la ideología del género se encuentra la antropología de la sexualidad humana. Dios ha creado al hombre como varón y mujer. Ambos sexos tienen igual dignidad y valor pero corresponde a cada uno aceptar su propia identidad sexual.

Existen sólo dos sexos y nacemos con un sexo porque los hombres no somos seres asexuados, sino que el sexo humano desempeña una función que por ser humana es algo más que una función corporal. No es lo mismo sexo que género. El sexo es un referente biológico-genético, mientras que el género es un referente funcional. Nacemos con un sexo, pero desempeñamos una función. Esta función puede cambiar con cada época y cada cultura, pero el sexo no cambia.

La homosexualidad es una realidad que se presenta en algunas personas, pero esto no significa que sean homosexuales. Realmente no existen personas homosexuales, todas las personas son heterosexuales pero algunas tienen una tendencia homosexual. Porque el ser humano por constitución es hombre o mujer.

El sexo humano interviene profundamente en todo el organismo de la persona. Cada célula de un cuerpo masculino es distinta de cada célula de un cuerpo femenino. La ciencia médica indica incluso diferencias estructurales y funcionales entre un cerebro masculino y otro femenino[2].

La igualdad de los sexos debe referirse más bien a la igualdad en los derechos y en las oportunidades, pero manteniendo siempre la complementariedad en las funciones. Maternidad y paternidad no son idénticas ni pueden intercambiarse. El padre no puede hacer de madre y la madre no puede hacer de padre. Cuando la diferenciación sexual es respetada se enriquece la persona humana y la sociedad. Cuando no se respeta la naturaleza sexual de cada persona se la empobrece de tal manera que la identidad y la dignidad humana desaparecen y se utiliza a las personas como objetos prestadores de servicios.

Existe una profunda unidad entre las dimensiones corporales, psíquicas y espirituales de la persona porque se trata de «una sola persona», no de varias a la vez. El hombre no puede ir contra su naturaleza sin hacerse profundamente desgraciado. La ruptura con la naturaleza no libera a la mujer ni al hombre, sino que les hace marchar por un camino que conduce a lo patológico.

Mientras que el cambio arbitrario del género da indicios de un cierto afán de autosuficiencia en el hombre, la sexualidad humana aceptada como tal significa una clara disposición hacia el otro. Manifiesta que la plenitud humana reside precisamente en la relación de ser-para-el-otro. Impulsa a salir de sí mismo y a buscar al otro y alegrarse en su presencia[3].


4. Qué es la persona

Porque el hombre y la mujer no tienen un sexo determinado, son su sexualidad, es decir, son corporales, son sexuados, porque la sexualidad es estructural en lo corpóreo, psíquico y espiritual, no es sólo una diferencia genital. Lo normal es que exista una armonía entre todos los niveles de la personalidad que quedan definidos por el sexo: el genético, el gonádico, el morfológico, el psicológico, el espiritual y el social.

Como la persona entera es hombre o mujer, la unidad del cuerpo y del alma se extiende a todos los rincones de la existencia humana. Se puede decir que en realidad no existen personas humanas ni individuos. Lo único que existen son hombres y mujeres, porque el sexo no es una variante de la persona, sino la manera de ser persona de cada uno. Yo no puedo ser persona más que siendo un hombre porque eso es lo que realmente soy. El sexo es personal y no cultural.

Y no se trata solamente de ser padre o madre, como si el sexo se agotara en la función reproductora. Se trata de la manera de ser como persona. Así la mujer tiene una actitud hacia la vida que se ha llamado el “genio femenino” porque se interesa por lo concreto, se compadece, siente más, se da cuenta de las cosas y necesidades ajenas. Y el hombre, por su parte, también tiene un “genio masculino” porque acepta los retos, es más arriesgado, se siente protector y responsable de los demás, asume tareas de gobierno y de organización.

Podemos comprobar que en la manera de ser de cada sexo se encuentra la imagen del Creador que los creó el uno para el otro en complemento para la donación mutua de la persona total. Así la sexualidad humana no se limita a la procreación, sino que es el medio de manifestar el amor humano, es su mayor expresión, como donación de toda la persona.

Muchas personas han vuelto a comprender que no pueden llegar a ser libres más allá de su propia naturaleza. Que el sexo lejos de ser un privilegio o una discriminación, supone la oportunidad para el propio desarrollo y realización personal. Siendo más hombre o mujer de lo que uno realmente es se consigue ser mejor de lo que actualmente uno es.

Porque la naturaleza no es una limitación para el hombre. Natural es lo que le viene dado al hombre, aquello con lo que nace y determina su forma de ser. Cultural, por el contrario, es lo aprendido, lo adquirido con la experiencia personal. Cultura viene de cultivar.

Pero la cultura debe evolucionar desde la naturaleza, de lo contrario sería antinatural. Esto implica que la cultura debe aceptar los condicionantes naturales. La libertad humana no es absoluta, somos como somos: altos, bajos, guapos, feos; y, al contrario, no podemos ser como desde luego no somos: por mucho que me empeñe en ser un pez nunca podré serlo, soy un hombre.

La naturaleza nos enseña que el hombre es diferente de la mujer: y viceversa. Para un ilustrado el término diferente es sinónimo a desigual y esto, a su vez, es sinónimo de peor. De manera que entienden que la mujer, por el hecho de ser diferente es peor que el hombre.

Sin embargo, aceptar las diferencias de la mujer —y las del hombre— supone que existe algo en la mujer que le es propio e insustituible, que no existe en el hombre, y sin lo cual el mundo y la vida sería absolutamente distinta, en este caso, distinta y peor.

Para un cristiano el término diferente es sinónimo de Creación. Nada hay igual en la Creación del mundo. Ni dos pájaros, ni dos piedras, ni dos margaritas, ni mucho menos, dos mujeres o dos hombres. La diferencia es el sello divino de la Creación y en cada diferencia se muestra el amor específico del Creador por cada criatura.

La aceptación de la naturaleza humana como algo que nos viene dado, con lo que nacemos, supone el aceptar que existe un Ser superior que nos ha dado esa naturaleza desde el amor y para amarnos y se puede entender que aceptar la Creación en nosotros mismos es el mayor bien que nos podemos hacer y es la única manera de realizarnos plenamente.



Felipe Pou Ampuero

[1] Jutta Burggraf, En torno a un nuevo modo de hablar, www.arvo.net
[2] Natalia López Moratalla, No existe un cerebro unisex, Entrevista publicada en ALBA, octubre 2007.
[3] Jutta Burggraf, loc. Cit.

viernes, octubre 05, 2007

28. Mujer

Fecha: 1 de octubre de 2007.
TEMAS: Mujer, Feminismo.

RESUMEN: 1. El que la mujer proceda de la costilla del hombre significa que es de la misma naturaleza que el hombre, es decir, humana y no animal. Es igual al hombre porque tiene la misma dignidad humana que para un cristiano significa que también la mujer es imagen de Dios.

2. La cuestión de la relación entre los sexos debe ser tratada con una nueva perspectiva, abierta y positiva, que se base en admitir que la diferenciación sexual no es una cuestión de enfrentamiento de clases o de lucha por el poder, sino que se trata de una cuestión de colaboración, de ayuda y de complemento recíproco.

3. Es evidente que existen diferencias entre el hombre y la mujer. Y también debería ser evidente —aunque no lo es— que tales diferencias no deberían implicar establecer una relación de superior-inferior, sino de igual-diferente. La mujer es distinta del hombre porque tiene otra forma de ver las cosas, otro enfoque de la vida, otro relieve de la realidad. Y lo mejor de todo, es que esta manera femenina de ser es necesaria y buena para el hombre.

4. El problema no es solo jurídico, económico u organizativo, sino ante todo de mentalidad, cultura y respeto. Se necesita una justa valoración del trabajo desarrollado por la mujer en la familia. La mujer es la que forma a los hombres en el hogar familiar y eso mismo ha de ser para la sociedad en la construcción del mundo. La mujer es la que debe recordarnos que sería monstruoso un mundo que desdeñara el alma humana, que no tuviera capacidad para fijarse en cada una de las personas que lo componen, en todos y cada uno de los detalles que hacen la vida más humana.


SUMARIO: 1. La costilla.- 2. La diferencia.- 3. La igualdad.

1. La costilla

El relato bíblico sobre la creación de la mujer se refiere a una costilla del hombre de la cual Dios formó una mujer y se la presentó al hombre[1] y sobre este relato se extiende la creencia de que la mujer procede del hombre y, por tanto, es inferior al hombre. Este es un planteamiento bastante simple y no conforme con la realidad. El que la mujer proceda de la costilla del hombre significa que es de la misma naturaleza que el hombre, es decir, humana y no animal. Aplicando el genérico podríamos decir que la mujer es tan hombre como el varón.

Es verdad que es posterior en el tiempo. Pero esto no significa que sea de peor calidad. En la misma creación se procede desde lo más inferior hasta lo más excelso que es el hombre y después del hombre, se crea la mujer, todavía más excelsa que el hombre. La mujer es igual al hombre porque es de su misma carne y de su mismo espíritu. Es igual al hombre porque tiene la misma dignidad humana que para un cristiano significa que también la mujer es imagen de Dios.

Del mismo relato de la creación se puede leer que al estar el hombre solo el Creador manifiesta que la creación del ser humano no está concluida. Es necesario crear a la mujer del mismo barro e infundirla el mismo aliento para que la creación del hombre (varón y mujer) quede terminada. Al universo le faltaba algo hasta que se creó a la mujer y entonces se terminó la creación.

Sin embargo, siendo el hombre y la mujer iguales son diferentes. Su igualdad se expresa de maneras diferentes. Son iguales porque son humanos, son seres dignos, únicos e irrepetibles, pero son diferentes en el cuerpo y más allá de la biología son diferentes también en todos los aspectos de la humanidad que hacen el ser mujer de una manera distinta al ser hombre.

La mujer es distinta del hombre porque no es otro hombre, ni tampoco es un hombre más. Es una mujer y en esto se diferencia esencialmente del hombre, y viceversa. Y el plan de Dios es que la mujer sea mujer y el hombre sea hombre, por eso los creó de esta manera y no terminó la creación hasta hacerlo.

Podríamos pensar que, en realidad, no existen dos hombres iguales. Aun los hermanos gemelos son distintos en su existencia y por su propia experiencia vital diferenciada hace que, al margen de la identidad corporal, son en realidad dos personas distintas que piensan, sienten y quieren de distinta manera. Pero aun así, todos los varones tienen un común denominador: el ser masculinos. La mujer, respecto del varón, tiene una diferencia esencial: el ser femenina. Y esta diferencia impregna toda su vida y su manera de ser de una forma que solo puede darse en una mujer y no en un hombre.

La mujer es igual al hombre, o semejante si se prefiere, pero no es idéntica. Y sería un gran error el que la mujer aspire a ser un hombre, y viceversa. También sería un gran error que hombres y mujeres no quisieran ser lo que son, es decir, iguales y, a la vez, diferentes.

La cuestión de la relación entre los sexos debe ser tratada con una nueva perspectiva, abierta y positiva, que se base en admitir que la diferenciación sexual no es una cuestión de enfrentamiento de clases o de lucha por el poder, sino que se trata de una cuestión de colaboración, de ayuda y de complemento recíproco[2].

La creación de la mujer no fue para dar una «sirvienta» al hombre, sino para darle una «ayuda», luego la cuestión de la diferencia sexual no se debe plantear en términos de antagonismo o de oposición de uno contra el otro, sino más bien de colaboración o de ayuda, de complemento, para entender que la existencia del hombre resulta incompleta e inacabada sin la presencia de la mujer.

La creación de la mujer aporta a la existencia humana la «feminidad»[3] que es más que un simple atributo: es la capacidad fundamentalmente humana de vivir para el otro y gracias al otro. Esto el hombre no lo tiene ni lo puede dar como lo hace una mujer.

La capacidad de dar vida, sea puesta en acto o no, estructura la personalidad femenina, hace pronta la madurez y provoca un mayor respeto por lo concreto que se opone a las abstracciones teóricas, a menudo, letales para la existencia de los individuos y de la sociedad. La naturaleza femenina no pretende salvar a la humanidad (así con letras de molde y grandes), sino que pretende —y lo consigue— dar vida a su hijo, a su familia, a su esposo. Esto nos debe hacer reflexionar.


2. La diferencia

La mujer tiene el mismo respeto y las mismas oportunidades que el hombre porque tiene la misma dignidad humana del hombre. Pero de ahí a pretender que la mujer sea otro hombre hay mucha distancia. La diferencia de los sexos va más allá de lo biológico porque se extiende a los niveles psicológicos y ontológicos. Desde esta posición la antropología católica evita el error del reduccionismo biológico que reduce a las mujeres a simples «criadoras de niños» y también evita el error del factor social que reduce las diferencias sexuales a una mera construcción cultural, como si la naturaleza no tuviera nada que ver con ella[4].

Es evidente que existen diferencias entre el hombre y la mujer. Y también debería ser evidente —aunque no lo es— que tales diferencias no deberían implicar establecer una relación de superior-inferior, sino de igual-diferente.

La mujer es subjetiva, no por falta de objetividad, sino porque se dirige al sujeto, a la persona concreta. El hombre se caracteriza por tener una conciencia más objetiva y fría de las circunstancias y de las cosas.

En la mujer, los sentimientos y las emociones tienden a involucrar más los aspectos de su propia vida; pero en determinadas situaciones pueden dejarlos a un lado para concentrarse en lo que realmente importa. Está demostrado que la mujer es mucho más hábil que el hombre para conducir con un grupo de niños activos y movidos dentro del coche, por ejemplo.

La mujer puede ser madre y el hombre puede ser padre y no al contrario. Nunca será lo mismo. La unión, la comunicación entre la madre y el bebé desde antes del nacimiento, sentir que va creciendo, que se mueve, que está vivo, que se alimenta de su madre es una fuente de felicidad que el hombre no puede experimentar ni sentir.

El hombre y la mujer son iguales, pero son distintos y conviene educar el sentimiento y los afectos de cada uno de la manera que son. Conviene educar el «alma femenina», así como el mundo de los valores y, a la vez, enseñar a la mujer materias de letras y de ciencias para formar bien su cabeza y su corazón y, por supuesto, la religión que ha de ser el centro de toda educación verdadera[5].

La mujer es distinta del hombre porque tiene otra forma de ver las cosas, otro enfoque de la vida, otro relieve de la realidad. Y lo mejor de todo, es que esta manera femenina de ser es necesaria y buena para el hombre.


3. La igualdad

Si la mujer y el hombre son iguales y son diferentes, quizás la cuestión radique en cómo deben ser iguales el hombre y la mujer. Porque si pretendemos que la mujer sea igual al hombre en todo ¿no estaremos elevando al varón a la categoría de modelo a seguir y, por tanto, considerándolo superior a la mujer?

La igualdad de la mujer no consiste tanto en que se libere a la mujer de los roles que tradicionalmente ha desempeñado, sino que consiste más bien en luchar para que esos roles sean reconocidos y tengan la misma dignidad y valor que otros roles que tradicionalmente se han atribuido a los varones. Como si el tiempo dedicado a la familia fuera un tiempo robado al desarrollo y la madurez de la personalidad. No existe una razón por la cual sea más importante diseñar un maravilloso satélite artificial que «mecer la cuna» donde duerme tranquilo sabiéndose cuidado por su madre, el hombre que en el futuro diseñará ese satélite[6].

El problema no es solo jurídico, económico u organizativo, sino ante todo de mentalidad, cultura y respeto. Se necesita una justa valoración del trabajo desarrollado por la mujer en la familia. Porque de lo contrario estamos pidiendo a la mujer que se comporte como lo que no es. Y cuando uno se comporta como no es, además de hacerlo mal, pretende hacer un imposible. ¿Acaso ser mujer no es tan bueno como ser hombre?

Porque para que la mujer sea igual al hombre debe ser auténticamente mujer. Y esta es la responsabilidad y el reto de la mujer actual: ser ante la familia, la sociedad y ante ella misma una verdadera mujer.

A estas alturas creo que queda claro que ser mujer no consiste en quedarse en casa, hacer la comida y pintarse las uñas. De la misma manera que ser hombre no consiste en irse al despacho y estar en el bar con los amigos. Esos estereotipos, además de manidos y antiguos, no responden a la naturaleza humana ni a la realidad.

Ser mujer consiste en ser persona de una determinada manera. Cualquiera que sea la vocación a la que la mujer responda debe recordar que lleva en su manera de ser mujer el don maravilloso de dar la vida, de llevar y engendrar lo humano. En la Carta a las mujeres, Juan Pablo II señala que la aportación de la mujer resulta indispensable para la «elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento», así como para la «edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad».

La mujer es la que forma a los hombres en el hogar familiar y eso mismo ha de ser para la sociedad en la construcción del mundo. La mujer es la que debe recordarnos que sería monstruoso un mundo que desdeñara el alma humana, que no tuviera capacidad para fijarse en cada una de las personas que lo componen, en todos y cada uno de los detalles que hacen la vida más humana.

La mujer debe ser femenina y mujer en todo el sentido de la palabra: una mujer de carácter, íntegra, cuyos principios de vida sean firmes y justos, cuya voluntad no se arredre ante las dificultades. Ser siempre mujer y valorar el serlo, para recordar al mundo que no sería posible una existencia humana sin la presencia de la mujer[7].



Felipe Pou Ampuero
[1] Génesis, 2, 21
[2] Mons. Javier Echevarría, El mundo necesita del genio femenino, Diario ABC, 8 de marzo de 2006.
[3] Valores femeninos, valores de la sociedad, Mundo Cristiano, septiembre 2004.
[4] Janne Haaland Matlary, L’Observatore Romano, 12 de febrero de 2005.
[5] Gloria Solé Romeo, La mujer, Aceprensa, servicio 135/98
[6] Monserrat Martín, Feministas o femeninas, Mujer Nueva.
[7] Rosario G. Prieto, Mujer: ¿quién eres?, www.encuentra.com