domingo, abril 01, 2007

24. Educación

Fecha: 1 de abril de 2007
TEMAS: Educación, persona, libertad, felicidad.
RESUMEN: 1. Hay padres que piensan que la mejor educación es una buena salida profesional. Que sus hijos tengan éxito en la vida y que ganen mucho dinero.

2. Ya los griegos entendían que educar no consiste tanto en dar información o enseñar un oficio a un hijo sino sobre todo en formar ciudadanos. Y este formar ciudadanos no puede significar otra cosa que formarles para el bien común, para impartir buenas costumbres, valorar las buenas obras y estimular el bien.

3. Educar es, en definitiva, formar cabezas bien hechas, no cabezas bien llenas. No se trata de almacenar datos, sino de lograr un conjunto de saberes bien estructurado y armónico que forme una personalidad.

4. El lugar propio de la educación, como formación de la persona es la casa, la propia familia. El colegio es un lugar de ayuda, de apoyo, a lo que los padres hacen en casa. Y la familia es algo mucho más serio que ese conglomerado de sentimentalismo que nos ofrecen las telenovelas.

5. Sólo tiene una vida coherente quien actúa con referencia a la verdad, aunque a veces las alternativas que la verdad ofrece contraríen las propias apetencias. Para esto educamos los padres: para que mujeres y hombres sean capaces de decidir su propio proyecto personal de vida. De adherirse libremente a unos valores, de cumplir sus compromisos y de aceptar la responsabilidad de sus decisiones.


SUMARIO: 1. Un problema.- 2. Enseñar a vivir.- 3. Para la libertad.- 4. Educar para el bien.- 5. Con errores.- 6. Para el amor.

1. Un problema

Hay padres que deben pensar que educar a sus hijos es una cuestión mercantil-contable-financiera. Pagar un colegio, pagar unas clases particulares, pagar un curso de inglés en el extranjero, financiar una carrera universitaria, etc. Son padres funcionarios[1].

Piensan que sus hijos son algo así como un expediente, como un asunto que tienen en la vida. No caen en la cuenta que sus hijos son, ante todo, unas personas, además de ser sus hijos, pero lo importante es que son personas antes que sus hijos. Sus hijos, como todos nosotros, necesitamos muestras de cariño, vida normal y cotidiana, desarrollo paulatino. Y esto se consigue, casi siempre, con conversaciones normales, en la cocina, mientras se prepara la cena, en un pasillo, en el sitio menos oportuno. En fin, todas las personas necesitamos vida ordinaria.

Hay padres que piensan que la mejor educación es una buena salida profesional. Que sus hijos tengan éxito en la vida y que ganen mucho dinero, porque todo lo demás, la felicidad, el bienestar personal, la serenidad y la autoestima vendrán por añadidura. Son padres que con sus hechos enseñan a sus hijos a valorarse sólo por lo que consiguen, por los resultados que tienen y por el triunfo que obtienen. Son padres que demuestran el acierto de la máxima que dice que o vives como piensas o acabas pensando como vives.

Es evidente, que si queremos educar a nuestros hijos lo primero que debemos hacer es ser coherentes y vivir tal como pensamos y decimos a los hijos. Y dentro de esta coherencia también se incluye el que, de antemano, nos perdonamos nuestros desaciertos y equivocaciones. Porque algo importante que hemos de enseñar a nuestros hijos es que somos personas de carne y hueso, reales. No somos héroes de cómic, ni protagonistas de ninguna película. No nos gustan nuestros defectos, pero los aceptamos.

Y ante el panorama de la preocupación paterna por la educación de los hijos unos pueden pensar que da igual educar o no educar porque los hijos salen cada uno a su manera y no merece la pena trabajar en vano. Otros pensamos que no es así. Merece la pena educar. Y tanto merece que no es lo mismo educar bien que educar mal. Y tampoco es lo mismo educar bien que no educar nada en absoluto.

¿Quién no ha salido al campo alguna vez? Sembrar buena semilla suele producir buena cosecha. La cosecha no está asegurada porque intervienen otros factores: el clima, la lluvia, el abono, los animales, los infortunios... Pero si no se siembra no se puede cosechar. Y, con todo, un mal año estropea la cosecha y hace que no sea abundante, pero si la semilla fue buena siempre será mejor la cosecha. Siempre es mejor educar bien que dejar de educar[2].


2. Enseñar a vivir

Porque no se trata tanto de la suerte de un padre con el hijo que le ha tocado. Sino del empeño de los padres por enseñar a sus hijos a vivir, a conseguir una buena vida. No importa tanto la pregunta acerca de cómo es el carácter de nuestro hijo, sino la de qué es lo que se puede hacer con este carácter[3]. Ya los griegos entendían que educar no consiste tanto en dar información o enseñar un oficio a un hijo sino sobre todo en formar ciudadanos. Y este formar ciudadanos no puede significar otra cosa que formarles para el bien común, para impartir buenas costumbres, valorar las buenas obras y estimular el bien.
Porque un hombre de bien no es exactamente un hombre que sabe ética. No. Además de saber ética hay que ponerla en práctica. Un hombre de bien es un hombre bueno, porque vive bien y no vive mal, porque hace el bien y evita el mal, porque ayuda al que carece y es solidario. Educar es, en definitiva, formar cabezas bien hechas, no cabezas bien llenas[4]. No se trata de almacenar datos, sino de lograr un conjunto de saberes bien estructurado y armónico que forme una personalidad buena.

Lo importante no es tener muchos conocimientos ni muchos títulos, sino que esos conocimientos nos ayuden a dar una respuesta acertada a nuestros problemas y a los de los que nos rodean. La sabiduría de la vida nos enseña a interpretar la realidad del mundo, nos ayuda a comprender el misterio del hombre, de su libertad, de sus desvaríos, del mal y del bien que somos capaces de hacer.

Y ante esto, un padre tiene que grabarse esto en la cabeza: «Si hay un porqué no importa el cómo.» No es necesario ser profesor de pedagogía para educar a nuestros hijos, aunque será mejor estar preparados, pero sí es necesario plantear modelos atractivos de modos de ser. Ser un buen padre es ser un buen modelo a imitar por nuestros hijos. Ser el espejo donde se miren cuando la vida les enfrente a los problemas grandes y pequeños que siempre existirán. ¿Cómo haría mi padre esto?, ¿cómo haría mi madre esto?


3. Para la libertad

La dignidad de la persona implica la libertad, aun tan siquiera la libertad interior de cada uno que nadie nos puede arrebatar. Pero la libertad no es una mera posibilidad de optar entre cosas más o menos interesantes. La libertad es la capacidad de decidir lo que uno quiere hacer con su propia vida: somos realmente libres cuando somos dueños de nuestras propias decisiones[5]. Para ser dueño de uno mismo es imprescindible tener una voluntad fuerte. Sin voluntad no hay libertad.

Sólo con una buena voluntad se puede llegar a tener una voluntad buena. Los padres que no son capaces de exigir a sus hijos lo que pueden y deben exigir demuestran tener por ellos una evidente falta de respeto[6]. La educación de la persona supone la educación del esfuerzo. Los niños necesitan saber que muchas veces hay que hacer cosas desagradables para conseguir una meta agradable y que mantener el esfuerzo durante el trayecto puede ser duro[7].

Es una regla de oro en educación que los padres acostumbren a sus hijos a hacer por sí mismos lo que son capaces de hacer de acuerdo con su edad. El lugar propio de la educación, como formación de la persona que le enseña a vivir, es la casa, la propia familia. El colegio es un lugar de ayuda, de apoyo, a lo que los padres hacen en casa. Y la familia es algo mucho más serio que ese conglomerado de sentimentalismo que nos ofrecen las telenovelas[8].

La principal educación que los padres pueden y deben dar en la familia no consiste en enseñar a ordenar un armario. La principal educación es la educación moral. Enseñar a los hijos que los principios morales son verdades objetivas —no opiniones de sus padres— que dan sentido a la vida y deben ser respetados en todo momento. Hacer el bien y evitar el mal, dar cada uno lo suyo, no apropiarse de lo ajeno, respetar las normas de convivencia, respetar a los demás por el solo hecho de ser personas, son, entre otros, los principios que los padres deben enseñar a sus hijos inexcusablemente. No se trata de «valores confesionales», puesto que tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural impresa en el corazón de cada hombre[9].

Las familias inteligentes tienen unas creencias inteligentes compartidas acerca de los valores importantes. Poseen también una clara idea acerca de lo que es negociable y de lo que es innegociable[10]. El ideal de las familias inteligentes no es echar al mundo profesionales exitosos, expertos en ciencias, en economía y en todo lo demás, sino que guardan un además y un sobre todo que procura convertir a esos hijos en hombres y mujeres cabales y no en meros técnicos sin corazón. Como dice Navarro-Valls lo más importante de un universitario no es el título que aparece en el diploma de su licenciatura, sino la serie de hábitos mentales y humanos que el estudio de la disciplina universitaria ocasiona y produce[11].


4. Educar para el bien

Una persona que hace lo que le da la gana puede pensar que es libre al seguir una imperiosa espontaneidad y, sin embargo, puede estar dirigida por los mensajes de una astuta propaganda. Para bastarse a sí mismo, para ser realmente libre, un hombre debe encontrar en sí mismo todo lo que es necesario para su felicidad.

Existe una libertad constitutiva que consiste en ser dueño de uno mismo y de sus propias acciones. No somos libres de tener la estatura que tenemos, pero sí soy libre de asumirla o no en el proyecto de mi vida[12].

No toda elección es buena por el sólo hecho de ser espontánea, unas son acertadas y otras desacertadas. Y si esto es así no se trata sólo de hacer elecciones, sino de elegir bien. Luego no basta con elegir. Hay que enseñar a elegir bien, que no es lo mismo.

Claro, resulta que si les enseñamos a elegir bien acabarán comprometidos con el bien y alejados de las malas elecciones. Y esto ¿no será un falta de libertad? Pues no. No somos libres frente al bien, sino que la buena elección nos hace libres. Educar es enseñar a vivir y enseñar a vivir implica enseñar a vivir bien. Para vivir mal no hace falta ser educados, ya solos nos bastamos.

Nuestros hijos serán mayores y empezarán a vivir su propia vida. Deben salir de casa con las maletas llenas de criterios de bien. Al vivir su vida se les presentarán ocasiones donde tengan que decidir. Con cada decisión se acercarán o se alejarán de lo que quieren ser en la vida. Cada decisión, cada preferencia, cada renuncia conforman un proyecto vital.

Los hijos deben salir de casa habiendo aprendido que actuar conforme al deber es algo que nos perfecciona, que si aceptamos nuestro deber como una voz amiga acabaremos aceptándolo de modo cordial, aunque nos cueste. El gran logro de la educación afectiva es conseguir unir, en lo posible, el querer y el deber.


5. Con errores

A vivir se aprende viviendo. Todo aprendizaje se hace con errores. Es más, los implica y presupone. No nacemos enseñados. Nos hacemos en la vida no sólo de una manera académica porque aprendemos lo que hay que hacer, sino también práctica porque de nuestra experiencia obtenemos los mejores datos para el aprendizaje. Es importante reflexionar y hacer reflexionar a nuestros hijos. No somos perfectos ni lo pretendemos. Pretendemos ser felices que no es lo mismo.

A veces, los padres se asustan ante la desobediencia y rebeldía de los hijos, sin pararse a pensar que son seres libres y, como a cualquiera, les cuesta obedecer y actuar debidamente. El verdadero problema consiste en no saber enseñar al hijo que desobedecer está mal y que a sus padres se les obedece por cariño y no por fuerza. Esto es más complicado.


6. Para el amor

La verdadera educación se propone la formación de la persona en orden a su último fin. Se propone que sea cada día más consciente del don de la fe[13]. Porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor[14]. Ojalá sepamos enseñar a nuestros hijos que la sociedad no es una suma de espacios autónomos de individuos libres y emancipados, sino un entramado donde se comparten los bienes comunes que sustentan y hacen posible la sociedad. Uno de esos bienes compartidos es la propia libertad. Sin una formación adecuada yo no puedo alcanzar mi madurez, ni puedo mantener mi libertad.

Sólo tiene una vida coherente quien actúa con referencia a la verdad, aunque a veces las alternativas que la verdad ofrece contraríen las propias apetencias. Para esto educamos los padres: para que mujeres y hombres sean capaces de decidir su propio proyecto personal de vida. De adherirse libremente a unos valores, de cumplir sus compromisos y de aceptar la responsabilidad de sus decisiones.


Felipe Pou Ampuero
[1] Crespillo Enguix, Antonio, La libertad de los hijos, Nota técnica. Fomento de Centros de Enseñanza, Madrid, 2005.
[2] Sarrais, Fernando, Decálogo para la buena educación de los hijos, Nota. 3 de abril de 2006.
[3] Aranguren. Javier, ¿Qué queremos enseñar a los adolescentes?, Nuestro Tiempo, diciembre 2005, nº. 618, p. 18.
[4] Aguiló, Alfonso, Aprender a educar los sentimientos. www.interrogantes.net
[5] Fomento de Centros de Enseñanza. Educar en y para la libertad. Nota técnica 065.
[6] González Simancas, José Luis, Libertad y compromiso.
[7] Marina, José Antonio, Educación para el esfuerzo, Aula de innovación educativa, nº 120.
[8] Chirinos, María Pía, Familias que den la talla. Aceprensa, servicio 19/06, 22 de febrero de 2006.
[9] Congregación para la Doctrina de la Fe, Compromiso y conducta de los católicos en la vida pública. n. 5.
[10] Marina, José Antonio, Educación para el esfuerzo, Aula de innovación educativa, nº 120.
[11] Navarro-Valls, Joaquín, Discurso de agradecimiento Premio Brajnovic, Pamplona, 18 de noviembre de 2005.
[12] Crespillo Enguix, Antonio, La libertad de los hijos...
[13] Concilio Vaticano II, Declaración Gravissimum educationis, Roma, 28 de octubre de 1965.
[14] Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, Vaticano, 25 de diciembre de 2005, n.29.

sábado, marzo 03, 2007

23. Vida pública

Fecha: 1 de marzo de 2007
TEMAS: Vida pública, Política, Cristiano.
RESUMEN: 1.El laicismo es aquella actitud por la que el Estado no reconoce la vida religiosa de los ciudadanos como un bien positivo que forma parte del bien común de los ciudadanos.

2. Los católicos no son un pueblo segregado o separado o marcado. Son una parte del pueblo, por tanto, son el mismo pueblo y les asiste todo el derecho a participar en las cosas de su pueblo.

3. El cristianismo es un hecho: el Verbo se hizo carne, Dios con nosotros. La reclamada y necesaria actuación de los católicos en la vida pública presupone una apropiación personal del anuncio evangélico.

4. La búsqueda del bien común de una sociedad es un derecho y es un deber de todos sus ciudadanos. Nadie debe quedar excluido, ni tan siquiera los católicos.

5. El problema actual de la cultura es que la humanidad moderna se divide sobre la relación entre la técnica y la ética: éstos serán los dos nuevos bloques del futuro. Una visión de la técnica desligada de la ética convierte al hombre en un producto histórico, un resultado cultural. El hombre deja de ser un proyecto y se convierte en algo proyectado.

6. El respeto de la verdad integral del hombre se convierte en un imperativo moral para la cultura democrática de nuestro tiempo No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una reflexión filosófica, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.

7. Una educación verdadera debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas que son indispensables para crecer ya alcanzar algo grande en la vida.


SUMARIO: 1. En público.- 2. En busca de la dignidad perdida.- 3. La alegría de vivir.- 4. La esperanza

1. En público

Vivimos en una época en la que existe bastante confusión intelectual. En nuestra opinión pública hay mucha pasión, fuerte voluntarismo, abundante improvisación y demasiada manipulación[1]. Por falta de experiencia muchos católicos no saben situarse en democracia. Nos sorprenden con nuevos argumentos de relativismo, de tolerancia y de respeto al contrario y su mala digestión ha provocado que algunos buenos católicos se hayan pasado al bando contrario identificando la militancia cristiana con el socialismo.

De ahí nos ha venido una cierta repugnancia hacia la religión y lo religioso como si fuera un torpe recuerdo de un pasado autoritario, ruin y mezquino que no hizo el bien y llenó de odio a muchos. Los nuevos gobernantes predican un laicismo del Estado en lugar de la justa neutralidad hacia el fenómeno religioso. La laicidad del Estado consiste en que el poder político respete y favorezca por igual el desarrollo de cada religión y de la visión laica de la vida.
Por el contrario el laicismo es aquella actitud por la que el Estado no reconoce la vida religiosa de los ciudadanos como un bien positivo que forma parte del bien común de los ciudadanos y que debe ser protegido por los poderes públicos, sino más bien lo considera como un elemento perjudicial que se debe combatir[2].

No es esto la laicidad. Es más bien que el Estado y todas las instituciones políticas son neutrales ante las diferentes preferencias religiosas de los ciudadanos. Querer lo contrario, defender el laicismo como una única ideología y pretender adoctrinar a la juventud en estas ideas no deja de ser una confesionalidad laicista. Por el contrario, todos queremos que el Estado sea aconfesional y eso implica necesariamente que sea laico y que no sea laicista.
De esto se sigue que el Estado y los poderes públicos no han de extrañarse porque un católico intervenga en la cosa pública como tal, es decir, con sus creencias y sus convicciones. El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia se ha expresado de diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participación en la acción política[3]. Los católicos no son un pueblo segregado o separado o marcado. Son una parte del pueblo, por tanto, son el mismo pueblo y les asiste todo el derecho a participar en las cosas de su pueblo tanto que como enseña el Concilio Vaticano II no pueden abdicar de la participación en la política.

La fe cristiana, el hecho de ser cristianos no nos priva de ningún derecho civil sino que más bien nos añade un plus para poder actuar con más clarividencia puesto que en la política se ventilan muchos asuntos que afectan al bien o al mal de nuestros ciudadanos y de nosotros mismos[4]. Los cristianos pueden y deben intervenir en la vida pública de una sociedad democrática, no confesional, tratando de influir en ella según la inspiración de sus convicciones religiosas y morales. Claro que pueden, como puede cualquiera respetando a los demás y siguiendo las mínimas reglas de la convivencia.

Lo que ocurre es que si esto es así, resulta patético reaccionar con un llamamiento categórico al estilo del «hay que comprometerse»[5]. Lo que está en juego no es un alistamiento, ni un calmante de conciencias aburguesadas, sino algo más originario, profundo y crucial.

No está de más recordar, ahora y siempre, que el cristianismo no es una idea, una doctrina o una ideología. Tampoco es un conjunto de normas morales ni un espiritualismo de almas bellas. El cristianismo es un hecho: el Verbo se hizo carne, Dios con nosotros.

La reclamada y necesaria actuación de los católicos en la vida pública presupone una apropiación personal del anuncio evangélico de modo que la fe crezca y sea cada vez más la experiencia y el significado de una vida personal y propia que redunda en los demás.

Nadie discute que corresponde a la jerarquía eclesiástica enseñar e interpretar auténticamente los principios morales que deben guiar la conducta de los fieles, pero corresponde a los laicos, con la propia iniciativa y sin esperar consignas oficiales penetrar el espíritu cristiano en las costumbres, relaciones sociales, cultura y toda la sociedad en la que viven[6]. Y a este nivel es notoria la desproporción que existe entre la generosa participación de unos laicos en las tareas de asistencia y ayuda como agentes de pastoral, revestidos de los más diversos ministerios no ordenados y, por otro lado, la diáspora muchas veces conformista y anónima de los laicos católicos en «dar la cara» en público.

Hasta tal punto llega la confusión que muchos laicos empiezan a considerar más importante para su vida cristiana si pueden ejercer tal o cual función pastoral que el mismo hecho de estar tomando cada día decisiones importantes en su vida familiar, laboral, social y política. Como si ser católico fuera algo que no tuviera la menor trascendencia en el trabajo, en la educación de los hijos, en el gasto del dinero, en el empleo del tiempo libre ...

Correlativamente, algunos sacerdotes terminan considerando a los laicos más como ayudantes de la labor parroquial y asistentes de la pastoral que como la verdadera y auténtica presencia «secular» en la búsqueda de la construcción de formas de vida más humanas y, por esto mismo, más cristianas.

¿Dónde están nuestros Adenauer, los De Gaspieri, los Monnet, los Schumann, que estén afrontando los caminos efectivos de la vida pública de los católicos?[7] ¿Dónde están los católicos de hoy?

No hay que temer a la Iglesia. Nunca ha quedado definida por las coyunturas históricas que le ha tocado vivir en un país y en otro. Menos aún la define el poder, como si necesitara de él para poder subsistir. La salvación del hombre no es fruto de la política y cuando la política pretende ser salvífica no hace más que generar infiernos de destrucción y de muerte de los cuales el pasado siglo XX ha sido un muestrario bastante variado.

La fe no es un programa de acción política ni puede convertirse en eso. Por esto no puede existir un partido que pretenda acumular en exclusiva la presencia de las católicos en la política, no puede existir un partido que sea el «partido católico»[8]. La presencia de los católicos en la vida pública no se puede entender como un deseo de agrupar a los católicos en la defensa de sus propios intereses, sino como un deseo de movilizar a los cristianos para que sirvan al bien común de todos los ciudadanos.

Esto implica pluralidad de partidos y de opciones políticas, dentro de una misma fe y unas mismas convicciones, pero que permiten una variedad y pluralidad de formas y maneras de alcanzar el bien común. La variedad es necesaria y siempre enriquece, pero no es indiferente a la fe cristiana. Pluralismo político no es equivalente a ausencia de convicciones y de creencias.


2. En busca de la dignidad perdida

La búsqueda del bien común de una sociedad es un derecho y es un deber de todos sus ciudadanos. Nadie debe quedar excluido, ni tan siquiera los católicos, que como todos los demás, pueden utilizar todos los medios lícitos para buscar el bien común, que es buscar la justicia, el respeto a la vida, a la persona y que, en definitiva, es buscar la verdad.

Pero el hombre no es capaz por sí solo de conocer la verdad. En virtud de la revelación de Dios, nadie conoce la verdad sobre el hombre como la misma Iglesia y, por tanto, nadie está en situación de defender esa verdad como la misma Iglesia de Dios[9]. Sólo desde su Creador se puede conocer verdaderamente al hombre. Por esto Dios, en Jesucristo, manifiesta al hombre su verdad.

Por la fe los cristianos tenemos un mayor y mejor conocimiento de la dignidad de la persona humana, del valor de la vida de cualquier persona. Por la misma fe se aclaran y se fortalecen una cuantas normas morales de comportamiento fundadas en la recta rezón común a todos los hombres y mujeres de bien. Sin un bagaje moral no puede existir vida democrática[10]. La libertad humana necesita moverse en el ámbito de unos valores morales que le ayuden a mantenerse en la verdad y en la búsqueda del verdadero bien común, no del bien aparente que acaba siendo una burda estafa.

Para el cristiano ser tolerante y ser artífice de una cultura de la convivencia no es un añadido sino que por el mandato del amor al prójimo pertenece a la misma esencia de su fe. El cristiano es una persona de comunión, de diálogo, de encuentro...[11].

El problema actual de la cultura es que la humanidad moderna se divide sobre la relación entre la técnica y la ética: éstos serán los dos nuevos bloques del futuro. Unos sostienen que la libertad de hacer se debe fundamentar sobre algo distinto de sí misma, en definitiva, sobre la dignidad de la persona humana. Éste es su fundamento y, por tanto, su límite. Otros sostienen que la libertad de hacer tiene una dignidad en sí misma que es la que fundamenta la dignidad del hombre para los cuales solo será digno si está libre de ataduras.

Una visión de la técnica desligada de la ética convierte al hombre en un producto histórico, un resultado cultural. El hombre deja de ser un proyecto y se convierte en algo proyectado. Entonces el hombre deja de tener deberes y solo tiene derechos[12].

El respeto de la verdad integral del hombre se convierte en un imperativo moral para la cultura democrática de nuestro tiempo en la que se ha difundido la opinión de que el ordenamiento jurídico de la sociedad debería limitarse a registrar y recibir las preferencias de la mayoría. Para mayor dislate los legisladores creen que respetan la libertad de la persona formulando leyes que prescinden de los principios de ética natural condescendiendo con las modas culturales como si todas las concepciones de la vida tuvieran el mismo valor[13].

Ante esta situación, no basta con enunciar buenos propósitos, sino demostrar efectivamente que el cristianismo es la respuesta más radical, más total y satisfactoria a los deseos de verdad y de libertad, de justicia y de felicidad que constituyen el corazón del hombre y son la suma de sus aspiraciones.


3. La alegría de vivir

La mayor amenaza para conseguir la presencia de los católicos en la vida pública no reside en las hostilidades y ataques contra la Iglesia, sino en el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual todo sucede con aparente normalidad pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en algo sin vida y alejado de la realidad.

No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una reflexión filosófica, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva[14]. Si es verdadero el encuentro cambia a la persona e imprime con su forma la vida matrimonial y familiar, las amistades, el trabajo, las diversiones, el uso del tiempo libre y del dinero, el modo de mirar toda la realidad e incluso los mismos gestos.

El Estado y el mercado tienen necesidad no solo de ciudadanos-súbditos o de productores-consumidores, sino de sujetos libres que afronten la realidad de la vida con anhelos de verdad y de felicidad, que son los más grandes recursos de humanidad que tenemos. La persona no es solamente razón e inteligencia, aunque son sus elementos constitutivos. Lleva inscrita en lo más profundo de su ser la necesidad de amor, de ser amada y de amar a su vez[15].

Hay que enseñar a reconstruir la persona humana como hijo de Dios. Hay que recordar la grandeza de ser hombre, su dignidad, su vocación, el don y el drama de la libertad, de una libertad que es regalo del Creador y que no podemos suprimir.

Hay que buscar puntos de unión con los demás hombres. Hacer el bien, evitar el mal, dar a cada uno lo suyo, respetar la igualdad del hombre y de la mujer, la misma dignidad de los pueblos son lugares de encuentro de los hombres de bien, creyentes o no creyentes, en los que un cristiano puede y debe estar sin ningún complejo ni extrañeza.


4. La esperanza

Ante el panorama actual mucho más que cualquier razonamiento humano nos ayuda la novedad conmovedora de la revelación bíblica: el creador del cielo y de la tierra, el único Dios que es la fuente de todo ser, este único Logos creador, esta Razón creadora ama personalmente al hombre[16].

Porque nos ama de verdad, Dios respeta y salva nuestra libertad. Al poder del mal y del pecado no se opone un poder más grande, sino que prefiere el límite de su paciencia y de su misericordia. Es la educación del amor. Una educación verdadera que debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas que son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor a toda belleza, para dar consistencia a nuestra libertad.

De esta educación en el amor brotan nuestros «no» a formas débiles y desviadas de amor y a las falsificaciones de la libertad, así como a la reducción de la razón sólo a lo que se puede calcular y manipular. En realidad estos «no» son más bien el «sí» al amor auténtico, a la realidad del hombre tal y como ha sido creado por Dios[17].

La necesidad de presentar en términos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo se presenta hoy con una urgencia impostergable, para evitar además, entre otras cosas, una diáspora cultural de los católicos[18].

Felipe Pou Ampuero

[1] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Análisis del Manifiesto del PSOE sobre Constitución y laicidad, Pamplona, 9 de diciembre de 2006.
[2] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Análisis del Manifiesto del PSOE...
[3] Congregación para la doctrina de la fe. Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y conducta de los católicos en la vida política. Vaticano, 24 de noviembre de 2002.
[4] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Católicos y vida pública, Pamplona, 27 de octubre de 2006.
[5] Guzman Carriquiry Lecour, Católicos y vida pública en América Latina, Santiago de Chile, 26 de agosto de 2006. www.zenit.org
[6] Guzman Carriquiry Lecour, Católicos y vida pública en América Latina ...
[7] Guzman Carriquiry Lecour, Católicos y vida pública en América Latina ...
[8] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Católicos y vida pública ...
[9] Card. Renato R. Martino, Los derechos humanos, fundamento para la construcción de una cultura universal. Toledo, 4 de noviembre de 2006, n. 4.
[10] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Católicos y vida pública ...
[11] Card. Antonio Cañizares, El relativismo ético amenaza la convivencia. Toledo, 4 de noviembre de 2006. www.zenit.org
[12] Card. Renato R. Martino, Los derechos humanos,...
[13] Congregación para la doctrina de la fe. Nota doctrinal...
[14] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, n.1.
[15] Benedicto XVI, Política y desafíos de los católicos, Verona, 19 de octubre de 2006, www.zenit.org.
[16] Benedicto XVI, Política y desafíos de los católicos ...
[17] Benedicto XVI, Política y desafíos de los católicos ...
[18] Congregación para la doctrina de la fe. Nota doctrinal... n. 7.

domingo, febrero 04, 2007

22. Democracia

Fecha: 1 de febrero de 2007
TEMAS: Política, Verdad, Bien común.

RESUMEN: 1. La democracia se basa en el gobierno de la mayoría. Esto implica que una mayoría impone sus criterios, sus ideas y sus opiniones a una minoría que es la que no gobierna, lo cual es aceptable siempre que la cuestión pueda ser decidida por criterios de mayoría.

2. Pero la democracia no es un valor absoluto, no es un referente moral que nos dice con criterios de verdad o de bondad lo que está bien o lo que es correcto. La democracia es un procedimiento y en cuanto tal debe estar delimitado por sus fines, que son los fines que hacen bien al hombre.

3. La grandeza de la democracia es ponerse al servicio de la verdad, del bien común y de la justicia. Se podría enunciar así: todos juntos queremos lo mejor para todos.

4. Sin educación moral no hay democracia posible porque faltarían los cimientos necesarios sobre los que edificar decisiones mayoritarias moralmente aceptables. Es claro que sin verdad —sin conocimiento— no existe verdadera libertad. La libertad sólo es posible si existe la información.

5. El compromiso moral que se pretende no es otra cosa que la convicción de que la persona humana posee una dignidad y un valor inalienable y que la libertad no es lo mismo que arbitrariedad.

6. El cristiano sabe donde está la Verdad y por esto está abierto a todo lo que hay de justo, verdadero y puro en las culturas y en las civilizaciones, pues nada que sea verdadero puede ser extraño a la Verdad.

SUMARIO: 1. Democracia.— 2. Educación moral.

1. Democracia

En nuestros días estamos asistiendo a una verdadera exaltación de la democracia como un sistema de gobierno perfecto, el mejor de todos, y, a decir de algunos, insuperable en lo futuro. La democracia se basa en el gobierno de la mayoría. Esto implica que una mayoría impone sus criterios, sus ideas y sus opiniones a una minoría que es la que no gobierna.

En un principio, tales bases de actuación no son objetables siempre y cuando la cuestión decidida o gobernada pueda ser decidida por criterios de mayoría o de cantidad. Es decir, siempre y cuando la cuestión decidida sea opinable. En tales casos es indiferente que se adopte una decisión u otra distinta. Ante la equivalencia de dos o más decisiones podemos estar de acuerdo todos en que se adopte la decisión más votada no tanto porque sea la mejor, sino porque es la que agrada a mayor número de votantes o, dicho al contrario, la que desagrada a los menos votantes posibles.

Pero tales cuestiones opinables no son mejores o peores unas respecto de las otras, porque si unas fueran peores que otras lo lógico sería elegir la mejor solución. Esto es lo que hacemos siempre. Cuando vamos a comprar una bicicleta elegimos la mejor, la más idónea. Si voy a pasear por el campo será una bicicleta de campo, no me servirá una de carretera y menos aún una de carreras porque además de pincharse las ruedas enseguida no tendrá la fuerza suficiente para andar por los caminos y por el monte.

En mi caso la bicicleta de monte es mejor que la de carreras y no debo elegir la de carreras. Luego viene la cuestión del color, los radios, los cambios y otros accesorios. Todas estas cuestiones pueden ser más o menos importantes, pero no son transcendentales y desde luego son opinables. Si voy a ser el único usuario de la bicicleta decidiré lo que más me guste a mí, pero si vamos a ser varios usuarios lo mejor es decidir con el voto de todos, es decir, con el voto de la mayoría.

Lo mejor o lo peor no lo decide la mayoría. Porque la mayoría no es criterio de verdad o de raciocinio. La mayoría es criterio de elección, sólo de elección. La mayoría no es criterio de bondad, o de maldad. No hace malo lo bueno, ni hace bueno lo malo. Matar a un inocente es malo. Y si lo vota la mayoría sigue siendo malo. Y si la mayoría es abrumadora, casi unánime y decide que determinada raza debe desaparecer... pues seguiría siendo una decisión mala aunque eso sí: casi unánime.

Y es que la democracia es un sistema de gobierno para la administración —buena se entiende— de las cosas ordinarias. Pero la democracia no es un valor absoluto, no es un referente moral que nos dice con criterios de verdad o de bondad lo que está bien o lo que es correcto. La democracia es un sistema, un medio, un instrumento que nos damos los hombres y que está muy bien para lo que está indicado. Pero la democracia no es un fin en sí mismo. La democracia por la democracia es —con perdón— un absurdo.

El fin de la vida de los hombres es la felicidad, la verdad, el bien. El fin de la vida de los hombres no es la democracia. Y la democracia podrá ayudarnos a conseguir el fin de una vida si se orienta hacia ese fin. Pero si la democracia se orienta hacia sí misma lo único que se conseguirá es una mayoría. Una mayoría para nada.

La democracia es un procedimiento y en cuanto tal debe estar delimitado por sus fines, que son los fines que hacen bien al hombre y son fines de los hombres no fines de la democracia. El sentido de la democracia se acaba en el resultado del procedimiento de adopción de acuerdos por mayoría.

Si la democracia fuera el referente último de la conciencia de los hombres, el criterio del bien y del mal, deberíamos concluir que el bien y el mal quedarían determinados por las sucesivas decisiones de quienes en cada momento histórico ejercieran el poder. Ahora blanco, mañana verde y pasado naranja... No puede ser. El bien es el Bien y el mal es el Mal. No son mudables. Lo que es el Bien para el hombre no depende de la decisión de unos gobernantes.

Porque además a los gobernantes no se les exige ninguna aptitud para evaluar lo bueno y lo malo. Tendrían que decidir sobre lo que no saben. Los enfermos no acuden al ayuntamiento para que la corporación municipal decida por mayoría qué medicina o tratamiento les conviene: «a favor de la aspirina un 52% y a favor de la operación de apendicitis aguda un 35%; el resto se abstiene hasta que aprueben una partida presupuestaria especial».

La democracia tiene una tarea mucho más noble y magnánima que el simple recuento de votos y la formación habilidosa de mayorías. La grandeza de la democracia es ponerse al servicio de la verdad, del bien común y de la justicia. Se podría enunciar así: todos juntos queremos lo mejor para todos. La democracia no es simplemente una cuestión de procedimiento, sino de ideas, de ideales y de compromisos con la moralidad[1].

La democracia no es un sistema completo de vida. Es más bien una manera de organizar la convivencia de acuerdo con una concepción de la vida anterior y superior a los procedimientos democráticos y a las normas jurídicas[2]. Queremos vivir en un Estado de Derecho donde el imperio de la ley somete al mismo poder. Este hecho de someter el poder al Derecho nos remite a la idea de cómo surge el Derecho. No surge de un simple acuerdo de voluntades de ciudadanos. El Derecho surge del afán de conseguir la Justicia y de dar a cada uno lo que le corresponde, lo suyo. Lo contrario sería un abuso de fuerza, un comportamiento incivilizado. Y para esto se han seguido criterios de verdad y de razón, no de mayorías y de recuentos de votos. La Edad Moderna ha expresado un conjunto de elementos normativos en las diversas declaraciones de derechos y los ha sustraído al juego de las mayorías[3]. Nadie nos preguntó si votamos a favor o en contra de los derechos del hombre y de la mujer...

Todo este sentido y fin de la democracia se deteriora cuando las instituciones políticas centran el objetivo real de sus actividades no en conseguir el bien común de los ciudadanos, sino el bien particular de un grupo, de un partido o de una determinada clase de personas, tratando para ello de conseguir el poder y de perpetuarse en él[4].

En una verdadera democracia no son las instituciones políticas o los partidos políticos los que configuran las convicciones personales de los ciudadanos, sino que es exactamente al contrario: son los ciudadanos los que han de conformar las instituciones políticas y los mismos partidos y actuar en ellos según sus propias convicciones morales, de acuerdo con su conciencia, siempre a favor del bien común[5].


2. Educación moral

Por todo lo dicho es claro que sin educación moral no hay democracia posible porque faltarían los cimientos necesarios sobre los que edificar decisiones mayoritarias moralmente aceptables. Una educación moral que consiste en un verdadero compromiso personal de cada ciudadano con la verdad y con el bien.

Porque es claro que sin verdad —sin conocimiento— no existe verdadera libertad. La libertad sólo es posible si existe la información. Es evidente que quien se cree libre pero está engañado, en el error, no puede ser libre[6]. Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente. En una sociedad donde no se llama la atención sobre la verdad y donde se renuncia a alcanzarla, se debilita toda forma de ejercicio auténtico de la libertad[7].

Y esta educación moral debe partir en primer lugar de los propios ciudadanos, pero auspiciada y sostenida por el propio poder a quien honra el fomento de la enseñanza moral. No basta con que los legisladores sigan exclusiva y casi mecánicamente los sondeos de opinión. La legislación en una democracia debe contar con los imperativos morales y conseguir la verdad y el bien común por encima de las corrientes de opinión. No podemos olvidar que la Historia reciente nos demuestra que en nombre de la mayoría se han cometido las mayores atrocidades contra la Humanidad. No basta con tener la mayoría, además se debe tener la razón que, en absoluto, es equivalente a tener la mayoría.

El compromiso moral que se pretende no es otra cosa que la convicción de que la persona humana posee una dignidad y un valor inalienable y que la libertad no es lo mismo que arbitrariedad. Estos principios son básicos y ayudan a compartir la vida con quienes piensan de otra manera —porque les respetamos— y a saber mantener las propias convicciones sin ceder a las corrientes de opinión —porque la verdad no está en venta—.

El cristiano sabe donde está la Verdad y por esto está abierto a todo lo que hay de justo, verdadero y puro en las culturas y en las civilizaciones, pues nada que sea verdadero puede ser extraño a la Verdad.

La democracia es un medio, un instrumento que el cristiano tiene a su disposición para opinar y para influir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos, que le permitan transmitir la fe a las nuevas generaciones y le impulse a construir una cultura cristina capaz de llevar la Verdad a la cultura actual[8].

«Para muchos cristianos la desesperanza es una verdadera tentación (...) la Iglesia y la salvación del mundo no son obra nuestra, sino empresa de Dios. (...) La Iglesia no pone nunca su esperanza ni encuentra su apoyo en ninguna institución temporal, pues sería poner en duda el señorío de Jesucristo, su único Señor»[9].


Felipe Pou Ampuero
[1] Weigel, George, Política sin Dios, Ediciones Cristiandad, S.A., Madrid, 2005, p. 109.
[2] Conferencia Episcopal Española, LXXXVIII Asamblea Plenaria, Orientaciones morales ante la situación actual de España. Madrid, 23 de noviembre de 2006, n.53.
[3] Card. Joseph Ratzinger, Las bases morales prepolíticas del Estado liberal, Munich, 19 de enero de 2004. www.zenit.org.
[4] Conferencia Episcopal Española, LXXXVIII Asamblea Plenaria, ob. cit. n.57.
[5] Conferencia Episcopal Española, LXXXVIII Asamblea Plenaria, ob. cit. n.53.
[6] Otxotorena, Juan Miguel, Libres y verdaderos, Alfa y Omega, 8 de diciembre de 2005.
[7] Congregación para la Doctrina de la Fe, Compromiso y conducta de los católicos en la vida política., Vaticano, 24 de noviembre de 2002, n. 7.
[8] Conferencia Episcopal Española, LXXXVIII Asamblea Plenaria, ob. cit. n.37.
[9] Conferencia Episcopal Española, LXXXVIII Asamblea Plenaria, ob. cit. n.24.

jueves, enero 04, 2007

21. Religión


Fecha: 1 de enero de 2007
TEMAS: Cultura, Religión, Fe.
RESUMEN: 1. El secularismo es una concepción del mundo según la cual este último se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios.

2. El problema hoy son las personas indiferentes a la existencia de Dios. Existen personas que viven «como si Dios no existiera» . La nueva religiosidad se caracteriza porque coloca el «yo» en el centro. La religión moderna es la religión del yo que se funda en lo que yo creo, en lo que a mí me motiva y en lo que yo siento, en lo que me hace sentir la presencia de un dios, de un ser superior según lo que yo entiendo por ser superior y que siempre se funda en mi éxito personal y en el logro de mis propias iniciativas.

3. Una cosa es cierta: el hombre no descubre a Dios, sino que más bien, es Dios quien se manifiesta al hombre. Dios es superior al hombre y no al revés y es Dios quien lleva la iniciativa. No somos los hombres los que con nuestros razonamientos decidimos cómo es el rostro de Dios y qué es lo que quiere en cada momento y de nuestra vida, sino que Dios se nos ha manifestado en Jesús y nos ha dicho que nos quiere.

4. El cristiano es también un hombre moderno y la religión verdadera no se opone a nada del progreso y de la ciencia que sea bueno para el hombre.

SUMARIO: 1. Secularismo.- 2. Indiferencia religiosa.- 3. Sentimiento religioso.- 4. El rostro de Dios.

1. Secularismo

Normalmente todos creemos en Dios. Decir o pensar que Dios no existe es una cuestión muy beligerante. Aún así, también están presentes los ateos que niegan la existencia de Dios. Sin embargo, entre los que decimos que Dios existe nos podríamos preguntar ¿cómo es el rostro de Dios?, ¿en qué Dios creemos?, ¿dónde está tu Dios?[1].

Los ilustrados sostienen que el conocimiento humano iluminado por la ciencia y la técnica, amparado en el progreso científico, destierra al hombre de la oscuridad de la ignorancia y del engaño de lo oculto para devolverlo a su estado original. El mundo y la vida, los mismos hombres y la creación del universo tiene una explicación científica o no tiene entidad real. Todo aquello que la ciencia no pueda explicar no existe.

El secularismo es una concepción del mundo según la cual este último se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios. Dios resultaría superfluo y hasta un verdadero obstáculo para conocer el mundo y la realidad que nos rodea[2]. De tal manera que si el hombre es capaz de conocerlo y explicarlo todo se debe llegar a la conclusión de que por encima del hombre no existe nada, no hay ninguna limitación ni existe ninguna realidad que limite o condicione la capacidad de conocer del hombre.

Claro está. Como no existe un solo hombre sino que somos seis mil millones, más o menos, la realidad conocida y «verdadera» no puede ser la que diga yo, sino la que digamos la suma de más «yos». Es el relativismo.

Sin embargo, los ilustrados no sostienen que la verdad no existe. Sostienen que la verdad es la decisión de la mayoría. Luego la verdad sí que existe. Bien, en esto estamos de acuerdo todos, en que la verdad existe. En lo que no estamos de acuerdo es dónde está la verdad.

Los ilustrados entienden que el mundo y la realidad que nos rodea es racional, es decir, que se entiende con la razón y se explica con razonamientos. Yo, también. Estoy de acuerdo en esto. En lo que no estoy de acuerdo es en que baste la sola razón humana para entender el mundo. ¿Por qué? Pues por lógica. Si el hombre no ha creado el mundo difícilmente podrá dar razón de él.
El mundo material es el mundo verificable, el que se puede estudiar científicamente. El que es objeto del laboratorio. Es real y es mundo, pero no es todo el mundo, es solo una parte del mundo que interesa y que el hombre en su afán de conocer debe explorar. Pero existen otras muchas realidades que no se pueden ver por un microscopio. Es más, diría que esas realidades que no caben en un tubo de ensayo son las que proporcionan el bienestar y la felicidad a los hombres.

El mundo no material no es del todo cognoscible por el hombre y eso no puede querer decir que no existe. Lo racional no se limita a lo material. Existe un conocimiento racional de lo no material. La belleza, el bien, la justicia, el amor, la música, la felicidad, no son realidades irracionales. La religión tampoco es una realidad irracional o un capricho de algunos que no sirve para nada. La religión es racional.

Dios no se presenta como un ser caprichoso que interviene sin sentido y sin razones en la realidad. La misma realidad tiene unos procesos razonados y lógicos. Dios es un ser racional que ha creado el universo y la realidad. Por eso la realidad es racional. Dios se presenta como la Razón y no cabe la razón falsa. Luego Dios es Razón y es Verdad. Y esto es lo propio de la fe cristiana en el mundo de las religiones: que sostiene que nos dice la verdad sobre Dios, sobre el mundo y sobre el hombre, y que pretende ser la religión verdadera.


2. Indiferencia religiosa

Cuando Dios no está presente en nuestras vidas quien está presente es nuestro yo. Es el individuo el que reemplaza el lugar que corresponde a Dios. En realidad, un ateo está convencido que Dios no existe y trata de demostrarlo. Dios es un asunto que le interesa, para concluir que no existe.

Sin embargo, hoy el verdadero problema no son los ateos. El problema hoy son las personas indiferentes a la existencia de Dios. Existen personas que viven «como si Dios no existiera», no importa tanto si existe Dios o si realmente es todo un engaño. Lo que importa es que con los avances de la ciencia y de la técnica hemos conseguido vivir sin necesitar a Dios y nos da igual su presencia. Para el homo indifferens puede que Dios no exista, pero carece de importancia. No es un ateo, es un indiferente que vive como si Dios no existiera, es decir, es un ateo práctico.

Esta es la situación actual de un neopaganismo que vive confiado no en Dios, sino en los beneficios que proporcionan los bienes materiales, la técnica y el progreso, los frutos del poder. Vive adorando las cosas y en la práctica, de hecho, practica una nueva idolatría de cosas olvidándose que es a Dios a quien se debe adorar.

El materialismo occidental orienta los comportamientos hacia la búsqueda del éxito a toda costa, quiere obtener la máxima ganancia porque piensa que eso es lo que realmente vale la pena. Lo que Dios diga no es tan importante para pasar la vida. Para ser feliz hay que tener más cosas, mejores cosas y disfrutar de las cosas cada vez más. Afanarse en todo este plan de vida supone no tener tiempo para Dios, ni para otras cosas más profundas o que no consistan en satisfacer todos los deseos. Vacía la mente y el corazón de todo lo demás y sólo lleno de uno mismo nos encontramos con el «como si Dios no existiera» y, claro está, con la soledad.

Este hombre moderno y solo cae pronto en una grave crisis cultural y espiritual porque no podrá evitar preguntarse ¿quién soy? ¿qué sentido tiene mi vida? ¿después de esta vida qué? Muchos no consiguen respuesta a estas preguntas y caen en una especie de nihilismo antropológico que reduce al hombre a sus instintos y tendencias[3]. La indiferencia religiosa se convierte así en un fenómeno cultural en el sentido que con frecuencia muchas personas viven de esta manera no porque sean ateas, ni porque hayan concluido que Dios no existe después de un trabajoso proceso intelectual, sino simplemente porque «eso es lo que hace todo el mundo».

Otros que no consiguen acallar la voz de su conciencia intentan encontrar una explicación a la vida que practican oyendo voces que les calmen la sed de espiritualidad y les justifiquen sus comportamientos. Buscan una religión a su medida o a la medida de su vida en lugar de buscar una vida a la justa medida de la verdadera religión.

Acaban en fenómenos religiosos más asentados en un sentimiento religioso que en un Dios personal. El Dios sí, Iglesia no de los años sesenta, se ha convertido ahora en un religión sí, Dios no, o al menos, religiosidad sí, Dios no[4].


3. Sentimiento religioso

Porque nos volvemos a encontrar con el tema de la verdad. Si existe una religión verdadera esa es la que habrá que seguir o, al menos, buscar. Si no existe ninguna religión verdadera ninguna nos vale. Otra vez se cuela el inevitable relativismo por la puerta trasera. Si todas las religiones son igual de buenas, es tanto como decir que ninguna religión es verdadera. Si ninguna es verdadera porque no tiene la verdad lo que realmente importa de la religión no es que sea verdadera —que no lo es, dicen— sino la buena intención del que practica la religión[5]. Y aquí nos encontramos con el sentimiento religioso.

Lo que importa es tener buena intención, no escuchar al Dios verdadero. La nueva religiosidad se caracteriza porque coloca el «yo» en el centro. La religión moderna es la religión del yo que se funda en lo que yo creo, en lo que a mí me motiva y en lo que yo siento, en lo que me hace sentir la presencia de un dios, de un ser superior según lo que yo entiendo por ser superior y que siempre se funda en mi éxito personal y en el logro de mis propias iniciativas. Es un sentimiento... religioso.

Es una forma romántica de religión donde el espíritu se refugia y contempla la estética, la belleza, el orden, la paz entendida como quietud, el estado de cosas que me favorece. Ser religioso es estar bien con uno mismo y con los demás, ser gente de bien. Pero sobre todo es no tener que rendir cuentas a nadie acerca de mi propio comportamiento. Si existe un dios desde luego no se trata de una persona con cara, que tenga un rostro, una voluntad, una decisión, una razón distinta de la mía o independiente de mis deseos.

La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría puramente humana, casi como una ciencia del bien vivir. Hoy se lucha a favor del hombre, eso es seguro. Se lucha por mejorar sus condiciones de vida, su salud, sus derechos, su esperanza. Pero se lucha a favor de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal, sin ninguna referencia trascendente. Sin embargo, los cristianos sabemos por la fe que Jesús vino a traer la salvación integral del hombre[6].


4. El rostro de Dios

Pero ¿cómo es el rostro de Dios? Cómo es el Dios verdadero. ¿Es el rostro de un vigilante que controla y anota? ¿Es el rostro de un padre que cuida y protege? Creemos en Dios, sí pero ¿de qué Dios estamos hablando? Porque Dios es la Sabiduría, la Verdad, el Bien, la Paz, la Concordia, la Felicidad. Sí, pero Dios no se identifica con sus atributos, ni menos aun es la suma de todos ellos, como si se tratara de un puzzle en el que se juntan las piezas y al final obtenemos un retrato.

Una cosa es cierta: el hombre no descubre a Dios, sino que más bien, es Dios quien se manifiesta al hombre. Dios es superior al hombre y no al revés y es Dios quien lleva la iniciativa. No somos los hombres los que con nuestros razonamientos decidimos cómo es el rostro de Dios y qué es lo que quiere en cada momento y de nuestra vida, sino que Dios se nos ha manifestado en Jesús y nos ha dicho lo que quiere y que nos quiere.

La verdad del cristianismo no es una idea abstracta o una demostración científica. Es una persona cuyo nombre es Jesucristo que nos ha dicho cosas y creemos que esas cosas son verdaderas. Por eso la primera contribución de la Iglesia al progreso y al desarrollo de los hombres no se basa en los medios materiales ni en las soluciones técnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo que forma las conciencias y muestra la auténtica dignidad de la persona y del trabajo, promoviendo la creación de una cultura que responda verdaderamente a todos los interrogantes del hombre[7], porque de ningún modo es posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar sobre todo, las profundas necesidades de su corazón.

Vivir la verdadera religión supone aceptar con garbo las condiciones de vida del hombre moderno. Porque el factor fundamental consiste en cultivar la amistad con Jesucristo cada jornada mostrando que le queremos de modo teórico y práctico[8]. Esta es la gran responsabilidad del cristiano en la hora presente: manifestar su fe en expresiones culturales comprensibles y atractivas para sus conciudadanos.

Evangelizar la cultura es dejar que el Evangelio impregne la vida concreta de los hombres y mujeres de una sociedad dada. Hay que imprimir una mentalidad cristiana a la vida ordinaria. Más que de convencer, la evangelización trata de proponer y de predisponer a la escucha. No se trata de demostrar a toda costa que Dios existe, sino que se trata de compartir el gozo de la experiencia de la fe en Cristo[9]. Se trata de saber mostrar el verdadero rostro de Dios.

Para esto no basta con hablar. Se nos exige un gran esfuerzo para utilizar el lenguaje de los hombres de hoy, compartir sus esperanzas y responder a las cuestiones con un estilo accesible. El cristiano es también un hombre moderno y la religión verdadera no se opone a nada del progreso y de la ciencia que sea bueno para el hombre. Es más, lo fomenta y lo aplaude porque quiere el bien para el hombre.

La formación religiosa se impone porque hay que ver y hacer ver la diferencia entre la vida eterna y el mundo de los espíritus; entre la contemplación cristiana y la meditación trascendental; entre el milagro y la sanación; entre el ciclo litúrgico y la relación con la naturaleza.

También hay que saber mostrar que el Dios verdadero, Creador de cielo y tierra, no puede rechazar a los hombres sólo porque no conocen el cristianismo y, en consecuencia, han crecido en otra religión. Él aceptará su vida religiosa igual que la nuestra[10].

Y es la familia la primera escuela de evangelización. Es el lugar de transmisión de la fe viva y vivida, encarnada en la vida cotidiana a través de diversos gestos y conductas de los padres. La celebración de las fiestas religiosas y del domingo, la oración en familia por la noche; la bendición y acción de gracias por los alimentos y la salud, la esperanza en Dios como verdadera fuente de todo bien muestran a los hijos el verdadero rostro de Dios.

Un Dios que cuida de sus hijos los hombres. Pero también un Dios que es persona y tiene voluntad y voz, que nos ha hablado por medio de la Escritura y tiene leyes. Un Dios al que debemos obedecer y que, en modo alguno, es un Dios inexistente o imaginado. Es tan real que existe.

Recordamos el pasaje de la zarza ardiendo con Moisés (Ex 3,1-10). Es Dios quien habla y Moisés se oculta la vista porque no puede ver el rostro del Señor. Dios tiene un rostro, es un Ser personal, no es una imagen o figuración. Dios es realmente otro distinto de los hombres, es el autentico Otro que se distingue de los hombres, no es un hombre superior o especial. Es el Otro que no es hombre y nos quiere como solo es capaz de querer Dios.


Felipe Pou Ampuero
[1] Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, ¿Dónde está tu Dios?, Vaticano, 11-13 de marzo de 2004. n. I-3
[2] Cfr. Juan Pablo II, Evangelio Nuntiandi, n. 55.
[3] Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, ¿Dónde está tu Dios?, Vaticano, 11-13 de marzo de 2004. n. 1.
[4] Cfr. Asamblea Plenaria..., n. 2.
[5] Card. Joseph Ratzinger, Fe, Verdad y Cultura, Madrid, 16 de febrero de 2000.
[6] Cfr. JuanPablo II, Enc. Redemptoris missio, n. 11.
[7] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2006.
[8] Mons. Javier Echevarría, Entrevista de la agencia de noticias polaca KAI, 29 de noviembre de 2005, en www.arguments.es
[9] Cfr. Asamblea Plenaria... n.2-3
[10] Card. Joseph Ratzinger, Fe, Verdad y Cultura, Madrid, 16 de febrero de 2000.

sábado, diciembre 02, 2006

20. Europa

Fecha: 1 de diciembre de 2006
TEMAS: Cultura, Religión, Vida.

RESUMEN: 1. Europa es un lugar geográfico, pero sobre todo es un concepto cultural e histórico que se ha caracterizado como continente por muchos factores, uno de los cuales y no el menos importante, es por la fuerza unificadora del cristianismo.

2. Se puede decir que la fe cristiana ha forjado la cultura europea fundiéndose con su historia y, a pesar de la dolorosa división entre Oriente y Occidente, el cristianismo se ha convertido en la religión de los europeos. ¿Qué cultura podrá proteger mejor los derechos humanos, promover el bien común, defender el legítimo pluralismo y dar razón de los compromisos morales que hacen posible la democracia, la cultura que ha producido “La Grande Arche de la Dèfense” con su frío racionalismo, o la cultura materializada en esa catedral que, según los promotores de La Grande Arche cabe perfectamente dentro del cubo?

3. El hombre europeo actual ha llegado al convencimiento de que para ser moderno y libre tiene que ser radicalmente secular, es decir, sin Dios. Por tanto, Dios no es una ayuda ni menos aún una razón de la existencia. Dios aparece como un estorbo, como un lastre que ralentiza los avances, como una rémora del pasado que sólo cabe en las mentes atrasadas e ignorantes.

4. El cristianismo propone una lectura alternativa de la modernidad que supone una lectura completamente moderna, en el sentido de nueva respecto de cualquier otra interpretación anterior. Europa tiene que volver el rostro a Cristo para encontrar al hombre. Y este camino de vuelta se recorre a través de la naturaleza del hombre tal como Cristo la da a conocer.

SUMARIO: 1. Qué es Europa.- 2. La cultura europea.- 3. Sin esperanza.- 4. Volver al origen.

1. Qué es Europa

El entonces cardenal Joseph Ratzinger comenzaba una conferencia sobre Europa con esta pregunta que se formulaba. ¿Qué es exactamente Europa?[1] Porque realmente Europa es un continente, el más admirado culturalmente de todos, la cabeza de lo que se llama la civilización occidental. Pero dónde empieza Europa. Siberia no se tiene por parte de Europa pero allí habitan europeos que tienen un modo de pensar y de vivir completamente europeo. Por el sur, ¿dónde termina Europa? ¿Justo en el mar Mediterráneo? ¿Se podría decir que Tánger no es europea? Qué islas del Atlántico son Europa y cuáles no lo son. ¿Y por el este? ¿Turquía es Europa? ¿En su totalidad?

Europa no tiene unas fronteras. Más bien los países europeos tienen unas fronteras como las tienen todos los países. Y son producto de convenciones y de guerras. La suma de unos países puede formar un continente, pero sólo si entendemos que un continente es eso, la suma de algo. Pero los continentes no son la suma de cosas, tienen una entidad peculiar y propia.

Europa es un lugar geográfico, pero sobre todo es un concepto cultural e histórico que se ha caracterizado como continente por muchos factores, uno de los cuales y no el menos importante, es por la fuerza unificadora del cristianismo[2]. Y hasta se puede afirmar que sólo de un modo secundario Europa es un concepto geográfico. Porque lo que realmente define a Europa no son unas fronteras o unos límites físicos —tal río o valle— sino una manera de entender la vida, el hombre y su pasado, es decir, su cultura y su historia.

Una cultura europea que se caracteriza por una palabra «comunicación». Fueron los romanos los que surcaron el Imperio con grandes calzadas que como arterias culturales servían para acercar Roma a cada rincón del Imperio, pero también para enriquecer la sabiduría romana con la griega, bética, egipcia, celta. Sobre esas vías de comunicación se transportaban mercancías y saberes. Pero también transitaban personas. Unas iban y otras venían y se mezclaban los pueblos y se conocían gentes de distintos usos y maneras. Permitían contrastar el propio «aldeanismo» con el de los demás y mostraron el mundo a los hombres. Un mundo mucho más grande y rico que lo que la imaginación humana puede soñar.

Sobre esas vías surgieron las nuevas naciones —también los nuevos ejércitos— y las nuevas peregrinaciones a Santiago[3]. Con la peregrinación se llevó la cultura y la fe de los peregrinos. Una fe que habla de un Dios de todos, de unos hijos de un mismo Padre, de una autoridad que procede de un Creador, de una dignidad de la persona que tiene su origen en su misma creación y no en el poder temporal.

El papa Gregorio VII defendió la prerrogativa de la Iglesia para decidir quién sería nombrado obispo, limitando el poder temporal del emperador y auspiciando lo que en el curso de los siglos sería la «sociedad civil»[4]. En adelante, el Estado no ocuparía hasta el último centímetro de la vida de los súbditos que en el futuro serían ciudadanos con derechos y libertades. El emperador tuvo que reconocer que existían una serie de cosas que él no podía hacer, no porque no tuviera ejércitos, sino porque no tenía competencias para llevarlas a cabo.

A veces, a los europeos se nos olvida que somos hijos de las calzadas romanas y del espíritu del papa Gregorio VII, pero conviene recordar la historia y actualizarla para saber que la memoria es la facultad que fragua la identidad de los seres humanos porque a través de ella se dibuja el sentido de la identidad personal, de lo que somos[5].

2. La cultura europea

Y la identidad de Europa y de los europeos no se comprende sin una presencia, sin una referencia al cristianismo. Una religión que no surge en Europa, viene de Oriente, pero se extiende y se asienta en Roma, capital del Imperio. Los valores europeos son de origen cristiano porque antes del cristianismo no existieron. El respeto de la persona por sí misma, el profundo sentimiento de la justicia social y de la libertad de todos los hombres que no pueden ser esclavizados, el valor del trabajo humano, la esperanza como motor de la iniciativa de las empresas humanas, el valor de la familia como cimiento del ser humano, escuela de virtudes y lugar donde se aprende a vivir en sociedad, la fraternidad de todos los hombres que explica la tolerancia de lo diverso y hasta de lo opuesto, etc.

Se puede decir que la fe cristiana ha forjado la cultura europea fundiéndose con su historia y, a pesar de la dolorosa división entre Oriente y Occidente, el cristianismo se ha convertido en la religión de los europeos[6]. De la fe cristiana también aprendió Europa que sobre la autoridad pública y sobre su poder pende no el juicio de la historia, sino el juicio de un orden trascendente, el de la justicia. Y que lo justo no es solamente aquello que los poderes públicos declaran como tal[7].

Porque todos los valores humanos por los que se identifica Europa en la actualidad y que a sus líderes políticos tanto les gusta alabar, presuponen una imagen del hombre, una identidad personal que lleva implícito un orden moral concreto y una idea del derecho que no se fundamentan en sí mismos, sino que se apoyan en valores superiores y trascendentes que en último extremo se refieren a un Ser superior de todo y de todos, principio y fin de todo lo conocido[8].

Y esta identidad europea no es una identidad de los cristianos, aunque sea una identidad cristiana. Porque bajo el amparo de los valores morales europeos viven y conviven todos los hombres que admiten la existencia humana como un respeto personal y una esperanza en un futuro mejor.

¿Qué cultura podrá proteger mejor los derechos humanos, promover el bien común, defender el legítimo pluralismo y dar razón de los compromisos morales que hacen posible la democracia, la cultura que ha producido “La Grande Arche de la Dèfense” con su frío racionalismo, o la cultura materializada en esa catedral que, según los promotores de La Grande Arche cabe perfectamente dentro del cubo?[9]


3. Sin esperanza

Y ¿cuál es el problema de Europa? Desde luego si los fundamentos de Europa son morales y culturales, el problema de Europa está en sus propios fundamentos. Habrá que solucionarlo en esos términos y no en clave de poder o de política económica. El mayor peligro es el desequilibrio existente entre las posibilidades técnicas y científicas y el crecimiento moral que lo acompaña.

Asistimos a un momento en el que a mayor progreso científico se une un menor crecimiento moral, por no llegar a decir que en algunos casos se asiste a un desprecio de la ley moral objetiva por el cientifismo que la entiende como una limitación y cortapisa de sus avances tecnológicos.

El mundo occidental se ha convertido en un lugar que se considera autosuficiente, donde el hombre se ha emancipado del Dios verdadero y se considera capaz de organizarse por sí mismo sin necesitar de la idea ni de la presencia de un Dios que le diga lo que está bien y lo que está mal. Europa llega a vivir de espaldas a Dios, como si Dios no existiera.

El hombre europeo actual ha llegado al convencimiento de que para ser moderno y libre tiene que ser radicalmente secular, es decir, sin Dios. Por tanto, Dios no es una ayuda ni menos aún una razón de la existencia. Dios aparece como un estorbo, como un lastre que ralentiza los avances, como una rémora del pasado que sólo cabe en las mentes atrasadas e ignorantes. Dios no pertenece a la modernidad, dicen y piensan.

Sin embargo, la realidad es tozuda. Y por más que la modernidad se obstine en pensar una nueva vida, la vida real se empeña en ser real antes que pensada. De tal manera que la vida diseñada y filosofada no es vida realmente, sino tan solo un señuelo, una trampa. De Lubac lo resumía así «No es verdad, como se dice en ocasiones, que el hombre no puede organizar el mundo de espaldas a Dios. Lo que sí es verdad es que el hombre, si prescinde de Dios, lo único que puede organizar es un mundo contra el hombre»[10].

Cuando el europeo ha decidido vivir de espaldas a Dios ha dejado de ser un hermano para el hombre y se ha convertido en un opresor del hombre, en un tirano justificado por sí mismo, enloquecido por sus propias razones sin otro fundamento que la fuerza del poder y no la de la verdadera Razón. Europa asiste así a una pérdida de la esperanza en cuya raíz está el intento de hacer que prevalezca una antropología sin Dios y sin Cristo[11].

El europeo vive sin esperanza y, sobre todo, vive sin futuro. Como si el porvenir no mereciera la pena. Ha intentado explicar el sentido de la vida sin Dios y sin Cristo y se ha situado él mismo en el centro del universo, como si fuera Dios, olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre[12].

La esperanza queda reducida al presente material y se contenta con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica. Entiende la felicidad como simple satisfacción de los propios caprichos a través del consumismo o por medio de la evasión de la realidad con sustancias estupefacientes.

La falta de esperanza y de verdadera felicidad provoca una angustia existencial que se manifiesta «en el dramático descenso de la natalidad, en la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada y en la resistencia, cuando no el rechazo, a tomar decisiones definitivas de vida, incluso en el matrimonio»[13].


4. Volver al origen

Y ¿cuál es la solución de Europa? «Yo, obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes (...) Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo»[14].

En último análisis la democracia se basa en la convicción de que la persona humana posee una dignidad y un valor inalienable que el poder no puede menoscabar y que la libertad no es equivalente a arbitrariedad. Supone un compromiso de la sociedad con la moralidad, con unas ideas, con unos ideales y con unas creencias que son comunes a todo el conjunto social. Es el marco donde se desarrolla la vida pública y social de una civilización. Desde luego esto es mucho más y —sobre todo— algo distinto de una simple cuestión de procedimiento. Como si todo se redujera a votar y contar los votos a favor o en contra. La democracia no es una suma y una resta de votos, es una convicción en el bien común, en la justicia y en la paz social.

Por esto mismo, si un parlamento aprueba por una gran mayoría de votos que somos unos extraterrestres simplemente se equivoca y va contra la realidad de las cosas. Por muy mayoritaria que sea la decisión.

En esta situación, las raíces cristianas de la cultura europea no son una vuelta al mundo pre-moderno, como si los cristianos estuvieran arrepentidos de la ciencia y de sus progresos. No. El cristianismo propone una lectura alternativa de la modernidad que supone una lectura completamente moderna, en el sentido de nueva respecto de cualquier otra interpretación anterior.

En Europa, con bastante ligereza, se da por descontado que todos somos cristianos y que ya sabemos lo que eso significa. Pero la realidad es que se lee y se estudia poco la Biblia y no siempre se profundiza en la catequesis. Tampoco se acude a los sacramentos, esenciales para un cristiano por donde llega la gracia de Cristo. El resultado final no es una fe auténtica y madura, sino un vago y difuso sentimiento religioso de una imagen personal de un dios que no se parece al Dios verdadero y que no compromete más de lo que nosotros le queramos permitir. De aquí a un agnosticismo práctico no hay nada.

«Al final la fe es sencilla y rica: ¿creemos que Dios existe, que Dios cuenta? ¿Pero de qué Dios hablamos? Un Dios con rostro, un rostro humano, un Dios que reconcilia, que vence el odio y da esa fuerza de la paz que nadie más puede dar»[15].

Y ¿cuál es la esperanza del europeo y del hombre en general? La esperanza tiene un nombre que es Cristo que ha venido a decir al hombre que es un ser amado por Dios por sí mismo, que tiene un valor y una dignidad que ningún poder puede eliminar. Solamente Cristo revela al hombre lo que es el hombre porque conoce al hombre desde su origen. Y es la Iglesia la depositaria de la palabra de Cristo que anuncia la verdad del hombre a los demás hombres.

La esperanza del hombre no se encuentra en la ciencia o en la técnica. La verdadera esperanza se encuentra en el amor que Dios tiene al hombre. Esta es la buena noticia para todos los hombres: «Dios nos ha amado primero» (cf. 1 Jn 4, 10) y además nos ama hasta el final (cf. Jn 13,1)[16]. Solamente Cristo es capaz de devolver la esperanza al hombre porque nos dice que hay un futuro, una vida después de esta vida y que Dios está allí esperándonos.

«Tenemos que afirmar de modo rotundo que el hombre es más que el bien que está en condiciones de hacer: es hijo de Dios»[17].

Europa tiene que volver el rostro a Cristo para encontrar al hombre. Y este camino de vuelta se recorre a través de la naturaleza del hombre tal como Cristo la da a conocer, como ser creado, con cuerpo y alma, social, llamado al amor, capaz de entregarse a los demás. Este camino de vuelta supone aceptar que el hombre es de una determinada manera y que la vida pública de los hombres debe ser a la medida de los mismos. Es un camino hacia la verdad del hombre que tiene unos principios necesarios para el hombre, sin los cuales la existencia humana no puede ser cabal.

La protección de la vida en todo momento, el reconocimiento y promoción de la familia como una unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio y la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos son unos principios que no pertenecen al dogma de la fe, sino que están inscritos en la naturaleza humana y por tanto son comunes a todos los hombres y sin los cuales los hombres no podrán sobrevivir[18].

Felipe Pou Ampuero

[1] Card. Joseph Raztinger, Europa: sus fundamentos espirituales, Roma, 13 de mayo de 2004, www.zenit.org
[2] Juan Pablo II, Discurso, Castelgandolfo, 17 de agosto de 2003.
[3] Juan Pablo II, Discurso en el acto europeísta celebrado en la catedral de Santiago de Compostela. 9 de noviembre de 1982.
[4] George Weigel, Política sin Dios, Ediciones Cristiandad, S.A. Madrid, 2005, p.108.
[5] Cfr. Juan Pablo II, Memoria e identidad, Madrid, 2005, p. 178.
[6] Juan Pablo II, Discurso, Castelgandolfo, 20 de julio de 2003.
[7] George Weigel, Política sin Dios, Ediciones Cristiandad, S.A. Madrid, 2005, p.112.
[8] Pablo Blanco, La Europa de Ratzinger, Nuestro Tiempo, junio 2006, nº 624, p. 108.
[9] George Weigel, Política sin Dios, Ediciones Cristiandad, S.A. Madrid, 2005, p.171.
[10] Citado por George Weigel, op. Cit. p.58.
[11] Juan Pablo II, Discurso, Castelgandolfo, 13 de julio de 2003.
[12] Juan Pablo II, Exhortación apostólica La Iglesia en Europa, Vaticano, 28 de junio de 2003, n.9.
[13] Juan Pablo II, Exhortación apostólica La Iglesia en Europa, Vaticano, 28 de junio de 2003, n.8.
[14] Juan Pablo II, Discurso en el acto europeísta celebrado en la catedral de Santiago de Compostela. 9 de noviembre de 1982.
[15] Benedicto XVI, Discurso, Aosta, 25 de julio de 2005.
[16] Juan Pablo II, Exhortación apostólica La Iglesia en Europa, Vaticano, 28 de junio de 2003, n.84.
[17] Jacques Philippe, La libertad interior, Rialp, Madrid, 2005, p.150.
[18] Cfr. Benedicto XVI, Discurso, Vaticano, 29 de marzo de 2006.