sábado, noviembre 07, 2009

48. Diálogo

Fecha: 01 de noviembre de 2009

TEMAS: Desarrollo, Verdad, Razón.

RESUMEN: 1. Los hombres somos libres y la esencia de la libertad es nuestra libertad interior, es decir, poder pensar libremente por nuestra cuenta sin que nada ni nadie nos imponga sus ideas.

2. Sin embargo, la falta de reflexión debilita al hombre moderno porque le impide pensar con libertad y le expone a vivir como no piensa ni desea.

3. Sobre todo, el gran reto es pensar bien. En el bien propio y en el bien de todos, en el bien común. La virtud de la ciudadanía supone el desvelo por el bien común sin el cual el bien humano se ve seriamente recortado.

4. El hombre es racional y puede pensar para conocer mediante la «razón ampliada» la verdad en toda su extensión, es decir, sin limitarse a adquirir conocimientos técnicos para dominar la realidad material, sino abriéndose hasta encontrar al Trascendente.

5. Un diálogo no es una simple conversación, sino que es un encuentro entre dos o varias personas en un clima de amistad. Pero para poder tener amistad es preciso conocer a mi amigo. Si no le conozco tal y como es realmente ¿cómo le voy a poder querer?

6. Para poder dialogar, además, es necesario también dar a conocer la propia identidad. Se trata de saber quién es el otro y de que el otro pueda saber quién soy yo.


SUMARIO: 1. Un hombre aislado.- 2. El hombre piensa.- 3. Descubrir la verdad.- 4. Dialogar.

1. Un hombre aislado

Tradicionalmente se distinguen tres grandes conjuntos de dinamismos naturales. El primero, que es común a todos los seres sustanciales comprende la inclinación a conservar y desarrollar su propia existencia. El segundo, común a todos los seres vivos, comprende la inclinación a reproducirse para perpetuar la especie. Y el tercero, propio solamente del hombre como ser racional, comprende la inclinación a conocer la verdad sobre Dios y a vivir en sociedad.
El hombre es un ser social que vive en sociedad y tiene muchos porqués para responder. Es el peaje que tenemos que pagar por ser humanos. Y lo primero que percibimos es que vivimos rodeados de personas diferentes a nosotros, o por mejor decir, yo no pienso ni siento como el resto de personas que me rodean[1].

Los hombres somos libres y la esencia de la libertad es nuestra libertad interior, es decir, poder pensar libremente por nuestra cuenta sin que nada ni nadie nos imponga sus ideas. Pero apenas tenemos el valor de pensar por nuestra cuenta y nos atrevemos a ser libres de verdad. Es mucho más cómodo pensar como piensan los medios de comunicación y nos enseñan en la televisión, en la radio, en los eslóganes publicitarios.

Claro que, para pensar hace falta un poco de tiempo y pararse a reflexionar. Y el tiempo es quizá el bien más escaso para el hombre posmoderno tan lleno de bienestar. No deja de resultar paradójico que con frecuencia conocemos mejor a los protagonistas de esa serie televisiva que tanto nos gusta que a nuestros propios vecinos con los que bajamos en el ascensor cada mañana.

Sin embargo, la falta de reflexión debilita al hombre moderno porque le impide pensar con libertad y le expone a vivir como no piensa ni desea[2]. Hasta tal punto que será muy difícil que una persona pueda tener convicciones propias si no adopta una actitud distante respecto de los medios de comunicación. Nos gustaría gritarles «¡No me pienses!, ya pienso yo solo».

Podemos sospechar que estas son las desventajas de la modernidad. En otros tiempos esto no sucedía. Pero no es así. Nuestro tiempo no es algo exterior y ajeno a nosotros. Al contrario, nuestro tiempo somos nosotros mismos, es nuestra mentalidad, nuestra manera de ver las cosas, nuestras sensibilidades y gustos y todas nuestras relaciones humanas. Y este tiempo nuestro es el que queremos cambiar, pero para esto es necesario saber exponer las propias convicciones de una manera distinta para que puedan comprenderlas –precisamente– también aquellos que no las comparten[3].


2. El hombre piensa

A veces sentimos la sensación de que el mundo no es humano, que no parecemos hombres sino máquinas que persiguen objetivos. Parece que con tanto progreso nos hemos olvidado del hombre y de poner en el centro de la vida social el desarrollo integral de la persona humana[4].

Así es. Sentimos la imperiosa necesidad de dar a los medios electrónicos y a todo el mundo un rostro verdaderamente humano. El primer paso para conseguirlo consiste en hacer lo que hacen los humanos, es decir, pensar por nosotros mismos. Nada fácil, no vaya a pensarse lo contrario. Porque todo lo que nos rodea se empeña en que no seamos libres ni nos dediquemos a pensar por nuestra cuenta.

Sobre todo, el gran reto es pensar bien. En el bien propio y en el bien de todos, en el bien común. La virtud de la ciudadanía supone el desvelo por el bien común sin el cual el bien humano se ve seriamente recortado. Pero para pensar en el bien común hace falta crear situaciones comunes, de relaciones sociales entre unos hombres y otros, entre los que piensan de una manera y los que piensan justo de la manera contraria. Para pensar bien y para pensar en el bien común hace falta aprender a dialogar.


3. Descubrir la verdad

El hombre es racional y puede pensar para conocer mediante la «razón ampliada» la verdad en toda su extensión, es decir, sin limitarse a adquirir conocimientos técnicos para dominar la realidad material, sino abriéndose hasta encontrar al Trascendente[5].

El hombre puede conocer la verdad sin llegar a ser su dueño porque no le pertenece. Como enseña santo Tomás de Aquino, lo bueno puede existir sin mezcla de lo malo; pero lo malo no puede existir sin mezcla de lo bueno[6]. Por tanto, cualquier persona, por erróneos que nos parezcan sus planteamientos, participa de alguna manera de la verdad y podemos aprender de ella.

Porque si lo que nos importa no es si la idea es verdadera o falsa, sino si es progresista o conservadora, de izquierdas o de derechas, crítica o dogmática, feminista o machista, u otras cosas por el estilo, nos estamos instalando en el totalitarismo y abandonamos el camino de la verdad[7].

Y ¿qué es la verdad? Pues la verdad es aquello contra lo que no tenemos nada que hacer: sólo nos cabe aceptarla como condición y límite de nuestras pretensiones. No querer dialogar supone no admitir, por principio, la posibilidad de que un planteamiento ajeno resulte a la postre verdadero.

Pero si queremos comprender nuestro mundo hemos de ampliar nuestro horizonte y profundizar en la verdad allí donde se encuentre, esto es, en todas partes. Debemos estar dispuestos al diálogo –especialmente– con aquellos que son distintos a nosotros.


4. Dialogar

Un diálogo no es una simple conversación, sino que es un encuentro entre dos o varias personas en un clima de amistad. El clima de amistad consiste en comprender al otro con sus reacciones, sus miedos y sus esperanzas. La amistad implica que mi amigo es único y digno de mi atención. Cuando una persona experimenta que es amada por lo que es, sin necesidad alguna de mostrarse competente o interesante aprende el valor de la amistad.

Pero para poder tener amistad es preciso conocer a mi amigo. Si no le conozco tal y como es realmente ¿cómo le voy a poder querer? Y muchas veces tenemos ideas bastantes desfiguradas y erróneas de las tradiciones y costumbres de los demás, en especial, de los extranjeros y los que proceden de otras civilizaciones que no sea la occidental.

Si le conozco y le estimo necesariamente le respeto tal y como es. Si Dios nos ha creado distintos a unos y otros por qué nos empeñamos en uniformarnos. El hecho de ser distintos constituye una gran riqueza y una fuente de aprendizaje continuo. Las diferencias no pueden ser negadas; no necesitan ser niveladas. Cada hombre es original y tiene pleno derecho a serlo[8].

El respeto a los demás y a su manera de ser diferente es algo más que la mera tolerancia. El amor a la libertad lleva en primer término a respetar las opciones temporales de otras personas aunque sean distintas de las propias. Esto no significa dejar de llamar error al error, ni abdicar de la verdad, pero sí reconocer que la verdad es más importante que los gustos personales.

Para poder dialogar, además, es necesario también dar a conocer la propia identidad. Se trata de saber quién es el otro y de que el otro pueda saber quién soy yo. Si jugamos a los disfraces y nos ocultamos recíprocamente tal vez podamos gozar por un tiempo de una aparente armonía, pero nos moveríamos en un ambiente falso y nuestra relación sería cada vez más superficial.

Por el contrario, si cada uno somos fiel a nuestras propias convicciones nos pareceremos muchos más que cuando coincidimos en acuerdos superficiales porque en lo más íntimo de nuestro ser mantenemos la misma actitud fundamental de fidelidad a la propia conciencia y convicciones.

El diálogo es un camino hacia la madurez que nos exige ser auténticos y amar la verdad. Nos ayuda a abrir nuestra mente y comprender a los demás para acercarnos a ellos. Con el diálogo con todos podremos descubrir la verdad del hombre y afirmar que «sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador»[9].




Felipe Pou Ampuero

[1] Burggraf, Jutta, Hacia una cultura de diálogo, www.opusdei.es, 15 de junio de 2009.
[2] González, Ana Marta, Al buen ciudadano se le supone un cierto interés por el bien común, Nuestro Tiempo, mayo-junio, 2009, n. 656, p.105.
[3] Burggraf, Jutta, Hacia una cultura de diálogo ...
[4] Cfr. Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, Ciudad del Vaticano, 29 de junio de 2009, n. 19.
[5] Benedicto XVI, Discurso del 12 de septiembre de 2006 en la Universidad de Ratisbona.
[6] Cfr. Jutta Burggraf, Hacia una cultura de diálogo, S. Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-IIae, q.109, a. 1, ad 1.
[7] Cruz, Alfredo, La derrota de la verdad, Nuestro Tiempo, mayo-juio 2009, n. 656, p. 42.
[8] Burggraf, Jutta, Hacia una cultura de diálogo ...
[9] Cfr. Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, Ciudad del Vaticano, 29 de junio de 2009, n. 9.

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