jueves, febrero 02, 2006

12. Verdad

VERDAD

Fecha: 2 de febrero de 2006

TEMAS:
Verdad, Conciencia.

RESUMEN:
1. El hombre moderno se empeña en conocer la realidad que le rodea, tanto la física, como al mismo hombre, con métodos que corresponden a una forma unilateral de racionalidad. El hombre puede conocer la verdad cuando acepta que la verdad existe y no le pertenece, cuando reconoce al Creador como Señor de la verdad, del bien y del mal. El hombre conoce la verdad por medio de la ley natural escrita en su corazón que le dice lo que es bueno y lo que es malo. Es la voz de la conciencia que cada hombre debe seguir y preocuparse de formar y cultivar.

2. El hombre tiene capacidad para conocer la verdad, pero antes tiene que entender que la razón humana es limitada y por sí sola no puede conocer la verdad, sino que necesita de la ayuda de la fe que se reconoce no como un límite a la razón humana, sino como una ayuda, como una luz nueva en el entendimiento de la verdad.

3. La verdad también tiene un contenido moral que suscita y exige un compromiso coherente de vida: comporta el cumplimiento de los mandamientos divinos de tal manera que se puede tener por cierto que quien deliberadamente no quiere cumplir los mandatos divinos no está en la verdad y, por no estar en la verdad, es falso.

4. El obrar del hombre es moralmente bueno no tanto cuando su intención es buena, o sus deseos son sinceros, sino cuando sus elecciones están conformes con el verdadero bien del hombre y expresan la ordenación de la persona hacia su fin último que es Dios. La fe también nos muestra que sólo Dios es Bueno y de esta manera nos remite a la primera tabla de los mandamientos divinos que exige reconocer a Dios como Señor único y absoluto y darle culto solamente a Él porque es infinitamente santo.


SUMARIO: 1. La verdad se conoce.- 2. Para ser libres.- 3. Donde está la verdad.- 4. La sorpresa.-

1. La verdad se conoce

Para medir la anchura de mi mesa de trabajo necesito un metro. Con este aparato consigo saber si es ancha o estrecha y conozco su medida exacta. Para medir mi capacidad de aventura no me sirve un metro. Es que no me sirve para nada absolutamente. Sin embargo, los hombres, que somos bastante tercos, nos seguimos empeñando en conocer lo espiritual con métodos de conocimiento de lo material. Y resulta que el metro no vale para lo espiritual, por mucho que me empeñe.

El hombre moderno se empeña en conocer la realidad que le rodea, tanto la física, como al mismo hombre, con métodos que corresponden a una forma unilateral de racionalidad y olvida que no tendría razón para conocer si Dios no se la hubiera dado. Luego será Dios quien mejor conoce al hombre. Mejor incluso que las propias razones del hombre que siempre serán limitadas.

La capacidad de conocimiento intelectual distingue radicalmente al hombre de los animales, donde la capacidad de conocer se limita a los sentidos. Este conocimiento intelectual hace al hombre capaz de discernir, de distinguir entre la verdad y la no verdad. El hombre tiene dentro de sí una relación esencial con la verdad que determina su carácter de ser transcendente[1].

El hombre puede conocer la verdad cuando acepta que la verdad existe y no le pertenece, cuando reconoce al Creador como señor de la verdad, del bien y del mal. El hombre conoce la verdad por medio de la ley natural escrita en su corazón que le dice lo que es bueno y lo que es malo. Es la voz de la conciencia que cada hombre debe seguir y preocuparse de formar y cultivar.

Y esta ley natural es la Palabra de Dios que se confirma con la Revelación del Evangelio. Cuando Jesús dice «Yo soy la Verdad, el Camino y la Vida» no hace sino ratificar que sólo Dios es Bueno, sólo Él es el dueño del bien y del mal.

Por esto, si existe la obligación de cada hombre de seguir la voz de su conciencia y el derecho a ser respetado en la búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave de cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida[2].

2. Para ser libres

El hombre es tentado continuamente a apartar su mirada del Dios vivo y verdadero y dirigirla a los ídolos, cambiando la verdad de Dios por la mentira. De esta manera su capacidad para conocer la verdad queda ofuscada y se debilita su voluntad para someterse a ella. Acaba buscando una libertad ilusoria fuera de la misma verdad porque no deja de ser una libertad falsa, es decir, lo contrario de la libertad: la esclavitud.

Al prohibir al hombre comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, Dios afirma que el hombre no tiene ese poder, sino que participa de él solamente por medio de la luz de la razón natural y de la revelación divina que le manifiestan las exigencias de la misma verdad y dónde se encuentra el bien y el mal[3]. El hombre tiene capacidad para conocer la verdad, pero antes tiene que entender que la razón humana es limitada y por sí sola no puede conocer la verdad, sino que necesita de la ayuda de la fe que se reconoce no como un límite a la razón humana, sino como una ayuda, como una luz nueva en el entendimiento de la verdad.

Si Dios es el dueño del árbol de la vida, solamente la libertad que elige a Dios conduce a la persona a la verdad, a su verdadero bien. Podemos decir que la libertad es auténtica en la medida que realiza el verdadero bien. Sólo entonces ella misma es un bien[4].

Pero el hombre descubre que su libertad está inclinada misteriosamente a traicionar esta apertura a lo Verdadero y al Bien y que, con demasiada frecuencia, prefiere de hecho escoger bienes contingentes, limitados y efímeros. Y es el mismo Cristo quien manifiesta que el reconocimiento honesto y abierto de la verdad es condición indispensable para conseguir la auténtica libertad: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32).

Además hay que tener presente que una palabra no es acogida auténticamente si no se traduce en hechos, si no es puesta en práctica. La verdad también tiene un contenido moral que suscita y exige un compromiso coherente de vida: comporta el cumplimiento de los mandamientos divinos de tal manera que se puede tener por cierto que quien deliberadamente no quiere cumplir los mandatos divinos no está en la verdad y, por no estar en la verdad, es falso.

Se impone una distinción de carácter específicamente ético. Es la distinción entre el bien honesto, el bien útil y el bien deleitable. Sólo cuando la acción que realizo es honesta y son honestos también los medios que utilizo el fin pretendido puede considerarse honesto y bueno. El bien honesto es cumplir los mandatos de Dios incluso por encima de mi propia utilidad o provecho y hasta de mis propios sentidos, apetencias o satisfacciones intelectuales o sensuales.
Es inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, de manera que se pueda sentir justificado por sí mismo, incluso sin necesidad de recurrir a Dios y a su misericordia. Porque si el hombre redimido todavía peca, esto no se debe a la imperfección de la Redención de Cristo, sino a la voluntad del mismo hombre de sustraerse a la gracia que brota de la Redención[5].

La verdad es necesaria para ser libre porque sólo la verdad nos hace libres. El hombre se tiene que fiar del Creador, confiar que los límites de la criatura son, en realidad, las luces y la iluminación de la razón: definen la ley de la libertad del hombre.

3. Donde está la verdad

La historia del hombre se desarrolla en la dimensión horizontal del espacio y del tiempo. Pero, al mismo tiempo, está como traspasada por una dimensión vertical. En efecto, la historia no está escrita únicamente por los hombres, junto con ellos la escribe también Dios[6]. Dios no abandona al hombre, sino que le muestra la verdad constantemente en todo tiempo y lugar. El obrar del hombre es moralmente bueno no tanto cuando su intención es buena, o sus deseos son sinceros, sino cuando las elecciones de la libertad están conformes con el verdadero bien del hombre y expresan la ordenación de la persona hacia su fin último que es Dios. En esta tarea la verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre que de esta manera es ayudado a conocer y amar al Señor.

La felicidad del hombre no está en hacer lo que sus deseos le dictan en cada momento, sino en aprender a desear lo que debe hacer, en querer la misma verdad sobre el hombre. Lo propio de la fe cristiana en el mundo de las religiones es que sostiene que nos dice la verdad sobre Dios, sobre el mundo y sobre el mismo hombre. La fe cristiana es la fe verdadera por ser la fe auténtica, del mismo Dios. De alguna manera la fe protege la razón de la superstición y del miedo, a la vez que invita a reconocer la existencia del misterio. La fe ayuda a la razón a percatarse de sus límites, pero también le ayuda a recuperar la confianza en la grandeza de sus posibilidades[7].

Y forma parte, y parte esencial, de la verdad del hombre la existencia del pecado original. Las ciencias humanas, como todas las ciencias experimentales, parten de un concepto empírico y estadístico de la «normalidad». La fe nos enseña que esta normalidad lleva consigo las huellas de una caída del hombre desde su condición originaria, es decir, que está afectado por el pecado original.

La fe también nos muestra que sólo Dios es Bueno y de esta manera nos remite a la primera tabla de los mandamientos divinos que exige reconocer a Dios como Señor único y absoluto y darle culto solamente a Él porque es infinitamente santo. Sólo Dios es el Bien supremo, la base inamovible y la condición insustituible de la moralidad. Así el Bien supremo y el bien moral se encuentran en la verdad: la verdad de Dios Creador y Redentor y la verdad del hombre creado y redimido por Él[8].

Es necesario que el hombre moderno se dirija de nuevo a Cristo para obtener de Él la respuesta a lo que es la verdad y el bien y también la respuesta a lo que es la mentira y el mal. Nadie es bueno sino sólo Dios. Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien porque Él es el mismo Bien.

4. La sorpresa

Porque para el hombre moderno la mayor sorpresa —la mayor perplejidad para el científico— es que «no es el poderío que redime al hombre, sino el amor... ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte!... El Dios que se ha hecho Cordero nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres»[9].

La verdad sobre el hombre no procede de una declaración humana, sino del mismo mensaje de Dios que se hace hombre y nos revela cuál es la verdadera dignidad de la persona humana. Nuestra actitud de tolerancia y respeto al prójimo, no importa cuál sea su raza o condición es tributaria de esta revolución cristiana[10]. La ley de Dios no es solo una colección de conductas prohibidas, sino que representa el valor inviolable de todo hombre, su verdadera dignidad. Más aún. No se queda en prohibir el mal, porque no hacer el mal no es semejante a no hacer nada. Nada es no hacer nada, ni el bien, ni el mal. No hacer el mal es equivalente a hacer el bien. Porque no existe un territorio neutro entre el bien y el mal, más bien existe una fina y delgada frontera que delimita lo bueno de lo malo de manera que si no haces el bien te estás acercando peligrosamente al mal.

Y en la verdad del hombre también se encuentra el amor que Dios le tiene. «Nuestro Padre del cielo no nos quiere por el bien que hacemos: nos ama gratuitamente, por nosotros mismos, porque nos ha adoptado para siempre como hijos suyos»[11]. Y esto es tan así que en la vida de los santos se puede comprobar que Dios no elige a los capaces, sino que concede su gracia a los elegidos.

La primera y fundamental verdad del hombre es que es creado por Dios, a su imagen y semejanza, y de una determinada manera y modo de ser. Como unidad de alma y de cuerpo. Mediante el cuerpo el hombre participa del mundo material, sensible, contingente. Mediante su espíritu el mismo hombre supera la totalidad de las cosas y penetra en la estructura más profunda de la realidad porque puede conocer las cosas como las conoce el Creador[12]. El hombre por tanto, tiene dos características muy diversas: es un ser material, vinculado a este mundo mediante su cuerpo; y un ser espiritual abierto a la trascendencia y al descubrimiento de una verdad más profunda por medio de su inteligencia que le hace partícipe de la luz de la inteligencia divina.

La verdad del hombre nos dice que está abierto a la trascendencia, al infinito y a todos los demás seres creados. Nos dice que el hombre existe como un ser único, irrepetible: existe como un «yo». La verdad del hombre nos dice que cada hombre existe como una historia única, distinta de las demás, irreductible ante cualquier intento de limitarlo a pobres esquemas de pensamiento o a sistemas de poder.

«La Iglesia conserva la memoria de la historia del hombre desde sus comienzos: de su creación, de su vocación, de su elevación y de su caída. En este marco esencial discurre toda la historia del hombre, que es la historia de la Redención. La Iglesia es la madre que, a semejanza de María, guarda en su corazón la historia de sus hijos, haciendo propios todos los problemas que les atañen»[13].




Felipe Pou Ampuero

[1] Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, www.interrogantes.net
[2] Juan Pablo II, Enc. Veritatis Splendor, Vaticano, 6 de agosto de 1993, n.34.
[3] Juan Pablo II, Enc. Veritatis Splendor, Vaticano, 6 de agosto de 1993, n.41.
[4] Juan Pablo II, Memoria e identidad, Vaticano, 2005, p. 58.
[5] Juan Pablo II, Enc. Veritatis Splendor, Vaticano, 6 de agosto de 1993, n. 104.
[6] Juan Pablo II, Memoria e identidad, Vaticano, 2005, p. 189.
[7] Mons. Javier Echeverría. Nuestro Tiempo, junio 2005, n. 612, p.34.
[8] Juan Pablo II, Enc. Veritatis Splendor, Vaticano, 6 de agosto de 1993, n. 99.
[9] Benedicto XVI, Homilía en inicio de ministerio petrino Vaticano, 24 de abril de 2005.
[10] Marcello Pera, Presidente del Senado de Italia. “La crisis del relativismo en Europa”, ABC, 2 de mayo de 2005.
[11] Jacques Philippe, La libertad interior, Ed. Rialp, 2002, p. 151.
[12] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. Librería Editrice Vaticana, 2005, n. 127.
[13] Juan Pablo II, Memoria e identidad. Vaticano, 2005, p. 186.

4 comentarios:

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M. J. Vargas

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