martes, abril 05, 2005

4. Clonación



CLONACIÓN
Fecha: 03 de abril de 2005


TEMAS: Clonación, Persona, Ética.

RESUMEN: El fin no hace buenos los medios. No se puede matar a una persona para curar a otra. Todas las personas somos iguales. Una ciencia sin valores conduce a la destrucción del hombre por el hombre. Cada persona es llamada a la vida por expreso cariño del Creador.

SUMARIO: 1. La libertad.- 2. La oveja Dolly.- 3. Los medios y los fines .- 4. ¿Qué es el hombre?.- 5. El sentido ético

1. La libertad
Los hombres somos seres libres. Los animales no. Los hombres podemos hacer o no hacer una cosa. Depende de nuestra voluntad y del ejercicio de nuestra libertad. Los animales se rigen por el instinto que es la regla de su conducta y les indica lo que deben hacer en cada momento. Los hombres se rigen por la ética que es la regla que dice lo que está bien y lo que está mal. La ética existe porque los hombres somos libres y, por tanto, responsables de nuestros actos.
El hombre lleva impresa en su corazón la primera norma moral que le impulsa a hacer el bien y a evitar el mal. Es la misma norma moral que hace reconocer en todo ser humano, en todo semejante, una dignidad tan grande que le hace merecedor de derechos por el mero hecho de existir, de estar en el mundo
[1].
Acaban de cumplirse doscientos años de la muerte de un filósofo nada sospechoso como Immanuel Kant y resultará una verdadera sorpresa para muchos saber que el pensador del imperativo categórico y del imperativo moral también afirmó «categóricamente» que el hombre es siempre un fin y nunca podrá ser considerado como un medio. También recientemente se han cumplido sesenta años del exterminio nazi de Auschwitz y a todos nos ha quedado el pensamiento del horror de lo que sucedió y la pregunta de cómo se pudo llegar a aquello. Podemos comprobar que aún en nuestros días se siguen produciendo las matanzas y los horrores de las guerras sin que parezca que hayamos aprendido la lección. Como afirma Gonzalo Herranz no es suficiente con dictar leyes y promulgar decretos, ni sirven las declaraciones éticas, si no existe una genuina conversión en el corazón de los investigadores y de los políticos de la ciencia de modo que la reverencia por todos los seres humanos, por humildes que sean, se anteponga a la búsqueda de datos nuevos y curaciones de maravilla, a la sed de prestigio personal o de beneficios económicos
[2].
Porque las leyes humanas no deben ser contrarias a las normas morales, más bien al contrario, necesitan de las normas morales que regulan el comportamiento de los hombres para ordenar las relaciones jurídicas entre ellos. El derecho no tiene la competencia suficiente para definir qué es el hombre o qué no es, o en qué consiste la dignidad humana, ni tampoco podrá definir el matrimonio, por mucho que se empeñe.
La ley justa que quiera serlo deberá respetar tres exigencias: 1) la antropológica que respeta la dignidad de toda persona humana; 2) la epistemológica que indica que la fe no se opone a la investigación, sino que indica el sentido de la investigación y de la trascendencia del hombre y 3) la democrática que asegure a todos la libertad de disentir
[3].
Al hablar de las relaciones entre la ética y la ley se trata de buscar la verdad por encima de cualquier otro interés. Porque la norma ética sirve de guía a la norma legal para mostrar el camino adecuado hacia el bien, hacia la verdad. Y, paradójicamente, se puede comprobar que cuando el derecho abandona los postulados éticos se aparta de la verdad y queda reducido a meros formalismos, ritos, formas, formularios, trámites que resultan estar vacíos de contenido porque: a) el derecho deja de ser la búsqueda de lo justo para convertirse en un sistema de normas jerarquizadas al servicio del poder; b) la responsabilidad debida al autor de los hechos queda reducida a una simple imputación de indemnizaciones económicas; c) la administración de la justicia y la resolución de los conflictos se reduce a una ejecución de procedimientos mecánicos; d) el matrimonio a un simple contrato; e) la persona a un simple sujeto de derechos situado al mismo nivel que una compañía de teléfonos
[4]. En última instancia, el derecho queda reducido a una simple administración de intereses y se renuncia a la justicia como si se tratara de un concepto extraño al derecho y más propio de la ética o de la teología.

2. La oveja Dolly
Por clonación se entiende la réplica o copia de uno o varios individuos físicamente idénticos al donante
[5]. Clonar es algo parecido a fotocopiar una persona por medio de fotocopiar su genética.
En el campo de la investigación sobre animales, desde los años treinta se producen experimentos de producción de ejemplares idénticos con la finalidad de asegurarse determinadas características en los ejemplares obtenidos: mayor producción lechera, resistencia a enfermedades, etc. Esta «producción» de animales no se hace por clonación, sino por escisión gemelar artificial –división del óvulo– a la que sólo de una manera impropia se le puede llamar clonación porque no se duplica, sino que se divide. No sigue el procedimiento biológico de la clonación.
El inicio de una vida humana
[6] implica el encuentro de dos células especializadas que se llaman gametos, una de origen materno (óvulo) y otra de origen paterno (espermatozoide). Cada una de ellas ha sido preparada a través de un proceso biológico (meiosis) que culmina en su fase de maduración en la reducción del número de cromosomas de 46 a 23. Estos gametos están destinados a unirse entre sí mediante una fusión (singamia) que origina una nueva vida y que llamamos fecundación del óvulo. De hecho, los gametos separados sólo sobreviven unas pocas horas, su destino es unirse. El óvulo fecundado por el espermatozoide se llama cigoto. La fecundación afecta primero al citoplasma de las células gaméticas y luego a sus respectivos núcleos.
La fecundación es la fusión y penetración de un espermatozoide en un óvulo también llamado ovocito y finaliza con la primera división normal del óvulo fecundado.
En cuanto a la pregunta de cuándo empieza la vida humana, ningún científico dudaría en responder que en el momento de la fecundación (singamia), es decir, cuando de dos realidades distintas (el óvulo y el espermatozoide) surge una realidad nueva y diferente, el cigoto (óvulo fecundado), con una información genética propia y un poder generador capaz de desarrollar un ser humano. Es una entidad autónoma, diferente de la madre y del padre, que desde el principio dirige sus propios procesos.
El momento de la fecundación es el principio de una vida y, por tanto, el principio de un largo proceso de maduración y desarrollo que avanza a través de distintas fases y estados (estadíos) biológicos y fisiológicos. En la fecundación no hay manos, ni pies, ni cara, incluso, propiamente, tampoco existe una individualidad propia por la que se pudiera diferenciar a Pedro de Ramón. Pero es el principio de todo ese proceso y sin la fecundación no se podría llegar ni a Pedro ni a Ramón. Luego la lógica humana nos dice que lo que es el principio y el motor de algo forma parte de ese algo. El principio de Ramón es Ramón. Por la misma razón que el final de Ramón también es Ramón. Hablando con propiedad no se puede decir que un embrión de un día tiene menos condición humana que uno de cinco días o que un feto de siete meses.
La clonación propia o por réplica, sin embargo, es una reproducción artificial que se obtiene sin la aportación de los gametos: es una reproducción asexual y ágama. En lugar de fecundar el espermatozoide un óvulo de manera natural, lo que se realiza es una fusión o implantación del núcleo de una célula del individuo que se quiere clonar con un ovocito desnucleado, es decir, privado del genoma de origen materno. Se trata de producir individuos biológicamente iguales a un individuo adulto que proporciona el patrimonio genético nuclear. Los individuos resultantes son una réplica o copia biológica del donante del núcleo.
La noticia dada por la revista Nature el día 27 de febrero de 1997 sobre el nacimiento de la oveja Dolly se refiere a una clonación propia o por fusión, no a una escisión gemelar. El hecho tuvo lugar después de 277 fusiones ovocito-núcleo donante. De todas ellas sólo 8 tuvieron éxito, es decir, sólo 8 iniciaron el desarrollo embrional, y de esos 8 embriones solo uno llegó a nacer: la oveja que fue llamada Dolly
[7].
Se distinguen dos tipos de clonación: la reproductiva y la terapéutica o de investigación. En realidad, no son dos tipos de clonación distintos, puesto que las dos implican el mismo proceso técnico y artificial de reproducción por réplica. En lo que se diferencian es en su fin u objetivo perseguido: la llamada terapéutica que se dice es para curar enfermedades. La clonación de embriones para fines terapéuticos significa la obtención de embriones humanos a partir de la combinación en el laboratorio de óvulos desnucleados con núcleos de células humanas para luego interrumpir el proceso de reproducción cuando el embrión es capaz de producir células madre (a los 5 días, cuando está compuesto por unas centenares de células).
Hay que reconocer que el uso del lenguaje es perverso. Porque no se cura a una persona matando a otra, porque se trata, más bien, de utilizar o aprovecharse de otro aunque sólo sea un embrión humano.
La clonación, en cualquiera de sus formas, atenta gravemente contra la dignidad de la persona y por muy noble que sea el fin perseguido, es inaceptable moralmente la producción, manipulación y destrucción de embriones humanos. Nunca se puede instrumentalizar al ser humano
[8].
Además, como afirma la profesora Natalia López Moratalla
[9] todavía hoy no se ha encontrado utilidad científica para la investigación ni para el uso terapéutico a las células embrionarias. Y si en el futuro se descubriera que sirven para curar, las células embrionarias se pueden conseguir por otros procedimientos que no exijan óvulos, es decir, sin matar –que no destruir– embriones humanos[10].
Por el contrario, lo que nadie dice es que en España la cifra de embriones congelados «sobrantes» como consecuencia de las técnicas de fecundación in vitro se calcula entre 40.000 y 100.000 embriones. Estos embriones acarrean un coste derivado de los gastos de su conservación, que al convertirse en materia prima para la obtención de células madre se convierten en un ingreso. A precios de mercado un embrión viable tiene un valor de entre 600 y 900 euros
[11] y esto posibilita una puesta en valor del stock de embriones congelados muy goloso a la vez que hace desaparecer los costes de su conservación.

3. Los medios y los fines
La cuestión central de la clonación es responder cuándo existe la persona humana. Si el embrión humano es persona entonces no es una cosa y queda claro que no se puede destruir, ni producir, ni manipular como si fuera un objeto de producción.
Desde el momento mismo en que el óvulo es fertilizado por el espermatozoide existe una forma de vida distinta de la anterior del óvulo por un lado y del espermatozoide por otro lado. No es que sea independiente, porque por sí sola no puede vivir, pero sí es distinta. Todo lo que viene después no es sino simple desarrollo de lo anterior, sin que existan cambios cualitativos. Sigue siendo la misma entidad de vida que se desarrolla.
El óvulo fecundado tiene vida distinta de la madre y del padre porque tiene una identidad genética propia –es otra persona– y también tiene una unidad biológica propia –es otro cuerpo–. Ahí existe una persona que lleva en sí toda la información y toda la fuerza necesaria para desarrollarse sin cambios cualitativos –sin dejar de ser lo que es– pero sí con cambios físicos y morfológicos.
De cigoto, pasa a mórula, después a blastocito, embrión, feto, y más tarde, también sin cambios cualitativos, bebé, niño, joven, adulto, anciano...
[12]. ¿En qué momento de todo ese proceso de desarrollo tal individuo no era persona? No es verdad que una madre está embarazada tan sólo con que se haya producido la unión del espermatozoide con el óvulo, aunque ella se entere unas semanas más tarde y el padre, seguramente, mucho después y sólo cuando la madre se lo dice clarito y por segunda vez.
El embrión es portador de un patrimonio genético individual y propio. Es persona humana. Tiene vida distinta y propia. El hecho biológico de que esta vida haya surgido de forma natural por la unión de los gametos sexuales diferenciados o por clonación no cambia en nada lo dicho. En la clonación también existe un patrimonio genético propio e individual, aunque copiado del donante, pero individual o propio también del nuevo ser existente. El nuevo ser clonado es una persona humana también.
Los que afirman tajantemente que los embriones humanos no son personas humanas cómo pueden estar tan seguros de su afirmación. ¿Están seguros de no caer en un dogmatismo pagano? Porque sabemos cuándo existe una vida distinta y cuándo no. No suenan las sirenas de los hospitales, es verdad, pero se puede comprobar en el laboratorio y con el microscopio la existencia de vida distinta a partir de la fecundación. Cada uno que piense qué es lo más lógico y qué es una petición de principio o un nuevo dogmatismo ilustrado.
Sin embargo, queda en el aire una segunda cuestión. El código genético determina la individualidad de la persona humana, pero no su dignidad. No valemos lo que valga nuestro código genético, como si fuera nuestra marca de calidad, o nuestro test de inteligencia. Si fuera así no valdría nada un individuo genéticamente defectuoso, débil, tarado, enfermo, inferior... La dignidad humana no depende del código genético, sino del alma espiritual del hombre, a imagen y semejanza de su Creador, que lo hace igualmente valioso y digno de amor y protección por muy tarado, débil o deficiente que pueda ser su código genético, porque sigue siendo –como los demás hombres y mujeres– un hijo querido por Dios
[13].
El embrión humano es persona humana y merece el respeto debido a cualquier persona humana. Descongelar los embriones «sobrantes» para reanimarlos y luego quitarles la vida en la obtención de sus células madre como material de experimentación es matar, es una acción gravemente ilícita
[14]. El investigador que mira por el microscopio no ve una cara, ni manos, ni cuerpo. Sólo puede ver células en estado embrionario, pero eso somos todos: células. Además de células somos personas, con alma, únicas, irrepetibles, con vida y corazón.

4. ¿Qué es el hombre?
Vaya pregunta. Apenas nos aclaramos de cuándo comienza a existir el hombre y pretendemos saber qué es el hombre. Es curioso, pero la clonación tiene un misterioso efecto de boomerang en los conceptos. Porque no se trata tanto de que la clonación deforme el concepto de vida humana y haga ver al embrión humano como una cosa. Es más bien al revés. Es que si no se tiene claro qué es un hombre y en qué reside su dignidad entonces se reúnen los requisitos necesarios para ser un abonado a favor de la clonación humana. Porque si se tiene claro que la persona es intocable, inmanejable, in-manipulable y todos los demás «in» que sean necesarios, entonces no se llega a la clonación.
La persona no es un producto industrial, sino un don de amor. Amor de Dios en el que cooperan los padres con su propio amor. Cada persona es llamada a la vida por expreso cariño del Creador. La persona nace como fruto de un amor humano definitivo, total, que se entiende en la relación de amor a la que son llamados el padre y la madre por medio de su creación sexuada y su alma humana a imagen del Creador. La persona no nace como un producto o una consecuencia de un encuentro fortuito –pasaba un señor por aquí ese día–.
Las personas no se producen, sino que se aman, se aman desde antes de su concepción y luego siguen siendo amadas y ellas –nosotros– amamos también. Es el amor el que explica la existencia del hombre y sólo desde el amor y desde lo que se hace por amor se da sentido a la vida humana. El amor explica que la vida sea un acto de servicio, de entrega, el don de uno mismo.
La clonación, al contrario, alimenta la idea de que algunos hombres pueden utilizar a otros y servirse de ellos hasta tal extremo de programar su identidad biológica. Pensarán que el verdadero valor de los hombres y de las mujeres reside en el color de sus ojos, en su complexión física, en su fortaleza, en la resistencia a las enfermedades, en su pasividad intelectual, en su rutinaria ejecución de mandatos, en su cuerpo escultural si son hembras –que no mujeres–. Pensarán, también, que otros hombres y otras mujeres no merecen respeto porque son molestos o perjudiciales, porque tienen otro olor corporal, otras costumbres, otras creencias, otras maneras de vivir.
La clonación es una consecuencia de la falta de amor y tiene como frutos la discriminación injusta de unas personas y la exclusión de otras. Es como decir muy alto que aquí no cabemos todos porque no les gusta como somos. La clonación es el triunfo del tener sobre el ser, de la técnica sobre la ética. Y todo esto a costa de pervertir las relaciones fundamentales de la persona humana: una mujer puede ser hermana gemela de su madre, carecer de padre biológico y ser hija de su abuelo.

5. El sentido ético
Porque podremos opinar una cosa u otra. Nos puede parecer bien o mal esto o lo otro. Pero ¿qué es lo que está bien y lo que está mal? y, sobre todo, ¿quién dice lo que está bien y lo que está mal? ¿Quién tiene la razón, quién es la referencia ética de los hechos de los hombres?
Porque el sentido común nos dice que la referencia del bien y del mal no puede depender de la mayoría de las opiniones. Primero, porque las opiniones pueden cambiar y con ellas también cambiaría la mayoría. Además, eso sin tener en cuenta las influencias o manipulaciones de la mayoría. Segundo, porque hay cosas que repugnan a cualquier persona y la historia nos demuestra que se han podido aceptar después de un proceso de acostumbramiento y de resignación. Pero eso no las convierte en buenas, sino en tolerables.
Matar a una persona por el solo hecho de pertenecer a la raza judía no está bien. Sigue sin estar bien aunque lo apruebe una mayoría de personas que se encuentran en el poder en un determinado momento. Y sigue sin estar bien aunque el resto de personas que no lo aprueben no haga nada para impedirlo porque no pueden o porque no les importa demasiado. Pero matar está mal.
Un cristiano sabe que sólo Dios es el señor del Bien y del Mal. Es la referencia, el Absoluto. Con sentido Dostoievsky por medio de uno de los hermanos Karamázov dice «si Dios no existe, todo está permitido». Por ser Dios el Bien tiene la Verdad, la única verdad, la Verdad de las verdades. No podría ser de otra manera. Los hombres por medio de nuestra razón –chispazo de la inteligencia divina– y, donde no alcanza la razón humana, por medio de la fe revelada, podemos llegar a conocer la verdad: la verdad revelada por Dios.
Una de las verdades reveladas por Dios es la Creación. Sabemos que no en la forma –porque utiliza palabras y expresiones simbólicas–, pero sí en el concepto, en la verdad esencial de la creación, el mundo, la naturaleza y el mismo hombre han sido creados por Dios y de Él proceden y hacia Él caminan.
La ciencia humana, cualquier ciencia, también la biomédica, debe aceptar estas verdades que son innatas a todo lo creado. Que Dios existe. Que Dios es el Creador. Que Dios es la referencia ética. Que la persona humana es un bien, tiene un valor, es sujeto de derechos fundamentales, no porque se los concedamos, sino porque nace a la vida con ellos, los tiene por sí mismo, por su propia dignidad. Al hombre no se le concede el derecho a la vida, más bien, se le reconoce el derecho a la vida y a los demás derechos fundamentales
[15].
La clonación en cualquiera de sus clases supone una alteración en la reproducción de un ser humano. Constituye un abuso de poder de un hombre –el científico– sobre otro hombre –el ser clonado y llamado a la vida– que daña el respeto a todo hombre y quebranta la igualdad entre los hombres. Por muy noble que fuera el fin perseguido, suponiendo que sirviera para curar enfermedades, que hoy no es así, nunca un hombre puede instrumentalizar a otro hombre. La ciencia necesita de la ética, necesita de Dios, para no degradar la dignidad humana.
Vemos así que la clonación humana es la terrible consecuencia a la que lleva una ciencia sin valores y es signo profundo del malestar de nuestra civilización, que busca en la ciencia y en la calidad de vida los sucedáneos al sentido de la vida y a la salvación de la existencia
[16]. La proclamación de la «muerte de Dios», con la vana esperanza de un «superhombre» conlleva un resultado claro: la «muerte del hombre». No debe olvidarse que el hombre, negando su condición de criatura, más que exaltar su libertad, genera nuevas formas de esclavitud, nuevas discriminaciones y profundos sufrimientos.
Un científico consecuente busca ante todo la verdad. Se puede equivocar, pero no obcecarse, porque es opuesto a su trabajo no estar abierto a la verdad y dejarse llevar de premisas no demostradas. A esos científicos que se dedican a experimentar con embriones humanos la ciencia les importa poco. Lo que de verdad les importa es su prestigio profesional, su investigación, sus conferencias. Y a las empresas que financian esas investigaciones les preocupa demasiado sus cuentas de resultados La peor de todas las ambiciones humanas es la de desear, a toda costa, la propia excelencia. Bien lo sabe el Demonio cuando tienta a Jesús para darle todos los reinos de este mundo (Mt. 27, 42).
Pero el hombre está por encima de la ciencia, la ética está por encima de la ciencia y la ciencia y al ética están al servicio de todos los hombres. En la clonación humana no se da la condición necesaria para una verdadera convivencia: tratar al hombre siempre y en todos los casos como fin y como valor, y nunca como medio o simple objeto.
El fin no justifica los medios utilizados. Por muy buenas intenciones que se tenga, del mal nunca se puede obtener el bien. En el mal no está el bien, es imposible encontrar el bien donde no hay bien.

Felipe Pou Ampuero

[1] Cfr. Constitución Gadium et Spes, n. 16.
[2] Gonzalo Herranz, Departamento de Humanidades Biomédicas Universidad de Navarra, en Diario Médico.
[3] Elio Sgreccia, Biotecnología: Estado y Fundamentalismos. Lexicón, ed. Palabra, Madrid, 2004, p. 70.
[4] F. D’Agostino, Teología del diritto alla prova del fundamentalismo. En Ius Divinum, 119.
[5] Academia Pontificia para la Vida, Reflexiones sobre la clonación, 11 de julio de 1997.
[6] José-Antonio Abrisqueta, Aspectos biológicos del desarrollo embrionario humano, Departamento de Fisiopatología Molecular Humana, Centro de Investigaciones Biológicas (C.S.I.C.), Madrid, leído en www.conferenciaepiscopal.es/documentos.
[7] Academia Pontificia, ob. cit.
[8] Conferencia Episcopal Española, Ante la aprobación del Decreto Ley que aplica la Ley de Reproducción Asistida, nota de fecha 29 de octubre de 2004, citanto la comunicación de la Santa Sede a la ONU sobre la clonación en L’Osservatore Romano 17 de octubre de 2004.
[9] Natalia López Moratalla, La “clonación terapéutica”, ni clonación, ni terapéutica, ni necesaria”, en ABC (Madrid). Día 3 de marzo de 2005.
[10] Hoy día la investigación en células madre se basa en tejidos humanos como la placenta y el cordón umbilical.
[11] Josep Miró i Ardèvol, El desafío cristiano, Planeta Testimonio, Barcelona, 2005, p.205.
[12] Miguel-Ángel Irigaray Soto, Ética y clonación terapéutica, en www.fluvium.org/documentación.
[13] Elio Sgreccia, ob. cit.
[14] Conferencia Episcopal Española, ob. cit. n.2.
[15] Elio Sgreccia, ob. cit. p.70,
[16] Academia Pontificia de la Vida, ob, cit.

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