sábado, enero 27, 2024

118. Social

 

En la convivencia social el hombre se realiza.

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Dios puso al hombre en el paraíso y le presentó todos los animales para que les pusiera nombre y dominara sobre ellos. Pero el hombre se sentía solo porque no encontraba la compañía adecuada. Solamente al ver a la primera mujer el hombre es capaz de exclamar «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!» (Gn 2, 23).

La primera admiración del hombre sólo tiene lugar al ver a la mujer –alguien como él– que sí resulta ser su compañía adecuada. Al ver a otra persona  el hombre es capaz de comprender la grandeza de la creación y también su propia dignidad y su diferencia esencial sobre el resto de todo lo creado.

El hombre ha sido creado para vivir con los demás hombres y solamente en la convivencia social podemos percibir la grandeza del hombre y su capacidad de desarrollo. El hombre es por naturaleza un ser social y la vida comunitaria no es algo ajeno y extraño a los hombres.

Sin embargo, esta naturaleza social del hombre podría entenderse sólo en el sentido de vivir en compañía con otros hombres y mujeres. Pero el hecho de vivir en comunidad no es sólo una cuestión de cercanía física. La sociabilidad humana afecta a la propia vida del hombre. Los hombres se necesitan recíprocamente unos de otros para reconocerse como hombres en su pleno sentido. Y esto implica que la vida social no se limita solamente a una cercanía física, sino que también implica una cercanía del corazón. El “vivir con los demás” se debe entender, entonces, como un “vivir para los demás”, porque en la soledad el hombre acabaría siendo un extraño para sí mismo.

El hombre solitario, el que vive desinteresado de los demás hombres, el que ignora a los que le rodean, no es un hombre realizado y no podrá alcanzar una vida lograda. El hombre antisocial es un hombre dañado, herido, que termina por no comprenderse como hombre, del mismo modo que el primer hombre no encontraba una compañía adecuada entre toda la creación. Nada es suficiente para realizar una vida si no es para poder compartirla y hasta entregarla a los demás.

Este carácter social del hombre se manifiesta, en primer lugar, en la propia familia. El hombre necesita de la familia para poder vivir y desarrollarse en los primeros años de su existencia, pero como la vida del hombre no se limita solo a su existencia biológica, la familia es la primera escuela de sociabilidad del hombre. En la familia el hombre aprende a vivir “con” los demás y “para” los demás, aprende a ser un don para los otros y a recibir el don de los demás para su propia vida. La naturaleza social del hombre no se opone a la naturaleza familiar, sino que la predispone y la integra: es familiar por ser social y es social en lo familiar.

La reunión de varias familias forma un núcleo de población donde los hombres desarrollan su propia vida. Podemos concluir que la sociedad será cada vez más humana en la medida en que la convivencia social  sea capaz de integrar y asumir los valores familiares.

Una sociedad en la que se valore y reconozca a cada persona como lo sería en su propia familia será una sociedad que sitúe al hombre en el centro de todos sus valores y fines. Donde se valore a cada persona por su dignidad al margen de las demás habilidades o capacidades personales, donde se reconozca que “el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene” (Gaudium et Spes, n.35).

 

Bibliografía

1. Gaudium et Spes, n. 24, 25, 35.

2. Catecismo Iglesia Católica, n. 1882 y ss.

3. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. n. 149, 295.

4. Francisco, Enc. Laudatio si, Ciudad del Vaticano 24 - V - 2015. n. 213.

5.  San Juan XXIII, Enc Pacem in terris, n.36.

6.  San Juan Pablo II Enc centesimus annus, n.48.

martes, diciembre 26, 2023

117. Hombres y mujeres

 

No se alcanza la felicidad contra la propia naturaleza.

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“Dios creó el hombre a imagen suya (...) hombre y mujer los creó” (Gn 1, 27). Si tuviera que hablar con propiedad no podría decir que en el mundo hay personas, porque el término “persona” es una construcción intelectual. En el mundo lo que hay son hombres y mujeres.

Nacemos con un sexo determinado que no elegimos, sino que nos viene dado con nuestra naturaleza. Somos hombres o mujeres. Y el sexo no es una circunstancia de la persona, todo lo contrario: el sexo determina el tipo de persona que cada uno somos. El sexo de cada uno constituye su forma de ser persona. Unos serán hombres y otras serán mujeres.

Pero como los humanos somos el resultado de una unión inseparable del cuerpo y del espíritu, el sexo de cada cual determina su forma de ser humano. El sexo no es un accidente del que se pueda prescindir en un momento dado. Cada uno vive, siente, se expresa, piensa, ama y desea como lo que es: es decir, unos como hombres y otras como mujeres.

Esta determinación significa que para entender la sexualidad humana no sirve la analogía con la sexualidad animal, como una simple función reproductora. El sexo es más que una función concebida para perpetuar la especie. La sexualidad humana participa de todo lo humano y, en concreto, participa de lo que es esencial y propio de los humanos como es su capacidad de amar y de ser amados.

La sexualidad humana supera la reproducción biológica y manifiesta lo que la biología no alcanza a expresar por sí sola: el amor. Así es, la sexualidad está destinada y llamada al amor que se expresa en un matrimonio verdadero de un hombre con una mujer comprometidos por amor para siempre y abiertos a la vida. Porque la dignidad de cada persona exige que sólo se pudiera convocar  una nueva vida a este mundo por medio del amor de un hombre y una mujer.

Si el sexo determina la manera de ser persona de cada uno, el sexo se convierte en una oportunidad para ser mejor persona; para entender el desarrollo personal como un hombre o como una mujer. Y es que solamente se puede desarrollar la naturaleza propia de cada uno aceptándola como es y no tratando de cambiarla.

Al comprender que la sexualidad forma parte integral y no accesoria de cada persona podemos ver en cada hombre y en cada mujer una persona en lugar de ver un cuerpo o una simple cosa manipulable, disponible y venal.

Comprender la sexualidad humana desde la creación del hombre nos permite entender que la propia sexualidad no es una limitación o una carga que debamos soportar (a pesar de las concepciones culturales erróneas existentes), sino que es una oportunidad para crecer como persona y que la propia felicidad nunca la podremos encontrar al margen de nuestra propia naturaleza.

 

Bibliografía

1. Gaudium et Spes, n. 15 y ss.

2. Catecismo Iglesia Católica, n. 2331 y ss.

3. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. n. 110, 223.

4. “Varón y mujer los creó” – Documento sobre la cuestión de género en educación. Congregación para la educación católica. Roma, 2019.

viernes, noviembre 24, 2023

116. Racionales

 

Somos racionales para razonar nuestros actos.

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El hombre es racional y la razón es un don que nos asemeja a Dios. Por medio de la razón podemos discernir entre lo bueno y lo malo y distinguir lo que nos hace bien de lo que nos hace daño. Por la razón el hombre es capaz de elevarse sobre el mundo material y trascender las cosas y los animales y preguntarse por el origen de todo lo que existe y por el sentido de su vida. Puede ir más allá de lo que ven sus ojos y conocer las cosas por su realidad interior superando las simples apariencias.

Chesterton decía que «para entrar en la Iglesia hay que quitarse el sombrero, no la cabeza». Dios que nos ha creado racionales no quiere que dejemos de pensar, ni que nos comportemos como autómatas, al contrario, desea que utilicemos la razón para conocernos a nosotros mismos y para conocerle a Él como nuestro Creador.

En nuestra propia naturaleza se encuentra la capacidad –que a la vez es obligación– de ser razonables, de pensar y argumentar, de vivir cabalmente y no de otro modo. También de conocer nuestras limitaciones y posibilidades. Una razón autónoma y orgullosa se convierte en una razón enloquecida que se cree todopoderosa hasta la violencia y el holocausto.

El hombre no nace enseñado sino que debe aprender a vivir y en ese aprendizaje se recorre toda la vida. Como todas las potencias humanas la razón debe desarrollarse y se perfecciona por medio de la sabiduría la cual atrae con suavidad la mente del hombre a la búsqueda y al amor de la verdad y del bien. Persuadido por la sabiduría el hombre se alza por medio de lo visible hacia lo invisible.

La razón debe estar a la altura de su Creador y ser una razón que, aun siendo humana, no se conforma con certezas comprobables sino que aspira a buscar la razón última de las cosas. Una razón que se deja iluminar por la fe para alcanzar el conocimiento de lo que no podemos alcanzar con nuestras solas fuerzas. Una razón que no se conforma con conocer cómo es la vida del hombre, sino que aspira a conocer para qué es la vida del hombre.

Puesto que el hombre no se ha creado a sí mismo  debe saber responder al sentido último de su existencia para tener una vida lograda. Una cultura y una filosofía que no den respuesta al sentido de la vida humana no serán válidas y empujarán al hombre a la desesperación. Por esto, en la actualidad resuena con nuevo significado la máxima latina sapere aude (atrévete a saber, ten el valor de usar tu propia razón) para no dejarse engañar por los prejuicios de la cultura posmoderna que ha renunciado a buscar la verdad.

 

Bibliografía

1.  Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n. 15 y ss y 57 y ss.

2.  Catecismo Iglesia Católica, n. 1730, 1778.

3. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. n. 114

4.  Benedicto XVI, Enc, Deus caritas est, n. 28.

5.  San Juan Pablo II, Enc. Fe y Razón, n. 80 y ss.

domingo, octubre 22, 2023

115. Creados

 

Creados a imagen y semejanza de Dios.

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Dios no tiene necesidad de crear el universo. Pero no se queda encerrado en sí mismo sino que quiere compartir la riqueza de su ser dando el ser a una infinidad de seres que reflejan su poder y su gloria. El hombre también ha sido creado por Dios. Dios ha creado todo lo que existe, visible e invisible. Cada uno de nosotros no nos hemos hecho a nosotros mismos, sino que Dios nos ha creado de una determinada manera, tal y como somos.

En la creación Dios mira al hombre: “vio” dice la Escritura (Gn, 1,31) y vio que era bueno. La primera mirada del Creador al hombre es una mirada de amor. La misma mirada que hace levantarse de la mesa de los impuestos a Mateo, la misma mirada que perdona a la mujer sorprendida en adulterio.

El hombre es creado a imagen y semejanza de Dios y es un ser al mismo tiempo corporal y espiritual. Dios ha dejado su huella divina en el hombre que, por esto, es imagen divina. Esta imagen divina convierte al hombre en superior al resto de todo lo creado y lleva implícito el respeto a toda la creación porque también es obra de Dios. Pero el hombre es superior a los animales. El aliento de vida que sopla Dios sobre el cuerpo del hombre le hace capaz de conocer a los demás animales y de imponerles el nombre al mismo tiempo que se reconoce distinto de ellos.

El cuerpo viene del barro que, a su vez, como toda la materia, también procede de Dios. Nada impide que el cuerpo humano pueda proceder de la evolución de las especies, aunque no está demostrado. Pero el espíritu es divino, no procede de la materia ni de ninguna evolución. El alma es creada por Dios directa y personalmente para cada uno y es irrepetible. Pero Dios quiere a cada hombre en su totalidad, cuerpo y alma, y no es lícito al hombre despreciar su cuerpo porque es imagen de Dios.

La Biblia con su lenguaje a veces sencillo a los ojos de la ciencia nos habla de un más allá de lo científico, nos habla del origen absoluto de todas las cosas con independencia de que existan a través del concurso de acontecimientos de orden natural que no conocemos porque escapan a nuestra comprensión o simplemente porque ya han desaparecido y nunca estarán más que al alcance de la hipótesis científica.

Los hombres venimos al mundo con un manual de instrucciones que se llama naturaleza humana que no solo se refiere al funcionamiento de nuestro cuerpo, sino que también incluye un manual de uso de nuestra libertad adecuado a nuestra dignidad humana que es la ley natural inscrita en nuestro corazón y que se plasma en los diez mandamientos de la ley de Dios.

 

Bibliografía

1.  Génesis, 1 y 2.

2.  Gaudium et Spes, n. 12 y ss.

3.  San Juan Pablo II, la Creación, folletos Mundo Cristiano, n.434

4.  Catecismo Iglesia Católica, n. 355 y ss.

5. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”.

6. Pedro Urbano López de Meneses, Creó Dios en un principio. Rialp, Madrid, 2016.

7.  Pío XII, Enc. Humani generis, 12 agosto 1950.

domingo, septiembre 24, 2023

114. La realidad

Importa mucho conocer la realidad que nos rodea.

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Las cosas son lo que son, ¿y qué es lo que son las cosas?, pues lo que son. El único dato cierto y seguro es la realidad de todo lo que nos rodea. Si no acertamos sobre lo que son las cosas y nosotros mismos andaremos por la vida confundidos.

La cultura actual no reconoce la realidad de las cosas y esta situación provoca que el hombre moderno no llame a las cosas por su nombre y piense que la realidad es su propia opinión sobre la realidad, que no es lo mismo.

El hombre actual tiende a vivir de emociones y sentimientos: a mí me parece…, yo siento… Y se olvida que las cosas son lo que son y que su realidad más íntima es la que las define. No se trata tanto de cambiar las palabras y llamar a las cosas de otra manera para intentar evitarlas. Esto es intentar engañarse con eufemismos. El problema es no reconocer lo que está delante de nuestros ojos y vivir equivocados. Pensar que cada uno puede seguir sus propias normas morales; creer que la importancia de los sucesos depende de la emoción que nos causen y no de su propia trascendencia objetiva; entender que sólo existe aquello que siento y padezco, mientras que la realidad que no siento es como si no existiera.

Nosotros somos hombres y mujeres actuales y ésta es la cultura en la que vivimos. Podemos dejarnos llevar por la corriente y pensar que las cosas son lo que cada uno entiende que son o podemos pensar y razonar que las cosas son lo que son, su propia realidad objetiva: lo sienta o no lo sienta, me emocione o me deje frío, lo entienda con mis razones o no entienda nada. Porque al final, y eso es lo que importa, las cosas son lo que ellas mismas son.

Por todo esto, pienso que nos importa mucho conocer la realidad que nos rodea, comprenderla y, sobre todo, descubrir la realidad más íntima de las cosas para no ir despistados por la vida. Hay cosas que son importantes y otras que no lo son, aunque nos parezca lo contrario; hay algunas cosas, pocas, pero algunas, que son fundamentales en mi vida: no todo da igual. Hay cosas que están bien y otras que están mal, sienta yo lo que sienta. Y de que acertemos en vivir nuestra vida conforme a la realidad de las cosas y no despistados depende que vivamos una vida con sentido o no.

Para esto es bueno empezar por conocer la realidad del hombre. 

domingo, junio 11, 2023

113. Contracorriente

 

Llevamos nuestro ambiente y nuestra cultura allá donde vamos.

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Somos padres y madres y eso no es un simple hecho biológico. Es un derecho fundamental y, al mismo tiempo, es un deber que nos obliga en  conciencia. Derecho a educar y formar a nuestros hijos como pensamos que les conviene. Y deber de no abandonar la misión, ni delegarla en terceros sin ninguna supervisión. Son nuestros hijos.

Educamos a nuestros hijos para que puedan ser felices en la vida: para que tengan una vida lograda. Esto no es equivalente a educarlos para ser hombres y mujeres de éxito, triunfadores. No siempre el éxito es sinónimo de felicidad. Pero tenemos el derecho y el deber de enseñarles a descubrir lo importante de la vida y a saber despreciar los señuelos de felicidad que les puedan deslumbrar.

En definitiva, los padres tienen el derecho y el deber de formar las conciencias de sus hijos. Porque lo más digno para cualquier persona es ser leal a lo que su conciencia bien formada le presenta como verdad, una verdad que no oprime ni limita, sino que les hace libres.

La cultura actual –bien lo sabemos– no va por estos caminos. Por decirlo de una manera suave, la cultura actual ha vuelto la espalda al sentido común, al orden natural de las cosas. En esta situación, la tentación es segregarse, apartarse del mundo y formar un pequeño y reducido grupo de amigos y familiares que piensen como nosotros y ahí, en esa zona de seguridad, educar a nuestros hijos.

En mi opinión, eso no sería una buena idea porque, entre otras cosas, no solucionaría el verdadero problema que es educar a nuestros hijos para la vida. ¿Qué sucedería cuando los hijos abandonen la casa familiar y con ella abandonen la zona de seguridad? ¿Acaso nos les estaríamos educando en un mundo irreal?

No se trata de apartarse del mundo. Se trata de transformar el mundo estando en el mundo. No se trata de combatir una cultura descabezada y loca, sino que se trata de cambiar la cultura llevando nosotros mismos nuestra cultura. Hacer ambiente donde no hay ambiente. Pero para crear ambiente y cultura es requisito ineludible estar presente en el ambiente y en la cultura.

Estar presente es participar y tomar parte activa en la vida social. Es decir, estar presentes en los actos, en las reuniones, en las asociaciones, en las juntas, en la vida pública. No se cambia una sociedad solo con el pensamiento o con el deseo, por muy excelentes que sean, sino con hechos concretos. Hechos concretos como pueden ser algunos de los siguientes:

1.- Defender la dignidad de la persona haciendo descubrir que el hombre es siempre un valor en sí mismo y eso constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres.

2.- Venerar el inviolable derecho a la vida humana en cada fase de su desarrollo, desde la concepción hasta la muerte natural y cualquiera que sea su condición de salud o minusvalidez.

3.- Exigir el reconocimiento de la dimensión religiosa del hombre. No se trata de ser confesional sino de respetar la relación personal de cada hombre con Dios.

4.- Reconocer el valor insustituible de la familia para el desarrollo de la sociedad. La primera dimensión social del hombre es el matrimonio y la familia.

5.- Multiplicar el servicio de la caridad como lo que va más allá de la justicia hasta superarla atendiendo a todas las necesidades del ser humano.

6.- Participar activamente en la acción política promoviendo el bien común de todos los hombres con espíritu de servicio a toda la sociedad.

7.- Situar al hombre en el centro de la vida económica y social, en la organización del trabajo  y de la economía, convirtiendo el lugar de trabajo en una comunidad de personas y no de intereses.

8.- Hacerse presentes en el mundo de la ciencia, la investigación, la universidad, la creación artística y la reflexión filosófica.  En especial, hacerse presente en los medios de comunicación social para transmitir un estilo de vida conforme con la dignidad del hombre.

Los padres y las madres que quieren lo mejor para sus hijos no renuncian al mundo, sino que intentan mejorarlo.

 

Bibliografía

1. Exhortación apostólica Christifideles Laici, Juan Pablo II,  Roma, 30 de diciembre de 1988, nn. 36-44.

2. Exhortación apostólica, Amoris Laetitia, Francisco, Roma, 19 de marzo de 2016, nn. 263 y ss.

3. Mariano Fazio, Contracorriente hacia la libertad, Ed. El buey mudo, 2021.

viernes, mayo 12, 2023

112. Posverdad

 

La cultura actual prescinde de la razón y vive de las emociones.

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La cultura actual entiende que las cosas son lo que a cada uno le parecen. Esto significa que no reconoce una realidad propia de las cosas: las cosas no son lo que ellas mismas son. Y esto supone que se ha renunciado a la realidad objetiva de las cosas.

Al negar la existencia real de las cosas, lo único que se acepta es el valor de la propia experiencia personal: el “yo creo”, “yo pienso”. Por tanto, deja de existir el bien y el mal como realidades objetivas, independientes de las opiniones personales y se sustituyen por los “me parece bien” o “me parece mal”. Es la cultura actual de la “posverdad”.

El relativismo niega la existencia de cualquier verdad, todo es relativo y depende de las circunstancias. Salvo una cosa: el relativismo, que es una afirmación tan verdadera y tan absoluta que nadie puede cuestionar. Hasta tal punto, que el que se atreva a afirmar que el relativismo es cuestionable será condenado como hereje por atreverse a dudar de la verdad del relativismo. Es la dictadura del relativismo que resulta ser la verdadera amenaza para la verdad en el siglo XXI, en lugar de la religión, como muchos postulan.

El nihilismo postula que no hay nada que valga del todo y para siempre, no hay nada de valor en esta vida y nada hay después de esta vida: todo es nada. La vida se convierte en sólo una experiencia para adquirir sensaciones pasajeras que dan paso a otras sensaciones que les suceden, donde nada es definitivo.

Por tanto, no existe ninguna referencia absoluta y, en consecuencia, todo está permitido con tal que se pueda realizar. Y, en última instancia, se podrá realizar si se impone por el uso de la fuerza.

Cuando no existe una razón válida para hacer algo, la única apelación posible es el propio sentimiento, o las emociones. Ya no haré algo porque esté bien, sino porque “me parece” bien. No porque deba hacerlo por algún motivo, sino porque “siento” la necesidad de hacerlo.

Sin embargo, no se trata de ignorar los propios sentimientos, porque eso sería inhumano. Pero tampoco se trata de ignorar la razón, porque eso también sería inhumano. Se trata de aprender a armonizar la razón y los sentimientos. Y, claro, al hablar de la razón tenemos que aceptar que las cosas son razonables o no razonables, no como a cada uno le parecen. Existe una razón objetiva que se dirige hacia la realidad de las cosas y de las personas.

La consecuencia de esta deriva cultural es que el hombre actual no sabe cuál es el sentido de su vida: ¿para qué vivo? ¿por qué tengo que hacer el bien y evitar el mal? ¿qué hago en este mundo?

Si el hombre se hubiera hecho a sí mismo podría saber el sentido de su vida, sabría para qué existe. Pero no es así porque el hombre no se ha creado a sí mismo. Sólo el origen del hombre puede explicar el sentido de la vida del hombre.

La posverdad nos enseña que cuando se renuncia a la verdad su vacío lo ocupa la violencia en estado puro.

 

Bibliografía

1.   JUAN PABLO II, Enc. Fe y Razón, nn. 46, 81, 90, 91.

2. ORIENTACIONES MORALES ANTE LA SITUACIÓN ACTUAL DE ESPAÑA.- Instrucción Pastoral de la LXXXVIII Asamblea Plenaria de la CEE. Madrid, 23 de noviembre de 2006.

3. FERNANDO RODRÍGUEZ-BORLADO. Causas de una juventud anémica, Aceprensa, 27 enero 2022.

4. GREGORIO LURI,  Precariedad y alarmismo: “Una familia estable es un chollo psicológico”,  Aceprensa, 21 enero 2022.

domingo, abril 02, 2023

111. Posmoderno

 

Además de la razón importan los sentimientos porque el hombre también tiene corazón.

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Somos posmodernos porque vivimos en la actualidad que es la posmodernidad. La posmodernidad es la continuación de la modernidad que surgió con la Ilustración en 1789 y cuyo principal postulado era el imperio de la razón que dio lugar al racionalismo. Cuando todo se juzga por la razón humana y sólo se admite lo que la razón acierta a comprender se acaba renunciando a lo que la razón humana no entiende –es decir– se acaba apartando a Dios de la vida pública. Allá cada uno con sus creencias, pero sólo son reales las certezas racionales –dirán–.

La modernidad desembocó en dos guerras mundiales, los totalitarismos comunistas y nacionalistas, los gulag, los campos de concentración, el holocausto del pueblo judío, la hambruna china con sus millones de muertos de hambre, etc. Postuló todo para el hombre pero sin el hombre y, a veces, contra el mismo hombre.

El hombre moderno se olvidó del hombre, de cada hombre y de sus sentimientos. Sin embargo, además de la razón importan los sentimientos porque el hombre también tiene corazón. Y la posmodernidad deriva en el sentimentalismo y el individualismo, que es en lo que estamos ahora.

La posmodernidad tiene postulados buenos porque se fija en la persona y en sus sentimientos como algo valioso, digno de protección. Reconoce los derechos humanos, la dignidad de la mujer como igual al hombre, el valor de la ecología  y la naturaleza como algo insustituible que debemos cuidar, la solidaridad de todos los pueblos en las catástrofes, el valor de la paz y la mediación en los conflictos, la negociación como parte esencial en la resolución de conflictos, etc.

Pero la posmodernidad también tiene sus sombras, postulados erróneos que nacen de ideas preconcebidas y son verdaderos prejuicios. Exalta la libertad, concebida como una ausencia de compromisos, una libertad para decir no, en lugar de una libertad para decir sí. Confunde el amor verdadero con el deseo personal, no se quiere el bien de la persona amada, sino satisfacer los propios caprichos. Se muestra incapaz de entender los compromisos definitivos y la fidelidad en las relaciones personales y conyugales porque entiende la vida como un conjunto de experiencias que se suceden donde nada es definitivo. Y, en fin, concibe a la persona humana como una yuxtaposición de dos naturalezas –la animal y la espiritual– que pugnan por convivir juntas en un cuerpo humano, resistiéndose a admitir que existe una naturaleza humana única, animal y racional que no puede separarse.

Conviene conocer las luces y las sombras de la posmodernidad para saber situarse en  nuestra cultura y evitar conceptos erróneos que nos impedirían comprender la verdadera realidad de las personas y de las cosas y, en fin, aprender a aceptarnos como en realidad somos.

viernes, marzo 03, 2023

110. Soy racional

 

La capacidad de discernir permite al hombre vivir conforme a los dictados de la razón y no conforme a sus instintos o apetencias.

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De todos es conocida la sentencia de René Descartes “pienso, luego existo”, la cual aparece en su obra Discurso del método (1637). Fue uno de los principios de la Ilustración y el racionalismo. Se dejaron atrás las creencias y solamente se admitían las certezas: los hechos probados.

Quizás la mejor traducción del original francés “Je pense, donc je suis” —que se tradujo al latín como "Cogito, ergo sum"— sería: “Pienso, luego soy” (“Pienso, por lo tanto soy”). En realidad, viene a afirmar que lo propio de los hombres es la razón; en esto se diferencian del resto de los animales. Sin embargo, conviene no confundir el razonamiento con la inteligencia.

La inteligencia no es exclusiva de los hombres, también algunos animales poseen inteligencia –los delfines son capaces de resolver ciertos problemas–, sin embargo, lo que diferencia al hombre de los animales no es que sea más inteligente, sino que es capaz de transcender la realidad mediante el uso de la razón. Es capaz de plantearse preguntas sobre el sentido de la existencia, de su vida, el porqué de sus acciones, ir más allá de la realidad física mediante el uso de la razón.

La razón es la capacidad de elegir: de decidir hacer una cosa o no hacerla. Y eso es exclusivo de quien tiene libertad que es lo propio de los hombres. El hombre es capaz de elegir mientras que el animal actúa movido por el instinto. El hombre puede elegir entre el bien y el mal; actúa libremente y por eso se hace responsable de sus actos.

El hombre es capaz de decidir no comer, aun teniendo hambre, por razones de salud, de estética o incluso como signo de protesta. El hombre posee algo que está por encima del instinto, posee un principio vital singular que llamamos espíritu y que le hace capaz de razonar y sacrificarse, es decir, el hombre es un ser espiritual.

La capacidad de discernir también permite al hombre vivir conforme a los dictados de la razón, conforme a un razonamiento y no conforme a sus instintos o apetencias. Por medio de la razón el hombre es capaz de descubrir la bondad de sus actos y encaminar su vida conforme a esos criterios.

La libertad y la racionalidad es lo que hacen al hombre digno, con un valor superior al resto de los animales y esta capacidad de elegir libremente sus acciones es lo que constituye al hombre como un ser moral que va más allá de la simple materia y la biología.

La dignidad es lo que no tiene precio. Es el valor propio de cada persona. Es lo que está fuera del comercio, no se puede comprar ni vender, es lo que no puede ser sustituido por otra cosa equivalente, porque no tiene comparación. Sin embargo, la dignidad no se identifica con el mérito personal de cada persona o con su valía profesional o con sus cualidades artísticas, ni depende de su capacidad o de su estado vegetativo. La dignidad es propia de cada persona  por el solo hecho de serlo.


 

  

BIBLIOGRAFÍA

1. José Luis Méndez y Juan Barbeito, Una vida lograda, Ediciones Palabra, Madrid 2021, p. 15.

2. Catecismo de la Iglesia Católica, 1776.

3. Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, n. 16.

miércoles, febrero 01, 2023

109. Soy yo

 

El cuerpo no es simplemente el lugar donde vivimos, sino que manifiesta la propia persona.

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Para algunos la persona está compuesta de un cuerpo y de un espíritu. Según ellos, el cuerpo sería un material bruto sin significado personal y que está sometido a las leyes de la biología y la psicología; en cambio, el espíritu sería la parte noble de la persona, donde radica su libertad. Esta visión dualista de la persona es falsa. La auténtica concepción de la persona reside en la unidad de cuerpo y alma.

La persona humana es un ser unitario de cuerpo y espíritu. Quienes reducen la persona a su cuerpo y a sus cualidades, acaban reconociendo la superioridad de un sexo sobre otro, del fuerte sobre el débil, del sabio sobre el necio, de la guapa sobre la fea y no reconocen la misma dignidad a todas las personas.  Sin embargo, hay algo que nos hace a todos iguales: todos tenemos un cuerpo, por eso podemos decir que la persona “es” corporal y no decimos que la persona “tiene” un cuerpo.

Y quienes reducen la persona a un espíritu consideran la existencia humana como algo materialista y sucio que carece de valor, despreciable, y acaban negando el valor y la belleza de la vida cotidiana y de todos sus acontecimientos y hasta de las mismas personas a las que acaban considerando seres inferiores por estar dotados de materia corporal.

El cuerpo no es algo externo a la persona. No es simplemente el lugar donde vivimos, sino que manifiesta la propia persona. La persona es la unidad del cuerpo y el alma y por eso hacer algo en el cuerpo es hacerlo en la propia persona. Cuando tatúo mi cuerpo me tatúo yo mismo; cuando desnudo mi cuerpo me desnudo yo mismo y cuando enseño mi cuerpo como si fuera mercancía disponible, me convierto en algo que se puede usar y tirar.

El cuerpo nos descubre algo importante: nuestro cuerpo no lo hemos elegido nosotros, sino que lo hemos recibido al igual que la vida misma. El cuerpo nos recuerda que somos un don de Dios, que la vida la hemos recibido de Dios como fruto del amor de nuestros padres. Y el recién nacido tampoco es capaz de sobrevivir por sí solo, necesita el cuidado y el cariño de sus padres para llegar a ser adulto. El cuerpo nos recuerda que somos un don de otros y que también somos un don para otros a los que podemos comunicar la vida y cuidar.

El cuerpo humano no se reduce a su dimensión biológica, sino que participa de la dignidad de la persona humana y por eso mi cuerpo es digno, es valioso, no es un objeto. El cuerpo no es una cosa como tantas otras sin valor especial. El cuerpo es personal, expresa mi propia persona, soy yo mismo y tengo que aprender a tratar y manifestar mi cuerpo de una manera digna conforme a la dignidad que le corresponde.

El pudor corporal se manifiesta entonces como una invitación a buscar a la persona más allá de su propio cuerpo. El acto de pudor es, en el fondo, una petición de reconocimiento, es como si quien fuera mirada o deseada le dijera: «si te fijas sólo en mi cuerpo no podrás ver mi corazón». La esencia del pudor se encuentra en la personalización del propio cuerpo. El impúdico presenta su propio cuerpo como un simple objeto que llama la atención de manera inmediata y oculta la persona que habita dentro del mismo.

A veces, se trata de un centímetro de más o de menos. Pero en ese pequeño recorrido se encuentra la diferencia entre ser mirada como un objeto de deseo o como una persona. No es sólo una cuestión de más o menos tela.

La persona humana no es un cuerpo unido a un espíritu que no se mezclan; algo así como una piedra encima de otra piedra que se pudieran separar. La unión del cuerpo y del alma da lugar a una nueva naturaleza distinta de sus componentes previos a la que llamamos humana.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

1. José Luis Méndez y Juan Barbeito, Una vida lograda, Ediciones Palabra, Madrid 2021, p. 75.

2.  Catecismo de la Iglesia Católica, 365.

3.  Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, n. 29.

4. Conferencia episcopal española, La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar. n. 19

5. Mikel Gotzon Santamaría Garai, Saber amar con el cuerpo,  Eunsa, Pamplona, 1996, p.111

sábado, enero 07, 2023

38. Mi cuerpo y yo

 

TEMAS: Cuerpo, Pudor, Persona, Amor.

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RESUMEN: 1. ¿Por qué el mundo moderno no entiende el mensaje de la Iglesia —que es el mensaje de Dios— sobre el amor humano? Es la gran pregunta que sigue queriendo responder una y otra generación.

2. Entre muchos cristianos ha quedado una visión un tanto negativa del cuerpo humano y de su sexualidad que les hace pensar que el cuerpo es un obstáculo para su vida espiritual. Sin embargo, esta visión dualista del cuerpo y del alma es falsa y errónea.

3. El error de la cultura moderna consiste en una defectuosa apreciación del cuerpo y de su sexualidad. Si el cuerpo fuera solamente un objeto de posesión —por muy valiosa que fuera esa posesión—, el cuerpo no participaría de la dignidad de la persona.

4. El sexo es constitutivo de la persona y no solamente un atributo de la misma. De tal manera que podría decirse que no existen personas, lo que existen son varones y mujeres. No se puede separar el sexo de la persona porque entonces la persona queda incompleta e indefinida y el cuerpo convertido en cosa, no en persona.

5. La manera masculina de darse a los demás consiste en salir de uno mismo y buscar y cuidar del otro. Pero la manera femenina de amar consiste en acoger y aceptar al otro y tenerlo dentro de sí e integrarlo en su propia vida.

6. Dios ha confiado a los hombres y mujeres la misma construcción de la historia y el desarrollo del mundo de manera que sea por medio de la colaboración entre el varón y la mujer como se realice el verdadero progreso.

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SUMARIO: 1. A los cuarenta años.- 2. Platón.- 3. El giro antropológico.- a) El sexo es constitutivo de la persona.-  b) El significado esponsal del cuerpo.-  c) La complementariedad varón-mujer es ontológica.- d) Varón y mujer son una unidualidad relacional.

 

1. A los cuarenta años

El 25 de julio de 2008 se han cumplido los cuarenta años de la profética encíclica del Papa Pablo VI Humanae Vitae. Curiosamente esta encíclica que trata sobre la vida humana trata sobre el amor humano de un hombre y una mujer, sobre el amor de los esposos. El Papa quería explicar el amor al hombre moderno del siglo XX porque a todas luces era evidente que el hombre moderno no sabía amar.

¿Por qué el mundo moderno no entiende el mensaje de la Iglesia —que es el mensaje de Dios— sobre el amor humano? Es la gran pregunta que sigue queriendo responder una y otra generación. En el aprendizaje del amor nos va la vida porque en eso mismo nos va la verdadera felicidad de cada hombre. Para el hombre moderno, acelerado por el ritmo de la informática, ser feliz es disfrutar, estar satisfecho. El hombre se relaciona con cosas y busca la felicidad en las cosas de tal manera que acaba por convertir a cuantos le rodean en cosas también a las que puede desear, que le pueden satisfacer. Sin embargo, el hombre moderno no es feliz porque aunque tenga muchas cosas no tiene amor verdadero.

 

2. Platón

Durante mucho tiempo, la teología cristiana tuvo una fuerte influencia de la filosofía de Platón que ponderaba la bondad del alma y tenía cierta tendencia a menospreciar el valor del cuerpo[1]. Los discípulos de Platón llegaron a exagerar esta dualidad de alma y cuerpo —espíritu y materia— y con el correr  del tiempo  ciertos movimientos pseudo-religiosos, como el maniqueísmo y el gnosticismo, llegaron al extremo de condenar la materia por considerarla corruptible y mala y a despreciar el cuerpo y rechazar el mismo matrimonio como una realidad sucia y fea, debido a la dimensión sexual que el cuerpo comporta.

La Iglesia condenó estas corrientes erróneas, pero entre muchos cristianos ha quedado una visión un tanto negativa del cuerpo humano y de su sexualidad que les hace pensar que el cuerpo es un obstáculo para su vida espiritual. Sin embargo, esta visión dualista del cuerpo y del alma es falsa y errónea. Es cierto que lo espiritual tiene prioridad sobre los material, el alma sobre el cuerpo, pero también es cierto que «El hombre, siendo a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y símbolos materiales» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1146).

La hipersexualización de nuestra sociedad moderna también tiene su causa en este mismo error, al infravalorar la sexualidad humana. La obsesión por el sexo de la sociedad actual tiene su origen en el vacío de amor que sufre el hombre moderno por haber abandonado a Dios. Se ha sustituido la búsqueda del verdadero amor por el placer intenso e instantáneo que proporcionan las relaciones sexuales. Pero luego el hombre queda más vacío que antes porque el placer sólo no satisface el corazón humano.

Esto demuestra que el error de la cultura moderna consiste en una defectuosa apreciación del cuerpo y de su sexualidad. Si el cuerpo fuera solamente un objeto de posesión —por muy valiosa que fuera esa posesión—, el cuerpo no participaría de la dignidad de la persona[2].

Los hombres no tenemos un cuerpo como quien tiene un reloj o una camisa. Más bien somos corporales y no somos nuestro reloj. Porque el cuerpo no se tiene sino que forma parte de mí y al «usar» mi cuerpo estoy «usándome».

 

3. El giro antropológico

            Karol Wojtyla, a la entrada del Cónclave que elegiría al sucesor de Pablo VI, llevaba bajo el brazo unos papeles para trabajarlos si le sobraba tiempo con el tema que por entonces le rondaba: la Teología del cuerpo[3]. Pocos meses después, siendo ya Juan Pablo II la expuso a lo largo de 129 Audiencias de los miércoles durante cinco años desde septiembre de 1979 hasta noviembre de 1984.

            La visión del hombre de Juan Pablo II es completamente moderna porque continúa con la idea central de Kant y de Feuerbach en la que el hombre es el centro pero no la pone en contradicción con el teocentrismo desde el momento en que se comprende que Jesucristo es Dios y Hombre a la vez. La teología del cuerpo nos dice que la dignidad del hombre debe leerse desde la encarnación del hombre en un cuerpo de varón y en un cuerpo de mujer sexuados y creados por ese Dios que se ha hecho Hombre. Las conclusiones de esta nueva visión del hombre son las siguientes:

            a) El sexo es constitutivo de la persona. Hasta ahora el pensamiento que hemos heredado consideraba el sexo como un accidente inseparable de la persona: Juan es inteligente, alto, ágil y es varón., pero Juan es persona. Sin embargo, la realidad no es así. Juan tiene muchos atributos: alto, inteligente, ágil. Pero Juan «es» varón. El sexo es constitutivo de la persona y no solamente un atributo de la misma. De tal manera que podría decirse que no existen personas, lo que existen son varones y mujeres.

            Esta afirmación no es fácil de explicar a primera vista. Cuando nos preguntamos ¿qué es ser persona? santo Tomás describe la persona como «ser subsistente», es decir, ser persona consiste en que cada hombre o mujer tiene su propio acto de ser en propiedad, que tiene una libertad interior para decidir quien quiere ser. La persona es dueña de sí misma y nadie la puede poseer a menos que ella misma se entregue. Pero la persona no es solamente subsistencia y autopropiedad.

            La modernidad ha puesto de relieve otra característica de la persona que es su comunicabilidad, su capacidad de apertura a los demás. Todo «yo» requiere un «tú»: éste es el principio de relación descubierto por Feuerbach de manera que Heidegger define a la persona como «ser-con».

            La intuición de Juan Pablo II descubre que la sexualidad humana añade una característica más a la persona, no solamente es un ser libre que vive con otras personas, sino que por su masculinidad y feminidad la persona vive «para» otras personas en comunión de amor. La sexualidad define a la persona humana como alguien con capacidad de entregarse a otro por amor y de una manera total y plena —cosa que no son capaces de hacer los animales—. Y esto, precisamente, define en plenitud a la persona. Y en todo esto el cuerpo humano y su sexualidad juegan un papel imprescindible.

            La consecuencia fundamental de todo lo dicho es que si el sexo es constitutivo de la persona no se puede separar el sexo de la persona porque entonces la persona queda incompleta e indefinida y el cuerpo convertido en cosa, no en persona.

 

            b) El significado esponsal del cuerpo. La visión del hombre de Juan Pablo II es que si la persona es capaz de amar entonces la persona debe ser tratada con amor. Amar es a su vez tratar al ser humano como persona, no como un objeto. Para tratar a una persona como tal hay que tratarla con amor.

            El cuerpo humano, con su sexualidad, manifiesta la capacidad de amar de la persona. El cuerpo es lo que se ve de la persona y lo que se ve es un cuerpo que puede amar y que ha sido creado para el amor. Y esto es así porque la sexualidad humana no se acaba en su genitalidad, sino que alcanza a toda la persona de manera que se puede amar con el cuerpo.

Pero se trata de un amor humano, inteligente y espiritual también, de un amor que ama de una manera definitiva y total por medio de una entrega de toda la vida. El amor que expresa la sexualidad del cuerpo humano es un amor de promesa, que dice un «te amaré toda la vida» y eso es el significado esponsal del cuerpo.

 

c) La complementariedad varón-mujer es ontológica.  Que el varón y la mujer se complementan es algo que ya demostraban la biología y la psicología. Pero existe otro tercer nivel donde también se complementan y del que nadie hablaba. Es el plano del ser, la manera de ser persona como varón y como mujer. Podemos y debemos hablar de dos tipos de personas: la masculina y la femenina.

Si lo que caracteriza a la persona es su capacidad de amar y amar es darse a los demás, entonces podemos concluir que existen dos maneras de darse a los demás. La manera masculina de darse a los demás consiste en salir de uno mismo y buscar y cuidar del otro. Pero la manera femenina de amar consiste en acoger y aceptar al otro y tenerlo dentro de sí e integrarlo en su propia vida.

Así se puede afirmar que no existe una sola manera de ser persona, sino que existen dos maneras de ser persona y que a cada uno nos corresponde la manera de ser persona que determina nuestra sexualidad. Así Juan vivirá la vida y todo lo que ello lleva consigo como la viven los varones y María la vivirá como la viven las mujeres.

 

    d) Varón y mujer son una unidualidad relacional.  Si la sexualidad define a la persona y hace al varón y a la mujer distintos como personas porque tienen distintas maneras de ser personas, estamos afirmando que son distintos pero que los dos son personas. Varón y mujer son igual de personas pero distintos en la manera de ser personas. Y esta igualdad y esta diferencia es lo que Juan Pablo II ha denominado «uni-dualidad» para querer expresar que es una unidad de los dos: unidad en la persona y dualidad en la manera de ser.

    Es la unidad de los dos la que permite que cada uno —varón y mujer— pueda sentir la relación con el otro sexo como enriquecedora y creativa. De esta unidad de los dos es de donde nace la familia y es el lugar digno para la llamada a la vida de cada uno de los hijos.

Pero esta unidad de dos no se limita solamente a la procreación y a la vida de familia, sino que Dios, por medio de la unidad de los dos, ha confiado a los hombres y mujeres la misma construcción de la historia[4] y el desarrollo del mundo de manera que sea por medio de la colaboración entre el varón y la mujer como se realice el verdadero progreso en el mundo para hacerlo más humano.

Es claro, que todas estas intuiciones de Karol Wojtyla, luego Juan Pablo II, suponen una revolución pacífica en el pensamiento y en la visión del hombre que tendrá unas consecuencias enormes en la cultura y en el ordenamiento social del presente siglo XXI.

 

 



[1] Adolfo J. Castañeda, ¿Qué es la Teología del cuerpo?, www.catholic.net

[2] Eduardo Terrasa, Posibles desencuentros entre yo y mi cuerpo, Nuestro Tiempo, noviembre 2005, nº. 617, p.70.

[3] Blanca Castilla de Cortázar Larrea, Varón y mujer en la “teología del cuerpo” de Karon Wojtyla, www.arvo.net, 2 de marzo de 2006.

[4] Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 29 de junio de 1995, n. 8.