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sábado, enero 27, 2024

118. Social

 

En la convivencia social el hombre se realiza.

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Dios puso al hombre en el paraíso y le presentó todos los animales para que les pusiera nombre y dominara sobre ellos. Pero el hombre se sentía solo porque no encontraba la compañía adecuada. Solamente al ver a la primera mujer el hombre es capaz de exclamar «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!» (Gn 2, 23).

La primera admiración del hombre sólo tiene lugar al ver a la mujer –alguien como él– que sí resulta ser su compañía adecuada. Al ver a otra persona  el hombre es capaz de comprender la grandeza de la creación y también su propia dignidad y su diferencia esencial sobre el resto de todo lo creado.

El hombre ha sido creado para vivir con los demás hombres y solamente en la convivencia social podemos percibir la grandeza del hombre y su capacidad de desarrollo. El hombre es por naturaleza un ser social y la vida comunitaria no es algo ajeno y extraño a los hombres.

Sin embargo, esta naturaleza social del hombre podría entenderse sólo en el sentido de vivir en compañía con otros hombres y mujeres. Pero el hecho de vivir en comunidad no es sólo una cuestión de cercanía física. La sociabilidad humana afecta a la propia vida del hombre. Los hombres se necesitan recíprocamente unos de otros para reconocerse como hombres en su pleno sentido. Y esto implica que la vida social no se limita solamente a una cercanía física, sino que también implica una cercanía del corazón. El “vivir con los demás” se debe entender, entonces, como un “vivir para los demás”, porque en la soledad el hombre acabaría siendo un extraño para sí mismo.

El hombre solitario, el que vive desinteresado de los demás hombres, el que ignora a los que le rodean, no es un hombre realizado y no podrá alcanzar una vida lograda. El hombre antisocial es un hombre dañado, herido, que termina por no comprenderse como hombre, del mismo modo que el primer hombre no encontraba una compañía adecuada entre toda la creación. Nada es suficiente para realizar una vida si no es para poder compartirla y hasta entregarla a los demás.

Este carácter social del hombre se manifiesta, en primer lugar, en la propia familia. El hombre necesita de la familia para poder vivir y desarrollarse en los primeros años de su existencia, pero como la vida del hombre no se limita solo a su existencia biológica, la familia es la primera escuela de sociabilidad del hombre. En la familia el hombre aprende a vivir “con” los demás y “para” los demás, aprende a ser un don para los otros y a recibir el don de los demás para su propia vida. La naturaleza social del hombre no se opone a la naturaleza familiar, sino que la predispone y la integra: es familiar por ser social y es social en lo familiar.

La reunión de varias familias forma un núcleo de población donde los hombres desarrollan su propia vida. Podemos concluir que la sociedad será cada vez más humana en la medida en que la convivencia social  sea capaz de integrar y asumir los valores familiares.

Una sociedad en la que se valore y reconozca a cada persona como lo sería en su propia familia será una sociedad que sitúe al hombre en el centro de todos sus valores y fines. Donde se valore a cada persona por su dignidad al margen de las demás habilidades o capacidades personales, donde se reconozca que “el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene” (Gaudium et Spes, n.35). ■

 

Bibliografía

1. Gaudium et Spes, n. 24, 25, 35.

2. Catecismo Iglesia Católica, n. 1882 y ss.

3. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. n. 149, 295.

4. Francisco, Enc. Laudatio si, Ciudad del Vaticano 24 - V - 2015. n. 213.

5.  San Juan XXIII, Enc Pacem in terris, n.36.

6.  San Juan Pablo II Enc centesimus annus, n.48.

martes, diciembre 26, 2023

117. Hombres y mujeres

 

No se alcanza la felicidad contra la propia naturaleza.

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“Dios creó el hombre a imagen suya (...) hombre y mujer los creó” (Gn 1, 27). Si tuviera que hablar con propiedad no podría decir que en el mundo hay personas, porque el término “persona” es una construcción intelectual. En el mundo lo que hay son hombres y mujeres.

Nacemos con un sexo determinado que no elegimos, sino que nos viene dado con nuestra naturaleza. Somos hombres o mujeres. Y el sexo no es una circunstancia de la persona, todo lo contrario: el sexo determina el tipo de persona que cada uno somos. El sexo de cada uno constituye su forma de ser persona. Unos serán hombres y otras serán mujeres.

Pero como los humanos somos el resultado de una unión inseparable del cuerpo y del espíritu, el sexo de cada cual determina su forma de ser humano. El sexo no es un accidente del que se pueda prescindir en un momento dado. Cada uno vive, siente, se expresa, piensa, ama y desea como lo que es: es decir, unos como hombres y otras como mujeres.

Esta determinación significa que para entender la sexualidad humana no sirve la analogía con la sexualidad animal, como una simple función reproductora. El sexo es más que una función concebida para perpetuar la especie. La sexualidad humana participa de todo lo humano y, en concreto, participa de lo que es esencial y propio de los humanos como es su capacidad de amar y de ser amados.

La sexualidad humana supera la reproducción biológica y manifiesta lo que la biología no alcanza a expresar por sí sola: el amor. Así es, la sexualidad está destinada y llamada al amor que se expresa en un matrimonio verdadero de un hombre con una mujer comprometidos por amor para siempre y abiertos a la vida. Porque la dignidad de cada persona exige que sólo se pudiera convocar  una nueva vida a este mundo por medio del amor de un hombre y una mujer.

Si el sexo determina la manera de ser persona de cada uno, el sexo se convierte en una oportunidad para ser mejor persona; para entender el desarrollo personal como un hombre o como una mujer. Y es que solamente se puede desarrollar la naturaleza propia de cada uno aceptándola como es y no tratando de cambiarla.

Al comprender que la sexualidad forma parte integral y no accesoria de cada persona podemos ver en cada hombre y en cada mujer una persona en lugar de ver un cuerpo o una simple cosa manipulable, disponible y venal.

Comprender la sexualidad humana desde la creación del hombre nos permite entender que la propia sexualidad no es una limitación o una carga que debamos soportar (a pesar de las concepciones culturales erróneas existentes), sino que es una oportunidad para crecer como persona y que la propia felicidad nunca la podremos encontrar al margen de nuestra propia naturaleza. ■

 

Bibliografía

1. Gaudium et Spes, n. 15 y ss.

2. Catecismo Iglesia Católica, n. 2331 y ss.

3. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. n. 110, 223.

4. “Varón y mujer los creó” – Documento sobre la cuestión de género en educación. Congregación para la educación católica. Roma, 2019.

sábado, mayo 05, 2012

70. Mujeres del siglo XXI



Fecha: 01 de mayo de 2012           

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TEMAS: Mujer, feminismo, género.
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RESUMEN: 1. La sociedad, la cultura, no siempre ha sabido comprender la importancia y la necesidad que tenemos de la existencia de la mujer. Desgraciadamente, en muchas ocasiones, tampoco las propias mujeres han sabido comprender su condición femenina.
          2. Es evidente que todos nacemos con un cuerpo y una sexualidad concreta. Y si no somos capaces de aceptarnos tal y como somos es claro que tendremos un gran problema en nuestra vida porque seremos unas personas profundamente desgraciadas.
           3. La igualdad de la mujer no consiste tanto en que se libere a la mujer de los roles que tradicionalmente ha desempeñado, sino que consiste más bien en luchar para que esos roles sean reconocidos y tengan la misma dignidad y valor que otros roles que tradicionalmente se han atribuido a los varones.
4. Las madres nos recuerdan que sería monstruoso un mundo que se burlara del alma humana, que no tuviera capacidad de fijarse y pararse un momento en cada una de las personas que lo componen, en tantos pequeños detalles insignificantes pero que hacen la vida más digna y humana.
5. En efecto, es la madre la que pone los cimientos de una nueva personalidad humana con sus cuidados en los primeros años, con sus primeras muestras de cariño, con su conversación llena de comprensión, con su actitud acogedora y hospitalaria.

  
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SUMARIO: 1. Un nuevo feminismo.- 2. Mujeres.- 3. Madres.

1. Un nuevo feminismo
Qué sería de un mundo sin mujeres donde solamente vivieran varones. Sería un mundo aburrido, además de desordenado… Pero qué sería de un mundo sin varones, donde solamente habitaran mujeres. Además de ser un mundo sin futuro porque no nacerían niños, sería un mundo sin interés.
La mujer es un verdadero regalo para el hombre, quiero decir, que es un verdadero regalo para toda la humanidad. La mujer es mujer y esta condición femenina forma parte esencial de su persona, no es un simple accidente añadido, como quien ha nacido en una determinada ciudad.
La sociedad, la cultura, no siempre ha sabido comprender la importancia y la necesidad que tenemos de la existencia de la mujer. Desgraciadamente, en muchas ocasiones, tampoco las propias mujeres han sabido comprender su condición femenina.


Si echamos la mirada atrás podemos comprobar que el movimiento feminista ha cambiado profundamente nuestras vidas. Podríamos empezar por fijarnos en los comienzos de la Revolución Francesa. Algunas mujeres se dieron cuenta que los derechos humanos que se reivindicaban beneficiaban exclusivamente a los varones. Estas mujeres pedían para sí los mismos derechos y obligaciones a que aspiraban los hombres, incluso el derecho a ser ajusticiadas en el patíbulo. Por desgracia, alguna lo logró y consiguió terminar sus días en la guillotina.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, una parte de las feministas ya no aspiraban a tener los mismos derechos que los hombres sino que querían algo más, querían ser como los mismos hombres y hacer lo que hacían los hombres. Esto significaba que las feministas empezaron a rechazar aquellas ocupaciones específicas  y propias de la mujer tales como la maternidad.
Más tarde, cayeron en la cuenta de que ese “deseo de ser como el varón” manifestaba en realidad un cierto complejo de inferioridad y se plantearon ser mujeres prescindiendo de los hombres y convertirse en unas terribles trabajadoras en competencia con el hombre más trabajador.
 El movimiento feminista llegó a sostener que la verdadera liberación de la mujer se lograría cuando nos olvidáramos de la condición femenina de las mujeres y las apreciáramos sin tener en cuenta su condición de mujer: solamente como personas, sin sexualidad.
Sin embargo, es evidente que todos nacemos con un cuerpo y una sexualidad concreta. Y si no somos capaces de aceptarnos tal y como somos es claro que tendremos un gran problema en nuestra vida porque seremos unas personas profundamente desgraciadas.
Por lo que se refiere a nosotros mismos, no tenemos un cuerpo como quien tiene un vestido o una moto. Antes bien, somos nuestro cuerpo porque el cuerpo es personal y forma parte de nosotros mismos. No nos limitamos a vivir dentro de nuestro cuerpo como si estuviéramos de alquiler en un apartamento, sino que mi cuerpo soy yo.
Y hablando del cuerpo, me parece claro que ser mujer es diferente de ser varón. Pero lo que quizá no vemos tan claro es que esta diferencia no solamente se refiere a nuestro cuerpo, sino que trasciende a toda nuestra persona y así somos varones o son mujeres como una determinada manera de vivir, de sentir, de pensar, de amar.

2. Mujeres
 Y ahora que llevamos más de una década de este siglo XXI nos podríamos preguntar cómo debería ser la mujer de este siglo. Ante todo, mujeres iguales a los hombres, sin ningún complejo de inferioridad, al contrario, orgullosas de su igualdad. Pero, atención, la mujer no es como el varón. Si así fuera sería una especie de varón afeminado.


El Génesis afirma que Dios creó al hombre —varón y mujer— a su imagen y semejanza. Esto significa que los dos sexos poseen la misma naturaleza de seres racionales y libres, que ambos han recibido el mandato divino de someter la tierra y cada uno tiene relación directa y personal con Dios. Tanto la mujer como el varón han sido amados por Dios por sí mismos y en esto reside su dignidad.


La mujer no es un ser definido a partir del varón, ni debe su existencia a la existencia previa del varón como si a él estuviera condicionada. Pero esta igualdad en la dignidad se demuestra en la diferencia que, por otra parte, es señal de la creación divina: no existen dos pájaros iguales, ni dos flores, ni dos personas porque la diferencia nos recuerda que al Creador, como al buen artesano, ninguna criatura ha salido de sus manos igual que la anterior.


Sin embargo, la mujer ha tenido que luchar por conquistar su puesto en la sociedad. Pero la mujer actual no debe caer en la tentación de compararse con el varón. No hace falta y, sobre todo, es que no es un varón; es una mujer ¿recuerdan?


La mujer es igual al hombre, o, si se prefiere, semejante, pero no es idéntica porque no es un hombre y sería una grave error que la mujer aspire a ser un hombre. La cuestión de la igualad entre los sexos debe ser tratada con una nueva perspectiva. No se trata tanto de afirmar que hombre y mujer son iguales, sino que se trata más bien de concretar qué significa la igualdad de los sexos, porque si pretendemos que la mujer sea igual al varón en todo ¿no estaremos elevando al varón a la categoría de modelo a seguir y así considerándolo superior a la mujer?


Los hombres y las mujeres del siglo XXI deben comprender que solamente respetando la propia naturaleza serán verdaderamente felices y la primera naturaleza que deben respetar es la propia: la mujer su propia feminidad. La mujer actual debe ser mujer y poner empeño en serlo realmente porque siéndolo podrá alcanzar el propio desarrollo y la realización personal. Esta aceptación de su propia manera de ser le ha de llevar a aportar a los hombres, a la familia y a la sociedad lo que es propio de la mujer, ese genio femenino que nadie como la misma mujer es capaz de dar.


La aceptación de la naturaleza humana como algo que nos viene dado, con lo que nacemos, supone aceptar que existe un Ser superior que nos ha dado esa naturaleza desde el amor y para amarnos y se puede entender que aceptar la Creación en nosotros mismos es el mayor bien que nos podemos hacer y es la única manera de realizarnos plenamente.


El problema no es solo jurídico, económico u organizativo, sino sobre todo de mentalidad, de cultura y de respeto. Se necesita una justa valoración del trabajo desarrollado por la mujer en la familia. Porque de lo contrario estamos pidiendo a la mujer que se comporte como lo que no es. ¿Acaso ser mujer no es tan importante y bueno como ser hombre?


La igualdad de la mujer no consiste tanto en que se libere a la mujer de los roles que tradicionalmente ha desempeñado, sino que consiste más bien en luchar para que esos roles sean reconocidos y tengan la misma dignidad y valor que otros roles que tradicionalmente se han atribuido a los varones. Evitando pensar que el tiempo dedicado a la familia sea un tiempo robado al desarrollo y la madurez de la personalidad. No existe una razón por la cual sea más importante diseñar un maravilloso satélite artificial que cuidar la cuna donde duerme tranquilo sabiéndose cuidado por su madre, el hombre o la mujer que en el futuro diseñará ese satélite.

3. Madres
Una mujer puede ser médico, ingeniero, arquitecto, conductor de autobús…, igual que un hombre. Pero un hombre no puede ser madre. Lo propio de la mujer es ser madre: la maternidad. De la misma manera que lo propio del varón es ser padre. En todo lo demás podríamos decir que son intercambiables menos en la maternidad o en la paternidad.


Es verdad, la mujer es madre y esta cualidad forma parte intrínseca de su ser. La mujer es madre por naturaleza y la capacidad de dar vida, sea puesta en acto o no, estructura la personalidad femenina, le hace pronta a la madurez y provoca un mayor respeto por lo concreto que se opone a las abstracciones teóricas e intelectuales, a menudo, letales para la existencia de los individuos y de la sociedad. Las madres no pretenden salvar a la “humanidad” (así con letras de molde y mayúsculas), sino que pretenden —y lo consiguen— salvar a sus hijos, a su familia, a su esposo, a sus seres queridos, a su sociedad.
Es la madre la que forma a los hombres en el hogar familiar y esto es lo que necesita nuestra sociedad tan materializada. Las madres nos recuerdan que sería monstruoso un mundo que se burlara del alma humana, que no tuviera capacidad de fijarse y pararse un momento en cada una de las personas que lo componen, en tantos pequeños detalles insignificantes pero que hacen la vida más digna y humana.
Las madres saben muy bien qué significa sacrificarse por sus hijos: no se trata solamente de concederles unas cuantas horas o de llevarles y traerles de las clases extraescolares. Significa gastar en su beneficio toda su vida. Las madres viven pensando en los demás, recordando los gustos y los deseos de todos para darles siempre una alegría.
Para una madre no solo es importante ser y vivir de esta manera, sino que enseña a sus hijos a vivir y ser hombres y mujeres cabales. Supone enseñarles a ser personas que viven para los demás, que superan sus egoísmos, que se preocupan del que no está pasando un buen momento. Estos y otros detalles parecidos son la verdadera solidaridad de las personas que no es otra cosa que cariño concreto por todos y cada uno de los que viven a nuestro lado.
En efecto, es la madre la que pone los cimientos de una nueva personalidad humana con sus cuidados en los primeros años, con sus primeras muestras de cariño, con su conversación llena de comprensión, con su actitud acogedora y hospitalaria. Con razón afirma la sabiduría popular que quien enseña a un niño forma un hombre, pero quien enseña a una mujer educa un pueblo.■




BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
1. Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris Digntatem,  Vaticano, 15 de agosto de 1988.
2. Juan Pablo II, Enc.Laborem exercens, Vaticano, 14 de septiembre de1981, n. 19.
3. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de laPaz, 1 de enero de 2012.
4. San Josemaría Escrivá, La mujer en la vida del mundo y de la Iglesia, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer.
5. Mons. Javier Echevarría, El mundo necesita del genio femenino, Diario ABC, 8 de marzo de 2006.
6. Jutta Burggraf, Varón y Mujer: ¿Naturaleza o cultura?
7. Jutta Burggraf, Para un feminismo cristiano: reflexiones sobre la Carta Apostólica “Mulieris Dignitatem”, Romana, nº 20, 1 de marzo de 2007.
8.  Jutta Burggraf, En torno a un nuevo modo de hablar, www.arvo.net
9.   Mary Ann Glendon, Las mujeres y la cultura de la vida, 24 de noviembre de 2011.
10. Monserrat Martín, Feministas o femeninas, www.mujernueva.com
11. Valores femeninos, valores de la sociedad, Mundo Cristiano, septiembre 2004.
12. Janne Haaland Matlary, L’Observatore Romano, 12 de febrero de 2005.
13. Janne Haaland Matlary, Maternidad y feminismo,  Lexicon, Consejo Pontificio para la Familia,  Ed. Palabra, 2004, p. 716.
14. Gloria Solé Romeo, La mujer, Aceprensa, servicio 135/98.
15. Natalia López Moratalla, No existe un cerebro unisex, Entrevista publicada en ALBA, octubre 2007.
16.  María Martínez López, Mujeres jóvenes, preparadas y en casa. Alfa y Omega.
17.  Karna Swanson, El trabajo de la mujer: algo más que freír tocino. www.mujernueva.org.
18. María Pía Chirinos, La excelencia en el hogar, www.zenit.org, 6 de febrero de 2007.
19. Nieves García, ¿Liberarse de la maternidad? No, gracias, Mujer Nueva, 2 de mayo de 2003.


Felipe Pou Ampuero

sábado, enero 05, 2008

31. Madres

Fecha: 1 de enero de 2008

TEMAS: Mujer, Madre, Matrimonio.

RESUMEN: 1. El humanismo cristiano recuerda que la persona humana —hombre y mujer— no son una construcción ideológica, fruto de una casualidad o de una situación histórica concreta. No son una idea y por eso no son una ideología. Son una realidad.


2. La naturaleza no es una casualidad, ni menos aún un juego caprichoso. La naturaleza femenina muestra una verdad sobre la mujer: dice que la mujer en su ser más profundo e íntimo lleva el germen de la maternidad y puede ser madre como ningún hombre puede serlo.


3. El hombre y la mujer se definen en su libertad. Pero se es más libre cuando se elige ser más uno mismo, en este caso, cuando se elige crecer como mujer. Y crecer como mujer es profundizar en su propia naturaleza, en la verdad que dice la naturaleza femenina. Se es más mujer cuando se es más femenina.


4. La madre, en la especie humana, no simplemente pare y protege unas crías. La madre concibe y educa seres humanos que por ser libres están capacitados para amar a otras personas. La fuerza de la maternidad va más allá de los actos corporales que hacen a una mujer madre físicamente.


5. La maternidad hace referencia a la paternidad puesto que ninguna mujer puede ser madre —naturalmente— sin el concurso de un hombre. Ser madre supone conocer un hombre. Ser mujer de esta manera es una manera de ser. Y como tal implica una elección en la vida. Ser madre es una elección comprometida.


6. Ser madre en último extremo significa ser fiel al compromiso aceptado, es sostener el matrimonio donde la maternidad tiene su explicación y del que crece la familia.

SUMARIO: 1. Madres.- 2. Casadas.- 3. Comprometidas.- 4. Una manera de ser.

1. Madres


Para algunas mujeres se ha implantado la ideología[1] de la maternidad intensiva. En esta ideología destacan tres principios fundamentales. Primero, la mujer debe invertir una enorme cantidad de tiempo, dinero y desgaste emocional en la crianza de los hijos, como si fueran su bien más preciado, por encima, incluso, de su propio marido. Segundo, se desprecia la aportación paterna en la educación de los hijos. A los hombres se les considera «enanos emocionales» con mentes unilaterales que sólo entienden lo relativo a ganarse el pan. Y tercero, los niños son seres casi celestiales, en absoluto humanos normales y exentos de cualquier malicia puesto que por nacimiento son inocentes, puros y, en definitiva, niños, es decir, y parece que, no humanos.


La misma sociedad que difunde la anterior ideología que insta a las madres a dar su vida con abnegación a los inocentes niños, al mismo tiempo, les impulsa a ser mujeres individualistas y ambiciosamente competitivas en su trabajo demostrando a todos, especialmente a los hombres, que la mujer es capaz de ser el trabajador más competente.


Frente a esta ideología feminista que exalta la figura de la mujer aislada de su naturaleza humana el humanismo cristiano recuerda, una y otra vez, que el matrimonio y la familia y, por ende, la persona humana hombre y mujer no son una construcción ideológica, fruto de una casualidad o de una situación histórica concreta. No son una idea y por eso no son una ideología. Son una realidad.


En el mundo que nos rodea hay muchas cosas opinables. Pero también es cierto que hay afirmaciones que son verdaderas y otras afirmaciones que son falsas. Y la realidad siempre es la realidad, nunca una opinión.


El que la mujer sea madre por naturaleza se ha entendido como una opinión opresora[2] propia de una concepción social basada en el patriarcado y el ejercicio del poder por el uso de la fuerza del hombre. La mujer habría nacido para ser madre porque el instinto de conservación de la especie le obligaba a seguir el ciclo de reproducción. Era una «animal» condenado a producir niños y a criarlos. Y esta condena biológica le privaba de su libertad natural. Así pues, la liberación de la mujer consistiría en liberarla de la maternidad y que fuera la propia mujer quien decidiera el destino de su propio cuerpo sin verse condicionada por la naturaleza.


La mujer liberada elige cuándo quiere ser madre. La nueva mujer ya no tiene una maternidad impuesta por la naturaleza, sino una maternidad elegida por ella misma. Sin embargo, esta liberación de la mujer padece del error inicial de considerar la naturaleza como una limitación del hombre y de la mujer. Se entiende que la mujer está limitada por ser naturalmente mujer. Se concibe la naturaleza de la persona como un conjunto de funciones sin ninguna finalidad última y de las que la voluntad individual puede disponer a su capricho.


Pero la naturaleza no es una casualidad, ni menos aún un juego caprichoso. La naturaleza femenina muestra una verdad sobre la mujer que no es ciertamente que está dominada por el hombre. En cambio, la naturaleza sí dice que la mujer en su ser más profundo e íntimo lleva el germen de la maternidad y puede ser madre como ningún hombre puede serlo.


En una encuesta de la agencia europea Eurostat de finales del año 2001 se revelaba que en Europa la edad media de las mujeres que tenían hijos se había elevado desde los 26 años a los 30 años y que, en general las europeas tenían un solo hijo —la fecundidad media es de 1,5 hijos por mujer y la tasa de sustitución de las generaciones es de 2,1—, pero el número de mujeres que elegían ser madres era igual o superior que en el año 1976.


A pesar de la teoría de la liberación femenina, la mujer sigue eligiendo libremente ser madre porque sabe o intuye que siendo madre experimenta una felicidad que no podrá conseguir con el éxito profesional.


El hombre y la mujer se definen en su libertad. Pero se es más libre cuando se elige ser más uno mismo, en este caso, cuado se elige crecer como mujer. Y crecer como mujer es profundizar en su propia naturaleza, en la verdad que dice la naturaleza femenina. Se es más mujer cuando se es más femenina.



2. Casadas


Ocurre además que algunas mujeres entienden que liberarse de la maternidad significa liberarse del matrimonio. Mujer liberada es la mujer no sometida al marido. Curiosa deducción. Equivale a pensar que el matrimonio esclaviza y que la libertad es la ausencia de compromiso.


Desde 1960 a 2000 la tasa de divorcio en Estados Unidos creció más del doble, pasando del 20% al 45% de todos los primeros matrimonios. Y desde 1960 a 2003 el porcentaje de hijos nacidos fuera del matrimonio creció del 5% al 35%, es decir, uno de cada tres niños nace dentro de alguna de las llamadas «otras realidades familiares»[3]. Bajo la actual legislación americana y también la española los tribunales ofrecen menor protección al contrato matrimonial que a un contrato mercantil ordinario.


La consecuencia directa de esta liberación femenina es que cada año se ven afectados, por ejemplo, en los Países Bajos, 35.000 niños por el divorcio de sus padres y que el miembro de la antigua pareja con los hijos a su cargo, casi siempre la mujer, inicia con frecuencia relaciones con terceros y se crean situaciones no supervisadas y que escapan al control legal con grave riesgo para la integridad física y moral de los niños. De esos niños a los que algunas mujeres dedican su vida por completo...


En contra de esta liberación feminista se alza la experiencia de todas las civilizaciones que han privilegiado siempre un entorno estable para las relaciones sexuales, reconociendo en ellas una profunda dimensión moral y unas consecuencias que trascienden con mucho la intimidad de la alcoba de dos adultos.


La madre, en la especie humana, no simplemente pare y protege unas crías. La madre concibe y educa seres humanos que por ser libres están capacitados para amar a otras personas. La fuerza de la maternidad va más allá de los actos corporales que hacen a una mujer madre físicamente. Ser madre es distinto de engendrar niños. Es formar personas de tal manera que ser madre implica ser esposa, estar comprometida en unión matrimonial alimentando un entorno y un ambiente favorable a la maduración de la personalidad de los hijos.


Un matrimonio siempre ha sido más que un contrato para vivir juntos y el derecho y el legislador deben reconocer que son sólo uno de entre los muchos factores que contribuyen a crear y sostener una cultura del matrimonio.


La mujer es madre por naturaleza. Pero la maternidad hace referencia a la paternidad puesto que ninguna mujer puede ser madre —naturalmente— sin el concurso de un hombre. Ser madre supone conocer un hombre. Este conocimiento del hombre puede ser esporádico y transitorio o estable y duradero. En la misma medida se verá afectada la maternidad que deriva de esa convivencia pasajera o estable.



3. Comprometidas


La mentalidad liberadora de la mujer entiende que ser libre es no tener compromisos. Ser libre es, entonces, poder siempre y en todo momento elegir entre distintas opciones. Pensar que la mujer es libre cuando elige es tanto como pensar que no puede comprometerse porque no existe un motivo lo suficientemente bueno para comprometerse y dejar de elegir.


Sin embargo, todos dejamos de elegir cuando nos enamoramos. Entonces ya no queremos más. Ya hemos elegido y nos es suficiente. No nos consideramos esclavos de nuestro amor. Más bien, nos encontramos felices por la buena elección que hemos realizado.


Además, elegir, elegir, siempre se está eligiendo en la vida. Y el mero hecho de elegir no es el fin de la vida de cada uno, sino que hacer elecciones es, más bien, el medio por el que cada uno realiza su propia vida. Cada día elijo levantarme a la hora o quedarme en la cama, ir a trabajar o no ir, trabajar bien y a conciencia o perder el tiempo fingiendo que trabajo. Y en cada elección afirmo mi vida de acuerdo con el compromiso que he asumido o no y salgo derrotado en cada envite. Pero elegir, elegir, todos elegimos, los comprometidos y los no comprometidos.


El mismo hecho de ser madre es una elección. Y el no querer ser madre es otra elección. Mantener el compromiso adquirido es otra elección, la de cada día, la de cada momento, es la elección por ser fiel en toda situación. Ser fiel a tantas cosas, pero, para empezar, ser fiel a la propia naturaleza de cada uno que nos dice que ser mujer es poder ser madre.



4. Una manera de ser


Ser mujer de esta manera es una manera de ser. Y como tal implica una elección en la vida, la de ser de una manera y la de no ser de las otras maneras que se oponen a la manera de ser madre. Ser madre es una elección comprometida.


Y en qué consiste realmente ser madre. Pues ser madre supone concebir la vida de una mujer como una vida arriesgada, porque tener hijos y educarlos es formar personas libres que pueden ser de una manera o de otra, como ellos quieran. Entraña su riesgo y su peligro. Se puede tener mucho miedo a ser madre y se puede superar el miedo con la misma cantidad de cariño.


Ser madre significa que la vida no se acaba en los actos físicos o corporales, como si ser madre fuera dar a luz. No. Dar a luz es empezar a ser madre y, además, es sólo una de las varias posibles maneras de ser madre. Porque ser madre no es algo corporal, ni físico, ni por contacto. Ser madre es algo humano, con una mezcla misteriosa, pero real, de corazón y cabeza, de amor y de fortaleza. Se es madre toda la vida y se es madre para siempre, de una manera que ni las leyes ni los parlamentos pueden quebrar o hacer olvidar.


Ser madre significa pensar en otro, en el hijo y en todos los hijos que puedan llegar sin haber avisado antes. Quererlos a todos y acogerlos a todos sin perder calidad maternal. Ser madre es demostrar que el cariño no se desgasta como el jabón en las manos, sino que se mantiene y se aumenta con la maternidad sobrevenida y por no esperada más querida.


Ser madre es crear familia donde se forman los hijos que serán hombres y mujeres cuando sean adultos. Niños que no son seres angelicales ni seres demenciales: son niños que necesitan de la presencia constante de su madre y de su padre para aprender a ser personas, es decir, para trascender de sus instintos y vivir en libertad.


Toda sociedad necesita una masa crítica de mujeres y de familias que puedan educar a la infancia y servir de modelo a otros adultos que se encuentran en la misma situación o en situaciones difíciles.


Ser madre en último extremo significa ser fiel al compromiso aceptado, es sostener el matrimonio donde la maternidad tiene su explicación y del que crece la familia. Lo fácil es tirar la toalla a la primera de cambio, pero lo fácil no es sinónimo de lo mejor. Los matrimonios fieles y comprometidos no han atravesado menos dificultades que los matrimonios rotos. Sencillamente han sabido superar las dificultades de sus crisis.


Ser madre es llevar al hombre y traer al hombre a la vida. Ser madre es dar vida, pero no una vida cualquiera, sino la vida comprometida con la naturaleza de la mujer. Ser madre no es equivalente a ser una mujer con hijos[4], es algo más o algo distinto. Es ser esposa de su marido y fiel a su amor.



Felipe Pou Ampuero


[1] Mercedes Taler, Las contradicciones culturales de la maternidad, Aceprensa, servicio 164/98, 25 de noviembre de 1998.
[2] Nieves García, ¿Liberarse de la maternidad? No, gracias, Mujer Nueva, 2 de mayo de 2003.
[3] Propuestas para revitalizar el matrimonio, Aceprensa, servicio 109/06, 18 de octubre de 2006.
[4] Janne Haaland Matlary, Maternidad y feminismo, Lexicon, Consejo Pontificio para la Familia, Ed. Palabra, 2004, p. 716.

domingo, diciembre 02, 2007

30. Trabajadoras

Fecha: 1 de diciembre de 2007.

TEMAS: Mujer, Trabajo, Conciliación.

RESUMEN: 1. El acceso de la mujer al mundo del trabajo y a los puestos de dirección de la sociedad se ha considerado como una de las grandes conquistas del feminismo del siglo pasado —del siglo XX, se entiende— y de la igualdad de los sexos. Realmente, si lo pensamos con un poco de detenimiento, bajo estas afirmaciones subyace la idea de que la mujer tiene mucho más que ofrecer a la sociedad como trabajadora que como madre, como ama de casa.

2. En muchos casos lo que ocurre es que la mujer no puede elegir con total libertad entre un empleo remunerado y dedicarse plenamente al trabajo en casa. Tantas mujeres quisieran dejar su trabajo fuera del hogar y no pueden hacerlo porque necesitan ese segundo o primer sueldo.

3. Las mujeres modernas, sin prejuicios laborales machistas consideran que dejar a sus hijos en manos de otros les hace más vulnerables a los malos hábitos y les pone en peligro de sufrir abusos físicos y morales. Se dan cuenta que su trabajo en casa no es tan reemplazable como ellas pensaban.

4. Porque debemos preguntarnos hacia dónde vamos, qué es lo que queremos: una economía más competitiva o una sociedad mejor. Y es necesario elegir de una vez. Todo a la vez no se puede, es necesario jerarquizar y dar prioridad a la persona. Nuestra sociedad no puede permitirse por más tiempo el organizarse solamente como un sistema de prestación de servicios económicos; todo lo contrario, la economía debe ordenarse dentro del marco general de la sociedad.

5. Hacer hogar y hacerlo excelente implica un esfuerzo común —hombre y mujer— de los esposos y luego de los hijos por crear un lugar con un clima de cariño y de ayuda mutua, con tradiciones propias y con personalidad familiar que son fruto también de unos trabajos y energías que trascienden lo cotidiano y la materialidad de las cosas y los muebles del hogar.


SUMARIO: 1. Panorama.- 2. Ama de casa.- 3. La excelencia laboral.

1. Panorama

El acceso de la mujer al mundo del trabajo y a los puestos de dirección de la sociedad se ha considerado como una de las grandes conquistas del feminismo del siglo pasado —del siglo XX, se entiende— y de la igualdad de los sexos. Realmente, si lo pensamos con un poco de detenimiento, bajo estas afirmaciones subyace la idea de que la mujer tiene mucho más que ofrecer a la sociedad como trabajadora que como madre, como ama de casa[1].

Catherine Hakim[2] distingue en un estudio que las mujeres centradas en su trabajo profesional vienen a representar el 20% del total, otro 20% estaría representado por las mujeres que trabajan por necesidad, pero preferirían quedarse en su casa y atender a sus hijos; y el numeroso grupo del 60% estaría representado por las mujeres que trata de buscar lo mejor del mundo familiar y del mundo laboral.

La primera observación que se puede hacer al observar estas cifras es que no es cierto el dogma inexorable de la incorporación de la mujer al mundo laboral. Sencillamente porque ella misma en un porcentaje del 20% no lo desea en ciertas etapas de su vida.

En otra encuesta encargada por el gobierno holandés en el año 2005 el 50% de los hombres y mujeres encuestados considera que la vida familiar sufre si la mujer trabaja —fuera de casa— a tiempo completo, mientras que en el año 1991 sólo un 25% de los encuestados pensaba así[3]. Se puede afirmar que los intentos del gobierno holandés de que el hombre y la mujer compartan por igual la responsabilidad del hogar y que aumente la participación de la mujer en el mundo laboral no consiguen los resultados pretendidos.

Ante esto se puede investigar qué es lo que se está haciendo mal o en qué se equivoca el gobierno holandés. También nos podemos preguntar: ¿no será que los ciudadanos de un país libre hacen lo que quieren en lugar de obedecer a las metas impuestas por los funcionarios? Porque estamos de acuerdo en que el hombre y la mujer son iguales. Tan iguales que la mujer no necesita que el hombre o la cultura de los hombres le diga cómo debe promocionarse. La mujer es mayor de edad, es persona adulta y sabe bien lo que quiere en cada momento de su vida.

Claro que si es necesario trabajaremos todos por sacar adelante una familia y tantas cosas importantes. Pero no trabajaremos por motivos de emancipación femenina. Porque la verdadera emancipación femenina es que la propia mujer elija su destino y se realice según sus propias convicciones sin que la etiqueten de «ama de casa».

En muchos casos lo que ocurre es que la mujer no puede elegir con total libertad entre un empleo remunerado y dedicarse plenamente al trabajo en casa. Tantas mujeres quisieran dejar su trabajo fuera del hogar y no pueden hacerlo porque necesitan ese segundo o primer sueldo.

En otra encuesta, esta vez con alemanes, no echan en falta plazas de guardería para sus hijos pequeños, sino dinero para atender a su familia como piensan que se merece. Cada día son más los padres que piensan que no es indiferente confiar la educación de sus hijos a extraños en guarderías infantiles, por muy técnicas e higiénicas que sean.


2. Ama de casa

Todavía se nos escapa en la conversación la inercia de considerar como no trabajadora la mujer que trabaja en su hogar dedicada todo el día y toda la noche a atender a su familia. La Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa (CEACCU) describe del siguiente modo la labor de un ama de casa: contable, gerente de compras, relaciones públicas y secretaria, cocinera, nutricionista, encargada de limpieza y mantenimiento, médica, puericultora, psicóloga y educadora[4]. Seguro que todavía nos dejaremos algo en el tintero...

El ama de casa aprende a hacer bien su trabajo sobre la marcha, no existen escuelas de postgrado para amas de casa. Sin embargo, la actividad que desempeña una mujer en su hogar y como elemento aglutinador de la familia la convierte en uno de los pilares básicos no ya de su propia familia, sin la cual sería un verdadero caos, sino, sobre todo, de nuestra sociedad.

Cuando se pregunta a las amas de casa sobre su grado de satisfacción con su profesión, el 60,20% se declara bastante o muy satisfecha, frente al 9,80% que se declaran bastante o muy insatisfechas con su trabajo de amas de casa.

Y es que la mujer tiene derecho a trabajar en el mundo laboral, pero también tiene derecho a ser madre, a educar a sus hijos, conducir una familia y al mismo tiempo sentirse compensada emocional y económicamente.

Las mujeres modernas, sin prejuicios laborales machistas, consideran que dejar a sus hijos en manos de otros les hace más vulnerables a los malos hábitos y les pone en peligro de sufrir abusos físicos y morales[5]. Se dan cuenta que su trabajo en casa no es tan reemplazable como ellas pensaban.

Porque es cierto y la experiencia demuestra que en los primeros años de un niño, por medio de la educación, la madre es transmisora de los conocimientos básicos para integrar el sentido de la vida. Y esto no es sumar ni restar, pero es seguro que es la clave de la felicidad de ese niño en el futuro.

Trabajar como ama de casa es un trabajo, al menos, como el que más. Sin embargo, muchos comienzan a percibir que no es solamente un trabajo, sino que es la más excelsa ocupación de una mujer.


3. La excelencia laboral

Porque debemos preguntarnos hacia dónde vamos, qué es lo que queremos: una economía más competitiva o una sociedad mejor. Y es necesario elegir de una vez. Todo a la vez no se puede, es necesario jerarquizar y dar prioridad a la persona. Nuestra sociedad no puede permitirse por más tiempo el organizarse solamente como un sistema de prestación de servicios económicos; todo lo contrario, la economía debe ordenarse dentro del marco general de la sociedad[6].

Todos los gobiernos reconocen que la familia es un factor básico en el desarrollo económico, pero con frecuencia la sociedad lo ignora. Los gobiernos deberían ayudar activamente a las familias creando condiciones para que se desarrollen y cumplan su papel de formar a la siguiente generación.

Para esto se precisa una nueva cultura y una nueva educación. Es preciso modificar el modelo de éxito que se nos ha presentado en el que no está incluido para la mujer el ser ama de casa.

Donde se ha perdido el sentido del hogar nos encontramos con más familias rotas, más desequilibrios psíquicos, más delincuencia juvenil, más adicción al alcohol o a la droga[7]. El verdadero problema de los niños de padres con trabajo a tiempo completo es que están experimentando un empobrecimiento que se cura con algo tan sencillo como que su madre les ponga en la lista de quehaceres diarios.

Que una mujer trabaje como ama de casa no significa que siempre tenga que estar dentro de su casa y que renuncie a cualquier contacto con la cultura y la sociedad como si se tratara de una reclusión. Para empezar, no hay que darlo todo por supuesto: hay que aprender a hacer hogar y a hacerlo bien.

Hacer hogar y hacerlo excelente implica un esfuerzo común —hombre y mujer— de los esposos y luego de los hijos por crear un lugar con un clima de cariño y de ayuda mutua, con tradiciones propias y con personalidad familiar que son fruto también de unos trabajos y energías que trascienden lo cotidiano y la materialidad de las cosas y los muebles del hogar.

Es necesario aprender a hacer hogar. Esta es una asignatura que no aprendimos en los cursos preparatorios del matrimonio y, sin embargo, es la base sobre la que se puede construir una familia completa, real, auténtica, que se distingue de una simple reunión de personas que conviven bajo el mismo techo y se sientan (a veces) a comer juntos.

Será un honor para la sociedad hacer posible a la madre —sin obstaculizar su libertad, sin discriminación sicológica o práctica, sin dejarle en inferioridad ante sus compañeras— dedicarse al cuidado y a la educación de los hijos, según las necesidades diferenciadas de la edad[8].


Felipe Pou Ampuero

[1] Carlota de Barcino, El empleo femenino, un tema controvertido, www.mujernueva.org
[2] Catherine Hakim es Investigadora del Departamento de Sociología en la London School of Economics. La autora es citada por Carlota de Barcino en su trabajo.
[3] Carmen Montón, Conciliar familia y trabajo son malabarismos, Aceprensa, 10/05, 2 de febrero de 2005.
[4] María Martínez López, Mujeres jóvenes, preparadas y en casa. Alfa y Omega.
[5] Karna Swanson, El trabajo de la mujer: algo más que freír tocino. www.mujernueva.org
[6] Santiago Mata, La clave es la flexibilidad en las empresas, Aceprensa, 10/05, 2 de febrero de 2005.
[7] María Pía Chirinos, La excelencia en el hogar, www.zenit.org, 6 de febrero de 2007.
[8] Juan Pablo II, Enc.Laborem exercens, Vaticano, 14 de septiembre de1981, n. 19.

domingo, noviembre 04, 2007

29. Género

Fecha: 1 de noviembre de 2007.

TEMAS: Mujer, Sexualidad, Género.

RESUMEN: 1. La ideología del género considera que la sexualidad humana no es una característica determinada por la naturaleza de cada persona, sino que es un elemento maleable cuyo significado es fundamentalmente una convención social.

2. Su más profunda motivación debe buscarse en la tentativa de la persona humana de liberarse de los condicionamientos naturales. Mientras que el sexo hace referencia a la naturaleza e implica dos posibilidades (varón y mujer), el término género viene del campo de la lingüística donde se aprecian tres variaciones: masculino, femenino y neutro.

3. Frente a la ideología del género se encuentra la antropología de la sexualidad humana. Dios ha creado al hombre como varón y mujer. Ambos sexos tienen igual dignidad y valor pero corresponde a cada uno aceptar su propia identidad sexual.

4. Existe una profunda unidad entre las dimensiones corporales, psíquicas y espirituales de la persona porque se trata de «una sola persona», no de varias a la vez. El hombre no puede ir contra su naturaleza sin hacerse profundamente desgraciado. Como la persona entera es hombre o mujer, la unidad del cuerpo y del alma se extiende a todos los rincones de la existencia humana. Así la sexualidad humana no se limita a la procreación, sino que es el medio de manifestar el amor humano, es su mayor expresión, como donación de toda la persona.

5. Muchas personas han vuelto a comprender que no pueden llegar a ser libres más allá de su propia naturaleza. Que el sexo lejos de ser un privilegio o una discriminación, supone la oportunidad para el propio desarrollo y realización personal.

SUMARIO: 1. La cuestión.- 2. Qué es el género.- 3. Qué es sexualidad.- 4. Qué es la persona.

1. La cuestión

La ideología de género o «gender» afirma que una persona de sexo masculino, es decir, un hombre, puede adoptar a su antojo un género femenino; y que una mujer puede adoptar a su antojo un género masculino sin mayores problemas, porque no se nace hombre o mujer.

La misma ideología afirma que la atracción heterosexual no es innata o natural, sino que es aprendida o cultural. Y que el instinto maternal de las mujeres no existe.


2. Qué es el género

La ideología del género considera que la sexualidad humana no es una característica determinada por la naturaleza de cada persona, sino que es un elemento maleable cuyo significado es fundamentalmente una convención social. De tal manera que el significado del sexo dependería de la elección autónoma de cada uno sobre cómo configurar su propia sexualidad.

La sexualidad no sería un determinante biológico, sino una construcción cultural de cada persona que «se siente hombre o mujer». Su más profunda motivación debe buscarse en la tentativa de la persona humana de liberarse de los condicionamientos naturales. Según esta concepción, la naturaleza humana no lleva en sí misma las características que se impondrían de manera absoluta en lo referente a la sexualidad: antes al contrario, toda persona podría o debería configurarse según sus propios deseos, ya que sería libre de toda predeterminación vinculada a su constitución esencial.

Esta ideología que se extiende desde los años sesenta[1] entiende que la masculinidad y la feminidad no están determinadas por el sexo, sino por la cultura. Mientras que el sexo hace referencia a la naturaleza e implica dos posibilidades (varón y mujer), el término género viene del campo de la lingüística donde se aprecian tres variaciones: masculino, femenino y neutro. Según esta ideología, las variaciones de sexo, aparte de las morfológicas, no vendrían dadas por la naturaleza, sino que serían meras construcciones culturales hechas según los roles y estereotipos que en cada sociedad se asignan a los sexos.

Para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo se tiende a suprimir las diferencias de sexos en lo corporal, y en las modas, mientras que se subraya el género que cada uno quiere asumir en lo cultural. Lo que de verdad importa, lo realmente trascendente, sería lo que uno de verdad se siente, hombre o mujer o ambos, por encima de lo que la anatomía de uno dice.

Así mientras que solo existen dos sexos ­—masculino y femenino—, se llega a decir que pueden existir hasta cinco géneros —heterosexual masculino, heterosexual femenino, homosexual, lesbiana y bisexual—. Todo se entiende que es natural y no existe ningún comportamiento sexual que pueda entenderse desviado siempre que sea libremente asumido por el individuo.

Cualquier actividad sexual resultaría justificable. La heterosexualidad, lejos de ser “obligatoria”, no es más que uno de los posibles casos de práctica sexual, ni siquiera sería preferible para la procreación que se podría conseguir por otros métodos «científicos» y, por supuesto, la familia también sería una construcción cultural que limita y agobia a la persona en lugar de liberarla.

En este contexto se pierde el nexo individuo-familia-sociedad y la persona queda reducida a un mero individuo. El amor de la madre no es algo natural, sino una simple sentimiento cultural que podría desaparecer o ser destruido con un cambio cultural.


3. Qué es sexualidad

Frente a la ideología del género se encuentra la antropología de la sexualidad humana. Dios ha creado al hombre como varón y mujer. Ambos sexos tienen igual dignidad y valor pero corresponde a cada uno aceptar su propia identidad sexual.

Existen sólo dos sexos y nacemos con un sexo porque los hombres no somos seres asexuados, sino que el sexo humano desempeña una función que por ser humana es algo más que una función corporal. No es lo mismo sexo que género. El sexo es un referente biológico-genético, mientras que el género es un referente funcional. Nacemos con un sexo, pero desempeñamos una función. Esta función puede cambiar con cada época y cada cultura, pero el sexo no cambia.

La homosexualidad es una realidad que se presenta en algunas personas, pero esto no significa que sean homosexuales. Realmente no existen personas homosexuales, todas las personas son heterosexuales pero algunas tienen una tendencia homosexual. Porque el ser humano por constitución es hombre o mujer.

El sexo humano interviene profundamente en todo el organismo de la persona. Cada célula de un cuerpo masculino es distinta de cada célula de un cuerpo femenino. La ciencia médica indica incluso diferencias estructurales y funcionales entre un cerebro masculino y otro femenino[2].

La igualdad de los sexos debe referirse más bien a la igualdad en los derechos y en las oportunidades, pero manteniendo siempre la complementariedad en las funciones. Maternidad y paternidad no son idénticas ni pueden intercambiarse. El padre no puede hacer de madre y la madre no puede hacer de padre. Cuando la diferenciación sexual es respetada se enriquece la persona humana y la sociedad. Cuando no se respeta la naturaleza sexual de cada persona se la empobrece de tal manera que la identidad y la dignidad humana desaparecen y se utiliza a las personas como objetos prestadores de servicios.

Existe una profunda unidad entre las dimensiones corporales, psíquicas y espirituales de la persona porque se trata de «una sola persona», no de varias a la vez. El hombre no puede ir contra su naturaleza sin hacerse profundamente desgraciado. La ruptura con la naturaleza no libera a la mujer ni al hombre, sino que les hace marchar por un camino que conduce a lo patológico.

Mientras que el cambio arbitrario del género da indicios de un cierto afán de autosuficiencia en el hombre, la sexualidad humana aceptada como tal significa una clara disposición hacia el otro. Manifiesta que la plenitud humana reside precisamente en la relación de ser-para-el-otro. Impulsa a salir de sí mismo y a buscar al otro y alegrarse en su presencia[3].


4. Qué es la persona

Porque el hombre y la mujer no tienen un sexo determinado, son su sexualidad, es decir, son corporales, son sexuados, porque la sexualidad es estructural en lo corpóreo, psíquico y espiritual, no es sólo una diferencia genital. Lo normal es que exista una armonía entre todos los niveles de la personalidad que quedan definidos por el sexo: el genético, el gonádico, el morfológico, el psicológico, el espiritual y el social.

Como la persona entera es hombre o mujer, la unidad del cuerpo y del alma se extiende a todos los rincones de la existencia humana. Se puede decir que en realidad no existen personas humanas ni individuos. Lo único que existen son hombres y mujeres, porque el sexo no es una variante de la persona, sino la manera de ser persona de cada uno. Yo no puedo ser persona más que siendo un hombre porque eso es lo que realmente soy. El sexo es personal y no cultural.

Y no se trata solamente de ser padre o madre, como si el sexo se agotara en la función reproductora. Se trata de la manera de ser como persona. Así la mujer tiene una actitud hacia la vida que se ha llamado el “genio femenino” porque se interesa por lo concreto, se compadece, siente más, se da cuenta de las cosas y necesidades ajenas. Y el hombre, por su parte, también tiene un “genio masculino” porque acepta los retos, es más arriesgado, se siente protector y responsable de los demás, asume tareas de gobierno y de organización.

Podemos comprobar que en la manera de ser de cada sexo se encuentra la imagen del Creador que los creó el uno para el otro en complemento para la donación mutua de la persona total. Así la sexualidad humana no se limita a la procreación, sino que es el medio de manifestar el amor humano, es su mayor expresión, como donación de toda la persona.

Muchas personas han vuelto a comprender que no pueden llegar a ser libres más allá de su propia naturaleza. Que el sexo lejos de ser un privilegio o una discriminación, supone la oportunidad para el propio desarrollo y realización personal. Siendo más hombre o mujer de lo que uno realmente es se consigue ser mejor de lo que actualmente uno es.

Porque la naturaleza no es una limitación para el hombre. Natural es lo que le viene dado al hombre, aquello con lo que nace y determina su forma de ser. Cultural, por el contrario, es lo aprendido, lo adquirido con la experiencia personal. Cultura viene de cultivar.

Pero la cultura debe evolucionar desde la naturaleza, de lo contrario sería antinatural. Esto implica que la cultura debe aceptar los condicionantes naturales. La libertad humana no es absoluta, somos como somos: altos, bajos, guapos, feos; y, al contrario, no podemos ser como desde luego no somos: por mucho que me empeñe en ser un pez nunca podré serlo, soy un hombre.

La naturaleza nos enseña que el hombre es diferente de la mujer: y viceversa. Para un ilustrado el término diferente es sinónimo a desigual y esto, a su vez, es sinónimo de peor. De manera que entienden que la mujer, por el hecho de ser diferente es peor que el hombre.

Sin embargo, aceptar las diferencias de la mujer —y las del hombre— supone que existe algo en la mujer que le es propio e insustituible, que no existe en el hombre, y sin lo cual el mundo y la vida sería absolutamente distinta, en este caso, distinta y peor.

Para un cristiano el término diferente es sinónimo de Creación. Nada hay igual en la Creación del mundo. Ni dos pájaros, ni dos piedras, ni dos margaritas, ni mucho menos, dos mujeres o dos hombres. La diferencia es el sello divino de la Creación y en cada diferencia se muestra el amor específico del Creador por cada criatura.

La aceptación de la naturaleza humana como algo que nos viene dado, con lo que nacemos, supone el aceptar que existe un Ser superior que nos ha dado esa naturaleza desde el amor y para amarnos y se puede entender que aceptar la Creación en nosotros mismos es el mayor bien que nos podemos hacer y es la única manera de realizarnos plenamente.



Felipe Pou Ampuero

[1] Jutta Burggraf, En torno a un nuevo modo de hablar, www.arvo.net
[2] Natalia López Moratalla, No existe un cerebro unisex, Entrevista publicada en ALBA, octubre 2007.
[3] Jutta Burggraf, loc. Cit.

viernes, octubre 05, 2007

28. Mujer

Fecha: 1 de octubre de 2007.
TEMAS: Mujer, Feminismo.

RESUMEN: 1. El que la mujer proceda de la costilla del hombre significa que es de la misma naturaleza que el hombre, es decir, humana y no animal. Es igual al hombre porque tiene la misma dignidad humana que para un cristiano significa que también la mujer es imagen de Dios.

2. La cuestión de la relación entre los sexos debe ser tratada con una nueva perspectiva, abierta y positiva, que se base en admitir que la diferenciación sexual no es una cuestión de enfrentamiento de clases o de lucha por el poder, sino que se trata de una cuestión de colaboración, de ayuda y de complemento recíproco.

3. Es evidente que existen diferencias entre el hombre y la mujer. Y también debería ser evidente —aunque no lo es— que tales diferencias no deberían implicar establecer una relación de superior-inferior, sino de igual-diferente. La mujer es distinta del hombre porque tiene otra forma de ver las cosas, otro enfoque de la vida, otro relieve de la realidad. Y lo mejor de todo, es que esta manera femenina de ser es necesaria y buena para el hombre.

4. El problema no es solo jurídico, económico u organizativo, sino ante todo de mentalidad, cultura y respeto. Se necesita una justa valoración del trabajo desarrollado por la mujer en la familia. La mujer es la que forma a los hombres en el hogar familiar y eso mismo ha de ser para la sociedad en la construcción del mundo. La mujer es la que debe recordarnos que sería monstruoso un mundo que desdeñara el alma humana, que no tuviera capacidad para fijarse en cada una de las personas que lo componen, en todos y cada uno de los detalles que hacen la vida más humana.


SUMARIO: 1. La costilla.- 2. La diferencia.- 3. La igualdad.

1. La costilla

El relato bíblico sobre la creación de la mujer se refiere a una costilla del hombre de la cual Dios formó una mujer y se la presentó al hombre[1] y sobre este relato se extiende la creencia de que la mujer procede del hombre y, por tanto, es inferior al hombre. Este es un planteamiento bastante simple y no conforme con la realidad. El que la mujer proceda de la costilla del hombre significa que es de la misma naturaleza que el hombre, es decir, humana y no animal. Aplicando el genérico podríamos decir que la mujer es tan hombre como el varón.

Es verdad que es posterior en el tiempo. Pero esto no significa que sea de peor calidad. En la misma creación se procede desde lo más inferior hasta lo más excelso que es el hombre y después del hombre, se crea la mujer, todavía más excelsa que el hombre. La mujer es igual al hombre porque es de su misma carne y de su mismo espíritu. Es igual al hombre porque tiene la misma dignidad humana que para un cristiano significa que también la mujer es imagen de Dios.

Del mismo relato de la creación se puede leer que al estar el hombre solo el Creador manifiesta que la creación del ser humano no está concluida. Es necesario crear a la mujer del mismo barro e infundirla el mismo aliento para que la creación del hombre (varón y mujer) quede terminada. Al universo le faltaba algo hasta que se creó a la mujer y entonces se terminó la creación.

Sin embargo, siendo el hombre y la mujer iguales son diferentes. Su igualdad se expresa de maneras diferentes. Son iguales porque son humanos, son seres dignos, únicos e irrepetibles, pero son diferentes en el cuerpo y más allá de la biología son diferentes también en todos los aspectos de la humanidad que hacen el ser mujer de una manera distinta al ser hombre.

La mujer es distinta del hombre porque no es otro hombre, ni tampoco es un hombre más. Es una mujer y en esto se diferencia esencialmente del hombre, y viceversa. Y el plan de Dios es que la mujer sea mujer y el hombre sea hombre, por eso los creó de esta manera y no terminó la creación hasta hacerlo.

Podríamos pensar que, en realidad, no existen dos hombres iguales. Aun los hermanos gemelos son distintos en su existencia y por su propia experiencia vital diferenciada hace que, al margen de la identidad corporal, son en realidad dos personas distintas que piensan, sienten y quieren de distinta manera. Pero aun así, todos los varones tienen un común denominador: el ser masculinos. La mujer, respecto del varón, tiene una diferencia esencial: el ser femenina. Y esta diferencia impregna toda su vida y su manera de ser de una forma que solo puede darse en una mujer y no en un hombre.

La mujer es igual al hombre, o semejante si se prefiere, pero no es idéntica. Y sería un gran error el que la mujer aspire a ser un hombre, y viceversa. También sería un gran error que hombres y mujeres no quisieran ser lo que son, es decir, iguales y, a la vez, diferentes.

La cuestión de la relación entre los sexos debe ser tratada con una nueva perspectiva, abierta y positiva, que se base en admitir que la diferenciación sexual no es una cuestión de enfrentamiento de clases o de lucha por el poder, sino que se trata de una cuestión de colaboración, de ayuda y de complemento recíproco[2].

La creación de la mujer no fue para dar una «sirvienta» al hombre, sino para darle una «ayuda», luego la cuestión de la diferencia sexual no se debe plantear en términos de antagonismo o de oposición de uno contra el otro, sino más bien de colaboración o de ayuda, de complemento, para entender que la existencia del hombre resulta incompleta e inacabada sin la presencia de la mujer.

La creación de la mujer aporta a la existencia humana la «feminidad»[3] que es más que un simple atributo: es la capacidad fundamentalmente humana de vivir para el otro y gracias al otro. Esto el hombre no lo tiene ni lo puede dar como lo hace una mujer.

La capacidad de dar vida, sea puesta en acto o no, estructura la personalidad femenina, hace pronta la madurez y provoca un mayor respeto por lo concreto que se opone a las abstracciones teóricas, a menudo, letales para la existencia de los individuos y de la sociedad. La naturaleza femenina no pretende salvar a la humanidad (así con letras de molde y grandes), sino que pretende —y lo consigue— dar vida a su hijo, a su familia, a su esposo. Esto nos debe hacer reflexionar.


2. La diferencia

La mujer tiene el mismo respeto y las mismas oportunidades que el hombre porque tiene la misma dignidad humana del hombre. Pero de ahí a pretender que la mujer sea otro hombre hay mucha distancia. La diferencia de los sexos va más allá de lo biológico porque se extiende a los niveles psicológicos y ontológicos. Desde esta posición la antropología católica evita el error del reduccionismo biológico que reduce a las mujeres a simples «criadoras de niños» y también evita el error del factor social que reduce las diferencias sexuales a una mera construcción cultural, como si la naturaleza no tuviera nada que ver con ella[4].

Es evidente que existen diferencias entre el hombre y la mujer. Y también debería ser evidente —aunque no lo es— que tales diferencias no deberían implicar establecer una relación de superior-inferior, sino de igual-diferente.

La mujer es subjetiva, no por falta de objetividad, sino porque se dirige al sujeto, a la persona concreta. El hombre se caracteriza por tener una conciencia más objetiva y fría de las circunstancias y de las cosas.

En la mujer, los sentimientos y las emociones tienden a involucrar más los aspectos de su propia vida; pero en determinadas situaciones pueden dejarlos a un lado para concentrarse en lo que realmente importa. Está demostrado que la mujer es mucho más hábil que el hombre para conducir con un grupo de niños activos y movidos dentro del coche, por ejemplo.

La mujer puede ser madre y el hombre puede ser padre y no al contrario. Nunca será lo mismo. La unión, la comunicación entre la madre y el bebé desde antes del nacimiento, sentir que va creciendo, que se mueve, que está vivo, que se alimenta de su madre es una fuente de felicidad que el hombre no puede experimentar ni sentir.

El hombre y la mujer son iguales, pero son distintos y conviene educar el sentimiento y los afectos de cada uno de la manera que son. Conviene educar el «alma femenina», así como el mundo de los valores y, a la vez, enseñar a la mujer materias de letras y de ciencias para formar bien su cabeza y su corazón y, por supuesto, la religión que ha de ser el centro de toda educación verdadera[5].

La mujer es distinta del hombre porque tiene otra forma de ver las cosas, otro enfoque de la vida, otro relieve de la realidad. Y lo mejor de todo, es que esta manera femenina de ser es necesaria y buena para el hombre.


3. La igualdad

Si la mujer y el hombre son iguales y son diferentes, quizás la cuestión radique en cómo deben ser iguales el hombre y la mujer. Porque si pretendemos que la mujer sea igual al hombre en todo ¿no estaremos elevando al varón a la categoría de modelo a seguir y, por tanto, considerándolo superior a la mujer?

La igualdad de la mujer no consiste tanto en que se libere a la mujer de los roles que tradicionalmente ha desempeñado, sino que consiste más bien en luchar para que esos roles sean reconocidos y tengan la misma dignidad y valor que otros roles que tradicionalmente se han atribuido a los varones. Como si el tiempo dedicado a la familia fuera un tiempo robado al desarrollo y la madurez de la personalidad. No existe una razón por la cual sea más importante diseñar un maravilloso satélite artificial que «mecer la cuna» donde duerme tranquilo sabiéndose cuidado por su madre, el hombre que en el futuro diseñará ese satélite[6].

El problema no es solo jurídico, económico u organizativo, sino ante todo de mentalidad, cultura y respeto. Se necesita una justa valoración del trabajo desarrollado por la mujer en la familia. Porque de lo contrario estamos pidiendo a la mujer que se comporte como lo que no es. Y cuando uno se comporta como no es, además de hacerlo mal, pretende hacer un imposible. ¿Acaso ser mujer no es tan bueno como ser hombre?

Porque para que la mujer sea igual al hombre debe ser auténticamente mujer. Y esta es la responsabilidad y el reto de la mujer actual: ser ante la familia, la sociedad y ante ella misma una verdadera mujer.

A estas alturas creo que queda claro que ser mujer no consiste en quedarse en casa, hacer la comida y pintarse las uñas. De la misma manera que ser hombre no consiste en irse al despacho y estar en el bar con los amigos. Esos estereotipos, además de manidos y antiguos, no responden a la naturaleza humana ni a la realidad.

Ser mujer consiste en ser persona de una determinada manera. Cualquiera que sea la vocación a la que la mujer responda debe recordar que lleva en su manera de ser mujer el don maravilloso de dar la vida, de llevar y engendrar lo humano. En la Carta a las mujeres, Juan Pablo II señala que la aportación de la mujer resulta indispensable para la «elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento», así como para la «edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad».

La mujer es la que forma a los hombres en el hogar familiar y eso mismo ha de ser para la sociedad en la construcción del mundo. La mujer es la que debe recordarnos que sería monstruoso un mundo que desdeñara el alma humana, que no tuviera capacidad para fijarse en cada una de las personas que lo componen, en todos y cada uno de los detalles que hacen la vida más humana.

La mujer debe ser femenina y mujer en todo el sentido de la palabra: una mujer de carácter, íntegra, cuyos principios de vida sean firmes y justos, cuya voluntad no se arredre ante las dificultades. Ser siempre mujer y valorar el serlo, para recordar al mundo que no sería posible una existencia humana sin la presencia de la mujer[7].



Felipe Pou Ampuero
[1] Génesis, 2, 21
[2] Mons. Javier Echevarría, El mundo necesita del genio femenino, Diario ABC, 8 de marzo de 2006.
[3] Valores femeninos, valores de la sociedad, Mundo Cristiano, septiembre 2004.
[4] Janne Haaland Matlary, L’Observatore Romano, 12 de febrero de 2005.
[5] Gloria Solé Romeo, La mujer, Aceprensa, servicio 135/98
[6] Monserrat Martín, Feministas o femeninas, Mujer Nueva.
[7] Rosario G. Prieto, Mujer: ¿quién eres?, www.encuentra.com