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viernes, mayo 12, 2023

112. Posverdad

 

La cultura actual prescinde de la razón y vive de las emociones.

* * * * *

La cultura actual entiende que las cosas son lo que a cada uno le parecen. Esto significa que no reconoce una realidad propia de las cosas: las cosas no son lo que ellas mismas son. Y esto supone que se ha renunciado a la realidad objetiva de las cosas.

Al negar la existencia real de las cosas, lo único que se acepta es el valor de la propia experiencia personal: el “yo creo”, “yo pienso”. Por tanto, deja de existir el bien y el mal como realidades objetivas, independientes de las opiniones personales y se sustituyen por los “me parece bien” o “me parece mal”. Es la cultura actual de la “posverdad”.

El relativismo niega la existencia de cualquier verdad, todo es relativo y depende de las circunstancias. Salvo una cosa: el relativismo, que es una afirmación tan verdadera y tan absoluta que nadie puede cuestionar. Hasta tal punto, que el que se atreva a afirmar que el relativismo es cuestionable será condenado como hereje por atreverse a dudar de la verdad del relativismo. Es la dictadura del relativismo que resulta ser la verdadera amenaza para la verdad en el siglo XXI, en lugar de la religión, como muchos postulan.

El nihilismo postula que no hay nada que valga del todo y para siempre, no hay nada de valor en esta vida y nada hay después de esta vida: todo es nada. La vida se convierte en sólo una experiencia para adquirir sensaciones pasajeras que dan paso a otras sensaciones que les suceden, donde nada es definitivo.

Por tanto, no existe ninguna referencia absoluta y, en consecuencia, todo está permitido con tal que se pueda realizar. Y, en última instancia, se podrá realizar si se impone por el uso de la fuerza.

Cuando no existe una razón válida para hacer algo, la única apelación posible es el propio sentimiento, o las emociones. Ya no haré algo porque esté bien, sino porque “me parece” bien. No porque deba hacerlo por algún motivo, sino porque “siento” la necesidad de hacerlo.

Sin embargo, no se trata de ignorar los propios sentimientos, porque eso sería inhumano. Pero tampoco se trata de ignorar la razón, porque eso también sería inhumano. Se trata de aprender a armonizar la razón y los sentimientos. Y, claro, al hablar de la razón tenemos que aceptar que las cosas son razonables o no razonables, no como a cada uno le parecen. Existe una razón objetiva que se dirige hacia la realidad de las cosas y de las personas.

La consecuencia de esta deriva cultural es que el hombre actual no sabe cuál es el sentido de su vida: ¿para qué vivo? ¿por qué tengo que hacer el bien y evitar el mal? ¿qué hago en este mundo?

Si el hombre se hubiera hecho a sí mismo podría saber el sentido de su vida, sabría para qué existe. Pero no es así porque el hombre no se ha creado a sí mismo. Sólo el origen del hombre puede explicar el sentido de la vida del hombre.

La posverdad nos enseña que cuando se renuncia a la verdad su vacío lo ocupa la violencia en estado puro. ■

 

Bibliografía

1.   JUAN PABLO II, Enc. Fe y Razón, nn. 46, 81, 90, 91.

2. ORIENTACIONES MORALES ANTE LA SITUACIÓN ACTUAL DE ESPAÑA.- Instrucción Pastoral de la LXXXVIII Asamblea Plenaria de la CEE. Madrid, 23 de noviembre de 2006.

3. FERNANDO RODRÍGUEZ-BORLADO. Causas de una juventud anémica, Aceprensa, 27 enero 2022.

4. GREGORIO LURI,  Precariedad y alarmismo: “Una familia estable es un chollo psicológico”,  Aceprensa, 21 enero 2022.

sábado, enero 07, 2023

108. Libres

 

 "Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente"

 

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Todos entendemos por libertad la posibilidad de elegir entre unas cosas u otras, es la libertad de elección o “libertad pro choice”. Es algo así como coger un tren. Cuando llegas a la estación central de Madrid puedes subirte a cualquier tren. Solo que un tren te lleva a Barcelona y otro a Huelva, por ejemplo.

Entonces, la libertad no solo sirve para elegir a qué tren me subo, sino que también sirve para cumplir un proyecto, es la libertad de determinar mi destino, es la “libertad para”. Porque no se trata de subirme a cualquier tren, es decir, al tren que más me guste –por ejemplo, el tren bala– sino que se trata de subirme al tren que me lleva a la ciudad donde quiero ir. Soy libre para elegir cualquier tren, pero elegiré el tren que me lleve a mi destino.

Pero para poder elegir el tren que me interesa, antes tengo que estar informado del destino de los trenes. Tendré que ir hasta los paneles generales de la estación e informarme de los destinos y andenes de cada tren para poder elegir el tren correcto. Es la libertad de conocimiento que me permite elegir con toda la información suficiente para acertar en la elección: es la “libertad de”.

Hace tiempo un presidente del gobierno de España se atrevió a proclamar que la libertad nos hace verdaderos porque entendía que la realización de cada persona consiste en ser lo más libre posible, sin ninguna limitación. Es cierto que alcanzando nuestro pleno desarrollo nos realizamos plenamente. Pero no es cierto que esto suceda de cualquier manera, sino que antes debemos saber qué es lo que queremos ser y hacer con nuestra vida. En efecto, "Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente" (san Juan Pablo II, Enc. Fe y Razón, n. 90). No es cierto que la libertad nos haga verdaderos, sino que es la verdad la que nos hace libres (cfr. Juan 8, 31-42).

La libertad que tengo para subirme a cualquier tren no me aprovecha si antes no tengo la información suficiente para poder elegir cuál es el tren que me lleva a mi destino. Ahora comprendo que la libertad sin la verdad no es más que una quimera.

Sin conocimiento no sabremos elegir nuestro destino, ni adónde queremos llegar ni qué debemos hacer. Resulta imprescindible la formación personal de cada uno, como me resulta imprescindible informarme sobre dónde se encuentra estacionado mi tren para no acabar perdido en cualquier esquina de España. ■

 

 

BIBLIOGRAFÍA

1.      San Juan Pablo II, Encíclica Fides et Ratio, n. 90.

2. YEPES STORK, Ricardo, El sentido de la libertad. www.arguments.blogspot.com

3.      TERMES, Rafael, Libertad y verdad, ABC, 18 de septiembre de 1995.

4. SPAEMANN, Robert, Dios, la libertad, la realidad. www.fluvium.org/textos/etica

5.  LLANO CIFUENTES, Alejandro, La vida lograda, Ediciones Ariel, Barcelona. 2002.

6.      MARIANO FAZIO, conferencia en la Universidad de La Sabana, 25 de febrero de 2022.

domingo, abril 22, 2018

104. Comunicar la verdad


RESUMEN: Lo importante es ir a lo esencial: el gran amor de Dios hacia nosotros.

Quien pretende comunicar la verdad afirma que existe. A veces, se confunde la verdad con la propia opinión. Pero la verdad no nos pertenece. Más bien, nosotros pertenecemos a la verdad si somos veraces.
La verdad no es un objeto que se posee y se trasmite. La verdad no es algo, sino Alguien: Jesús. Así lo dijo de Sí mismo.
El problema es que podemos esconder la verdad entre una maraña de preceptos, de costumbres, de ritos y otras cosas que en lugar de mostrar el rostro de Jesús lo ocultan.
Lo importante es ir a lo esencial: el gran amor de Dios hacia nosotros, la vida apasionante de Cristo, la actuación misteriosa del Espíritu Santo en nuestra mente y en nuestro corazón...
Es necesario darse cuenta y saber transmitir que un cristiano no es una persona “piadosa”, un escrupuloso cumplidor de preceptos, sino una persona feliz que ha encontrado el sentido de su vida. Precisamente por esto es capaz de transmitir a los otros el amor a la vida, que es tan contagioso como la angustia.
Si queremos hablar sobre la fe, es preciso tener en cuenta el ambiente actual. Tenemos que conocer el corazón del hombre de hoy —con sus dudas y perplejidades—, que es nuestro propio corazón, con sus dudas y perplejidades. El hombre actual es más sensible y tiene una preocupación social mayor debido a la gran cantidad de información que recibe.
Lo necesario es no ocultar la verdad. Brilla por sí misma. La verdad no necesita imponerse: convence. Tampoco cambia con los tiempos ni con las culturas. No tiene acepción de personas. Siempre será la verdad, la proclame quien la proclame.
Si fuéramos capaces de mostrar el verdadero rostro de Jesús bastaría. ¿Y cómo se consigue? Ser verdaderos, he aquí la cuestión. Para conseguirlo hay que empezar por ser mejores, es decir, adquirir virtudes: humanas y sobrenaturales, quizás por ese orden pues la naturaleza lleva a la gracia. Leales, justos, considerados, fieles, sociales, alegres, piadosos, esperanzados, etc. Y, sobre todo, humanos, muy humanos e iguales, muy iguales a nuestros iguales, los demás hombres.

martes, junio 07, 2016

96. Moral de situación

Temas: Moral, verdad, persona.

Resumen: El obrar humano no puede ser valorado como moralmente bueno simplemente porque la intención del sujeto sea buena o porque tiene la voluntad general de no pecar o de amar a Dios.

La llamada moral de situación sostiene que “la bondad o malicia de la acción humana no viene dada por una ley universal e inmutable, sino que se determina por la situación en que el individuo se halle”. Del estado anímico o circunstancial se quiere hacer depender la moralidad de la acción.
La cultura actual exalta la libertad y la conciencia individual hasta tal extremo que, según las circunstancias y el lugar, se llega a dudar de la obligatoriedad de los Mandamientos como expresión de la ley moral universal.
Esta exaltación de la libertad individual llegaría a considerar la propia conciencia como ley moral de cada hombre fundada en su propia voluntad: «yo pienso…, a mí me parece…, yo creo que…».  De tal manera que el Magisterio de la Iglesia no tendría autoridad para intervenir en materia moral dictando instrucciones vinculantes por cuanto tal actuación supondría una violación de la libertad individual que convertiría al hombre en un «esclavo» de la ley moral y le privaría de su «bien más preciado» que es su libertad.
Estas corrientes de pensamiento moderno olvidan que la libertad del hombre tiene como premisa esencial la felicidad del hombre. Porque cuando la libertad se aparta de la verdad el hombre queda encadenado al error y pierde la felicidad.
La Ley moral, los Mandamientos, no son una limitación de la vida del hombre o la negación de su libertad. Con el «no cometerás…» no se priva al hombre de su libertad, no se ahoga su existencia, sino que, al contrario, la Ley moral señala al hombre el camino de la verdadera felicidad y le enseña los principios de su correcto vivir. Así pues, los Mandamientos no limitan al hombre, sino que le enseñan a ser mejor hombre y solamente marcan el mínimo indispensable para una vida correcta permitiendo que el hombre aspire a ser mejor.
La ley moral es ley universal para todos los hombres y para todas las épocas de los hombres porque no es una ley coyuntural o histórica de un tiempo concreto, sino que es la ley que rige la bondad de los actos del hombre en cuanto tal hombre como existe desde siempre.
La conciencia personal debe aplicar la ley moral universal a cada acto del hombre. Es posible que en un caso concreto el hombre se equivoque y, si existiera ignorancia invencible, el acto —malo en sí mismo— no sería imputable al hombre, pero tal acto aunque no imputable seguiría siendo un acto malo. En ningún caso la conciencia puede definir o cambiar la ley moral y convertir en acto bueno lo que es un acto malo.
El obrar humano no puede ser valorado como moralmente bueno simplemente porque la intención del sujeto sea buena o porque tiene la voluntad general de no pecar o de amar a Dios. No es suficiente la buena intención para calificar de bueno a un acto, sencillamente porque la buena intención no es independiente de la ley moral. Es decir, la buena intención será buena porque se ajusta a la ley moral,  no porque haya un deseo general de ser bueno.
La libertad del hombre no consiste en una libertad «respecto de» la verdad, sino que siempre es una libertad «en» la verdad puesto que solo Dios tiene el poder de decidir lo que está bien y lo que está mal. La verdad no se elige puesto que no existen varias verdades equivalentes; la verdad se acepta.
Cualquier acto humano es malo o contrario a la ley moral cuando es contrario a alguno de los preceptos de la ley moral: los «Mandamientos de la ley de Dios», aunque la intención del sujeto fuera buena e incluso aunque el sujeto no pretenda ofender a Dios, puesto que la ofensa de la ley moral ya es ofensa de Dios que es su legislador.

La verdad sobre el hombre no es una simple opinión personal de cada hombre sobre sí mismo y sus circunstancias. La verdad sobre el hombre es la visión divina del hombre que se expresa en la ley moral universal y se concreta en los Mandamientos.  La propuesta de esta ley moral en toda su integridad y sin alterar ni ocultar su contenido comporta una exigencia derivada de la propia dignidad de cada hombre que no se debe rehusar.

jueves, noviembre 01, 2012

72. Occidente


TEMAS: Europa, Razón, Verdad, Fe.
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RESUMEN: 1.Europa y la cultura occidental no es propiamente un territorio físico. Europa, ciertamente, es una manera de entender la vida.
            2. Occidente es el resultado de tres factores fundamentales: la fe cristiana en un Dios que es Amor; la sabiduría griega que no ha renunciado a buscar la verdad; y el derecho romano que se niega a convertirse en un instrumento del poder y se afana en buscar la justicia.
            3. Los europeos en la actualidad adoramos a ídolos pequeños que nos hemos fabricado a nuestra medida y comodidad; no admitimos una ciencia que busque la verdad y se atreva a trascender el propio conocimiento humano aceptando el misterio; y hemos instrumentalizado el derecho al servicio del poder y de los gobernantes.


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En el mes de abril del año 2005, poco antes de que tuviera lugar el acontecimiento que cambiaría toda su vida, el cardenal Joseph Ratzinger se preguntaba durante su conferencia pronunciada en Subiaco qué es Europa. ¿Es un territorio, es un lugar, tiene fronteras delimitadas…? Porque realmente Europa y la cultura occidental que disfrutamos los europeos no es propiamente un territorio físico. Europa, ciertamente, es una manera de entender la vida.
El occidente reconocido para todos en la cultura europea es el resultado de la conjunción de tres factores fundamentales. En primer lugar, es la fe cristiana que cree en un Dios que se manifiesta como Dios verdadero, único y creador. Un Dios que no ha abandonado al mundo y al hombre sino que vive cercano a él como un padre que cuida de sus hijos. No es un dios lejano y olvidadizo, tampoco un dios vengativo y luchador, sino que es un Dios que ama, que ama tanto que en su hijo Jesucristo se he hecho uno de los hombres para liberarnos de todas las limitaciones y defectos. Un Dios que es Amor.
En segundo lugar, occidente es la sabiduría griega que no ha renunciado a buscar la verdad, que la sigue buscando en la filosofía y en las artes abiertas a la trascendencia del ser y que, por buscar la verdad del hombre, no se conforma con pequeñas certezas científicas que tranquilizan los sentidos pero no acaban de explicar el sentido de la vida. La búsqueda de la verdad implica la humildad de quien reconoce que es un ser pequeño ante las realidades que le rodean y que pretende dominar pero que, en cualquier caso, siempre le exceden y sobrepasan.
Y en tercer lugar,  es la conjunción del Derecho romano que se niega a convertirse en un instrumento del poder y se afana en buscar la justicia en las relaciones entre los ciudadanos para cumplir el primer precepto de la justicia: dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde. Por tanto, dar al hombre, a cada hombre lo que su dignidad exige y en las relaciones patrimoniales no doblegarse al poderoso.
Sobre estos tres principios se ha construido la cultura occidental y se entiende la vida y el hombre a la manera que lo entienden los occidentales. Es lo que se ha dado en llamar las raíces cristianas de Europa. Las raíces que han hecho posible el desarrollo de los pueblos, el cultivo del bien común, la extensión del saber y de las ciencias, el progreso científico y económico, porque no se ha conformado con seguridades parciales, sino que siempre ha querido ir más allá.
Hoy día, los europeos hemos olvidado esas raíces que nos definen y hemos sucumbido en las sombras de los tres principios antes enunciados. Adoramos a ídolos pequeños que nos hemos fabricado a nuestra medida y comodidad, renunciando a las leyes naturales dictadas por el Dios verdadero. Tampoco admitimos una ciencia que busque la verdad y se atreva a trascender el propio conocimiento humano aceptando el misterio y lo desconocido como la última causa de lo que somos. Y, por fin, hemos instrumentalizado el derecho al servicio del poder y de los gobernantes pretendiendo definir la justicia por los pequeños parlamentos que se exceden en sus atribuciones de origen.
Europa no es la causa de la civilización occidental. Más bien, es la consecuencia del respeto de la religión, la ciencia y el derecho rectamente entendidos. Europa no es una sorpresa, ni un resultado del azar o del capricho del destino. Tiene unas causas que nos urge recuperar.
Todavía hoy, al cabo de treinta años, resuenan en nuestros oídos las palabras del beato Juan Pablo II en el aeropuerto de Lavacolla cuando despertó a la vieja Europa con palabras sencillas y profundas. "Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes". ■


Felipe Pou Ampuero

Bibliografía
1.      Card. Joseph Ratzinger, Europa en la crisis de las culturas, conferencia pronunciada en Subiaco el 1 de abril de 2005, en el monasterio de Santa Escolástica, al recibir el premio «San Benito por la promoción de la vida y de la familia en Europa». El 19 de abril fue elegido Papa.
2.      Benedicto XVI, Discurso ante el Bundestag, el 22 de septiembre de 2011, ante los miembros del Parlamento Federal Alemán y las autoridades máximas del Estado, en el Aula del Bundestag en su viaje apostolico a Alemania.

sábado, junio 16, 2012

71. Certeza o verdad



TEMAS: Verdad, Razón, Fe.
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RESUMEN: 1. El corazón del hombre alberga un deseo natural e innato de conocer la verdad.
2. La filosofía es la «ciencia» que por excelencia busca la verdad y formula el sentido de la vida del hombre.
3. El conocimiento de la fe no es un conocimiento humano y, por tanto, no es un conocimiento filosófico.
4. Por medio de la fe, Dios ha comunicado a los hombres una verdad sobre el mismo hombre y sobre el sentido de su vida. Y esta verdad que conocemos por la Revelación no es la consecuencia o la maduración de un proceso de razonamiento que en último extremo sería un proceso humano.
5. El deseo de buscar la verdad mueve al corazón y a la razón humana a querer ir siempre más allá de los conocimientos actuales hasta llegar a los límites de la propia capacidad humana y abrirse a la trascendencia.

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SUMARIO: 1. Dos alas.- 2. Desde el siglo XIX.- 3. La fe y la razón.- 4. La verdad es una.

1. Dos alas
«La fe y la razón (Fides et Ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad»[1]. Con estas palabras comienza la encíclica filosófica que tantos comentarios ha dado lugar. Se pone en tela de juicio la legitimidad de la Iglesia para opinar sobre las cuestiones temporales y se pretende relegarla a las cuestiones que son ajenas a las cosas de este mundo y propias de una vida retirada, extraña al cotidiano pasar de los hombres.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La Iglesia tiene derecho a estar en el mundo porque forma parte del mundo. Pero, sobre todo, la Iglesia tiene una misión que es ayudar al hombre —y con el hombre al mundo que es la reunión de todos los hombres— a realizarse plenamente y alcanzar la felicidad.
Y una cosa es clara: el corazón del hombre alberga un deseo natural e innato de conocer la verdad. Podemos mirar para otro lado y hacer como que no nos interesa, como que estamos ocupados en las cosas importantes de la vida. Pero, aparte de poses y actitudes, lo que de verdad nos interesa es conocer la verdad. La verdad de la vida, la verdad de las relaciones y, sobre todo, nuestra verdad: la verdad del hombre.
En este deseo natural de conocer la verdad —verdad es la adecuación del intelecto a la realidad, decía santo Tomás de Aquino— el hombre se ayuda de las ciencias, de las letras y, sobre todo, de la filosofía que es la «ciencia» que por excelencia busca la verdad y formula el sentido de la vida del hombre. Esto ha sido así desde los primeros filósofos y sigue siendo así hasta los filósofos actuales.

2. Desde el siglo XIX
            Desde el siglo XIX, que ya va para viejo, las luces de la razón consideraron que cualquier conocimiento humano que no sea fruto y consecuencia de las capacidades de la razón no es digno de ser reconocido como conocimiento verdadero. En consecuencia con la anterior afirmación, el racionalismo considera que el conocimiento que proporciona la fe no es un conocimiento, sino una creencia, una convicción y, en algunos supuestos, hasta una superstición.
            Una cosa sí que es verdad. El conocimiento de la fe no es un conocimiento humano y, por tanto, no es un conocimiento filosófico. Pero es que tampoco lo pretende. Una cosa es la fe y otra la filosofía. Pero esta distinción no significa que la fe no pueda proporcionar conocimientos al hombre, que sí que puede y, menos aún, que el único medio de conocimiento del hombre sea el filosófico, que no lo es.
            Por medio de la fe, Dios ha comunicado a los hombres una verdad sobre el mismo hombre y sobre el sentido de su vida. Y esta verdad que conocemos por la Revelación no es la consecuencia o la maduración de un proceso de razonamiento que en último extremo sería un proceso humano. La verdad revelada no es filosófica ni tampoco es humana sino que se encuentra situada en otro nivel de conocimiento.
            Contra ese racionalismo decimonónico se revela el corazón del hombre que sigue buscando la verdad y no se conforma con verdades parciales, con simples razonamientos filosóficos más o menos coherentes. El hombre no se conforma con simples certezas para conocer el sentido de su vida y su propio sentido, sino que quiere conocer la verdad completa y total y esto nos lleva sin remedio al conocimiento de la Verdad absoluta —con mayúsculas— que la filosofía por sí sola no es capaz de conocer.

3. La fe y la razón
            El deseo de buscar la verdad mueve al corazón y a la razón humana a querer ir siempre más allá de los conocimientos actuales hasta llegar a los límites de la propia capacidad humana y abrirse a la trascendencia. La razón tiene límites, como todo lo humano tiene límites, pero las limitaciones naturales no  significan que tanto la razón, como la fe, no procedan de Dios cuando Él es el creador, la fuente y origen de todo. La fe y la razón no pueden contradecirse si son verdaderas.
            Quizá la cuestión central es dónde situamos la razón humana: en el centro de la existencia del hombre o al servicio de la existencia del hombre. Si está en el centro se erige como fuente exclusiva del conocimiento y de la realidad de tal manera que llegaría a afirmarse que la realidad es aquello que la razón puede conocer y comprender, de manera que lo no conocido por la razón quedaría fuera de la realidad.
            Por el contrario, si la razón está al servicio de la existencia del hombre será un instrumento útil y eficaz que le ayude a responder a las interrogantes que se realiza desde su nacimiento: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿después de esta vida qué hay?
            Al hablar de realidad no solamente estamos hablando de las cosas que se tocan y se ven como las farolas de la calle, sino de la realidad de las cosas que existen pero no se tocan y no se ven, por ejemplo, la amistad, la belleza, el bien, la vida, la muerte, etc. Todo aquello que no queda amparado por la razón queda abandonado y considerado inexistente o, en el mejor de los casos, inalcanzable para el hombre. De esta manera, la razón queda reducida a algo instrumental que sirve para solucionar los problemas de cada día y las cuestiones prácticas, pero que no se pregunta por la verdadera realidad.
            ¿Y la fe, dónde queda la fe? Pues al renunciar la razón a la trascendencia la fe queda fuera de la razón, entendida como algo irracional, absurdo y subjetivo que si sirve para algo es para calmar los sentimientos de cada persona, como una experiencia personal y una vivencia que nada aporta a la verdad de la vida y a la verdad del hombre. La fe es algo que pertenece a la fantasía interior de cada hombre.

4. La verdad es una
            Antes que nada se debe considerar que la verdad es siempre una, aunque sus expresiones lleven la impronta de la historia de cada época. La verdad de una determinada época no se opone —no puede oponerse— a la verdad de otra época puesto que dejaría de ser verdadera. No existe una verdad histórica, sino que la verdad permanece en la historia.
            La verdad no es coyuntural y conveniente para una época. La historia concreta de los pueblos manifiesta la verdad conforme a su cultura pero esto no  significa que altere la verdad. La verdad no puede ser el resultado de un consenso o de una conveniencia histórica, sino que cada momento de la historia debe buscar la verdad y responder a los interrogantes del hombre. La verdad es inmutable y no puede ser limitada por el tiempo y la cultura; se conoce en la historia, pero supera la historia misma[2].
            Por la experiencia personal que tiene cada hombre puede afirmar que la realidad que conoce y le rodea no ha sido increada ni tampoco se ha autoengendrado a sí misma. Esto significa que la vida humana y el mundo tienen un origen y un sentido que se realiza en la trascendencia. Si se niega el sentido trascendente de la vida la razón renuncia a buscar la verdad última del hombre y del sentido de la vida y queda encerrada en sí misma degradada a funciones instrumentales.
            Para que esto no suceda el hombre debe convencerse que es capaz de conocer la verdad aunque esté sometido a las limitaciones propias de la naturaleza humana. Pero creer en la posibilidad de conocer la verdad no es en modo alguno fuente de intolerancia, al contrario, es condición necesaria para un diálogo entre las personas que buscan la verdad y se adhieren a ella.
            [el Papa] Seguramente no debe tratar de imponer a otros de modo autoritario la fe, que sólo puede ser donada en libertad. Más allá de su ministerio de Pastor en la Iglesia, y de acuerdo con la naturaleza intrínseca de este ministerio pastoral, tiene la misión de mantener despierta la sensibilidad por la verdad; invitar una y otra vez a la razón a buscar la verdad, a buscar el bien, a buscar a Dios; y, en este camino, estimularla a descubrir las útiles luces que han surgido a lo largo de la historia de la fe cristiana y a percibir así a Jesucristo como la Luz que ilumina la historia y ayuda a encontrar el camino hacia el futuro[3]. ■
  

Felipe Pou Ampuero



[1] Juan Pablo II, Enc. Fe y Razón, Ciudad del Vaticano, 14 de septiembre de 1998, n.1.
[2] Juan Pablo II, Enc. Fe y Razón, Ciudad del Vaticano, 14 de septiembre de 1998, n.92.
[3] Texto de la conferencia que el Papa Benedicto XVI iba a pronunciar durante su visita a la "Sapienza”, Universidad de Roma, el jueves 17 de enero de 2008. Visita cancelada el 15 de enero.

sábado, diciembre 04, 2010

57. Cientificismo

Fecha: 01 de diciembre de 2010

TEMAS: Verdad, Cultura, Ciencia.

RESUMEN: 1. La ciencia positiva experimental se dedica al estudio de la realidad empírica mediante un método que consiste en proponer hipótesis de investigación cuya verdad o validez deben ser confirmadas o negadas mediante la experimentación.

2. El cientificismo o cientifismo, por su parte, lo que pretende es hacer pasar por verdades científicas —es decir, comprobadas experimentalmente— afirmaciones filosóficas que se asumen sin previa crítica y de manera apriorística.

3. Sin embargo, la ciencia experimental —el método científico— no puede estudiar ni comprobar las dimensiones de la realidad que no puedan ser sometidas de algún modo a control experimental.

4. El resultado del método científico es válido y exacto y ayuda al progreso del hombre. Lo erróneo es la doctrina cientifista y su pretensión de acaparar la verdad, pero esto ya es materia de otra ciencia, la filosófica y hasta la teológica y no es materia de las ciencias naturales.

5. Así pues, la verdad tiene, como si dijéramos, sus derechos propios. Ninguna verdad es opuesta a la Verdad, ni la Verdad puede ser opuesta a la fuente de todas las verdades que es Dios.

6. Es la belleza de la naturaleza la que ha inspirado los más fabulosos descubrimientos y no precisamente el método científico experimental. Cuanto más descubre el hombre, realmente descubre más preguntas que respuestas, es decir, que descubre más y más su profunda ignorancia.

7. La ciencia no puede demostrarlo todo porque hay realidades que escapan a su ámbito de investigación. ¿Qué puede decirnos la ciencia sobre la libertad humana, la conciencia que remuerde o premia, el bien o la belleza?

8. Si la humanidad quiere avanzar y afrontar seriamente los problemas que tiene planteados debe tener una razón abierta, liberada del cientifismo. La ciencia sola es incapaz de proporcionar una respuesta completa al sentido de la vida. Ese sentido se revela cuando la razón, yendo más allá de los datos físicos, usa métodos metafísicos para alcanzar la contemplación de las «causas fínales»

SUMARIO: 1. La Ciencia.- 2. La cuestión de la verdad.- 3. El error.- 4. La solución.

1. La Ciencia

La ciencia positiva experimental se dedica al estudio de la realidad empírica mediante un método que consiste en proponer hipótesis de investigación cuya verdad o validez deben ser confirmadas o negadas mediante la experimentación[1]. Las hipótesis comprobadas experimentalmente se consideran verdaderas.

El cientificismo o cientifismo, por su parte, lo que pretende es hacer pasar por verdades científicas —es decir, comprobadas experimentalmente— afirmaciones filosóficas que se asumen sin previa crítica y de manera apriorística. El cientificismo, que se ampara en la ciencia, supone todo lo contrario a lo que en teoría representa la racionalidad científica, es decir, prudencia en la emisión de juicios, reconocimiento de las propias limitaciones e ignorancia, espíritu crítico que impide aceptar como dogmas lo que son propuestas de investigación o simples conjeturas y mentalidad abierta al diálogo con otras disciplinas del saber humano.


El cientificismo es un término que se forjó en Francia en la segunda mitad del siglo XIX para designar a la corriente de pensamiento que solamente acepta como fuente de explicación de la realidad lo que puede ser comprobado empíricamente por las ciencias. De tal manera que las ciencias positivas y naturales se presentan como más verdaderas que las ciencias sociales o las humanidades en general. Para esta corriente de pensamiento no existen otras formas de conocimiento de la realidad que no sean las ciencias positivas —física, química, matemática, biología, etc. — relegando el conocimiento teológico, filosófico, ético y estético a una simple apreciación personal de la realidad.

Sin embargo, la ciencia experimental —el método científico— no puede estudiar ni comprobar las dimensiones de la realidad que no puedan ser sometidas de algún modo a control experimental[2]. Es como si un pescador utilizase en el mar redes cuya malla estuviera formada por cuadros de un metro de lado y después de emplear grandes esfuerzos y obtener buenos resultados en la pesca afirmase que en el mar no existen peces que midan menos de un metro. Habría que recordarle que su conclusión es falsa, aunque existieran muchísimos peces pequeños nunca los podría atrapar con su red.

Ocurre con la doctrina cientifista que su tesis, según la cual solo es verdad lo que la ciencia puede comprobar, no puede ser comprobada por ninguna ciencia concreta y no quedaría más salida que tener fe en el cientificismo, lo cual es contradictorio con el propio método científico. Afirma lo mismo que prohíbe.

La ciencia no es errónea ni se equivoca. El resultado del método científico es válido y exacto y ayuda al progreso del hombre. Lo erróneo es la doctrina cientifista y su pretensión de acaparar la verdad, pero esto ya es materia de otra ciencia, la filosófica y hasta la teológica y no es materia de las ciencias naturales.


2. La cuestión de la verdad

Una explicación muy breve de cómo se llega al cientificismo es que al desvirtuarse los principios y valores cristianos que impregnan la vida social y el saber humano se hace necesario encontrar otro fundamento a la realidad: ¿por qué existe el mundo y todo lo creado? A falta de un dios en quien creer se comienza a creer en la ciencia como la explicación «racional» de todo el universo[3]. Se sustituyen los valores trascendentes y espirituales de una mentalidad cristiana por los nuevos valores de la materia, de lo que se ve y lo que se toca.

Entonces el problema es que la verdad se va encerrando en cada persona y lo que importa no es que las cosas sean verdaderas por sí mismas, buenas o malas, sino lo que a mí me parece que son las cosas, lo que yo siento, lo que me gusta. Así llegamos al materialismo teórico que se opone al teísmo. Estas dos visiones —la materia o Dios— son la primera encrucijada de las imágenes del mundo[4] porque nos sitúan en posiciones radicalmente opuestas. Para el materialismo la primera realidad es la materia inerte, mientras que para el teísmo la primera realidad es un Dios vivo y personal.

Reparemos en una cuestión previa: se dice que un conocimiento es verdadero cuando expresa las cosas tal y como son en la realidad. Lo contrario es vivir engañado. Y los ilusos están muy seguros de sus creencias hasta que alguien les hace caer en la cuenta del engaño en que se encontraban. Por tanto, nuestro conocimiento solo es verdadero si se ajusta a la realidad de las cosas. Las cosas son como son con independencia de que yo las pueda ver bien o mal.

Así pues, la verdad tiene, como si dijéramos, sus derechos propios. Ninguna verdad es opuesta a la Verdad, ni la Verdad puede ser opuesta a la fuente de todas las verdades que es Dios: «Al igual que todas las demás verdades, la verdad científica no tiene que rendir cuentas más que a sí misma y a la Verdad suprema que es Dios, creador del hombre y de todas las cosas»[5].


3. El error

Todos tenemos la intuición de que la realidad nos supera y excede de nuestras posibilidades de conocimiento. Es la belleza de la naturaleza la que ha inspirado los más fabulosos descubrimientos y no precisamente el método científico experimental[6]. Cuanto más descubre el hombre, realmente descubre más preguntas que respuestas, es decir, que descubre más y más su profunda ignorancia. Decía un maestro que el paso por la universidad si sirve para algo es para delimitar el mapa de nuestra propia ignorancia.

Una sola gota de agua está formada por aproximadamente un 6 seguido de 23 ceros de átomos. El sol no es más que una estrella común que vive en la periferia de un fenomenal conjunto de estrellas llamado Vía Láctea, donde existen unos 400 mil millones de estrellas o soles, como queramos llamarlas. La distancia que nos separa de la galaxia más cercana es de 1,5 millones de años luz. Y si pudiéramos convertir una silla completamente en energía podríamos tener energía eléctrica para abastecer las necesidades de un país medio durante diez años.

Ocurre que para los físicos, frente a los teólogos, el concepto de universo no significa «todo lo que existe» o la totalidad de las cosas. Significa una estructura física autónoma que incluye multitud de espacios-tiempo, partículas y otros elementos moviéndose por esa estructura. La creación de la naturaleza y del universo entero es algo anterior a las propias leyes naturales y físicas.

Antes de la creación del universo no había leyes físicas. Estas leyes nacen con el universo y son descubiertas y formuladas por los científicos. El mismo concepto de «nada» no es un concepto físico o científico, sino filosófico. Los físicos pueden hablar de «vacío» que es algo muy concreto, que ocupa espacio, alberga magnetismo, tiene límites y contornos y se puede situar en un sitio concreto. Todo esto no tiene nada que ver con la «nada más absoluta».


4. La solución

La ciencia es un camino que nos lleva a conocer la verdad, pero no es el único[7]. Hay realidades que son indemostrables por la ciencia y no por esto dejan de ser verdaderas. Esto ocurre con los primeros principios, sentencias de sentido común que todos aceptamos como verdaderas, por ejemplo: una cosa y su contraria no pueden ser igualmente verdaderas bajo el mismo aspecto. O si digo que A es igual a B y que B es igual a C, queda claro que A es igual a C pero no lo estoy demostrando científicamente.

La ciencia no puede demostrarlo todo porque hay realidades que escapan a su ámbito de investigación. ¿Qué puede decirnos la ciencia sobre la libertad humana, la conciencia que remuerde o premia, el bien o la belleza? El cerebro humano no solamente utiliza la lógica aristotélica —conjunción, disyunción, negación, principio de no contradicción, etc.— sino que muchas de sus capacidades como la creatividad se basan en algo superior y nuevo que se ha llamado la «lógica de patrones» en donde la lógica tradicional más bien obstaculiza la creatividad.

Si la humanidad quiere avanzar y afrontar seriamente los problemas que tiene planteados debe tener una razón abierta, liberada del cientifismo[8]. No se puede explicar la ciencia prescindiendo de la verdad porque la finalidad de la ciencia es precisamente esa, descubrir la verdad y no suplantarla. El hecho de conseguir éxitos técnicos no es provechoso si no se dirigen hacia la verdad.

La verdad nunca es un límite del conocimiento humano, más bien es el horizonte a conseguir. No se trata solamente de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos, ni cuándo apareció el hombre, sino más bien de descubrir cuál es el sentido de tal origen: si está gobernado por el azar, un destino ciego, o bien, por un Ser trascendente, inteligente y bueno, llamado Dios[9].

Y la existencia de un Creador, el primer Ser que es tal por esencia, indica que la noción de la creación debe ser trascendente del origen natural de los acontecimientos, es decir, de la historia, y en consecuencia de nuestros modos puramente naturalistas de pensar y hablar sobre la evolución del mundo[10].

La ciencia sola es incapaz de proporcionar una respuesta completa al sentido de la vida. Ese sentido se revela cuando la razón, yendo más allá de los datos físicos, usa métodos metafísicos para alcanzar la contemplación de las «causas fínales» y ahí descubre las explicaciones supremas que pueden arrojar luz sobre los sucesos humanos y darles sentido[11].■


Felipe Pou Ampuero

[1] Carlos A. Marmelada, Cientificismo positivista y ciencia positiva hoy, Conferencia pronunciada en Jornadas Humanistas El Grado (Huesca), 23 de agosto de 2002.
[2] Mariano Artigas, El conocimiento de la verdad, 4 de septiembre de 2007, www.fluvium.org
[3] Federico Gómez, Recristianización de la sociedad, www.piensaunpoco.com
[4] Francisco José Soler Gil, Ciencia y religión en el universo de Stephen Hawking, 28 de septiembre de 2010.
[5] Juan Pablo II, Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias, Ciudad del vaticano, 10 de noviembre de 1979.
[6] Hugo Jorge Muro Lemus, La Ciencia y la fe ¿se enfrentan?, www.aciprensa.com
[7] Miguel Ángel Irigaray, ¿Puede la ciencia demostrarlo todo?, La Verdad, n. 3803, 10 de septiembre de 2010, p. 39.
[8] Cardenal Ruini, Una razón liberada del cientifismo y del relativismo, Ciudad del vaticano, 16 de octubre de 2009.
[9] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 283-284.
[10] Benedicto XVI, Discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias, Ciudad del Vaticano, 31 de octubre de 2008.
[11] Juan Pablo II, Discruso a un grupo de premios Nobel, 22 de diciembre de 1980.

domingo, noviembre 14, 2010

56. Humanismo

Fecha: 01 de noviembre de 2010

TEMAS: Verdad, Cultura, Ética.

RESUMEN: 1. Los hombres medievales creían en un Dios real y verdadero que no pertenece al mundo, porque es el creador del mundo y, por tanto, anterior al mundo.

2. El mundo que conocemos no es lo que el estado de nuestro cerebro nos hace ver, sino el mundo mismo que tiene una existencia ¡y una explicación! propia, objetiva y que no depende de la razón del hombre.

3. Así pues, tenemos que volver a mirar al hombre sabiendo asombrarnos del mismo hombre y descubriendo la verdadera realidad de cada hombre asumiendo la racionalidad pero logrando superarla. Esta nueva verdad de la vida humana y del hombre mismo es lo que llamamos nuevamente humanismo.

4. Nuestra cultura habla mucho del hombre y sabe muchas cosas de él, pero a menudo da la impresión de ignorar lo que realmente es el hombre. El hombre es, ciertamente, un ser político y un animal racional, pero más radicalmente es un ser teológico, un ser que busca a Dios.

5. La relación trascendental del hombre hacia Dios no es algo postizo o añadido a su humanidad, sino constitutivo del propio ser humano. Los hombres hemos descubierto que formamos parte de una historia de amor que nos precede, no solamente por parte de nuestros padres y de nuestros abuelos, sino, de un modo más fundamental, por parte de Dios. Es por esto que el hombre se comprende a sí mismo sólo a la luz de Dios, creado por amor y destinado a vivir para siempre en comunión con Él.

6. El hombre tiene la tarea de vivir conforme a la verdad, a la verdad del mundo y a la verdad del hombre. Para esto es necesario que el hombre se abra al don de Dios, reconociéndose criatura, y aprenda a conocer la realidad desde la perspectiva que el amor divino le descubre.

7. Esta es la tarea: devolver al hombre su verdad, una verdad que supera su razón y le hace comprender que solamente por el Amor tiene sentido su existencia


SUMARIO: 1. Los errores.- 2. Humanismo.- 3. Humanismo cristiano.

1. Los errores

La Edad Media se caracteriza, sobre todo, por la creencia en la Revelación bíblica. Los hombres medievales creían en un Dios real y verdadero que no pertenece al mundo, porque es el creador del mundo y, por tanto, anterior al mundo. Cuando el gran big bang tuvo lugar Dios ya estaba allí. Por tanto, la explicación del universo, del hombre y el sentido de la vida tenía su origen y su fin en la existencia de Dios, sin el cual nada tenía sentido[1].

El hombre de la modernidad deja de creer en la revelación cristiana porque le parece algo irracional. El conjunto de los acontecimientos de la vida ya no serán entendidos como una manifestación de la mano providente y cariñosa de un Dios que quiere al hombre, sino que tendrán su explicación en unas causas científicas y racionales y tendrán unos efectos que el hombre científico podrá controlar y dirigir. ¡Se acabó la oscuridad! ¡Viva el siglo de las luces!

El «pienso, luego existo» de Descartes separa al hombre modernista de la realidad objetiva de las cosas porque le hace creer que las cosas existen porque es consciente de su existencia, cuando en realidad todas las cosas existen porque ellas mismas existen aunque el hombre no sea conciente de su existencia.

Porque si Dios es apartado de la vida pública y de la realidad de la sociedad humana, entonces Dios deja de ser la explicación y la referencia para la vida de los hombres para ser sustituido por la Razón y el Progreso, es decir, por el «pienso, luego existo». Así la Modernidad termina en una implacable racionalización del mundo por medio de la tecnología y la ciencia; todo se explica por el progreso histórico indefinido, el criterio de la mayoría se convierte en la solución a todos los problemas de convivencia y la revolución se convierte en el método fundamental para la liberación de los pueblos y los individuos[2].

¿Y dónde queda Dios en todo este planteamiento? Pues para un modernista Dios tiene una explicación racional: es la proyección personal de la infinitud de la conciencia y la religión es un sentimiento que encarna el ansia de eternidad de los hombres y su sentido de la trascendencia. Pero Dios, como tal, no existe y como sentenció Feuerbach «el giro fundamental de la historia estará constituido por aquel momento en el cual el hombre tome conciencia de que el único Dios del hombre es el hombre mismo: homo homini Deus»[3].

Hemos tardado mucho tiempo en darnos cuenta de lo evidente: la razón no puede limitar el conocimiento del hombre. Lo sabíamos, pero no éramos capaces de aceptarlo: cuando un médico tiene «ojo clínico», cuando una madre tiene «instinto materno», cuando hemos dicho «esto me huele mal...», cuando hemos conjeturado una explicación basada en indicios racionales no demostrados científicamente por definición hemos puesto de manifiesto que el conocimiento del hombre excede el simple conocimiento racional del mundo que nos rodea.

El mundo que conocemos no es lo que el estado de nuestro cerebro nos hace ver, sino el mundo mismo que tiene una existencia ¡y una explicación! propia, objetiva y que no depende de la razón del hombre. El conocimiento no puede limitarse a lo intelectual y racional. En la actualidad estamos cayendo en la cuenta que debemos aprender a mirar el mundo y saber asombrarnos de la realidad que nos rodea cuya verdad íntima solamente se puede descubrir uniendo comprensión y amor[4].

Así pues, tenemos que aprender a volver a mirar al hombre sabiendo asombrarnos del mismo hombre y descubriendo la verdadera realidad de cada hombre asumiendo su racionalidad pero logrando superarla. Esta nueva verdad de la vida humana y del hombre mismo es lo que llamamos nuevamente humanismo.


2. Humanismo

La palabra «humanismo» nació en Alemania a principios del siglo XIX para definir la enseñanza y promoción de los saberes que se consideraban más apropiados del hombre: lenguas y literatura antigua, filosofía, historia, etc.[5]. Humanismo significa lo propio del hombre, el desarrollo de las cualidades del hombre que lo hacen un ser verdaderamente humano, que lo enriquecen y lo diferencian del bárbaro.

La cultura actual parece que se olvida del hombre mismo cegada por el progreso técnico y el bienestar material. Nuestra cultura habla mucho del hombre y sabe muchas cosas de él, pero a menudo da la impresión de ignorar lo que realmente es el hombre. Como dice Chesterton «no es natural ser materialista ... tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por el contrario, es místico»[6].

El hombre es, ciertamente, un ser político y un animal racional, pero más radicalmente es un ser teológico, un ser que busca a Dios. La relación trascendental del hombre hacia Dios no es algo postizo o añadido a su humanidad, sino constitutivo del propio ser humano[7].

El hombre modernista eliminó a Dios porque pensaba que limitaba su dignidad y su existencia, que era un obstáculo para su libertad y para su perfección. Pero en realidad, es al contrario, el hombre no se realiza a partir de sí mismo y por el simple desarrollo de las cualidades inmanentes a su naturaleza, sino en la medida en que se une a un bien superior que le trasciende y supera toda medida humana. No hay mayor amor que dar la vida por quien se ama.

La razón nos habla de utilidad y de resultados, de beneficios y de satisfacción. La explicación racional de la dignidad humana se resume en el éxito personal y profesional. Será más digno y mejor hombre el que más triunfa. Pero esto es un error.

Más allá de lo que pueda aportar por sus posesiones o por sus capacidades físicas, técnicas, intelectuales, o las propias de su personalidad, la persona no es un medio al servicio del interés de otros; es un fin absoluto, amada por sí misma[8]. Los hombres hemos descubierto que formamos parte de una historia de amor que nos precede, no solamente por parte de nuestros padres y de nuestros abuelos, sino, de un modo más fundamental, por parte de Dios. Es por esto que el hombre se comprende a sí mismo sólo a la luz de de Dios, creado por amor y destinado a vivir para siempre en comunión con Él[9].


3. Humanismo cristiano

Y en esta verdad del hombre la fe cristiana no niega al hombre, no le limita ni le obstaculiza en su desarrollo, sino que le hace reconocer su grandeza y le potencia al infinito al darle a conocer que está llamado a participar en la vida de ese Dios que le quiere. La historia de amor de Dios con Israel consiste, en el fondo, en que Él le da la Torah, es decir, abre los ojos a Israel sobre la verdadera naturaleza del hombre y le indica el camino del verdadero humanismo[10].

El hombre tiene la tarea de vivir conforme a la verdad, a la verdad del mundo y a la verdad del hombre. Para esto es necesario que el hombre se abra al don de Dios, reconociéndose criatura, y aprenda a conocer la realidad desde la perspectiva que el amor divino le descubre.

Esto equivale a afirmar no ya que existe un humanismo cristiano al lado de otros posibles humanismos –el agnóstico, el social, el individual, etc. – sino que el único humanismo posible y verdadero es el cristiano y que el verdadero hombre es el que realiza es su vida la verdad de Dios para con él[11].

Esta es la tarea: devolver al hombre su verdad, una verdad que supera su razón y le hace comprender que solamente por el Amor tiene sentido su existencia.■


Felipe Pou Ampuero
[1] Romano Guardini, El fin de la modernidad, Madrid, 1996.
[2] Alejandro Llano, Humanismo y posmodernidad, Nuestro Tiempo, n. 627, septiembre 2006, p. 18.
[3] J.L. Illanes, G.E.R. voz Humanismo.
[4] Benedicto XVI, Discurso a los profesores universitarios, Ciudad del Vaticano, 27 julio 2007.
[5] Antonio Fontán, Humanismo cristiano y liberal, ABC, 1 octubre 2004.
[6] G.K. Chesterton, Porqué me convertí al catolicismo.
[7] J.L. Illanes, ob. cit.
[8] Conferencia Episcopal Española, La familia, escuela de humanidad y transmisora de la fe, Madrid, 23 diciembre 2008.
[9] Juan Pablo II, Mensaje a la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino, Ciudad del Vaticano, 21 junio 2002.
[10] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, Ciudad del Vaticano, 25 diciembre 2005, n. 9.
[11] J.L. Illanes, ob. cit.

sábado, octubre 16, 2010

55. Posmodernidad

Fecha: 01 de octubre de 2010

TEMAS: Cultura, Ética, Verdad.

RESUMEN: 1. La Ilustración estableció que nada es real si no es comprobado y certificado por la experiencia humana, por la ciencia.

2. Cuando se niega a la realidad la capacidad de existir por sí misma se confunde con la representación personal de la realidad.

3. La caída del muro no fue el fin de una etapa, más bien, fue el comienzo de una nueva revolución cultural, la que se ha llamado posmodernista.

4. Pero lo que ha quedado en pie son los hechos. Y nos hemos vuelto a encontrar con la realidad en su más cruda versión. Nos volvemos a encontrar con la cuestión de la verdad.

5. Sobre todo, el posmodernismo nos ha enseñado que la realidad no es personal, es como es, es decir, objetiva. Será personal nuestra interpretación de la realidad, la composición de lugar que cada uno se quiera hacer. Cualquier discusión de ética o de política no puede obviar la cuestión de la vida humana como un hecho real que acontece y viene a ser lo más importante para cada hombre.

6. La educación de la libertad no puede quedar reducida a una asignatura de comportamientos y actitudes cívicas y sociales. El correcto ejercicio de la libertad personal no se enseña en los libros, se aprende en la propia vida con el ejercicio y la reflexión.

7. La revolución actual es la búsqueda de la verdad despojada de creencias, de prejuicios y de presupuestos. La verdad sin aditivos: qué otra cosa es la Verdad.


SUMARIO: 1. El muro cae.- 2. Desencanto.- 3. El horizonte.

1. El muro cae
En 1989 cayó el muro de Berlín. No por deseado dejó de causar gran sorpresa que aquel muro de la vergüenza desapareciera. Constituía una gran paradoja que el paraíso socialista tuviera que impedir a sus habitantes la salida para que no se contaminaran de las libertades democráticas del oeste. Sus dirigentes hacían oídos sordos a la realidad y a pesar del gran fracaso del sistema socialista se empeñaban en mantener vivo a un muerto. Al final cayó el muro. El 9 de noviembre de 1989 aproximadamente a las siete de la tarde, el líder del Partido Comunista de Berlín Oriental, Gunter Schabowski anunció que una parte del muro sería abierto para «viajes privados al extranjero». Anunciaba por fin, de forma lacónica, el inicio del fin de todo un imperio del terror.

Las revoluciones más importantes son las culturales. Algunas van acompañadas de violencia y desorden, pero otras se instalan sin ruido, casi sin hacerse notar. La Ilustración fue la revolución de la ciencia y el progreso. Trajo con ella el siglo de las luces y una nueva manera de pensar, de entender la vida y hasta de cuestionar las verdades siempre aceptadas.

La Ilustración estableció como paradigma la fe en la ciencia y en el progreso del saber humano y concluyó que nada es real si no es comprobado y certificado por la experiencia humana. De tal manera que reducía la existencia de la realidad y del mundo que nos rodea solamente a lo que la ciencia humana puede comprobar. Lo demás se relegó al ámbito de lo personal y particular de cada hombre. Y sobre todo, la Ilustración acabó negando la existencia de la Verdad como algo anterior e independiente del conocimiento del hombre. En adelante sólo sería verdad lo que se pudiera demostrar científicamente como tal.

Esta manera de pensar convirtió al hombre en el centro y juez supremo del universo y del mundo conocido, con capacidad para decidir lo que está bien y lo que está mal, y de esta manera acabó legitimando la rebeldía del hombre frente a la Verdad que en lugar de entenderla como una liberación, la tachaba de opresora.

Con esta revolución cultural se redujo el mundo a los ojos del hombre porque desconoció todo el mundo inmaterial y limitó su capacidad de conocimiento solamente al conocimiento científico y experimental, como si éste fuera el único medio posible de conocer para el hombre. De un golpe se vinieron abajo el sentido común, los indicios racionales, las intuiciones fundadas, la naturaleza de las cosas, la experiencia de generaciones anteriores, la tradición heredada y tantas cosas que no logran superar el «examen del microscopio de laboratorio» pero que son imprescindibles para saber vivir la vida con acierto.

El método experimental y científico es válido para las ciencias y para el saber experimental, la medicina, la biología, la física, química y tales más. Sin embargo, cuando el experimento se excede de lo que le es propio y quiere comprobar la realidad no material surgen problemas imprevistos.

Porque cuando se niega a la realidad la capacidad de existir por sí misma y tiene que pedir permiso para demostrar su propia consistencia entonces la realidad se confunde con la representación personal de la realidad, es decir, entonces se confunde con la propia imaginación de cada cual y podemos llegar a pensar que sólo es real aquello que podemos entender o imaginar o comprender. Y lo que es más grave, podemos llegar a pensar que aquello que no entendemos o no comprendemos no es real, es algo imaginario y no existe. Solamente es real «mi mundo», porque el mundo, así, a secas, no existe como tal.

Sin darnos cuenta se había llegado a una situación cultural en la que se había renunciado a la realidad verdadera, esto es, se había renunciado a la Verdad a cambio de la certeza sin darnos cuenta que las cosas ciertas y seguras para nosotros son solamente una parte —y pequeña— de la verdadera realidad y, además, son la parte de la realidad que no nos sirve para entender la realidad.

La Ilustración trajo el Modernismo, con sus certezas y su progreso científico. También la racionalización del mundo y del hombre y su reducción a tesis y antitesis científicas y racionales olvidándose del mismo hombre tal y como es, no el pensado, sino el real. La mayor expresión del modernismo es el materialismo histórico y la revolución marxista que prometía el paraíso terrenal del proletariado conquistado con la razón y los programas científicos y sociales para asegurar el progreso de la humanidad y de las ciencias al servicio de la comunidad de todos los hombres.

Y toda esa revolución cultural y científica del marxismo resultó ser un mundo artificial donde nadie era feliz y todos estaban a la espera del futuro prometido que algún día llegaría. Un mundo donde era necesario cerrar las puertas para que sus habitantes no se marcharan, donde había que instalar barricadas y alambradas para defender el progreso y la razón.

Ese mundo era la más evidente demostración de que la razón que prescinde de la Verdad se enloquece y no acierta a comprender la realidad. El muro vergonzante era un clamor de libertad de un pueblo oprimido por las teorías y los planes quinquenales, empobrecido y esquilmado por la carrera de armamentos y la corrupción política. Un muro que no hizo falta tirar porque se cayó él solo después de una larga agonía.

Pero con el muro no se cae solamente un sistema político falso, se cae también una cultura y una manera de entender el mundo que se olvidó de la realidad, de toda la realidad: sobre todo, que se olvidó de la verdadera realidad del hombre, tal y como es.



2. Desencanto

Porque la caída del muro no fue el fin de una etapa, más bien, fue el comienzo de una nueva revolución cultural, la que se ha llamado «posmodernidad» porque no se trata tanto de estar situada detrás de la anterior, sino de ser la respuesta a la anterior, al desencanto de la certeza empírica y del vacío materialista.

Mirando los últimos cien años que hemos dejado atrás comprobamos que son los años más sangrientos de la historia de la humanidad, con sus guerras y confinamientos, con sus imposiciones arbitrarias y violaciones de la libertad humana. Pero somos hijos de la Ilustración y el desencanto de un mundo sin verdades definitivas deja un vacío existencial al que le falta un horizonte. No existen verdades, ni creencias ni nada que valga la pena. Sólo existen emociones, sensaciones, distracciones y hechos.

El hombre posmoderno es un hombre sin creencias, sin compromisos y sin audacia para liderar su vida. Afincado en el «pensamiento débil» no quiere conocer la verdad porque teme el compromiso.

La sociedad posmoderna es una sociedad de muchos datos, muchos hechos y poco pensamiento. Donde la vida pasa a gran velocidad y el vértigo viene si se detiene el tiempo y el hombre se queda a solas consigo mismo y tiene que pensar. Es necesario distraerse, estar siempre muy ocupado y con la agenda muy llena para no tener tiempo para vivir. Esta es la gran paradoja posmodernista.

La caída del muro arrumbó todas las teorías racionalistas del modernismo sobre lo que conviene al hombre y a la humanidad, sobre lo que es progreso y ciencia, sobre tal y sobre cual. Pero lo que ha quedado en pie son los hechos. Aquí no hay más leña que la que arde y nos hemos vuelto a encontrar con la realidad en su más cruda versión. Y la realidad es la primera imagen de la verdad. La realidad es verdadera y tozuda: se empeña en ser real por mucho que queramos disfrazarla. Así pues, nos volvemos a encontrar con la cuestión de la verdad.


3. El horizonte

Superado el bache inicial se nos presenta de nuevo la cuestión fundamental: ¿existe una verdad objetiva, autónoma y anterior al hombre? Si así fuera no tendría sentido discutir lo inevitable y deberíamos intentar descubrirla. Y en este dilema vuelven a aparecer en escena los hechos, la tozuda realidad que se empeña en existir por encima de nuestras imaginaciones y sentimientos. Ahí está la vida humana, la vida de cada uno y la propia existencia y la búsqueda de sentido y la propia felicidad.

Sobre todo, el posmodernismo nos ha enseñado que la realidad no es personal, es como es, es decir, objetiva. Será personal nuestra interpretación de la realidad, la composición de lugar que cada uno se quiera hacer. Pero es inevitable que cualquier discusión de ética o de política no podrá obviar la cuestión de la vida humana como un hecho real que acontece y viene a ser lo más importante para cada hombre.

Entonces, hay una primera tarea para el hombre actual: conocer la realidad y descubrir la verdad que en ella se esconde. Esto no es opinable, a pesar de nuestros prejuicios modernistas. Las cosas son como son y no como nos las imaginamos. Y al descubrir la realidad también será necesario descubrir la realidad del hombre, tal y como es y tal y como no es, por mucho que algunos se empeñen en deformarlo.

Al acercarnos a la realidad «real» descubrimos que las cosas buenas son las que realmente son buenas aunque no nos lo parezcan, y al contrario, las cosas malas son malas aunque nos pudieran parecer apetecibles. No bastan las apariencias ni las emociones. No me debo fiar sólo de mis sentidos, sino que debo aplicar la inteligencia y toda mi capacidad humana para descubrir lo bueno y lo malo. Para ir al monte necesito unas buenas botas. Y unas buenas botas son las que sirven para ir al monte, aunque no sean de apariencia muy vistosa. En cambio, el calzado vistoso y elegante no servirá para ir al monte.

Pero como la realidad tiene una existencia propia no nos puede bastar con la información de lo que existe. Para conseguir una vida buena no basta con tener la información adecuada sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo conveniente y necesario, sino que es preciso vivir bien la vida, es decir, ser bueno, adquirir virtudes, ser honrados, ser verdadero hombre.

Estamos hablando ni más ni menos que de la libertad del hombre para elegir la verdad del hombre o darle la espalda. Esta educación de la libertad no puede quedar reducida a una asignatura de comportamientos y actitudes cívicas y sociales. El correcto ejercicio de la libertad personal no se enseña en los libros, se aprende en la propia vida con el ejercicio y la reflexión.

El mundo actual necesita de filósofos, poetas y sabios que busquen la verdad, el bien, la belleza y todos los atributos del ser en que consiste la verdad del hombre, aquello que lo satisface y hace feliz porque consigue dar sentido a su vida.

La revolución actual es la búsqueda de la verdad despojada de creencias, de prejuicios, de presupuestos. La verdad sin aditivos: qué otra cosa es la Verdad. ■

Felipe Pou Ampuero