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domingo, abril 28, 2024

121. Solidario

 

Ser solidario es natural al hombre.

* * * * *

¿Dónde está tu hermano Abel? (Gn 4,9). Esa es la pregunta que cada hombre debe responder. Todos los hombres procedemos de un mismo linaje. No somos hermanos por convicción o por iniciativa propia. La fraternidad universal de todos los hombres tiene su causa en que somos hijos de un mismo padre y, por eso mismo, somos hermanos.

Que al hijo se le pregunte por su hermano es algo que resulta natural: los hermanos tienen en común la vida, los padres, el hogar, la familia. Si esto es así en la familia nuclear que convive bajo un mismo techo, también sucede entre todos los hombres aunque la distancia de la convivencia sea mayor. Porque seguimos siendo hermanos que se preocupan por sus hermanos. De alguna forma se puede decir que nada de los demás me es ajeno.

Ser solidario no es una opción de vida; es una determinación de la naturaleza humana. Porque si quiero ser un hombre auténtico debo ser solidario y tener todo lo de los demás como algo propio. Desde luego con sentido de la medida y proporción, empezando por lo más cercano y siguiendo por lo más lejano y sin hacer cosas extrañas, pero el sentido vital de un hombre es ser solidario, todos los hombres tenemos algo en común.

La solidaridad no se manifiesta como un sentimiento o emoción que pertenece al mundo de los sentidos. Ser solidario significa ser consciente que los demás pueden necesitar mi ayuda y asumir la responsabilidad de ofrecerla. La vida de los hombres está llamada a ser una vida en comunidad donde los hombres no viven aislados unos de otros, sino ayudándose mutuamente.

Pero no solamente se trata de una ayuda material, de cosas. Sobre todo se trata de una ayuda integral que además de la ayuda material (Primum vivere, deinde philosophare) incluye la ayuda para conseguir una vida digna, propia de una vida humana. Ser solidario es ayudar a mi hermano a ser hombre, a vivir con la dignidad de un hombre o una mujer.  La solidaridad no se queda en las manos, sino que sabe llegar al corazón y a la cabeza del hombre.

Y aquí viene la paradoja actual: el estado del bienestar con la pretendida asunción exclusiva de la satisfacción de las necesidades materiales de los ciudadanos provoca un individualismo egoísta y no permite que cada hombre sea consciente y ejerza la solidaridad que por derecho propio le corresponde. La verdadera solidaridad une a los hombres en el sentido familiar que por origen les corresponde, mientras que el materialismo –teórico o práctico– aísla a los hombres y les hace ser verdaderos extraños entre ellos mismos.

La solidaridad “no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos.”(Sollicitudo Rei Socialis, n.  38).

Bibliografía

1. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. n. 192 y ss.

2. Sollicitudo Rei Socialis, Juan Pablo II.

3. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?, Rafael Luciani, www.aleteia.org

4.  Gaudium et Spes, n. 24, 25, 35.

5.  Catecismo Iglesia Católica, n. 1882 y ss.

domingo, febrero 07, 2010

51. Ecología

Fecha: 01 de febrero de 2010

TEMAS:
Ecología, Ley natural, Solidaridad.

RESUMEN: 1. El mundo y todo lo creado no es el resultado de una necesidad cualquiera, procede de la voluntad de Dios que ha querido participar a todo lo creado de su propio ser.

2. La salvaguardia de la naturaleza no responde primariamente a una exigencia estética, sino más bien a una exigencia moral, puesto que la naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que le precede y que viene del mismo Dios que es su autor.

3. Es evidente que la propia naturaleza nos enseña que es necesario superar la lógica del consumo para promover nueva formas de producción agrícola e industrial que respeten el orden de la creación y puedan satisfacer las necesidades primarias de todos los hombres: hay que adoptar un nuevo estilo de vida.

4. El libro de la naturaleza es único y el mismo tanto para el medio ambiente como para las relaciones sociales y la ética personal y familiar. También nosotros somos naturaleza creada por el mismo Creador de la naturaleza que nos rodea.

5. La ecología y el respeto de la naturaleza debe comenzar y entenderse desde la ecología y el respeto por el hombre. Solamente desde estas coordenadas se puede entender la naturaleza y todo lo creado como algo maravilloso puesto al servicio del hombre y de todos los hombres que lo administran con espíritu solidario para favorecer el desarrollo de todos los pueblos que habitan la Tierra.


SUMARIO: 1. Natural.- 2. Sobriedad.- 3. Ecología humana.- 4. Superior.

1. Natural

La primera cuestión es que el mundo no es una casualidad, producto del azar o de la sinrazón, resultado de un caos. Si fuera realmente así, si todo fuera el resultado de una línea evolutiva ciega y el comportamiento humano una mera función del instinto sería absurdo proponerse cambiar nada. Ni siquiera tendría sentido intentar razonar o argumentar porque solamente tendría sentido dejarse llevar[1].

El mundo y todo lo creado no es el resultado de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o de una determinación. Procede de la voluntad de Dios que ha querido participar a todo lo creado –en mayor medida al hombre– de su propio ser. El mundo creado tiene un autor y ese autor no es el hombre. La ecología en un primer sentido muy amplio significa respeto por la naturaleza. El hombre es el dueño o destinatario de la naturaleza, pero no es el dueño absoluto. Entre otras razones, porque no puede cambiar las leyes naturales. Cada vez que el hombre quiere cambiar la naturaleza para hacerla a su capricho no lo consigue.

La naturaleza se resiste a ser cambiada. Cada vez que el hombre lo intenta no consigue una naturaleza nueva, sino la misma... pero degenerada. Por esto el hombre, todos los hombres, no son dueños absolutos de la naturaleza, son, más bien, sus administradores. Los administradores de un Dueño que es el autor de todo lo creado. «La naturaleza es un don del Creador, el cual ha inscrito en ella su orden intrínseco para que el hombre pueda descubrir en él las orientaciones necesarias para cultivarla y guardarla»[2].

La salvaguardia de la naturaleza no responde primariamente a una exigencia estética, sino más bien a una exigencia moral, puesto que la naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que le precede y que viene del mismo Dios que es su autor. ¿Acaso no es verdad que el abuso de la naturaleza comienza allí donde Dios mismo es marginado o incluso donde se le niega su existencia? Si desaparece la relación entre Dios y el hombre la materia y todas las cosas creadas pierden su verdadera dimensión y su sentido y se convierten para el hombre en pura materia destinada a la posesión egoísta.

Cuando el hombre se convierte en la última instancia de la creación, el fin de la materia, la utilización de la naturaleza queda reducida al consumo insolidario donde no existe nada más allá de lo que se ve y se oye.


2. Sobriedad

El hombre se ha dejado guiar por el egoísmo, perdiendo el sentido del mandato divino y en su relación con la creación se ha comportado como explotador, como si fuera el dueño absoluto. El hombre moderno ha olvidado que también él mismo es criatura y, como tal, ser limitado.

La libertad personal, para empezar, no es absoluta. El hombre no es Dios, sino imagen de Dios. El rumbo que debe seguir el hombre no puede venir trazado por su propia arbitrariedad o deseo, sino que debe más bien consistir en la adecuada correspondencia con la estructura querida por el Creador[3].

Es evidente que la propia naturaleza creada nos enseña que es necesario superar la lógica del consumo para promover nueva formas de producción agrícola e industrial que respeten el orden de la creación y puedan satisfacer las necesidades primarias de todos los hombres: hay que adoptar un nuevo estilo de vida.

En primer lugar, hay que deshacer prejuicios antiguos y falsos. Si toda la gente del mundo se mudara al estado de Texas (USA) se le podría dar a cada familia la típica vivienda americana. La zona poblada del planeta no alcanza al 1% de la superficie total[4].

La ONU ha publicado el dato por el cual se sabe que la zona de bosques actual es la misma que la que existía en el año 1950 (4 billones de hectáreas). Además, hay que hacer saber que una hectárea de lechugas, por ejemplo, produce más oxígeno que una hectárea de un bosque de pinos.

La tierra puede alimentar a todos sus habitantes con tal de que el egoísmo de algunos no les lleve a acaparar para sí los bienes que están destinados para todos[5]. La realidad es que si África dejara de estar permanentemente en guerra, con los recursos agrícolas que tiene, sería capaz de alimentar al doble de la población actual de todo el planeta entero. En USA los programas de reducción agrícola han hecho que el 39% de la tierra cultivable se abandone (área que es mayor que toda la extensión cultivable de Europa).

Uno de los países más contaminantes es Rusia que es uno de los países con menor densidad de población, a diferencia de países como Alemania que, a pesar de su gran densidad de población, cuida su aire y la naturaleza que le corresponde.

En segundo lugar, es necesario promover un cambio efectivo de mentalidad y establecer nuevos modelos de vida dentro del marco de un gran esfuerzo educativo que va más allá de la mera instrucción técnica y social. Es necesario enseñar a los hombres que son criaturas y –precisamente por esta condición– no son los dueños absolutos de la creación.

Con esta nueva educación en los valores el hombre podrá descubrir que el egoísmo, el hedonismo, la búsqueda del propio bienestar y el individualismo no son propios de la naturaleza humana y, por esto, no son comportamientos naturales ni ecológicos.

El aprendizaje en el verdadero uso de las cosas creadas es lo que siempre hemos llamado sobriedad. Ser sobrios viene a ser lo mismo que ser ecológicos y esto, a su vez, es lo mismo que ser naturales.


3. Ecología humana

La educación natural o ecológica exige una relación responsable no sólo con la creación, sino también con los demás hombres que conviven con nosotros en el mundo a los que consideramos nuestros hermanos porque somos hijos de un mismo padre que es Dios, por qué iba a ser si no.

El libro de la naturaleza es único y el mismo tanto para lo concerniente al medio ambiente como para las relaciones sociales y la ética personal y familiar. También nosotros somos naturaleza creada por el mismo Creador de la naturaleza que nos rodea.

Preocuparse del medio ambiente exige, pues, una visión amplia y global del mundo y de todo lo que nos rodea. Exige una nueva visión de los problemas que cambie radicalmente desde el enfoque del interés particular y del beneficio propio hacia las necesidades de todos los pueblos.

El respeto por los demás hombres que también viven en este planeta se manifiesta en una nueva relación con las cosas creadas. Un desarrollo que solamente se ocupara del aspecto técnico y económico, descuidando la dimensión moral y religiosa (trascendente) de los hombres no sería un desarrollo humano integral de todos los hombres. Sería –por desgracia, es– un desarrollo unilateral de unos pocos hombres que termina fomentando la capacidad destructiva del hombre y el dominio de unos hombres sobre los demás hombres.


4. Superior

La misma ley natural inscrita en el corazón de todos los hombres pide al hombre que respete su misma naturaleza y de la de los demás hombres que conviven con él. También existe una verdadera ecología humana que nos dice que las demás personas son eso mismo: personas y no cosas de las que podamos abusar y usar a nuestro antojo.

La naturaleza del hombre es el libro que nos enseña que somos algo más que una reunión de células unidas por un principio de vida. El hombre trasciende su propia materia y su naturaleza es así trascendente por constitución y no por propias creencias. Yo no me creo trascendente lo soy, que no es lo mismo, y aunque no lo afirmara seguiría siéndolo de la misma manera.

La naturaleza del hombre nos enseña que tenemos espíritu y que nuestro espíritu tiene unos valores que no son materiales ni propios de la materia. La generosidad, la solidaridad, la afabilidad, la cordialidad, la tolerancia, la comprensión, el acogimiento, la honestidad y un largo etcétera son típicos de los hombres y no de las cosas ni de los animales.

El hombre es un ser ecológico porque es un ser natural. Pero no se confunde con los demás seres creados porque, a diferencia de ellos, está dotado de espíritu trascendente que lo eleva a un plano superior al de los demás seres vivos.

La ecología y el respeto de la naturaleza deben comenzar y entenderse desde la ecología y el respeto por el hombre. Solamente desde estas coordenadas se puede entender la naturaleza y todo lo creado como algo maravilloso puesto al servicio del hombre y de todos los hombres que lo administran con espíritu solidario para favorecer el desarrollo de todos los pueblos que habitan la Tierra.

No es correcto absolutizar la naturaleza ni considerarla más importante que el mismo hombre. Este camino nos lleva a una concepción del mundo donde se elimina la diferencia sustancial entre el hombre y los demás seres vivos y se termina por negar la verdadera dignidad de la persona humana superior a todo lo demás creado.■


Felipe Pou Ampuero

[1] De la Vega-Hazas Ramírez, Julio, ¿Creación? Por qué sí, www.zenit.org
[2] Benedicto XVI, Si quieres promover la paz, protege la Creación, Mensaje para la XLIII Jornada Mundial de la Paz, Ciudad del Vaticano, 1 de enero de 2010.
[3] Benedicto XVI, Discurso al Cuerpo Diplomático ante la Santa sede, Ciudad del Vaticano, 11 de enero de 2010.
[4] Jacqueline E. Kasun, El mito de la superpoblación.
[5] Benedicto XVI, Discurso ante la FAO, 16 de noviembre de 2009.

domingo, julio 02, 2006

17. Los derechos


Fecha: 2 de julio de 2006

Temas: Derechos, vida, solidaridad.

RESUMEN: 1. Los derechos de los hombres no son una invención del siglo pasado son, más bien, un descubrimiento del siglo pasado, como se descubrió el nuevo continente que estaba allí desde siempre pero no lo sabíamos.

2. Los hombres tenemos muchos derechos, pero el primero de todos los derechos de los hombres es el derecho a la vida, a la propia vida y a la vida de todos los demás.

3. No solo la propia vida es un don, también el resto de los derechos de los hombres son una donación que se concede a los hombres para proteger el valor de cada hombre.

4. La dignidad del hombre es un acto de amor que supera lo justo y lo debido hasta alcanzar lo querido, lo amado y la misericordia.

5. El amor a la vida no permite negar ninguna vida. Mi derecho a la vida no puede servir para negar la vida de nadie, ni la defensa de mi propia vida justifica la negación de ninguna otra vida. El derecho a la vida es un acto de amor donde todos estamos unidos y nadie puede quedar excluido.

SUMARIO: 1. Los derechos de los hombres.— 2. El primer derecho es un don.—3. Un acto de amor.— 4. Contra el abuso.

1. Los derechos de los hombres

Recién acaba la Segunda Guerra Mundial el hombre experimentó una de las más grandes humillaciones de la historia cuando entró en los campos de concentración nazis donde todavía las cenizas de los hornos crematorios cubrían el suelo de gris...[1]. La comunidad de las naciones se apresuró a aprobar una Declaración Universal de los Derechos Humanos en cuyo preámbulo se puede leer que «el desconocimiento de los derechos humanos ha originado actos de barbarie ultrajantes».

El pasado siglo XX nos «descubrió» los derechos humanos que, si se me permite, prefiero llamar los derechos de cada hombre o los derechos de los hombres. Porque lo que existe, los que existimos, somos los hombres, todos y cada uno de los hombres y mujeres, los reales, aquellos con los que nos cruzamos por la calle cada día. A veces, parece que cuando se habla de los derechos humanos nos estamos refiriendo a los derechos de «los humanos» como si fueran alguien distinto de nuestros vecinos, de nuestros colegas, amigos, parientes, etc. Los humanos no existen, existen Juan, Pepe, María, Alberto, Inés...

Los derechos humanos son derechos de cada hombre porque le pertenecen a cada uno no por concesión o atribución generosa del mandatario de turno o de la mismísima comunidad de naciones que se reúne en no sé donde y deciden , en un acto de generosidad, conceder la ciudadanía a los humanos que hasta entonces estaban esclavizados por el poder. Pues no. Los derechos de los hombres son derechos originales, propios, implícitos en la condición humana, son la marca de origen, el contraste con el que nacemos y en este sentido los derechos de los hombres no son derechos concedidos por nadie, sino que deben ser —tienen la obligación de ser— reconocidos por todos los hombres, incluso por los poderosos, hombres también, que detentan cualquier tipo de poder [2].

Los derechos de los hombres no son una invención del siglo pasado son, más bien, un descubrimiento del siglo pasado, como se descubrió el nuevo continente que estaba allí desde siempre pero no lo sabíamos. Y ¿por qué los hombres tenemos derechos? Y ¿por qué los tenemos por nacimiento y de origen? Los derechos de los hombres no tienen su fundamento en la categoría moral, los méritos, las propias virtudes, el prestigio social o cualquier otra consideración que se pueda pensar. El único fundamento de los derechos es la dignidad del hombre, la dignidad de cada hombre y de cada mujer. Cada uno somos dignos, que es tanto como decir, que cada uno somos valiosos, tenemos un valor único, infinito y este valor nos hace titulares de unos derechos que son propios, autónomos y originales. Porque como decía Kant en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres: «Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por lo tanto, no admite nada equivalente, eso tiene dignidad»[3].

Y ¿por qué somos dignos y valiosos? Pues porque llevamos en nuestro corazón una semilla de eternidad que no es otra cosa que la «imagen y semejanza del Creador». Somos valiosos porque somos algo más que simples hombres, algo más que seres animados, que seres racionales. Todo esto es mucho y, a la vez, dice muy poco. Porque los hombres somos, ante todo, «hijos de la promesa», seres queridos por Dios uno a uno, así cada uno hasta el fin. No cabe el peso, ni la medida, ni la cantidad, sólo cabe la unidad de cada uno, somos únicos porque somos eternos y por esto somos seres valiosos y dignos, más valiosos que el resto de los seres creados.

Según las épocas y las corrientes de pensamiento se ha podido hacer más hincapié en unos derechos o en otros y sería difícil enumerar una lista de los derechos de los hombres. Podemos ser más exactos si los definimos por su finalidad: son derechos de los hombres todos los necesarios para respetar la dignidad personal de cada hombre. Los hombres tenemos derecho de origen a fundar una familia, a educar a nuestros hijos, a reunirnos y asociarnos, a expresar nuestras ideas, a vivir y manifestar nuestras creencias y fe, a tener un trabajo digno y un salario justo, a albergar la esperanza de un futuro pacífico y sosegado, a un descanso merecido...

Los hombres tenemos muchos derechos, pero el primero de todos los derechos de los hombres es el derecho a la vida, a la propia vida y a la vida de todos los demás[4]. El derecho a la vida es derecho de origen, los hombres no podemos dar ni quitar este derecho a los demás, como tampoco podemos conceder derechos a los demás hombres, no es lícito negar los derechos humanos a los hombres. Cabalmente los hombres solo podemos reconocer el derecho a la vida de los demás y, al menos, no impedir que este derecho no pueda ser ejercido por su titular.

Sin el derecho a la vida carecen de sentido los demás derechos. En el cementerio nadie reclama sus derechos. Ningún muerto se preocupa de su libertad de expresión. Los derechos precisan de la vida para existir y para poder ser ejercidos, para servir a la finalidad por la que fueron concedidos. Los derechos de los hombres hablan de la vida de los hombres y son el mayor portavoz de la vida humana. Tan es así que siempre que se defiende algún derecho se está defendiendo la vida que es necesaria para ejercer este derecho.

Por esto se delata la falsedad de quien pretende defender todos los derechos humanos sin defender el primero y necesario de los derechos que permite que todos los demás existan. Sin vida no existen derechos.


2. El primer derecho es un don

Y ¡oh sorpresa! El primero de los derechos de los hombres, el derecho a la vida no es un derecho es un don. La vida no es propia, no es propiedad del titular. Los derechos de los hombres —y la propia vida es el primer derecho— no son derechos de poder, de fuerza, de atribución. Son derechos de dignidad, de respeto, de valor propio. No tengo derecho a la vida porque mi vida sea importante, porque sea político, o inteligente, o superdotado o porque sea muy rico y mi vida valga mucho. Pues no.

Los derechos de los hombres no son derechos merecidos y, por tanto, no son derechos propios de cada uno a la manera como se pueden entender el derecho de propiedad sobre mi casa o sobre mi bicicleta. Mi vida tiene un valor no por mí, sino por quien me la ha concedido, y el resto de todos mis derechos tienen un valor no porque yo sea una persona muy interesante, sino porque soy imagen del Creador.

No solo la propia vida es un don, también el resto de los derechos de los hombres son una donación que se concede a los hombres para proteger el valor de cada hombre. No son derechos de propietario. Una de las facultades que integran el derecho de propiedad es el llamado poder de disposición por el cual el propietario puede disponer libremente y a su voluntad del objeto sobre el recae su derecho. Así yo puedo regalar mi bicicleta y quedarme sin ella. No funcionan así los derechos de los hombres.

No podemos ejercer los derechos de los hombres como si fueran derechos de propiedad sobre las cosas que nos rodean. Entre otras consideraciones porque si dispongo de mi casa siempre puedo conseguir otra, o vivir de alquiler o en casa de mis parientes. Si dispongo de mi vida no tengo otra más, porque mi vida soy yo mismo y al disponer de mi vida estoy disponiendo de mí mismo.

Mi derecho a la vida no es igual que mi derecho sobre mi bicicleta. El derecho a educar a los propios hijos no es el alquiler de la vivienda, la libertad religiosa no es como el pago de los impuestos. Debemos tener presente que los derechos de los hombres tienen que ser ejercidos como lo que son, como un don, una concesión, un regalo, no como algo propio, sino como algo prestado y concedido que debemos conservar. Tenemos la obligación —así como suena, obligación— de conservar nuestra dignidad personal, de mantenerla y de defenderla de nuestros propios caprichos, en primer lugar, y de las injerencias de los poderosos después.

Los derechos de los hombres no son renunciables porque no son propios, no nos pertenecen. Se nos ha dado su ejercicio con una finalidad muy concreta, no para que nos apropiemos de ellos. Y el que se apropia de lo ajeno está hurtando. Los derechos de los hombres no son ciertamente de los hombres aunque corresponde a los hombres su disfrute y su ejercicio. Porque la vida no es algo que simplemente se tiene, sino algo que se es[5].


3. Un acto de amor

Si los derechos de los hombres son un don, una concesión gratuita, nos podemos preguntar por qué esto es así, por qué funcionan así los derechos de los hombres. El hombre es un ser creado. Pero el hombre no es un ser necesario para Dios. Dios no nos creó porque le «faltara algo» o se sintiera muy solo. Un Dios que es realmente Dios no puede ser incompleto o necesitado, luego nuestra existencia debe tener otra explicación.

Si Dios no necesita al hombre ¿por qué creó al hombre? Sólo cabe una respuesta segura. Dios crea al hombre por amor al hombre y además crea libre al hombre para que le pueda amar libremente. El hombre es un acto de amor de Dios y la dignidad del hombre es verdadera imagen del amor de Dios: tal como Dios ama al hombre es el hombre de digno.

El ejercicio de los derechos de los hombres no puede quedar reducido a la simple contabilidad jurídica del toma y daca. Yo te doy un precio y tu me das una cosa. Te pago el alquiler y me dejas vivir en tu casa. Me temo que no funciona así el ejercicio de los derechos de los hombres. La dignidad del hombre sólo puede ser entendida en las coordenadas del amor y, por tanto, supera con creces las medidas de lo justo, de lo debido, de lo que a cada uno corresponde.

La dignidad personal no es lo correspondiente a cada uno, lo justo, lo propio. Por lo menos no lo es en el sentido de justicia sobre las cosas materiales, el coche, la casa, el patrimonio. La dignidad del hombre es un acto de amor que supera lo justo y lo debido hasta alcanzar lo querido, lo amado y la misericordia. Porque la misericordia supera la justicia pero, todavía más, la misericordia explica la justicia porque no existe una justicia que se limite a ser solo justa. La verdadera justicia debe ser misericordiosa. «El hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor»[6].

El ejercicio de los derechos no puede limitarse a ser solamente justo, sino que debe ser un acto de amor, algo más de lo debido, para empezar a ser precisamente lo querido, lo deseado, lo amado.


4. Contra el abuso

El amor no excluye, sino que une. Cuando se ama, se quiere, se pretende la unión con el ser amado. Cuando se ama no se rechaza o se anula o se ignora al ser amado. Eso no es amar. El derecho a la vida ejercido con amor y no solo con justicia es un derecho a todas las vidas, a las incipientes y a las terminales, a las fuertes y a las débiles, a las importantes y a las ignoradas, a las necesarias y a las desconocidas.

El amor a la vida no permite negar ninguna vida. Mi derecho a la vida no puede servir para negar la vida de nadie, ni la defensa de mi propia vida justifica la negación de ninguna otra vida. El derecho a la vida es un acto de amor donde todos estamos unidos y nadie puede quedar excluido.

Los hombres no podemos realizar un uso exclusivo o abusivo de nuestros derechos porque no se nos han concedido para ejercerlos de cualquier manera o la manera que nos pueda parecer más conveniente. Los derechos de los hombres que son hijos del Amor solo pueden ser ejercidos con amor, con misericordia y muy por encima de la simple justicia.

No podemos ampararnos en nuestro derecho a la vida cuando se mueren de hambre tantos millones de personas cada año. No podemos defender nuestro derecho a la educación cuando el subdesarrollo sigue paseándose por el mundo. No podemos defender nuestros derechos cuando tantos hombres no los tienen. El ejercicio de los derechos es solidario por definición. Yo no ejerzo mis derechos solo para mí, sino para todos los hombres que en este acto se concretan en mí.

No pido revolución, pero sí pido ocupación. Algo podemos hacer. Algo es más que nada y mucho menos que todo. Pero soy consciente de mi poquedad. No puedo mucho, casi nada, pero lo que puedo lo hago.

¿Qué puedo hacer por los derechos de los hombres en el mundo de hoy? Puedo ayudar con mi dinero para promover escuelas, dispensarios, bancos de alimentos, hospitales, ayudas a familias. Allí lejos y aquí cerca, sí también aquí cerca es necesario hacer algo por los derechos de los hombres.

Puedo ayudar con mi voz, con mi presencia, con mi trabajo, con mis ideas, con mi inteligencia. Puedo pensar, proponer soluciones, provocar reuniones, mostrar preocupaciones. Tanto en lo material como en lo espiritual, sobre todo en lo espiritual. No caemos en la cuenta que —al menos de hecho— actuamos como si solo de pan viviera el hombre y sólo nos preocupamos de las necesidades materiales. Estamos equivocados. «No sólo de pan vive el hombre» (Lc 4,4) y el verdadero bien de los hombres es reconocer el camino correcto en su vida. Acertar a saber vivir. Y en esto, las exigencias morales son humanas y, por tanto, necesarias para la vida cabal de todos los hombres.

Para ayudar a los derechos de los hombres, además de lo anterior, lo mejor que puedo hacer es amar a todos los hombres. «Las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad no son valores confesionales, pues tales exigencias están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural»[7].


Felipe Pou Ampuero

[1] Nieves García, Fundamentar lo evidente, www.mujernueva.org
[2] Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 156.
[3] Nieves García, op.cit.
[4] Juan Pablo II, Enc. Evangelium vitae, n. 2
[5] Eduardo Terrasa, Posibles desencuentros entre yo y mi cuerpo, Nuestro Tiempo, noviembre 2005, nº 617, p. 82.
[6] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, 25 de diciembre de 2005, n. 29.
[7] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre el compromiso y conducta de los católicos en la vida política. Vaticano, 24 de noviembre de 2002.