sábado, enero 07, 2023

38. Mi cuerpo y yo

 

TEMAS: Cuerpo, Pudor, Persona, Amor.

* * * * *

RESUMEN: 1. ¿Por qué el mundo moderno no entiende el mensaje de la Iglesia —que es el mensaje de Dios— sobre el amor humano? Es la gran pregunta que sigue queriendo responder una y otra generación.

2. Entre muchos cristianos ha quedado una visión un tanto negativa del cuerpo humano y de su sexualidad que les hace pensar que el cuerpo es un obstáculo para su vida espiritual. Sin embargo, esta visión dualista del cuerpo y del alma es falsa y errónea.

3. El error de la cultura moderna consiste en una defectuosa apreciación del cuerpo y de su sexualidad. Si el cuerpo fuera solamente un objeto de posesión —por muy valiosa que fuera esa posesión—, el cuerpo no participaría de la dignidad de la persona.

4. El sexo es constitutivo de la persona y no solamente un atributo de la misma. De tal manera que podría decirse que no existen personas, lo que existen son varones y mujeres. No se puede separar el sexo de la persona porque entonces la persona queda incompleta e indefinida y el cuerpo convertido en cosa, no en persona.

5. La manera masculina de darse a los demás consiste en salir de uno mismo y buscar y cuidar del otro. Pero la manera femenina de amar consiste en acoger y aceptar al otro y tenerlo dentro de sí e integrarlo en su propia vida.

6. Dios ha confiado a los hombres y mujeres la misma construcción de la historia y el desarrollo del mundo de manera que sea por medio de la colaboración entre el varón y la mujer como se realice el verdadero progreso.

* * * * *

SUMARIO: 1. A los cuarenta años.- 2. Platón.- 3. El giro antropológico.- a) El sexo es constitutivo de la persona.-  b) El significado esponsal del cuerpo.-  c) La complementariedad varón-mujer es ontológica.- d) Varón y mujer son una unidualidad relacional.

 

1. A los cuarenta años

El 25 de julio de 2008 se han cumplido los cuarenta años de la profética encíclica del Papa Pablo VI Humanae Vitae. Curiosamente esta encíclica que trata sobre la vida humana trata sobre el amor humano de un hombre y una mujer, sobre el amor de los esposos. El Papa quería explicar el amor al hombre moderno del siglo XX porque a todas luces era evidente que el hombre moderno no sabía amar.

¿Por qué el mundo moderno no entiende el mensaje de la Iglesia —que es el mensaje de Dios— sobre el amor humano? Es la gran pregunta que sigue queriendo responder una y otra generación. En el aprendizaje del amor nos va la vida porque en eso mismo nos va la verdadera felicidad de cada hombre. Para el hombre moderno, acelerado por el ritmo de la informática, ser feliz es disfrutar, estar satisfecho. El hombre se relaciona con cosas y busca la felicidad en las cosas de tal manera que acaba por convertir a cuantos le rodean en cosas también a las que puede desear, que le pueden satisfacer. Sin embargo, el hombre moderno no es feliz porque aunque tenga muchas cosas no tiene amor verdadero.

 

2. Platón

Durante mucho tiempo, la teología cristiana tuvo una fuerte influencia de la filosofía de Platón que ponderaba la bondad del alma y tenía cierta tendencia a menospreciar el valor del cuerpo[1]. Los discípulos de Platón llegaron a exagerar esta dualidad de alma y cuerpo —espíritu y materia— y con el correr  del tiempo  ciertos movimientos pseudo-religiosos, como el maniqueísmo y el gnosticismo, llegaron al extremo de condenar la materia por considerarla corruptible y mala y a despreciar el cuerpo y rechazar el mismo matrimonio como una realidad sucia y fea, debido a la dimensión sexual que el cuerpo comporta.

La Iglesia condenó estas corrientes erróneas, pero entre muchos cristianos ha quedado una visión un tanto negativa del cuerpo humano y de su sexualidad que les hace pensar que el cuerpo es un obstáculo para su vida espiritual. Sin embargo, esta visión dualista del cuerpo y del alma es falsa y errónea. Es cierto que lo espiritual tiene prioridad sobre los material, el alma sobre el cuerpo, pero también es cierto que «El hombre, siendo a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y símbolos materiales» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1146).

La hipersexualización de nuestra sociedad moderna también tiene su causa en este mismo error, al infravalorar la sexualidad humana. La obsesión por el sexo de la sociedad actual tiene su origen en el vacío de amor que sufre el hombre moderno por haber abandonado a Dios. Se ha sustituido la búsqueda del verdadero amor por el placer intenso e instantáneo que proporcionan las relaciones sexuales. Pero luego el hombre queda más vacío que antes porque el placer sólo no satisface el corazón humano.

Esto demuestra que el error de la cultura moderna consiste en una defectuosa apreciación del cuerpo y de su sexualidad. Si el cuerpo fuera solamente un objeto de posesión —por muy valiosa que fuera esa posesión—, el cuerpo no participaría de la dignidad de la persona[2].

Los hombres no tenemos un cuerpo como quien tiene un reloj o una camisa. Más bien somos corporales y no somos nuestro reloj. Porque el cuerpo no se tiene sino que forma parte de mí y al «usar» mi cuerpo estoy «usándome».

 

3. El giro antropológico

            Karol Wojtyla, a la entrada del Cónclave que elegiría al sucesor de Pablo VI, llevaba bajo el brazo unos papeles para trabajarlos si le sobraba tiempo con el tema que por entonces le rondaba: la Teología del cuerpo[3]. Pocos meses después, siendo ya Juan Pablo II la expuso a lo largo de 129 Audiencias de los miércoles durante cinco años desde septiembre de 1979 hasta noviembre de 1984.

            La visión del hombre de Juan Pablo II es completamente moderna porque continúa con la idea central de Kant y de Feuerbach en la que el hombre es el centro pero no la pone en contradicción con el teocentrismo desde el momento en que se comprende que Jesucristo es Dios y Hombre a la vez. La teología del cuerpo nos dice que la dignidad del hombre debe leerse desde la encarnación del hombre en un cuerpo de varón y en un cuerpo de mujer sexuados y creados por ese Dios que se ha hecho Hombre. Las conclusiones de esta nueva visión del hombre son las siguientes:

            a) El sexo es constitutivo de la persona. Hasta ahora el pensamiento que hemos heredado consideraba el sexo como un accidente inseparable de la persona: Juan es inteligente, alto, ágil y es varón., pero Juan es persona. Sin embargo, la realidad no es así. Juan tiene muchos atributos: alto, inteligente, ágil. Pero Juan «es» varón. El sexo es constitutivo de la persona y no solamente un atributo de la misma. De tal manera que podría decirse que no existen personas, lo que existen son varones y mujeres.

            Esta afirmación no es fácil de explicar a primera vista. Cuando nos preguntamos ¿qué es ser persona? santo Tomás describe la persona como «ser subsistente», es decir, ser persona consiste en que cada hombre o mujer tiene su propio acto de ser en propiedad, que tiene una libertad interior para decidir quien quiere ser. La persona es dueña de sí misma y nadie la puede poseer a menos que ella misma se entregue. Pero la persona no es solamente subsistencia y autopropiedad.

            La modernidad ha puesto de relieve otra característica de la persona que es su comunicabilidad, su capacidad de apertura a los demás. Todo «yo» requiere un «tú»: éste es el principio de relación descubierto por Feuerbach de manera que Heidegger define a la persona como «ser-con».

            La intuición de Juan Pablo II descubre que la sexualidad humana añade una característica más a la persona, no solamente es un ser libre que vive con otras personas, sino que por su masculinidad y feminidad la persona vive «para» otras personas en comunión de amor. La sexualidad define a la persona humana como alguien con capacidad de entregarse a otro por amor y de una manera total y plena —cosa que no son capaces de hacer los animales—. Y esto, precisamente, define en plenitud a la persona. Y en todo esto el cuerpo humano y su sexualidad juegan un papel imprescindible.

            La consecuencia fundamental de todo lo dicho es que si el sexo es constitutivo de la persona no se puede separar el sexo de la persona porque entonces la persona queda incompleta e indefinida y el cuerpo convertido en cosa, no en persona.

 

            b) El significado esponsal del cuerpo. La visión del hombre de Juan Pablo II es que si la persona es capaz de amar entonces la persona debe ser tratada con amor. Amar es a su vez tratar al ser humano como persona, no como un objeto. Para tratar a una persona como tal hay que tratarla con amor.

            El cuerpo humano, con su sexualidad, manifiesta la capacidad de amar de la persona. El cuerpo es lo que se ve de la persona y lo que se ve es un cuerpo que puede amar y que ha sido creado para el amor. Y esto es así porque la sexualidad humana no se acaba en su genitalidad, sino que alcanza a toda la persona de manera que se puede amar con el cuerpo.

Pero se trata de un amor humano, inteligente y espiritual también, de un amor que ama de una manera definitiva y total por medio de una entrega de toda la vida. El amor que expresa la sexualidad del cuerpo humano es un amor de promesa, que dice un «te amaré toda la vida» y eso es el significado esponsal del cuerpo.

 

c) La complementariedad varón-mujer es ontológica.  Que el varón y la mujer se complementan es algo que ya demostraban la biología y la psicología. Pero existe otro tercer nivel donde también se complementan y del que nadie hablaba. Es el plano del ser, la manera de ser persona como varón y como mujer. Podemos y debemos hablar de dos tipos de personas: la masculina y la femenina.

Si lo que caracteriza a la persona es su capacidad de amar y amar es darse a los demás, entonces podemos concluir que existen dos maneras de darse a los demás. La manera masculina de darse a los demás consiste en salir de uno mismo y buscar y cuidar del otro. Pero la manera femenina de amar consiste en acoger y aceptar al otro y tenerlo dentro de sí e integrarlo en su propia vida.

Así se puede afirmar que no existe una sola manera de ser persona, sino que existen dos maneras de ser persona y que a cada uno nos corresponde la manera de ser persona que determina nuestra sexualidad. Así Juan vivirá la vida y todo lo que ello lleva consigo como la viven los varones y María la vivirá como la viven las mujeres.

 

    d) Varón y mujer son una unidualidad relacional.  Si la sexualidad define a la persona y hace al varón y a la mujer distintos como personas porque tienen distintas maneras de ser personas, estamos afirmando que son distintos pero que los dos son personas. Varón y mujer son igual de personas pero distintos en la manera de ser personas. Y esta igualdad y esta diferencia es lo que Juan Pablo II ha denominado «uni-dualidad» para querer expresar que es una unidad de los dos: unidad en la persona y dualidad en la manera de ser.

    Es la unidad de los dos la que permite que cada uno —varón y mujer— pueda sentir la relación con el otro sexo como enriquecedora y creativa. De esta unidad de los dos es de donde nace la familia y es el lugar digno para la llamada a la vida de cada uno de los hijos.

Pero esta unidad de dos no se limita solamente a la procreación y a la vida de familia, sino que Dios, por medio de la unidad de los dos, ha confiado a los hombres y mujeres la misma construcción de la historia[4] y el desarrollo del mundo de manera que sea por medio de la colaboración entre el varón y la mujer como se realice el verdadero progreso en el mundo para hacerlo más humano.

Es claro, que todas estas intuiciones de Karol Wojtyla, luego Juan Pablo II, suponen una revolución pacífica en el pensamiento y en la visión del hombre que tendrá unas consecuencias enormes en la cultura y en el ordenamiento social del presente siglo XXI.

 

 



[1] Adolfo J. Castañeda, ¿Qué es la Teología del cuerpo?, www.catholic.net

[2] Eduardo Terrasa, Posibles desencuentros entre yo y mi cuerpo, Nuestro Tiempo, noviembre 2005, nº. 617, p.70.

[3] Blanca Castilla de Cortázar Larrea, Varón y mujer en la “teología del cuerpo” de Karon Wojtyla, www.arvo.net, 2 de marzo de 2006.

[4] Juan Pablo II, Carta a las mujeres, 29 de junio de 1995, n. 8.

108. Libres

 

 "Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente"

 

* * * * *

 

Todos entendemos por libertad la posibilidad de elegir entre unas cosas u otras, es la libertad de elección o “libertad pro choice”. Es algo así como coger un tren. Cuando llegas a la estación central de Madrid puedes subirte a cualquier tren. Solo que un tren te lleva a Barcelona y otro a Huelva, por ejemplo.

Entonces, la libertad no solo sirve para elegir a qué tren me subo, sino que también sirve para cumplir un proyecto, es la libertad de determinar mi destino, es la “libertad para”. Porque no se trata de subirme a cualquier tren, es decir, al tren que más me guste –por ejemplo, el tren bala– sino que se trata de subirme al tren que me lleva a la ciudad donde quiero ir. Soy libre para elegir cualquier tren, pero elegiré el tren que me lleve a mi destino.

Pero para poder elegir el tren que me interesa, antes tengo que estar informado del destino de los trenes. Tendré que ir hasta los paneles generales de la estación e informarme de los destinos y andenes de cada tren para poder elegir el tren correcto. Es la libertad de conocimiento que me permite elegir con toda la información suficiente para acertar en la elección: es la “libertad de”.

Hace tiempo un presidente del gobierno de España se atrevió a proclamar que la libertad nos hace verdaderos porque entendía que la realización de cada persona consiste en ser lo más libre posible, sin ninguna limitación. Es cierto que alcanzando nuestro pleno desarrollo nos realizamos plenamente. Pero no es cierto que esto suceda de cualquier manera, sino que antes debemos saber qué es lo que queremos ser y hacer con nuestra vida. En efecto, "Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente" (san Juan Pablo II, Enc. Fe y Razón, n. 90). No es cierto que la libertad nos haga verdaderos, sino que es la verdad la que nos hace libres (cfr. Juan 8, 31-42).

La libertad que tengo para subirme a cualquier tren no me aprovecha si antes no tengo la información suficiente para poder elegir cuál es el tren que me lleva a mi destino. Ahora comprendo que la libertad sin la verdad no es más que una quimera.

Sin conocimiento no sabremos elegir nuestro destino, ni adónde queremos llegar ni qué debemos hacer. Resulta imprescindible la formación personal de cada uno, como me resulta imprescindible informarme sobre dónde se encuentra estacionado mi tren para no acabar perdido en cualquier esquina de España.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

1.      San Juan Pablo II, Encíclica Fides et Ratio, n. 90.

2. YEPES STORK, Ricardo, El sentido de la libertad. www.arguments.blogspot.com

3.      TERMES, Rafael, Libertad y verdad, ABC, 18 de septiembre de 1995.

4. SPAEMANN, Robert, Dios, la libertad, la realidad. www.fluvium.org/textos/etica

5.  LLANO CIFUENTES, Alejandro, La vida lograda, Ediciones Ariel, Barcelona. 2002.

6.      MARIANO FAZIO, conferencia en la Universidad de La Sabana, 25 de febrero de 2022.

viernes, diciembre 02, 2022

107. Para siempre

 

La fidelidad implica el perdón y la comprensión que se alcanzan con amor y respeto.

* * * * *

El 25 de julio de 1968 San Pablo VI publicó la profética encíclica Humanae Vitae. Curiosamente, esta encíclica que trata sobre la vida humana, tiene como fondo el amor humano de un hombre y una mujer, el amor de los esposos. El Papa quería explicar el amor al hombre moderno del siglo XX porque a todas luces era evidente que el hombre moderno no sabía amar.

El Papa señala que el amor conyugal tiene las siguientes características: 1) es un amor plenamente humano; 2) es un amor total; 3) es un amor fiel y exclusivo y  4) es un amor fecundo. Más aún,  señala que si falta alguna de esas notas el amor ya no es un amor matrimonial sino otro tipo de amor. Conviene saberlo para estar seguros de cómo es nuestro amor conyugal.

Por ser humano es un amor digno, entre personas iguales que se respetan y se quieren como se quieren las personas: con la cabeza y con el corazón a diferencia de los animales que solo quieren por puro instinto o pasión.

Por ser total es un amor que implica la totalidad de la persona que se entrega a la otra persona y viceversa. Esta totalidad abarca al otro en todos los niveles: sentimiento, voluntad, cuerpo y espíritu. Es necesario amar íntegramente al cónyuge, sin excluir ninguno de los aspectos que lo encarnan. En frase castiza se quiere la col y las hojas de alrededor. No es conyugal excluir la sexualidad, o quedarse solamente con el sexo y excluir todo lo demás.

Por ser fiel y exclusivo no es un amor a prueba. La fidelidad implica excluir de la relación conyugal todo aquello –cosas o personas– que la entorpecen. Se trata de guardar el corazón para el cónyuge y también se trata de no sacar a pasear el corazón como si se vendiera una mercancía. La fidelidad, a veces, puede resultar difícil pero siempre es posible y, además, los cristianos contamos con la ayuda de la gracia. ¡Dios es fiel!

Y por ser fecundo no es amor que se encierra en sí mismo, sino que está abierto a los demás porque es acogedor y sobre todo está abierto a la vida de los nuevos hijos a los que recibe como un regalo y  encargo divinos. Es un amor que no se reserva nada para sí mismo.

La fidelidad es cosa humana, de hombres y de mujeres, no de ángeles y de demonios. Y seremos fieles como lo puede ser una persona: algunas veces con heroicidad, pero siempre con sentido de la realidad. Por esto la fidelidad cuenta con los propios defectos e imperfecciones, así como con las propias virtudes. Por todo ello, la fidelidad implica necesariamente el perdón y la comprensión que se alcanzan sólo con amor y respeto.

¿Por qué es preciso amar siempre al otro cónyuge, incluso cuando muchos motivos, aparentemente justificados, inducirían a dejarlo?

La respuesta más radical presupone ante todo el reconocimiento del valor objetivo y esencial del vínculo matrimonial. Marido y mujer son esposos, cónyuges, personas unidas, vinculadas. Pero no unidos como unos esclavos encadenados y castigados a permanecer siempre así, sino unidos por el don recíproco y la promesa de amor hecha con los propios defectos.■

 

BIBLIOGRAFÍA

1.      JUAN PABLO II,  El origen de la crisis del matrimonio.  Discurso a la Rota romana, 30 de enero de 2003.

2.      ENRIQUE ROJAS, Remedios para el desamor. Mujer Nueva

3.      JOSÉ MORALES, Fidelidad, Ediciones Rialp, S.A. Madrid 2004.

4.      DAVID ISAACS, La educación de las virtudes humanas, Eunsa, Pamplona, 1976.

5.      ALFONSO LÓPEZ QUINTÁS. El valor de la fidelidad matrimonial. www.Catholic.net.

6.      TONY ANATRELLA. La mentalidad juvenil en el mundo occidental. Aceprensa, 8 de octubre de 2003, servicio 136/03

7.      TOMAS TRIGO, La fidelidad matrimonial, almudi.org

8.      Pablo VI, Encíclica Humanae Vitae, n.9

 

sábado, octubre 29, 2022

106. Varón y mujer

La sexualidad no es un simple accidente de la persona, es la oportunidad para el desarrollo personal.

  

* * * * *

Durante mucho tiempo, la teología cristiana influenciada por la filosofía de Platón ponderaba la bondad del alma y menospreciaba el valor del cuerpo. Con el tiempo, se llegó a considerar al cuerpo como algo corruptible y despreciable, valorando solamente el alma y la espiritualidad y tolerando el matrimonio como una realidad “poco noble”, debido a la dimensión sexual que el cuerpo comportaba.

Karol Wojtyla, a la entrada del Cónclave que elegiría a Juan Pablo I, llevaba bajo el brazo unos papeles para trabajar con el tema que por entonces le rondaba: la Teología del cuerpo. Pocos meses después, siendo ya Juan Pablo II la expuso a lo largo de 129 audiencias de los miércoles durante cinco años desde septiembre de 1979 hasta noviembre de 1984.

La teología del cuerpo expresa que la dignidad del hombre y de la mujer se reconoce desde un cuerpo de varón y un cuerpo de mujer sexuados y creados por Dios que se ha hecho Hombre. Las conclusiones de esta nueva visión del hombre son las siguientes:

- El sexo es constitutivo de la persona. Hasta ahora se consideraba el sexo como un accidente inseparable de la persona: Juan es inteligente, alto, ágil y es varón, pero Juan es persona. Sin embargo, la realidad no es así. Juan tiene muchos atributos: alto, inteligente, ágil. Pero Juan «es» varón. El sexo es constitutivo de la persona y no solamente un atributo de la misma. Porque el hombre y la mujer no tienen un sexo determinado, son su sexualidad, es decir, son corporales, son sexuados, porque la sexualidad es estructural en lo corpóreo, psíquico y espiritual, no es sólo una diferencia genital.

- El significado esponsal del cuerpo. Si la persona es capaz de amar por medio de su sexualidad entonces la persona debe ser tratada con amor. Amar significa tratar al ser humano con una dignidad especial y no como un objeto.

- La complementariedad varón-mujer es ontológica.  Que el varón y la mujer se complementan es algo que ya demostraba la biología y la psicología. Pero existe un tercer nivel donde también se complementan y del que nadie hablaba. Reside en el plano del ser: la manera de ser persona como varón y como mujer. Se puede hablar de dos tipos de personas: la masculina y la femenina.

Como la persona entera es hombre o mujer, la unidad del cuerpo y del alma se extiende a todos los rincones de la existencia humana. No se puede limitar la sexualidad humana a la procreación. El sexo lejos de ser un privilegio o una discriminación, supone la oportunidad para el propio desarrollo y la realización personal de cada uno.

Para el cristiano el término "diferente'' es sinónimo de Creación. Nada hay igual en la Creación del universo. Ni dos pájaros, ni dos piedras, ni dos margaritas, ni mucho menos, dos mujeres o dos hombres. La diferencia es el sello divino de la Creación y en cada diferencia se muestra el amor concreto de Dios por cada criatura.

La aceptación de la naturaleza humana como algo que nos viene dado, con lo que nacemos, supone aceptar que Dios nos ha dado esa naturaleza desde el amor y nos hace entender que aceptar la Creación en nosotros mismos es el mayor bien que podemos hacernos y es la única manera de realizarnos.■

 

 

BIBLIOGRAFÍA

1. Cerebro de mujer y cerebro de varón, Natalia López Moratalla, Instituto de Ciencias para la Familia, 2007.

2. Varón y Mujer: ¿Naturaleza o Cultura? Jutta Burggraf

3. Varón y mujer. Una diferencia que cuenta. Antonio Malo Pé.

4. Blanca Castilla de Cortázar Larrea, Varón y mujer en la “teología del cuerpo” de Karon Wojtyla, www.arvo.net, 2 de marzo de 2006.

5. Eduardo Terrasa, Posibles desencuentros entre yo y mi cuerpo, Nuestro Tiempo, noviembre 2005, nº. 617, p.70.

6. Natalia López Moratalla, No existe un cerebro unisex, Entrevista publicada en ALBA, octubre 2007.

domingo, septiembre 25, 2022

105. Juntos

 

No basta la simple convivencia entre los esposos, el amor conyugal exige poner amor en la convivencia, estar pendiente del otro cónyuge, vivir para él.

 

En qué se diferencia el amor entre esposos de los demás amores. Todos admitimos que los casados son los que viven juntos y hacen vida en común. Pero, ¿realmente es así? ¿Se puede afirmar que vivir juntos es lo propio de los esposos?

Parece que no. Vivir juntos es necesario pero no es suficiente. La simple convivencia no es determinante de la vida matrimonial. Porque existen muchas convivencias que no implican un matrimonio, ni, mucho menos, un amor conyugal entre los convivientes.

Conviven los estudiantes que comparten un piso. También conviven los colegiales que residen en el mismo colegio mayor; los internos en una institución sanitaria y hasta penitenciaria. Y también conviven las parejas que no han contraído matrimonio ni se han comprometido a quererse para siempre.

Porque la promesa matrimonial de quererse toda la vida no asegura el amor conyugal, es la causa del mismo o su antecedente, pero el amor puede llegar a desaparecer si se fía todo a la promesa que se hizo el día de la boda.

Si nos fijamos en el principio de los tiempos podemos leer que Dios después de formar al hombre se compadece de su soledad y decide darle una ayuda semejante a él (Gn 2,18). Pero ninguno de los animales ni los demás seres vivientes creados es capaz de llenar esa soledad. Sólo cuando se le presenta la mujer el hombre puede expresar su profundo gozo y la reconoce carne de su carne y hueso de sus huesos.

Precisamente porque la mujer se diferencia del hombre, aunque colocándose a su mismo nivel, puede realmente servirle de ayuda y viceversa. Como dice Juan Pablo II (Mulieris Dignitatem, 7), esta ayuda semejante es una unidad de los dos –el hombre y la mujer– que son llamados desde su origen no sólo a existir uno al lado del otro o, simplemente juntos, sino que son llamados también a existir el uno para el otro. Y esta unidad del hombre y la mujer alcanza su más perfecta expresión en la unión conyugal.

Los esposos deben vivir juntos y compartir mesa, mantel, vida e ilusiones. Pero no deben vivir como simples convivientes, sino como esposos que se aman. ¿Y en qué consiste? Pues consiste en no “vivir con” sino en “vivir para”. Vivir  pensando en el esposo o la esposa, en hacerle la vida más agradable, en escucharle, acompañarle, animarle, defenderle, en fin, querer lo mejor para él o ella.

No basta la simple convivencia entre los esposos, el amor conyugal exige poner amor en la convivencia, estar pendiente del otro cónyuge, vivir para él, vivir pendiente de él. Si el matrimonio no se vive de esta manera se convierte en una rutina que será una triste imagen del verdadero amor conyugal.■

 

 

BIBLIOGRAFÍA

  1. Adolfo J. Castañeda, ¿Qué es la Teología del cuerpo?, www.catholic.net
  2. Blanca Castilla de Cortázar Larrea, Varón y mujer en la “teología del cuerpo” de Karon Wojtyla, www.arvo.net, 2 de marzo de 2006.
  3. San Juan Pablo II, Encíclica Mulieris dignitatem, nn. 6, 7 y 8.

domingo, abril 22, 2018

104. Comunicar la verdad


RESUMEN: Lo importante es ir a lo esencial: el gran amor de Dios hacia nosotros.

Quien pretende comunicar la verdad afirma que existe. A veces, se confunde la verdad con la propia opinión. Pero la verdad no nos pertenece. Más bien, nosotros pertenecemos a la verdad si somos veraces.
La verdad no es un objeto que se posee y se trasmite. La verdad no es algo, sino Alguien: Jesús. Así lo dijo de Sí mismo.
El problema es que podemos esconder la verdad entre una maraña de preceptos, de costumbres, de ritos y otras cosas que en lugar de mostrar el rostro de Jesús lo ocultan.
Lo importante es ir a lo esencial: el gran amor de Dios hacia nosotros, la vida apasionante de Cristo, la actuación misteriosa del Espíritu Santo en nuestra mente y en nuestro corazón...
Es necesario darse cuenta y saber transmitir que un cristiano no es una persona “piadosa”, un escrupuloso cumplidor de preceptos, sino una persona feliz que ha encontrado el sentido de su vida. Precisamente por esto es capaz de transmitir a los otros el amor a la vida, que es tan contagioso como la angustia.
Si queremos hablar sobre la fe, es preciso tener en cuenta el ambiente actual. Tenemos que conocer el corazón del hombre de hoy —con sus dudas y perplejidades—, que es nuestro propio corazón, con sus dudas y perplejidades. El hombre actual es más sensible y tiene una preocupación social mayor debido a la gran cantidad de información que recibe.
Lo necesario es no ocultar la verdad. Brilla por sí misma. La verdad no necesita imponerse: convence. Tampoco cambia con los tiempos ni con las culturas. No tiene acepción de personas. Siempre será la verdad, la proclame quien la proclame.
Si fuéramos capaces de mostrar el verdadero rostro de Jesús bastaría. ¿Y cómo se consigue? Ser verdaderos, he aquí la cuestión. Para conseguirlo hay que empezar por ser mejores, es decir, adquirir virtudes: humanas y sobrenaturales, quizás por ese orden pues la naturaleza lleva a la gracia. Leales, justos, considerados, fieles, sociales, alegres, piadosos, esperanzados, etc. Y, sobre todo, humanos, muy humanos e iguales, muy iguales a nuestros iguales, los demás hombres.

sábado, marzo 31, 2018

103. Violencia y religión


1. Algunos piensan que puesto que el islam y el cristianismo son religiones monoteístas creen en el mismo y único Dios. Sin embargo, Alá no es como Dios. Alá es un gobernante, un regidor que ordena y manda por medio de su profeta Mahoma y los musulmanes deben obedecer.
Dios, por el contrario, es un padre que atiende y espera a sus hijos, su ley es la ley de amor. Dios se nos ha revelado como Uno y Trino y la esencia de la Trinidad es el Amor. Lo que Dios espera de los cristianos es que le amen por encima de todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
2. Mahoma no es igual a Jesucristo. Mahoma es un profeta, mientras que Jesucristo se define a sí mismo como Dios Hijo.
3. El Corán no es como los Evangelios. El islam es la religión de un libro que es el Corán, mientras que los cristianos no seguimos un libro que podría ser los evangelios, sino que nos hemos enamorado de Cristo y seguimos su ejemplo y sus enseñanzas. El cristianismo tiene un Magisterio que interpreta y unifica los preceptos de Dios, mientras que el islam carece de autoridad superior y eso favorece distintas interpretaciones y lecturas del Corán.
«No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, 25-XII-2005).
4. Libertad de conciencia: en el islam no existe libertad de conciencia porque todo el Corán es un mandato. La revelación de Alá es considerada como un bien para el hombre que se debe imponer por su propio bien. Por el contrario, Cristo se hizo hombre para liberar a los hombres del pecado y ganarles la libertad. Los cristianos somos libres para aceptar el bien o para ofender a Dios, es el misterio de la libertad de los hombres.
5. Violencia: el Corán no condena la violencia;  el Evangelio predica el perdón. No se puede afirmar que el islam sea igual a violencia, pero tampoco se puede decir que en el islam no hay violencia, por el contrario, el cristianismo tiene un mandato principal que es amar al prójimo como a uno mismo, atender al extranjero y amar a los que nos odian.
El Corán establece la guerra santa y justifica que la violencia puede ser utilizada para fines de la religión en una organización política donde no hay separación entre la confesión religiosa  y el Estado; por el contrario en el cristianismo se da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
6. Fe y razón: quizás haya que plantear el tema desde otro punto de vista. Hay muchos musulmanes —alrededor de 1.200 millones— y no todos son violentos, ni siquiera la  mayoría. Es verdad que el islam no es como el cristianismo y tiene una raíz violenta que puede favorecer y hasta justificar la violencia, pero esto no es suficiente para afirmar que el islam es violento o que es la causa de la violencia.
Con menor motivo se puede decir que el cristianismo es violento puesto que es una religión que hace del amor su enseña y la distinción de sus miembros a los que se distingue por el ejercicio de la caridad.
En términos parecidos se podría hablar de otras religiones. La religión no es fuente de violencia ni de enfrentamientos, sino más bien lo contrario, la religión es fuente de paz y de concordia. Entonces, ¿qué ocurre?
Cuando la violencia se ha querido justificar por motivos religiosos o de fe nos encontramos con unas formas de religión distorsionada, extravagante y contraria a su mismo ideario hasta provocar que los fieles de la misma fe rechacen las acciones violentas de los que dicen tener sus mismas creencias. Se trataría de una fe embrutecida, no purificada por la razón.
La consecuencia es el desprecio y abandono de la razón a la que se considera inútil para la fe y hasta un estorbo o impedimento para creer. Por tanto, al prescindir de la razón, la fe se fundamenta en la literalidad de los textos y en los sentimientos y lo único que existe es un sentimiento religioso exacerbado que se convierte en una pasión alocada que da importancia al sentimiento para reconocer la fe y entiende que solo se tiene fe si se siente.
Fácilmente se comprende que por este camino se termina en un fanatismo irracional y pasional donde el fiel creyente queda atrapado por sus sentimientos, los mitos, las supersticiones y por las consignas de aquellos a los que reconoce como sus modelos religiosos.
Este razonamiento nos podría llevar a concluir que la religión es un suceso peligroso en el hombre del que debe apartarse y mantenerse al margen y, también, del que debe defenderse. Estaríamos en el extremo opuesto, una razón sin fe que puede llegar a convertirse en una justificación de la violencia por las ideologías y por la idea de construir un mundo feliz para el hombre. La sola razón puede llegar a justificar la utilización de cualquier medio para conseguir un fin que previamente se ha considerado útil.
Esta razón sin fe se convierte en una crueldad que no reconoce la dignidad del hombre y justifica todo tipo de totalitarismos, dictaduras, genocidios, asesinatos y vejaciones de hombres y mujeres como el pasado siglo XX nos ha enseñado trágicamente.
La fe asiste a la razón de manera que le ayuda a encontrar los principios morales objetivos, válidos con carácter universal, para todos los hombres y para todas las épocas, a distinguir el bien del mal y a no renunciar a la verdad objetiva de la realidad que nos rodea.
La religión no es un problema que los legisladores deban solucionar (Benedicto XVI, Discurso en Westminster Hall 17-IX-2010) sino que es un bien social que ayuda a purificar e iluminar la aplicación de la razón al descubrimiento de los principios morales objetivos.

domingo, junio 04, 2017

102. Amar la vida

RESUMEN: La vida humana es sagrada porque el hombre es el único ser a quien Dios ama por sí mismo.
Catecismo Iglesia Católica nn. 2258 a 2330.
Quinto mandamiento: «No matarás».
1. El quinto mandamiento ordena no matar. Solo Dios es el dueño de la vida y de la muerte porque solo Él es su creador. El hombre es alguien singular: la única criatura de este mundo a la que Dios ama por sí misma. Está destinado a conocer y amar eternamente a Dios, y su vida es sagrada. Ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 26-27), y éste es el fundamento último de la dignidad humana y del quinto mandamiento.
Se mata cuando se comete homicidio; en el suicidio cuando se atenta contra la propia vida; en el aborto cuando no se permite nacer al concebido; en la eutanasia cuando no se deja vivir al enfermo o anciano; cuando se acude a la violencia para intentar solucionar los conflictos y las diferencias entre las personas y las naciones; cuando se ejerce la guerra injusta contra los hombres; cuando se justifica el terrorismo en la lucha política.
También se atenta contra la vida y contra el quinto mandamiento cuando no se ama al prójimo como merece su dignidad humana. Cuando se odia al otro por el motivo que sea; cuando se guarda rencor y enemistad al vecino y al familiar, cuando se desea el mal y también cuando no se respeta a los que conviven con uno mismo. Cuando se insulta, cuando se es indiferente. No todo tiene la misma gravedad y repercusión, pero todo eso sí atenta contra el respeto a la vida humana.
2. Con el quinto mandamiento comienzan una serie de mandatos que se formulan inicialmente con la negación. Se dice «no» para comenzar y parece que estos mandamientos son más prohibiciones que mandatos positivos. Parece que no piden nada, sino que se limitan a prohibir una acción. Pero, realmente, no es así.
Lo propio del cristiano es amar, porque Dios es amor. Si toda la Ley se encierra en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, ¿el quinto mandamiento que quiere que amemos? Es claro que quiere que amemos la vida. No matar es amar la vida, la propia y la de los demás, con más motivo la de los indefensos, la de los inocentes, la de los enfermos, la de los débiles, la de los incapaces de defenderse.
Amar la vida y no hacer daño a ninguna persona, sea joven o viejo, enfermo o sano, blanco o de color, inteligente o no, válido o inválido. Amar la vida porque la vida es un regalo de Dios a los hombres para llegar a la vida eterna.
3. Amar es desear el bien de la persona amada. Quien desea el mal de otra persona podemos estar seguros de que no le ama. Lo primero es el amor a uno mismo. Y amarse a uno mismo es desear el bien para uno mismo. No es nada malo, todo lo contrario, es muy conveniente desearnos el bien y buscarlo para nosotros mismos, en primer lugar, y luego para los demás. Así todos seremos mejores.
También ordena este mandamiento cuidar la propia salud y la salud ajena o la de aquellas personas que dependen de nosotros. Va en contra de este mandamiento ponerse en situación de peligro o daño para la salud como el consumo de drogas o el abuso del alcohol, la conducción temeraria y peligrosa, la realización de actividades arriesgadas o peligrosas sin motivo justificado, por pura diversión o buscando nuevas emociones.
Cuidar la salud también significa guardar el debido descanso y evitar el agotamiento. Guardar las horas de sueño y de reposo saber limitar el horario de trabajo en sus justos límites poniendo por obra que el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. El descanso es necesario para cuidar la salud y para servir mejor a Dios.
4. Pero el daño a la vida no es solo físico. También se atenta contra este mandamiento cuando se falta contra la dignidad de las personas al faltar contra  su integridad moral al poner en situación de peligro su vida moral; más grave aún si se tiene cierta autoridad sobre otras personas tal y como se encuentran los padres, tutores, profesores, maestros, superiores.
El escándalo es la actitud o el comportamiento que induce a otro a hacer el mal. El escándalo constituye una falta grave, si por acción u omisión, arrastra deliberadamente a otro a una falta grave. Se puede causar escándalo por comentarios injustos, por la promoción de espectáculos, libros y revistas inmorales, por seguir modas contrarias al pudor, etc.

El quinto mandamiento nos ordena amar la vida y aceptar la vida porque todo es don.

jueves, abril 20, 2017

101. Honrarás a tu padre y a tu madre

RESUMEN: Dios quiere que después de amarle a Él por encima de todas las cosas, amemos a nuestros padres a quienes les debemos la vida y la fe que nos han transmitido.
Catecismo Iglesia Católica nn. 2197 a 2257.
Cuarto mandamiento: «Honrarás a tu padre y a tu madre».
1. El cumplimiento amoroso del Cuarto Mandamiento tiene sus raíces más firmes en el sentido de nuestra filiación divina. El único que puede considerarse Padre en toda su plenitud es Dios,  de quien se deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra.
Con el cuarto mandamiento comienza la segunda parte de los mandamientos que indica el orden de la caridad y se enuncia con el amor al prójimo como a uno mismo. Dios quiere que después de amarle a Él por encima de todas las cosas, amemos a nuestros padres a quienes les debemos la vida y la fe que nos han transmitido.
El precepto se dirige expresamente a los hijos respecto de sus padres, pero también alcanza a los demás parientes, abuelos y antepasados y se extiende al respeto a los maestros, tutores y todas aquellas personas que Dios ha investido de autoridad para nuestro bien.
2. La comunidad conyugal de los padres se funda en el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de la prole. Al crear Dios al hombre y a la mujer estableció la familia humana. La familia cristiana es una comunión de personas –padres e hijos– que es imagen de la comunión de la Trinidad.
La familia es la primera escuela de humanidad, el origen de la sociedad y de los pueblos, donde los padres buscan el bien de sus hijos y los hijos honran y obedecen los mandatos de los padres con lealtad. Así, también, los gobernantes deben buscar el bien común de la sociedad y gobernar con virtud con actitud de servicio.
La sociedad es una extensión de la familia y las relaciones sociales deben estar impregnadas del mismo afecto y bondad de las relaciones familiares. En la familia todos tienen la misma dignidad y consideración. La sociedad –a semejanza de la familia– está compuesta de personas. Gobernar la sociedad no puede limitarse a garantizar el ejercicio de los derechos y el cumplimiento de los deberes. Las relaciones sociales, laborales, políticas reclaman justicia y fraternidad conforme a la dignidad de las personas.
3. Los hijos deben a sus padres respeto, gratitud, justa obediencia y ayuda. El respeto de los hijos a sus padres está hecho de gratitud a quienes les deben la vida, el amor y sus desvelos por educarles. Este respeto se expresa en la docilidad y en la obediencia de los hijos. La obediencia de los hijos cesa con la mayoría de edad, pero no el respeto a los padres que permanece siempre.
Los padres no deben limitarse a procrear hijos, sino que sus deberes se extienden también a la educación y a la formación espiritual de sus hijos. Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. En primer lugar, por la creación de un hogar donde la ternura, el perdón y el servicio son la norma general de conducta. La familia es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Es una grave responsabilidad para los padres dar buen ejemplo a sus hijos. Deben enseñar a sus hijos a guardarse de los riesgos y las degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.
Sin embargo, los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. Los padres deben respetar la vocación singular de cada hijo que viene de Dios. La vocación primera de cada cristiano es seguir a Jesús.
4. El cuarto mandamiento nos ordena también honrar a todos los que han recibido de Dios una autoridad en la sociedad. La autoridad debe ejercerse como un servicio y siempre conforme a la dignidad de las personas y a la ley natural.
El ciudadano está obligado en conciencia a no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando sean contrarias a las exigencias del orden moral. Si los gobernantes prescinden de la luz del Evangelio sobre Dios y sobre el hombre la sociedad se aparta de la ley del bien y se convierte en totalitaria.

Para los ciudadanos, el amor y el servicio a la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. En este orden se han de entender el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho al voto y la defensa del país. Rezar y pedir por los gobernantes es una obligación moral de los ciudadanos.

domingo, marzo 26, 2017

100. Santificarás las fiestas

RESUMEN: Santificar las fiestas es hacerlas santas y agradables al Señor.

Catecismo Iglesia Católica nn. 2168 a 2195.
Tercer mandamiento: «Santificarás las fiestas».
1. Santificar las fiestas es lo mismo que convertir todas las fiestas en santas, es decir, en agradables al Señor. Es convertir los días de fiesta en días llenos de cosas buenas y, sobre todo, llenos de Dios. Son santos los días dedicados a adorar a Dios, a darle gloria.
El tercer mandamiento proclama la santidad de sábado: “El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor” (Ex 31, 15). El sábado representa la coronación de la primera creación, es el día en que Dios vio que era bueno y descansó. Pero a la primera creación le sucede la nueva creación inaugurada por la resurrección de Cristo que sustituye el sábado por el domingo o día del Señor en que se recuerda la resurrección de Cristo.
En el Evangelio Jesús da ejemplo de respetar y santificar el sábado, pero con su autoridad enseña la verdadera interpretación de esta ley al señalar que: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27).
El mandamiento precisa que el domingo y las demás fiestas de precepto hay obligación de participar en la misa. Se cumple con el precepto cuando se asiste a la misa en rito católico tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde.

2. Durante el domingo y las fiestas de precepto no se deben realizar trabajos o actividades que impidan dar a Dios el culto debido y vivir la alegría propia de la Resurrección. Santificar las fiestas forma parte, junto con la adoración y la alabanza, de la virtud de la religión que se contiene en los tres primeros mandamientos.
Las necesidades familiares pueden ser una legítima excusa para faltar al descanso dominical, pero se debe cuidar de no convertir la excusa en un hábito que haga desparecer el sentido del domingo como día dedicado al Señor convirtiendo en norma las excusas para acabar no santificando las fiestas.

3. El domingo es el día en que se asiste a la parroquia que es una comunidad de fieles que celebran juntos la resurrección del Señor. Es bueno recordar que la expresión pública del culto a Dios en la fiesta del domingo en la parroquia es un derecho de cualquier ciudadano a vivir y expresar sus creencias religiosas y además es un deber del poder público garantizar este derecho en convivencia pacífica.
Puesto que Dios es el Bien y le corresponde toda la gloria los cristianos tenemos derecho a dar culto público a Dios, sin obligar o violentar a nadie, pero expresando libremente nuestras creencias.
Al santificar las fiestas en público tenemos la ocasión de sentir la parroquia como una extensión familiar con quienes comparten nuestra misma fe. Del mismo modo, las procesiones, romerías y demás expresiones públicas del fervor popular, en cuanto que son actos de gloria y alabanza a Dios, son actos lícitos y justos que no deben ser impedidos por el poder civil.
Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los cuidados más difíciles de prestar los otros días de la semana. El domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de meditación, que favorecen la oración y el crecimiento de la vida interior y cristiana.

Santificando el domingo, santificando las fiestas y santificando la expresión popular de las fiestas se santifica la creación y se devuelve al Señor lo que salió de sus manos santo y sin mancha.

sábado, marzo 04, 2017

99. No tomarás el nombre de Dios en vano

RESUMEN: Jesús nos enseña a llamar a Dios “Padre” (Abbá) que es el modo familiar de decir padre en hebreo (papá).

Catecismo Iglesia Católica nn. 2142 al 2167.
Segundo mandamiento: « No tomarás el nombre de Dios en vano».
1. Este mandamiento pide respetar y honrar el nombre de Dios, que se debe pronunciar para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo. Al igual que el primer mandamiento éste forma parte de la virtud de la religión y concreta el uso de nuestras palabras referidas a las cosas de Dios y sagradas.
Este mandamiento enriquece el primero, puesto que no solo manda adorar a Dios sino que además permite que el hombre pueda poner a Dios mismo como testigo de las grandes decisiones de su vida y hasta permite que el hombre pueda comprometer su vida en el nombre de Dios por medio de promesas y votos.
Esta es la razón por la cual los cristianos comenzamos el día invocando el nombre del Señor en nuestras oraciones al ofrecer la jornada y también, de ordinario, en los actos de culto a Dios con la señal de la cruz al recitar «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».
2. Este mandamiento prohíbe todo uso inconveniente del nombre de Dios y, en particular, la blasfemia que consiste en proferir contra Dios, interior o exteriormente, palabras de odio, de reproche, de desafío. La blasfemia es un insulto al Señor y es de suyo pecado grave, materia de confesión.
También prohíbe el juramento en falso. Jurar es poner a Dios por testigo de lo que se afirma como garantía de veracidad de nuestras palabras o promesas. El que jura en falso, el que hace una promesa que no tiene intención de cumplir o que no está dispuesto a mantener después de realizada es un perjuro. El perjurio es una grave falta de respeto hacia Dios que es el dueño de toda palabra. Es una falta grave contra el Señor que siempre es fiel a sus promesas.
Las palabras malsonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto a Dios y constituyen una falta que se debe evitar, de la misma manera que también se debe evitar el uso irreverente del nombre de Dios, por ejemplo, en chistes o bromas acerca del Señor o de las cosas dedicadas al culto divino porque demuestran falta de cariño al Señor.
3. El respeto del nombre de Dios exige no recurrir a él por motivos vanos o sin verdadera necesidad.  Se honra el nombre de Dios haciendo una promesa agradable al Señor o que muestre alabanza al nombre del Señor. También se le honra en el culto público, en las procesiones y, sobre todo, haciendo un acto de reparación interior cada vez que se pronuncia sin respeto el nombre de Dios diciendo, por ejemplo, «bendito sea el nombre de Dios».
El cristiano tiene un modo propio de hablar y de nombrar a Dios en sus necesidades y en sus alegrías. Expresiones tradicionales de la cultura cristiana como «gracias a Dios» o «si Dios quiere» pueden servir de ayuda para tener presente al Señor en nuestra conversación y en nuestros actos.
Cuando un hombre y una mujer realizan el sacramento del matrimonio, se hacen una serie de promesas poniendo a Dios como testigo de ellas. De esta forma Dios entra en la historia de ese matrimonio y se le hace partícipe de sus alegrías y de sus penas.
4. El cristiano conoce el nombre del Señor por especial revelación de Dios mismo. Entre todas las palabras de la revelación hay una de singular importancia que es el nombre de Dios. Dios confía su nombre a los que creen en Él. Revelar el nombre es una confidencia y un acto de intimidad de Dios que muestra el infinito amor que tiene al hombre.
Dios manifestó a Moisés su nombre como el Ser por esencia al decir “Yo soy el que  soy”. Dios es “Yo soy” “Yahvé: Él es”. Por respeto a la santidad de Dios el pueblo de Israel no pronunciaba su nombre sino que lo sustituía por el título “Señor” (Adonai, en hebreo; Kyrios, en griego). En el Nuevo Testamento Dios revela el misterio de su vida trinitaria: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Jesús nos enseña a llamar a Dios “Padre” (Abbá) que es el modo familiar de llamar al padre en hebreo (papá).
En la oración del Padrenuestro que nos enseña el mismo Jesús rezamos “Santificado sea tu nombre” y esto es lo que hacemos cuando adoramos y alabamos al Señor. Pero también pedimos que su nombre sea santificado a través de nosotros, es decir, que le demos gloria con nuestra vida y que los demás le glorifiquen.
Dios mismo llama a cada uno de nosotros por nuestro nombre. Nos ama a cada uno personalmente, de uno en uno. Para Dios no somos multitud, siempre somos uno y nos llama por nuestro nombre. El nombre de todo hombre es sagrado, es la imagen de la persona y pide respeto en señal de la dignidad de quien lo tiene. En el Bautismo, la Iglesia da un nombre al cristiano.

El nombre de Dios es admirable, en su nombre se obran maravillas, se hablan nuevas lenguas, se curan enfermedades. Bendito sea el nombre del Señor, El nombre de Dios es Misericordia.

sábado, febrero 18, 2017

98. Amarás a Dios sobre todas las cosas

RESUMEN: Amar a Dios sobre todas las cosas significa amarle más que a uno mismo y también amarle más que a ninguna otra persona o cosa.

Catecismo Iglesia Católica nn. 2083 al 2141.
Primer mandamiento: «Amarás a Dios sobre todas las cosas».
Es el primer mandamiento, el de mayor importancia porque del cumplimiento cabal del mismo depende el cumplimiento de todos los demás mandamientos. Si no se cumple este mandamiento no se pueden cumplir los siguientes.
Lo que pide este mandamiento es guardar la fe y alimentarla y, al mismo tiempo, rechazar todo lo que se opone a la fe. Amar a Dios significa que no se puede amar a otros dioses porque solo Dios es el Señor. Cualquier tipo de superstición, de idolatría, de superchería, o de divinización de los objetos atenta contra este mandamiento.
Amar a Dios sobre todas las cosas quiere decir adorarle, mostrarle reverencia, respeto y culto como lo más importante en nuestra vida y creer en Él y esperarlo todo de Dios. En la manera como una persona adora, respeta y reverencia a Dios se puede conocer cómo le ama y, sobre todo, si le ama por encima de todas las cosas.
El primer mandamiento del Decálogo se lesiona cuando se prefieren otras cosas a Dios, aunque sean buenas, pues entonces se las está amando desordenadamente. En estos casos, el hombre pervierte la ordenación de las criaturas, usando de ellas para un fin opuesto o distinto de aquel para el que fueron creadas.
La adoración es el primer acto de la virtud de la religión y significa reconocerle como Creador, Salvador, Señor y Dueño de todo lo visible y lo invisible. Al mismo tiempo, también significa reconocer que uno mismo comparado con Dios es la «nada» de la criatura.
Amar a Dios sobre todas las cosas supone elegir a Dios por encima del amor o de las preferencias personales por otras personas, cosas, bienes o éxitos personales o profesionales. El amor a Dios implica un estilo de vida propio en el que Dios es lo primero y luego está todo lo demás, sin excluir nada de lo que es lícito y bueno, que por eso es agradable a Dios, pero con un orden de preferencia posterior al amor a Dios.
Debemos hacer con frecuencia actos positivos de amor y de adoración al Señor en cada genuflexión y en cada oración. También en nuestro trabajo bien hecho, acabado, cumplido.

A todos nos corresponde la responsabilidad de actuar en nuestra vida manifestando que Dios es el primero, a quien amamos por encima de todas las cosas, viviendo con Dios presente en todos nuestros actos, en nuestros pensamientos, en nuestros amores.