domingo, junio 09, 2013

73. Año de la fe


01 de junio de 2013               


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TEMAS: Fe, Cultura.
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RESUMEN: 1. Las certezas racionales —las verdades— que se admiten sin ninguna reserva en la actualidad solamente son aquellas que derivan del conocimiento científico y tecnológico.
2. Ante esta mentalidad, la fe —la existencia de Dios y de Jesucristo como el único Salvador del hombre— queda en entredicho o cuando menos en la duda racional de las afirmaciones genéricas no comprobadas racionalmente.
3. En nuestra sociedad todavía perviven tradiciones religiosas y celebraciones sociales de carácter religioso, pero la cultura actual no está fundada en la fe en Cristo.
4. Para el cristiano no bastan las tradiciones y fiestas religiosas, sino que la fe supone una verdadera conversión del corazón y la adhesión de amor y obediencia a Jesucristo muerto y resucitado.
5. Así las cosas, la mayoría, vive, de hecho, en un ateísmo práctico que puede coexistir con algunas prácticas religiosas, pero que termina imponiéndose y ahogando la fe y la vida cristiana de la mayoría de los que se confiesan creyentes.
6. Para vivir como si Dios existiera hay que creer que Dios vive realmente. Y esto supone creer en la Palabra de Dios revelada por Jesucristo. El creyente tiene que estar convencido que Jesús es el Salvador del hombre.
7. En el Año de la Fe se nos pide un cambio de mentalidad y un cambio de actitud, un cambio en la manera de ser y de vivir nuestra fe y nuestro misterio.


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1. La fe en la sociedad actual
La fe en el mundo actual se encuentra sometida a una serie de interrogantes que tienen su origen en el cambio de mentalidad sufrido como consecuencia del triunfo de la revolución cultura. Si tuviéramos que reducir las causas de este cambio de mentalidad a una sola, en mi opinión, deberíamos concluir que el hombre actual ha renunciado al modo de conocer propio de la fe.
Las certezas racionales —las verdades— que se admiten sin ninguna reserva en la actualidad solamente son aquellas que derivan del conocimiento científico y tecnológico, es decir, las que provienen de una manera de conocer experimental que todo lo basa y lo confía en la comprobación física y científica de los experimentos.
Ante esta mentalidad, la fe —la existencia de Dios y de Jesucristo como el único Salvador del hombre— queda en entredicho o cuando menos en la duda racional de las afirmaciones genéricas no comprobadas racionalmente.
Ante esta situación, Benedicto XVI dirigió a todos los católicos una Carta Apostólica en forma de “Motu propio” titulada «La Puerta de la Fe» y fechada en Roma el día 11 de octubre de 2011, por la cual estableció la celebración de un Año de la Fe que terminará este próximo 24 de noviembre de 2013, solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.
Esta Carta es una llamada de atención a todos los creyentes para recordar que la vida de comunión con Dios no es consecuencia de una convicción racional humana, sino que es un don que se recibe de Dios y se acoge en el corazón de cada uno de los hombres transformando por entero la propia vida. Así, la fe no es —no puede ser— algo anecdótico, superficial, intranscendente, sino que la fe debe ser, y es, el hecho central de nuestra vida: creo en Dios.
Si salimos a la calle de paseo nos encontramos con un mundo en el que la cultura, la prensa, las conversaciones, la economía, la política, en suma, eso que denominaríamos la «gente» no vive como si Dios existiera. Dios no es la referencia del mundo actual. La ley de Dios no es la suprema ley que inspira cualquier otra ley humana, ni su trasgresión se tiene por peligrosa o prohibida.
Con cierta tristeza, pero con sentido de la realidad, podríamos decir que en la sociedad actual la mayoría de los bautizados no viven la fe:
— De 100 niños que nacen, 80 reciben el bautismo, 60 la comunión, 20 la confirmación y sólo 5 viven como cristianos.
— De cada 100 parejas, 30 son de hecho, 35 son matrimonios civiles y 35 son sacramentales.
— De cada 100 familias, 40 llevan a sus hijos a colegios católicos, pero sólo 15 lo hacen por razones religiosas.
En nuestra sociedad todavía perviven tradiciones religiosas y celebraciones sociales de carácter religioso, pero la cultura actual no está fundada en la fe en Cristo. Para el cristiano no bastan las tradiciones y fiestas religiosas, sino que la fe supone una verdadera conversión del corazón y la adhesión de amor y obediencia a Jesucristo muerto y resucitado.
La fe cristiana está dejando de ser patrimonio general de la sociedad, elemento central de la cultura influyente. Lo culturalmente válido es la abstención, la omisión de lo religioso, el desconocimiento de lo sagrado, la pura dimensión material y sociológica de la vida.
El hombre se considera como el resultado fortuito de una evolución ciega, que nadie explica, en virtud de la cual ha tenido la suerte de alcanzar la autoconciencia y la libertad. Una libertad, por tanto, indeterminada, sin normas ni fines de ninguna clase, por tanto, la propia naturaleza humana no tiene por qué ser vinculante para ninguno de nosotros.
Así las cosas, la mayoría, vive, de hecho, en un ateísmo práctico que puede coexistir con algunas prácticas religiosas, pero que termina imponiéndose y ahogando la fe y la vida cristiana de la mayoría de los que se confiesan creyentes.
Y ante esta situación ¿qué nos propone la Iglesia por medio de la Carta Apostólica de Benedicto XVI?, pues nos propone fundamentalmente dos cosas:
— Primero ayudar a creer a todos los hombres, creyentes y no creyentes.
— Segundo,  “redescubrir” la fe.
Esto supone que la idea de la fe que estamos acostumbrados a manejar y a entender es una idea imperfecta y, en parte, errónea. Porque la fe no es tanto creer en Dios y que Dios existe, que desde luego así es, sino sobre todo la fe consiste en una conversión radical de la persona que vive como que Dios es el centro y la raíz de su vida y de su existencia, que da sentido a su vida que se centra en el amor a Dios sobre todas las cosas y el deseo de vida eterna con Cristo.

2. Una manera de entender la vida
Pero la fe no queda reducida a una fórmula verbal, una recitación, unos textos, ni siquiera unas formalidades u horarios semanales, sino que la fe que transforma la vida significa que el creyente, porque sabe que Dios es su Padre, vive abandonado en su Señor. La fe no renuncia al hombre, ni a su cuerpo, ni a sus potencias, ni menos aún a su inteligencia, pero la fe se apropia del corazón del hombre y si no es así la fe no convierte al hombre en creyente.
Tener fe no solo supone conocer una lista de preceptos. La fe es un acto de voluntad y supone un acto de amor y de entrega de la propia vida a la voluntad de Dios. También hoy es necesario renovar la fe personal y descubrir la alegría de creer. La Iglesia y la sociedad esperan de los creyentes que seamos ejemplos creíbles de personas que tienen fe, que nuestra fe sea concreta, real, material,  hecha de cosas y sucesos cotidianos. Sobran los textos y las frases y faltan modelos hechos realidad.
Porque la fe es un don de Dios, pero ese don necesita ser acogido en el corazón del hombre para hacerlo vida propia. La vida del creyente debe ser un desbordamiento de la fe interior. Por esto, la fe nunca puede ser un hecho privado, íntimo, casi secreto del interior de un cristiano, sino que la fe tiene que ser algo manifiesto, público y hasta notorio. ¡Se tiene que notar que soy creyente! Si no es así, si vivo, digo y hago como si no fuera creyente no será mucha la fe que tengo.

3. Algo tiene que cambiar
Para vivir como si Dios existiera hay que creer que Dios vive realmente. Y esto supone creer en la Palabra de Dios revelada por Jesucristo. El creyente tiene que estar convencido que Jesús es el Salvador del hombre. La felicidad del hombre, de la sociedad y del mundo no es el progreso, ni la ciencia, ni la tecnología, ni la economía de escala ni nada de todo eso, siendo todo eso muy importante y nada despreciable. Pero la felicidad del hombre no se encuentra ahí. Solo Jesús es el Salvador necesario con una exclusividad absoluta y total porque tiene «palabras de vida eterna» y porque es «el camino, la verdad y la vida».
El centro del mensaje de la Iglesia y de la fe no es el hombre. La Iglesia  ha sido instituida para salvar al hombre, pero el centro de la Iglesia es Dios. Y el mensaje de la fe es que Jesús salva. La palabra de Jesús, su Evangelio, explica el sentido de la vida y del hombre. El que quiera salvarse y dar sentido a su vida debe vivir conforme al Evangelio y no de otra manera.
También muchas personas que no tienen el don de la fe buscan el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico “preámbulo” de la fe porque conduce a las personas al misterio de Dios. La misma razón humana tiene inscrita la exigencia de que la vida y el hombre es permanente y tiene un valor por encima de todo lo demás que existe.
En el Año de la Fe se nos pide un cambio de mentalidad y un cambio de actitud, un cambio en la manera de ser y de vivir nuestra fe y nuestro misterio. Para que esto suceda es necesario lo siguiente:
«1) Tenemos que convertirnos, ponernos enteramente en manos del Señor para ser sus enviados. Cambiar en nuestra manera de pensar, de sentir, de razonar.
2) Cambiar nuestra visión de la Iglesia y del mundo. La Iglesia ha sido fundada por Cristo para anunciar el Evangelio y el anuncio es para todo el mundo, no sólo para los que ya son creyentes, también para los incrédulos, los desinteresados, los apartados.
3) Aprender mejor nuestra fe, estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica.
4) Ser testigos de Cristo, vivir la fe como testimonio en público y con sinceridad, sin miedos ni vergüenzas» (Mons. Fernando Sebastián, Anunciar la fe…). ■


Felipe Pou Ampuero

Bibliografía
1.      Benedicto XVI, Carta apostólica Porta fidei, Ciudad del Vaticano, 11 de octubre de 2011.
2.      Mons. Javier Echevarría, Carta pastoral con ocasión del Año de la Fe, Roma 29 de septiembre de 2012.
3.      Mons. Fernando Sebastián, Anunciar la fe en la sociedad actual,  conferencia pronunciada en el Encuentro de sacerdotes de Iranzu (Navarra), agosto 2012, publicada en La Verdad, nº 3896, p. 22 y ss.

jueves, noviembre 01, 2012

72. Occidente


TEMAS: Europa, Razón, Verdad, Fe.
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RESUMEN: 1.Europa y la cultura occidental no es propiamente un territorio físico. Europa, ciertamente, es una manera de entender la vida.
            2. Occidente es el resultado de tres factores fundamentales: la fe cristiana en un Dios que es Amor; la sabiduría griega que no ha renunciado a buscar la verdad; y el derecho romano que se niega a convertirse en un instrumento del poder y se afana en buscar la justicia.
            3. Los europeos en la actualidad adoramos a ídolos pequeños que nos hemos fabricado a nuestra medida y comodidad; no admitimos una ciencia que busque la verdad y se atreva a trascender el propio conocimiento humano aceptando el misterio; y hemos instrumentalizado el derecho al servicio del poder y de los gobernantes.


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En el mes de abril del año 2005, poco antes de que tuviera lugar el acontecimiento que cambiaría toda su vida, el cardenal Joseph Ratzinger se preguntaba durante su conferencia pronunciada en Subiaco qué es Europa. ¿Es un territorio, es un lugar, tiene fronteras delimitadas…? Porque realmente Europa y la cultura occidental que disfrutamos los europeos no es propiamente un territorio físico. Europa, ciertamente, es una manera de entender la vida.
El occidente reconocido para todos en la cultura europea es el resultado de la conjunción de tres factores fundamentales. En primer lugar, es la fe cristiana que cree en un Dios que se manifiesta como Dios verdadero, único y creador. Un Dios que no ha abandonado al mundo y al hombre sino que vive cercano a él como un padre que cuida de sus hijos. No es un dios lejano y olvidadizo, tampoco un dios vengativo y luchador, sino que es un Dios que ama, que ama tanto que en su hijo Jesucristo se he hecho uno de los hombres para liberarnos de todas las limitaciones y defectos. Un Dios que es Amor.
En segundo lugar, occidente es la sabiduría griega que no ha renunciado a buscar la verdad, que la sigue buscando en la filosofía y en las artes abiertas a la trascendencia del ser y que, por buscar la verdad del hombre, no se conforma con pequeñas certezas científicas que tranquilizan los sentidos pero no acaban de explicar el sentido de la vida. La búsqueda de la verdad implica la humildad de quien reconoce que es un ser pequeño ante las realidades que le rodean y que pretende dominar pero que, en cualquier caso, siempre le exceden y sobrepasan.
Y en tercer lugar,  es la conjunción del Derecho romano que se niega a convertirse en un instrumento del poder y se afana en buscar la justicia en las relaciones entre los ciudadanos para cumplir el primer precepto de la justicia: dar a cada uno lo suyo, lo que le corresponde. Por tanto, dar al hombre, a cada hombre lo que su dignidad exige y en las relaciones patrimoniales no doblegarse al poderoso.
Sobre estos tres principios se ha construido la cultura occidental y se entiende la vida y el hombre a la manera que lo entienden los occidentales. Es lo que se ha dado en llamar las raíces cristianas de Europa. Las raíces que han hecho posible el desarrollo de los pueblos, el cultivo del bien común, la extensión del saber y de las ciencias, el progreso científico y económico, porque no se ha conformado con seguridades parciales, sino que siempre ha querido ir más allá.
Hoy día, los europeos hemos olvidado esas raíces que nos definen y hemos sucumbido en las sombras de los tres principios antes enunciados. Adoramos a ídolos pequeños que nos hemos fabricado a nuestra medida y comodidad, renunciando a las leyes naturales dictadas por el Dios verdadero. Tampoco admitimos una ciencia que busque la verdad y se atreva a trascender el propio conocimiento humano aceptando el misterio y lo desconocido como la última causa de lo que somos. Y, por fin, hemos instrumentalizado el derecho al servicio del poder y de los gobernantes pretendiendo definir la justicia por los pequeños parlamentos que se exceden en sus atribuciones de origen.
Europa no es la causa de la civilización occidental. Más bien, es la consecuencia del respeto de la religión, la ciencia y el derecho rectamente entendidos. Europa no es una sorpresa, ni un resultado del azar o del capricho del destino. Tiene unas causas que nos urge recuperar.
Todavía hoy, al cabo de treinta años, resuenan en nuestros oídos las palabras del beato Juan Pablo II en el aeropuerto de Lavacolla cuando despertó a la vieja Europa con palabras sencillas y profundas. "Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes".


Felipe Pou Ampuero

Bibliografía
1.      Card. Joseph Ratzinger, Europa en la crisis de las culturas, conferencia pronunciada en Subiaco el 1 de abril de 2005, en el monasterio de Santa Escolástica, al recibir el premio «San Benito por la promoción de la vida y de la familia en Europa». El 19 de abril fue elegido Papa.
2.      Benedicto XVI, Discurso ante el Bundestag, el 22 de septiembre de 2011, ante los miembros del Parlamento Federal Alemán y las autoridades máximas del Estado, en el Aula del Bundestag en su viaje apostolico a Alemania.

sábado, junio 16, 2012

71. Certeza o verdad



TEMAS: Verdad, Razón, Fe.
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RESUMEN: 1. El corazón del hombre alberga un deseo natural e innato de conocer la verdad.
2. La filosofía es la «ciencia» que por excelencia busca la verdad y formula el sentido de la vida del hombre.
3. El conocimiento de la fe no es un conocimiento humano y, por tanto, no es un conocimiento filosófico.
4. Por medio de la fe, Dios ha comunicado a los hombres una verdad sobre el mismo hombre y sobre el sentido de su vida. Y esta verdad que conocemos por la Revelación no es la consecuencia o la maduración de un proceso de razonamiento que en último extremo sería un proceso humano.
5. El deseo de buscar la verdad mueve al corazón y a la razón humana a querer ir siempre más allá de los conocimientos actuales hasta llegar a los límites de la propia capacidad humana y abrirse a la trascendencia.

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SUMARIO: 1. Dos alas.- 2. Desde el siglo XIX.- 3. La fe y la razón.- 4. La verdad es una.

1. Dos alas
«La fe y la razón (Fides et Ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad»[1]. Con estas palabras comienza la encíclica filosófica que tantos comentarios ha dado lugar. Se pone en tela de juicio la legitimidad de la Iglesia para opinar sobre las cuestiones temporales y se pretende relegarla a las cuestiones que son ajenas a las cosas de este mundo y propias de una vida retirada, extraña al cotidiano pasar de los hombres.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La Iglesia tiene derecho a estar en el mundo porque forma parte del mundo. Pero, sobre todo, la Iglesia tiene una misión que es ayudar al hombre —y con el hombre al mundo que es la reunión de todos los hombres— a realizarse plenamente y alcanzar la felicidad.
Y una cosa es clara: el corazón del hombre alberga un deseo natural e innato de conocer la verdad. Podemos mirar para otro lado y hacer como que no nos interesa, como que estamos ocupados en las cosas importantes de la vida. Pero, aparte de poses y actitudes, lo que de verdad nos interesa es conocer la verdad. La verdad de la vida, la verdad de las relaciones y, sobre todo, nuestra verdad: la verdad del hombre.
En este deseo natural de conocer la verdad —verdad es la adecuación del intelecto a la realidad, decía santo Tomás de Aquino— el hombre se ayuda de las ciencias, de las letras y, sobre todo, de la filosofía que es la «ciencia» que por excelencia busca la verdad y formula el sentido de la vida del hombre. Esto ha sido así desde los primeros filósofos y sigue siendo así hasta los filósofos actuales.

2. Desde el siglo XIX
            Desde el siglo XIX, que ya va para viejo, las luces de la razón consideraron que cualquier conocimiento humano que no sea fruto y consecuencia de las capacidades de la razón no es digno de ser reconocido como conocimiento verdadero. En consecuencia con la anterior afirmación, el racionalismo considera que el conocimiento que proporciona la fe no es un conocimiento, sino una creencia, una convicción y, en algunos supuestos, hasta una superstición.
            Una cosa sí que es verdad. El conocimiento de la fe no es un conocimiento humano y, por tanto, no es un conocimiento filosófico. Pero es que tampoco lo pretende. Una cosa es la fe y otra la filosofía. Pero esta distinción no significa que la fe no pueda proporcionar conocimientos al hombre, que sí que puede y, menos aún, que el único medio de conocimiento del hombre sea el filosófico, que no lo es.
            Por medio de la fe, Dios ha comunicado a los hombres una verdad sobre el mismo hombre y sobre el sentido de su vida. Y esta verdad que conocemos por la Revelación no es la consecuencia o la maduración de un proceso de razonamiento que en último extremo sería un proceso humano. La verdad revelada no es filosófica ni tampoco es humana sino que se encuentra situada en otro nivel de conocimiento.
            Contra ese racionalismo decimonónico se revela el corazón del hombre que sigue buscando la verdad y no se conforma con verdades parciales, con simples razonamientos filosóficos más o menos coherentes. El hombre no se conforma con simples certezas para conocer el sentido de su vida y su propio sentido, sino que quiere conocer la verdad completa y total y esto nos lleva sin remedio al conocimiento de la Verdad absoluta —con mayúsculas— que la filosofía por sí sola no es capaz de conocer.

3. La fe y la razón
            El deseo de buscar la verdad mueve al corazón y a la razón humana a querer ir siempre más allá de los conocimientos actuales hasta llegar a los límites de la propia capacidad humana y abrirse a la trascendencia. La razón tiene límites, como todo lo humano tiene límites, pero las limitaciones naturales no  significan que tanto la razón, como la fe, no procedan de Dios cuando Él es el creador, la fuente y origen de todo. La fe y la razón no pueden contradecirse si son verdaderas.
            Quizá la cuestión central es dónde situamos la razón humana: en el centro de la existencia del hombre o al servicio de la existencia del hombre. Si está en el centro se erige como fuente exclusiva del conocimiento y de la realidad de tal manera que llegaría a afirmarse que la realidad es aquello que la razón puede conocer y comprender, de manera que lo no conocido por la razón quedaría fuera de la realidad.
            Por el contrario, si la razón está al servicio de la existencia del hombre será un instrumento útil y eficaz que le ayude a responder a las interrogantes que se realiza desde su nacimiento: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿después de esta vida qué hay?
            Al hablar de realidad no solamente estamos hablando de las cosas que se tocan y se ven como las farolas de la calle, sino de la realidad de las cosas que existen pero no se tocan y no se ven, por ejemplo, la amistad, la belleza, el bien, la vida, la muerte, etc. Todo aquello que no queda amparado por la razón queda abandonado y considerado inexistente o, en el mejor de los casos, inalcanzable para el hombre. De esta manera, la razón queda reducida a algo instrumental que sirve para solucionar los problemas de cada día y las cuestiones prácticas, pero que no se pregunta por la verdadera realidad.
            ¿Y la fe, dónde queda la fe? Pues al renunciar la razón a la trascendencia la fe queda fuera de la razón, entendida como algo irracional, absurdo y subjetivo que si sirve para algo es para calmar los sentimientos de cada persona, como una experiencia personal y una vivencia que nada aporta a la verdad de la vida y a la verdad del hombre. La fe es algo que pertenece a la fantasía interior de cada hombre.

4. La verdad es una
            Antes que nada se debe considerar que la verdad es siempre una, aunque sus expresiones lleven la impronta de la historia de cada época. La verdad de una determinada época no se opone —no puede oponerse— a la verdad de otra época puesto que dejaría de ser verdadera. No existe una verdad histórica, sino que la verdad permanece en la historia.
            La verdad no es coyuntural y conveniente para una época. La historia concreta de los pueblos manifiesta la verdad conforme a su cultura pero esto no  significa que altere la verdad. La verdad no puede ser el resultado de un consenso o de una conveniencia histórica, sino que cada momento de la historia debe buscar la verdad y responder a los interrogantes del hombre. La verdad es inmutable y no puede ser limitada por el tiempo y la cultura; se conoce en la historia, pero supera la historia misma[2].
            Por la experiencia personal que tiene cada hombre puede afirmar que la realidad que conoce y le rodea no ha sido increada ni tampoco se ha autoengendrado a sí misma. Esto significa que la vida humana y el mundo tienen un origen y un sentido que se realiza en la trascendencia. Si se niega el sentido trascendente de la vida la razón renuncia a buscar la verdad última del hombre y del sentido de la vida y queda encerrada en sí misma degradada a funciones instrumentales.
            Para que esto no suceda el hombre debe convencerse que es capaz de conocer la verdad aunque esté sometido a las limitaciones propias de la naturaleza humana. Pero creer en la posibilidad de conocer la verdad no es en modo alguno fuente de intolerancia, al contrario, es condición necesaria para un diálogo entre las personas que buscan la verdad y se adhieren a ella.
            [el Papa] Seguramente no debe tratar de imponer a otros de modo autoritario la fe, que sólo puede ser donada en libertad. Más allá de su ministerio de Pastor en la Iglesia, y de acuerdo con la naturaleza intrínseca de este ministerio pastoral, tiene la misión de mantener despierta la sensibilidad por la verdad; invitar una y otra vez a la razón a buscar la verdad, a buscar el bien, a buscar a Dios; y, en este camino, estimularla a descubrir las útiles luces que han surgido a lo largo de la historia de la fe cristiana y a percibir así a Jesucristo como la Luz que ilumina la historia y ayuda a encontrar el camino hacia el futuro[3]. ■
  

Felipe Pou Ampuero



[1] Juan Pablo II, Enc. Fe y Razón, Ciudad del Vaticano, 14 de septiembre de 1998, n.1.
[2] Juan Pablo II, Enc. Fe y Razón, Ciudad del Vaticano, 14 de septiembre de 1998, n.92.
[3] Texto de la conferencia que el Papa Benedicto XVI iba a pronunciar durante su visita a la "Sapienza”, Universidad de Roma, el jueves 17 de enero de 2008. Visita cancelada el 15 de enero.

sábado, mayo 05, 2012

70. Mujeres del siglo XXI



Fecha: 01 de mayo de 2012           

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TEMAS: Mujer, feminismo, género.
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RESUMEN: 1. La sociedad, la cultura, no siempre ha sabido comprender la importancia y la necesidad que tenemos de la existencia de la mujer. Desgraciadamente, en muchas ocasiones, tampoco las propias mujeres han sabido comprender su condición femenina.
          2. Es evidente que todos nacemos con un cuerpo y una sexualidad concreta. Y si no somos capaces de aceptarnos tal y como somos es claro que tendremos un gran problema en nuestra vida porque seremos unas personas profundamente desgraciadas.
           3. La igualdad de la mujer no consiste tanto en que se libere a la mujer de los roles que tradicionalmente ha desempeñado, sino que consiste más bien en luchar para que esos roles sean reconocidos y tengan la misma dignidad y valor que otros roles que tradicionalmente se han atribuido a los varones.
4. Las madres nos recuerdan que sería monstruoso un mundo que se burlara del alma humana, que no tuviera capacidad de fijarse y pararse un momento en cada una de las personas que lo componen, en tantos pequeños detalles insignificantes pero que hacen la vida más digna y humana.
5. En efecto, es la madre la que pone los cimientos de una nueva personalidad humana con sus cuidados en los primeros años, con sus primeras muestras de cariño, con su conversación llena de comprensión, con su actitud acogedora y hospitalaria.

  
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SUMARIO: 1. Un nuevo feminismo.- 2. Mujeres.- 3. Madres.

1. Un nuevo feminismo
Qué sería de un mundo sin mujeres donde solamente vivieran varones. Sería un mundo aburrido, además de desordenado… Pero qué sería de un mundo sin varones, donde solamente habitaran mujeres. Además de ser un mundo sin futuro porque no nacerían niños, sería un mundo sin interés.
La mujer es un verdadero regalo para el hombre, quiero decir, que es un verdadero regalo para toda la humanidad. La mujer es mujer y esta condición femenina forma parte esencial de su persona, no es un simple accidente añadido, como quien ha nacido en una determinada ciudad.
La sociedad, la cultura, no siempre ha sabido comprender la importancia y la necesidad que tenemos de la existencia de la mujer. Desgraciadamente, en muchas ocasiones, tampoco las propias mujeres han sabido comprender su condición femenina.


Si echamos la mirada atrás podemos comprobar que el movimiento feminista ha cambiado profundamente nuestras vidas. Podríamos empezar por fijarnos en los comienzos de la Revolución Francesa. Algunas mujeres se dieron cuenta que los derechos humanos que se reivindicaban beneficiaban exclusivamente a los varones. Estas mujeres pedían para sí los mismos derechos y obligaciones a que aspiraban los hombres, incluso el derecho a ser ajusticiadas en el patíbulo. Por desgracia, alguna lo logró y consiguió terminar sus días en la guillotina.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, una parte de las feministas ya no aspiraban a tener los mismos derechos que los hombres sino que querían algo más, querían ser como los mismos hombres y hacer lo que hacían los hombres. Esto significaba que las feministas empezaron a rechazar aquellas ocupaciones específicas  y propias de la mujer tales como la maternidad.
Más tarde, cayeron en la cuenta de que ese “deseo de ser como el varón” manifestaba en realidad un cierto complejo de inferioridad y se plantearon ser mujeres prescindiendo de los hombres y convertirse en unas terribles trabajadoras en competencia con el hombre más trabajador.
 El movimiento feminista llegó a sostener que la verdadera liberación de la mujer se lograría cuando nos olvidáramos de la condición femenina de las mujeres y las apreciáramos sin tener en cuenta su condición de mujer: solamente como personas, sin sexualidad.
Sin embargo, es evidente que todos nacemos con un cuerpo y una sexualidad concreta. Y si no somos capaces de aceptarnos tal y como somos es claro que tendremos un gran problema en nuestra vida porque seremos unas personas profundamente desgraciadas.
Por lo que se refiere a nosotros mismos, no tenemos un cuerpo como quien tiene un vestido o una moto. Antes bien, somos nuestro cuerpo porque el cuerpo es personal y forma parte de nosotros mismos. No nos limitamos a vivir dentro de nuestro cuerpo como si estuviéramos de alquiler en un apartamento, sino que mi cuerpo soy yo.
Y hablando del cuerpo, me parece claro que ser mujer es diferente de ser varón. Pero lo que quizá no vemos tan claro es que esta diferencia no solamente se refiere a nuestro cuerpo, sino que trasciende a toda nuestra persona y así somos varones o son mujeres como una determinada manera de vivir, de sentir, de pensar, de amar.

2. Mujeres
 Y ahora que llevamos más de una década de este siglo XXI nos podríamos preguntar cómo debería ser la mujer de este siglo. Ante todo, mujeres iguales a los hombres, sin ningún complejo de inferioridad, al contrario, orgullosas de su igualdad. Pero, atención, la mujer no es como el varón. Si así fuera sería una especie de varón afeminado.


El Génesis afirma que Dios creó al hombre —varón y mujer— a su imagen y semejanza. Esto significa que los dos sexos poseen la misma naturaleza de seres racionales y libres, que ambos han recibido el mandato divino de someter la tierra y cada uno tiene relación directa y personal con Dios. Tanto la mujer como el varón han sido amados por Dios por sí mismos y en esto reside su dignidad.


La mujer no es un ser definido a partir del varón, ni debe su existencia a la existencia previa del varón como si a él estuviera condicionada. Pero esta igualdad en la dignidad se demuestra en la diferencia que, por otra parte, es señal de la creación divina: no existen dos pájaros iguales, ni dos flores, ni dos personas porque la diferencia nos recuerda que al Creador, como al buen artesano, ninguna criatura ha salido de sus manos igual que la anterior.


Sin embargo, la mujer ha tenido que luchar por conquistar su puesto en la sociedad. Pero la mujer actual no debe caer en la tentación de compararse con el varón. No hace falta y, sobre todo, es que no es un varón; es una mujer ¿recuerdan?


La mujer es igual al hombre, o, si se prefiere, semejante, pero no es idéntica porque no es un hombre y sería una grave error que la mujer aspire a ser un hombre. La cuestión de la igualad entre los sexos debe ser tratada con una nueva perspectiva. No se trata tanto de afirmar que hombre y mujer son iguales, sino que se trata más bien de concretar qué significa la igualdad de los sexos, porque si pretendemos que la mujer sea igual al varón en todo ¿no estaremos elevando al varón a la categoría de modelo a seguir y así considerándolo superior a la mujer?


Los hombres y las mujeres del siglo XXI deben comprender que solamente respetando la propia naturaleza serán verdaderamente felices y la primera naturaleza que deben respetar es la propia: la mujer su propia feminidad. La mujer actual debe ser mujer y poner empeño en serlo realmente porque siéndolo podrá alcanzar el propio desarrollo y la realización personal. Esta aceptación de su propia manera de ser le ha de llevar a aportar a los hombres, a la familia y a la sociedad lo que es propio de la mujer, ese genio femenino que nadie como la misma mujer es capaz de dar.


La aceptación de la naturaleza humana como algo que nos viene dado, con lo que nacemos, supone aceptar que existe un Ser superior que nos ha dado esa naturaleza desde el amor y para amarnos y se puede entender que aceptar la Creación en nosotros mismos es el mayor bien que nos podemos hacer y es la única manera de realizarnos plenamente.


El problema no es solo jurídico, económico u organizativo, sino sobre todo de mentalidad, de cultura y de respeto. Se necesita una justa valoración del trabajo desarrollado por la mujer en la familia. Porque de lo contrario estamos pidiendo a la mujer que se comporte como lo que no es. ¿Acaso ser mujer no es tan importante y bueno como ser hombre?


La igualdad de la mujer no consiste tanto en que se libere a la mujer de los roles que tradicionalmente ha desempeñado, sino que consiste más bien en luchar para que esos roles sean reconocidos y tengan la misma dignidad y valor que otros roles que tradicionalmente se han atribuido a los varones. Evitando pensar que el tiempo dedicado a la familia sea un tiempo robado al desarrollo y la madurez de la personalidad. No existe una razón por la cual sea más importante diseñar un maravilloso satélite artificial que cuidar la cuna donde duerme tranquilo sabiéndose cuidado por su madre, el hombre o la mujer que en el futuro diseñará ese satélite.

3. Madres
Una mujer puede ser médico, ingeniero, arquitecto, conductor de autobús…, igual que un hombre. Pero un hombre no puede ser madre. Lo propio de la mujer es ser madre: la maternidad. De la misma manera que lo propio del varón es ser padre. En todo lo demás podríamos decir que son intercambiables menos en la maternidad o en la paternidad.


Es verdad, la mujer es madre y esta cualidad forma parte intrínseca de su ser. La mujer es madre por naturaleza y la capacidad de dar vida, sea puesta en acto o no, estructura la personalidad femenina, le hace pronta a la madurez y provoca un mayor respeto por lo concreto que se opone a las abstracciones teóricas e intelectuales, a menudo, letales para la existencia de los individuos y de la sociedad. Las madres no pretenden salvar a la “humanidad” (así con letras de molde y mayúsculas), sino que pretenden —y lo consiguen— salvar a sus hijos, a su familia, a su esposo, a sus seres queridos, a su sociedad.
Es la madre la que forma a los hombres en el hogar familiar y esto es lo que necesita nuestra sociedad tan materializada. Las madres nos recuerdan que sería monstruoso un mundo que se burlara del alma humana, que no tuviera capacidad de fijarse y pararse un momento en cada una de las personas que lo componen, en tantos pequeños detalles insignificantes pero que hacen la vida más digna y humana.
Las madres saben muy bien qué significa sacrificarse por sus hijos: no se trata solamente de concederles unas cuantas horas o de llevarles y traerles de las clases extraescolares. Significa gastar en su beneficio toda su vida. Las madres viven pensando en los demás, recordando los gustos y los deseos de todos para darles siempre una alegría.
Para una madre no solo es importante ser y vivir de esta manera, sino que enseña a sus hijos a vivir y ser hombres y mujeres cabales. Supone enseñarles a ser personas que viven para los demás, que superan sus egoísmos, que se preocupan del que no está pasando un buen momento. Estos y otros detalles parecidos son la verdadera solidaridad de las personas que no es otra cosa que cariño concreto por todos y cada uno de los que viven a nuestro lado.
En efecto, es la madre la que pone los cimientos de una nueva personalidad humana con sus cuidados en los primeros años, con sus primeras muestras de cariño, con su conversación llena de comprensión, con su actitud acogedora y hospitalaria. Con razón afirma la sabiduría popular que quien enseña a un niño forma un hombre, pero quien enseña a una mujer educa un pueblo.■




BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
1. Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris Digntatem,  Vaticano, 15 de agosto de 1988.
2. Juan Pablo II, Enc.Laborem exercens, Vaticano, 14 de septiembre de1981, n. 19.
3. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de laPaz, 1 de enero de 2012.
4. San Josemaría Escrivá, La mujer en la vida del mundo y de la Iglesia, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer.
5. Mons. Javier Echevarría, El mundo necesita del genio femenino, Diario ABC, 8 de marzo de 2006.
6. Jutta Burggraf, Varón y Mujer: ¿Naturaleza o cultura?
7. Jutta Burggraf, Para un feminismo cristiano: reflexiones sobre la Carta Apostólica “Mulieris Dignitatem”, Romana, nº 20, 1 de marzo de 2007.
8.  Jutta Burggraf, En torno a un nuevo modo de hablar, www.arvo.net
9.   Mary Ann Glendon, Las mujeres y la cultura de la vida, 24 de noviembre de 2011.
10. Monserrat Martín, Feministas o femeninas, www.mujernueva.com
11. Valores femeninos, valores de la sociedad, Mundo Cristiano, septiembre 2004.
12. Janne Haaland Matlary, L’Observatore Romano, 12 de febrero de 2005.
13. Janne Haaland Matlary, Maternidad y feminismo,  Lexicon, Consejo Pontificio para la Familia,  Ed. Palabra, 2004, p. 716.
14. Gloria Solé Romeo, La mujer, Aceprensa, servicio 135/98.
15. Natalia López Moratalla, No existe un cerebro unisex, Entrevista publicada en ALBA, octubre 2007.
16.  María Martínez López, Mujeres jóvenes, preparadas y en casa. Alfa y Omega.
17.  Karna Swanson, El trabajo de la mujer: algo más que freír tocino. www.mujernueva.org.
18. María Pía Chirinos, La excelencia en el hogar, www.zenit.org, 6 de febrero de 2007.
19. Nieves García, ¿Liberarse de la maternidad? No, gracias, Mujer Nueva, 2 de mayo de 2003.


Felipe Pou Ampuero

domingo, marzo 18, 2012

69. Justicia



Fecha: 01 de marzo de 2012                       

TEMAS: Justicia, Bien común, Derecho.

RESUMEN: 1. El mundo que nos rodea y en el que vivimos tiene una existencia independiente de nosotros mismos.
2. La justicia es anterior a las leyes, las leyes no son justas por el solo hecho de ser tales.
3. El deber fundamental y primario de la acción política y de los políticos es un compromiso fundamental para servir al derecho y a la justicia.
4. Debemos aprender a mirar la naturaleza para así poder descubrir la justicia que está impresa en ella.



SUMARIO: 1. Primero lo justo.- 2. ¿Qué es lo justo? - 3. Compromiso por la justicia.- 4. La naturaleza es justa.

1. Primero lo justo
La realidad de las cosas nos hace comprender que el mundo que nos rodea y en el que vivimos tiene una existencia independiente de nosotros y de la percepción sensorial que podamos tener de la realidad. Las cosas son como son; y ¿cómo son las cosas? Pues las cosas son como son y no de otra manera. Con estas palabras didácticas y reiterativas se expresaba un profesor universitario para infundir a sus alumnos el convencimiento profundo de la existencia objetiva del mundo.
De la experiencia personal de cada uno también podemos concluir que nuestra inteligencia y razón es la que nos permite conocer la realidad como extraña a nosotros mismos, aunque tengamos que conocerla por los medios naturales de que disponemos: los sentidos y la razón.
Pero la existencia de la naturaleza, de los animales, de las demás personas no depende de nosotros. También conocemos que existe otra realidad además de la física que vemos y tocamos. Es la realidad moral de la que participamos los hombres en cuanto que somos seres morales.
Quizá con dificultad racional, pero con segura intuición, podemos afirmar que en la vida de los hombres hay acciones y conductas que están mal y otras que están bien. Para condenar la esclavitud no necesitamos ninguna ley previa que la condene. Someter a esclavitud a otra persona, hombre o mujer, es un acto ilícito aunque algunas leyes y países no lo reconozcan así.
Llegamos a la profunda convicción de que la justicia es anterior al derecho por cuanto las leyes humanas emanadas de la institución correspondiente —parlamento, poder soberano, monarca absoluto, emperador— no tienen autoridad superior para definir lo que es justo o injusto. Si así fuera, por definición, no existirían nunca leyes injustas: por el solo hecho de ser leyes y tener los atributos propios de la ley ya serían justas.
La historia más reciente nos ha demostrado trágicamente que no es así. La justicia no emana del pueblo, ni mucho menos emana de los órganos legislativos del pueblo. Más bien, al contrario, el derecho y los órganos del Estado de los que emanan las leyes quedan sometidos a la justicia y tienen el deber de buscarla y promoverla para el bien de todos los ciudadanos.
El Estado no se inventa  la justicia, sino que la descubre, la busca y la instaura. Luego: la justicia es anterior a las leyes de los estados. Y si esto es así, cuando una ley de un estado conculca los principios anteriores y previos de la justicia podemos decir que es una ley injusta y contraria al bien común.
Será una ley injusta no tanto porque así lo diga un grupo mayor o menor de opiniones o incluso una mayoría de ciudadanos, sino que será injusta porque es contraria a lo justo que es anterior a la ley y a la opinión personal o mayoritaria de cada uno. A estos efectos, podemos considerar que la voluntad personal viene a constituirse en ley privada de actuación para cada persona. Utilizando el paralelismo de la analogía se podría decir que cada persona es soberana para gobernarse conforme a su voluntad y esta soberanía es la esencia del ejercicio de nuestra libertad. Pero, al igual que respecto del Estado soberano, la voluntad personal no es una voluntad autónoma respecto de la ley moral que pueda decidir lo que es bueno o malo a su antojo.
¿Se imaginan a una persona manifestando que para ella la esclavitud no es algo malo y, por tanto, somete a esclavitud a las personas que le rodean?
Podríamos enfocar así la cuestión de la justicia en el Estado de Derecho. El Estado de Derecho es una organización política para la consecución del bien común de los ciudadanos entendido como la paz social, la justicia y el interés general. Entre los fundamentos del Estado de Derecho se encuentra conseguir el imperio de la justicia en las relaciones de los ciudadanos. Entre los instrumentos de actuación del Estado de Derecho se encuentra el Derecho como ordenación de los bienes y de los servicios de una comunidad. Pero esta ordenación no puede ser caprichosa —no sería lógico— cuando el fin principal por el cual existe es la consecución de la justicia. El derecho es inseparable de la justicia[1], porque un derecho que no sirva a la justicia es un derecho injusto ciertamente, pero sobre todo, es un contrasentido, porque un derecho injusto deja de ser derecho.
Es cierto, el derecho no es solamente un sistema de ordenación o de organización para la atribución de derechos y obligaciones, sino que tiene un fin último y superior que, por esto mismo, es un fin exterior al derecho mismo: la obtención de la justicia.

2. ¿Qué es lo justo?
            Pero cómo se descubre lo justo. «Para gran parte de la materia que se ha de regular jurídicamente, el criterio de la mayoría puede ser un criterio suficiente. Pero es evidente que en las cuestiones fundamentales del derecho, en las cuales está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta: en el proceso de formación del derecho, una persona responsable debe buscar los criterios de su orientación»[2].
            En la Roma pagana, el jurista Ulpiano define la justicia como Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi —la justicia es la constante y continuada voluntad de conceder a cada uno su derecho—. A su vez, por derecho en Roma se entendía: vivir honestamente, no hacer daño a nadie y dar a cada uno lo suyo.
            La justicia es un valor objetivo, no es un valor o una opinión personal. Porque si se trata de una opinión personal de cada uno no podemos apelar a la justicia para reclamar nuestros derechos o la restauración de un daño que nos han infringido. Solamente si la justicia es un valor objetivo con autoridad común a todos los ciudadanos y superior a la opinión personal puede tener fuerza moral y jurídica para obligar a las personas.
            La justicia es un valor común y superior a los hombres y no puede quedar reducido a unos criterios de reparto de los bienes y derechos. Si así fuera la justicia se reduciría a unas cuantas normas reglamentarias previamente decididas por los hombres por mayoría. Si así fuera sería justo que la mayoría decidiera que la esclavitud es un derecho. Pero no es así.
            La justicia no es dar o repartir cosas a los hombres, sino que la justicia es saber decidir a quién le pertenece esa cosa. La organización política del Estado de Derecho no se conforma con que se paguen las deudas, es decir, con que los ciudadanos actúen con justicia en sus relaciones con los demás, sino que persigue que sus ciudadanos sean justos por sí mismos. Y en este sentido ser justo no siempre es equivalente a obedecer las leyes —las leyes injustas desde luego no—, ni tampoco significa ser igualitario, puesto que el hombre justo debe soportar las cargas sociales en proporción a su capacidad y esto suele significar que los poderosos deben soportar más cargas que los demás.
            Las leyes son justas no solamente cuando distribuyen los bienes o establecen unas reglas sociales aceptadas por la gran mayoría, sino que la justicia de las leyes se mide además porque va más lejos de esos actos de mera ordenación o de organización social y llega hasta los actos de valor: por ejemplo, no abandonar las filas en un combate, guardar la paz social, contribuir al progreso social[3]. Para la gran mayoría de las cuestiones puede ser suficiente el criterio de la mayoría de los ciudadanos, pero para las cuestiones fundamentales del derecho, donde está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta, como recordó Benedicto XVI en su viaje a Alemania.
            Sin embargo, estas cuestiones fundamentales que afectan a lo más esencial del hombre no son evidentes para todos los hombres y pueblos, aunque eso no quiere decir que no puedan ser conocidas por los hombres de ninguna manera. Pero lo que sí es cierto es que esas cuestiones fundamentales existen y la humanidad sí las reconoce, aunque no todas en la misma medida.
            La justicia no es una convención humana o el resultado de un compromiso, porque la justicia viene determinada previamente por la existencia del mismo hombre. Las cosas y situaciones son justas porque hacen justicia al hombre. Es el hombre el que determina la necesidad de hacer justicia primero con él y luego en sus relaciones con otros hombres.
            Contra esta concepción objetiva y universal de la justicia se opone radicalmente la concepción relativista de la justicia que entiende que los criterios de justicia dependen de una determinada concepción de la sociedad, de la organización política y hasta del mismo hombre. Concepción relativista que es esencialmente personal de cada hombre y, por tanto, subjetiva. Así, la concepción relativista de la justicia queda a merced de quienes tengan el poder de crear opinión e imponerla a los demás en cada momento.
            Se ve fácil que si la justicia fuera relativa y subjetiva podrían coexistir tantos conceptos de justicia como parlamentos existan y, lo que es peor, podrían coexistir dos conceptos diametralmente opuestos sobre la justicia: para unos la esclavitud sería un derecho mientras que para los otros la esclavitud es una injusticia.

3. Compromiso por la justicia
            El deber fundamental y primario de la acción política y de los políticos es un compromiso fundamental para servir al derecho y a la justicia. En el momento histórico actual en el que el progreso científico le ha permitido al hombre llegar a límites insospechados hasta hace pocas décadas atrás, adquirir un compromiso por la justicia y encauzar —que no limitar— el progreso en todos sus ámbitos hacia la paz social, la justicia y el bien común es una obligación política ineludible.
            La política no puede ser un instrumento de poder y de organización, sino que debe reconocerse como la búsqueda y consecución de la justicia en la sociedad. A este criterio de la justicia se debe someter cualquier otro objetivo político de manera que valorado con esta nueva luz no se permita su existencia si no contribuye a hacer el mundo y la vida del hombre más justa.
            Para conseguir que el político —es decir, cualquier ciudadano— adquiera esta convicción por la justicia es necesario que reciba la adecuada formación cultural y moral que le permita al menos sospechar que la justicia es un valor a conseguir y que ese valor además es objetivo y universal. Es necesario enseñar que la justicia no es un capricho personal, sino una necesidad vital del hombre.
            La primera tarea política es el mismo hombre y su formación moral. De este objetivo dependerá el éxito de cualquier. El respeto de la persona debe estar en el centro de las instituciones y de las leyes para proponer objetivos políticos justos y apropiados a la dignidad de la persona.
            La primera necesidad política del Estado de Derecho debería ser la capacidad de distinguir el bien del mal[4] y así establecer un verdadero derecho y servir a la justicia y la paz.

4. La naturaleza es justa
            La naturaleza es apropiada para el hombre y hasta se puede afirmar que el hombre forma parte de la naturaleza además de tener su propia naturaleza, la humana. La naturaleza es justa porque es un bien para el hombre. La primera formación del hombre consiste en enseñarle a reconocer su propia naturaleza y poder admirar la imagen del Creador que lleva impresa en su corazón[5].
            Debemos aprender a ver, aprender a mirar la naturaleza para así poder descubrir la justicia que está impresa en ella. La justicia es natural y lo injusto será contrario a la naturaleza. Esta es la auténtica ecología de la Creación. La ley natural ordena la naturaleza hacia el bien común y la justicia y las leyes humanas no pueden transgredir la ley natural so pena de incurrir en grave injusticia.
            El hombre tiene raciocinio y es capaz de «leer» en la naturaleza que le rodea. Debemos aprender a leer sabiendo no solamente mirar la naturaleza, sino admirarla  y ver en el mundo que nos rodea no solamente una sucesión de causas y efectos mecánicos, sino un origen trascendente y creador que explica nuestra existencia y ordena todo al mismo principio creador. Si no conseguimos leer la naturaleza de esta manera todo carecerá de sentido al no poder conocer el origen de la primera causa no causada, ni tampoco entender el fin último de todas ellas.
            Aprender de la naturaleza implica para el hombre la aceptación de que no se ha hecho a sí mismo, sino que es criatura, es racional y es amado. A esto puede llegar a conocerlo por su racionalidad al comprender que el hombre no se da a sí mismo la vida ni la propia existencia.
            En la propia naturaleza del hombre también se encuentra la propia ley interior de su conciencia que le sugiere criterios morales de actuación que al referirse a hacer el bien y evitar el mal debemos reconocer como la primera ley justa que conoce todo hombre.
            «El respeto de la persona humana implica el de los derechos que se derivan de su dignidad de criatura. Estos derechos son anteriores a la sociedad y se imponen a ella. Fundan la legitimidad moral de toda autoridad: menospreciándolos o negándose a reconocerlos en su legislación positiva, una sociedad mina su propia legitimidad moral. Sin este respeto, una autoridad sólo puede apoyarse en la fuerza o en la violencia para obtener la obediencia de sus súbditos. Corresponde a la Iglesia recordar estos derechos a los hombres de buena voluntad y distinguirlos de reivindicaciones abusivas o falsas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1930).

Felipe Pou Ampuero




[1] Benedicto XVI, Audiencia al Tribunal de la Rota Romana, Ciudad del Vaticano, 9 de enero de 2012.
[2] Benedicto XVI, Viaje a Alemania, Discurso en el Reichstag, Berlín, 22 de septiembre de 2011.
[3] Cfr. Aristóteles, Moral a Nicómaco, libro quinto.
[4] Benedicto XVI, Viaje a Alemania, Discurso en el Reichstag, Berlín, 22 de septiembre de 2011.
[5] Ernesto Juliá Díaz, ¿Quién es el hombre?