sábado, febrero 04, 2012

68. Economía humana

Fecha: 01 de febrero de 2012


TEMAS: Economía, Empresa, Ética.

RESUMEN: 1. Una de las aportaciones del cristianismo a la economía es la de ofrecer una visión panorámica del sentido y finalidad del mundo, del sentido de la vida y del hombre.
2. Los bienes de la tierra son un don que debemos usar con generosidad, con la misma con la que los hemos recibido. Los bienes son para compartirlos para que a nadie le falte lo necesario para llevar una vida digna y en este sentido, las riquezas que se poseen tienen un sentido social.
3. Las diferencia iniciales de la Creación y de la misma situación de los hombres no son diferencias constitucionales, sino diferencias estructurales que los mismos hombres con su libertad y son su inteligencia pueden solucionar para contribuir al desarrollo de la Creación.
4. Por el principio de subsidiariedad todo lo que el hombre pueda hacer y desarrollar por sí mismo y en el ejercicio de su libertad y de su inteligencia no es lícito impedírselo.
5. Hay que «dejar hacer» a los hombres y también hay que «hacer hacer» a los hombres lo que ellos puedan hacer por sí mismos, sin fomentar la pereza, la apatía, la comodidad y la falta de responsabilidad.
6. No es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de vida que se presume mejor cuando está orientado sólo a tener más bienes y no a ser mejor persona. Es necesario realizar un esfuerzo social y político para implantar estilos de vida a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones.

  
SUMARIO: 1. El plan general.- 2. Las diferencias.- 3. La realidad económica.- 4. Una oportunidad.

1. El plan general
El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente[1].
Una de las aportaciones más generales del cristianismo a la economía es la de ofrecer una visión panorámica del sentido y finalidad del mundo, del sentido de la vida y del hombre. Importa saber cómo se fabrican los productos y cuáles son las mejores técnicas de producción y los más eficientes procedimientos de venta y de distribución, pero por encima de todo esto está el conocimiento del hombre y del mundo que nos rodea, en definitiva, saber para qué se hacen las cosas vale más que el mismo hecho de poder hacerlas.
La economía debe estar al servicio del hombre, considerado siempre como un fin en sí mismo, y ser la consecuencia de la participación de todos y para beneficio de todos, por esto debe estar debidamente regulada y supervisada como garantía del bien común. Además de lo anterior, en el actual momento histórico, la economía debe tener un enfoque y una autoridad global[2].
Todo empieza con la Creación, con el origen del universo. Todos los bienes  y las riquezas de la tierra son buenos porque proceden de Dios y en Él tienen su fin. Pero la Creación no es un absurdo, tiene una lógica, unas leyes y unos principios que rigen la naturaleza y los mismos bienes. La Creación está bajo el gobierno y cuidado del Creador que no abandona el mundo a su suerte, sino que se implica en su futuro y lo mantiene.
Dentro de este plan divino se encuentra el hombre, también creado por Dios como una criatura más de todas pero, a la vez, con unas cualidades tales que le asemejan a su Creador y le hacen acreedor de una dignidad superior a todo lo creado. El hombre, creado como varón y mujer, recibe el encargo de dominar la tierra.
Pero el hombre no gobierna la tierra de cualquier manera, sino que debe gobernarla conforme a las leyes naturales. Existe una ecología natural y un respeto de la naturaleza, pero antes aún, existe una ecología humana y un respeto del hombre por el mismo hombre.
El hombre es libre, mientras que las demás criaturas no son libres, sino que están determinadas por su propia naturaleza y por su instinto. El hombre puede querer colaborar en la Creación o puede no querer, de él depende y por eso es libre. Pero la libertad del hombre no es absoluta porque no procede de él mismo, sino que al ser recibida como un don más tiene una limitación. La libertad del hombre no le permite fijar el orden moral (el bien y el mal), sino que éste responde al designio del Creador. Pero el hombre, por ser racional, puede reconocer ese orden y puede amarlo o rechazarlo.
Pero una cosa es clara, el hombre ha sido creado para gobernar la tierra y hacerla crecer y, por tanto, la administración de los bienes  —la economía— no es algo ajeno a los planes de la Creación sino  que forma parte de los mismos y de la vida ordinaria de los hombres. Dedicarse a la economía no es nada extraño, ni contrario a la dignidad humana, sino que forma parte de la misma puesto que ninguna otra criatura puede dedicarse a la economía.
Los bienes de la tierra son un don que debemos usar con generosidad, con la misma con la que los hemos recibido. Los bienes son para compartirlos para que a nadie le falte lo necesario para llevar una vida digna y en este sentido, las riquezas que se poseen tienen un sentido social[3].

2. Las diferencias
            Al contemplar el mundo podemos observar dos cosas: a) por un lado, que los bienes no están repartidos de manera uniforme entre todas las personas, sino que mientras unos tienen bienes en abundancia a otros les falta hasta lo necesario;  y b) que existen bienes suficientes para todos de tal manera que si los bienes se repartieran con equidad todos los hombres podrían poseer los bienes necesarios para tener una vida digna ellos y sus familias.
            El plan de la Creación cuenta con que el mundo no es igualitario, existen diferencias entre los hombres y las mujeres, entre los altos y los bajos, los listos y los menos listos, los de arriba y los de abajo, etc.: el igualitarismo generalizado no entra en los planes de la Creación.
            Pero, al mismo tiempo, todos los hombres y todas las mujeres participan de la misma dignidad —son la misma imagen y semejanza— y están llamados a la misma excelencia luego tenemos que concluir que las diferencia iniciales de la Creación y de la misma situación de los hombres no son diferencias constitucionales, sino más bien diferencias estructurales que los mismos hombres con su libertad y son su inteligencia pueden solucionar para contribuir al desarrollo de la Creación[4].
  
3. La realidad económica
            Hay tres principios generales que tienen aplicación en el campo económico[5]:
            a) Principio de la dignidad de la persona. Este principio, ya lo sabemos, dice que todo ser humano tiene valor en sí mismo, con independencia de lo que tenga o posea, de su raza, credo, cultura o situación. El hombre vale por lo que es y no vale por lo que tiene o significa. Por tanto, todos los hombres valen igual.
            El fundamento y razón de la dignidad de los hombres y de las mujeres es haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, es decir, poder amar y ser amados. Por la fuerza de la dignidad de los hombres, toda la creación está puesta a su servicio y también la actividad económica y la administración de los bienes y las riquezas de la tierra.
b) Principio de subsidiariedad.  El segundo principio general es el que dice que todo lo que el hombre pueda hacer y desarrollar por sí mismo y en el ejercicio de su libertad y de su inteligencia no es lícito impedírselo. También dice que todo lo que una estructura social inferior pueda realizar no debe realizarlo una estructura social superior[6].
            c) Principio de solidaridad. Pero el hombre no vive aislado y despreocupado de sus semejantes, sino que debe preocuparse de los demás hombres porque tienen su misma dignidad y son sus iguales.
Hay que «dejar hacer» a los hombres y también hay que «hacer hacer» a los hombres lo que ellos puedan hacer por sí mismos, sin fomentar la pereza, la apatía, la comodidad y la falta de responsabilidad en el desarrollo económico y social de los pueblos. Los hombres tenemos talentos para ejercerlos en bien de todos, no para enterrarlos cuidadosamente. Hay que trabajar por el común de todos y hay que arriesgar los talentos, no es lícito guardarlos.
La solidaridad está unida al bien común que es el conjunto de condiciones de la vida social que permiten a las asociaciones y a cada uno de sus miembros perfeccionarse más fácilmente[7]. Pero el bien común —por definición— es común a todos los pueblos de la tierra, no sólo a los desarrollados o a los de cultura occidental. El verdadero test del bien común es la efectiva solidaridad con las personas que corren grave riesgo de quedar socialmente descolgados del desarrollo como pueden ser los mayores, los inmigrantes y los jóvenes[8].
Junto con los principios señalados también existen otros principios de aplicación en el orden económico que conviene recordar:
d) La centralidad de la persona. El hombre es el autor, el centro y el fin de cualquier actividad económica (Gaudium et Spes, n.63). Es más importante la persona del trabajador que el resultado de su trabajo.
e) El destino universal de los bienes. Los bienes creados son para todos los hombres y pueblos que tienen un legítimo derecho a disfrutar de ellos. Es la función social de la propiedad. Este derecho lleva aparejada la obligación ética de los pueblos desarrollados de no impedir y hasta de facilitar el acceso a los bienes de la tierra a todos los hombres y pueblos que la habitan.
f) El desarrollo integral del hombre.  El desarrollo de los hombres y de los pueblos no deben atender solamente a las condiciones económicas, materiales y técnicas de la producción de bienes y servicios, sino, sobre todo, al desarrollo de la persona en todas sus dimensiones: materiales, espirituales, familiares, culturales, artísticas, sociales, deportivas, etc.
No es malo el deseo de vivir mejor, pero es equivocado el estilo de vida que se presume mejor cuando está orientado sólo a tener más bienes y no a ser mejor persona. Por esto es necesario realizar un esfuerzo social y político para implantar estilos de vida a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones[9].
g) La sostenibilidad de la naturaleza. El hombre es el administrador de la naturaleza y no un devastador o depredador de la misma. Mientras se sirve de la naturaleza para su desarrollo y el de todos los pueblos también debe cuidarla y mantenerla —administrarla— y conservarla para que la naturaleza pueda seguir sirviendo a los demás hombres, sin divinizarla, pero tampoco sin despreciarla.

4. Una oportunidad
            Una auténtica democracia solamente es posible en un Estado de Derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Es necesario reconocer que si no existe una verdad última que guía y orienta la acción política y económica, entonces las convicciones humanas pueden ser instrumentadas para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia[10].
            El problema de fondo estriba en que el éxito de la actividad económica se mide en términos de rendimiento económico o beneficio empresarial y, por tanto, su búsqueda lleva a convertir a las personas empleadas en «factores de producción» al servicio de dicho éxito.
            Esta crisis es mucho más que financiera y económica, tiene raíces éticas, culturales y antropológicas, y nos obliga a cambios profundos de toda índole. Por ello, el tiempo presente no puede ser baldío. La crisis debe ser una oportunidad para reconocer nuestras carencias técnicas, institucionales y, sobre todo, éticas y culturales, y para avanzar por caminos de humanidad; caminos que sitúen a la persona en su integridad, y a todas las personas por igual, en el centro de nuestra economía y de nuestra sociedad global[11]. ■



[1] Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, n.36.
[2] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria,  2011,  n. 40.
[3]  Gregorio Guitián, Negocios y moral, Eunsa,  Pamplona, 2011, p. 65.
[4] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1936-1937.
[5] Gregorio Guitián, Negocios y moral, Eunsa,  Pamplona, 2011, p. 75.
[6] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 15.
[7] Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, n. 26.
[8] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria,  2011,  n. 35.
[9] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 36.
[10] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 46.
[11] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria,  2011,  n. 40.

sábado, enero 07, 2012

67. Mercado

Fecha: 01 de enero de 2012                       

TEMAS: Economía, Empresa, Libre mercado.

RESUMEN: 1. El libre mercado es la manera por la cual los agentes económicos se comunican y ponen de acuerdo entre sí para asignar los recursos disponibles y determinar qué producir, cuánto y a qué precio.
2. La crisis ha demostrado que el mercado, dejado a sí mismo, no solamente puede resultar ineficiente, sino que puede acabar promoviendo prácticas inmorales y generar un desastre global.
3. El libre mercado debe servir a la sociedad y a la justicia y, por esta razón, debe estar ordenado hacia esos mismos fines. Las leyes deben asegurar que siempre se obtendrá el precio de mercado de los bienes y que siempre existirá la libre competencia entre los agentes económicos.
4. Quedan fuera del libre mercado todas las personas y pueblos que careciendo de poder adquisitivo no pueden acceder al mercado ni beneficiarse de los bienes ofrecidos.
5. Existen necesidades de los hombres que no están en el comercio de los hombres, son ajenas al libre intercambio de bienes y servicios pero son aún más necesarias para los hombres. Tal es el caso, por ejemplo, del hogar, de la familia, del respeto a la dignidad de la persona, del debido descanso, del acceso a la cultura y las formas de conocimiento.
6. La cultura, la familia, la educación y la religión, proporcionan a los hombres y a la sociedad el verdadero sentido de la vida y sitúan a la economía en sus justos límites al servicio del hombre y de la sociedad no permitiendo que ningún hombre se convierta en un siervo de otro hombre o de un sistema económico.
7. No es malo el deseo de vivir mejor y de querer conseguir avances técnicos y mejoras en la calidad de vida. Pero el fin debe ser siempre el crecimiento del hombre. El fin de la actividad económica es permitir al hombre ser mejor persona y madurar en su personal desarrollo.



SUMARIO: 1. El fin del mercado.- 2. Para la sociedad.- 3. Los límites.

1. El fin del mercado
La actividad económica está destinada a satisfacer las necesidades de los hombres y no está destinada a aumentar el lujo o el poder.
El libre mercado es la manera por la que los agentes económicos se comunican y ponen de acuerdo entre sí para asignar los recursos disponibles y determinar qué producir, cuánto y a qué precio[1]. Es un instrumento, una herramienta por la cual los vendedores ofrecen y los compradores demandan algo y convienen en el precio y la forma de pago.
Pero el hecho de ser un instrumento o un medio no significa necesariamente que sea moralmente neutro. Aparecen dos elementos importantes: a) de una parte, se funda en la libertad de los agentes económicos a los que nadie obliga a vender ni a comprar. Y esta libertad de contratar es algo inicialmente bueno. En general, la libertad es siempre inicialmente buena y deseable. Pero la libertad no es un fin en sí misma y siempre hay que tener en cuenta el fin perseguido con el ejercicio de la libertad. Se puede usar para el bien, pero también es posible usar la libertad para el mal.
b) En segundo lugar, aparece también la competencia puesto que el libre mercado supone que los vendedores y compradores concurren y en función de lo que unos ofrecen y otros demandan se encuentra un punto de concurrencia que determina el mejor precio del contrato: el precio de mercado.
La competencia es buena también, porque estimula la mejora de la oferta y la perfección del trabajo personal para resultar finalmente elegido entre todos los candidatos. Es decir, la competencia favorece la eficiencia y la mejora de la productividad.
Desde el punto de vista técnico, el libre mercado es una manera de organizar la actividad económica que comparada con otros sistemas posibles logra una eficiencia bastante contrastada. Además, la sola concurrencia de distintos compradores y de distintos vendedores es capaz de generar el precio de los bienes atendiendo no a los intereses de una persona en particular, sino a la estimación general de unos y otros hasta conseguir lo que se llama precio de mercado.
De esta manera, el libre mercado modera posibles excesos y se convierte en un instrumento que facilita la justicia en los intercambios de bienes y servicios. Así se podría concluir que el libre mercado en sí mismo considerado no es malo, sino que respeta la libertad humana y favorece el ejercicio de la justicia mediante el ejercicio de los propios talentos en la actividad económica.
Sin embargo, también por experiencia sabemos que, a veces, se producen abusos de poder, faltas de cumplimiento o de respeto a las reglas establecidas y, en definitiva, injusticias. Así ocurre, cuando un vendedor baja los precios por debajo del coste del producto para causar pérdidas a sus competidores y procurar su eliminación definitiva con la intención de dominar el mercado. O también, cuando se producen reducciones excesivas en los costes de producción al no cumplir con las debidas medidas de seguridad, de higiene, de abono de salarios mínimos, etc. En estos casos, y en otros parecidos, se está utilizando la libertad de mercado con fines torcidos puesto que no se pretende realizar una actividad económica justa, ni ajustar el precio real de las cosas, sino conseguir una posición dominante del mercado con el propósito de eliminar del mercado a todos los demás posibles agentes sociales.
La crisis ha demostrado que el mercado, dejado a sí mismo, no solamente puede resultar ineficiente, sino acabar promoviendo prácticas inmorales y generar un desastre global. No se trata de ningún modo de negar lo que de beneficioso y necesario tiene el mercado; sin embargo, no es cierto que lo mejor para el bien común sea dejar que el mecanismo del mercado obre con entera libertad sin ninguna interferencia de ningún tipo[2].
Para evitar los abusos e injusticias en el mercado es necesario regular y controlar la actividad económica. Regular es ordenar la economía pero no impedirla ni asfixiarla. La ordenación del libre mercado debe atender a favorecer la misma existencia del mercado y de sus fines primordiales que consisten en obtener el intercambio de bienes y servicios al mejor precio posible.
Lo que no es posible es que el mercado se regule a sí mismo puesto que tendería a la mayor ganancia del vendedor o al mayor beneficio del comprador que siempre procuraría eliminar los posibles competidores para negociar desde una posición de fortaleza. El libre mercado debe servir a la sociedad y a la justicia y, por esta razón, debe estar ordenado hacia esos mismos fines. Leyes deben asegurar que siempre se obtendrá el precio de mercado de los bienes y que siempre existirá la libre competencia entre los agentes económicos.
La economía tiene por finalidad el bienestar de la sociedad y el correcto uso y reparto de la riqueza y de los bienes de la tierra. Es un fin común para toda la sociedad extraño al enriquecimiento exclusivo de unos pocos a costa de la explotación de otros. Al mismo tiempo, este fin común aplica la justicia y pretende beneficiar al que trabaja y aplica su esfuerzo e ingenio en producir bienes al mejor precio para conseguir la mejor venta.

2. Para la sociedad
Esta misma regulación del libre mercado debe atender no solamente a las necesidades económicas del mercado y de los intercambios comerciales, sino de la propia sociedad y de las personas que la integran. No podemos olvidar que el mecanismo del libre mercado considera tan solo a unos vendedores que ofrecen unos bienes y a unos compradores que ofrecen un dinero por ellos. Quedan fuera del libre mercado todas las personas y pueblos que careciendo de poder adquisitivo no pueden acceder al mercado ni beneficiarse de los bienes ofrecidos.
El libre mercado tiene, ciertamente, limitaciones por su mismo objeto. Unas veces porque solamente atiende a la solución de problemas que se puedan resolver con poder adquisitivo[3], es decir, problemas económicos, pero no culturales, sociales, de desarrollo humano. Otras veces, porque existen necesidades de los hombres que no se pueden comprar ni vender porque no están en el comercio de los hombres, son ajenas al libre intercambio de bienes y servicios pero son aún más necesarias para los hombres. Tal es el caso, por ejemplo, del hogar, de la familia, del respeto a la dignidad de la persona, del debido descanso, del acceso a la cultura y las formas de conocimiento.
Es decir, no todos los problemas de los hombres se resuelven comprando ni vendiendo, ni con arreglo a las normas del libre mercado. Tampoco todos los problemas se resuelven solamente con arreglo a los criterios de justicia. La sola dignidad de cada hombre exige algo más que el cumplimiento de lo justo, de lo debido. La dignidad del hombre no es algo que se paga, que se cumple con justicia, sino que es algo que se admira y se contempla por su misma dignidad y ante la cual no basta con la justicia, sino que es necesario ir más allá de los planteamientos justos para llegar a la generosidad y al don[4].
Ya se ve que la economía no lo es todo en la vida humana. Si lo fuera, la vida humana no gozaría de la dignidad que tiene y quedaría muy limitada. Luego a nadie puede extrañar que existan límites al libre mercado. Límites sí, impedimentos no.

3. Los límites
La persona es el centro de la actividad económica lo que significa mucho más que un reparto equitativo de la riqueza. El problema de fondo estriba en que el éxito de la actividad económica se mide en términos de rendimiento económico o beneficio, y, por tanto, su búsqueda lleva naturalmente a convertir a las personas empleadas en “factores de producción” al servicio de dicho éxito[5].
Y ¿cómo se determinan los justos límites al mercado? Curiosamente, los límites del mercado no se determinan por leyes económicas, sino por leyes culturales y por pautas de estilo de vida. Estos límites se fijan por medio del fortalecimiento de las instituciones que defienden y aseguran la dignidad de hombre. La cultura, la familia, la educación y la religión, proporcionan a los hombres y a la sociedad el verdadero sentido de la vida y sitúan a la economía en sus justos límites al servicio del hombre y de la sociedad no permitiendo que ningún hombre se convierta en un siervo de otro hombre o de un sistema económico.
Pero si se descuidan estas instituciones, si la cultura no es trascendente, si la educación es solamente técnica, si la familia se desestructura, si la religión se ignora, la actividad económica acaba convirtiéndose en consumismo, es decir, en afán de poseer bienes, servicios y riquezas con olvido de la dignidad del mismo hombre. Aún más, acaba por convertir a las riquezas en un verdadero fin de la vida para el hombre que solo tendrá sentido si es para tener más bienes y más bienestar material.
No es malo el deseo de vivir mejor y de querer conseguir avances técnicos y mejoras en la calidad de vida y de bienestar material y social. Pero el fin debe ser siempre el crecimiento del hombre entero, en cuerpo y alma. El fin de la actividad económica no es el permitir al hombre tener más bienes, sino ser mejor persona y madurar en su personal desarrollo.
Detrás del consumismo se esconde una visión materialista de la vida y de la felicidad, donde lo único que tiene importancia son los bienes y la comodidad personal adquirida olvidando la vida espiritual del hombre y, al fin, al mismo hombre.
No es que los bienes materiales no sean buenos ni convenientes, es que son insuficientes para la felicidad del hombre. No satisfacen las ansias de felicidad humanas y por esta razón es preciso atender a un verdadera cultura que pueda orientar la vida y las necesidades de los hombres, también las necesidades del libre mercado.
Los bienes son necesarios para el desarrollo de las personas y de la sociedad. Se trata de erradicar el consumismo, pero no el consumo de los bienes y ofrecer un estilo de vida más sobrio que busque la verdad, el bien y la belleza, así como la solidaridad con los demás hombres para un crecimiento común[6].
La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.[7]




Felipe Pou Ampuero



[1] Gregorio Guitián, Negocios y moral, Eunsa, Pamplona, 2011, p. 85.
[2] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Cuaresma Pascua 2011, n. 18.
[3] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 34.
[4] Benedicto XVI, Encíclica Caritas in veritate, n. 34.
[5] Una economía al servicio de las personas, Carta pastoral de los Obispos de Pamplona y Tudela, Bilbao, San Sebastián y Vitoria, Cuaresma Pascua 2011, n. 20.
[6] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n. 34.
[7] Juan Pablo II, Encíclica Centesimus annus, n 42.

domingo, diciembre 18, 2011

Feliz Navidad 2011



Que nada ni nadie os quite la paz; no os avergoncéis del Señor. Él no ha tenido reparo en hacerse uno como nosotros y experimentar nuestras angustias para llevarlas a Dios, y así nos ha salvado.
Benedicto XVI, Discurso en el aeropuerto de Barajas, 18 agosto 2011.

A todos mis amigos de Cauce 
les deseo una 
Feliz Navidad 2011 y Año Nuevo.

Felipe Pou Ampuero

domingo, diciembre 04, 2011

66. Valores de la libertad (y 2)


TEMAS: Libertad, Cultura, Razón.
* * * * *
RESUMEN: 1.Los hombres somos seres esencialmente limitados.
2. Mi libertad implica asumir mis defectos y mis errores, mi condición humana y mis limitaciones, mi propia realidad.
3. No existe el paraíso en la tierra. Lo que existe o puede existir es un mundo real formado por mejores hombres, más solidarios, más responsables, con mayor afán de compartir su libertad, con menores ídolos imponiendo sus pretendidos derechos.
4. Nada hay nada más cierto que conocer las cosas tal y como son. El conocimiento que se ajusta a la realidad de cada cosa es un conocimiento verdadero porque no está sujeto a error ni a engaño.
5. La realidad de cada cosa se compone de su apariencia y también de su esencia que no se ve ni se siente pero sin la cual dejaría de ser lo que en realidad es.
6. La autonomía de la razón no libera al hombre porque no le permite conocer la realidad. Convierte al hombre en un ser engañado, limitado, atado al error y encerrado en una razón cegada a la trascendencia.
7.  El conocimiento pleno de la realidad hasta el verdadero por qué de todo lo que existe es lo que libera al hombre en tanto que le permite tener un conocimiento auténtico de la realidad.
8. La libertad nos ha sido regalada  para poder amar. Es para el amor. Y este destino final configura la educación de la libertad desde el principio.


* * * * *

SUMARIO: 1. En busca del paraíso.- 2. La autosuficiencia de la razón.- 3.  Libertad para el bien.- 4. Libertad para amar.

1. En busca del paraíso
            La libertad no es un bien aislado, sino que existe junto con el resto de las libertades de todos los demás que nos ayudan a ser personas. La libertad  comparte su grandeza con las demás libertades y es necesario ordenar todas las libertades para que puedan existir conjuntamente. La libertad es, ciertamente, un bien, pero dentro de una red de otros bienes junto con los cuales forma una unidad indisoluble.
            Esta primera imagen de una libertad compartida se opone radicalmente a la libertad en exclusiva y excluyente de las demás libertades. La libertad del que se considera que sólo es libre si se evade de los demás es la libertad de un ídolo que prescinde de los otros para vivir y ser libre. Pronto podemos comprender que la libertad del que no desea compartir nada con otros termina siendo una libertad deshumanizada porque no considera al hombre como un ser solidario con los demás, sino que concibe al hombre como un ser servido por los demás. Y esto, sabemos que no es la verdadera imagen del hombre.
            Si queremos profundizar en la mejor libertad debemos profundizar en la solidaridad de nuestra libertad. La mejor libertad incluye la aceptación de mayores vínculos solidarios, de mayor responsabilidad social, de mayor compromiso con el bien común. La mejor libertad no es la mayor libertad individual, sino la mejor libertad solidaria porque es la más humana.
            Pero siempre seguiremos siendo hombres. Ser hombre comporta ser limitado, en el tiempo y en el espacio, pero también ser limitado en la capacidad. Los hombres somos seres esencialmente limitados. Esta es nuestra realidad y, por tanto, también podemos decir que esta es nuestra verdad. La realidad del hombre consiste en ser limitado.
            El hombre siempre será hombre. Si mejora será mejor hombre, pero seguirá siendo limitado. Nunca existirá un mundo ideal donde por la mañana cazaré, por la tarde pescaré y mañana haré otra cosa. Nunca existirá un mundo ideal porque ese mundo no existe.
            El hombre aspira a la perfección, pero no la alcanzará en esta vida porque siempre seguirá siendo hombre. Consecuencia necesaria de esto es que nunca se conseguirá la perfección en la libertad. No podemos aspirar a un estado definitivo de la libertad —de una vez y para siempre—, sino que debemos aspirar a mejoras de nuestra libertad concretadas en las circunstancias históricas que nos toca vivir a cada uno.
            La lucha por la libertad y la ansiada liberación del hombre para construir un mundo mejor y perfecto es un mito que nunca se podrá conseguir. Mi libertad implica asumir mis defectos y mis errores, mi condición humana y mis limitaciones, mi propia realidad. La aspiración por la libertad o es real y concreta en cada hombre o se convierte en una quimera.
            No existe el paraíso en la tierra. Lo que existe o puede existir es un mundo real formado por mejores hombres, más solidarios, más responsables, con mayor afán de compartir su libertad, con menores ídolos imponiendo sus pretendidos derechos. Y esto es un constante aquí y ahora que a cada hombre le toca vivir en su vida para mejorar el ejercicio de su libertad y construir un mundo mejor.

2. La autosuficiencia de la razón
            Un tercer mito adultera el concepto de libertad del hombre moderno. Se piensa que la liberación del hombre tendrá lugar cuando triunfe la razón y el conocimiento. El mito sostiene que cuando la razón se libere de las creencias no comprendidas quedarán rotas las cadenas que oprimen al hombre para conocer la verdad de las cosas tal y como son y entonces será libre. Libre de prejuicios, de supersticiones, de creencias infundadas, de subjetivismos, incluso será libre de la religión y de sus efectos opresores.
            Pero la verdad de las cosas es su misma realidad. Nada hay nada más cierto que conocer las cosas tal y como son. El conocimiento que se ajusta a la realidad de cada cosa es un conocimiento verdadero porque no está sujeto a error ni a engaño. Esto es así y de aquí se puede concluir que la primera regla de la verdad es la realidad.
            Sin embargo, la verdad —digamos la realidad— no admite medias posturas. La verdad lo es enteramente o no lo es. La verdad a medias es una media falsedad. Si la verdad es la realidad, la realidad debe ser conocida completamente, no sólo por su apariencia. La realidad de cada cosa se compone de su apariencia, de lo que ven y sienten nuestros sentidos, pero también forma parte de la realidad lo que son las cosas, su esencia que no se ve ni se siente pero sin la cual dejarían de ser lo que en realidad son.
            Una piedra se puede definir como un compuesto de minerales. Pero ¿es solamente eso? La completa realidad de una piedra explica lo que la compone, pero también debe explicar su razón de existir: la realidad de una piedra explica por qué existe una piedra.
            La realidad del mundo, de las cosas y del mismo hombre no se puede reducir a conocer el funcionamiento de su naturaleza y de su biología. La razón humana que considere que conoce la verdad de una piedra porque sabe o puede saber su composición mineral será una razón que conoce una parte de la realidad de la piedra, pero desde luego no será una razón que conoce la realidad de la piedra. Y peor aún, será una razón que en la medida en que no conoce la verdad de la piedra —creyendo conocerla— estará engañada por un error de conocimiento.
            Por esto, la sola razón no libera al hombre. Para conocer la realidad es necesario trascender las mismas cosas y el mismo mundo para poder conocer el por qué de las cosas. La autonomía de la razón no libera al hombre porque no le permite conocer la realidad. Convierte al hombre en un ser engañado, limitado, atado al error y encerrado en una razón cegada a la trascendencia.
            He aquí otro mito que debe caer. La autonomía de la razón no libera al hombre. La trascendencia de la razón, el conocimiento pleno de la realidad hasta el verdadero por qué de todo lo que existe es lo que libera al hombre en tanto que le permite tener un conocimiento auténtico de la realidad.

3.  Libertad para el bien
            La libertad verdadera por ser compartida es una libertad que nos hace más solidarios. Como dice Alejandro Llano «yo no me considero libre sólo con que se respete el cerco de mi intimidad. Ello equivaldría a reducir la libertad a un esclerótico muñón, como diría Millán-Puelles»[1].
            El hombre no se ha creado a sí mismo, ni tampoco se da a sí mismo su libertad sino que la ha recibido como un regalo. Todos saben que nadie puede dar lo que no tiene. Porque para poder dar un regalo, antes es necesario tenerlo. Si no se tiene el regalo no se puede dar.
            Al contrario, podemos razonar que todo lo recibido como donación no nos pertenecía antes de recibirlo. Si recibimos la vida es que antes no nos pertenecía. Si recibimos la libertad tampoco. La libertad no es propia, sino recibida. Somos libres no por un acto de nuestra voluntad o por una conquista de nuestra razón, sino por un acto creador que no hace libres desde el principio.
            Nos podemos preguntar ¿para qué ha recibido el hombre su libertad? Como hipótesis posibles caben las opuestas: para el bien del hombre o para el mal del hombre. Imaginemos que la libertad es para hacer daño al hombre. Cuando más ejercitara su libertad sería peor para él y más daño se haría. A poca cordura que tuviera preferiría no usar de su libertad para no hacerse daño.
            Cuando un padre regala una bicicleta a un hijo no es para que tenga un accidente y se haga daño. Si así fuera, el hijo no querría usar la bicicleta y preferiría tenerla guardada. El padre regala una bicicleta a su hijo para que juegue y se divierta, para que disfrute, en definitiva, para su bien.
            Hemos recibido la libertad para nuestro bien, no para nuestro mal. La libertad compartida y solidaria, real, concreta y verdadera hace mejor al hombre.

4. Libertad para amar
            La libertad tiene un destino, nos ha sido regalada para un fin. No es una libertad de independencia ni de aislamiento. Tampoco es una libertad de autonomía ni de exclusión. Es una libertad para nuestro bien. Y ¿qué es lo mejor que hay en el hombre: su razón, su autonomía, su inteligencia, su capacidad de investigación? Desde luego que no. Todos tenemos la experiencia que lo mejor del hombre es su capacidad de amar y de ser amado.
            La libertad tiene un compromiso con el amor. La libertad nos ha sido regalada  para poder amar. Es para el amor. Y este destino final configura la educación de la libertad desde el principio. Mi libertad me beneficia si me permite amar mejor. Soy libre porque me puedo comprometer y mantener el compromiso libremente.
            La libertad no es para la libertad, porque la libertad no es la ausencia de vínculos ni de compromisos. La persona sin compromisos no es una persona más libre, será una persona no comprometida, suponiendo que tal pueda existir, porque lo que sí es seguro es que estará comprometida consigo misma. El no querer asumir ningún compromiso ya es un compromiso previo de no comprometerse. Y puestos a estar todos comprometidos, con uno mismo o con otros la pregunta que cada uno debe responderse es la siguiente: ¿qué compromiso prefiero tener? ■




Felipe Pou Ampuero




[1] Alejandro Llano, La libertad radical, en la obra conjunta Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, Eunsa, Pamplona, 1993.

sábado, noviembre 05, 2011

65. Valores de la libertad (1/2)



TEMAS: Libertad, ecología, ética.
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RESUMEN: 1. La libertad es la gran aspiración del hombre moderno, aquello por lo que se alzó la revolución, es la voz de la humanidad.
2. Pero ¿en qué medida es libre la propia voluntad después de todo? ¿Y hasta dónde es razonable? Una voluntad caprichosa ¿es realmente una voluntad libre?
3. Algunos piensan que la libertad supone la ausencia de normas: la libertad exigiría no estar limitada por una regulación u ordenamiento.
4. También el hombre posee una naturaleza que debe respetar y no puede manipular a su antojo. Dentro de la propia naturaleza del hombre se encuentra ínsita su libertad.
5. La libertad del hombre es como el mismo hombre es: no es una libertad individual sino que es una libertad compartida. La coexistencia de todas las libertades nos remite a un orden, a un derecho que asegure el ejercicio y el desarrollo de todas las libertades.
6. Ahora resulta que el ansia de libertad del hombre exige la existencia del derecho. La libertad necesita un orden justo, una referencia a una instancia superior. Necesita valores que nada ni nadie pueda manipular, porque esos valores universales son la auténtica garantía de nuestra libertad.
7. La naturaleza no es un límite para mi libertad, sino que es la medida y la referencia que me indica cómo debe ser realmente mi libertad para ser verdaderamente libre.



* * * * *

SUMARIO: 1. La gran aspiración.- 2. La ecología humana.- 3. Libertad compartida.- 4. Señales.

1. La gran aspiración
La libertad caracteriza los actos propiamente humanos, porque lo propio del hombre es actuar deliberadamente[1]. Y entendemos que somos libres porque podemos hacer o no hacer alguna cosa. Mediante el ejercicio de la libertad cada uno dispone de sí mismo y es su propio dueño y señor. Todos reconocemos la libertad como algo propio, original que nos pertenece desde el principio y por esta razón juzgamos que la libertad propia, la libertad personal de cada uno de nosotros, es una libertad radical[2].
Por la libertad podemos decidir nuestra vida y nuestro destino y por ella misma somos más libres. Así se puede decir que la libertad se conquista a golpe de libertad y se expande con su propio ejercicio.
La libertad es la gran aspiración del hombre moderno, aquello por lo que se alzó la revolución y consiguió ilusionar a todas las generaciones porque el clamor de la libertad es la voz de la humanidad. El hombre no puede vivir sin libertad, siquiera, y a falta de cualquier otra, sin la libertad interior que nada ni nadie le podrá arrebatar.
En la mente del hombre contemporáneo la libertad se manifiesta en gran medida como el bien más elevado al cual se subordinan todos los demás bienes[3]. Sin duda, la libertad es el tema que define la época que podemos llamar moderna. Es la ruptura con el viejo orden para ir en busca de nuevas libertades —de pensamiento, de gobierno, de creencias, de reunión, etc.— lo que justifica el cambio de época.
Pero ¿qué es realmente la libertad? En qué consiste, propiamente, ser libre. Ser libre ¿es hacer lo que cada uno quiera? Y si fuera así ¿cuál sería la norma de conducta? ¿La propia voluntad y el propio capricho sin ningún criterio ni orientación? ¿Hasta dónde podemos decir que la propia voluntad sea libre de actuar, exenta de influencias, de  modas? ¿En qué medida es libre la propia voluntad después de todo? ¿Y hasta dónde es razonable? Una voluntad caprichosa ¿es realmente una voluntad libre?
A la gran aspiración de la libertad siempre le han acompañado tres mitos que califican la libertad y no suelen ser cuestionados: a) el primero, que la libertad es la ausencia de normas: la libertad exigiría no estar limitada por una regulación u ordenamiento; b) el segundo, que la libertad es un estado ideal y definitivo de la vida que se conquistará por el hombre y hacia el cual se encamina la humanidad; c) y el tercero, que la libertad exige la autonomía de la razón.
Sin embargo, los tres mitos son falsos y además presentan una libertad errónea por no ser real ni humana.

2. La ecología humana
            La naturaleza tiene unas leyes que es peligroso quebrantar. Tenemos experiencia que cuando no se respetan las leyes de la naturaleza las cosas no funcionan bien y sobreviene el caos y el desastre. También el hombre posee una naturaleza que debe respetar y no puede manipular a su antojo. Dentro de la propia naturaleza del hombre se encuentra ínsita su libertad. Porque el hombre no es solamente su libertad: es más cosas y también su libertad. Es espíritu y voluntad, es razón y libertad y también es naturaleza. El hombre debe escuchar su naturaleza que le habla constantemente y respetarla. Sólo cuando el hombre se acepta tal y como es se realiza la verdadera libertad humana[4].
            El ejercicio de la libertad no implica el derecho a decidir y hacer cualquier cosa[5]. Esto sería tanto como considerar que el hombre es autosuficiente y se ha creado a sí mismo y por sí mismo puede desarrollarse como si no estuviera sujeto a ninguna limitación ni condicionamiento. Pero las cosas no son así. El hombre es libre pero no es autosuficiente. El hombre es ser racional e  inteligente, pero no es creador de nada ni de nadie. El hombre es hombre y no es un dios.
            Muchos hombres piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos, decidir lo que es bueno o malo, dar en cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento[6].
            La misma naturaleza del hombre nos dice que el hombre no existe en soledad. El hombre no nace solo, sino que nace de una mujer y con el concurso de un hombre. El hombre viene a la vida de la mano de otros hombres. Después, el hombre se alimenta, crece y vive gracias a la ayuda de su madre, de su padre, de su familia y por extensión, de su gran familia que es su pueblo y nación. Y, al final, el hombre no vive aislado y separado del resto. Quien así hace es considerado enfermo y antisocial. El hombre vive en sociedad y vive para la sociedad porque el hombre es un ser solidario por naturaleza, es social por constitución natural.

3. Libertad compartida
            ¿Y cómo es la libertad del hombre? Hemos de concluir que la libertad del hombre es como el mismo hombre es: no es una libertad individual sino que es una libertad compartida. Para ser libre el hombre necesita ser antes hombre y, por tanto, social y solidario. Por tanto, la libertad del hombre ha de ser necesariamente social y solidaria y si no es así resultará que no es verdadera libertad humana.
            La libertad del hombre supone y exige la coexistencia de otras libertades de los demás hombres que conviven con él. La libertad compartida no es una libertad única y exclusiva de la que solamente disfruto yo. Más bien, es una libertad que se ejerce al mismo tiempo que se ejercen las demás libertades de los que conviven conmigo y me ayudan a vivir. La libertad compartida supone que puedan desarrollarse conjuntamente y a la vez todas las libertades porque si no es así, si solamente se desarrolla mi libertad no estamos en presencia de mi libertad sino que estamos en presencia de mi tiranía, de mi imposición.
            La coexistencia de todas las libertades nos remite a un orden, a un derecho que asegure el ejercicio y el desarrollo de todas las libertades. Mira por donde ahora resulta que el ansia de libertad del hombre exige la existencia del derecho. Pero no servirá cualquier derecho, como no servirá cualquier orden. Solo puede servir el derecho que permita la existencia de todas las libertades y este será un derecho justo.
            ¿Cuál es el orden justo? San Agustín dijo que cuando un Estado solamente busca su propio interés y no la justicia no se diferencia en nada de una banda de ladrones[7]. Realmente el orden justo no es el que asegura el propio interés o el interés de una nación, sino el que asegura el interés de todos los hombres, de todos los pueblos y de todas las naciones.
            La libertad necesita un orden justo, una referencia a una instancia superior. Necesita valores que nada ni nadie pueda manipular, porque esos valores universales son la auténtica garantía de nuestra libertad. La libertad del hombre se desarrolla y crece sólo ante un bien verdadero y superior. Y este bien superior existe sólo si es justo para todos y no sólo para mi propio beneficio[8].

4. Señales
            La libertad humana no es una libertad limitada por nuestra condición humana, como si tener cuerpo y ser seres materiales limitara nuestra libertad. Es la misma naturaleza la que nos habla y envía señales acerca de cómo es la verdadera libertad humana: una libertad que nos hace más humanos, mejores hombres. La naturaleza nos remite a Aquel de quien somos imagen y nos muestra un modelo de hombre.
            La naturaleza no es un límite para mi libertad, sino que es la medida y la referencia que me indica cómo debe ser realmente mi libertad para ser verdaderamente libre.
            El hombre moderno considera que los valores superiores son un límite para la libertad que se deben combatir y superar. Considera que el hombre sería más libre si se evadiera de los valores. Sin embargo, esta persuasión nos puede llevar a resultados dramáticos. La naturaleza nos muestra la realidad de las cosas, su auténtica manera de ser y existir. También para el hombre. Apartarse de la verdad supone ensayar la ruleta rusa en cada intento. Qué pensar de un niño que atraído por el diseño del frasco bebiera su contenido sin saber que aquello que bebe es un fatal veneno. O de aquel otro que se presenta en la estación central de trenes y se sube al tren más aerodinámico sin preguntar si le llevará al destino deseado o a cualquier otro del lado opuesto de la nación.
            La libertad no es un bien absoluto que pueda prescindir del conocimiento de la realidad del mundo, de las cosas y del conocimiento del mismo hombre. También la libertad necesita conocer la verdad del hombre y ponerse a su servicio, so pena de acabar envenenada bajo los destellos de una desordenada voluntad. ■



Felipe Pou Ampuero




[1] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1745.
[2] Alejandro Llano, La libertad radical, en la obra conjunta Josemaría Escrivá de Balaguer y la Universidad, Eunsa, Pamplona, 1993.
[3] Card. Joseph Ratzinger, Verdad y libertad, www.arguments.es
[4] Benedicto XVI, Visita a Alemania, Discurso 22 de septiembre de 2011.
[5] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1740.
[6] Benedicto XVI, Jornada Mundial de la Juventud,  Discurso en la fiesta de acogida de los jóvenes, Madrid, 18 de agosto de 2011.
[7] San Agustín,. De civitate Dei, IV, 4, 1.
[8] Benedicto XVI, Visita a Alemania, Discurso en el Palacio Bellevue, 22 de septiembre de 2011.