jueves, julio 05, 2007

27. Cultura

Fecha: 1 de julio de 2007

TEMAS: Cultura, Verdad, Ética.
RESUMEN: 1. La cultura es todo aquello que ayuda al hombre a ser plenamente hombre. Facilita interpretar la realidad que nos rodea para despejar un poco ese misterio que somos cada hombre. La cultura quiere ser una explicación razonable de la vida humana.

2. Es el amor auténtico el que da verdadero sentido a la vida de cada hombre y esta es la explicación del extravío de algunos hombres ante las asperezas de la vida y ante el mal que existe en el mundo que parecen tan fuertes y, a la vez, tan carentes de sentido.

3. La cultura actual es una cultura forjada en la Ilustración y en el laicismo que entiende que sólo es racionalmente válido aquello que se puede experimentar y calcular. Según esta concepción, no existe otra realidad más que aquella que podamos comprobar. Por tanto, no existe más verdad que la que el hombre puede conocer y certificar.

4. La ciencia no puede limitarse a buscar verdades parciales. No debe contentarse con adquirir certezas verificables, sino que debe mirar siempre a la Verdad suprema.

5. La cultura de hoy se encuentra en tensión entre la ciencia y la ética; entre los avances del progreso y la verdadera realidad de las cosas.

6. La nueva cultura tiene la misión de iluminar la ciencia con la luz de la ética. Lo decisivo para el hombre no es la ciencia, ni el progreso. Lo decisivo para el hombre es el propio hombre y en cuanto algo no sea bueno para el hombre no es bueno para nada. La nueva cultura es la cultura de los valores, de la realización del hombre. Una cultura fundada sobre la ley natural y sobre la verdadera realidad de las cosas.


SUMARIO: 1. Cultura.- 2. La cultura hoy.- 3. La nueva cultura.

1. Cultura

El hombre es biología y naturaleza pero el propio hombre es consciente que no es sólo biología. El hombre no es un conjunto de células que se relacionan entre sí químicamente. El hombre tiene un mundo interior: puede ser sabio o ignorante, cultivado o tosco, ordenado o caótico, puede afanarse en buscar la verdad o intentar sobrellevar la vida con algunos conceptos para ir tirando.

La cultura es todo aquello que ayuda al hombre a ser plenamente hombre. Facilita interpretar la realidad que nos rodea para despejar un poco ese misterio que somos cada hombre. La cultura quiere ser una explicación razonable de la vida humana. Esto nos hace ver que la buena cultura no es la que aporta muchos datos y conocimientos, sino la que acierta en dar una explicación coherente, una respuesta acertada a nuestros problemas y de los que nos rodean.

La cultura debe ser real, concreta, de la misma vida, no perdida en conceptos y en explicaciones teóricas. Y en este sentido la cultura debe ser a la medida de la persona humana entendida también con su mundo interior. La cultura debe superar las tentaciones del pragmatismo o la dispersión de unas infinitas expresiones de erudición incapaces de dar sentido a la vida[1].

Así pues depende de cómo entendamos la cultura. Porque una persona puede ser muy culta —en el sentido de que posee muchos conocimientos, datos, citas— y no saber orientar su vida porque carece de la cultura necesaria para dar sentido a la vida[2]. La verdadera cultura debe servir para interpretar correctamente la vida, para hacerla más humana, para descubrir sus posibilidades más genuinas y poder vivirla plenamente[3].

Pero la cultura, esta cultura de la que estamos hablando, no se improvisa. Si para ser culto no basta con saber muchas cosas, falta algo más que convierte al hombre erudito en hombre culto. El hombre lleva inscrito en lo más profundo de su ser la necesidad de amor: de amar y de ser amado a la vez. Es el amor auténtico el que da verdadero sentido a la vida de cada hombre y esta es la explicación del extravío de algunos hombres ante las asperezas de la vida y ante el mal que existe en el mundo que parecen tan fuertes y, a la vez, tan carentes de sentido[4].


2. La cultura hoy

¿Cuál es la cultura que predomina hoy en occidente? Es una cultura forjada en la Ilustración y en el laicismo que entiende que sólo es racionalmente válido aquello que se puede experimentar y calcular[5]. Según esta concepción, no existe más realidad que aquella que podamos comprobar. Por tanto, no existe más verdad que la que el hombre puede conocer y certificar.

Si la razón humana es la que certifica la realidad no existe ninguna otra razón por encima de la humana. Pero tampoco existirá ninguna razón humana por encima de cualquier otra razón humana —porque todas son iguales de humanas— de donde se debe concluir que la verdad que el hombre certifica debe ser una verdad mayoritaria y relativa a merced de la mayoría de turno.

En esta situación hoy nos preguntamos ¿qué es lo real? ¿Es real lo que el hombre dice que es real, los problemas sociales, los bienes materiales?[6] O, más bien, porque ya antes eran reales los bienes materiales y los problemas sociales puede el hombre decir que existen. Y si las cosas existen con independencia del «certificado humano de realidad» ¿cuál es la verdadera razón de su existencia?

Hoy día, el avance de la ciencia nos permite afirmar que la ciencia no puede limitarse a buscar verdades parciales. La ciencia no debe contentarse con adquirir certezas verificables, sino que debe mirar siempre a la Verdad suprema[7]. Y si la realidad del mundo no depende de la razón humana, con mayor motivo, la Verdad de las cosas y el fin último de su existencia tampoco puede depender de la razón humana, por muy o poco mayoritaria que sea. La ética no puede producirse como resultado de debates científicos, porque es claro que una mentira no hace una verdad, pero tampoco cien mentiras hacen una verdad. No es una cuestión de mayorías.

La sociedad sólo será justa si existe un consenso social sobre los valores morales fundamentales y sobre la necesidad de vivir esos valores con las necesarias renuncias, incluso contra el interés personal. Para esto es necesario que la razón humana reconozca que no es autosuficiente. El hombre debe reconocer que la realidad le antecede, le rodea y le sobrepasa. Pero el hombre está llamado a interpretar la realidad.

La cultura de hoy se encuentra en tensión de una parte, por el conocimiento razonado de la realidad que se concreta en la ciencia y en los avances técnicos a los que hemos llegado y otros más a los que llegaremos en el futuro; y de otra parte, por la verdadera realidad —la realidad real, no la pensada— cuyo fundamento último es la Verdad y ante la cual el hombre no puede sino reconocer su limitación. Ciencia y ética: ésta es la cuestión.

La mejor filosofía de los siglos XX y XXI se hizo posible cuando Frege y Husserl llegaron a argumentar que las leyes matemáticas y lógicas no dependen absolutamente del razonamiento humano, sino que tienen una existencia propia, independiente del hombre[8]. La matemática no es un invento humano, más bien es un descubrimiento humano, como se descubre un tesoro oculto: ya estaba ahí.

El verdadero sentido de la vida no puede quedar encerrado dentro de los pequeños límites de la razón humana. Es claro que el problema del hombre de hoy no es político, sino ante todo es un problema cultural. El hombre de hoy no conoce la verdadera realidad del mundo que le rodea. Hay que afirmar que las ciencias naturales, la matemática, las ciencias sociales y humanas no están al servicio de posiciones dogmáticas. El conocimiento constituye un patrimonio de todos y el ambiente donde puede crecer es la absoluta libertad de expresión. Como dice Alejandro Llano «con el viejo Immanuel Kant volvemos a proclamar audazmente: ‘Atrévete a saber’»

Si la razón humana no es suficiente para entender el sentido de la vida y del mundo, el sentido de la realidad, entonces ¿cuál es la explicación última de la realidad? Nos encontramos con una civilización que construye carreteras y escuelas y progreso pero no sabe bien cuál es el fin último del hombre, para qué vive.


3. La nueva cultura

La nueva cultura tiene la misión de iluminar la ciencia con la luz de la ética. Porque la idea de que a la ciencia le está permitido todo con tal de conseguir más avances es una idea funesta[9]. No basta con conseguir nuevos descubrimientos. Los avances deben ser buenos para el hombre, porque si el descubrimiento es malo para el hombre no nos interesa. Esto es de pura lógica.

Al hombre le interesa el bien, su propio bien. Porque el bien no puede hacer daño al hombre. Mientras que el mal siempre le hará daño. El conocimiento de lo bueno y de lo malo lo enseña la ética. Y entonces viene la pregunta ¿la única ética válida es la moral cristiana?

Observemos la realidad. La ley natural nos permite distinguir lo justo de lo injusto. La ley natural son unos principios morales básicos cuya vigencia no depende de ninguna autoridad política o eclesiástica, pues precede a una y a otra y es universal. No matarás, hacer el bien y evitar el mal, no apropiarse de lo ajeno...

Porque la ley natural es real. No existe la ley natural porque el hombre la declare, más bien sucede al contrario: el hombre reconoce la ley natural precisamente porque la ley natural existe[10].

La cuestión de fondo no es que la ley natural coincida con el Decálogo de los cristianos sino que el Decálogo expresa por escrito y con más claridad las verdades de la ley natural que ya están impresas en el corazón del hombre pero que se pueden oscurecer por diversos motivos y circunstancias históricas. La ley natural y, por extensión, la ética, no oprime o limita al hombre. Más bien, enseña al hombre la verdadera realidad del mundo y de la vida que vive. La ética muestra al hombre la verdadera realidad de las cosas y permite enjuiciar el progreso humano a la luz de la verdad y del verdadero bien para el hombre.

El progreso científico sin la ayuda de la ética es un avance ciego a merced de los interese políticos, financieros o comerciales, en suma, a merced de los intereses del poder. Santo Tomás Moro afirmó que «el hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral». Porque es preciso convencerse de que lo que no está bien nunca será beneficioso para el hombre y, tarde o temprano, traerá consecuencias perjudiciales para el propio hombre.

Lo decisivo para el hombre no es la ciencia, ni el progreso. Lo decisivo para el hombre es el propio hombre y en cuanto algo no sea bueno para el hombre no es bueno para nada. Por esto, la relación a la ley natural es una de las formas en que se ha concretado históricamente la convicción de que la norma moral no es fruto de una mayoría de opiniones.

Porque la ley natural es objetiva, porque la realidad es objetiva, porque la verdad es objetiva al propio hombre e independiente de su aprobación es por lo que el cristianismo está abierto a todo lo que hay de justo, de verdadero y puro en las culturas y en las civilizaciones. El cristianismo no está en contra de lo bueno y de lo que hace el bien al hombre, como tampoco el cristianismo está en contra de la verdadera realidad. El cristianismo no es contrario al progreso, sino a lo que hace mal al hombre, a lo que lo daña disfrazado de falso progreso, de falsa libertad.

La nueva cultura es la cultura de los valores, de la realización del hombre. Una cultura fundada sobre la ley natural y sobre la verdad, sobre la realidad objetiva de las cosas. Es la nueva cultura de una sociedad que se valora a sí misma por la justicia, por el bien común y por la paz que puede promover entre sus ciudadanos y no se valora solamente por la riqueza material que puede generar o por la cuenta empresarial de resultados. De lo contrario la sociedad no se diferenciaría de un negocio mercantil.

La fe cristiana purifica la razón y le ayuda a ser lo que debe ser. Con su doctrina social, argumentada a partir de lo que está de acuerdo con la naturaleza de todo ser humano, la Iglesia contribuye a hacer que se pueda reconocer eficazmente lo que es justo.

En este empeño por conocer la realidad y poder dar sentido a la vida nos ayuda la novedad de la revelación bíblica: el Creador de la realidad no es un ser lejano, distante y justiciero con el hombre. Por el contrario, ama personalmente al hombre, más aún, lo ama apasionadamente y quiere, a su vez, ser amado[11].

Esta es la afirmación fundamental: sólo quien reconoce a Dios puede conocer la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y humano. Sólo desde el Dios del amor y la paciencia el hombre comprende que la vida o se entiende desde el amor o no se entiende nunca. Y éste es el gran salto de acrobacia intelectual que no ha hecho la cultura de la Ilustración.


Felipe Pou Ampuero

[1] Juan Pablo II, Discurso, 9 de septiembre de 2000.
[2] Alfonso López Quintás, Responsabilidad es responder a los grandes valores, www.zenit.org, 28 de mayo de 2003.
[3] Alfonso Aguiló, Cultura, www.interrogantes.net.
[4] Benedicto XVI, Discurso a la IV Asamblea Eclesial Nacional Italiana, Verona, 19 de octubre de 2006.
[5] Benedicto XVI, Discurso ...
[6] Benedicto XVI, Discurso en el Santuario de N.S. de Aparecida, Brasil, 13 de mayo de 2007.
[7] Mons. Javier Echevarría, Servicio a la verdad, servicio a la persona, Roma, 7 de septiembre de 2000.
[8] Alejandro Llano, Debate sobre Dios, La Gaceta de los Negocios, Madrid, 24 de febrero de 2007.
[9] Robert Spaemann, Dios, la libertad, la realidad. www.fluvium.org
[10] Ana Marta González, La ley que usamos con más frecuencia, la más democrática de todas, es la ley natural, www.arguments.es
[11] Cfr. Benedicto XVI, Discurso en Verona ...

domingo, junio 03, 2007

26. Familia


Fecha: 1 de junio de 2007

TEMAS: Persona, Familia.
RESUMEN: 1. Al hablar de la familia muchas personas piensan que la familia es algo así como un invento católico, confesional. Es una institución válida solamente para los creyentes.

2. Solamente la familia basada en el matrimonio de los padres, con un compromiso de estabilidad, de fidelidad y mutuo esfuerzo es la familia que funciona y es un bien para la sociedad.

3. El problema de la familia de hoy es el hombre de hoy. Porque al hombre actual no le preocupa la familia sino que le preocupa su propia felicidad, su libertad, sus conquistas, sus éxitos... Y en todo esto se olvida de su familia que es precisamente la única que le puede asegurar su existencia.

4. Este es el primer afán de los padres: conseguir que su familia sea una verdadera comunidad de vida y de amor, donde todos se conocen a todos y a sus problemas, donde se respetan como son, donde se ayudan.

5. La familia no se basa en un encuentro ocasional de un hombre y una mujer que se cruzaron un día y se gustaron. No. Esto sería una visión muy pobre de la familia. La familia se basa en un compromiso de amor, un sí mantenido a lo largo de los años, más allá del momento presente y contra toda prueba. La familia se funda a prueba de amor.

6. La gran aventura de la familia no se hace en nombre de la economía, ni del progreso, ni del bienestar social. Por todas estas razones un hombre no se une a una mujer para formar una familia. La gran aventura de la familia se hace solo en nombre del amor.

SUMARIO: 1. Familias naturales.- 2. Problemas.- 3. La buena familia.- 4. Volver al principio.

1. Familias naturales

Al hablar de la familia muchas personas piensan que la familia es algo así como un invento católico, confesional. Es una institución válida solamente para los creyentes. Otros piensan que la familia es una conveniencia social, herencia de una civilización, consecuencia de una determinada cultura y, en cualquier caso, prescindible si se dieran los presupuestos culturales y educativos necesarios. «Si educamos bien a esta generación podremos prescindir de la familia», opinan muy seguros de la vetusta institución familiar.

Seamos científicos. Los científicos observan la naturaleza, los fenómenos naturales. Cuando se repiten determinadas conductas y los efectos son consecuentes se produce una relación de causalidad: causa-efecto. El efecto tiene lugar porque ha existido una causa que lo provoca. Del conjunto de acontecimientos naturales abstraen consecuencias y consiguen formular enunciados generales, principios operativos, maneras de ser y hasta leyes de funcionamiento. Bueno, veamos...

De las numerosas encuestas y estudios que se realizan sobre la familia una organización[1] se ha propuesto ordenarlos razonadamente y obtener conclusiones ajenas a cualquier planteamiento religioso o confesional. Estos estudios vienen a decir lo que cualquier persona sensata ya sabe, aunque lo confirman con evidencias científicas: la familia basada en el matrimonio de los padres, con un compromiso de estabilidad, de fidelidad y mutuo esfuerzo es la familia que funciona y es un bien para la sociedad. Esta clase de familias son las «familias naturales» que funcionan. Veamos qué dicen en concreto los estudios.

Los estudios nos dicen que los hijos de las familias estables y serenas tienden a obtener mejores resultados académicos. Son niños que tienen un comportamiento emocionalmente más estable. Son hijos que tienen por costumbre cenar o comer con sus padres y pasar ratos de conversación con ellos.

Estas familias naturales parece que son la mejor preparación para evitar el sexo prematuro de los adolescentes o el mundo de la droga. No siempre esto es así, pero lo que dicen las encuestas de lo que se observa en la calle es que los adolescentes de las familias estables y naturales tienen menos riesgo al sexo prematuro y a las drogas que los adolescentes de otras familias no estables.

Las familias naturales y estables son las que ofrecen un hogar “seguro” a los hijos, donde se encuentran como en su casa, no en territorio de guerra. Los hijos quieren estar en su casa y conciben el hogar familiar como un lugar “a cubierto”.

Las madres casadas tienen menos riesgo de sufrir abusos y violencia (38,5 casos por mil) que las madres que nunca han estado casadas (81 casos por mil). Los padres casados gozan de mayor bienestar psicológico frente a los padres divorciados que sufren depresiones en mayores porcentajes, tengan o no tengan a sus hijos con ellos.

Aunque a muchas personas esto les suene a receta ya sabida no está de más considerar que cuando las cosas son así en la mayoría de los casos debe existir alguna razón que lo explique. Y esta es la gran pregunta que hoy nos formulamos: ¿existe un modelo de familia?

Porque sabemos que la familia basada solo en el sentimiento es muy frágil. El sentimiento decae, se trivializa, se hace rutinario y aburrido. El sentimiento debe crecer en el cariño y para quererse es necesario conocerse. La familia no es solo un sentimiento, tiene que ser racional, humana, aunque basada en el amor.

Y la familia es siempre la misma, aunque en cada tiempo la familia es la correspondiente. Es una realidad permanente y dinámica que debe ser asumida en la línea de la renovación y de la innovación.

Al hablar de la renovación de la familia nos sale al paso como primer escollo el atrincheramiento de algunas personas y concepciones en posiciones del pasado, son concepciones cerradas a cualquier cambio o adaptación de la familia al tiempo actual[2]. Ni viajamos en caballería, ni escribimos con pluma de ave. Es evidente que los tiempos cambian y si queremos que la familia siga siendo la familia auténtica es necesario adaptarla a cada tiempo.

Este esfuerzo de adaptación exige de un lado abandonar modos y maneras que no pueden ya tener lugar porque ahora se vive de otra manera. Y, de otro lado, también exige discernir lo que los nuevos tiempos traen consigo a fin de no impedir que el hombre siga siendo hombre y no un sueño irreal. Es tarea difícil, es verdad, pero necesaria.


2. Problemas

Y cuál es el problema de la familia de hoy. El problema de la familia de hoy es el hombre de hoy. Porque al hombre actual no le preocupa la familia sino que le preocupa su propia felicidad, su libertad, sus conquistas, sus éxitos... Y en todo esto se olvida de su familia que es precisamente la única que le puede asegurar su existencia.

Han cambiado las condiciones de trabajo y la economía, el trabajo de la mujer fuera del hogar, los horarios de trabajo y los desplazamientos en las grandes ciudades. Sí, han cambiado muchas cosas pero sobre todo lo que ha cambiado es el valor que el hombre de hoy le ha dado a estos cambios y qué es lo que le importa realmente.

Al hombre de hoy no le importa «hacer familia», estar con la familia, contar sus alegrías y preocupaciones en su familia. Al hombre de hoy le importa pasarlo bien, disfrutar de la vida, sentirlo todo. Y no tiene ningún reparo en sacrificar la familia para conseguir sus propósitos. La familia es la gran sacrificada en aras de una mejor posición social, de mejores colegios, de mejores coches, de mejores vacaciones, de mejores viviendas, de mejores electrodomésticos...

Y es que en toda elección siempre existe una jerarquía. Se elige lo que se prefiere y se desecha lo no preferido. Hay que elegir: o paso más tiempo con mi familia o lo paso con el trabajo. O me esfuerzo por crear un buen ambiente familiar o me refugio en leer el periódico. O me intereso por las cosas y problemas de los de mi familia o veo la televisión. Y no podemos hacer dos cosas a la vez.


3. La buena familia

Todos nacemos en una familia y es la misión de los padres enseñar a vivir a los hijos. Porque la misión de los padres no se limita a dar la vida, la vida biológica podríamos decir. La misión de los padres supone dar además de la vida el sentido de la vida y esto es enseñar a vivir a sus hijos. La familia es el primer lugar donde se aprende la buena voluntad, el saber compartir, el ofrecerse a los demás.

Es misión de los padres crear un clima familiar adecuado donde pueda brotar y crecer la personalidad de cada uno de los hijos y donde éstos tengan acceso a las primeras experiencias de vida en común. Este clima familiar es el resultante del respeto a las personas que conviven con nosotros, la confianza recíproca, la participación en los problemas y en las tareas[3].

Esto supone convivir, vivir juntos, en común. Pero también supone a los padres la valentía de decir serenamente la verdad a los hijos y corregirles cuando se desvían, sin rendirse a un cómodo permisivismo que, bajo la apariencia de comprensión, encierra una traición a los hijos y a la misma sociedad. Así la familia se convierte en una verdadera escuela de valores y de virtudes.

La familia se esfuerza por vivir el cariño y va más allá del mero respeto a las personas, que no discrimina ni juzga, sino que se traduce en ayuda y en olvido de uno mismo tanto dentro como fuera del hogar. El perdón de los enemigos, la comprensión y el respeto a los que piensan de otra manera, la superación de las venganzas y del odio, la defensa de los débiles y otras formas más del cariño fraterno solamente son auténticas si se han ensayado en el seno familiar entre los hermanos y los esposos.

El consumismo, el capricho y el lujo que hoy tientan a tantos hogares, ahogan la dimensión trascendental del hombre y empobrecen a la persona a la que reducen a una simple cosa más. Es en la familia donde debe gestarse una nueva civilización que valore más el «ser» que el «tener», en la que el progreso de las demás familias y de los pueblos se mida más por la calidad de la vida que por la renta per cápita de sus habitantes.

Un clima familiar donde se destierre la violencia hasta en las mismas expresiones verbales, en los juegos infantiles y en donde no se valore tanto el «ganar o perder» sino el «compartir y ayudar».

Un clima familiar donde sea patente que nadie tiene el monopolio de la verdad. Es provechoso escuchar y respetar a todas las personas, enriquecerse con sus aportaciones y valorar sus posturas. La diversidad de los miembros de la familia es una gran oportunidad para aprender a poner en práctica el diálogo y el respeto a los demás.

Este es el primer afán de los padres: conseguir que su familia sea una verdadera comunidad de vida y de amor, donde todos se conocen a todos y a sus problemas, donde se respetan como son, donde se ayudan.


4. Volver al principio

Es necesario que sepamos diferenciar en la actual evolución de la familia qué elementos nuevos son auténticamente válidos y compatibles con el hombre y cuáles otros no lo son. Hace falta pensar en la familia y empeñarse en la familia para conseguir la familia que necesita el mundo de hoy.

Es claro que cambia el mundo, los modos de vida, los avances de la ciencia y todo lo demás. Y también es claro que el hombre sigue siendo el mismo. Vive de otra manera, pero es el mismo hombre.

Se podría llegar a pensar que la familia ya no es necesaria, pero esto no es sino una quimera. El hombre sigue necesitando de una familia para crecer, para aprender, para saber vivir. Cualquier otro intento se ha demostrado erróneo y el que lo quiera volver a intentar se volverá a equivocar.

La familia se debe fundar en el matrimonio de los padres. No tanto en cuanto matrimonio confesional y religioso por el solo hecho de serlo, sino el matrimonio como un compromiso de fidelidad, un pacto de amor para siempre de los esposos que fundan la familia como una verdadera comunidad de amor. La familia no se basa en un encuentro ocasional de un hombre y una mujer que se cruzaron un día y se gustaron. No. Esto sería una visión muy pobre de la familia. La familia se basa en un compromiso de amor, un sí mantenido a lo largo de los años, más allá del momento presente y contra toda prueba. La familia se funda a prueba de amor.

La gran aventura de la familia no se hace en nombre de la economía, ni del progreso, ni del bienestar social. Por todas estas razones un hombre no se une a una mujer para formar una familia. La gran aventura de la familia se hace solo en nombre del amor. Es el amor original de los esposos lo que diferencia a una familia de una reunión de amigos, de un piso compartido, de un encuentro pasajero, hasta de una simple convivencia en común.

Es el amor lo que hace de la familia el lugar del «sí definitivo». Las personas buenas se permiten el placer de acercarse a los demás y preocuparse por su felicidad. Esas personas han llegado a comprender que es el amor lo que marca la diferencia en la vida.

Y todos estos argumentos que nos pueden parecer naturales y obtenidos de la observación de la naturaleza no son opuestos sino que se ven confirmados desde la visión cristiana de la familia. Para un cristiano la misión de la familia sigue siendo el designio creador de Dios. En el plan de la creación, el matrimonio no es una casualidad o despiste del creador. Al contrario, la cuestión de la relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano que se hace la eterna pregunta «¿quién soy?»[4] El hombre y la mujer han sido creados el uno para el otro, para amarse, y en esa comunidad de amor, convocar la nueva vida de cada uno de sus hijos a los que se acoge en la comunidad familiar.

Existe un modelo de familia. Un modelo que podríamos llamar familia natural porque lo dispone la naturaleza. No es el hombre el que inventa la familia, sino que la familia es una institución natural que acompaña al hombre. De la misma manera que el hombre es lo que es y no su capricho, la familia tiene sus reglas y sus normas y no las podemos olvidar.

La familia es el lugar donde se nace y donde se muere, es el lugar donde se vive. El hombre no puede olvidar esto a no ser que quiera dejar de ser hombre y vivir como un animal. La experiencia nos dice que no podemos ir contra la naturaleza, la naturaleza humana en nuestro caso.



Felipe Pou Ampuero

[1] Familyfacts.org, Las 10 ventajas del matrimonio y la familia natural sobre cualquier otra opción, www.ForumLibertas.com
[2] Conferencia Episcopal Española, XXXI Asamblea Plenaria, Matrimonio y Familia, Madrid, 6 de julio de 1979, n. 23.
[3] Conferencia Episcopal Española, XXXI Asamblea Plenaria, Matrimonio y Familia, ... n. 56.
[4] Benedicto XVI, Familia y comunidad cristiana, Vaticano, 7 de junio de 2005.

sábado, mayo 05, 2007

25. Aborto

Fecha: 1 de mayo de 2007

TEMAS: Vida, Persona.

RESUMEN: 1. Los números dicen que cada año aumenta el número de abortos, cada año aumenta el número de jóvenes menores de 19 años que aborta y cada año aumenta el número de abortos tardíos de más de 9 semanas de gestación. Los números demuestran que las políticas públicas para evitar el aborto han sido un rotundo fracaso y, lejos de disminuir, han provocado el efecto contrario de aumentar el número de abortos.

2. Las últimas investigaciones científicas nos dicen que no se trata de una sospecha o de una intuición, desde el mismo instante de la concepción existe una nueva vida humana, distinta de la vida de la madre e independiente de ella en su desarrollo, aunque necesitada de ayuda.

3. El simple hecho de estar en presencia de una persona humana —y sería suficiente incluso la duda de encontrarse en su presencia— exige en relación con él el pleno respeto de su integridad y dignidad.

4. Un verdadero y propio derecho al hijo es contrario a su dignidad humana. El hijo no es algo debido y no puede ser considerado como objeto de propiedad sino siempre, y en todo caso, como un sujeto.

5. El derecho a la vida no es una creencia de cada uno como tampoco era una creencia que los judíos y polacos tuvieran, y tengan, derecho a la vida. Los derechos del poder sólo se pueden comprender sobre la base del respeto a los derechos fundamentales del hombre.

6. Todos contribuimos a la cultura de la muerte y del aborto cuando nos sometemos a la mentalidad consumista y a la búsqueda del placer a toda costa. Cuando hacemos del poder, del dinero, del status o del éxito social, los criterios que rigen el valor de nuestra vida.


SUMARIO: 1. Números.- 2. Personas.- 3. Causas.- 4. Soluciones

1. Números

En 1985 se cumplieron veinte años de la promulgación de la Ley Orgánica 9/1985, de 5 de julio de despenalización —que no legalización— del aborto en España. Desde entonces han pasado veintidós años de aborto en la sociedad española y hemos alcanzado la cifra acumulada del millón de abortos realizados en estos años. Las defunciones por abortos han pasado de los 17.180 que se realizaron el año 1987 a los 91.664 abortos del año 2005.

En todos estos años han tenido lugar distintas campañas para evitar el aborto y los embarazados no deseados entre las españolas. Así se ha recomendando el uso del preservativo, de la píldora anticonceptiva, de la píldora abortiva, del sexo seguro... A pesar de la gran cantidad de medios económicos que se han destinado a estos fines cada año se ha incrementado de manera considerable el número de abortos practicados en España, además de aumentar el número de jóvenes adolescentes que abortan.

Con la campaña pública denominada “póntelo, pónselo” se incrementó el número de abortos en un 62% en el plazo de cinco años. Con la campaña denominada “el preservativo es divertido, juega sin riesgos” el número de abortos se incrementó en un 37% en el plazo de tres años[1].

En el año 1991 en aborto se realizaba fundamentalmente en mujeres con edades de más de 25 años, siendo el aborto en jóvenes menores de 19 años poco significativo. En el año 2003, en cambio, el principal grupo de mujeres abortantes tiene menos de 24 años de edad, y uno de cada siete abortos (10.957) se produce en jóvenes adolescentes menores de 19 años de edad.

En España tiene lugar un aborto cada 5,5 minutos. Uno de cada seis embarazos termina en aborto y la tasa de crecimiento de los abortos en España en el período de los años 1993-2003 ha sido del 75,3%[2]. Cada día 260 niños dejan de nacer en España por haber sido asesinados mediante el aborto. Esto equivale a que cada 3 ó 4 días desapareciera un colegio de tamaño medio por la defunción de los niños. Los abortos del año 2005 equivalen a toda la población de la provincia de Soria, o a la población de las ciudades de Soria y Teruel juntas, o a la mitad de la población de Ávila, por ejemplo.

En los últimos nueve años, en España el número de abortos se ha duplicado y sólo durante el año 2004 el número de adolescentes menores de 19 años que abortaron fue de 12.000. En la Comunidad de Madrid y durante el año 2004, el número de abortos tardíos —de fetos de más de 9 semanas de gestación— alcanza el 41% (6.619) de los abortos totales, cuando las mismas cidras en el año 2000 no llegaban al 33%. En una sola clínica de Madrid se realizan 40 abortos diarios de muy avanzado estado.

La agencia de noticias Fides de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, cita que en el año 2002 se han realizado 46 millones de abortos en todo el mundo, de donde resulta que en el mundo se realizan 87 abortos cada minuto[3]. En Gran Bretaña, el 32 por mil de las mujeres con edades comprendidas entre 20 y 24 años han abortado en el año 2005, de un total de 186.416 abortos realizados en ese país.

Detrás de estas estadísticas oficiales se oculta una tremenda realidad que es necesario no perder de vista: los dramas familiares y las secuelas enormes de las personas más afectadas que han tomado la decisión de deshacerse del fruto de la concepción y que arrastran su culpa toda su vida. En cada aborto hay, al menos, dos víctimas. El niño indefenso que muere cruelmente descuartizado y mutilado, sin derecho a defenderse; y la madre que aborta en la ignorancia, víctima del engaño y de la presión de padres y acompañantes que no quieren asumir la responsabilidad de una nueva vida.

«Sueño mucho que estoy embarazada o que ya tengo el bebé en brazos, me siento muy triste y con frecuencia lloro desconsoladamente y a solas», «temo que llegue el 27 de diciembre, fecha en que según el ginecólogo, iba a nacer mi hijo», estas y otras declaraciones parecidas son el dramático testimonio de Claudia que ha roto a contar su experiencia del aborto y que termina diciendo «me encantaría que mi testimonio ayudara a que muchas mujeres que estén pensando en abortar no lo hagan»[4].

En algunos manuales de Sicología y Psiquiatría de numerosas universidades ya se ha incluido el síndrome post-aborto como el diagnóstico de una enfermedad psíquica de las mujeres que han abortado. Ocasiona trastornos y dolencias en la madre que lo ha cometido[5].

En resumen. De los números, estadísticas y estudios técnicos se puede concluir lo siguiente:
1. Cada año aumenta el número de abortos totales que se realizan en España.
2. Cada año aumenta el número de jóvenes menores de 19 años que aborta.
3. Cada año aumenta el número de abortos tardíos de más de 9 semanas de gestación.
4. Los números demuestran que las políticas públicas para evitar el aborto han sido un rotundo fracaso y, lejos de disminuir, han provocado el efecto contrario de aumentar el número de abortos.
5. Los números demuestran que los medios utilizados —preservativo, píldora, campañas educativas— han sido otro rotundo fracaso y han conseguido justo lo contrario de lo que deseaban, que aumente el número de abortos.
Los políticos deberían empezar a preguntarse si no deberían hacer justo lo contrario de lo que han venido haciendo hasta ahora. Aunque no crean en determinados principios, si lo que quieren es disminuir el número de abortos deberán cambiar de política. ¡Los números cantan!


2. Personas

«Me decían que eso no era mi hijo, que era tejido del cuerpo humano: un montón de células». Veamos lo que dice la ciencia. Las últimas investigaciones científicas nos dicen que no se trata de una sospecha o de una intuición. Nos dicen que desde el mismo instante de la concepción existe una nueva vida humana, distinta de la vida de la madre e independiente de ella en su desarrollo, aunque necesitada de ayuda.

El momento que marca el inicio de la existencia de un nuevo ser humano está constituido por la penetración del espermatozoide en el ovocito de manera que transforma la célula huevo en el «cigoto»[6]. Para los que quieran creer en la ciencia y en los métodos experimentales es indudable que cada ser es lo que es desde el momento mismo de la fecundación, no es una simiente o una pura potencialidad. La maravilla científica del ADN deja a las claras que ya la primera célula humana viviente que existe contiene un ADN único y exclusivo del nuevo ser humano.

La ciencia también demuestra que con las primerísimas fases del desarrollo embrionario se comprueba la autonomía del nuevo ser en el proceso de autoduplicación del material genético. El nuevo ser crece por sí mismo, no porque la madre le imponga o le ordene el crecimiento. Su vida no es la vida de su madre, es otra, distinta y diferente, autónoma.

Desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre, ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre, la genética moderna otorga una preciosa confirmación[7]. ¿Acaso las madres gestantes no hablan de su hijo cuando el hijo aún se encuentra dentro del seno materno? ¿Alguien conoce a alguna embarazada que se refiera a este “conjunto de células que tengo en el vientre”? Yo no, desde luego.

A partir de los datos científicos intrínsecos al embrión mismo se puede afirmar que el embrión humano en fase de preimplantación es: a) un ser de la especie humana; b) un ser individual; c) un ser que posee en sí mismo la finalidad de desarrollarse en cuanto persona humana y a la vez la capacidad intrínseca de realizar ese desarrollo.

No se trata de un conjunto de células, ni de un tejido humano como la piel. Desde el punto de vista moral esto es cierto: aunque existiese una duda acerca del hecho de si el fruto de la concepción es ya una persona humana, es objetivamente una falta grave atreverse a asumir el riesgo de un homicidio. Ya es hombre aquél que lo será. Aunque no hubiera certeza de que el embrión no es una persona humana la razón se pregunta ¿cómo un individuo humano podría no ser persona humana?[8].

El simple hecho de estar en presencia de una persona humana —y sería suficiente incluso la duda de encontrarse en su presencia— exige en relación con ella el pleno respeto de su integridad y dignidad. El embrión humano es una persona humana. Desde la fecundación tiene ya su propio patrimonio genético distinto del de su madre. Esto no quita que la dependencia del embrión respecto de su madre sea muy intensa, pero esto no es una prerrogativa del feto, sino que también lo es del niño ya nacido. Vamos a ver, ¿cuántos de nosotros hemos conseguido vivir sin los cuidados de nuestras madres? ¿Ninguno...? Es lo natural.



3. Causas

Como si de una película se tratara. Estamos en la sala de abortos y en el encuadre tenemos a la madre que acaba de abortar y junto a ella en un pequeño recipiente los trozos, mayores y más pequeños, de su hijo recién descuartizado. La madre mira aquello y justo en ese momento cae en la cuenta que se trata de su hijo. Que no es, como le dijeron, un tejido que le han quitado.

Querría volver atrás. Que todo aquello no hubiera sucedido. Pero ya no es posible. ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Cómo ha podido llegar hasta aquí?

En primer lugar, no existe concepción sin relación sexual. Las relaciones sexuales cerradas a la vida son la causa de los abortos, fuera y dentro del matrimonio. El sexo, lo sabemos bien, es para la vida, no es para la muerte. La sexualidad es para dar y engendrar, no para quitar y negar.

La búsqueda del placer de la relación sexual sin asumir la responsabilidad de una nueva vida es la consecuencia de una posición ante la vida. El placer no es el fin de la vida. Vivimos para ser felices, cosa muy distinta de gozar del placer. Quien es feliz lo sabe y el que sólo busca el placer nunca encuentra la felicidad.

En la vida no todo vale, ni nada es indiferente. Las personas no son útiles, no me sirven para algo, aunque fuera para el bien. Las personas son, somos, un bien por nosotros mismos. Nuestro valor es nuestro ser, nuestra propia dignidad. Y en este precio todos valemos lo mismo. Todos valemos por el total. No existen vidas de peor categoría, ni prescindibles, ni despreciables. Todos los hombres tenemos derecho a la vida desde la misma concepción. Y nadie puede arrogarse el derecho sobre la vida de otra persona.

Un verdadero y propio derecho al hijo sería contrario a su dignidad y a su naturaleza. El hijo no es algo debido y no puede ser considerado como objeto de propiedad: es, más bien, un don[9].

En una sociedad pagana el hombre puede creerse el señor de la vida y disponer de la vida de los demás, incluso de sus propios hijos negándoles su propia vida. Pero la realidad no es así. Sólo Dios es el señor de la vida y de la muerte.



4. Soluciones

La persona está compuesta por el cuerpo y el alma. El cuerpo humano es parte constitutiva de la persona humana. El cuerpo es persona, no completa, pero sí parte de la persona. A nivel ético, el respeto debido a la persona humana debe expresarse también en el respeto por el cuerpo humano a través del cual se manifiesta la persona.

La persona humana —cuerpo y alma— está dotada de tal dignidad que nunca podrá ser considerada como un objeto, sino siempre y solamente como un sujeto.

Por esta dignidad y valor de la persona humana el acto conyugal abierto a la vida es el lugar idóneo para convocar una nueva vida a la existencia. En tal acto conyugal el hijo es engendrado y no producido. El hijo es el don del amor creativo de Dios en el que cooperan los esposos[10].

Una consecuencia de la totalidad del cuerpo y alma de la persona humana es que toda intervención sobre el cuerpo humano no alcanza solamente a los tejidos, órganos y funciones biológicas; afecta también, y a diversos niveles, a la persona misma. Encierra, por tanto, un significado y una responsabilidad morales.

El derecho a la vida de toda persona humana es un valor fundamental porque concierne a la condición natural de los hombres y a la vocación integral de la persona en todo tiempo y lugar. El derecho a la vida no es una creencia de cada uno como tampoco era una creencia que los judíos y polacos tuvieran, y tengan, derecho a la vida. Los derechos del poder sólo se pueden comprender sobre la base del respeto a los derechos fundamentales del hombre. Toda ley contraria a los derechos fundamentales del hombre es injusta, no obliga y, como escribía santo Tomás de Aquino, se asemeja más a un acto de violencia que a una ley.

El hecho de la despenalización del aborto no cambia la valoración moral del aborto provocado. Ni la ley humana, ni las decisiones de los legisladores pueden considerarse como fuente del bien o del mal, ni como criterio último de moralidad[11]. No solamente quien realiza el aborto, sino quien coopera directa y formalmente en su ejecución, cometen una trasgresión grave del orden moral. «El hombre tiene una ley inscrita por Dios en su corazón —nos enseñó el concilio Vaticano II—, en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado (Gaudium et Spes, n.16)»[12].

No podemos acostumbrarnos a situaciones inmorales ocasionadas por leyes injustas. Tampoco podemos pensar que nada se puede hacer por cambiar el rumbo de la sociedad en cuestiones que ponen en peligro el funcionamiento de la misma sociedad, como es el Derecho. «Algunos se inquietan de que la Iglesia Católica insista en cuestiones polémicas, tales como la homosexualidad o la manipulación de embriones, cuando parece que son pormenores que no tienen mucha importancia ante el Altísimo. Pero acontece que sí la tienen. Porque en ambos temas está en juego la actitud existencial ante el origen de la vida. Y, como agudamente advirtió Hannah Arendt, de la comprensión de la natalidad depende la actitud que se adopte ante el misterio de la condición humana»[13].

Todos estamos a favor del Estado de Derecho donde el Poder queda sometido a la Ley. Este hecho remite a una cuestión ulterior: la de cómo surge el Derecho, porque las mayorías pueden ser ciegas e injustas. ¿El Derecho es lo que dice la mayoría? O, por el contrario, el Derecho es lo justo aunque no satisfaga al Poder[14].

Hay mujeres y jóvenes madres que abortan. Hay unos que ayudan y fomentan el aborto de otras. Y luego estamos todos nosotros que vemos, sabemos y asistimos impasibles a lo que sucede. Y no hacemos nada, absolutamente nada, salvo compadecernos. Una cosa es cierta: quien no aporta soluciones forma parte del problema. ¿Qué voy a hacer yo para luchar contra el aborto?

Primero puedo informarme y estar seguro que el aborto es un crimen, un asesinato. Luego lo puedo decir a quien me quiera escuchar. En el ascensor, en la sala de espera del aeropuerto, en el puesto de verduras del mercado, en una conferencia... No es que no pase nada, es que es un verdadero homicidio y no se pueden defender. Pero además es una madre enferma y trastornada para el resto de su vida porque ha roto sus entrañas. No merece la pena abortar.

Podemos aprender y enseñar a otros a encontrar el sentido de la vida en el valor del dolor y del sacrificio. Comunicar que los nuevos hijos no disminuyen el bienestar de la familia sino que aumentan su humanidad y la enriquecen con más vida. Los médicos pueden y deben enseñar a las madres la ecografía de su hijo: se mueve, juega, nada, se chupa el dedo, tiene gestos. Está vivo.

Todos podemos orientar nuestro voto hacia alternativas favorables a la vida y contrarias al aborto. Programas de ayuda a las embarazadas y a las familias numerosas generosas con los hijos y solidarias con la sociedad.

Todos contribuimos a la cultura de la muerte y del aborto cuando nos sometemos a la mentalidad consumista y a la búsqueda del placer a cualquier precio. Cuando hacemos del poder, del dinero, del status o del éxito social, los criterios que rigen el valor de nuestra vida. Cuando convertimos en ídolos las cosas que han sido puestas a nuestro servicio para el bien común.

Hay que cambiar el ambiente pagano en el que vivimos. También yo tengo que cambiar mi sensibilidad. Cuando una madre aborta no sólo se hace daño ella misma y a su hijo. A mí también me lesionan cada uno de los abortos que se realizan. Sí que me afecta. Una sociedad enferma y asesina no es una buena sociedad.

Yo no aborto, pero ¡ay de mí! si con mis costumbres, con mis palabras, con mis maneras, con mis hechos, con mis preferencias pongo a las cosas por encima de las personas y hasta a mí mismo como el último valor de mi vida. Educar para el amor y la vida es una tarea hermosa, pues de ella depende la creación de una sociedad en la que el hombre sea amado por sí mismo, como hijo de Dios, llamado a participar en su misma vida, que recibimos como un don sagrado cuando el Hijo de Dios tomó carne en las entrañas de la Virgen María[15].


Felipe Pou Ampuero

[1] Instituto de Política Familiar (IPF), Evolución del aborto en España: 1985-2005, Julio 2005.
[2] Instituto de Política Familiar (IPF), Evolución del aborto...
[3] Fides, Agencia de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Dossier sobre el aborto, 28 de diciembre de 2005.
[4] Boletín de Acción Familiar de Navarra, enero de 2006.
[5] Mons. Oscar D. Carlinga, obispo de Zárate-Campana (Argentina), 2 de septiembre de 2006.
[6] Academia Pontificia para la Vida, El embrión humano en la fase de preimplantación, Ciudad del Vaticano, 29 de abril de 2006. www.zenit.org
[7] Congregación para la Doctrina de la Fe. Declaración sobre el aborto procurado, Ciudad del Vaticano, año 1974, n.12-13.
[8] Congregación de la Doctrina de la Fe, Instrucción el Don de la Vida, Ciudad del Vaticano, 22 de febrero de 1987, n.115.
[9] Congregación de la Doctrina de la Fe, Instrucción el Don de la Vida, ... n.69.
[10] Cfr. Congregación de la Doctrina de la Fe, Instrucción el Don de la Vida,
[11] Documento sobre el aborto de los Obispos Españoles. Madrid, junio 1985, n.2.
[12] Benedicto XVI, Discurso a la Asamblea General de la Academia Pontificia para la Vida. Ciudad del Vaticano, 24 de febrero de 2007.
[13] Alejandro Llano, Dios a la vista, La Gaceta de los Negocios, Madrid, 4 de noviembre de 2006.
[14] Cfr. Card. Joseph Ratzinger, Las bases morales prepolíticas del Estadoliberal, Munich, 19 de enero de 2004, www.zenit.org
[15] Nota de los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Madrid, Sobre el grave problema del aborto, Madrid, 25 de marzo de 2007.

domingo, abril 01, 2007

24. Educación

Fecha: 1 de abril de 2007
TEMAS: Educación, persona, libertad, felicidad.
RESUMEN: 1. Hay padres que piensan que la mejor educación es una buena salida profesional. Que sus hijos tengan éxito en la vida y que ganen mucho dinero.

2. Ya los griegos entendían que educar no consiste tanto en dar información o enseñar un oficio a un hijo sino sobre todo en formar ciudadanos. Y este formar ciudadanos no puede significar otra cosa que formarles para el bien común, para impartir buenas costumbres, valorar las buenas obras y estimular el bien.

3. Educar es, en definitiva, formar cabezas bien hechas, no cabezas bien llenas. No se trata de almacenar datos, sino de lograr un conjunto de saberes bien estructurado y armónico que forme una personalidad.

4. El lugar propio de la educación, como formación de la persona es la casa, la propia familia. El colegio es un lugar de ayuda, de apoyo, a lo que los padres hacen en casa. Y la familia es algo mucho más serio que ese conglomerado de sentimentalismo que nos ofrecen las telenovelas.

5. Sólo tiene una vida coherente quien actúa con referencia a la verdad, aunque a veces las alternativas que la verdad ofrece contraríen las propias apetencias. Para esto educamos los padres: para que mujeres y hombres sean capaces de decidir su propio proyecto personal de vida. De adherirse libremente a unos valores, de cumplir sus compromisos y de aceptar la responsabilidad de sus decisiones.


SUMARIO: 1. Un problema.- 2. Enseñar a vivir.- 3. Para la libertad.- 4. Educar para el bien.- 5. Con errores.- 6. Para el amor.

1. Un problema

Hay padres que deben pensar que educar a sus hijos es una cuestión mercantil-contable-financiera. Pagar un colegio, pagar unas clases particulares, pagar un curso de inglés en el extranjero, financiar una carrera universitaria, etc. Son padres funcionarios[1].

Piensan que sus hijos son algo así como un expediente, como un asunto que tienen en la vida. No caen en la cuenta que sus hijos son, ante todo, unas personas, además de ser sus hijos, pero lo importante es que son personas antes que sus hijos. Sus hijos, como todos nosotros, necesitamos muestras de cariño, vida normal y cotidiana, desarrollo paulatino. Y esto se consigue, casi siempre, con conversaciones normales, en la cocina, mientras se prepara la cena, en un pasillo, en el sitio menos oportuno. En fin, todas las personas necesitamos vida ordinaria.

Hay padres que piensan que la mejor educación es una buena salida profesional. Que sus hijos tengan éxito en la vida y que ganen mucho dinero, porque todo lo demás, la felicidad, el bienestar personal, la serenidad y la autoestima vendrán por añadidura. Son padres que con sus hechos enseñan a sus hijos a valorarse sólo por lo que consiguen, por los resultados que tienen y por el triunfo que obtienen. Son padres que demuestran el acierto de la máxima que dice que o vives como piensas o acabas pensando como vives.

Es evidente, que si queremos educar a nuestros hijos lo primero que debemos hacer es ser coherentes y vivir tal como pensamos y decimos a los hijos. Y dentro de esta coherencia también se incluye el que, de antemano, nos perdonamos nuestros desaciertos y equivocaciones. Porque algo importante que hemos de enseñar a nuestros hijos es que somos personas de carne y hueso, reales. No somos héroes de cómic, ni protagonistas de ninguna película. No nos gustan nuestros defectos, pero los aceptamos.

Y ante el panorama de la preocupación paterna por la educación de los hijos unos pueden pensar que da igual educar o no educar porque los hijos salen cada uno a su manera y no merece la pena trabajar en vano. Otros pensamos que no es así. Merece la pena educar. Y tanto merece que no es lo mismo educar bien que educar mal. Y tampoco es lo mismo educar bien que no educar nada en absoluto.

¿Quién no ha salido al campo alguna vez? Sembrar buena semilla suele producir buena cosecha. La cosecha no está asegurada porque intervienen otros factores: el clima, la lluvia, el abono, los animales, los infortunios... Pero si no se siembra no se puede cosechar. Y, con todo, un mal año estropea la cosecha y hace que no sea abundante, pero si la semilla fue buena siempre será mejor la cosecha. Siempre es mejor educar bien que dejar de educar[2].


2. Enseñar a vivir

Porque no se trata tanto de la suerte de un padre con el hijo que le ha tocado. Sino del empeño de los padres por enseñar a sus hijos a vivir, a conseguir una buena vida. No importa tanto la pregunta acerca de cómo es el carácter de nuestro hijo, sino la de qué es lo que se puede hacer con este carácter[3]. Ya los griegos entendían que educar no consiste tanto en dar información o enseñar un oficio a un hijo sino sobre todo en formar ciudadanos. Y este formar ciudadanos no puede significar otra cosa que formarles para el bien común, para impartir buenas costumbres, valorar las buenas obras y estimular el bien.
Porque un hombre de bien no es exactamente un hombre que sabe ética. No. Además de saber ética hay que ponerla en práctica. Un hombre de bien es un hombre bueno, porque vive bien y no vive mal, porque hace el bien y evita el mal, porque ayuda al que carece y es solidario. Educar es, en definitiva, formar cabezas bien hechas, no cabezas bien llenas[4]. No se trata de almacenar datos, sino de lograr un conjunto de saberes bien estructurado y armónico que forme una personalidad buena.

Lo importante no es tener muchos conocimientos ni muchos títulos, sino que esos conocimientos nos ayuden a dar una respuesta acertada a nuestros problemas y a los de los que nos rodean. La sabiduría de la vida nos enseña a interpretar la realidad del mundo, nos ayuda a comprender el misterio del hombre, de su libertad, de sus desvaríos, del mal y del bien que somos capaces de hacer.

Y ante esto, un padre tiene que grabarse esto en la cabeza: «Si hay un porqué no importa el cómo.» No es necesario ser profesor de pedagogía para educar a nuestros hijos, aunque será mejor estar preparados, pero sí es necesario plantear modelos atractivos de modos de ser. Ser un buen padre es ser un buen modelo a imitar por nuestros hijos. Ser el espejo donde se miren cuando la vida les enfrente a los problemas grandes y pequeños que siempre existirán. ¿Cómo haría mi padre esto?, ¿cómo haría mi madre esto?


3. Para la libertad

La dignidad de la persona implica la libertad, aun tan siquiera la libertad interior de cada uno que nadie nos puede arrebatar. Pero la libertad no es una mera posibilidad de optar entre cosas más o menos interesantes. La libertad es la capacidad de decidir lo que uno quiere hacer con su propia vida: somos realmente libres cuando somos dueños de nuestras propias decisiones[5]. Para ser dueño de uno mismo es imprescindible tener una voluntad fuerte. Sin voluntad no hay libertad.

Sólo con una buena voluntad se puede llegar a tener una voluntad buena. Los padres que no son capaces de exigir a sus hijos lo que pueden y deben exigir demuestran tener por ellos una evidente falta de respeto[6]. La educación de la persona supone la educación del esfuerzo. Los niños necesitan saber que muchas veces hay que hacer cosas desagradables para conseguir una meta agradable y que mantener el esfuerzo durante el trayecto puede ser duro[7].

Es una regla de oro en educación que los padres acostumbren a sus hijos a hacer por sí mismos lo que son capaces de hacer de acuerdo con su edad. El lugar propio de la educación, como formación de la persona que le enseña a vivir, es la casa, la propia familia. El colegio es un lugar de ayuda, de apoyo, a lo que los padres hacen en casa. Y la familia es algo mucho más serio que ese conglomerado de sentimentalismo que nos ofrecen las telenovelas[8].

La principal educación que los padres pueden y deben dar en la familia no consiste en enseñar a ordenar un armario. La principal educación es la educación moral. Enseñar a los hijos que los principios morales son verdades objetivas —no opiniones de sus padres— que dan sentido a la vida y deben ser respetados en todo momento. Hacer el bien y evitar el mal, dar cada uno lo suyo, no apropiarse de lo ajeno, respetar las normas de convivencia, respetar a los demás por el solo hecho de ser personas, son, entre otros, los principios que los padres deben enseñar a sus hijos inexcusablemente. No se trata de «valores confesionales», puesto que tales exigencias éticas están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural impresa en el corazón de cada hombre[9].

Las familias inteligentes tienen unas creencias inteligentes compartidas acerca de los valores importantes. Poseen también una clara idea acerca de lo que es negociable y de lo que es innegociable[10]. El ideal de las familias inteligentes no es echar al mundo profesionales exitosos, expertos en ciencias, en economía y en todo lo demás, sino que guardan un además y un sobre todo que procura convertir a esos hijos en hombres y mujeres cabales y no en meros técnicos sin corazón. Como dice Navarro-Valls lo más importante de un universitario no es el título que aparece en el diploma de su licenciatura, sino la serie de hábitos mentales y humanos que el estudio de la disciplina universitaria ocasiona y produce[11].


4. Educar para el bien

Una persona que hace lo que le da la gana puede pensar que es libre al seguir una imperiosa espontaneidad y, sin embargo, puede estar dirigida por los mensajes de una astuta propaganda. Para bastarse a sí mismo, para ser realmente libre, un hombre debe encontrar en sí mismo todo lo que es necesario para su felicidad.

Existe una libertad constitutiva que consiste en ser dueño de uno mismo y de sus propias acciones. No somos libres de tener la estatura que tenemos, pero sí soy libre de asumirla o no en el proyecto de mi vida[12].

No toda elección es buena por el sólo hecho de ser espontánea, unas son acertadas y otras desacertadas. Y si esto es así no se trata sólo de hacer elecciones, sino de elegir bien. Luego no basta con elegir. Hay que enseñar a elegir bien, que no es lo mismo.

Claro, resulta que si les enseñamos a elegir bien acabarán comprometidos con el bien y alejados de las malas elecciones. Y esto ¿no será un falta de libertad? Pues no. No somos libres frente al bien, sino que la buena elección nos hace libres. Educar es enseñar a vivir y enseñar a vivir implica enseñar a vivir bien. Para vivir mal no hace falta ser educados, ya solos nos bastamos.

Nuestros hijos serán mayores y empezarán a vivir su propia vida. Deben salir de casa con las maletas llenas de criterios de bien. Al vivir su vida se les presentarán ocasiones donde tengan que decidir. Con cada decisión se acercarán o se alejarán de lo que quieren ser en la vida. Cada decisión, cada preferencia, cada renuncia conforman un proyecto vital.

Los hijos deben salir de casa habiendo aprendido que actuar conforme al deber es algo que nos perfecciona, que si aceptamos nuestro deber como una voz amiga acabaremos aceptándolo de modo cordial, aunque nos cueste. El gran logro de la educación afectiva es conseguir unir, en lo posible, el querer y el deber.


5. Con errores

A vivir se aprende viviendo. Todo aprendizaje se hace con errores. Es más, los implica y presupone. No nacemos enseñados. Nos hacemos en la vida no sólo de una manera académica porque aprendemos lo que hay que hacer, sino también práctica porque de nuestra experiencia obtenemos los mejores datos para el aprendizaje. Es importante reflexionar y hacer reflexionar a nuestros hijos. No somos perfectos ni lo pretendemos. Pretendemos ser felices que no es lo mismo.

A veces, los padres se asustan ante la desobediencia y rebeldía de los hijos, sin pararse a pensar que son seres libres y, como a cualquiera, les cuesta obedecer y actuar debidamente. El verdadero problema consiste en no saber enseñar al hijo que desobedecer está mal y que a sus padres se les obedece por cariño y no por fuerza. Esto es más complicado.


6. Para el amor

La verdadera educación se propone la formación de la persona en orden a su último fin. Se propone que sea cada día más consciente del don de la fe[13]. Porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor[14]. Ojalá sepamos enseñar a nuestros hijos que la sociedad no es una suma de espacios autónomos de individuos libres y emancipados, sino un entramado donde se comparten los bienes comunes que sustentan y hacen posible la sociedad. Uno de esos bienes compartidos es la propia libertad. Sin una formación adecuada yo no puedo alcanzar mi madurez, ni puedo mantener mi libertad.

Sólo tiene una vida coherente quien actúa con referencia a la verdad, aunque a veces las alternativas que la verdad ofrece contraríen las propias apetencias. Para esto educamos los padres: para que mujeres y hombres sean capaces de decidir su propio proyecto personal de vida. De adherirse libremente a unos valores, de cumplir sus compromisos y de aceptar la responsabilidad de sus decisiones.


Felipe Pou Ampuero
[1] Crespillo Enguix, Antonio, La libertad de los hijos, Nota técnica. Fomento de Centros de Enseñanza, Madrid, 2005.
[2] Sarrais, Fernando, Decálogo para la buena educación de los hijos, Nota. 3 de abril de 2006.
[3] Aranguren. Javier, ¿Qué queremos enseñar a los adolescentes?, Nuestro Tiempo, diciembre 2005, nº. 618, p. 18.
[4] Aguiló, Alfonso, Aprender a educar los sentimientos. www.interrogantes.net
[5] Fomento de Centros de Enseñanza. Educar en y para la libertad. Nota técnica 065.
[6] González Simancas, José Luis, Libertad y compromiso.
[7] Marina, José Antonio, Educación para el esfuerzo, Aula de innovación educativa, nº 120.
[8] Chirinos, María Pía, Familias que den la talla. Aceprensa, servicio 19/06, 22 de febrero de 2006.
[9] Congregación para la Doctrina de la Fe, Compromiso y conducta de los católicos en la vida pública. n. 5.
[10] Marina, José Antonio, Educación para el esfuerzo, Aula de innovación educativa, nº 120.
[11] Navarro-Valls, Joaquín, Discurso de agradecimiento Premio Brajnovic, Pamplona, 18 de noviembre de 2005.
[12] Crespillo Enguix, Antonio, La libertad de los hijos...
[13] Concilio Vaticano II, Declaración Gravissimum educationis, Roma, 28 de octubre de 1965.
[14] Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, Vaticano, 25 de diciembre de 2005, n.29.

sábado, marzo 03, 2007

23. Vida pública

Fecha: 1 de marzo de 2007
TEMAS: Vida pública, Política, Cristiano.
RESUMEN: 1.El laicismo es aquella actitud por la que el Estado no reconoce la vida religiosa de los ciudadanos como un bien positivo que forma parte del bien común de los ciudadanos.

2. Los católicos no son un pueblo segregado o separado o marcado. Son una parte del pueblo, por tanto, son el mismo pueblo y les asiste todo el derecho a participar en las cosas de su pueblo.

3. El cristianismo es un hecho: el Verbo se hizo carne, Dios con nosotros. La reclamada y necesaria actuación de los católicos en la vida pública presupone una apropiación personal del anuncio evangélico.

4. La búsqueda del bien común de una sociedad es un derecho y es un deber de todos sus ciudadanos. Nadie debe quedar excluido, ni tan siquiera los católicos.

5. El problema actual de la cultura es que la humanidad moderna se divide sobre la relación entre la técnica y la ética: éstos serán los dos nuevos bloques del futuro. Una visión de la técnica desligada de la ética convierte al hombre en un producto histórico, un resultado cultural. El hombre deja de ser un proyecto y se convierte en algo proyectado.

6. El respeto de la verdad integral del hombre se convierte en un imperativo moral para la cultura democrática de nuestro tiempo No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una reflexión filosófica, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.

7. Una educación verdadera debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas que son indispensables para crecer ya alcanzar algo grande en la vida.


SUMARIO: 1. En público.- 2. En busca de la dignidad perdida.- 3. La alegría de vivir.- 4. La esperanza

1. En público

Vivimos en una época en la que existe bastante confusión intelectual. En nuestra opinión pública hay mucha pasión, fuerte voluntarismo, abundante improvisación y demasiada manipulación[1]. Por falta de experiencia muchos católicos no saben situarse en democracia. Nos sorprenden con nuevos argumentos de relativismo, de tolerancia y de respeto al contrario y su mala digestión ha provocado que algunos buenos católicos se hayan pasado al bando contrario identificando la militancia cristiana con el socialismo.

De ahí nos ha venido una cierta repugnancia hacia la religión y lo religioso como si fuera un torpe recuerdo de un pasado autoritario, ruin y mezquino que no hizo el bien y llenó de odio a muchos. Los nuevos gobernantes predican un laicismo del Estado en lugar de la justa neutralidad hacia el fenómeno religioso. La laicidad del Estado consiste en que el poder político respete y favorezca por igual el desarrollo de cada religión y de la visión laica de la vida.
Por el contrario el laicismo es aquella actitud por la que el Estado no reconoce la vida religiosa de los ciudadanos como un bien positivo que forma parte del bien común de los ciudadanos y que debe ser protegido por los poderes públicos, sino más bien lo considera como un elemento perjudicial que se debe combatir[2].

No es esto la laicidad. Es más bien que el Estado y todas las instituciones políticas son neutrales ante las diferentes preferencias religiosas de los ciudadanos. Querer lo contrario, defender el laicismo como una única ideología y pretender adoctrinar a la juventud en estas ideas no deja de ser una confesionalidad laicista. Por el contrario, todos queremos que el Estado sea aconfesional y eso implica necesariamente que sea laico y que no sea laicista.
De esto se sigue que el Estado y los poderes públicos no han de extrañarse porque un católico intervenga en la cosa pública como tal, es decir, con sus creencias y sus convicciones. El compromiso del cristiano en el mundo, en dos mil años de historia se ha expresado de diferentes modos. Uno de ellos ha sido el de la participación en la acción política[3]. Los católicos no son un pueblo segregado o separado o marcado. Son una parte del pueblo, por tanto, son el mismo pueblo y les asiste todo el derecho a participar en las cosas de su pueblo tanto que como enseña el Concilio Vaticano II no pueden abdicar de la participación en la política.

La fe cristiana, el hecho de ser cristianos no nos priva de ningún derecho civil sino que más bien nos añade un plus para poder actuar con más clarividencia puesto que en la política se ventilan muchos asuntos que afectan al bien o al mal de nuestros ciudadanos y de nosotros mismos[4]. Los cristianos pueden y deben intervenir en la vida pública de una sociedad democrática, no confesional, tratando de influir en ella según la inspiración de sus convicciones religiosas y morales. Claro que pueden, como puede cualquiera respetando a los demás y siguiendo las mínimas reglas de la convivencia.

Lo que ocurre es que si esto es así, resulta patético reaccionar con un llamamiento categórico al estilo del «hay que comprometerse»[5]. Lo que está en juego no es un alistamiento, ni un calmante de conciencias aburguesadas, sino algo más originario, profundo y crucial.

No está de más recordar, ahora y siempre, que el cristianismo no es una idea, una doctrina o una ideología. Tampoco es un conjunto de normas morales ni un espiritualismo de almas bellas. El cristianismo es un hecho: el Verbo se hizo carne, Dios con nosotros.

La reclamada y necesaria actuación de los católicos en la vida pública presupone una apropiación personal del anuncio evangélico de modo que la fe crezca y sea cada vez más la experiencia y el significado de una vida personal y propia que redunda en los demás.

Nadie discute que corresponde a la jerarquía eclesiástica enseñar e interpretar auténticamente los principios morales que deben guiar la conducta de los fieles, pero corresponde a los laicos, con la propia iniciativa y sin esperar consignas oficiales penetrar el espíritu cristiano en las costumbres, relaciones sociales, cultura y toda la sociedad en la que viven[6]. Y a este nivel es notoria la desproporción que existe entre la generosa participación de unos laicos en las tareas de asistencia y ayuda como agentes de pastoral, revestidos de los más diversos ministerios no ordenados y, por otro lado, la diáspora muchas veces conformista y anónima de los laicos católicos en «dar la cara» en público.

Hasta tal punto llega la confusión que muchos laicos empiezan a considerar más importante para su vida cristiana si pueden ejercer tal o cual función pastoral que el mismo hecho de estar tomando cada día decisiones importantes en su vida familiar, laboral, social y política. Como si ser católico fuera algo que no tuviera la menor trascendencia en el trabajo, en la educación de los hijos, en el gasto del dinero, en el empleo del tiempo libre ...

Correlativamente, algunos sacerdotes terminan considerando a los laicos más como ayudantes de la labor parroquial y asistentes de la pastoral que como la verdadera y auténtica presencia «secular» en la búsqueda de la construcción de formas de vida más humanas y, por esto mismo, más cristianas.

¿Dónde están nuestros Adenauer, los De Gaspieri, los Monnet, los Schumann, que estén afrontando los caminos efectivos de la vida pública de los católicos?[7] ¿Dónde están los católicos de hoy?

No hay que temer a la Iglesia. Nunca ha quedado definida por las coyunturas históricas que le ha tocado vivir en un país y en otro. Menos aún la define el poder, como si necesitara de él para poder subsistir. La salvación del hombre no es fruto de la política y cuando la política pretende ser salvífica no hace más que generar infiernos de destrucción y de muerte de los cuales el pasado siglo XX ha sido un muestrario bastante variado.

La fe no es un programa de acción política ni puede convertirse en eso. Por esto no puede existir un partido que pretenda acumular en exclusiva la presencia de las católicos en la política, no puede existir un partido que sea el «partido católico»[8]. La presencia de los católicos en la vida pública no se puede entender como un deseo de agrupar a los católicos en la defensa de sus propios intereses, sino como un deseo de movilizar a los cristianos para que sirvan al bien común de todos los ciudadanos.

Esto implica pluralidad de partidos y de opciones políticas, dentro de una misma fe y unas mismas convicciones, pero que permiten una variedad y pluralidad de formas y maneras de alcanzar el bien común. La variedad es necesaria y siempre enriquece, pero no es indiferente a la fe cristiana. Pluralismo político no es equivalente a ausencia de convicciones y de creencias.


2. En busca de la dignidad perdida

La búsqueda del bien común de una sociedad es un derecho y es un deber de todos sus ciudadanos. Nadie debe quedar excluido, ni tan siquiera los católicos, que como todos los demás, pueden utilizar todos los medios lícitos para buscar el bien común, que es buscar la justicia, el respeto a la vida, a la persona y que, en definitiva, es buscar la verdad.

Pero el hombre no es capaz por sí solo de conocer la verdad. En virtud de la revelación de Dios, nadie conoce la verdad sobre el hombre como la misma Iglesia y, por tanto, nadie está en situación de defender esa verdad como la misma Iglesia de Dios[9]. Sólo desde su Creador se puede conocer verdaderamente al hombre. Por esto Dios, en Jesucristo, manifiesta al hombre su verdad.

Por la fe los cristianos tenemos un mayor y mejor conocimiento de la dignidad de la persona humana, del valor de la vida de cualquier persona. Por la misma fe se aclaran y se fortalecen una cuantas normas morales de comportamiento fundadas en la recta rezón común a todos los hombres y mujeres de bien. Sin un bagaje moral no puede existir vida democrática[10]. La libertad humana necesita moverse en el ámbito de unos valores morales que le ayuden a mantenerse en la verdad y en la búsqueda del verdadero bien común, no del bien aparente que acaba siendo una burda estafa.

Para el cristiano ser tolerante y ser artífice de una cultura de la convivencia no es un añadido sino que por el mandato del amor al prójimo pertenece a la misma esencia de su fe. El cristiano es una persona de comunión, de diálogo, de encuentro...[11].

El problema actual de la cultura es que la humanidad moderna se divide sobre la relación entre la técnica y la ética: éstos serán los dos nuevos bloques del futuro. Unos sostienen que la libertad de hacer se debe fundamentar sobre algo distinto de sí misma, en definitiva, sobre la dignidad de la persona humana. Éste es su fundamento y, por tanto, su límite. Otros sostienen que la libertad de hacer tiene una dignidad en sí misma que es la que fundamenta la dignidad del hombre para los cuales solo será digno si está libre de ataduras.

Una visión de la técnica desligada de la ética convierte al hombre en un producto histórico, un resultado cultural. El hombre deja de ser un proyecto y se convierte en algo proyectado. Entonces el hombre deja de tener deberes y solo tiene derechos[12].

El respeto de la verdad integral del hombre se convierte en un imperativo moral para la cultura democrática de nuestro tiempo en la que se ha difundido la opinión de que el ordenamiento jurídico de la sociedad debería limitarse a registrar y recibir las preferencias de la mayoría. Para mayor dislate los legisladores creen que respetan la libertad de la persona formulando leyes que prescinden de los principios de ética natural condescendiendo con las modas culturales como si todas las concepciones de la vida tuvieran el mismo valor[13].

Ante esta situación, no basta con enunciar buenos propósitos, sino demostrar efectivamente que el cristianismo es la respuesta más radical, más total y satisfactoria a los deseos de verdad y de libertad, de justicia y de felicidad que constituyen el corazón del hombre y son la suma de sus aspiraciones.


3. La alegría de vivir

La mayor amenaza para conseguir la presencia de los católicos en la vida pública no reside en las hostilidades y ataques contra la Iglesia, sino en el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual todo sucede con aparente normalidad pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en algo sin vida y alejado de la realidad.

No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una reflexión filosófica, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva[14]. Si es verdadero el encuentro cambia a la persona e imprime con su forma la vida matrimonial y familiar, las amistades, el trabajo, las diversiones, el uso del tiempo libre y del dinero, el modo de mirar toda la realidad e incluso los mismos gestos.

El Estado y el mercado tienen necesidad no solo de ciudadanos-súbditos o de productores-consumidores, sino de sujetos libres que afronten la realidad de la vida con anhelos de verdad y de felicidad, que son los más grandes recursos de humanidad que tenemos. La persona no es solamente razón e inteligencia, aunque son sus elementos constitutivos. Lleva inscrita en lo más profundo de su ser la necesidad de amor, de ser amada y de amar a su vez[15].

Hay que enseñar a reconstruir la persona humana como hijo de Dios. Hay que recordar la grandeza de ser hombre, su dignidad, su vocación, el don y el drama de la libertad, de una libertad que es regalo del Creador y que no podemos suprimir.

Hay que buscar puntos de unión con los demás hombres. Hacer el bien, evitar el mal, dar a cada uno lo suyo, respetar la igualdad del hombre y de la mujer, la misma dignidad de los pueblos son lugares de encuentro de los hombres de bien, creyentes o no creyentes, en los que un cristiano puede y debe estar sin ningún complejo ni extrañeza.


4. La esperanza

Ante el panorama actual mucho más que cualquier razonamiento humano nos ayuda la novedad conmovedora de la revelación bíblica: el creador del cielo y de la tierra, el único Dios que es la fuente de todo ser, este único Logos creador, esta Razón creadora ama personalmente al hombre[16].

Porque nos ama de verdad, Dios respeta y salva nuestra libertad. Al poder del mal y del pecado no se opone un poder más grande, sino que prefiere el límite de su paciencia y de su misericordia. Es la educación del amor. Una educación verdadera que debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas que son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor a toda belleza, para dar consistencia a nuestra libertad.

De esta educación en el amor brotan nuestros «no» a formas débiles y desviadas de amor y a las falsificaciones de la libertad, así como a la reducción de la razón sólo a lo que se puede calcular y manipular. En realidad estos «no» son más bien el «sí» al amor auténtico, a la realidad del hombre tal y como ha sido creado por Dios[17].

La necesidad de presentar en términos culturales modernos el fruto de la herencia espiritual, intelectual y moral del catolicismo se presenta hoy con una urgencia impostergable, para evitar además, entre otras cosas, una diáspora cultural de los católicos[18].

Felipe Pou Ampuero

[1] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Análisis del Manifiesto del PSOE sobre Constitución y laicidad, Pamplona, 9 de diciembre de 2006.
[2] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Análisis del Manifiesto del PSOE...
[3] Congregación para la doctrina de la fe. Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y conducta de los católicos en la vida política. Vaticano, 24 de noviembre de 2002.
[4] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Católicos y vida pública, Pamplona, 27 de octubre de 2006.
[5] Guzman Carriquiry Lecour, Católicos y vida pública en América Latina, Santiago de Chile, 26 de agosto de 2006. www.zenit.org
[6] Guzman Carriquiry Lecour, Católicos y vida pública en América Latina ...
[7] Guzman Carriquiry Lecour, Católicos y vida pública en América Latina ...
[8] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Católicos y vida pública ...
[9] Card. Renato R. Martino, Los derechos humanos, fundamento para la construcción de una cultura universal. Toledo, 4 de noviembre de 2006, n. 4.
[10] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Católicos y vida pública ...
[11] Card. Antonio Cañizares, El relativismo ético amenaza la convivencia. Toledo, 4 de noviembre de 2006. www.zenit.org
[12] Card. Renato R. Martino, Los derechos humanos,...
[13] Congregación para la doctrina de la fe. Nota doctrinal...
[14] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, n.1.
[15] Benedicto XVI, Política y desafíos de los católicos, Verona, 19 de octubre de 2006, www.zenit.org.
[16] Benedicto XVI, Política y desafíos de los católicos ...
[17] Benedicto XVI, Política y desafíos de los católicos ...
[18] Congregación para la doctrina de la fe. Nota doctrinal... n. 7.