miércoles, diciembre 03, 2008

39. Liturgia

Fecha: 1 de diciembre de 2008

TEMAS: Cuerpo, Religión, Fe.

RESUMEN: 1. Es todo el hombre en su integridad, cabeza y corazón, el que cree en Dios y con Él se relaciona y vive.

2. Porque no vivimos al margen o con independencia de nuestro propio cuerpo, sino que, al contrario, vivimos y rezamos dentro de nuestro propio cuerpo y con nuestro cuerpo. El cuerpo manifiesta y exterioriza nuestra forma de vivir y de rezar.

3. La adoración de Dios es el acto que sitúa al hombre en presencia física de un ser superior al que reconoce como superior a todo hombre y a sí mismo y ante el que se arrodilla y se somete. La liturgia nos dice que Dios es un misterio para el hombre y también nos dice que el hombre es un ser complejo, compuesto de cabeza y corazón.

4. Y como quien reza es todo el hombre y no solo su cabeza, se debe rezar no solamente con fórmulas teológicamente exactas, sino también de una manera bella y humanamente digna.

5. La liturgia nos sitúa ante la presencia de un Dios verdadero, que es Cristo, pero que no solamente es el Jesús histórico que existió hace dos mil años y del que nos queda un buen recuerdo, sino que es el único Dios, de manera que seguir a Cristo es seguir al verdadero Dios.

6. La materialidad del cuerpo y de la liturgia nos hace ver la belleza de la oración y del acto de adoración a Dios. La expresión del culto y del amor a Dios tiene lugar, no como una formalidad impuesta, sino como la manera humana de amar.


SUMARIO: 1. Por quién se encienden las velas.- 2. Celebración.- 3. Adoración.- 4. El coloquio

1. Por quién se encienden las velas

Cuando entramos en una iglesia nos encontramos con imágenes, con cuadros, con alguna planta, con muchas velas encendidas y, al frente, presidiendo el edificio, una «cajita dorada», más bien pequeña, y donde, desde luego, cabe poca cosa. A los ojos de un hombre moderno cabría preguntarse qué significa todo aquello.

Las velas encendidas siempre recuerdan una presencia, un motivo, la memoria de una intención, las velas siempre han remitido al hombre hacia otra persona, a la que van dirigidas. Pero en esa iglesia, en silencio, no se ve a nadie. Podemos llegar a sentir la tentación de que todo aquel escenario de las velas, los cuadros y la «cajita» a la que llaman sagrario, es una representación escénica, un pequeño teatro que no tiene existencia real y que se trata sólo de una idea, de una composición mental, del buen deseo de Dios que tenemos los hombres. Podemos llegar a tener la tentación de creer que esas velas encendidas no están porque en ese sagrario esté Dios, sino porque nos lo estamos imaginando.

Claro, todo adquiere sentido si estamos seguros de que en ese sagrario quien está es el Dios verdadero, de una manera misteriosa, que no podemos comprender, pero real y verdadera. Entonces, las velas, los cuadros, la «cajita» y hasta nuestra presencia en la iglesia es por Él y para estar con Él.

Algunos hombres piensan que ser cristiano es amar a Dios y solamente amar a Dios, como si pudieran prescindir de su cabeza y de la razón para creer en Dios, en el Dios de la Razón. Otros, por el contrario, piensan, que el sentimiento es una debilidad humana que debe ser superada y a Dios sólo se le debe la razón sin corazón. Y, con frecuencia, todos nos olvidamos que Dios ha hecho al hombre con cabeza y corazón, espíritu y cuerpo, y es todo el hombre en su integridad, cabeza y corazón, el que cree en Dios y con Él se relaciona y vive.

El hombre no puede olvidar su cuerpo, vivir como si su cuerpo fuera prescindible. Además de ser imposible es un gran error porque nuestro cuerpo estará siempre ahí, esperándonos y exigiendo sus derechos que, desde luego, también los tiene. ¿Acaso podríamos decir que una persona está rezando cuando está en la iglesia mientras con sus pensamientos está en la oficina? Y sin embargo, ¿podríamos decir que también reza el que tiene su pensamiento en la oración mientras su cuerpo se encuentra desparramado por el lugar? En ambos casos es posible que pueda rezar, pero no rezará de una manera íntegra y humana.

Y es que la persona es una unidad y para rezar bien se debe rezar, a la vez, con la cabeza y con los sentidos. Porque no vivimos al margen o con independencia de nuestro propio cuerpo, sino que, al contrario, vivimos y rezamos dentro de nuestro propio cuerpo y con nuestro cuerpo. El cuerpo manifiesta y exterioriza nuestra forma de vivir y de rezar. No podemos prescindir del cuerpo, estaríamos muertos y ya no seríamos nosotros. Cuando vivimos sin contar con nuestro cuerpo estamos viviendo a medias, sin enterarnos de la otra mitad de la vida, la que se siente o la que se razona.


2. Celebración

En la antigüedad, la liturgia era el conjunto de ritos y ceremonias que los sacerdotes y los levitas realizaban en nombre del pueblo al ofrecer sacrificios en el Templo. Los primeros cristianos, con la palabra liturgia se referían no al sacrificio de los judíos en el templo, sino al único sacrificio de Jesucristo.

Por medio de la liturgia se expresa el culto a Dios. Y con estas ceremonias y ritos la liturgia pretende introducir al hombre en el misterio de Dios, llevándolo desde lo visible hasta lo invisible, pero real y verdadero. Desde lo que es signo y significado hasta la misma realidad de Dios que está presente realmente en el sagrario.

Con la celebración los cristianos no estamos representando un trabajo para un Dios lejano y desconocido al que nadie ha visto y oído, sino que estamos ofreciendo el único sacrificio verdadero de la Eucaristía donde Cristo, que es Dios, actúa para la transformación de los hombres.

Por medio de la liturgia, los hombres reconocemos que Cristo es Dios y que está presente de verdad ahí, aunque nuestros ojos no vean, nuestra cabeza no comprenda, nuestros sentidos no sientan. Porque los cristianos sabemos que Dios es más que nuestra cabeza, nuestros sentidos y nuestra razón, pero tampoco es ajeno a nuestra humanidad.

La adoración de Dios es el acto que sitúa al hombre en presencia física de un ser superior al que reconoce como superior a todo hombre y a sí mismo y ante el que se arrodilla y se somete. No basta con someter la cabeza y dar por entendido que ya se ha sometido todo lo demás, porque no es así, el propio cuerpo nos traiciona. También es necesario someter al cuerpo y bajar la rodilla hasta el suelo para que toda la persona reconozca a Dios y diga con la cabeza y con el corazón que no existe otro dios superior al verdadero Dios.


3. Adoración

Porque el hombre que no adora a Dios no está reconociendo a Dios en verdad, sino que no reconoce a otro dios que no sea él mismo. Y de esta manera se convierte en un pequeño diosecillo que se adora a sí mismo y para el que los demás hombres se convierten en seres inferiores —no iguales— que también deben adorarle a él como si fuera el «único dios verdadero».

La liturgia nos dice que Dios es un misterio para el hombre y también nos dice que el hombre es un ser complejo, compuesto de cabeza y corazón, espíritu y cuerpo, inteligencia y sentimientos, y que en su integridad se relaciona con ese Dios al que no comprende por completo pero que sabe que le ama tal como es.

Así, por medio de la liturgia, se entabla entre la tierra y el cielo una especial comunicación en la que se encuentra la acción del Señor y el canto de alabanza de los fieles[1]. Y como quien reza es todo el hombre y no solo su cabeza, se debe rezar no solamente con fórmulas teológicamente exactas, sino también de una manera bella y humanamente digna. Así, en la liturgia bien celebrada, es posible entrever la grandeza del misterio de amor que se vive en la santa Misa y que tiene como protagonista a Dios que viene en medio de nosotros y nos habla[2].

La exteriorización del culto público a Dios es, antes que nada, un acto de adoración dirigido al mismo Dios, que lo ve y lo presencia, y también, es un acto dirigido a nosotros mismos que por medio de nuestros sentidos también nos damos cuenta —conocemos— lo que allí está sucediendo. Pero la adoración también es una manifestación a los demás hombres de quién es Dios y cómo es el Dios verdadero. Al presenciar el acto de adoración percibirán que no se trata de una simple anécdota, sino que allí está sucediendo algo importante.

La liturgia nos sitúa ante la presencia de un Dios verdadero, que es Cristo, pero que no es solamente el Jesús histórico que existió hace dos mil años y del que nos queda un buen recuerdo, sino que es el único Dios, de manera que seguir a Cristo es seguir al verdadero Dios.


4. El coloquio

El elemento fundamental de la verdadera celebración es la consonancia entre lo que decimos con los labios y lo que pensamos con el corazón[3]. La liturgia no pretende invitar a una especie de teatro, de espectáculo falso, de cartón, sino a una interioridad que se hace sentir y resulta aceptable y evidente para los que asisten a la celebración.

Por tanto, la celebración que exterioriza la liturgia es una verdadera oración y coloquio con Dios, de Dios presente con nosotros y de nosotros con Dios. No se trata, entonces, de una iglesia vacía, llena de velas encendidas. Es la casa del Señor porque allí está Dios. Y ante ese Dios que ha venido a encontrarse con el hombre nos parecen poco las palabras y las ideas y también le queremos rezar con nuestros sentidos cuidando las formas, las expresiones, la música, la entonación, la iluminación... todo para dar gloria al mismo Dios a quien damos gloria con la inteligencia.

La materialidad del cuerpo y de la liturgia nos hace ver la belleza de la oración y del acto de adoración a Dios. La expresión del culto y del amor a Dios tiene lugar, no como una formalidad impuesta, sino como la manera humana de amar. No se ama sólo con las ideas, sino también con la cercanía física.

«La sagrada liturgia nos da las palabras; nosotros debemos entrar en estas palabras, encontrar la concordia con esta realidad que nos precede, (...) de forma que no sólo hablemos con Dios como personas individuales, sino que entremos en el “nosotros” de la Iglesia que ora»[4].


Felipe Pou Ampuero

[1] Juan Pablo II, Ciudad del Vaticano, Audiencia 26 de febrero de 2003.
[2] Andrea Tornelli, Las sorpresas que puede deparar Benedicto XVI, según un vaticanista, www.zenit.org, 22 de mayo de 2005.
[3] Benedicto XVI, Castel Gandolfo, 31 de agosto de 2006.
[4] Benedicto XVI, Castel Gandolfo, 31 de agosto de 2006.

sábado, octubre 04, 2008

37. Absoluto

TEMAS: Verdad, Relativismo, Libertad.

RESUMEN: 1. Podemos razonar y argumentar sobre la realidad de las cosas, pero lo cierto es que el fuego quema, no tanto porque lo argumentemos y razonemos, sino porque la realidad del fuego es quemar y mejor es no comprobarlo.

2. La realidad de las cosas, en cuanto su verdad, es intolerante. Porque lo contrario de lo real es la falsedad.

3. Las democracias occidentales reconocen derechos fundamentales, cuya vigencia no proviene de una decisión mayoritaria de ningún parlamento. Antes al contrario, son derechos que limitan la voluntad de la mayoría para, por ejemplo, aprobar leyes que exterminen a determinado pueblo.

4. De qué me sirve que una ley sea legal si es injusta. Antes prefiero una ley justa pero no legal, si tuviera que elegir.

5. Admitir que pueden existir varias morales —tantas como opiniones personales— es tanto como admitir que hacer el bien depende de lo que cada uno entienda por hacer el bien. Sin embargo, el bien no es una opinión, sino que es una realidad. Hacer el bien y evitar el mal no consiste, entonces, en lo que yo opino que es hacer el bien. Sino que significa cumplir con las normas morales.

6. Somos libres para elegir hacer el bien o hacer el mal, pero nuestra libertad no nos permite decidir lo que es bueno o malo, es algo que nos supera.


SUMARIO: 1. La realidad de los hechos.- 2. La realidad moral.- 3. La moral real.

1. La realidad de los hechos

Cierto padre de maneras muy exageradas quería explicar a su hijo que el fuego es peligroso porque quema. Argumentaba y daba razones al pequeño pero, por la expresión de sorpresa del niño, intuía que no estaba comprendiendo nada de lo que le decía. Llegados a este punto, el padre cogió la manita del niño, separó uno de sus pequeños dedos y lo metió en la llama. El niño gritó de dolor porque se empezaba a quemar: — ¿ves? —dijo el padre— el fuego quema.

Podemos razonar y argumentar sobre la realidad de las cosas, pero lo cierto es que el fuego quema, no tanto porque lo argumentemos y razonemos impecablemente, sino porque la realidad del fuego es quemar y mejor es no comprobarlo.

El mundo y la especie humana podrían ser de otra manera[1]. El mundo podría ser fácil, las personas podrían ser todas buenas, podría no existir el dolor y las desgracias, en fin, el mundo podría ser una novela, pero no, el mundo es real. Y la realidad es de una manera y no de otra. Conocer la realidad de las cosas y del mundo es conocer la verdad de las mismas y es tanto como no vivir engañado. Tanto como saber que el fuego quema, por mucho que me digan que no, que eso es un invento de siglos atrasados, que la ciencia moderna dice que el fuego no quema. Pues no, el fuego quema.

La realidad de las cosas, en cuanto su verdad, es intolerante[2]. Porque lo contrario de lo real es lo ilusorio que es tanto como la falsedad. Y no se admiten términos medios, lo contrario de lo real es lo falso y lo que no es cierto en todo tiene algo de falso y, por tanto, ya no es real, así sin más.

Sin embargo, en la actualidad existe una duda generalizada sobre la posibilidad de la razón humana para conocer la realidad de las cosas, su misma verdad. Estamos convencidos que la demostración científica experimental es el certificado de la realidad. Todo lo que se puede demostrar con la ciencia es real y verdadero, lo demás lo dudamos, no estamos seguros.
De manera que, en el mejor de los casos, dudamos que la razón humana sea capaz de conocer la realidad de las normas morales, incluso que existan esas normas morales. Sí, estamos de acuerdo en que cualquiera es libre para aceptarlas y sentirse obligado con ellas, pero ¿realmente nos obligan aunque las queramos ignorar? ¿Las normas morales son reales de verdad?

La fundación de las Naciones Unidas coincidió con la profunda conmoción experimentada por la humanidad cuando se abandonó la referencia al sentido de la trascendencia y de la razón natural y, en consecuencia, se violaron gravemente la libertad y la dignidad del hombre[3]. Las democracias occidentales aprendieron a reconocer derechos fundamentales, cuya vigencia no proviene de una decisión mayoritaria de algún parlamento. Antes al contrario, son derechos que limitan la voluntad de la mayoría para, por ejemplo, aprobar leyes que exterminen a determinado pueblo.

Cuando el padre simplemente explicaba a su hijo que el fuego quema tenía la impresión que su argumentación no era contundente porque no se estaba apoyando en la realidad. Así también, cuando la justicia se presenta en términos de pura legalidad formal dentro del ordenamiento jurídico de un país determinado, los derechos corren el riesgo de convertirse en proposiciones frágiles, separadas de su dimensión ética y racional que es su fundamento último.

Porque de qué me sirve que una ley sea legal si es injusta. Antes prefiero una ley justa pero no legal, si tuviera que elegir. Luego los derechos humanos no se pueden fundar solamente en la legalidad, ni en la voluntad mayoritaria, sino que los derechos humanos tienen que fundarse en la realidad del hombre, en la verdad del hombre. Porque alguno puede discutir que la verdad existe, pero la realidad existe y es eso mismo, la verdad. La realidad es evidente y no necesita mayores explicaciones, simplemente abrir los ojos y mirar.


2. La realidad moral

Si la moral existe y es real debería ser evidente. Tenemos la sensación que lo evidente es contrario a la libertad, que impide el ejercicio de la libertad. Si dos más dos son cuatro no soy libre para decir que son cinco porque estaré equivocado. Es evidente la realidad matemática y también es evidente el error en la suma. Sin embargo, sabemos que en ocasiones cuesta encontrar el error en las sumas.

Pero la libertad no consiste en fabricar la realidad de las cosas. Yo no soy libre para fabricar un mundo a mi medida, sino que soy libre para aceptar el mundo como es o para no aceptarlo. Pero la realidad de las cosas no depende de mi libertad. Sin embargo, intentemos abrir un poco los ojos y mirar.

Las normas morales imponen al hombre hacer el bien y evitar el mal. Y esta permisa se refiere en dos niveles distintos: para con los demás y para con uno mismo. Aceptar que las normas morales existen supone tanto como aceptar que hay que hacer el bien incluso cuando no me apetezca hacerlo. Luego la esencia de la moral es cumplir el deber incluso en momentos en que no apetezca hacerlo.

Si las normas morales no existieran nadie haría nada obligado, sin desearlo. El único motivo para actuar sería el deseo y la apetencia. Es verdad que podemos conocer a personas que actúan así. Pero también conocemos a personas que actúan por sentido del deber. Cualquiera tiene experiencia de haber convivido con una persona que hace lo que le viene en gana y con otra persona que hace lo que debe. Ya sabemos la respuesta, yo quiero vivir junto al que cumple su deber y quiero estar lejos del que hace lo que le da la gana.


3. La moral real

Bien, podríamos estar de acuerdo en que hay que cumplir con el deber y no se puede vivir haciendo lo que a uno le viene en gana, es decir, que la moral existe, pero la pregunta sería: ¿qué moral es la verdadera? ¿Es válida cualquier moral o solamente una moral es la verdadera? Admitir que pueden existir varias morales —tantas como opiniones personales— es tanto como admitir que hacer el bien depende de lo que cada uno entienda por hacer el bien. Pero entonces el bien no sería una realidad, sino la opinión de cada uno, variable, concreta, cultural, histórica de un tiempo y un lugar determinado. Lo que estaba bien hace doscientos años ahora ya no y lo que ahora está bien antes no lo estaba.

Pero si esto fuera así, si el bien no fuera real, sino tan solo fuera una opinión, qué sería del hombre. Porque el bien es el bien del hombre: de cada uno y de todos los hombres. Porque si el bien no es real, si es opinable entonces resultaría que el bien de Hitler, el bien de Stalin, sería tan bueno como el bien de Gandhi.

No. El bien no es personal ni es una opinión, sino que es una realidad. Hacer el bien y evitar el mal no consiste, entonces, en lo que yo opino que es hacer el bien. Sino que significa cumplir con las normas morales. Hace el bien el que cumple con las normas morales, aunque no le apetezca. Y hace el mal el que no cumple con las normas morales, aunque le apetezca.

Y existen personas que hacen el bien y por eso son buenas y otras que hacen el mal y por eso no son buenas. No vale decir «es que yo pienso de otra manera...». Porque el bien no es opinable sino real. Y por ser real es absoluto. Lo contrario del bien es el mal.

Somos libres para elegir hacer el bien o hacer el mal, pero nuestra libertad no nos permite decidir lo que es bueno o malo, es algo que nos supera. Y es bueno saberlo para no llevarse a engaño y acabar pensando que el fuego no quema, que lo contrario es una invención de algunos exagerados. Prueba y verás.



Felipe Pou Ampuero
[1] Juan Luis Lorda, ¿Es relativa la moral?, Nuestro Tiempo, enero 2006, p.18.
[2] Robert Spaemann, Creyentes y no creyentes en la sociedad democrática, www.zenit.org
[3] Benedicto XVI, Discurso ante las Naciones Unidas, 18 de abril de 2008.

domingo, junio 08, 2008

36. Matrimonio duradero

Fecha: 1 de junio de 2008

TEMAS: Matrimonio, Fidelidad, Amor.

RESUMEN: 1. El matrimonio, como todo lo vivo, ha de ser cultivado. El amor o crece o se muere, o, en el mejor de los casos, está a punto de momificarse.

2. Lo que se necesita es que las diferencias entre los esposos no sean insalvables y, por supuesto, que se quieran y quieran quererse para siempre, no solo para un ratito, aunque sea un ratito largo.

3. El amor conyugal no es una simple pasión ni un mero sentimiento. El verdadero amor matrimonial es una donación total, definitiva, excluyente, fruto de una acto de libertad, de una determinada y libérrima determinación de la voluntad de los esposos que se decide de manera irrevocable a querer al otro de por vida, para siempre.

4. Jacinto Benavente afirmaba que el amor, todo amor, pero especialmente el de varón y mujer, tiene que ir a la escuela: es preciso aprender a amar al otro cónyuge poco a poco, durante toda la vida, de manera precisa y muy particular, tal y como necesita ser amado.

5. Lo que une al matrimonio es el cariño de los esposos, el verdadero amor que se materializa en lo cotidiano de cada momento y de cada ocasión el compromiso es tan esencial al matrimonio que es insustituible. Las uniones que no se comprometen no funcionan.



SUMARIO: 1. Las plantas.- 2. Casarse.- 3. Los peligros.- 4. Duraderos.

1. Las plantas

Hay personas a las que les gustan las plantas. Es un trozo de naturaleza en la casa. Supone tener vida cerca y verlas crecer. Pero las plantas dan trabajo. Son necesarios unos cuidados mínimos. Regar, aunque no mucho ni de cualquier manera. Regar, lo adecuado. Abonar, podar, trasplantar, en fin, las plantas son bonitas pero reclaman atención y son trabajosas.

Algunos pretenden evitarse el trabajo y los cuidados de las plantas. Han descubierto las plantas de plástico. ¡Qué invento! No necesitan agua, ni abono, ni sol, ni trasplantes. A lo más, basta quitarles el polvo de vez en cuando. La cuestión es que las plantas de plástico siempre están verdes, pero nunca están vivas y no son plantas de verdad.

Al matrimonio le pasa como a las plantas. Muchos quisieran que fuera como una planta de plástico, que no necesitara atenciones ni cuidados y que siempre estuviera verde y vistoso sin hacerle el menor caso. Pero esto no es así. El matrimonio, como todo lo vivo, ha de ser cultivado. El amor o crece o se muere, o, en el mejor de los casos, está a punto de momificarse[1]. Y la momia de un matrimonio no es nada deseable. Los matrimonios no duran sencillamente porque no se han cuidado, porque se han abandonado y acaban muriéndose.


2. Casarse

Para que un matrimonio sea duradero lo primero y más elemental es querer que dure para siempre. Nos podemos casar para siempre o nos podemos casar para un ratito. Los que se casan para un ratito no duran. Durarán más o menos, pero al final no duran.

Porque el matrimonio es una realidad muy seria, no es un invento católico, ni una ilustración gráfica de revistas del corazón. Amar a una persona –escribe Saint Exupery– no es mirarse a los ojos y acariciarse las manos, sino mirar los dos en la misma dirección[2]. Es una pena constatar que a muchas personas les cuesta diferenciar entre el flechazo inicial en que consiste ese enamoramiento romántico que solo atiende al sentimiento y el amor duradero.

Porque el enamoramiento puede conducir al verdadero amor, pero no siempre sucede así. Es necesario dejar pasar el tiempo, dando ocasión a que se construya una verdadera amistad basada en el conocimiento real y concreto de la otra persona. Amistad especial que puede acabar en verdadero amor, es cierto, pero amistad al fin y al cabo[3].

No se pide que los esposos estén cortados por el mismo patrón: que les guste lo mismo, que quieran lo mismo, que piensen lo mismo... Lo que se necesita es que las diferencias entre los esposos no sean insalvables y, por supuesto, que se quieran y quieran quererse para siempre, no solo para un ratito, aunque sea un ratito largo.

El amor conyugal no es una simple pasión ni un mero sentimiento. El verdadero amor matrimonial es una donación total, definitiva, excluyente, fruto de una acto de libertad, de una determinada y libérrima determinación de la voluntad de los esposos que se decide de manera irrevocable a querer al otro de por vida, para siempre[4].

Pero que los esposos se quieran mucho y quieran quererse para siempre no excluye que el hombre sigue siendo un varón y la esposa sigue siendo una mujer[5]. El hombre hace una cosa detrás de otra mientras que la mujer es capaz de hacer cinco cosas a la vez, con el riesgo de dar tanta importancia a los detalles que pierde lo esencial. Para la mujer todo es urgente y pocas cosas son importantes. La mujer se adapta mejor a las circunstancias por eso es tan importante para el hombre saber escuchar a su mujer y aprender a traducir los gestos de su mujer que van más allá de las simples palabras.


3. Los peligros

El amor verdadero no consiste en declaraciones formales ni en ritos protocolarios. El amor se encuentra en los pequeños gestos y atenciones que cada uno de los esposos tiene para con el otro sin ninguna obligación ni necesidad, solamente porque sabe que le agradan y le alegran y, al mismo tiempo, sabe evitar esos otros gestos y actitudes que sabe que le molestan solamente porque le quiere.

Jacinto Benavente afirmaba que el amor, todo amor, pero especialmente el de varón y mujer, tiene que ir a la escuela: es preciso aprender a amar al otro cónyuge poco a poco, durante toda la vida, de manera precisa y muy particular, tal y como necesita ser amado.

Y en esto, la casuística es de lo más variada. Hay maridos que prestan más atención al coche o al ordenador que a su esposa. No digamos del tiempo hurtado a la mujer y entregado al trabajo, a las aficiones, al fútbol... Muchos hombres tienen la profunda convicción de que su única obligación consiste en llevar el sueldo a su hogar y hecho esto tienen derecho a no prestar más atención a su esposa que al periódico, o a abandonarse y no mantener la elegancia en el vestido y en el porte, en el modo de hablar o en las posturas porque para eso ya está casado y «ya sabe que la quiero».

Para el casado no existe otra mujer en el mundo –en cuanto tal persona de sexo femenino– que su esposa. A ninguna otra le debe tratar como mujer poniendo en juego su condición de varón que ya no le pertenece porque se la entregó a su esposa en el compromiso matrimonial. Las demás mujeres serán personas a las que tratará como tales, pero no como mujeres.

Sí, es verdad, un hombre ya es infiel cuando mira con deseo a otra mujer. Pero también el casado puede comenzar a ser infiel con sólo dejarse absorber excesivamente por la profesión, acumulando todo el peso de la casa y de los hijos sobre los hombros de su esposa.

Y la mujer puede comenzar a ser infiel cuando se abandona y renuncia a mantener vibrante y despierto el amor de su marido hacia ella empujándolo a otras puertas y atenciones que sólo deberían ser las suyas. El amor se construye cada día no con ideas, sino con modos y maneras humanos, de hombres y de mujeres que es lo que somos y no otra cosa. Esto supone estar en los detalles de cada momento y seducir al marido cada día y el marido conquistar a la mujer cada día también. Somos así.

El matrimonio es un compromiso de amor que implica la donación no sólo de los cuerpos, sino de la persona entera, de la vida y del corazón. Amar así supone entregarlo todo. No basta con implicarse, es necesario comprometerse de verdad.


4. Duraderos

Ser fiel no consiste en formular una declaración de intenciones y de principios, enumerar un programa y plantear unas acciones concretas. Ser fiel consiste en renovar cada mañana el amor joven y nuevo de la primera vez de tal manera que ninguna declaración sea suficiente para expresar el cariño que se tiene.

Algunos piensan que lo que une a los matrimonios son los hijos –frutos de la unión y del amor– y que los hijos suplantan el amor y el cariño que algunos se niegan. Pero no es así. Lo que une al matrimonio es el cariño de los esposos, el verdadero amor que se materializa en lo cotidiano de cada momento y de cada ocasión. Muchos están esperando las ocasiones excepcionales para quererse y para demostrarse su cariño. Como si quererse fuera algo único, raro y extraño.

El amor matrimonial es tan natural a los hombres como el respirar y, por tanto, es tan cotidiano y frecuente entre el marido y la mujer como el hablar, el conversar, pasear, resolver problemas o irse al cine. Porque la vida no consiste en ese momento mágico y especial que no sabemos si sucederá alguna vez. La vida, por el contrario, es el tiempo que trascurre cada día en los quehaceres más normales y cotidianos, los que siempre hacemos, aquellos que no recordaremos nunca salvo por el amor que supimos poner.

Y en esto, insisto, el compromiso es tan esencial al matrimonio que es insustituible. Las uniones que no se comprometen no funcionan. Desde un punto de vista sociológico la cohabitación no implica el mismo nivel de compromiso moral y legal que el matrimonio. Las parejas que cohabitan sin comprometerse son, por regla general, más débiles que los matrimonios y dan lugar a un tipo de relación más pobre[6]. Las estadísticas dicen que el 50% de los hijos nacidos de parejas de hecho verán que su padres se han separado antes de cumplir los cinco años, mientras que entre las parejas casadas eso mismo lo experimentarán el 15% de los hijos.

Un estudio dirigido por John Crouch, director ejecutivo de la organización Americans for Divorce Reform, concluye que las ocho naciones con tasa de divorcio per cápita inferiores al 0,2% establecen periodos de espera de tres o más años y en algunos casos también consultas obligatorias.

A los propios esposos y a la sociedad nos toca cumplir y hacer cumplir nuestros propios compromisos matrimoniales. No son una carga ni una limitación. Es la manera de amarse verdaderamente entre un hombre y una mujer. El compromiso matrimonial es bueno para la sociedad, antes es bueno y positivo para las personas. Pero sobre todo, el compromiso matrimonial es una realidad necesaria para la vida y el desarrollo de las personas.



Felipe Pou Ampuero

[1] Tomás Melendo, Un matrimonio feliz y para siempre, www.fluvium.org
[2] Luis Riesgo Ménguez, ¿Cómo alcanzar el éxito en el matrimonio?, Mundo Cristiano, noviembre 2001, p. 45.
[3] Patricia Artiach Louit, Amores y flechazos, www.fluvium.org
[4] Tomás Melendo, Un matrimonio feliz y para siempre, www.fluvium.org
[5] Antonio Vázquez, Comprensión en el matrimonio, Clínica Universitaria de Navarra, folleto de Capellanía.
[6] Aceprensa, Propuestas para revitalizar el matrimonio, 18 de octubre de 2006.

domingo, abril 06, 2008

35. Valores

Fecha: 1 de mayo de 2008

TEMAS: Moral, Verdad, Política.

RESUMEN: 1. La dignidad humana pide más que la justicia y, sobre todo, pide algo distinto que la justicia. La dignidad humana demanda amor y no se encuentra hecha de una vez para siempre.

2. El hombre moderno entiende que existir significa poder desentenderse de toda atadura y autoridad, que las normas sobre el bien y el mal limitan la libertad del hombre. Pero lo definitivo es estar de acuerdo con la realidad, si no es así viviremos engañados.

3. Esta es la ocupación de nuestra generación: la excelencia, la buena educación que es educación en la verdad y para la verdad. No se define la verdad porque yo sea capaz de comprenderla y aceptarla, sino por ella misma.

4. La política y los políticos tienen, ante todo, el deber de hacer el bien y de enseñar a hacerlo. Es el compromiso con el bien. Cuando el político se contenta con prestar atenciones materiales a la sociedad a la que sirve se demuestra que es un político que no ha comprendido al hombre.

5. El reto consiste en comunicar un mensaje, no en propagar una simple lista de acciones buenas, sino una forma religiosa de vida que reconoce a Dios como la fuente de toda verdad. El nuevo horizonte de la política es la educación del corazón del hombre para situarlo mirando a Dios, fuente de la Verdad y del Bien.


SUMARIO: 1. La sociedad.- 2. La dirección correcta.- 3. La verdad no es un consenso.- 4. El mensaje.

1. La sociedad

El reparto de los bienes es de justicia. Nadie tiene derecho a tener más mientras otros todavía no tienen. Sin embargo, la sola justicia social, siendo justa y deseable, se queda muy corta. La dignidad humana pide más que la justicia y, sobre todo, pide algo distinto que la justicia. La dignidad humana demanda amor, cariño, voluntad, «querer dar» y no solamente estar obligado a dar.

Decía Chesterton que uno de los males de nuestro tiempo consiste precisamente en el hecho de que cuando las cosas van mal recurrimos a un experto para que nos solucione el problema. Pero en una situación grave no necesitamos acudir a un experto para que nos diga cómo se soluciona el problema. Ante una situación grave debemos preguntarnos por el por qué y tener el coraje de plantear las grandes preguntas que afectan a los fines y no a los medios[1].

Existen unas cuatro mil catedrales católicas en el mundo. Para un constructor sensato la historia de las catedrales es muy poco edificante: el arte avasalla a la materia poniéndola en aprietos[2]. Las catedrales testimonian que los europeos eran cristianos y dedicaban grandes recursos de todo tipo al culto. Sus interiores figuran entre los espacios más hermosos creados por el hombre. Un cimborrio, una linterna aislada y esbelta sobre el buque de la catedral es realmente un regalo colectivo. Una catedral no es tanto una ofrenda votiva de un pueblo a su Creador, sino más bien es algo parecido a un regalo de cumpleaños colectivo en el que participan todos.

A cada generación nos toca buscar rectos ordenamientos para el bien de la sociedad[3]. Esta tarea nunca se puede dar por concluida. La justicia social no se encuentra hecha de una vez para siempre, ni se puede pretender hacerla y dejarla en herencia para la siguiente generación. Si fuera eso posible los hombres ya no seríamos libres de hacer el bien o de hacer el mal. Sin embargo, como somos libres debemos conquistar nuestra libertad para el bien en la vida de cada uno.

Cada uno tiene que construirse para el bien y la suma de todos nosotros define a nuestra generación. Porque no existe la sociedad como tal. Lo que existe y podemos tocar y ver somos cada uno de sus componentes. Si nosotros no somos justos nuestra sociedad tampoco lo será. Y en esta búsqueda del bien común y de la justicia social cada generación tiene algo nuevo que aportar que aunque no impida la libertad de la siguiente generación sí la facilita y la garantiza.


2. La dirección correcta

El hombre moderno tiene cierta inercia para pensar que las normas morales y la ética son límites e impedimentos a su capacidad de expresión, a su libertad, a su existencia. Piensa que el bien ahoga al hombre y no le permite ser libre. El hombre moderno entiende que ser –existir– significa poder desentenderse de toda atadura y autoridad[4]. Por esta razón las elecciones definitivas se retrasan y se deja pasar el tiempo sin decidir sobre la propia vida, dejando que, al final, sea la misma vida quien decida sobre nosotros.

Pero la libertad del hombre posee una grandeza increíble. Gracias a ella el hombre no puede cambiar el mundo y cuanto le rodea, pero sí dispone de la capacidad de otorgarle un sentido a todo. Nos damos cuenta que no todo lo elegimos y decidimos, es mucho lo que nos viene dado: nacimiento, cultura, formación, sociedad, familia, constitución física...

Las normas sobre el bien y el mal no limitan la libertad del hombre, sino que la iluminan, le señalan el camino y la dirección correcta impidiendo que se pierda en fantasías irreales y en sueños fantásticos. Somos reales, con nuestras limitaciones y condicionamientos, también con nuestras grandezas y habilidades. Y todo ese entramado es el hombre real, cada uno de nosotros.

La moral no es extraña a la realidad de las cosas y de los hombres. La moral no es ajena a la verdad ni la combate, al contrario, la busca, nos pone en camino de nuestra verdadera realidad, de aquello que realmente somos. Por esto, porque nuestra realidad es anterior a toda ensoñación se acaba imponiendo en la sociedad y en las personas la verdad que nos dice que las cosas son como son, que tienen su propia existencia con independencia de nuestras ideologías o formulaciones personales. Lo definitivo es estar de acuerdo con la realidad, si no es así viviremos engañados.

Y hay que estar atento: nadie se engaña hasta el punto de creer que la fama, el prestigio, el placer, el poder, las riquezas le salvarán de la muerte. Lo que ocurre es que la posesión de esos bienes le distrae del miedo a morir, pero al fin se morirá como moriremos todos[5].

Esta realidad que se nos impone a pesar de nuestra imaginación es la que determina que en la actualidad las cuestiones morales enciendan más pasiones que las políticas y que en último extremo no es verdad el «vale todo» como si no hubiera nada definitivo. No es así. La realidad y su verdad es definitiva y nos muestra la dirección correcta.


3. La verdad no es un consenso

Con la verdad pasa algo semejante a lo que Talleyrand decía de las bayonetas: que se puede hacer de todo con ellas menos sentarse encima. Lo que procede hacer con la verdad es amarla[6]. El primer nivel de verdad que procede recuperar es el de las realidades mismas en cuanto diferentes de mi propia imaginación y pensamiento. El fuego de la hoguera no es una representación intelectual que realizo en mi raciocinio; el fuego es real y si lo toco me quemo y duele.

Por tanto, la ciencia humana experimental no tiene el monopolio de la objetividad, del conocimiento de las cosas tal y como son, porque una cosa es el fuego que yo veo y otra cosa distinta es el fuego en sí mismo. La verdad está fuera de mi pensamiento. No se define la verdad porque yo sea capaz de comprenderla y aceptarla, sino por ella misma. Y existe aunque la ciencia humana no quiera reconocerla. El peligro del mundo occidental es que el hombre moderno a la vista de la grandeza de su saber y de su poder, se rinda ante la cuestión de la verdad, cediendo al atractivo de lo útil y llegue a considerar que lo provechoso es lo definitivo[7].

Al hablar de verdad, de definitivo, de bien y de mal, nos viene a la cabeza la rigidez y el autoritarismo. Por rechazo podemos llegar a desear y aspirar al alejamiento de posturas firmes, de creencias fuertes, de verdades incuestionables. Algunos aspiran al pensamiento débil, a la falta de creencia y de compromiso, a la frivolidad, a no tomarse nada en serio porque nada es importante, todo es relativo.

Pero la verdad no es el resultado de un consenso parlamentario. La verdad es anterior al consenso y al hombre le toca buscarla, encontrarla y amarla. El fundamentalismo es malo porque es un error y está equivocado, no porque la verdad no exista. La verdad existe, lo que ocurre es que un fundamentalista que pretende ser el dueño absoluto de la verdad y niega la de los demás, no reconoce la verdad por sí misma y acaba por no creer en la verdad.

El problema de los fanáticos es que son fanáticos no que no exista la verdad. Y un fanático es el que no admite que otros que no piensen como él puedan tener conocimiento de la verdad y hasta estar más cerca de la verdad que él mismo.

La verdad no se pacta, ni se apalabra, ni se compadrea, ni, por supuesto, la verdad no se vota, ¡hasta ahí podría llegar la broma! Esta es la ocupación de nuestra generación: la excelencia, la buena educación que es educación en la verdad y para la verdad. Una buena educación no es aquella que se imparte con más ordenadores y mejores polideportivos y produce jóvenes más competitivos. Una buena educación es que hace diana en el corazón de la persona: la que hace pensar alto, sentir hondo y hablar claro[8].


4. El mensaje

La política y los políticos tienen, ante todo, el deber de hacer el bien y de enseñar a hacerlo. Es el compromiso con el bien. La necesidad de la dimensión ética de la política no es ya una cuestión facultativa o conveniente, sino que afecta a la misma esencia constitutiva de la política de la cual depende no sólo la calidad de la vida de las personas, de sus familias, de las instituciones y del mismo Estado, sino su misma supervivencia.

Si la política no se funda en valores y se compromete con el bien no existe sociedad humana. La dignidad humana no reclama solamente calidad económica, bienes y resolución de las necesidades básicas, tales como comida, vivienda, sanidad, seguridad pública y demás. Esto es mucho, es necesario. Pero no es suficiente. Cuando el político se contenta con prestar atenciones materiales a la sociedad a la que sirve se demuestra que es un político que no ha comprendido al hombre.

La celebración entre amigos de una buena noticia, el baile de enamorados, el paseo del poeta, la mirada del pintor, el afán de un solidario nos demuestran que el hombre no es solo materia, ni solo necesidades materiales tales como comer, sanidad, etc. El hombre busca trascender, quiere respuestas que debe buscar fuera de sí mismo y cuya respuesta no se encuentra en la materia ni en las necesidades materiales. Es justo la respuesta a estos interrogantes no materiales la que justifica cabalmente el sentido de la vida del hombre frente a todo el bienestar posible y deseable.

Porque la verdadera riqueza es la interior que adorna el corazón del hombre es preciso, es tarea urgente, que los políticos se ocupen de educar el corazón de los ciudadanos, de llenarlo de valores, de hacerlos capaces de vivir la verdadera felicidad, la que satisface a una persona.

Educar en valores, querer el bien y la verdad supone tener una fuerte convicción, creer en algo, mejor: creer en Alguien. Para convencer es necesario argumentar y para esto es preciso reelaborar el mensaje, es decir, traducir para el hombre de hoy la verdad de siempre para alejarlo del error y de formas de vida que le deshumanizan.

Comunicación positiva en primer lugar[9]. Más que insistir en lo que no somos, interesa decir y enseñar lo que realmente somos, nuestra verdad. La realidad se entiende racional y emocionalmente. Las apariencias y la imagen, lo que se ve tiene mucho valor. La fe cristiana tiene muchas dificultades para hacerse cultura porque le falta visibilidad social, concreción en un «aquí y ahora» que muestre a la audiencia de qué estamos hablando.

El reto consiste en comunicar un mensaje, no en propagar una simple lista de acciones buenas, sino una forma religiosa de vida que reconoce a Dios como la fuente de toda verdad. Este programa tiene claro un fin y, desde luego, no consiste en mantenerse en el poder por medio de acuerdos, convenios, cambalaches, parcheos y remedios.

El nuevo horizonte de la política es la educación del corazón del hombre para situarlo mirando a Dios, fuente de la Verdad y del Bien. Es un horizonte ambicioso, pero asequible. La meta es hacer feliz al hombre, conseguir una sociedad de felices, de mejores, de hombres y mujeres cabales, sensatos, con corazones grandes, amplios, generosos.

Educar el corazón del hombre es educar para el amor que significa más que hacer buenas obras. Educar para el amor significa aprender a liberarse de los obstáculos interiores que impiden la escucha y la atención del otro[10]. Es volver la mirada al otro y dejarse interpelar por él. Compartir significa entrar en relación con los demás para ofrecer el propio tiempo libre, las competencias profesionales, los propios dones de mente y de corazón con el fin de ayudarles a superar las situaciones de dificultad.


Felipe Pou Ampuero

[1] Card. Paul Poupard, Presidente del Consejo pontificio de la Cultura, Lección inaugural de la Universidad Católica de San Antonio de Murcia. 22 de noviembre de 2001.
[2] Joaquín Lorda, La lógica de las catedrales góticas, Nuestro Tiempo, mayo de 2007, nº 635, p. 70.
[3] Benedicto XVI, Enc. Spe Salvi, Ciudad del Vaticano, 30 de noviembre de 2007, n. 24 y 25.
[4] Jacques Philippe, La Libertad interior, Rialp, Madrid, 2005, p. 16.
[5] Alejandro Llano, En busca de la trascendencia, Ed. Ariel, Barcelona, 2007, p. 65.
[6] Alejandro Llano, En busca de la trascendencia... p. 14.
[7] Aceprensa, Lo que Benedicto XVI pensaba decir en La Sapienza, Servicio 9/08, 23 de enero de 2008.
[8] Alejandro Llano, La educación en la encrucijada, Nuestro Tempo, junio 2007, nº 636, p. 43.
[9] Fransciso-Javier Pérez-Latre, Algunas ideas sobre cómo transmitir valores, Nuestro Tiempo, mayo 2007, nº 635, p. 37.
[10] Card. Paul Poupard, Presidente del Consejo pontificio de la Cultura, Lección inaugural...

sábado, abril 05, 2008

34. Bien común

Fecha: 1 de abril de 2008

TEMAS: Bien común, Política, Justicia.

RESUMEN: 1.La justicia social se descubre en la ley natural que es la ley de la razón del hombre y nos dice que se debe hacer el bien y evitar el mal.

2. Esta ley de la razón o ley natural se contiene en el Derecho natural y, a su vez, inspira el Derecho positivo, las leyes que nos damos los hombres para dirigir y administrar la sociedad.

3. El bien de todos los ciudadanos es el bien común que es tanto como que en política se debe procurar la justicia social y la paz de una sociedad.

4. Existe otro sentido de la política que entiende que la política es lo más racional, es decir, lo más conveniente y razonable a las personas, que viene a ser lo más justo y correcto. Nos volvemos a encontrar con lo más natural.

5. El buen político además de respetar la ley natural debe aprender a llevarla a la práctica en un tiempo y lugar determinados y concretos, con unas circunstancias históricas concretas y no con otras.

6. Será difícil encontrar la verdad del hombre. Pero empezar por buscarla y creer en su existencia nos sitúa entre los que creen en la verdad como pasión, entre los que tienen el temple de pensar que es el estudio, el aprendizaje y la conversación racional el único camino para la resolución de los problemas comunes y para la mejora del mundo y de la sociedad

SUMARIO: 1. La justicia.- 2. La política.- 3. El político.

1. La justicia

La convivencia humana debe regirse por la justicia que consiste en dar a cada uno lo suyo, es decir, aquello que le corresponde. La justicia social se descubre en la ley natural que es la ley de la razón del hombre y nos dice que se debe hacer el bien y evitar el mal.

Esta ley de la razón o ley natural se contiene en el Derecho natural que la recoge y detalla y, a su vez, inspira el Derecho positivo, las leyes que nos damos los hombres para dirigir y administrar la sociedad. El Derecho positivo no puede estar en contradicción con el Derecho natural[1], éste tampoco puede estar en contradicción con la ley natural ni ésta con la justicia. Por esto podemos decir que una ley concreta es justa o, por el contrario, es injusta si no ha respetado los principios de justicia que se contienen en la ley natural[2].

Pero la ley natural no dispone cómo ha de ordenarse la economía en un país con unas circunstancias de tiempo y lugar concretas. Esto le corresponde a la ley positiva: a la ley positiva de ese tiempo y lugar que es histórica. La ley natural ordena que en política se debe procurar el bien de todos los ciudadanos y se debe evitar el mal de todos los ciudadanos. El bien de todos los ciudadanos es el bien común que es tanto como que en política se debe procurar la justicia social y la paz de una sociedad.

Porque la política no consiste simplemente en conseguir el poder y mantenerlo por todos los medios con una visión maquiavélica de la política para quien las leyes no serían más que un estorbo y transformarlas para mantener el poder se convertiría en una prioridad[3].

La política está al servicio del hombre, para mejorar su vida. Y el ser humano es, por de pronto, capaz de apreciar la vida, el amor, la justicia, el trabajo bien hecho, la amistad, la búsqueda de la verdad...[4] Querer servir al hombre significará como primera medida respetar al sujeto de todas esas capacidades y procurar su crecimiento y desarrollo en todas las dimensiones del mismo.


2. La política

Existe otro sentido más noble de la política que no concibe el poder como el derecho del más fuerte, ya sea fuerza física o fuerza numérica de la mayoría. Sino que entiende que la política es lo más racional, es decir, lo más conveniente y razonable a las personas, que viene a ser lo más justo y correcto. Nos volvemos a encontrar con lo más natural.

Hacer política se convierte así en concretar la ley natural en un tiempo y lugar determinado, en una realidad concreta para convertirla en justa y equitativa. El político que se propone conseguir el bien común no pretende un cambio radical de la realidad social y del mundo como si se tratara de una revolución social porque esto iría contra la paz social y también contra la justicia. Al contrario, el político que quiere hacer el bien común busca la mejora del presente teniendo en cuenta la historia de esa sociedad concreta e histórica, porque de lo que se trata es de conseguir la paz y la justicia social.

Y en esta tarea de conseguir el bien común y aplicar la ley natural en la ley positiva no es buen político el que sólo se limita a reconocer la ley natural y a respetarla. Esto es necesario pero no es suficiente. Sí se puede afirmar que el político que no respete la ley natural será un mal político porque no busca el bien común, sino su propio interés, o el de su grupo, y a la postre, no será un buen gobernante, sino un tirano.

El buen político además de respetar la ley natural debe aprender a llevarla a la práctica en un tiempo y lugar determinados y concretos, con unas circunstancias históricas concretas y no con otras. El buen político tiene la tarea de conseguir el bien común y esto se consigue armonizando la paz social —que consiste en asegurar la seguridad para las relaciones sociales de todos— y la justicia de la sociedad —que consiste en reconocer a cada uno lo que tiene derecho y el ejercicio de su libertad—.


3. El político

Para conseguir el bien común el político necesita temple, fortaleza para gobernar sin violencia, y también necesita retórica, para convencer a los ciudadanos. Porque no se gobierna a piedras que no sienten ni padecen ni piensan, sino que se gobierna a seres libres e inteligentes a los que es preciso convencer con argumentos verdaderos y no engañar con mentiras[5].

Este bien común que consiste en la paz y la justicia sociales que el político quiere instaurar en la sociedad no es la simple suma de los intereses particulares de los ciudadanos. No es un sumatorio o resultado de los intereses de la mayoría de los ciudadanos. Si esto fuera así, siempre existirían unos ciudadanos —la minoría— para los que no se habría conseguido el bien común, sino el bien de los otros, el de la mayoría.

El bien común no es equivalente al bien de la mayoría, porque entonces el bien común no es el bien de la minoría y ya no sería común. Si el bien es común ha de serlo tanto a la mayoría como a la minoría, es decir, a todos. El bien común es el bien de todos y cada uno de los ciudadanos. Y este bien en el que participan todos los hombres no es otro que la propia naturaleza que tienen en común y se rige por la ley natural o ley de la razón del hombre.

La verdadera racionalidad no queda asegurada por la mayoría de los hombres, sino solamente por la transparencia de la razón humana ante la Razón creadora y por la escucha de esta Fuente de nuestra racionalidad[6].

Esto nos hace preguntarnos ¿cuál es la verdad del hombre?, ¿quién es el hombre realmente? Responder a estas preguntas implica tener un conocimiento íntegro del hombre y renunciar a los conocimientos parciales y sólo científicos del hombre. Ante las distintas opiniones sobre el hombre, podemos afirmar que existe una verdad sobre el hombre, no es una simple opinión más contrastable con otras y a la postre prescindible. No. La verdad del hombre es una realidad necesaria, de la que no se puede prescindir.

Será difícil encontrar la verdad del hombre. Pero empezar por buscarla y creer en su existencia nos sitúa entre los que creen en la verdad como pasión, entre los que tienen el temple de pensar que es el estudio, el aprendizaje y la conversación racional el único camino para la resolución de los problemas comunes y para la mejora del mundo y de la sociedad[7]. Hacer un alegato a favor de la verdad es una manifestación de confianza en el hombre, al que no se da por perdido definitivamente.

El bien común de los hombres se concreta en aplicar en unas circunstancias históricas determinadas la ley natural, es decir, en inspirar las leyes positivas concretas, históricas y determinadas de un país y nación con los principios de la ley natural común a todos los hombres para conseguir hacer el bien y evitar el mal en este momento concreto y determinado de un país y nación.

En sociedad no se trata de imponer las propias ideas, sino de buscar la verdad del hombre. Esto lo podemos —lo debemos— hacer todos y entre todos, no solamente los cristianos, porque la verdad no es extraña a ningún hombre de bien.

Felipe Pou Ampuero

[1] Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Librería Eiditrcie Vaticana, Ciudad del Vaticano, n.142.
[2] Benedicto XVI, Discurso en la Pontificia Universidad Lateranense, Ciudad del Vaticano, 12 de febrero de 2007.
[3] Ana Marta González, Aspirando a la ley natural, Nueva Revista, nº 105, mayo-junio 2006, p.145.
[4] Ana Marta González, Aspirando a la ley natural..., p.142.
[5] Ana Marta González, Aspirando a la ley natural..., p.146.
[6] Benedicto XVI, Duscirso a la Comisión Teológica Internacional, Ciudad del Vaticano, 5 de octubre de 2007.
[7] Alejandro Llano, La verdad como pasión. Nuestro Tiempo, mayo 2005, nº 611, p.17.

domingo, marzo 02, 2008

Índice de materias (1-33)

Amor
10. Fidelidad.

Belleza

6. La moda.

Bien

15. El mal.

Bien común

22. Democracia

Ciencia

32. Modernismo.

Clonación

4. Clonación.

Conciencia

12. Verdad.
15. El mal.


Conciliación

30. Trabajadoras.

Creación

9. Creación y evolución.

Cristiano

23. Vida pública

Cultura

3. Cristiano.
20. Europa.
21. Religión.
27. Cultura


Derecho

17. Los derechos.

Dinero

16. Felicidad

Dolor

14. Dolor

Educación

3. Cristiano.
24. Educación.


Ética

4. Clonación.
27. Cultura.


Evolución

9. Creación y evolución.

Familia

1. Si se quieren... pues que se casen.
2. Hombre y mujer.
26. Familia.


Fe

18. Razonable
19. Laico.
21. Religión.


Fecundación in vitro

13. Fecundación.

Felicidad

16. Felicidad
24. Educación.


Feminismo

28. Mujer

Fidelidad

10. Fidelidad.

Fracaso

14. Dolor

Género

29. Género

Intimidad

5. Intimidad.

Justicia

33. Ley natural.

Libertad

7. Libertad.
8. El sentido de la vida.
24. Educación.


Madre

31. Madres.

Mal

15. El mal.

Matrimonio

1. Si se quieren... pues que se casen.
31. Madres.


Moda

6. La moda.

Mujer

28. Mujer
29. Género
30. Trabajadoras.
31. Madres


Persona

1. Si se quieren... pues que se casen.
2. Hombre y mujer.
4. Clonación.
5. Intimidad.
8. El sentido de la vida.
24. Educación.
25. Aborto.
26. Familia.
32. Modernismo.


Política

22. Democracia
23. Vida pública.


Pudor

5. Intimidad.

Razón

7. Libertad.
18. Razonable.
33. Ley natural.


Relativismo

11. Relativismo.

Religión

3. Cristiano.
19. Laico.
20. Europa.
21. Religión.


Reproducción asistida

13. Fecundación.

Sexualidad

2. Hombre y Mujer.
29. Género


Solidaridad

17. Los derechos.

Sufrimiento

14. Dolor

Trabajo

30. Trabajadoras.

Verdad

7. Libertad.
11. Relativismo
12. Verdad.
18. Razonable
22. Democracia
27. Cultura.
32. Modernismo.
33. Ley natural


Vida

13. Fecundación.
16. Felicidad.
17. Los derechos.
19. Laico.
20. Vida.
25. Aborto.


Vida pública

23. Vida pública.



ÍNDICE GENERAL

1. Si se quieren... pues que se casen.
2. Hombre y mujer.
3. Cristiano.
4. Clonación.
5. Intimidad.
6. La moda.
7. Libertad.
8. El sentido de la vida.
9. Creación y evolución.
10. Fidelidad.
11. Relativismo.
12. Verdad.
13. Fecundación.
14. Dolor.
15. El mal.
16. La felicidad.
17. Los derechos.
18. Razonable.
19. Laico.
20. Europa.
21. Religión.
22. Democracia.
23. Vida pública.
24. Educación.
25. Aborto.
26. Familia.
27. Cultura.
28. Mujer.
29. Género.
30. Trabajadoras.
31. Madres.
32. Modernismo.
33. Ley natural.

33. Ley natural

Fecha: 1 de marzo de 2008

TEMAS: Justicia, Razón, Naturaleza.

RESUMEN: 1. Los hombres tenemos un sentido natural de la justicia y de lo justo, de lo que está bien y de lo que está mal. Hablar de la ley natural del hombre es tanto como hablar de la ley de la razón del hombre. Esta ley natural no tiene más eficacia que la que cada uno de nosotros libremente le queramos reconocer. Pero de ese reconocimiento depende en gran medida nuestro propio bien y el bien común de la sociedad.

2. Lo que nos hace iguales a todos los hombres es que todos tenemos la misma naturaleza y reconocemos la misma ley que nos manda hacer el bien y evitar el mal. La ley más democrática de todas no es la que se encuentra respaldada por mayor número de votos, sino la ley natural, porque es la ley de todos los hombres. El criterio de la mayoría no es necesariamente bueno ni suficiente, además debe ser correcto.

3. La ley natural es una ley que descubrimos en nuestra propia razón en tanto que directiva de nuestro comportamiento. La ciencia no nos dice si un comportamiento es bueno o malo. Obrar bien requiere introducir orden en nuestros actos y deseos, para lo cual es indispensable preguntarse a dónde nos llevan nuestros actos y deseos y anticipar sus fines y objetos y valorarlos.

4. Esta es la alternativa: o somos espíritus racionales que obedecemos los valores que se desprenden de la ley natural de nuestra razón, o somos materia moldeable al capricho de los instintos o de quien los quiera manipular


SUMARIO: 1. Ley racional.- 2. Ley interior.- 3. Ley moral.- 4. Una sociedad más justa.

1. Ley racional

Dice Cicerón que no existe en absoluto la justicia si no está fundada sobre la naturaleza, porque si la justicia se funda sobre un interés, otro interés la destruye (Cicerón, Sobre las Leyes, I, 15)[1]. Los hombres tenemos un sentido natural de la justicia y de lo justo, de lo que está bien y de lo que está mal, que nos dice que existen ciertos comportamientos que son correctos y otros, al contrario, son incorrectos.

Para reconocer que la tortura contradice la naturaleza del hombre no hace falta grandes estudios: basta con preguntar al torturado. Y quien dice que la tortura no debería existir no está expresando tan sólo la repugnancia personal a la tortura sino que está afirmando un principio universal de respeto al hombre y a su dignidad[2]. Y es que para el sentido común de los hombres calificar algo como antinatural equivale a desaprobarlo y calificar cualquier conducta como natural equivale a defenderla de posibles desaprobaciones.

Pero lo natural en el hombre es la naturaleza humana. Esto es lo más natural y aquello en que nos igualamos todos. Unos serán rubios, otros bajos, unos listos, otros ricos, otros hábiles... pero todos son humanos, tienen la misma naturaleza humana y están hechos de los mismos materiales: carne, huesos y... alma. Y lo propio y característico de la naturaleza humana es la razón, porque la razón es lo que diferencia al hombre de los demás seres vivos. Y hablar de la ley natural del hombre es tanto como hablar de la ley de la razón del hombre[3].

Esta ley natural o de la razón es la que dice a cada hombre lo que está bien o lo que está mal. No se trata de una ley de fuerza o de poder, sino de una ley de razón, de autoridad, de argumentos, que dice lo que es justo y corresponde a cada cual. Esta ley natural inspira a la razón la convicción de que ciertas actitudes son realmente verdaderas y buenas y otras son realmente falsas y nocivas[4].

Esta ley de la razón es accesible de por sí sola a todos los hombres y les indica las normas primeras y esenciales que regulan la vida moral: lo bueno y lo malo en la conducta del hombre. Por ser común a todos los hombres se trata de una gran oportunidad de unir y aunar a los hombres. Esta ley natural es lo que nos iguala y nos une frente a cualquier otra posible diferencia o discrepancia.

En la historia del pensamiento occidental, el concepto de ley natural siempre ha representado la aspiración de la racionalidad por encima de la brutalidad y de la universalidad por encima del localismo. Esta aspiración racional y universal es propia de la ética y la ética es lo propio de los hombres cabales.

La referencia a la ley natural es lo que nos permite distinguir entre leyes justas y leyes injustas —¿qué otra cosa si no?—, o discernir si una ley, tal vez justa en sí misma, no debe aplicarse en un caso determinado[5]. Desde luego, la referencia a la ley natural no inspira el uso de las armas, la violencia contra el débil y el abuso de poder.

Estamos de acuerdo en que el hombre tiene un valor absoluto, por encima de intereses y componendas de otros hombres. Pero si esto es así es porque existe Alguien absoluto que respalda el valor del hombre incluso allí donde los hombres no lo respetan. El ejercicio de la libertad humana implica la referencia a una ley natural de carácter universal que precede y aúna todos los derechos y deberes[6]. Esta ley es inmutable y no está sujeta a cambios o mudanzas de acuerdo con las modas, las costumbres y los avances del progreso. Lo siento, pero pegar a una madre es algo muy feo desde siempre y me temo que siempre lo será por mucho que adelante la biociencia.

Creo que estamos de acuerdo en que hablar de ley natural es tanto como hablar de unos principios morales básicos cuya vigencia no depende de ninguna autoridad política o eclesiástica, pues precede a una y a otra. Y creo también que este concepto se nos ha ido olvidando. Para Aristóteles la ley natural no era una realidad pre-política, sino algo propio y constituyente de la vida política[7].

Pero esta apelación a la naturaleza, a la ley natural de la razón resulta incómoda para los políticos porque entraña el reconocimiento de que su poder tiene un límite que no se puede traspasar sin graves peligros. La renuncia a la ley natural como criterio de praxis jurídica y política conduce inmediatamente a imponer el descriterio y el capricho de unos pocos sobre todos los demás.

Esta ley natural no tiene más eficacia que la que cada uno de nosotros libremente le queramos reconocer. Pero no hace falta ser muy listo para advertir que de ese reconocimiento depende en gran medida nuestro propio bien y el bien común de la sociedad.


2. Ley interior

La ley natural de la razón humana aprecia como una verdad primera y original a todo hombre el principio que dice «haz el bien y evita el mal». En esto estamos todos de acuerdo porque todos los hombres —absolutamente todos— somos seres morales por naturaleza. Se podría decir que lo que hace a los hombres iguales de verdad no es una afirmación constitucional, ni una declaración universal de derechos, ni una manifestación parlamentaria. Lo que nos hace iguales a todos los hombres es que todos tenemos la misma naturaleza y reconocemos la misma ley que nos manda hacer el bien y evitar el mal.

Por esto se puede afirmar con contundencia que la ley más democrática de todas no es la que se encuentra respaldada por mayor número de votos, sino la ley natural, porque es la ley de todos los hombres. Venimos al mundo con la ley natural puesta. Claro está, todos queremos hacer el bien, pero no coincidimos en qué cosa sea el bien. Pero esto es la segunda parte de la cuestión. La primera es que la ley natural es humana y de todos los hombres.

Y en esta universalidad de la ley natural a veces se confunde la defensa de la ley natural con una profesión de fe concreta. Que los cristianos defendamos la existencia de la ley natural, que es una ley de todos y que no cambia con el tiempo, no quiere decir que la ley natural sea un asunto cristiano, ni siquiera que la ley natural sea una ley religiosa o cristiana.

Considerada en sí misma, la ley natural no es un asunto cristiano, sino que es un asunto profundamente humano en el que todos podemos coincidir. La Iglesia reconoce en la ley natural una huella del plan original de Dios sobre el hombre, una verdad básica que permite enlazar con la plenitud de la verdad sobre el hombre que la Iglesia descubre en Jesucristo[8].

Pero no se trata de que la ley natural coincida con el Decálogo de la Ley de Dios. Más bien, se trata de que el Decálogo expresa por escrito y con más claridad verdades de la ley natural que pueden oscurecerse por diversos motivos. Porque algunos problemas morales son bastante complejos y para estar a su altura el juicio de conciencia debe refinarse. Así el Decálogo nos dice que evitar el mal es no matar, no robar, no insultar; que hacer el bien es amar a Dios, amar a los demás y desearles el bien.

Por esto, la mayor parte de nuestros desacuerdos no se refieren a la ley natural, sino a su materialización práctica en unas determinadas circunstancias. Podemos estar de acuerdo en hacer el bien, pero Stalin no pensaba que hacía mal cuando «libraba» a ciertas personas de su pueblo, tampoco Hitler pensó traicionar a su nación eliminando al pueblo judío y tantos ejemplos que nos vienen a la cabeza.

Habrá que afinar el criterio moral, estudiar y formarse. Pero algo ya queda claro desde el principio. El criterio válido es el de la ley natural que es un criterio racional. Y la razón hace referencia necesariamente a la verdad, no al poder o a la fuerza o la simple mayoría. El criterio de la mayoría no es necesariamente bueno ni suficiente, además debe ser correcto y racional.


3. Ley moral

Las leyes físicas —la gravedad, por ejemplo— sólo se pueden formular sobre la base de regularidades empíricas comprobadas, de tal manera que si se prueba la excepción ya no puede propiamente hablarse de ley. En el espacio no hay gravedad, pero en la Tierra siempre la hay, es inevitable.

Sin embargo, esto no ocurre con la ley natural, que a menudo es conculcada —matar a un inocente— y no por eso la ley del no matarás deja de ser ley. Porque la ley natural no es una ley que podamos descubrir y comprobar en la naturaleza de las cosas y del mundo creado, sino que es una ley que descubrimos en nuestra propia razón en tanto que dirige y ordena nuestro comportamiento.

La ciencia no es una norma de conducta del hombre. La ciencia no nos dice si un comportamiento es bueno o malo. Para saber que matar es hacer daño y está mal no hace falta consultar a un médico. Sin embargo, el conocimiento de un médico puede ser relevante para saber si una persona está o no está muerta. Porque al hablar de la conducta de los hombres no me refiero a la ley física, ni a la ley de la ciencia, sino a la sabiduría de la vida, a saber vivir. Y para saber vivir hay que saber qué es el hombre. Esto no nos lo dice la ciencia. La medicina nos dirá cómo es el hombre, sus órganos, su anatomía. Sin embargo, para saber qué es el hombre hay que contestar al sentido de su vida, al porqué de sus actos. Y esto lo contesta la ley natural que nos dice el criterio de bondad o maldad de la actuación de cada hombre.


4. Una sociedad más justa

La ley natural se presenta como una participación de una ley mayor, superior y anterior al mismo hombre que es la ley eterna con la que Dios dirige el mundo. No podemos olvidar que también para Dios la ley natural es, ante todo, la ley de nuestra razón práctica, el principio último de nuestras actuaciones.

Dios —si puedo hablar así— también sabe que la religión no es la primera fuente de las convicciones éticas del hombre. Estas convicciones (hacer el bien, no matar, no robar) se abren paso en la vida del hombre por la propia ley natural impresa en cada corazón humano. Y este bien que cada hombre quiere hacer se concreta de entrada en las inclinaciones naturales y primarias que todo hombre tiene: hacia la vida, hacia la sexualidad y procreación y hacia la convivencia y vida en sociedad con los demás.

Estos primeros principios son verdades originales por cuanto se distinguen de los demás conocimientos adquiridos por estudio y discurso[9]. Estos principios originales son la concreción de una convicción filosófica que dice que la norma moral no es la consecuencia de unas convicciones humanas, sino que es anterior a ellas. La ley natural pone orden en nuestras inclinaciones a la vida, a la sexualidad y a la sociedad para que en todas se haga el bien y se evite el mal, para que nuestras acciones sean siempre justas y equitativas.

Por esta razón la ética es una forma de sabiduría, en el sentido de que sabio no es la persona que sabe mucho de algo o hasta de todo, sino la persona que sabe vivir en general. Obrar bien requiere introducir orden en nuestros actos y deseos, para lo cual es indispensable preguntarse a dónde nos llevan nuestros actos y deseos y anticipar sus fines y objetos y valorarlos. Todo esto es obra de la razón, no de los impulsos sensuales, desde luego.

Obrar bien entraña en la práctica cumplir una serie de preceptos, pero desde el punto de vista moral importa, y mucho, la manera de cumplirlos. Y, precisamente, porque el hombre no es razón pura, sino cuerpo y razón, su misma corporalidad no es irrelevante a la hora de ordenar sus actos al bien. La vida personal no es indiferente de nuestras creencias. Esta es la alternativa: o somos espíritus racionales que obedecemos los valores que se desprenden de la ley natural de nuestra razón, o somos materia moldeable al capricho de los instintos o de quien los quiera manipular[10].

Si por un lado el hombre sólo alcanza a desarrollar su humanidad en sociedad, por otro, la sociedad sólo es realmente humana cuando respeta la naturaleza del hombre, es decir, cuando encuentra en la naturaleza humana su pauta de desarrollo[11].


Felipe Pou Ampuero

[1] Cfr. Ana Marta González, La naturaleza y lo natural como límite al poder. Nuestro Tiempo, mayo 2005, n. 611, p. 102.
[2] Robert Sapemann, ¿Son ‘natural’ y ‘antinatural’ conceptos moralmente relevantes?, www. Aceprensa.com
[3] Benedicto XVI, Discurso a la Comisión Teológica Internacional. Ciudad del Vaticano, 5 de octubre de 2007.
[4] Juan Manuel de Prada, La abolición del hombre, El Semanal, 7 de octubre de 2007.
[5] Ana Marta González, Nuestro Tiempo, marzo 2007, n.633, p.64.
[6] Juan Pablo II, Enc. Veritatis Splendor, n.61
[7] Ana Marta González, La naturaleza y lo natural como límite al poder. Nuestro Tiempo, mayo 2005, n. 611, p. 104.
[8] Ana Marta González, entrevista de Corina Dávalos publicada en Zenit La ley que usamos con más frecuencia, la más democrática de todas es la ley natural.
[9] Alejandro Llano, La ética puede aprender de la naturaleza, Alga y Omega, 4 de mayo de 2006.
[10] Juan Manuel de Prada, La abolición del hombre, El Semanal, 7 de octubre de 2007.
[11] Ana Marta González, La naturaleza y lo natural como límite al poder. Nuestro Tiempo, mayo 2005, n. 611, p. 107.

sábado, febrero 02, 2008

32. Modernismo

Fecha: 1 de febrero de 2008

TEMAS: Ciencia, Persona, Verdad.

RESUMEN: 1. Tenemos raciocinio para conocer la realidad que nos rodea y este conocimiento, cuando es verdadero nos hace comprender el mundo y al mismo hombre. Pero la realidad de las cosas y del mundo que nos rodea y la realidad del mismo hombre no queda totalmente definida sólo por los fenómenos que el hombre puede percibir.

2. Para el hombre modernista sólo existe lo que se puede conocer racionalmente. Sólo es realidad lo que se puede comprobar y certificar. Lo demás, entre otras cosas, la misma existencia de Dios y del mundo espiritual, no es científico ni real.

3. El hombre modernista piensa que el modo de alcanzar la felicidad en la vida es evadiendo la cuestión de la verdad.

4. Para el filósofo modernista la fe es inmanente al hombre, por tanto, Dios, que es el objeto de la fe, no es Alguien que trasciende al hombre sino que es una idea y un sentimiento del hombre. El concepto modernista de dios es tan simple y tan irreal, tan falso y tan feo, que convierte a dios en una caricatura del verdadero Dios.

5. Que la razón humana no pueda comprender a Dios por sus solas facultades humanas no significa que Dios no exista. Más bien hace referencia a la absoluta falta de proporción entre la existencia de Dios y el entendimiento humano.

6. Como Dios existe, no existe la idea de Dios, ni ser cristiano es una idea, ni menos una ideología, sino que Dios es el Señor de la historia y la causa y principio del hombre y del mundo. El modernismo como intento de diálogo del mundo moderno padece un error inicial: poner en entredicho el sentido de la relación de Dios con el mundo.

7. Se encuentran enfrentadas dos maneras de entender la vida: vida humana con Dios o vida humana sin Dios, ésta es la cuestión capital.


SUMARIO: 1. Saber.- 2. ¿Quién es Dios?.- 3. ¿Qué es la religión?.- 4. Realismo.- 5. La opción fundamental.-

1. Saber

Modernista viene de moderno, sin embargo, los modernistas ya van siendo viejos. Se nos ha ido el año 2007 y, entre otros aniversarios, hemos celebrado el centenario de la «Pascendi» que en 1907 enseñó los errores del modernismo y de su forma de entender el mundo.

Aristóteles inició su Metafísica diciendo que todo hombre por naturaleza desea saber (Metafísica I, 1: 980 a 1). El deseo de conocer y de saber forma parte esencial del hombre. Tenemos raciocinio para conocer la realidad que nos rodea y este conocimiento, cuando es verdadero, nos hace comprender el mundo y al mismo hombre. Tan esencial es al hombre que no puede prescindir de este afán de conocimiento.

Pero la razón humana tiene los límites propios de la naturaleza humana. Conoce los hechos, lo que acontece, lo que ocurre alrededor del hombre y éste puede percibir por sus sentidos. El hombre percibe fenómenos. Podría llegar a ocurrir que se quisiera conocer el mundo sólo desde el punto de vista del hombre y sólo por los hechos que el hombre puede percibir. Sería un conocimiento fenomenológico y, por tanto, limitado y parcial. Porque la realidad de las cosas y del mundo que nos rodea y la realidad del mismo hombre no queda totalmente definida sólo por los fenómenos que el hombre puede percibir.

Los modernistas sostienen que el hombre, tal como es, no posee el derecho ni la facultad de franquear los límites de las cosas materiales y, por tanto, con sus solas facultades es incapaz de elevarse hasta Dios, ni de conocer su existencia[1]. De donde resultaría que el hombre no podría conocer, ni siquiera atisbar, por las cosas creadas la existencia de un Creador.

La filosofía moderna o modernista a partir de la Ilustración renunció a conocer la verdad de la realidad y del mundo que rodea al hombre y se aferró a la certeza (incompleta) que pueda conseguir por medio del conocimiento racional. Ante la incapacidad propia para conocer la verdad de las cosas, renunció a la verdad misma y se conforma con la certeza que puede dar la racionalización del mundo. Para el hombre ilustrado el mundo deja de ser el mundo real y empieza a ser el mundo científico. El mundo no científico, por no poderlo conocer el hombre dentro de sus límites, simplemente se desprecia y se relega a los confines de lo imaginario.

Para el hombre modernista sólo existe lo que se puede conocer racionalmente. Sólo es realidad lo que se puede comprobar y certificar. Lo demás, entre otras cosas, la misma existencia de Dios y del mundo espiritual, no es científico ni real.

Esta decisión implica renunciar a reconocer que existe una inteligencia más alta que la humana, que es la inteligencia del Creador que determina lo que son las cosas y los límites del poder humano de transformarlas[2]. No reconocer un Creador es tanto como admitir que Dios no existe y entonces la lógica de la realidad de las cosas va por otros caminos.

El hombre modernista piensa que el modo de alcanzar la felicidad en la vida es evadiendo la cuestión de la verdad. Si la verdad no se puede alcanzar con las solas fuerzas humanas, entonces viviremos sólo de la certeza científica, dicen. Por tanto, al modernista que renuncia a la verdad y al conocimiento de Dios no le queda más salida que el agnosticismo. ¿Dios existe? No lo sé, no lo puedo comprobar científicamente, no lo puedo ver con el microscopio.

Para los modernistas, la ciencia tiene que ser atea. ¿Cómo va a fundarse la ciencia y el saber científico en una verdad indemostrable? Dios y lo divino quedan desterrados[3]. De donde se infieren dos consecuencias: una, que Dios no puede ser objeto directo de la ciencia; y dos, que Dios, de ningún modo, puede ser sujeto de la Historia. La realidad y la Historia de los hombres es científica —piensan— y Dios es imaginario.

Por esta misma lógica, las leyes de los Estados y el orden público y cívico de las sociedades humanas deben ser científicos y verdaderos, por lo menos ciertos y seguros, de modo y manera que las leyes no deberán tener en cuenta a Dios ni a las creencias de los ciudadanos porque todas esas cosas pertenecen al mundo imaginario de cada cual, pero no son reales.

Para los hombres modernistas surge un desdoblamiento de la personalidad. En cuanto científicos y hombres de su tiempo son personas agnósticas y certeras, que se atienen con seguridad a la realidad que se puede palpar y tocar. Pero en cuanto a su mundo interior —el imaginario— queda relegado a la intimidad caprichosa de cada uno que no tiene derecho a trascender a su vida pública[4].

La cultura modernista manifiesta una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera y que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como conocimiento personal de la verdad íntima de cada hombre.

El gran obstáculo para aceptar la noticia sobre el destino eterno del hombre es su propia autosuficiencia, que prefiere aferrarse a la crispación de la certeza individual, antes que abrirse a la riqueza de la verdad compartida[5]. Pero el ansia de verdad que anida en el corazón del hombre reclama su derecho a saber. El gran vacío interior que atenaza a muchas personas, la pérdida del sentido de la vida, la fragmentación de la existencia, el decaimiento creciente de la solidaridad entendida sólo como ayuda material, es un grito silencioso del hombre moderno que dice que algo no encaja, que al puzzle de la filosofía modernista le falta una pieza.

Emerge un nuevo modo de pensar que trata de comprender lo que nos está pasando y ¡qué sorpresa! está interesado ni más ni menos que en la verdad[6]. Porque lo que conocemos por medio de los fenómenos, lo que acontece ante nosotros, no son nuestras ideas, sino las cosas mismas, que tienen su propia existencia aunque no la pudiéramos comprobar y certificar científicamente. Esa montaña existe porque es y no porque yo la vea y la conozca. Es más, existirá siempre aunque yo no la conozca.


2. ¿Quién es Dios?

Lo moderno no es lo modernista, que, en el fondo, es una manera de combatir la religión y la existencia de Dios. Para el filósofo modernista, hijo de la Ilustración, la fe es inmanente al hombre, se tiene que explicar desde el mismo hombre que es la única realidad verificable. Por tanto, Dios, que es el objeto de la fe, no es Alguien que trasciende al hombre y se encuentra fuera y por encima del hombre, sino que Dios es una idea y un sentimiento del hombre[7].

Dios, en cuanto Dios, no existe, dicen. Es una necesidad de algunos hombres que necesitan creer en algo. El objeto de la fe no es Dios, sino la idea de Dios y como tal idea es objeto de comprobación, de crítica, de razonamiento y, sobre todo, la idea de Dios es algo humano y, por supuesto, no es divina. Dios ha dejado de ser un «Quién » y se ha convertido en un «qué».

De aquí se puede concluir fácilmente que si dios es una idea, Cristo fue un hombre más, no Dios ni el Hijo de Dios. Cristo fue un hombre singular, especial y extraordinario, pero sólo fue un hombre y los cristianos seguiríamos a un hombre.

Al pensar en dios como un hombre se le reduce y somete a las limitaciones propias de los hombres y se pretender entender y comprender a dios como se pretende comprender a un hombre más. El concepto modernista de dios es tan simple y tan irreal, tan falso y tan feo, que convierte a Dios en una caricatura del verdadero Dios.

Desde luego yo no creo en un dios como el que describen los modernistas. Ni mi Dios es una idea de dios. Dios es una Persona, divina por más señas y, desde luego, existe en la realidad no en mis ideas. Dios es el fundamento de la realidad, tan fundamento que sin la existencia de Dios no existiría la realidad misma. Por tanto, si quiero conocer la verdadera realidad debo conocerla como Dios mismo la conoce y me lo hace saber por medio de su Palabra revelada.

¡Huy!, todo esto me parece poco demostrable. ¿Qué puedo hacer?


3. ¿Qué es la religión?

Para un modernista la religión es la necesidad del hombre de creer en algo y de satisfacer su mundo espiritual. Por tanto, la religión es un sentimiento que tiene su causa y origen en la necesidad humana de espiritualidad. La religión no debe buscarse fuera del hombre, sino en su interior. El objeto de la religión es un sentimiento que tuvo su origen en la conciencia que dejó Cristo cuando vivió históricamente entre los hombres. Cristo fue aquel hombre de naturaleza privilegiada, único entre los hombres y singular de todo punto, pero en cuanto hombre murió y sólo nos queda de él su recuerdo y ejemplo.

Porque todo encaja si resulta que Dios no existe. Porque si Dios existiera entonces la religión no sería un sentimiento del hombre, sino el conocimiento y relación con el Otro, el único no-hombre con el que el hombre puede relacionarse. Y si además resulta que ese Dios quiere hablar al hombre como un Padre entonces resulta que la religión es un don de Dios, una relación cariñosa y no un sentimiento.

Pero todo esto no tiene ninguna lógica científica. En qué cabeza cabe que un Dios se pueda humillar tanto...


4. Realismo

Si Dios no existe entonces la fe se tiene que explicar con categorías humanas y acudiendo a los sentimientos de los hombres, fabricando un dios a la medida del entendimiento del hombre. Pero si Dios existiera entonces la fe no podría explicarse con las categorías de una filosofía subjetivista. Como recordaba Chesterton el empeño de la postura cientifista de reducir todo a lo empírico acota la realidad sólo a lo que se puede ver con el ojo humano.

Si no queremos admitir que Dios sea superior al hombre, por la misma razón tampoco podremos probar que el hombre es superior al caballo[8]. Que la razón humana no pueda conocer a Dios y apreciar su existencia por sus solas facultades humanas no significa que Dios no exista. Más bien hace referencia a la absoluta falta de proporción entre la existencia de Dios y el entendimiento humano[9].

Lo peor que le puede pasar a un hombre es llegar a la verdad de los hechos y descubrir que éstos no tienen sentido. La confianza en la razón sólo se puede apoyar en la fe, en que todos los acontecimientos de la vida están dotados de un sentido trascendente.

No son los elementos del cosmos, las leyes de la materia, lo que en definitiva gobierna el mundo y el hombre, sino que es un Dios personal quien gobierna las estrellas, la última instancia es la razón, la voluntad, el amor: una Persona[10].

Sin embargo, si Dios existe, los Libros sagrados son la Palabra de Dios que viene al encuentro de la razón humana, esa razón pequeña y limitada, creada a imagen de la divina, pero en todo inferior a la suya. Esa razón humana que no puede demostrar la existencia de Dios, como tampoco puede demostrar la existencia de tantas cosas en las que cree y confía. Pero que por la Palabra de Dios sabe que no todo se acaba aquí abajo, que nuestro futuro está asegurado.

La realidad de las cosas y del mundo no es tal como la ven nuestros ojos de hombres racionales y modernistas, sino como la ven los ojos del Creador, que son capaces de ver lo visible y lo invisible, lo que parece que importa y lo que es realmente importante. El hombre real que sabe que Dios existe vive para Dios y sabe que no se aleja del mundo porque el mundo es de Dios y Dios se ha vinculado definitivamente a nuestro mundo en la carne de su Hijo[11].

Como Dios existe, no existe la idea de Dios, ni ser cristiano es una idea, ni menos una ideología que dependa de circunstancias históricas de un tiempo y de un lugar, ni se trata de una teoría sometida a las leyes de la historia. Como Dios existe es el Señor de la historia y la causa y principio del hombre y del mundo, es la explicación acabada de la realidad[12].

La existencia de Dios es la primera y principal realidad de todas. Sin Dios nada tiene sentido. Si no existe una referencia por encima del hombre que justifica el sentido de la vida, ninguna vida tendría sentido y todas quedarían expuestas al sentido de un hombre o de un grupo de hombres que se considerarían superiores a los demás. Sólo reconociendo a Dios superior al hombre el hombre es respetado por el mismo hombre.


5. La opción fundamental

El modernismo como intento de diálogo del mundo moderno padece un error inicial: poner en entredicho el sentido de la relación de Dios con el mundo. El mundo no solamente es conocido por la razón humana, sino también y, sobre todo, es conocido por lo revelado por la Palabra de Dios. Esto significa situar el centro del mundo no en el hombre y su raciocinio, sino en Dios, su Creador[13].

Tenemos que tener en cuenta la gravedad del conflicto cultural en el que vivimos actualmente. Se encuentran enfrentadas dos maneras de entender la vida: vida humana con Dios o vida humana sin Dios, ésta es la cuestión capital[14]. Pero esta dualidad no se debe comprender como una exclusión de la razón humana y de la racionalidad. Dios no pide al hombre que reniegue de su humanidad ni de su racionalidad: entre otras cosas porque la razón humana también es creación divina.

Si la razón humana es capaz de organizar la convivencia y elaborar modelos de vida y de comportamiento, la fe purifica y enriquece las capacidades naturales, ilumina la razón, purifica los deseos y fortalece la voluntad para percibir y practicar el bien en la vida personal y social. Éste es precisamente el error de la filosofía modernista: pensar que el hombre encerrado en sí mismo, sin contar con Dios, puede alcanzar la plenitud de su existencia.

En la posmodernidad vuelve a ser imposible discutir de ética y de política sin recurrir a algo así como una verdad de la vida humana, es decir, a lo que hemos empezado a llamar de nuevo humanismo[15]. Tenemos que aprender, en primer lugar, a distinguir entre lo que me parece bueno y lo que realmente es bueno; entre lo que me apetece y aquello que verdaderamente me perfecciona como persona, lo que me hace mejor persona.

La vida humana es como un juego en el que se puede perder y se puede ganar. Pero la victoria solo es posible si cabe la derrota. Y este juego es el ejercicio de la libertad que cada uno tenemos y que nos permite decir sí o decir no, y también nos permite rectificar nuestras equivocaciones. Con el escritor converso al catolicismo T.S. Elliot podemos decir que nunca dejaremos de explorar y el final de nuestra búsqueda consistirá en llegar al lugar donde habíamos comenzado y conocer ese lugar por primera vez[16].

«Si Dios no existe está todo permitido» dijo Fiódor Dostoyevski en Los hermanos Karamazov. Sin embargo, si Dios existe «nada te turbe, (...). Solo Dios basta.» dice Santa Teresa de Jesús.

«El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten»[17].


Felipe Pou Ampuero

[1] San Pío X, Enc. Pascendi Dominici Greeci, Ciudad del Vaticano, 8 de septiembre de 1907, n.4
[2] Ángel Rodríguez Luño, Relativismo, verdad y fe,
[3] San Pío X, Enc. Pascendi Dominici Greeci, n.4
[4] Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, ¿Dónde está tu Dios?, Ciudad del Vaticano, 11-13 de marzo de 2004, n.I-3.
[5] Alejandro Llano, ¿Qué nos espera?, Alfa y Omega, ABC, 1 de marzo de 2007.
[6] Alejandro Llano, Humanismo y posmodernidad, Nuestro Tiempo, n. 627, septiembre 2006, p.21
[7] San Pío X, Enc. Pascendi Dominici Greeci, n.18.
[8] Eduardo Terrasa, Escritores conversos. Una epopeya silenciosa, Nuestro Tiempo, n. 641, noviembre 2007, p.54.
[9] San Pío X, Enc. Pascendi Dominici Greeci, n.40.
[10] Benedicto XVI, Enc. Spe Salvi, Ciudad del Vaticano, 30 de noviembre de 2007, n.5.
[11] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Vivir cristianamente en democracia, Pamplona, 3 de marzo de 2007, www.zenit.org.
[12] Benedicto XVI, Discurso en la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida (Brasil), 13 demayo de 2007.
[13] R. García de Haro, Gran Enciclopedia Rialp, tomo 16, voz Modernismo teológico, p. 147.
[14] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, ob.cit.
[15] Alejandro Llano, Humanismo y posmodernidad, p.29.
[16] Eduardo Terrasa, Escritores conversos. Una epopeya silenciosa, p.61.
[17] Benedicto XVI, Homilía de Nochebuena, Ciudad del vaticano, 25 de diciembre de 2007, www.vatican.va.