domingo, junio 04, 2006

16. Felicidad

Fecha: 2 de junio de 2006

TEMAS: Felicidad, Vida, Dinero.

RESUMEN: 1. Aunque en el último medio siglo los hombres hemos doblado nuestros ingresos económicos, todas las encuestas muestran que no somos más felices que nuestros abuelos.

2. Muchos piensan que la felicidad se encuentra en las cosas o en los placeres o en otro lugar, como si la felicidad fuera una cosa o un objeto o una categoría que se tiene o no se tiene.

3. La felicidad no es algo que se tiene enseguida, ni mucho menos de modo improvisado o casual, así, a la vuelta de la esquina y sin habérselo trabajado. Por el contrario, la felicidad se alcanza tras un largo esfuerzo sobre nosotros mismos.

4. Según las encuestas las personas que se ocupan de otros son más felices que las que sólo se ocupan de sí mismas. Las mismas encuestas señalan que no es el dinero, sino el matrimonio lo que proporciona mayor felicidad a las personas.

5. Nuestra vida es demasiado importante como para ser vivida de una manera ligera y frívola. Exige ser vivida con hondura, con reflexión, con coherencia. La felicidad se vive, se ejercita, se practica por el hombre que vive su vida de la mejor manera posible.

6. Para ser feliz no se trata de tener algo, sino que, más bien, se trata de aprender a ser alguien, parece que debemos aprender a vivir. Porque todos vivimos, pero no sabemos vivir por el solo hecho de haber nacido. La vida es un oficio que debemos aprender, debemos aprender a ser felices.

SUMARIO: 1. Lo que todos quieren.— 2. ¡Es posible ser feliz!.— 3. El sí y el no de la felicidad.— 4. Un estilo de vida.— 5. Donde se encuentra la felicidad.

1. Lo que todos quieren

Según estudios recientes[1] aunque en el último medio siglo los hombres hemos doblado nuestros ingresos económicos, todas las encuestas muestran que no somos más felices que nuestros abuelos. En última instancia lo que todos queremos no es competir a toda costa, sino ser felices, disfrutar de la vida. Las mismas encuestas dicen que las personas que centran su vida en el placer o en el egoísmo acaban por aburrirse de cada uno de los sucesivos niveles que van alcanzando en cada objetivo conseguido. Lo mismo se puede decir con las personas que piensan que la felicidad se encuentra en la comodidad y huyen despavoridamente de realizar cualquier esfuerzo.

Muchos piensan que la felicidad se encuentra en las cosas o en los placeres o en otro lugar, como si la felicidad fuera una cosa o un objeto o una categoría que se tiene o no se tiene. Y si no se tiene se afanan en buscarla como si fueran las llaves del coche... ¿Dónde están las llaves? Y uno anda buscando las llaves por toda la casa hasta que las encuentra. Me temo que no es así, La felicidad no es como las llaves que está por ahí perdida y hay que encontrarla para ser feliz.

El dinero, por ejemplo, no asegura la felicidad. Ricos y tristes hay unos cuantos, ricos y solos también. También hay ricos y felices, porque no es nada malo tener dinero, siempre que se haya conseguido honradamente y no se encuentre uno atado al dinero. El dinero —como es evidente— sólo proporciona los bienes que se pueden comprar y están en el mercado. Desde luego que el dinero, por sí solo, no compra la paz del alma, ni enseña a saber disfrutar de la naturaleza, ni la fuerza de la amistad[2].

Sin embargo, el hombre es animal (racional) que recae en los mismos problemas. No nos sirve la experiencia ajena para aprender y muchos hombres sensatos pero demasiado prácticos acaban creyendo que lo único provechoso que pueden hacer con su vida es dedicarse a ganar dinero, cuanto más mejor, y se entiende que actuando honestamente. Pero viven como si el dinero fuera lo único importante que existe olvidando otras muchas cosas que también son importantes y, a veces, más importantes que ganar dinero.

A muchos se les podría poner en su epitafio «Fue un buen hombre, pero sólo se dedicó a ganar dinero...» Y realmente, muchos padres de familia han invertido su vida en ganar dinero para sus familias pensando que era su obligación y lo mejor que les podían dar a sus hijos y, sin embargo, la familia ha estado deseando poder disfrutar de ese padre que no han visto porque estaba dedicándose a asegurarles un porvenir.

El dinero no compra la felicidad, sencillamente porque la felicidad no se puede comprar, como no se puede comprar la alegría, la amistad, el cariño, la satisfacción, la belleza, el esplendor y tantas y tantas cosas que no son materiales y que, sin embargo, son tan necesarias a los hombres como el mismo alimento.

Al mismo tiempo, y siguiendo los resultados de las encuestas se puede apreciar que las personas felices no son todas ricas, pero algunas sí; no son todas artistas, pero algunas sí; no tienen todas la vida resuelta, pero algunas sí. Lo que sí tienen en común las personas felices es que tienen vida interior, profundidad, reflexión, apreciación de los sucesos y los detalles de su vida, que saben mirar lo que les sucede, tienen reposo. Son personas que «saben vivir». Parece que tienen en común un determinado talante a la hora de plantearse su propia vida y lo que les pasa.


2. ¡Es posible ser feliz!

Claro que es posible ser feliz aunque no se tenga toda la riqueza del mundo, ni todo el bienestar, ni la salud asegurada de por vida. Porque la felicidad no consiste en nada de eso. Sin embargo, en nuestra sociedad de consumo y de comida rápida, estamos acostumbrados a la rapidez de resultados y la felicidad no es algo que se tiene enseguida, ni mucho menos de modo improvisado o casual, así, a la vuelta de la esquina y sin habérselo trabajado. Por el contrario, la felicidad se alcanza tras un largo esfuerzo sobre nosotros mismos[3].

Y es que cualquier vida es difícil de gobernar si no existe un constante y diario esfuerzo por estar conectado a la realidad. Lo bueno es ser real, no ser imaginario o fantástico. Y para ser real hay que empezar por uno mismo, por conocerse mejor; como en realidad somos. Las personas tenemos cabeza y corazón, razón y sentimientos. Tenemos una gran capacidad afectiva y somos capaces de amar mucho y esto no es nada malo pero, a veces, los sentimientos nos juegan malas pasadas si no los sabemos controlar o entender y nos desfiguran la realidad de las cosas y hasta podemos llegar a pensar que se acaba el mundo porque hemos tenido un revés amoroso.

La razón nos distingue de los animales y nos hace superiores a todo lo creado, pero el puro racionalismo que se enseñorea falsamente nos engaña y nos hace pensar que somos «dioses» cuando en realidad somos de lo más «normalito». La voluntad nos permite forjarnos metas y pelear por ellas y conseguirlas o no, pero ayuda a formar una vida. Sin embargo, el simple voluntarismo nos puede llevar a situaciones ridículas, propias de comedia, de un quiero y no puedo.

No se trata de evitar el corazón por miedo al sentimentalismo, ni de evitar la razón por miedo al racionalismo, ni de evitar la voluntad por miedo al fracaso. Se trata más bien de reconciliar cabeza y corazón, se trata de ser personas íntegras, enteras y con los pies en la tierra. Para esto es necesario repasar la hoja de ruta que diría un navegante. Hay que ir en la propia vida comprobando que vamos por el sitio adecuado, es decir, que vivimos como pensamos, que somos coherentes, que comprendemos nuestra vida y para todo esto es imprescindible dedicar un tiempo a reflexionar sobre nuestra vida.

Y esto necesita tiempo, mucho tiempo, y un esfuerzo continuado. Desde luego, la felicidad no se encuentra en una solución rápida y milagrosa a nuestros problemas, porque eso, en el mejor de los casos, lo que arreglará son esos problemas concretos, pero no nuestra vida. No podemos olvidar que hay muchas personas con los problemas resueltos que no son felices ¿por qué?: porque ser feliz no es equivalente a no tener problemas.


3. El sí y el no de la felicidad

Después de tantas encuestas y test de inteligencia se puede comprobar que tampoco está la felicidad en la inteligencia. Las personas con altos coeficientes de inteligencia y muy capaces para lograr grandes éxitos profesionales algunas veces (no siempre) son verdaderos fracasados en su vida personal. Incapaces de amar y de mantener una relación estable, inmaduros, caprichosos, superficiales, infieles a la palabra dada, sin amigos...

Personas con una alto coeficiente intelectual pero con escasas aptitudes emocionales se manejan en la vida mucho peor que otras que tienen un modesto coeficiente pero que han sabido desarrollar mejor otras aptitudes que les hacen más válidos para su propia vida[4]. Es necesario saber sumar y restar sí, pero también en necesario preocuparse de otras capacidades que tienen una importancia decisiva en la vida: las relativas a la educación de los sentimientos que comprenden habilidades tales como el conocimiento propio, el autocontrol, el equilibrio emocional, la capacidad de motivarse, el talento social, el optimismo, la constancia, la capacidad de reconocer y comprender los sentimientos de los demás, etc.

Una persona educada emocionalmente suele sentirse más satisfecha, es más eficaz y está en situación de hacer rendir más su talento natural. Y la educación exige esfuerzo, es un ensayar y corregir y volver a ensayar y volver a corregir y así toda la vida. Bien se puede decir lo que dijo Millán Puelles que cuando uno se considera consumado es cuando está consumido. Todas las personas estamos en construcción durante toda la vida. Es lo que nos toca. Además, la vida humana es un sistema natural. Se hace el esfuerzo y el proceso sigue su curso. Aunque puedan sobrevenir imprevistos, lo normal es que se coseche de lo que se siembra.

Hoy comienza a comprenderse que los que han tenido una vida fácil no son capaces de comprender la vida en toda su hondura. La vida regalada de muchos de los jóvenes actuales criados en la abundancia y la experiencia de estos mismos jóvenes que se sienten incapaces para asumir compromisos duraderos, para trabajar en equipo, para compartir tareas nos lleva a admitir que no se les ha educado emocionalmente.

Nos hemos olvidado de las virtudes, algunas tan básicas como la generosidad, el espíritu de sacrificio, la paciencia, la templanza, la austeridad, la fortaleza. Y precisamente todos podemos observar que es en el ámbito de las familias numerosas donde mejor se pueden cultivar, enseñar y aprender estas virtudes. Porque en un familia numerosa uno nace y no tiene todo asegurado, ni siquiera el baño por las mañanas, ni el sitio de lectura... De la necesidad se hace virtud y se aprende a ceder cediendo, a dar dando, a compartir compartiendo. No es una teoría es una realidad, una realidad que se ve en los padres, en primer lugar, luego en los hermanos y en todos los que conviven en un mismo hogar.

Y siguiendo con las encuestas, nos volvemos a encontrar que las personas formadas y nacidas en familias numerosas o que dan más importancia al hogar son personas más responsables, comprometidas, maduras, capaces de convivir con los demás, que ceden, que se sobreponen a los estados de ánimo del lunes o del jueves.


4. Un estilo de vida

Según las encuestas las personas que se ocupan de otros son más felices que las que sólo se ocupan de sí mismas. Las mismas encuestas señalan que no es el dinero, sino el matrimonio lo que proporciona mayor felicidad a las personas. No lo digo yo, lo decimos todos en las encuestas que nos hacen. También dicen las encuestas que las personas que se reconocen a sí mismas como más desgraciadas son los divorciados que padecen una experiencia de fracaso matrimonial que se extiende a una sensación de fracaso vital[5].

Y es que nuestra vida es demasiado importante como para ser vivida de una manera ligera y frívola. Exige ser vivida con hondura, con reflexión, con coherencia. Hay elecciones en la propia vida que son fundamentales y la dispersión y la renuncia a lo que pensamos que debíamos hacer pero no nos atrevemos a poner en práctica termina por afectar la propia existencia.

En comparación con la situación de hace veinte años, la tasa de suicidios entre personas mayores de 65 años ha disminuido considerablemente. En cambio, entre jóvenes de edades entre 15 y 24 años la tasa de suicidios ha permanecido estable en torno al 10 por 100.000 personas lo que hace pensar que la angustia vital de las nuevas generaciones no depende de una mejora económica[6].

Estos indicadores y otros parecidos hacen pensar que la felicidad no está en las cosas sino en las personas. El dinero no es feliz, ni da la felicidad. Pero hay personas felices y otras infelices. Todo parece indicar que la felicidad se encuentra más bien en un estilo de vida que integra a la persona con el mundo que le rodea, el que le haya tocado en suerte vivir a cada uno.

Ser rico no es moralmente malo. Ser rico significa tener muchos medios y, por tanto, mucha libertad para hacer el bien. Es un talento y una responsabilidad el destino concreto que se dé al dinero de que se dispone, porque el dinero es sólo eso, un medio.

La inteligencia y la brillantez profesional son cualidades buenas y medios formidables de hacer el bien y de ayuda a los demás. Pero el afán de éxito profesional y la excesiva competencia se convierten en fuente de envidia e insatisfacción que hacen que no nos conformemos con ser buenos profesionales mientras no seamos el mejor profesional, cosa, por cierto, harto improbable.


5. Donde se encuentra la felicidad

Porque la felicidad no se encuentra en ningún sitio ni en ninguna actividad. La felicidad se vive, se ejercita, se practica por el hombre que vive su vida de la mejor manera posible. Porque el hombre no es sólo alguien hecho para conseguir resultados, metas o conquistas. El hombre sobre todo es alguien hecho para el amor, es lo único que puede hacer por sí mismo y le diferencia del resto de los seres creados.

«Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado»[7] . Y de esto dan prueba segura tantos hombres y mujeres que con sus vidas testifican que la felicidad es posible, que existe y es real. Que no se trata de una imaginación o un espejismo. La vida enamorada es una vida feliz.

Algunos hombres parece que se pasan toda su vida persiguiendo la felicidad como si se tratara de un elixir mágico. Pero la felicidad no está fuera del hombre, la felicidad no está en las cosas, ni en el dinero, ni en el bienestar económico, ni en la salud, ni en ninguna cosa. No está ahí porque si estuviera ya lo habríamos descubierto a estas alturas del siglo XXI. Pero además no está porque tenemos la experiencia de tantos hombres y de los hombres que han vivido antes de nosotros y de nuestros contemporáneos que nos muestran que se puede tener muchas cosas y no ser feliz.

Porque, entonces, para ser feliz no es necesario tener algo, sino que, más bien, se trata de aprender a ser alguien, parece que debemos aprender a vivir. Porque todos vivimos, pero no sabemos vivir por el solo hecho de haber nacido. La vida es un oficio que debemos aprender, debemos aprender a ser felices. En cierto modo yo puedo gobernar mi vida y ser dueño y responsable de lo que me suceda, pero esto no es del todo cierto porque la vida, como dijo Shakespeare, es un imprevisto y siempre sucede lo inesperado. «Si, mal que bien, no aprendo a vivir, la vida misma se encarga de pasar por encima de mí como un tren que me pillara tumbado en un paso a nivel sin barrera»[8].

Para aprender a ser feliz debo tener en cuenta que siempre me pasarán cosas que no dependen de mí —las tragedias, los imprevistos, los demás, la misma vida—, pero sí que depende de mí cómo afronto lo que me pasa, cómo encaro mi propia vida. Me parece que no se trata tanto de lo que hago, sino de cómo lo hago. La clave de la felicidad no está en las cosas, sino en mi actitud ante las cosas y ante mi propia vida.

Esto es lo mismo que si digo que la clave de la felicidad está en cómo soy y no está en qué es lo que soy. Y si hablo de cómo soy es que se trata de ser mejor, no de ser peor, porque cuanto mejor sea podré estar en actitud de afrontar mejor las cosas que me suceden en la vida y llegaré a ser feliz.

El mejor hombre es el hombre virtuoso. El que tiene y adquiere y mantiene virtudes puede ser feliz, llegará a ser feliz. El que no sabe vivir no podrá ser feliz nunca[9]. Para ser mejores el camino es parecernos más al Creador de quien somos imagen y semejanza y quien es la fuente de todo bien. No existe otra referencia válida.

De manera que ser más de Dios nos acerca a la felicidad y sabemos que la esencia de Dios es el Amor. «Dios es amor» (1 Jn 4, 16) luego la felicidad está en el Amor. Solo el que es capaz de amar puede ser feliz. El que no ama no puede ser feliz, es imposible ser feliz sin amar. Entonces tendremos que amar y aprender a amar para conseguir la felicidad.

Amar es querer lo mejor para el amado, pensar en él y vivir para él. Amar es dar, entregar, hacer crecer a quien se quiere. Y el mayor acto de amor consiste en darse uno mismo a quien se quiere para hacerle la vida más fácil, más digna de ser vivida. Ama el que da, pero ama mejor el que se da a sí mismo, sin reserva y del todo.

Podemos llegar a concluir que la felicidad está en darse. El que se da a sí mismo es feliz, aunque no tenga cosas, ni bienes, ni dinero, ni inteligencia, ni destaque profesionalmente, ni satisfaga sus apetitos sensibles. El que ama es feliz. Y por el contrario, el que no sabe amar no puede ser feliz porque estará buscando la felicidad en muchos lugares donde no está la felicidad ni estará nunca. En vano buscan la felicidad en la salud, en los bienes, en la ausencia de problemas, en la vida acomodada... no está allí.

A ser felices se aprende. Antes hay que aprender a vivir. Antes hay que aprender a ser personas. El Creador de la persona nos dice cómo es la persona, a través de Él llegaremos a ser felices.


Felipe Pou Ampuero

[1] Richard Layard, Hapiness. Lessons from a New Science. Allen Lane-Penguin, EE.UU-Reino Unido, 2005, citado por Santiago Mata en su artículo ¿Una ciencia de la felicidad?, en Aceprensa, servicio 95/05 de 31 de agosto de 2005.
[2] Juan Luis Lorda, El amor al dinero, www.arvo.net.
[3] Alfonso Aguiló, Felicidad y coherencia de vida, www.arguments.es.
[4] Alfonso Aguiló, El ocaso del C.I., www.interrogantes.net.
[5] Santiago Mata, ¿Una ciencia de la felicidad?, Aceprensa, servicio 95/05.
[6] Ignacio Aréchaga, La felicidad per cápita, Aceprensa servicio 95/05.
[7] San Josemaría Escrivá, Surco, nº 795. Ed. Rialp. Madrid 1986.
[8] Alejandro Llano, La vida lograda, Ariel, Barcelona, 2002, p.16.
[9] Alejandro Llano, op. Cit. P. 59.

lunes, mayo 01, 2006

15. El Mal

Fecha: 2 de mayo de 2006

TEMAS: Mal. Conciencia. Bien.

RESUMEN: 1. El mal tiene nombre y apellidos, el de los hombres y las mujeres que libremente han elegido hacer el mal en lugar de hacer el bien.

2. El mal no es una creación de Dios. Más bien es el resultado de la ausencia de Dios. Lo que existe es el bien de la Creación. Pero la más excelsa de las criaturas, el hombre, ha sido creado con libertad. Libre para amar y libre también para odiar.

3. El mal está en algunas personas, no está en las cosas, ni en las situaciones, ni en las ocasiones, ni en el mundo, ni en nada de fuera. El mal está donde no está Dios.

4. La primera manera de evitar el mal, incluso antes de hacer el bien, es no cooperar al mal, no ayudar a echar a Dios de nuestros corazones, de nuestras inteligencias.

5. Podemos también reciclar nuestras acciones para evitar el mal y conseguir el bien.

SUMARIO: 1. ¿Existe el mal?.— 2. El mal tiene nombre.— 3. No cooperar al mal.— 4. El amor vence al mal.


1. ¿Existe el mal?

Cuenta Alfonso Aguiló en su sección de anécdotas[1] que un profesor universitario retaba a sus alumnos argumentando que si Dios creó todo, también Dios creó el mal. Por tanto, si las obras reflejan a su creador, Dios es malo. Con esto y ante el estupor de los alumnos el profesor demostraba que la fe cristiana era un mito antiguo superado por las luces de la razón.

Pero un estudiante levantó la mano y le preguntó al profesor: ¿Cree usted que existe el frío? Claro que existe el frío contestó el profesor, ¿acaso usted no ha tenido frío nunca? El estudiante contestó: de hecho el frío no existe. Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío es, en realidad, ausencia de calor. Hemos creado el término frío para designar la ausencia de calor, pero el frío en sí mismo no existe, sólo podemos estudiar el calor.

¿Y cree que existe la oscuridad? Continuó preguntado el estudiante. Claro que existe, respondió el profesor. Pues creo que tampoco existe la oscuridad, volvió a contestar el estudiante. La oscuridad es, en realidad, la ausencia de la luz. La luz se puede estudiar, se descompone, tiene intensidad y color. La oscuridad no se puede estudiar si no es porque tenga algo de luz. ¿Cómo puede saber lo oscuro que está un sitio? La oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para referirse a la ausencia de luz.

Por fin, el estudiante preguntó al profesor: ¿Cree que existe el mal? El mal no existe, continuó, es sólo la ausencia del bien. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios en sus corazones. El profesor quedó callado. El estudiante se llamaba Albert Einstein.

2. El mal tiene nombre

El mal no es una creación de Dios. Más bien es el resultado de la ausencia de Dios. Donde no está Dios está el mal y los únicos seres que tenemos libertad para hacer el bien o hacer el mal somos los hombres: los animales no tienen libertad, solo tienen instinto. Por tanto, si nos encontramos con acciones malas, es que algún hombre las ha elegido, las ha hecho. El mal tiene nombre y apellidos, el de los hombres y las mujeres que libremente han elegido hacer el mal en lugar de hacer el bien.

¿Qué es el mal? El mal no es algo, ni mucho menos es alguien. El mal no existe por sí mismo, como un hado o fatalidad del mundo pagano que anduviera errante por el cosmos. Lo que existe es el bien de la existencia y de todo lo que existe, existe la bondad del Creador y también existe la bondad de las criaturas[2]. Pero la más excelsa de las criaturas, el hombre, ha sido creado con libertad. Libre para amar y libre también para odiar.

En la Creación podemos apreciar el bien que Dios promueve y la invitación que realiza al hombre a participar y continuar en la bondad. El mal surge como un rechazo por parte del hombre de la iniciativa divina[3]. Dios podría acabar con el mal de una vez por todas. De hecho, en la eternidad de Dios, el bien ya ha vencido al mal. Sin embargo, Dios permite el mal porque respeta —ama— la libertad del hombre, de cada hombre, de apartarse de la ley divina y de sus designios.

El mundo creado por Dios es bueno. La Redención de Cristo ha vencido todos los pecados de los hombres que se apartan de la ley divina en un mal uso de su libertad. Nosotros sabemos que Cristo ha vencido al pecado y que —amparados en su Redención— podemos hacer el bien, no estamos determinados para hacer el mal por muy mal acompañados que andemos por el camino[4].

3. No cooperar al mal

Luego el mal, como tal no existe. Lo que existe es la ausencia de acciones buenas. Lo que existe son acciones malas que algunos hombres y mujeres realizan por su propia decisión, pudiendo no hacerlas. El mal está en algunas personas, no está en las cosas, ni en las situaciones, ni en las ocasiones, ni en el mundo, ni en nada de fuera. El mal está en los corazones donde no está Dios.

«El mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo por mecanicismos deterministas e impersonales. El mal pasa por la libertad humana. (...) El mal tiene siempre un rostro y un nombre: el rostro y el nombre de los hombres y mujeres que libremente lo eligen»[5].

El mal proviene de un alejamiento voluntario del hombre del bien. Con el Racionalismo y la Ilustración se puso en duda la existencia real y objetiva del mundo —que las cosas son lo que ellas son—, para empezar a discurrir que la realidad que nos rodea sólo existe en la medida que la podemos percibir. Algo así, como si a mi gato le dijera que existe porque yo le veo, no porque exista realmente.

Desde este momento, el hombre «ilustrado» queda encerrado en el interior de su propio mundo, cerrando las puertas a la realidad de las cosas, sobre todo, cerrando la inteligencia a la luz de la fe que viene de Dios. El hombre se erige en un nuevo creador que dictamina lo que es bueno y lo que es malo, y —sobre todo— niega a Dios el fundamento último para determinar lo que es bueno. Por esta pendiente, se acaba por negar que exista una naturaleza humana creada por Dios. Se niega que eso sea real, objetivo, existente. Y se «piensa» que el hombre es lo que nuestra inteligencia percibe, es un producto de nuestro pensamiento, del pensamiento de cada uno. Ya no existe una sola naturaleza humana, sino tantas como hombres y además cambian libremente según las circunstancias[6].

Si pensamos que Dios no existe, no existe el Bien absoluto. Tampoco existe ninguna referencia del Mal. Caemos en la cuenta que el solo hecho de pensar que Dios no existe es apartar al Creador de nuestras inteligencias y esta ausencia es ya en sí misma un mal. Para nosotros el mayor mal.

La primera manera de evitar el mal, incluso antes de hacer el bien, es no cooperar al mal, no ayudar a expulsar a Dios de nuestros corazones, de nuestras inteligencias. Si Dios no está en nosotros ya padecemos un mal. Si el mal es la ausencia del bien no debemos ayudar a ausentar el bien de los corazones de los hombres. Porque es ahí mismo donde se aposenta el mal. Un corazón vacío de Dios es un corazón sin referencia del bien. No tendrá más referencia que su propio beneficio o provecho.

El mensaje del materialismo ateo es hacernos entender que el bien común consiste solamente en un bienestar económico y físico, carente de toda trascendencia. El bien común, en cambio, tiene también una dimensión trascendente, porque Dios es el fin último de sus criaturas[7]. Porque el verdadero mal no es mal físico, la ausencia de salud, la falta de dinero o de recursos necesarios. El verdadero mal es la lejanía de Dios, la ausencia de Dios.

Para nosotros, los hombres, es importante poder andar y no tener enfermedades. Para Jesús, sin embargo, es más importante no ofender a Dios. Por eso, para demostrar su importancia, cuando hizo el milagro primero perdonó los pecados y luego le ordenó caminar al paralítico (Mc 2, 1-12).

¿Qué cómo puedo no cooperar al mal? Con lo poco que tengo. No comprar en aquel kiosco donde venden determinadas publicaciones ofensivas. No entrar en una farmacia que ayuda a cegar las fuentes de la vida. No comprar un periódico y sí otro. No ver una cadena de televisión y sí otra, o casi ninguna. Es lamentable comprobar el gran daño y el mal que unas empresas pueden realizar gracias a los medios económicos de muchos cristianos que compran sus productos[8].

Nos estamos educando para reciclar la basura y los residuos con el fin de evitar la erosión y para conservar la naturaleza. Podemos también reciclar nuestras acciones para evitar el mal y conseguir el bien.


4. El amor vence al mal

Y en este asunto de reciclar todos estamos implicados, porque es algo que nos afecta. No luchar contra el mal ya es un mal. El vacío del mal hay que llenarlo con el bien. Y ¿cómo se hace esto? Si Dios es el Bien, si el mal es la ausencia de bien, donde esté Dios no estará el mal. Y si Dios es amor, sobre todo amor y se podría decir que nada más que amor, el vacío del mal se llenará con amor.

Para evitar el mal es necesario hacer el bien, no sólo es conveniente, sino necesario. Porque ser solidario no consiste en compadecerse de los que sufren y tener un sentimiento superficial por los males que se afligen a tantas personas en lugares lejanos o cercanos. Al contrario, ser solidario es una virtud que consiste en la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y de cada uno[9]. Ser solidario consiste en «ser» antes que en «hacer» acciones solidarias.

Y en esta tarea de vencer el mal con el bien los cristianos, especialmente los fieles laicos, nos tenemos que comportar de tal modo que hagamos brillar el Evangelio en la vida diaria, familiar, laboral y social. Debemos mostrar que somos hijos de la promesa, fuertes en la fe y en la esperanza, que aprovechamos el tiempo presente y esperamos con paciencia la gloria futura.

La Iglesia enseña al hombre que Dios ofrece realmente la posibilidad de superar el mal con el bien, a pesar de la debilidad del hombre y de los males cometidos. La promesa divina garantiza que el mundo no permanece encerrado en sí mismo, sino que está abierto al reino de Dios: que ha sido redimido, porque el hombre es imagen de su Creador bajo el influjo redentor de Cristo[10].

Debemos tener mucho cuidado con el afán de dinero porque es la raíz de todos los males (1 Tm 6, 10), y algunos por dejarse llevar de él se extraviaron de la fe. La riqueza existe para ser compartida y toda forma de acumulación indebida es inmoral porque se halla en abierta contradicción con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes[11]. Y de este afán de poseer también hay que liberar al hombre como si de una cadena se tratara. El materialismo ateo endiosa los bienes como si fueran fines en sí mismos. Hace olvidar que los bienes y la riqueza y el dinero no son más que medios para conseguir los verdaderos bienes, aquellos que hacen bien al hombre porque lo hacen más digno.

«La misión de los católicos en la sociedad puede ser vista así: portadores de una pequeña —¡y a la vez grande!— semilla de paz y alegría»[12]. Los cristianos han de ser testigos convencidos de esta verdad; han de saber mostrar con su vida que el amor es la única fuerza capaz de llevar a la perfección personal y social, el único dinamismo posible para hacer avanzar la historia hacia el bien y la paz[13].

Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida
[14].


Felipe Pou Ampuero

[1] Alfonso Aguiló, www.interrogantes.net, Anécdotas ¿Existe el mal?.
[2] Juan Pablo II, Salvifici doloris, Carta apostólica sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, Vaticano, 11 de abril de 1984.
[3] José Luis Illanes, La cosmovisión de Juan Pablo II en su último libro Memoria e identidad, Aceprensa, servicio 35/06, 6 de abril de 2005.
[4] José Luis Illanes, op. Cit.
[5] Juan Pablo II, No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien, Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz. Vaticano, 8 de diciembre de 2004.
[6] Juan Pablo II, Memoria e identidad, La esfera de los libros, Madrid, 2005.
[7] Juan Pablo II, No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien, Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz. Vaticano, 8 de diciembre de 2004.
[8] Francisco Fernández Carvajal, Hablar con Dios, Tomo III, p. 428.
[9] Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Librería Editrice Vaticana, Vaticano, 2005, n. 193.
[10] Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, n.47
[11] Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Librería Editrice Vaticana, Vaticano, 2005, n. 328.
[12] Mons. Javier Echeverría, Nuestro Tiempo, Junio 2005, n.612, p.42.
[13] Juan Pablo II, No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien, Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz. Vaticano, 8 de diciembre de 2004.
[14] Benedicto XVI, Homilía en el inicio ministerio petrino, Vaticano, 24 de abril de 2005.

sábado, abril 01, 2006

14. Dolor


Fecha: 2 de abril de 2006

TEMAS: Dolor. Sufrimiento. Fracaso.

RESUMEN: 1. Nuestra calidad de vida no puede depender de suprimir el sufrimiento y el dolor de la misma —entre otras cosas porque eso es imposible— sino que debemos saber convivir con el dolor y con los contratiempos.

2. Por lo general, Dios —el Creador— permite que las leyes de la naturaleza funcionen. El avión que cae del cielo nunca se salva porque aparezca una mano gigante y divina que lo recoge y deposita en el suelo.

3. El creyente es animado a ver la gloria de Dios en el mundo creado. El dolor y el sufrimiento no son un obstáculo insuperable o un fatalismo pagano, sino que pueden ser ocasiones de mejorar en la propia vida. Dios no es indiferente ante el bien y el mal.

4. El sufrimiento tiene carácter de prueba, crea la posibilidad de reconstruir el bien en el mismo sujeto que lo padece. Lo que hace feliz al hombre en la tierra no es la ausencia de dolor, sino aprender a vivir con el dolor, a tolerar lo malo inevitable.

5. Si se sabe asumir, el dolor advierte al hombre del error de las formas de vida superficiales, le ayuda a no alejarse de los demás, a no sentirse diferente de sus iguales. En las tragedias Dios ve más lejos. Son medios de un plan superior.


SUMARIO: 1. El dolor.— 2. ¿Dónde está Dios?— 3. ¿Sólo físico?— 4. Aprender a vivir.— 5. Conocer el dolor.

1. El dolor

Hace poco tiempo se ha cumplido el aniversario de la tragedia del tsunami asiático y del desastre del huracán de Nueva Orleáns. A través de las imágenes de la televisión y las fotos de los periódicos nos pareció vivir en directo el sufrimiento y el dolor de tantas personas inocentes a las que la tragedia trataba por igual, sin importar su posición, cultura, medios o creencias.

Estos acontecimientos nos han vuelto a recordar la cara real de la vida. La vida no es un cuento, donde todo sale bien a la primera y sin esfuerzo. Eso no existe. Es un sueño. El dolor, el sufrimiento, se hace presente en nuestra vida y se convierte en un invitado que se instala sin pedir permiso.

El dolor existe, es real y es inevitable porque forma parte de la vida. Todos tenemos contratiempos todos los días, aunque felizmente, no son tragedias. Nos deberíamos avergonzar al caer en la cuenta que convertimos en tragedias contratiempos sin ninguna importancia como encontrarnos la rueda del coche pinchada, el retraso del autobús, no encontrar aparcamiento, etc. Pero sufrir es, a veces, el precio que se debe pagar por la vida. Y si no se está dispuesto a pagarlo, la vida puede volverse muy pobre
[1].

Nuestra calidad de vida no puede depender de suprimir el sufrimiento y el dolor de la misma —entre otras cosas porque eso es imposible— sino que debemos saber convivir con el dolor y con los contratiempos. Todo pasa, ningún éxito o fracaso son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza y hay que aceptarlos como parte de la dualidad de la naturaleza, porque pertenecen a la misma esencia de las cosas[2].


2. ¿Dónde está Dios?

Sin embargo, ante el sufrimiento propio y ante el dolor de los pequeños no comprendemos que siendo Dios creador de todo el Universo, de lo visible e invisible, permita que exista el mal y las tragedias en el mundo, que se cause daño a los débiles y a los inocentes.

Esto provoca la pregunta de por qué un Dios bueno crearía una naturaleza tan hostil
[3]. Nos resulta difícil encontrar una respuesta. Sin embargo, observamos que Dios raramente interfiere en las leyes de la naturaleza por Él creada y que cuando lo hace a esa intervención divina los hombres la llamamos «milagro», desde luego, algo absolutamente anormal y extraordinario que, incluso, a los científicos les cuesta admitir.

Parece que lo lógico es que Dios no se entrometa en los desastres naturales y deje actuar a la naturaleza. Pero entonces ¿por qué Dios creó una naturaleza tan adversa pudiendo haber creado un paraíso? Por lo que la fe nos dice sabemos que lo hizo así para que los hombres, entre todos juntos, trabajásemos para superar las amenazas naturales: esto es el significado del «dominar la tierra» a que se refiere el Génesis, y no arruinarla mediante un abuso de los recursos naturales.

Ningún individuo por sí solo podría descubrir la vacuna para una enfermedad, pero cuando las personas ponen en común sus esfuerzos pueden crear universidades y centros de investigación que avanzan en la medicina y llegan a descubrir vacunas y remedios para los males.

La cercanía y la inmediatez de la tragedia nos hace olvidar que las catástrofes vienen afligiendo a la humanidad desde los días de Noé y no justo desde el año pasado. Esta tragedias —y todas— son horribles, pero en vez de agitar un puño desafiante ante Dios, podríamos examinar con calma cómo organizó Dios el mundo
[4].

Por lo general, Dios —el Creador— permite que las leyes de la naturaleza funcionen. El avión que cae del cielo no se salva porque aparezca una mano gigante y divina que lo recoge y deposita en el suelo. A veces, mueren montañeros que han desafiado los picos helados más altos del planeta; y, a veces, se ahoga gente inocente pero que vivía en zonas inundables situadas debajo del nivel del mar. Existe la ley de la gravedad y las demás leyes naturales.

Dios deja hacer. Sobre todo deja hacer al hombre con los demás hombres sus hermanos. Dios ha creado el mundo que tenemos y nos lo ha entregado para que lo vivamos. Lo ha hecho así y a nosotros nos toca descubrir el verdadero y auténtico sentido del sufrimiento y del dolor. Y es aquí donde el hombre se pregunta el por qué del sufrimiento
[5].

Pero el hombre, con frecuencia, no dirige esta pregunta al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él, sino que se la hace a Dios como Creador y Señor del mundo. Y hay que tener cuidado, porque en la línea de esta pregunta se puede llegar no sólo a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que sucede, incluso, que se puede llegar a la negación misma de Dios.

Sin embargo, Dios espera la pregunta y la escucha. En el Libro de Job la pregunta ha encontrado su expresión más viva. El suyo es el sufrimiento de un inocente. Toda la Sagrada Escritura es un gran Libro sobre el sufrimiento: por ejemplo, la dificultad en comprender por qué los malvados prosperan y los justos sufren (Ecl 4, 1-13)
[6].

Frente al sufrimiento injusto un materialista concluye que en ausencia de cualquier orden moral visible inmediato no existe nada trascendente
[7]. Ante las recientes tragedias enseguida han proclamado con confianza el supuesto absurdo de las creencias religiosas y apenas han hecho un esfuerzo por comprobar el contenido de dichas creencias, como si fuera cierto que en los últimos 2000 años los cristianos nunca hubieran tenido que responder a las cuestiones planteadas por el dolor y el sufrimiento.

Otras veces, queremos ver en el sufrimiento una suerte de castigo o compensación por el pecado humano, que surge como si fuera un ajuste de cuentas con la divinidad. Sin embargo, Cristo mismo eliminó esta idea de proporción estricta y justiciera entre el sufrimiento y la culpabilidad: siendo inocente cargó sobre Sí todos nuestros males.

El hombre ilustrado piensa que la naturaleza es algo benévolo y benigno, ingenuo y angelical. Pero esta no es la verdadera cara de la naturaleza. La naturaleza real es la que existe. Y la naturaleza que existe es la creada por Dios, en su belleza y en su fuerza, en su complejidad y en su esplendor. Un cristiano no ve sólo naturaleza, sino Creación. El creyente es animado a ver la gloria de Dios en el mundo creado, una gloria que eleva una naturaleza que ha sido redimida. Esta visión va más allá de la visión elaborada por la visión mecanicista de la modernidad.

En cuanto al dolor y al sufrimiento el cristiano da otra dimensión a estos acontecimientos. Dios puede hacerlos ocasiones para cumplir sus fines buenos aunque el dolor no sea en sí un bien moral ni tampoco deseable. El dolor y el sufrimiento no son un obstáculo insuperable o un fatalismo pagano, sino que pueden ser ocasiones de mejorar en la propia vida. Dios no es indiferente ante el bien y el mal, es un Dios bueno y no un hado oscuro, indescifrable y misterioso. «El Señor no es un soberano remoto, cerrado en su mundo dorado, sino una presencia vigilante que está de la parte del bien y de la justicia, ve y provee, interviniendo con su palabra y su acción»
[8].


3. ¿Sólo físico?

El sufrimiento y el dolor, sobre todo el físico, está ampliamente difundido en el mundo de los animales. Pero junto al dolor físico se encuentra el dolor moral que sólo puede experimentar el hombre. Solamente el hombre cuando sufre, sabe que sufre y se pregunta por qué
[9]. Y es verdad que el sufrimiento es un hecho fundamental en la vida de cada hombre. Es tan profundo como el hombre mismo. Existe sufrimiento porque existe la alegría, porque tenemos sentidos y sensibilidad. De lo contrario no sentiríamos nada, seríamos como piedras. El dolor forma parte de la vida hasta tal punto que una vida sin dolor no es una vida completa.

Pero si el sufrimiento es del hombre, si es humano, es preciso considerarlo desde una perspectiva que trascienda su dimensión meramente física y abarque toda la persona: también como sufrimiento moral. Si es verdad que el sufrimiento puede tener un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad lo contrario: que todo sufrimiento sea consecuencia de una culpa anterior y necesariamente tenga el carácter de un castigo
[10].

La Revelación, palabra de Dios mismo, considera con toda claridad el problema del sufrimiento del hombre inocente: si el Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para demostrar la santidad de Job. El sufrimiento tiene carácter de prueba, crea la posibilidad de reconstruir el bien en el mismo sujeto que lo padece. El sufrimiento nos permite ver la realidad, la nuestra, la del mundo que nos rodea, la de los demás. El dolor «nos pone los pies en la tierra» y de esta manera nos abre los ojos para ver la misericordia de Dios.


4. Aprender a vivir

Debemos aprender a vivir y a convivir con el dolor. Lo que hace feliz al hombre en la tierra no es la ausencia de dolor, sino aprender a vivir con el dolor, a tolerar lo malo inevitable
[11]. En esto reside gran parte de la sabiduría de la vida.

Y como el dolor siempre será nuestro compañero de viaje, una persona demuestra inteligencia cuando sabe aprender de los sufrimientos, de las dificultades y de los fracasos y no se envanece con los triunfos. Se dice que un hombre inteligente se recupera enseguida de un fracaso, pero un hombre mediocre jamás podrá recuperarse de un triunfo.

Saber encajar los golpes de la vida no significa ser insensible, sino que significa, más bien, aprender a no pedir a la vida “imposibles” pero sin por esto caer en la indolencia. Significa también saber aprender a respetar y estimar lo que a otros les diferencia de nosotros y, al mismo tiempo, mantener las propias convicciones. Ser pacientes y saber ceder, pero sin hacer dejación de derechos ni abdicar de la propia personalidad.

Tenemos que aprender a enfrentarnos a solas con la realidad que nos rodea, saber que hay cosas como la frustración de un deseo intenso, la deslealtad de un amigo, la tristeza al comprobar las limitaciones o defectos, propios y ajenos, las tragedias, la enfermedad... Y aceptarlas como parte integrante de la vida, como las sombras que hacen posible el cuadro de nuestra vida.

También vivimos situaciones especiales, felices, radiantes, que nos gustaría prolongar para siempre. Pero no podemos dejar de vivir la vida real. No podemos inventarnos una realidad imaginada, fabricada a nuestro gusto. La experiencia de la vida sirve de bien poco si no se sabe aprovechar. El simple transcurso de los años no aporta sin más la madurez de la persona. La madurez y el «saber vivir» es algo que siempre se alcanza gracias a un proceso de educación y de formación. William Shakespeare dejó escrito que no hay otro camino para la madurez que aprender a soportar los golpes de la vida.

Da pena ver a personas inteligentes que no pueden soportar un pequeño o gran batacazo en su brillante carrera, o en la amistad, o en lo afectivo o en lo profesional y se hunden en la tristeza y la pena: el mayor de los fracasos es no hacer las cosas por el simple miedo a fracasar
[12].

Hay personas que son como un manojo de sentimientos que sólo quieren aceptar la parte fácil de la vida. Quieren el fin, pero no quieren los medios necesarios para alcanzar ese fin. Quieren ser premios Nóbel sin estudiar; enriquecerse sin dar ni golpe; ganarse la amistad de todos sin hacer un favor a nadie o ingenuidades por el estilo. Son personas que quieren triunfar en la vida —como todo el mundo— pero olvidan el esfuerzo continuado que esto supone: para hacer una catedral hay que poner piedra a piedra.

La pereza y la falta de una adecuada educación de la voluntad constituyen una de las más doloras formas de pobreza porque impiden a los que la padecen disfrutar de la vida y recrear su espíritu al nivel que corresponde a nuestra naturaleza humana.



5. Conocer el dolor

El verdadero éxito en al vida consiste en aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse —decía Winston Churchill— porque el fracaso es connatural al hombre. Triunfar es aprender a fracasar. El éxito en la vida consiste en saber afrontar las inevitables faltas de éxito de cada día, en superar los tropiezos con deportividad.

Y el dolor, unido a todos los fracasos, es una escuela donde los corazones de los hombres se forman en la misericordia y en la compasión. Una escuela que nos brinda la oportunidad de curarnos de nuestro egoísmo e inclinarnos un poco hacia los demás, nos muestra el perfil más profundo de las cosas.

Si se sabe asumir, el dolor advierte al hombre del error de las formas de vida superficiales, le ayuda a no alejarse de los demás, a no sentirse diferente de sus iguales. El dolor nos vuelve más comprensivos, más tolerantes, más cariñosos, más pacientes... el dolor nos hace mejores personas.

«Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz»
[13].

En las tragedias Dios ve más lejos. Son medios de un plan superior que tiene un fin. Esto es un misterio que no podemos comprender con nuestra sola inteligencia y es la fe la que nos ayuda a comprenderlo. Ante tantos dramas como afligen al mundo, los cristianos confiesan con humilde confianza que sólo Dios da al hombre y a los pueblos la posibilidad de superar el mal para alcanzar el bien
[14].

La respuesta sobre el sentido del sufrimiento ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo: el sufrimiento se convierte en participación en la obra salvífica de Jesucristo
[15]. Cristo en la cruz nos enseña a entregar el bien cuando nos hacen mal, a pagar con amor el odio, a perdonar a los que nos perjudican, a no devolver mal por mal. De esta manera el bien vence al mal y cobra un nuevo sentido el sufrimiento, el sentido de convertir o redimir el mal por el bien. Y este programa cristiano del dolor no se vive porque sí, o por necesidad, sino por cariño a los demás.

Nos sugiere no insultar cuando nos insultan, no dañar cuando nos hacen daño, no mentir cuando nos mienten, no deshonrar cuando nos deshonran. De esta manera, en nuestra vida —y en nuestro ambiente— el bien vence al mal.

«Cristo nos hace entrar en el misterio y nos descubre el por qué del sufrimiento, en cuanto somos capaces de comprender la sublimidad del amor divino. El Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo»
[16].



Felipe Pou Ampuero

[1] Rebeca Reynaud, La actuación de los católicos, www.fluvium.org.
[2] Alfonso Aguiló, Sobreponerse a la dificultad, www.interrogantes.net.
[3] Rabino Daniel Lapin, Nueva Orleáns, si Dios no lo hizo ¿quién lo hizo?, www.forumlibertas.com
[4] Rabino Daniel Lapin, loc. cit.
[5] Juan Pablo II, Carta apostólica “Salvifici doloris” sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano, Vaticano 11 de abril de 1984, n.9.
[6] Juan Pablo II, Carta apostólica “Salvifici doloris”, n. 6.
[7] ¿Dónde está Dios en los tsunamis y tragedias?, Zenit, Semana Internacional, 17 de diciembre de 2005.
[8] Juan Pablo II, Dios no es indiferente al mal, Vaticano, 28 de enero de 2004.
[9] Juan Pablo II, Carta apostólica “Salvifici doloris”, n.9.
[10] Juan Pablo II, Carta apostólica “Salvifici doloris”, n.11.
[11] Alfonso Aguiló, Sobreponerse a la dificultad.
[12] Alfonso Aguiló, Sobreponerse a la dificultad
[13] Card. Joseph Ratzinger, Dejar obrar a Dios, L’Osservatore Romano, 7 de octubre de 2002.
[14] Juan Pablo II, No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien, Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz. Vaticano, 8 de diciembre de 2004, n.11.
[15] Catecismo de la Iglesia Católica, n.1521.
[16] Juan Pablo II, Carta apostólica “Salvifici doloris”, n.13.

viernes, marzo 03, 2006

13. Fecundación

Fecha: 2 de marzo de 2006

TEMAS: Fecundación in vitro. Vida. Reproducción asistida.
RESUMEN: 1. No es lo mismo una persona que una cosa. Las cosas sirven para algo, valen en tanto que sirven o son útiles. Las personas valen por sí mismas, sirven por ellas mismas, no sirven para algo, sino que son alguien.

2. La dignidad humana es innata a la persona, nace con ella como parte integrante de su propia manera de ser como persona humana.

3. Lo que soy en un determinado momento lo soy al principio.

4. Lo que sucede es que los que quieren defender esta matanza necesitan cambiar el nombre de las cosas y llamar a la cosas por lo que no son para poder justificar sus horribles pretensiones.
5. El embrión humano es una persona humana desde el primer momento de su concepción.

SUMARIO: 1. Ideas claras.— 2. Personas y cosas.— 3. Dignidad humana.— 4. Se empieza en el principio y se acaba en el final.— 5. Matar para curar.— 6. Situación legal actual.— 7. Autoridad ilegítima.

1. Ideas claras

El 21 de diciembre de 2005 la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados ha aprobado el Proyecto de Ley 121/000039 sobre “Técnicas de reproducción humana asistida” que pretende reformar la Ley 45/2003 de noviembre de 2003 que, a su vez, reformó la Ley 35/1988 de Reproducción. La aprobación definitiva de esta ley queda pendiente de su votación en el Pleno del Congreso y su tramitación posterior en el Senado.

Si el proyecto de ley fuera aprobado tal como está redactado, España contaría con una de las legislaciones más permisivas del mundo en materia de fecundación in vitro (FIV)[1]. Pero antes —o mejor— que hablar de términos científicos y técnicos y de leyes, proyectos y conceptos jurídicos que son como árboles que no dejan ver el bosque, propongo tomar distancia, alejarnos un poco del tema y tener cuatro ideas claras para luego volver a los datos y tener criterio.

2. Personas y cosas

No es lo mismo una persona que una cosa. Una silla es una cosa, sirve para sentarse. Una mesa es una cosa, sirve para comer, para escribir, para conversar alrededor de ella, para hacer familia... Un árbol es una cosa, es un ser vivo, vegetal, criatura de Dios, que merece ser respetada y querida como muestra de la grandeza del Creador que se refleja en todas las obras de la Creación. Pero el árbol es una cosa. Un perro es un animal, es una cosa. Muy útil para el hombre, gran compañero y guardián, pero no tiene conciencia, no conoce a Dios, no puede amar, no tiene libertad... Una vaca es una cosa, etc.

Una mujer es una persona, no es una cosa que se usa, se deja y se coge, se abandona, se utiliza. Una niña es una persona, un mundo en su mirada, una capacidad de dar y de darse, de amar y de ser amada, de ofrecer su vida por sus hijos y por todos los hijos del mundo. Una niña es alguien de valor aunque algunos hombres no lo quieran reconocer. Un africano es una persona no es un animal, no es como una vaca. No es como un orangután. Un judío, un árabe, son personas, lo han sido siempre, son hijos de Dios, imagen visible del Dios vivo[2].

Las cosas sirven para algo, valen en tanto que sirven o son útiles. Me dan alimento, me dan compañía, me dan madera, sombra, emociones, etc. Las personas valen por sí mismas, sirven por ellas mismas, no sirven para algo, sino que son alguien. Las cosas no tienen derechos, más bien son el objeto sobre el que recae los derechos, no son titulares de nada porque no son personas. Las personas sí tienen derechos porque son los titulares de los derechos y no deben ser el objeto de los derechos. O sea, que los perros no tienen derecho a la vida aunque haya que respetar su existencia, ni los hijos son propiedad de los padres aunque tengan obligación de respetarlos, porque los perros no son personas, ni los hijos son cosas.

3. Dignidad humana

Las personas tienen una consideración especial que es consecuencia de su valor propio, intrínseco, específico, por ser ellas mismas, con independencia de que sean listas o tontas, sanas o enfermas, blancas o negras, de Kenia o de Alemania... La dignidad humana es propia de la persona y se tiene por ser imagen y semejanza de Dios, no por otra cosa, porque Dios es el Bien.

Las personas no tienen solo derecho a la vida, al trabajo, al salario justo, a ser respetados. Las personas nacen con todos esos derechos porque les pertenecen, les corresponden. Ninguna autoridad, partido político, estado o ideología tiene autoridad para dar a las personas derechos, sino que como los derechos les son propios a las personas cualquier instancia que se los niegue o perjudique incurre en un grave quebranto del orden social justo y se opone a la verdadera dignidad de todo ser humano. La dignidad humana es innata a la persona, nace con ella como parte integrante de su propio ser.

Dentro de estos derechos que corresponden a la persona por sí misma, por su propia dignidad, tiene un valor especial el derecho a la vida, porque sin él serían ilusorios los demás derechos —para qué quiero que me reconozcan el derecho a la libertad de expresión, si no estoy vivo—. El derecho a la vida es el reconocimiento del valor sagrado e inviolable de la vida humana desde su comienzo mismo hasta su final.

Más aún. El derecho a la vida también significa que toda persona, cualquier persona, tiene derecho —le corresponde por derecho propio— a nacer en el seno de una familia, con un padre y con una madre, como fruto de un amor de entrega, de una unión humana y rodeado del cariño de sus familiares. Que esto no sea así en muchas ocasiones no significa que deba ser así en todas las ocasiones, ni tampoco significa que no sea un derecho propio de cada persona[3].

4. Se empieza en el principio y se acaba en el final

Cualquier acontecimiento empieza en el principio (sic). Desde luego lo que no tiene sentido es que las cosas empiecen por el medio. Un partido de fútbol empieza cuando el árbitro hace sonar el silbato, al principio. No sería lógico pensar que el partido comienza en el minuto catorce y que hasta entonces solamente se trata de veintidós señores corriendo detrás de un balón. Antes del principio hay unos entrenamientos, estiramientos, fotos y demás, pero el partido no ha comenzado. Luego comienza en el minuto cero y dura hasta el minuto noventa, salvo prórrogas.

Una carrera ciclista empieza cuando comienza. Los ciclistas no acaban como empiezan. Están mucho más cansados, algunos abandonan la carrera, otros tienen una desgraciada caída y a medida que la carrera avanza los corredores se mueven de posición y la fisonomía de la carrera no es la misma en ningún momento. Se trata de una carrera que está «viva».

Todos estamos de acuerdo. Tan estamos de acuerdo que necesitan falsear la realidad. No pueden decir que los judíos no son personas, ni que los africanos no merecen vivir, ni que las mujeres solo sirven para satisfacer a los machos. No pueden decir que algunas personas son cosas. Por esto tienen que inventarse que la vida humana no comienza cuando un óvulo es fecundado por un espermatozoide, sino luego, después del principio, pongamos por caso que a los catorce días. ¿Por qué? Pues porque es cuando el óvulo se implanta en el útero. Pero no pasa de ser un contrasentido que si ha podido implantarse en el útero es porque ese “grupo de células” tiene la vida suficiente como para poder desarrollarse. El mismo principio de vida que hace que de un óvulo fecundado se dé paso a dos células y luego a cuatro y a más, ese mismo principio y las condiciones necesarias son las que permiten que “aquello” se convierta en Felipe, José, María, Ana.

No es lógico, ni es serio sostener que el pre-embrión no es humano, que solamente es un “grupo de células” que al decimocuarto día se convierte en una persona. No es serio, si no fuera un atentado contra la vida de esa persona que ya es suficientemente grave. Pero además es un insulto a la inteligencia de los demás. O sea, que yo soy una persona que antes de ser persona he sido una cosa. Primero fui un grupo de células sin nombre y luego he sido una persona. Luego fui un pre-adolescente y luego un pre-padre y un pre-adulto. Y ahora soy un adulto, pero soy un pre-anciano, y luego seré un anciano pre-cadáver. Y lo mejor de todo es que nunca seré el mismo. Debería ir pensando los nombres que voy a elegir para cuando sea anciano y para cuando sea cadáver.

No puede ser. Lo que se es en un determinado momento se es al inicio. Cómo si acaso no se llegara a ser lo que uno es si no es siéndolo desde el principio. Porque una cosa es cierta. Que no ha ocurrido nada extraordinario ni nuevo. Es el simple desarrollo embrionario del óvulo fecundado que se va dividiendo en células según un plan biológico cuya ley lleva dentro de sí mismo, su famoso “código genético”.

Lo que sucede es que los que quieren defender esta matanza necesitan cambiar el nombre de las cosas y llamar a la cosas por lo que no son para poder justificar sus horribles pretensiones. Pero esto es una historia muy vieja. Los abortistas no llaman homicidio al aborto, sino que lo definen como una “interrupción voluntaria del embarazo” y enseguida se olvidan de ese nombre tan largo y lo llaman por sus iniciales “IVE” para que creamos que están hablando de un nuevo tren de alta velocidad. Tampoco los nazis hablaban de matanza de judíos, sino que siempre se referían a la “solución final”. Los bolcheviques lo llamaban “reeducación” y otros hablaban de “limpieza étnica”. En fin, que la imaginación de los hombres perversos no tiene límites para inventarse nombres que ocultan la verdad.

El embrión humano es una persona humana desde el primer momento de su concepción[4], esté implantado o no, haya sido fecundado naturalmente o por medios artificiales, sea grande o pequeño, sano o con deformaciones, útil o inútil para la ciencia. Y como persona humana nace con todos los derechos, los trae consigo, y a nosotros sólo nos corresponde reconocerlo, respetarlo, defenderlo y cuidarlo[5].

5. Matar para curar

Por favor, que alguien me explique cómo se puede curar matando. Y al que mato para curar a otro ¿cómo lo curo? ¿Acaso no tiene derecho a ser curado también? Parece que no. Parece que solo tienen derechos unos, pero otros no porque no somos tan iguales como se dice. Va a resultar que unos son más iguales que otros. Y estos otros no son nada iguales a los que tienen derecho a su salud a costa de la muerte de otros.

El fin no justifica los medios. De una acción mala e ilícita —como es matar— no se puede obtener un fin bueno y lícito —como es curar—. Esto sería tanto como reconocer que del mal se obtiene el bien. Pues no y otra vez no. Del mal sólo se obtiene el mal. Al mal sólo se le vence con el bien. Y el mal tiene nombre y apellidos, el de las personas que libremente han elegido hacer el mal en lugar de hacer el bien.

Es de sentido común que un mal no se arregla con un mal mayor, sería peor el roto que el descosido dice el refrán. Donde no hay mata no hay patata, dice otro. Donde no hay bien ¿cómo voy a sacar algo bueno? Es sencillamente imposible.

Por otra parte y dejando de lado lloros, lástimas y sentimentalismos, qué se consigue matando para curar: curar a alguien, ¿seguro? De qué, de su enfermedad. Y ¿cómo le explico luego que hemos matado a su hermanito para que él pueda curarse? ¿Lo comprenderá? ¿Y si le diera por pensar que él y su hermanito son hijos de los mismos padres…?

6. Situación legal actual

La primera ley de reproducción asistida Ley 35/1988 siendo una ley de las más permisivas de su época, prohibía la obtención de embriones humanos con cualquier fin distinto a la procreación, también prohibía la clonación humana y sólo permitía la investigación con embriones muertos.

Pero permitía que se pudieran acumular los embriones sobrantes de la fecundación in vitro de tal manera que se creó un problema de acumulación de embriones humanos congelados lo que unido a la prohibición de investigación y de comercialización llegó a generar un auténtico problema para las clínicas de reproducción. Sólo una clínica valenciana reconoció tener 40.000 embriones ultra congelados. Se calculaba que en España podía existir alrededor de 200.000 embriones congelados.

La reforma pretendida por la Ley 45/2003 quería terminar con esas prácticas y daba a las parejas distintas opciones para que determinasen el destino de los embriones congelados: que la propia madre asumiera gestar a los embriones “sobrantes”; que se donaran a otras parejas con fines reproductivos o que se descongelaran. Esto último llevaría consigo la muerte —así se llama el final de la vida humana— del embrión. La ley 45/2003 permitía que una vez muerto el embrión humano la pareja permitiera la utilización de las células del embrión con fines de investigación sin que en ningún caso se permitiera su reanimación para obtener células de un embrión vivo.

Para evitar que se volviera a repetir la acumulación de embriones esta ley limitaba a tres el número de óvulos que se podían fecundar —lo que luego serían embriones— y también limitaba a tres el número de embriones que se podían transferir al útero de la mujer en cada ciclo. Con todo, en otros países como Suecia y Gran Bretaña[6] se limita a un solo embrión en cada ciclo con el fin de evitar los partos múltiples y el riesgo para la salud de la madre y de los hijos.

A pesar de todas sus buenas intenciones esta reforma del año 2003 no era buena, ni ética, ni científicamente. La Conferencia Episcopal Española así lo dejo dicho en su Nota de 25 de julio de 2003 “Una reforma para mejor pero muy insuficiente”.

Este planteamiento de la ley de 2003 no era un dechado de virtudes, pero quería ser algo respetuoso con el embrión humano. El proyecto de ley 121/000039 supone un giro radical con todo lo anterior, sobre todo porque ya de entrada no se trata de solucionar problemas relacionados con la infertilidad de una pareja[7]. Y aun cambiando muchas cosas lo más importante es lo que no se dice:


1. Se permite la generación expresa de embriones para investigar[8]. De manera que los embriones congelados pasan de ser un problema de almacenamiento a ser un auténtico filón de oro para ciertas clínicas que ven recompensados sus costes de congelación en nitrógeno líquido.
2. Se permite la clonación humana no reproductiva. Porque no se prohíbe la clonación, así, a secas, sino que solo se prohíbe la reproductiva, luego se autoriza la no reproductiva o de investigación, terapéutica, industrial, farmacológica, etc.
3. Se fomenta la generación de embriones sobrantes destinados a la investigación porque se suprime el límite de tres óvulos fecundados en cada ciclo y se elimina también la obligación de crioconservar los embriones sobrantes, permitiendo que sean directamente utilizados (“en fresco”) para investigar.
4. Se permite la comercialización, tráfico y uso industrial de los embriones por la vía indirecta de suprimir la calificación de estas acciones como infracciones muy graves. Es algo así como si mañana el Código penal dijera que matar a un indigente no es un delito de asesinato, sino una faltita sancionable con multa de treinta euros y... a casa.
5. Se autoriza cualquier tipo de selección eugenésica de embriones humanos. Se pueden seleccionar los embriones por criterios distintos de la mera viabilidad del embrión. De tal manera que se pueden desechar los que no sean rubios, o altos o no tengan la compatibilidad deseada para curar a su hermanito, aunque estén perfectamente sanos y viables.


Y entonces viene la pregunta del millón. ¿Quiénes son los beneficiados por esta reforma? Porque el embrión desde luego que no. Las parejas infértiles tampoco. ¿No serán las clínicas reproductivas y las industrias de la fecundación artificial...? Cada uno que juzgue.



7. Autoridad ilegítima


Que cómo hemos podido llegar a esto. A permitir legalmente la fecundación de ovocitos animales con esperma humano, por ejemplo. A que se vendan personas, a que se ponga el mercado de la genética al alcance de nuestras manos, por otro ejemplo. Pues muy fácil.


A todo esto no se llega de golpe, de repente, de un día para otro, sino que se va llegando poco a poco y un buen día te encuentras que es lo más normal del mundo utilizar a unas personas en beneficio de otras. Y que haya una ley y un parlamento que lo ampare y que se crea con derecho a legislar sobre todo sin ningún límite. Sin más derecho que el de haber sido elegido democráticamente, como si eso fuera razón suficiente para hacer lo que uno quiera sin importar los demás o la realidad de las cosas, como si fueran los dueños absolutos de la vida.


No existe autoridad humana que pueda legitimar lo que va contra la naturaleza humana y contra la dignidad del hombre[9]. No es lícito producir seres humanos artificialmente con un fin utilitario y condenar a muerte a los que no sirven para los fines deseados. La autoridad no es legítima si va contra la dignidad del hombre.


Felipe Pou Ampuero

[1] Carlos Llano, Fecundación artificial: de medicina a industria, Aceprensa, Madrid, servicio 16/06 de 15 de febrero de 2006.
[2] Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española, “Por una ciencia al servicio de la vida humana”, Madrid, 25 de mayo de 2004.
[3] Instrucción “Donum Vitae”, Congregación para la Doctrina de la Fe, Vaticano, 22 de febrero de 1987.
[4] Mons. Fernando Sebastián Aguilar, Una ley cruel y engañosa, Diario de Navarra, 21 de febrero de 2006.
[5] Instrucción “Donum Vitae”, Congregación para la Doctrina de la Fe, Vaticano, 22 de febrero de 1987.
[6] Gonzalo Herranz, Diario Médico, 20 de diciembre de 2005.
[7] Carlos Llano, Fecundación artificial: de medicina a industria, Aceprensa, Madrid, servicio 16/06 de 15 de febrero de 2006.
[8] Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española, “Ante la licencia legal para clonar seres humanos y la negación de protección a la vida humana incipiente”, Madrid, 9 de febrero de 2006.
[9] Mons. Fernando Sebastián Aguilar. Op. Cit.

jueves, febrero 02, 2006

12. Verdad

VERDAD

Fecha: 2 de febrero de 2006

TEMAS:
Verdad, Conciencia.

RESUMEN:
1. El hombre moderno se empeña en conocer la realidad que le rodea, tanto la física, como al mismo hombre, con métodos que corresponden a una forma unilateral de racionalidad. El hombre puede conocer la verdad cuando acepta que la verdad existe y no le pertenece, cuando reconoce al Creador como Señor de la verdad, del bien y del mal. El hombre conoce la verdad por medio de la ley natural escrita en su corazón que le dice lo que es bueno y lo que es malo. Es la voz de la conciencia que cada hombre debe seguir y preocuparse de formar y cultivar.

2. El hombre tiene capacidad para conocer la verdad, pero antes tiene que entender que la razón humana es limitada y por sí sola no puede conocer la verdad, sino que necesita de la ayuda de la fe que se reconoce no como un límite a la razón humana, sino como una ayuda, como una luz nueva en el entendimiento de la verdad.

3. La verdad también tiene un contenido moral que suscita y exige un compromiso coherente de vida: comporta el cumplimiento de los mandamientos divinos de tal manera que se puede tener por cierto que quien deliberadamente no quiere cumplir los mandatos divinos no está en la verdad y, por no estar en la verdad, es falso.

4. El obrar del hombre es moralmente bueno no tanto cuando su intención es buena, o sus deseos son sinceros, sino cuando sus elecciones están conformes con el verdadero bien del hombre y expresan la ordenación de la persona hacia su fin último que es Dios. La fe también nos muestra que sólo Dios es Bueno y de esta manera nos remite a la primera tabla de los mandamientos divinos que exige reconocer a Dios como Señor único y absoluto y darle culto solamente a Él porque es infinitamente santo.


SUMARIO: 1. La verdad se conoce.- 2. Para ser libres.- 3. Donde está la verdad.- 4. La sorpresa.-

1. La verdad se conoce

Para medir la anchura de mi mesa de trabajo necesito un metro. Con este aparato consigo saber si es ancha o estrecha y conozco su medida exacta. Para medir mi capacidad de aventura no me sirve un metro. Es que no me sirve para nada absolutamente. Sin embargo, los hombres, que somos bastante tercos, nos seguimos empeñando en conocer lo espiritual con métodos de conocimiento de lo material. Y resulta que el metro no vale para lo espiritual, por mucho que me empeñe.

El hombre moderno se empeña en conocer la realidad que le rodea, tanto la física, como al mismo hombre, con métodos que corresponden a una forma unilateral de racionalidad y olvida que no tendría razón para conocer si Dios no se la hubiera dado. Luego será Dios quien mejor conoce al hombre. Mejor incluso que las propias razones del hombre que siempre serán limitadas.

La capacidad de conocimiento intelectual distingue radicalmente al hombre de los animales, donde la capacidad de conocer se limita a los sentidos. Este conocimiento intelectual hace al hombre capaz de discernir, de distinguir entre la verdad y la no verdad. El hombre tiene dentro de sí una relación esencial con la verdad que determina su carácter de ser transcendente[1].

El hombre puede conocer la verdad cuando acepta que la verdad existe y no le pertenece, cuando reconoce al Creador como señor de la verdad, del bien y del mal. El hombre conoce la verdad por medio de la ley natural escrita en su corazón que le dice lo que es bueno y lo que es malo. Es la voz de la conciencia que cada hombre debe seguir y preocuparse de formar y cultivar.

Y esta ley natural es la Palabra de Dios que se confirma con la Revelación del Evangelio. Cuando Jesús dice «Yo soy la Verdad, el Camino y la Vida» no hace sino ratificar que sólo Dios es Bueno, sólo Él es el dueño del bien y del mal.

Por esto, si existe la obligación de cada hombre de seguir la voz de su conciencia y el derecho a ser respetado en la búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave de cada uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida[2].

2. Para ser libres

El hombre es tentado continuamente a apartar su mirada del Dios vivo y verdadero y dirigirla a los ídolos, cambiando la verdad de Dios por la mentira. De esta manera su capacidad para conocer la verdad queda ofuscada y se debilita su voluntad para someterse a ella. Acaba buscando una libertad ilusoria fuera de la misma verdad porque no deja de ser una libertad falsa, es decir, lo contrario de la libertad: la esclavitud.

Al prohibir al hombre comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, Dios afirma que el hombre no tiene ese poder, sino que participa de él solamente por medio de la luz de la razón natural y de la revelación divina que le manifiestan las exigencias de la misma verdad y dónde se encuentra el bien y el mal[3]. El hombre tiene capacidad para conocer la verdad, pero antes tiene que entender que la razón humana es limitada y por sí sola no puede conocer la verdad, sino que necesita de la ayuda de la fe que se reconoce no como un límite a la razón humana, sino como una ayuda, como una luz nueva en el entendimiento de la verdad.

Si Dios es el dueño del árbol de la vida, solamente la libertad que elige a Dios conduce a la persona a la verdad, a su verdadero bien. Podemos decir que la libertad es auténtica en la medida que realiza el verdadero bien. Sólo entonces ella misma es un bien[4].

Pero el hombre descubre que su libertad está inclinada misteriosamente a traicionar esta apertura a lo Verdadero y al Bien y que, con demasiada frecuencia, prefiere de hecho escoger bienes contingentes, limitados y efímeros. Y es el mismo Cristo quien manifiesta que el reconocimiento honesto y abierto de la verdad es condición indispensable para conseguir la auténtica libertad: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32).

Además hay que tener presente que una palabra no es acogida auténticamente si no se traduce en hechos, si no es puesta en práctica. La verdad también tiene un contenido moral que suscita y exige un compromiso coherente de vida: comporta el cumplimiento de los mandamientos divinos de tal manera que se puede tener por cierto que quien deliberadamente no quiere cumplir los mandatos divinos no está en la verdad y, por no estar en la verdad, es falso.

Se impone una distinción de carácter específicamente ético. Es la distinción entre el bien honesto, el bien útil y el bien deleitable. Sólo cuando la acción que realizo es honesta y son honestos también los medios que utilizo el fin pretendido puede considerarse honesto y bueno. El bien honesto es cumplir los mandatos de Dios incluso por encima de mi propia utilidad o provecho y hasta de mis propios sentidos, apetencias o satisfacciones intelectuales o sensuales.
Es inaceptable la actitud de quien hace de su propia debilidad el criterio de la verdad sobre el bien, de manera que se pueda sentir justificado por sí mismo, incluso sin necesidad de recurrir a Dios y a su misericordia. Porque si el hombre redimido todavía peca, esto no se debe a la imperfección de la Redención de Cristo, sino a la voluntad del mismo hombre de sustraerse a la gracia que brota de la Redención[5].

La verdad es necesaria para ser libre porque sólo la verdad nos hace libres. El hombre se tiene que fiar del Creador, confiar que los límites de la criatura son, en realidad, las luces y la iluminación de la razón: definen la ley de la libertad del hombre.

3. Donde está la verdad

La historia del hombre se desarrolla en la dimensión horizontal del espacio y del tiempo. Pero, al mismo tiempo, está como traspasada por una dimensión vertical. En efecto, la historia no está escrita únicamente por los hombres, junto con ellos la escribe también Dios[6]. Dios no abandona al hombre, sino que le muestra la verdad constantemente en todo tiempo y lugar. El obrar del hombre es moralmente bueno no tanto cuando su intención es buena, o sus deseos son sinceros, sino cuando las elecciones de la libertad están conformes con el verdadero bien del hombre y expresan la ordenación de la persona hacia su fin último que es Dios. En esta tarea la verdad ilumina la inteligencia y modela la libertad del hombre que de esta manera es ayudado a conocer y amar al Señor.

La felicidad del hombre no está en hacer lo que sus deseos le dictan en cada momento, sino en aprender a desear lo que debe hacer, en querer la misma verdad sobre el hombre. Lo propio de la fe cristiana en el mundo de las religiones es que sostiene que nos dice la verdad sobre Dios, sobre el mundo y sobre el mismo hombre. La fe cristiana es la fe verdadera por ser la fe auténtica, del mismo Dios. De alguna manera la fe protege la razón de la superstición y del miedo, a la vez que invita a reconocer la existencia del misterio. La fe ayuda a la razón a percatarse de sus límites, pero también le ayuda a recuperar la confianza en la grandeza de sus posibilidades[7].

Y forma parte, y parte esencial, de la verdad del hombre la existencia del pecado original. Las ciencias humanas, como todas las ciencias experimentales, parten de un concepto empírico y estadístico de la «normalidad». La fe nos enseña que esta normalidad lleva consigo las huellas de una caída del hombre desde su condición originaria, es decir, que está afectado por el pecado original.

La fe también nos muestra que sólo Dios es Bueno y de esta manera nos remite a la primera tabla de los mandamientos divinos que exige reconocer a Dios como Señor único y absoluto y darle culto solamente a Él porque es infinitamente santo. Sólo Dios es el Bien supremo, la base inamovible y la condición insustituible de la moralidad. Así el Bien supremo y el bien moral se encuentran en la verdad: la verdad de Dios Creador y Redentor y la verdad del hombre creado y redimido por Él[8].

Es necesario que el hombre moderno se dirija de nuevo a Cristo para obtener de Él la respuesta a lo que es la verdad y el bien y también la respuesta a lo que es la mentira y el mal. Nadie es bueno sino sólo Dios. Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien porque Él es el mismo Bien.

4. La sorpresa

Porque para el hombre moderno la mayor sorpresa —la mayor perplejidad para el científico— es que «no es el poderío que redime al hombre, sino el amor... ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte!... El Dios que se ha hecho Cordero nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres»[9].

La verdad sobre el hombre no procede de una declaración humana, sino del mismo mensaje de Dios que se hace hombre y nos revela cuál es la verdadera dignidad de la persona humana. Nuestra actitud de tolerancia y respeto al prójimo, no importa cuál sea su raza o condición es tributaria de esta revolución cristiana[10]. La ley de Dios no es solo una colección de conductas prohibidas, sino que representa el valor inviolable de todo hombre, su verdadera dignidad. Más aún. No se queda en prohibir el mal, porque no hacer el mal no es semejante a no hacer nada. Nada es no hacer nada, ni el bien, ni el mal. No hacer el mal es equivalente a hacer el bien. Porque no existe un territorio neutro entre el bien y el mal, más bien existe una fina y delgada frontera que delimita lo bueno de lo malo de manera que si no haces el bien te estás acercando peligrosamente al mal.

Y en la verdad del hombre también se encuentra el amor que Dios le tiene. «Nuestro Padre del cielo no nos quiere por el bien que hacemos: nos ama gratuitamente, por nosotros mismos, porque nos ha adoptado para siempre como hijos suyos»[11]. Y esto es tan así que en la vida de los santos se puede comprobar que Dios no elige a los capaces, sino que concede su gracia a los elegidos.

La primera y fundamental verdad del hombre es que es creado por Dios, a su imagen y semejanza, y de una determinada manera y modo de ser. Como unidad de alma y de cuerpo. Mediante el cuerpo el hombre participa del mundo material, sensible, contingente. Mediante su espíritu el mismo hombre supera la totalidad de las cosas y penetra en la estructura más profunda de la realidad porque puede conocer las cosas como las conoce el Creador[12]. El hombre por tanto, tiene dos características muy diversas: es un ser material, vinculado a este mundo mediante su cuerpo; y un ser espiritual abierto a la trascendencia y al descubrimiento de una verdad más profunda por medio de su inteligencia que le hace partícipe de la luz de la inteligencia divina.

La verdad del hombre nos dice que está abierto a la trascendencia, al infinito y a todos los demás seres creados. Nos dice que el hombre existe como un ser único, irrepetible: existe como un «yo». La verdad del hombre nos dice que cada hombre existe como una historia única, distinta de las demás, irreductible ante cualquier intento de limitarlo a pobres esquemas de pensamiento o a sistemas de poder.

«La Iglesia conserva la memoria de la historia del hombre desde sus comienzos: de su creación, de su vocación, de su elevación y de su caída. En este marco esencial discurre toda la historia del hombre, que es la historia de la Redención. La Iglesia es la madre que, a semejanza de María, guarda en su corazón la historia de sus hijos, haciendo propios todos los problemas que les atañen»[13].




Felipe Pou Ampuero

[1] Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo, www.interrogantes.net
[2] Juan Pablo II, Enc. Veritatis Splendor, Vaticano, 6 de agosto de 1993, n.34.
[3] Juan Pablo II, Enc. Veritatis Splendor, Vaticano, 6 de agosto de 1993, n.41.
[4] Juan Pablo II, Memoria e identidad, Vaticano, 2005, p. 58.
[5] Juan Pablo II, Enc. Veritatis Splendor, Vaticano, 6 de agosto de 1993, n. 104.
[6] Juan Pablo II, Memoria e identidad, Vaticano, 2005, p. 189.
[7] Mons. Javier Echeverría. Nuestro Tiempo, junio 2005, n. 612, p.34.
[8] Juan Pablo II, Enc. Veritatis Splendor, Vaticano, 6 de agosto de 1993, n. 99.
[9] Benedicto XVI, Homilía en inicio de ministerio petrino Vaticano, 24 de abril de 2005.
[10] Marcello Pera, Presidente del Senado de Italia. “La crisis del relativismo en Europa”, ABC, 2 de mayo de 2005.
[11] Jacques Philippe, La libertad interior, Ed. Rialp, 2002, p. 151.
[12] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. Librería Editrice Vaticana, 2005, n. 127.
[13] Juan Pablo II, Memoria e identidad. Vaticano, 2005, p. 186.