sábado, octubre 01, 2011
64. JMJ 2011
viernes, junio 24, 2011
63. Libertad religiosa
TEMAS: Religión, libertad, cultura.
RESUMEN: 1. En la sociedad actual la libertad religiosa se encuentra amenazada por los distintos sistemas políticos que desconfían de las creencias de los ciudadanos.
2. Se descubre un común denominador que consiste en considerar a la religión como una fuente de problemas que impiden o dificultan la pacífica convivencia de los ciudadanos. Sin embargo, la democracia no es la causa de una convivencia pacífica y respetuosa sino más bien la democracia es la consecuencia de una cultura ética y respetuosa con el hombre donde realmente se forma en la convivencia y el respeto recíproco.
3. La libertad religiosa es el derecho a seguir libremente la conciencia de cada uno que nos hace conocer la ley natural que todo hombre tiene en su naturaleza racional y le hace ver que existe una manera correcta de actuar.
4. Pero la conciencia no es algo absoluto, situado por encima de la verdad y del error; es más, su naturaleza íntima implica una relación con la verdad objetiva, universal e igual para todos.
5. La autoridad civil no puede imponer a los ciudadanos la profesión o el abandono de cualquier religión, ni impedir que alguien ingrese en una comunidad religiosa o que la abandone.
6. Olvidar la importancia de la religión en la dimensión trascendente del hombre y en la sociedad conduce a una sociedad sin sentido y sin valores donde el hombre es un auténtico opresor del hombre. «Una sociedad en la que Dios es absolutamente ausente se autodestruye».
SUMARIO: 1. Libertad amenazada.- 2. El derecho a la libertad religiosa.- 3. Peligros para la libertad religiosa.
1. Libertad amenazada
En la sociedad actual la libertad religiosa se encuentra amenazada por los distintos sistemas políticos que desconfían de las creencias de los ciudadanos. En su intervención en la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, Mary Ann Glendon[1] identificó hasta cuatro tipos distintos de amenazas a la libertad religiosa: 1) la coerción del Estado y persecución de los creyentes, 2) las restricciones estatales a la libertad religiosa de las minorías, 3) las presiones sociales sobre las minorías religiosas y 4) el crecimiento del fundamentalismo secular en los países de Occidente que consideran a los creyentes como una amenaza para las democracias.
En todas estas actuaciones no respetuosas con la religión se descubre un común denominador que consiste en considerar a la religión como una fuente de problemas que impiden o dificultan la pacífica convivencia de los ciudadanos. La postura más respetuosa accede a considerar la libertad religiosa como un derecho de la persona pero de segundo grado que debe ser sometido o subordinado a los demás derechos fundamentales. Por esta razón, se reconoce un derecho a la libertad religiosa sí, pero perteneciente a la esfera de la intimidad de la persona y, por tanto, postergado a la esfera privada sin ninguna trascendencia en la vida pública de las sociedades y de los pueblos.
Sin embargo, los recientes estudios de las ciencias sociales no avalan tales postulados. La influencia de la religión unas veces es causa de conflictos, pero en otras ocasiones promueve la democracia, la conciliación y la convivencia. Estos estudios también sugieren que existe una correlación positiva entre respeto a la libertad religiosa y libertad política, progreso de la mujer, libertad de prensa, alfabetización y libertad de prensa.
Para muchos pensadores actuales la democracia es la fuente de las virtudes cívicas de convivencia. Sin embargo, la reciente historia del siglo XX contradice esta afirmación. La democracia no es la causa de una convivencia pacífica y respetuosa sino más bien la democracia es la consecuencia de una cultura ética y respetuosa con el hombre que depende de las instituciones de la sociedad civil —en primer lugar, la familia— donde realmente se forma en la convivencia y en el respeto recíproco.
Uno de los principales modos como se viola la libertad religiosa es confinándola en la esfera privada y apartándola de la vida pública y social. Pero abolir la religión de la vida pública no resuelve los problemas, porque la religión no es el problema. Tal solución solamente oculta el verdadero problema: el respeto debido al hombre.
2. El derecho a la libertad religiosa
La declaración Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa del Concilio Vaticano II, aunque breve, tiene una especial importancia[2]. Supuso un desarrollo tan notable que el obispo Marcel Lefebvre lo reputó una inaceptable «ruptura» con la Tradición.
La libertad religiosa es el derecho que tienen todos los hombres para estar inmunes de coacción, tanto por parte de personas particulares como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, de manera que nadie pueda ser obligado a actuar contra su conciencia, ni se le impida actuar conforme a su conciencia tanto en privado como en público, sólo o asociado a otros.
Es el derecho a seguir libremente la conciencia de cada uno que nos hace conocer la ley natural que todo hombre tiene en su naturaleza racional y le hace ver que existe una manera correcta de actuar.
Al mismo tiempo, como el hombre es un ser racional capaz de preguntarse y dar respuestas a los interrogantes de su vida esto nos hace reconocer que todos los hombres son capaces de preguntarse por la verdad de lo que les rodea y también por la misma existencia de Dios. Así pues, al derecho de cada hombre a seguir su propia conciencia se sigue el deber de conocer la verdad y no darle la espalda para justificar una vida sin preguntas.
Sin embargo, la conciencia no es algo absoluto, situado por encima de la verdad y del error; es más, su naturaleza íntima implica una relación con la verdad objetiva, universal e igual para todos. Es por esta relación especial de la conciencia con la verdad que toda persona tiene el grave deber de formar la propia conciencia a la luz de la verdad objetiva[3]. Ni la conciencia ni la libertad son absolutas (Veritatis Splendor, 32). La libertad de conciencia no es nunca libertad respecto a la verdad, sino siempre y sólo libertad en la verdad (Gaudium et spes, 64).
La verdad, también la verdad religiosa, no puede imponerse por la fuerza. El deseo natural de conocer la verdad está tan arraigado en el hombre que se puede afirmar que es natural a él. El hombre es aquél que busca la verdad.
El fundamento de la libertad religiosa se encuentra en la misma naturaleza humana, en la dignidad humana que le hace capaz de conocer la verdad. No se trata, por tanto, de una capacidad individual o personal de algunos hombres y mujeres, sino que la libertad religiosa es propia de la naturaleza humana y común a todos los hombres y a todas las mujeres.
La dignidad del hombre consiste en haber sido creado para ordenarse por sí mismo al fin último al que naturalmente tiende, en ser capaz de conocer y amar explícitamente a Dios, capaz de participar, por la gracia, de la naturaleza divina y de la vida eterna[4].
La libertad religiosa tiene una dimensión pública, porque los actos religiosos no son solamente internos, sino también son actos externos y sociales, compartidos con los demás y que precisan de una comunidad política organizada.
La autoridad civil no puede imponer a los ciudadanos la profesión o el abandono de cualquier religión, ni impedir que alguien ingrese en una comunidad religiosa o que la abandone.
No se debe confundir el derecho a la libertad religiosa con la libre expresión de las confesiones religiosas y con el derecho de reunión o expresión en general. Mientras estos derechos lo son de la sociedad y de los grupos sociales, la libertad religiosa es un derecho individual de cada hombre que se fundamenta y justifica en la propia y personal dignidad.
Precisamente el objeto que protege el derecho a la libertad religiosa no consiste en la libre expresión de las confesiones religiosas y su manifestación y reconocimiento social, sino el respeto y reconocimiento a la dignidad humana de cada hombre y de cada mujer en sí mismos considerados.
La religión y las confesiones religiosas no son un problema para el hombre porque no le impiden ser hombre, ni tampoco le limitan su desarrollo personal y social. Al contrario, la religión le hace consciente a cada hombre de su dimensión trascendente que va más allá de sí mismo y alcanza a los demás y al mundo en que vive de manera que no puede sentirse extraño en ninguna sociedad.
La dimensión trascendente y espiritual del hombre es la que hace posible que los hombres y las sociedades sean más humanas y estén abiertas al otro, a la cultura a lo diferente y a lo no conocido. Es por la religión que se ha fomentado la cultura, la promoción de la mujer, la paz social y familiar, el reconocimiento de la libertad del hombre como un precioso bien, la dignidad de todos los hombres, el desarrollo económico basado en el desarrollo social antes que económico.
3. Peligros para la libertad religiosa
Pero la libertad religiosa también está sujeta a peligros y amenazas. De una parte están presentes los peligros derivados de actos positivos en contra de la religión y de su manifestación pública. Las persecuciones abiertas y declaradas y las múltiples prohibiciones a la libre expresión de la religión de una persona, de una sociedad, de una raza, de una cultura.
También existen actos negativos de ocultamiento o negación del fenómeno religioso como la no consideración de la religión o de una confesión religiosa y la burla o el desprecio de la religión manifestada en críticas abiertas y declaradas contra las creencias religiosas y sus manifestaciones públicas recluyéndolas al arcaísmo, a expresiones de folklore popular o a manifestaciones de la cultura ya superadas por el avance de la ciencia moderna.
Por último, también se manifiesta la oposición a la religión en una actitud de la cultura y del poder consistente en recluir la religión a la esfera privada de las personas y negar al fenómeno religioso cualquier trascendencia pública y social dando a entender que la religión es un capricho de algunas personas pero en absoluto es necesario.
Especial importancia tiene actualmente el desprecio, la burla y el olvido de los símbolos, las fiestas y manifestaciones públicas de la religión. En concreto, de la religión cristiana que explica la cultura europea y, por extensión, explica también la cultura occidental. Sin el cristianismo nada sería igual y sin el cristianismo la cultura actual no sería la misma.
No se puede olvidar que el fundamentalismo religioso y el laicismo son formas extremas del rechazo del legítimo pluralismo y del principio de laicidad. La sociedad que quiere imponer o, al contrario, negar la religión con la violencia, es injusta con la persona y con Dios, pero también injusta consigo misma[5].
Olvidar la importancia de la religión en la dimensión trascendente del hombre y en la sociedad conduce a una sociedad sin sentido y sin valores donde el hombre es un auténtico opresor del hombre. «Una sociedad en la que Dios es absolutamente ausente se autodestruye»[6]. ■
Felipe Pou Ampuero
[1] Mary Ann Glendon, Intervención en la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, Ciudad del Vaticano, 3 de mayo de 2011.
[2] Jesús Villagrasa, El derecho a la libertad religiosa, Ecclesia, XXIV, n.4, 2010, pp. 3-13.
[3] Editorial de Ecclesia, Derecho a la libertad religiosa, XXIV, nº 4, 2010.
[4] Editorial de Ecclesia, Derecho a la libertad religiosa, XXIV, nº 4, 2010.
[5] Benedicto XVI, Mensaje para la XLIV Jornada Mundial de la Paz, Roma 1-I-2011.
[6] Card. Joseph Ratzinger, Discurso 19-XI-2004.
martes, mayo 17, 2011
62. Autoridad
Fecha: 01 de mayo de 2011
TEMAS: Autoridad, Libertad, Educación.
RESUMEN: 1. Las demás personas reconocen en aquel que tiene autoridad una sabiduría y un conocimiento que les inspira confianza para seguir sus consejos y obedecer sus indicaciones.
2. Para inspirar confianza en los hijos es importante considerarles, darles la importancia que se merecen como personas. La confianza recíproca supone reconocerse como personas que sienten, que piensan, que asumen los razonamientos en la medida de su capacidad personal.
3. ¡A cuántos padres les falta tiempo para escuchar a sus hijos y para atenderles en sus problemas! El padre debe ponerse al servicio de la educación de su hijo para someterse a su tiempo y a sus necesidades sin intentar imponer su tiempo y su agenda.
4. Los padres que no confían en sus hijos les protegen en exceso, como si fueran de cristal, y no les dejan ser autónomos, esto es, personas capaces de sí mismas.
5. Los hijos deben tener libertad de movimientos, porque son libres y al fin y al cabo, antes o después, vivirán su propia vida independiente. El verdadero servicio de los padres será marcar las líneas del campo de juego.
6. Lo que los padres pretenden al educar a sus hijos es que en su vida sean buenas personas, no que sean personas obedientes.
7. La autoridad del padre debe suponer una educación de la libertad del hijo al que debe hacer ver que la libertad propia no es un valor absoluto, sino un medio, un instrumento para lograr una vida mejor, más humana, más verdadera.
8. Para educar la libertad de los hijos es imprescindible enseñarles a amar la Verdad, así, con mayúsculas. La verdad solo se ama con libertad, sin imposiciones, dejándose seducir por su resplandor que todo lo ilumina.
* * * * *
SUMARIO: 1. La autoridad es confianza.- 2. La autoridad es un servicio.- 3. La autoridad para la libertad.
1. La autoridad es confianza
La autoridad, en palabras de Álvaro d’Ors, es el saber socialmente reconocido por las demás personas que reconocen en aquel que tiene autoridad una sabiduría y un conocimiento que les inspira confianza para seguir sus consejos y obedecer sus indicaciones.
La autoridad se opone frontalmente a la potestad que es el poder socialmente reconocido a quien no se tiene en cuenta lo mucho o poco que pueda conocer y saber, pero a quien se obedece porque tiene fuerza de coacción y capacidad de doblegar las voluntades.
Se podría decir que la autoridad se reconoce y se estima[1], se apetece y se desea, mientras que el poder se teme y se soporta. Tenemos confianza en una persona porque estamos persuadidos de que sabe y nos puede aconsejar bien, le buscamos y deseamos estar con él, contarle nuestros problemas y dificultades y seguir sus consejos porque confiamos en que nos hará bien todo lo que nos recomiende. De la misma manera que al buen médico se le obedece no por la fuerza, sino en la confianza de que nos devolverá la salud porque sabemos que tiene la ciencia suficiente para ello.
La autoridad personal es un valor conseguido con la experiencia, con los conocimientos y también con la propia vida. Los conocimientos se adquieren por el estudio y el trabajo, pero la autoridad es consecuencia de una vida ejemplar. Inspira confianza quien tiene una buena vida. Y esto ya no depende de los conocimientos adquiridos, sino de la vida de cada cual.
Para inspirar confianza es necesario provocar en los demás el convencimiento de que recibirán bien de esa persona y no mal. Inspira confianza la buena gente que viene a ser la gente buena. Esta buena gente no han nacido así, buenos sin más, sino que se llega a ser buena persona como consecuencia de un largo recorrido de exigencias y renuncias para mejorar personalmente. Y el resultado final de ese camino es la bondad personal que inspira confianza y otorga autoridad.
Pero la autoridad que se basa en la confianza no es una relación única, sino que es recíproca porque también está basada en una relación inversa: la del hijo frente al padre. Se reconoce autoridad al padre porque se confía en su sabiduría y en su bondad, en que nos hará bien y nos enseñará lo que nos conviene. Pero además —y no menos necesario— porque el padre también tiene confianza en el hijo y espera su mejora personal, su crecimiento humano.
Así resulta que la autoridad inspira confianza en el hijo, pero también precisa confianza en él para llegar a la convicción de que no será tiempo perdido el que se emplee en su educación y enseñanza. Esta confianza recíproca de uno con el otro tiene un nexo de unión común que es el cariño. Desde el cariño se puede construir la confianza recíproca y tener autoridad.
Sin embargo, a veces, se puede pensar que con el cariño basta y es suficiente. Basta con querer a los hijos para educarles. No es así, es necesario querer a los hijos, sin cariño no se puede educar bien, y no se tendrá autoridad, pero el cariño no es suficiente. Hace falta algo más. Es necesario quererles bien que es lo mismo que querer el bien de los hijos, y esto es algo más que simplemente quererles.
Para conseguirlo hay que tener en cuenta que estamos siempre en presencia de otra persona, de otra manera de ver y de sentir. Es necesario tener paciencia con ellos, para saber esperar los resultados y el tiempo oportuno en cada momento y con cada persona. Pero, sobre todo, es importante considerarles, darles la importancia que se merecen como personas. La confianza recíproca supone reconocerse como personas que sienten, que piensan, que asumen los razonamientos en la medida de su capacidad personal.
La confianza y la consideración personal son el extremo opuesto a la agresividad, la imposición, el desinterés por la opinión ajena y la exigencia en el logro de los resultados. Los padres con autoridad saben esperar, deben esperar y confían en sus hijos: por esto les conceden un margen de decisión y de actuación y son lo opuesto a la disciplina militar.
2. La autoridad es un servicio
¡A cuántos padres les falta tiempo para escuchar a sus hijos y para atenderles en sus problemas! Sí, es cierto, son problemas de niños. Pero no es menos cierto que son «sus» problemas y para ellos son los problemas más importantes que tienen en su vida por no decir que son los únicos problemas que hasta el momento tienen. El tiempo es un gran aliado en la autoridad. Se debe contar con el tiempo y saber que la educación necesita del tiempo para producir resultados.
Pero el tiempo no es absoluto. No es el tiempo que marcan las agujas del reloj: siempre igual, siempre matemático, cada hora de sesenta minutos: ni uno más, ni uno menos. No, el tiempo de la personas es «su tiempo» y por ser personal de cada uno es un tiempo relativo. Cada persona necesita su tiempo y es necesario saber ponerse a disposición del tiempo de cada uno y asistir a su ritmo de crecimiento.
Se podría decir que la autoridad se ejerce como el hijo quiere que se ejerza con él, aún sin percatarse de esto muy bien. El padre debe ponerse al servicio de la educación de su hijo para someterse a su tiempo y a sus necesidades sin intentar imponer su tiempo y su agenda. Esto es difícil pero es necesario[2]. Cuando esto no se cumple, cuando el padre quiere imponer su tiempo al hijo, la autoridad desaparece de escena y aparecen los defectos de la autoridad.
Los hijos no son de cristal ni de ningún otro material extraño. No se rompen si se equivocan, al revés, solemos aprender mucho de nuestros errores, sobre todo, si detrás está un padre que nos hace ver en qué nos equivocamos. Los padres que no confían en sus hijos les protegen en exceso, como si fueran de cristal, y no les dejan ser autónomos, esto es, personas capaces de sí mismas.
La autoridad está reñida con la rigidez. El padre autoritario no cambia de opinión porque piensa que esa actitud supondría mostrar su lado débil, su capacidad de equivocarse y hasta de cambiar. Pero el hijo debe aprender lo correcto, no lo que diga su padre y la mejor educación será enseñarle a cambiar de opinión cuando esté equivocado. Lo importante no es tener la razón siempre y no equivocarse, lo importante es amar la verdad, desear hacer las cosas bien y no tener miedo a cambiar si es necesario[3].
Los hijos deben tener libertad de movimientos, porque son libres y al fin y al cabo, antes o después, vivirán su propia vida independiente. El verdadero servicio de los padres será marcar las líneas del campo de juego: dentro de las líneas se puede vivir ordenadamente, con corrección, como viven las personas honradas. «Si te sales de las líneas estás fuera de juego. Cuando seas mayor nadie te va a impedir salirte de las líneas y jugar haciendo trampas. Pero eso no es válido».
3. La autoridad para la libertad
Pero la autoridad de los padres no es una imposición de los propios criterios en los hijos. No se trata de fabricar «clones» de los padres que piensen, actúen y se comporten como se comportan sus padres. Se trata de educar el ejercicio de la libertad de los hijos. Los hijos —como nosotros— somos seres libres. No somos libres porque nos hayan concedido la libertad en alguna declaración de ciudadanía. Somos libres por constitución, no existe un hombre que no sea libre, ni siquiera en ese rescoldo de su corazón donde queda la libertad interior de cada hombre de decir sí o no y de aceptar o renegar de su propia mordaza.
La autoridad de los padres es para la educación de la libertad de sus hijos porque queremos que nuestros hijos sean personas con la libertad bien educada que les permita apetecer lo bueno y rechazar lo malo, lo cual pareciendo tan evidente no deja de traer de cabeza a media humanidad.
Hay que contar con que el hombre no apetece naturalmente lo bueno. Por alguna misteriosa razón, en nuestra naturaleza existe una apetencia al desorden, al mal, que se ha llamado la concupiscencia. Pero somos libres para seguir el apetito o para seguir nuestra razón natural que nos dice «haz el bien y evita el mal».
No lo olvidemos nunca. Lo que los padres pretenden al educar a sus hijos es que en su vida sean buenas personas, no que sean personas obedientes. Las buenas personas obedecen, pero con cabeza y cuando no tienen que obedecer a nadie, saben obedecerse a sí mismos, es decir, a los dictados de su conciencia. Los que solo son obedientes no pasan de ser personas decentes si les dieron buena instrucción, pero no sabrán hacia donde deben orientar su vida.
La autoridad no se reduce al ejercicio del poder paterno y al dictado de órdenes concretas: «haz esto, no hagas lo otro, evita aquello, cuidado con lo de más allá». La autoridad así entendida supone una permanente limitación de la libertad del hijo que vive comprimida como un muelle hasta que alcanza la independencia paterna y vive su propia vida.
La autoridad del padre debe suponer una educación de la libertad del hijo al que debe hacer ver que la libertad propia no es un valor absoluto, sino un medio, un instrumento para lograr una vida mejor, más humana, más verdadera. La libertad es para el bien y no es para la libertad misma y menos aún la libertad es para el mal ni propio ni ajeno.
La vida es elegir y cuando se elige se acepta una opción y se desecha la contraria. De lo que se trata es de enseñar a elegir lo bueno y de desechar lo malo. No solo por una cuestión ética, sino porque en la vida real y práctica lo bueno hace felices a las personas y lo malo les hace infelices. El mal es atractivo, pero no satisface mientras que el bien da la felicidad.
Pero esto hay que concretarlo en un aquí y ahora de cada uno y de cada día. Hay elecciones fundamentales donde la persona se la juega —no se puede mentir, hay que decir la verdad— y siempre se debe elegir la opción buena. Si uno elige la mentira se equivoca de camino. Y ahí está el Decálogo como un buen resumen de la buena vida que se debe practicar y enseñar.
Hay otras elecciones que no son fundamentales, pero deben ser decididas igualmente. Uno puede elegir unos estudios u otros. Para estas elecciones es necesario aplicar el sentido común que nos enseña a no matar moscas a cañonazos, ni leones con tirachinas. No se trata de ser perfectos, sino de ser prudentes y saber elegir en función de las circunstancias del caso y hasta de saber que debemos pedir ayuda cuando estemos atascados.
Para educar la libertad de los hijos es imprescindible enseñarles a amar la Verdad, así, con mayúsculas. La verdad solo se ama con libertad, sin imposiciones, dejándose seducir por su resplandor que todo lo ilumina. ■
sábado, abril 09, 2011
61. Ética universal
sábado, marzo 12, 2011
60. Laicismo (2)
Fecha: 01 de marzo de 2011
TEMAS: Vida pública, Laicismo, Ética.
RESUMEN: 1. ¿Existen unos valores comunes y válidos para todos los hombres de todas las culturas y de todas las creencias que obliguen a la sociedad civil?
2. Si no existe una norma que nos diga qué es lo bueno y qué es lo malo, entonces quien dice lo que es bueno y lo que es malo soy yo y cada uno de los hombres que vivimos juntos.
3. Los derechos humanos son del hombre y no de la sociedad o del poder establecido, por esto, son anteriores a las normas de ordenación de la convivencia.
4. Esta idea de que la propia naturaleza del hombre es portadora de unos derechos, porque nace con ellos, constituye un mensaje ético de la naturaleza: el hombre no nace desnudo de derechos, sino que viene al mundo con unos derechos propios y los demás hombres no pueden hacer otra cosa que respetar los derechos humanos de los demás hombres y no conculcarlos.
5. Los cristianos han reconocido estos derechos humanos desde siempre y los han reconocido como anteriores al Evangelio, lo cual no quiere decir que los derechos humanos sean contrarios al Evangelio ni mucho menos, más bien quiere decir que el Evangelio los presupone.
6. Si la ley natural se impone y limita el poder y las culturas y no puede ser consensuada ¿cuál es el poder con el que obliga? La respuesta a esta pregunta no puede ser otra que el poder de la razón.
7. Esta ley natural que reconocen todos los hombres y que descubren con su razón tiene su sede en la conciencia de cada hombre que descubre que alberga un sentido del bien y del mal.
SUMARIO: 1. Normas de conducta.- 2. Ley natural.- 3. Reconocimiento.
1. Normas de conducta
¿Existen unos valores comunes y válidos para todos los hombres de todas las culturas y de todas las creencias que obliguen a la sociedad civil? Más aún, ¿existen unos valores que sean válidos para todos los hombres de todas las culturas y de todos los tiempos? ¿Existen unos valores universales y eternos que no dependan de una determinada creencia religiosa?[1]
Vivimos en una sociedad cada vez más multicultural y global donde parece que los valores de cada persona dependen de un manera de vivir, de una cultura, de una época o de una historia particular, pero, en cualquier caso, parece que los valores y las normas de conducta por depender de alguna circunstancia no son valores universales y, por tanto, no son valores válidos para todos los hombres y para todas las épocas.
La consecuencia de esta ausencia de normas de conducta universales es que la manera de comportarse los hombres, las normas morales de actuación de los hombres al no depender de unas normas morales universales dependerán del acuerdo concreto y particular que en cada sociedad, en cada cultura y en cada tiempo histórico se quiera adoptar.
Si lo anterior fuera cierto, sería tanto como aceptar que cada hombre puede actuar como quiera, porque si no existe una norma moral de conducta que sea universal para todos, la única norma de conducta válida es la propia voluntad de cada uno.
La consecuencia lógica sería que si no existe una norma que nos diga qué es lo bueno y qué es lo malo, entonces quien dice lo que es bueno y lo que es malo soy yo y cada uno de los hombres que vivimos juntos. Y como no podemos tener 6.000 millones de normas de conducta nos ponemos de acuerdo cediendo y concediendo unos a otros para poder convivir. Y cuando alguno no quiere ceder entonces se impone por la fuerza a los demás y les impone su norma de conducta y sus criterios sobre lo que está bien y lo que está mal.
Pero, ¿esto es así?
2. Ley natural
Finalizada la segunda guerra mundial, la comunidad de las naciones, viendo la estrecha complicidad que el totalitarismo había tenido con el puro positivismo jurídico, definió en la Declaración de los derechos humanos (1948) algunos derechos inalienables de la persona humana que trascienden las leyes positivas de los estados y que deben servirles de norma de referencia.
Los derechos humanos son derechos «declarados», es decir, no concedidos por el legislador, sino reconocidos como propios y anteriores de los hombres por el solo hecho de ser hombres y mujeres y tener una dignidad personal que está por encima del poder del Estado
[2].Los derechos humanos son del hombre y no de la sociedad o del poder establecido, por esto, son anteriores a las normas de ordenación de la convivencia. El derecho a la vida, a la familia, a la educación, al respeto, a la salud, a la vivienda, a la paz, y todos los demás derechos de los hombres no son conquistas de una ideología, ni una dádiva del gobernante. A un hombre no se le «concede» la libertad: a un hombre se le «reconoce» su libertad y se le restaura en la justicia de su condición de ser libre por nacimiento.
Esta idea de que la propia naturaleza del hombre es portadora de unos derechos, porque nace con ellos, constituye un mensaje ético de la naturaleza: el hombre no nace desnudo de derechos, sino que viene al mundo con unos derechos propios y los demás hombres no pueden hacer otra cosa que respetar los derechos humanos de los demás hombres y no conculcarlos.
Los cristianos han reconocido estos derechos humanos desde siempre y los han reconocido como anteriores al Evangelio, lo cual no quiere decir que los derechos humanos sean contrarios al Evangelio ni mucho menos, más bien quiere decir que el Evangelio los presupone. Así habla san Pablo a los Filipenses «Aquello que es verdadero, noble, justo, puro, amable, honrado, aquello que es virtud y aquello que merece alabanza, sea objeto de vuestro pensamiento» (Fil 4,8).
Sin embargo, es indudable que la existencia de los derechos humanos concebidos como originarios del hombre que no necesitan ser reconocidos por ninguna cultura para ser exigibles supone una limitación a cualquier concepción cultural o ideología contraria a los mismos. También supone una limitación a los poderes establecidos, ejecutivos, legislativos o judiciales, que no pueden actuar en contra o con oposición a los derechos humanos sin un grave quebranto de los principios de justicia.
3. Reconocimiento
Reconocer esta ley natural que impone los derechos humanos siempre será una fuente de conflictos entre las distintas culturas para determinar cuáles son verdaderos derechos humanos y cuáles no lo son. Nos podríamos preguntar ¿por qué hay un derecho a la vida y no existe un derecho a la muerte?, ¿por qué existe un derecho a la salud y a la sanidad y no existe un derecho al aborto?
El reconocimiento de los derechos humanos que se imponen a los poderes establecidos no puede depender de un acuerdo de voluntades o de una solución pactada. Si fuera posible pactar sobre el derecho a la vida ya no sería reconocido como tal, sino concedido por el pacto firmado. El valor y la autoridad de los derechos humanos —su fuerza de obligar— es anterior a un posible acuerdo de voluntades, por eso mismo se pueden «imponer» a cualquier voluntad.
Si la ley natural se impone y limita el poder y las culturas y no puede ser consensuada ¿cuál es el poder con el que obliga? La respuesta a esta pregunta no puede ser otra que el poder de la razón. Los derechos humanos y la ley natural que los reconoce tienen razón frente a quien no los reconoce que no tiene la razón de su parte, aunque podrá tener el poder, la mayoría, la voluntad, la creencia y muchas otras instancias de su parte, pero no la razón.
Así pues, la ley natural que impone normas de conducta a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las creencias es una ley que se descubre y se afirma —se hace valer— con la razón. Es necesario someterse a la razón para descubrir la ley natural.
Pero la ley natural no es obra de la razón humana. Que sea racional quiere decir que puede descubrirse y conocerse con la razón. Pero no quiere decir que la ley natural dependa de la razón humana y que la razón pueda modificarla según las circunstancias pues entonces la ley natural no sería natural al hombre, sino dependiente del hombre.
El hombre no es dueño de su naturaleza, vive con ella y es como es, pero no es capaz de ser algo distinto de lo que es naturalmente, es decir, el hombre no puede dejar de ser un hombre.
Esta ley natural que reconocen todos los hombres y que descubren con su razón tiene su sede en la conciencia de cada hombre que descubre que alberga un sentido del bien y del mal. Cada hombre se siente impelido a obedecer a su propia conciencia a la ley de su propio corazón que le dice “haz el bien y evita el mal”.
Y esta ley de la conciencia la escucha cada hombre como una voz exterior y no propia que le recrimina su desobediencia hasta remorderle la conciencia. Podemos decir que la manera correcta de ser hombre es escuchar la voz de la propia conciencia.
Y, por extensión, a todos los hombres de todos los tiempos y de todas las culturas la experiencia compartida por el saber humano nos enseña que existe un modo correcto —“sabio”— de hacer las cosas frente a un modo incorrecto o “equivocado” de hacerlas. Y que este modo sabio no depende de la propia ocurrencia o de la propia historia, sino que forma parte del hombre y la sabiduría humana nos enseña a conocerlo. Este modo correcto de hacer las cosas viene así definido como algo exterior y objetivo al hombre que a cada hombre, a cada sociedad, a cada sistema político le corresponde descubrir y aprender.
Recapitulando: La sociedad civil no es una sociedad confesional, pero sí es una sociedad humana sujeta a la ley natural del hombre.
La ley natural del corazón del hombre reconoce unas normas y unos derechos a los hombres por encima de las leyes positivas y de las ideologías sociales.
La ley natural se descubre con la razón, aunque no depende de la razón humana sino de la misma naturaleza del hombre.
La ley natural ordena y la sabiduría humana enseña que existe una manera correcta de hacer las cosas.
En cualquier caso, todas las creencias religiosas y las religiones humanas se encuentran al margen —que no quiere decir en contra— de la ley natural del hombre, aunque son una ayuda imprescindible para reconocer y aplicar la ley natural. ■
Felipe Pou Ampuero
[2] Cfr. Declaración universal de los derechos humanos, 1948, Preámbulo.
sábado, febrero 05, 2011
59. Laicismo
TEMAS: Religión, Vida pública, Laicismo.
RESUMEN: 1. Los laicos son los fieles que no son clérigos ni religiosos. Pero, en todo caso, los laicos son fieles, es decir, creyentes en la Palabra de Dios, que profesan una fe.
2. La laicidad debería significar la presencia de los creyentes en la sociedad civil y la convivencia de los laicos con los demás ciudadanos, sus iguales, cooperando en la construcción del bien común.
3. Hoy por laicidad se entiende la exclusión de la religión de los ámbitos de la sociedad civil y de la vida pública porque las creencias personales y la religión pertenecen al ámbito íntimo y personal de las personas y no a la sociedad formada por las mismas personas.
4. Se pretende concebir la vida de una manera laica, es decir, no religiosa, es una vida sin Dios, donde la idea de un Creador y una norma moral superior no existen.
5. Pero la sociedad civil o laica tiene una legítima y propia autonomía respecto de la sociedad eclesiástica, puesto que la sociedad civil goza de leyes y de valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar Pero esta legítima autonomía no significa que las cosas creadas, el mundo, no dependen de su Creador y que el hombre puede utilizarlas y ordenarlas sin referirlas a Dios o incluso oponiéndolas a Dios.
6. La laicidad positiva significa que el mundo y la sociedad laica tiene una separación y autonomía legítima de la sociedad eclesiástica, pero no tiene autonomía de la ley moral natural.
7. Un estado laico es un estado no confesional donde se aprecia y respeta las distintas religiones y creencias de sus ciudadanos y a todas se permite su existencia y su desarrollo con la sola limitación de no atentar contra el orden público de la sociedad.
SUMARIO: 1. Laicos.- 2. Laicismo negativo.- 3. Laicidad positiva.
1. Laicos
En la Iglesia católica, el laico es cualquier fiel que por no tener funciones y ministerios vinculados al sacramento del Orden no forma parte del clero —Papa, obispos, presbíteros y diáconos—. Además se encuentran los religiosos o personas consagradas por haber emitido votos pero que no han recibido las órdenes sagradas y por esto deberían ser considerados laicos también, aunque debido a su estado de consagración tienen un lugar especial en la Iglesia y se distinguen de los simples laicos.
En suma, que el Concilio vaticano II, consideró que los laicos son los fieles que no son clérigos ni religiosos[1]. Pero, en todo caso, los laicos son fieles, es decir, creyentes en la Palabra de Dios, que profesan una fe.
Algunos piensan que ser creyente es una opción política, sin embargo debemos recordar que «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[2].
2. Laicismo negativo
Dicho lo anterior, la laicidad debería significar la presencia de los creyentes en la sociedad civil y la convivencia de los laicos con los demás ciudadanos, sus iguales, cooperando en la construcción del bien común. La sociedad laica debería ser la sociedad de los ciudadanos que no son religiosos ni clérigos, o quizás, la sociedad civil, es decir, la sociedad que no es la sociedad religiosa ni eclesiástica.
La sociedad laica es aquel conjunto de hombres y mujeres que organizan su vida con la independencia, libertad y ciencia que les pertenece por nacimiento y que se diferencia de la sociedad regida por la jerarquía eclesiástica y religiosa porque mientras la Iglesia tiene por fin el anuncio del Evangelio por todo el mundo, la sociedad laica tiene por fin el bien común de sus miembros que es el bien de cada uno.
La separación entre los poderes eclesiásticos y civiles no se ha entendido históricamente como una diferenciación de fines y de funciones, de manera que el cometido de un alcalde no es igual que el cometido de un párroco, sino que a partir de la Edad Media, se entendió como separación de poderes y desde la Ilustración se concretó en la oposición de la sociedad civil frente a la eclesiástica, como si fuera un requisito de la sociedad laica la exclusión de la religión porque ese asunto le correspondía en exclusiva a la sociedad eclesiástica.
Y en este punto nos encontramos hoy, donde por laicidad se entiende la exclusión de la religión de los ámbitos de la sociedad civil y de la vida pública porque las creencias personales y la religión pertenecen al ámbito íntimo y personal de las personas y no a la sociedad formada por las mismas personas.
Al entender que se trata de dos ámbitos que se excluyen, la Iglesia no tiene ninguna autoridad para intervenir en los asuntos de la sociedad civil: se trata de dos poderes separados —dicen—, aunque deberíamos traducir como excluidos. Y profundizando en esta concepción la laicidad comportaría la exclusión de los símbolos religiosos de los lugares públicos donde se desarrollan las funciones de la comunidad política tales como oficinas, escuelas, tribunales, hospitales, cárceles[3].
Se llega a entender que el espacio público es propiedad exclusiva del estado, es decir, de la organización política de la sociedad civil que reclama para sí, en exclusiva, la autoridad moral para ordenar y calificar —como buenas o malas— las conductas y comportamientos de sus ciudadanos sin someterse a ninguna norma superior o absoluta, sino a la voluntad soberana política que se define por la voluntad popular manifestada por la mayoría política dominante.
También se entiende que cualquier observación ajena a la sociedad civil y proveniente de la sociedad eclesiástica es una clara injerencia o intromisión en los asuntos propios y «exclusivos» de la sociedad laica. ¿Qué autoridad tiene un religioso o un obispo para decir los que está bien o lo que está mal? Si acaso, que se lo diga a sus feligreses, pero no a los laicos que no forman parte de su sociedad.
Se da un paso más, a la separación de poderes, se sigue la exclusión de poderes, la retirada de los símbolos religiosos y ahora la formación de un pensamiento laico como distinto y opuesto al pensamiento religioso. Se pretende concebir la vida de una manera laica, es decir, no religiosa, es una vida sin Dios, donde la idea de un Creador y una norma moral superior no existen. El hombre es libre para determinar su vida y su futuro. No existe otra ley que la racional por encima de la cual no hay nada real y verdadero.
Esto sería el laicismo negativo: una laicidad concebida como exclusión de la religión en la vida pública y negación de la trascendencia del hombre.
3. Laicidad positiva
Y ¿qué nos corresponde a los laicos de verdad, los creyentes? Pues nos corresponde contribuir a elaborar un concepto de laicidad positiva, basada en la libertad e integradora de la religión en la vida pública. ¿Cómo?
La sociedad civil o laica tiene una legítima y propia autonomía respecto de la sociedad eclesiástica, puesto que la sociedad civil goza de leyes y de valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar y ordenar[4] y que son distintos de las leyes y valores de la Iglesia. Así, el logro del desarrollo integral del hombre, el acceso a la educación, a la sanidad, los derechos civiles y humanos, la desaparición del hambre en todos los rincones del planeta, la instauración de sistemas políticos que aseguren la solución pacífica de los conflictos y de las diferencias sociales, el equitativo reparto de la riqueza, la justicia social, la legítima aspiración a una jubilación digna y sosegada, el logro de una jornada laboral humana donde exista un lugar para el desarrollo social y familiar del trabajador, el reconocimiento de la mujer, de la familia y del trabajo en la familia como un verdadero bien social, y un largo etcétera que me disculpan de seguir.
Sí, la sociedad laica tiene unos valores propios y el derecho y la legítima autonomía para conseguirlos. Y esta autonomía no solamente la reclaman y reconocen los hombres y los poderes de nuestro tiempo, sino que forma parte del mismo plan del Creador, estaba previsto así, que al crear al hombre libre y racional le encargara la consecución del bien común y dominar la Tierra.
Pero esta legítima autonomía no significa que las cosas creadas, el mundo, no dependen de su Creador y que el hombre puede utilizarlas y ordenarlas sin referirlas a Dios o incluso oponiéndolas a Dios. Para empezar, esto sería un contrasentido de Dios, crear el mundo y unas leyes naturales para que el mundo y sus leyes se opongan a Dios. Tampoco es lógico entender que crea al hombre y le da su propia ley —la ley natural universal, haz el bien y evita el mal— para que niegue a Dios que es el hacedor de la ley.
Esta es una afirmación esencial: la laicidad positiva significa que el mundo y la sociedad laica tiene una separación y autonomía legítima de la sociedad eclesiástica, pero no tiene autonomía de la ley moral natural.
A la Iglesia —los curas y los obispos— no le corresponde decidir cuáles son los mejores modos y maneras para lograr el bien común de la sociedad civil, esto es materia propia de los laicos, los ciudadanos. Pero los laicos no pueden vivir como si Dios no existiera y, por tanto, la sociedad laica y el Estado como organización política de la misma no puede actuar ignorando la trascendencia del hombre ni la misma existencia de Dios.
Vistas así las cosas, la laicidad positiva no considera la religión como un «mal para el pueblo» sino como un buen colaborador para conseguir el bien de los laicos, sin imposiciones, sin injerencias y sin limitaciones, pero de gran ayuda para descubrir la verdad del hombre y su realidad al margen de cualquier ensueño ideológico apartado de la más estricta realidad del hombre.
Porque los valores que las creencias religiosas hacen ver son valores humanos antes que religiosos. La abolición de la esclavitud no es en primer lugar un mandato religioso —amarás a tu prójimo como a ti mismo—, sino que es una verdad natural propia de la dignidad humana por ser reflejo de la imagen del Creador que las religiones ayudan a la razón humana a descubrir y entender pero no la suplantan.
La laicidad positiva, al mismo tiempo que enseña a «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21) debe también enseñar que la norma moral natural no limita ni cercena al hombre, sino que le muestra el camino de su felicidad y de su desarrollo y por eso cuando el hombre se aparta de Dios corre un grave peligro de autodestrucción.
Las creencias religiosas no son, ni pueden convertirse, en un instrumento de poder o de opresión sobre los hombres. No podemos desconocer que a esas situaciones se llega cuando se tiene una visión deformada de la religión como algo no trascendente que pertenece solamente a los hombres y a su espiritualidad.
Por el contrario, cuando las creencias religiosas suponen conocer y reconocer a Otro distinto del hombre que le trasciende, pero sobre todo, que le ama, la religión no oprime sino que dignifica y alegra al hombre y por esto es algo bueno para la sociedad.
El estado laico no se opone a un estado con religiones, porque lo presupone, sino a un estado confesional. Un estado laico es un estado donde se aprecian y respetan las distintas religiones y creencias de sus ciudadanos y a todas se permite su existencia y su desarrollo con la sola limitación de no atentar contra el orden público de la sociedad.
El estado laico se opone al estado confesional que solamente respeta, tolera y hasta impone una concepción religiosa y excluye y persigue las demás. Tan confesional es el estado que confiesa una religión como pública, como el estado que confiesa en público la no-religión, que Dios no existe o que es una creencia particular. Así nos encontramos con que un estado confesional puede ser religioso o no religioso y, en ambos supuestos, es confesional.
Por el contrario, un estado no confesional o laico es el que respeta la libertad religiosa de sus ciudadanos. Unos creen y otros no y todos caben dentro del estado no confesional.
A fin de cuentas, lo que importa no es que el estado o la sociedad o las leyes sean laicos o religiosos, sino que sean justos y humanos, que sirvan para hacer el bien a todos y cada uno de los hombres, ¿qué otra cosa pueden hacer? ■
Felipe Pou Ampuero
[1] Cfr. Lumen Gentium, n.31.
[2] Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, Ciudad del Vaticano, 25 de diciembre de 2005, n.1.
[3] Benenicto XVI, Discurso al 56 Congreso Nacional de la Unión de Juristas Católicos Italianos, Ciudad del Vaticano, 9 de diciembre de 2006.
[4] Cfr. Gaudium et Spes, n.36.