martes, junio 07, 2005

6. La moda



LA MODA
Fecha: 4 de junio de 2005

TEMAS: Moda, Belleza.

RESUMEN: La moda es una forma de presentarse en sociedad. Manifiesta un modelo de persona. La moda actual no respeta la intimidad personal. El reto personal ante la moda es ser uno mismo. Resistir a la tentación de la mediocridad.

SUMARIO: 1. Comunicando.- 2. El negocio de la moda.- 3. Un modelo de persona.- 4. El vestido.- 5. La sensualidad.- 6. El reto personal.

1. Comunicando
El hombre sólo se conoce a sí mismo plenamente en el diálogo y en su apertura a la comunión interpersonal
[1]. El hombre es un ser social por naturaleza. Lo raro es ser un solitario. Vivimos con los demás y vivir en sociedad es algo natural para el hombre. El hecho de ver a los demás y el hecho de ser visto por los demás es algo muy humano.
En este ser social podemos entender la moda y el vestido como el acto por el cual la persona al arreglarse se anticipa y celebra el encuentro personal con los demás y se dispone a asistir a esas vidas que se enlazan con la suya. Es un acto de presencia personal
[2].
La moda es, ante todo, una manifestación social, una forma de presentarse en sociedad
[3]. Nos vestimos como queremos que nos vean las personas con las que vivimos o nos relacionamos. El vestido es, sobre todo, una representación social de uno mismo ante los demás. Pretendemos darnos a conocer a los demás por la forma en que primeramente nos ven. Así me ven, así soy.
Por esto, detrás de la moda hay una persona que quiere aparecer ante los demás y comunicar un mensaje: «así soy yo». En un primer vistazo conscientemente estamos queriendo decir y, de hecho, decimos: éste o ésta soy yo, pienso todo esto, vivo de esta manera, soy tradicional o moderno, frívolo o razonable, apasionado o sereno, me importa mucho lo que veas en mí o más bien poco. También digo con el vestido si me importas mucho tú o no me importas nada, si te quiero gustar o no. La moda no es una simple apariencia, sino que siempre es la exteriorización de nosotros mismos
[4].
Si no es así, si el vestido no representa lo que yo soy entonces resulta que estoy jugando con los mensajes. No digo lo que pienso, ni muestro lo que soy. Entonces me parezco a los que desfilan en carnavales vestidos de lo que no son, ocultándose detrás de un vestido que, por eso, toma el nombre de disfraz. Claro, que en carnavales todos jugamos a eso, a no ser lo que uno es. Pero cuando los carnavales se han terminado el disfraz envía un mensaje a los demás de engaño, de doblez, de falta de autenticidad o, quizá, de cobardía.

2. El negocio de la moda
Pero la moda también es un negocio que vende ropa y produce beneficios. Si vende mucha ropa produce muchos beneficios. Si vende poca ropa... se arruina. Es bueno recordar que si no se vende ropa alguien se arruina, de manera que el interés económico que tiene la moda motiva, en gran parte, los cambios de tendencia que cada año se producen en la forma de vestir. Existe una necesidad económica de vender ropa y de hacer comprar cada año una moda nueva que haga inútil la que se compró el año anterior de manera que uno cualquiera de nosotros pueda decir «no tengo nada que ponerme».
No es casual que cada año se impongan unas nuevas tendencias en la forma de vestir, en los colores, en los accesorios, en lo largo o en lo corto, en la ropa de mañana o en la de tarde. No es casual, es realmente necesario que así sea para que todo un mundo de trabajadores, fábricas, productores, transportistas, distribuidores, vendedores, diseñadores, ejecutivos y, sobre todo, empresarios puedan seguir obteniendo sus rendimientos económicos a costa de los cambios de las nuevas tendencias.

3. Un modelo de persona
El vestido no es la misma persona, es un accidente, una circunstancia de la persona, pero como dice Fernando Inciarte, cuando se habla de las circunstancias de las personas lo que está en juego no son las circunstancias, sino la persona misma que padece las circunstancias
[5].
Por encima de lo que la moda significa para cada uno y lo que representa para la economía, la moda refleja e impone unos determinados modelos de persona. Porque el vestido es un acto social. Nos vestimos para gustar a los demás, para gustarnos a nosotros mismos, para sentirnos integrados en un determinado ambiente, con unos amigos, con unos compañeros de trabajo, en la sociedad que vivimos.
Y al hacer referencia al modelo de persona ya no se trata solamente de un vestido o de un color. No se trata de una largura o de una cortura. Se trata, ni más ni menos, que de ti y de mí, de la persona. Entonces resulta que cuando la moda trata de un modelo de persona se refiere a lo esencial de la persona, no a lo exterior que la cubre y viste, sino a su esencia, a su manera de ser, a su intimidad.

4. El vestido
Se dice que los fines del vestido son tres: a) protegernos del frío y del calor, según la estación y el lugar donde se viva; b) permitir ser vistos de manera agradable por los demás, gustar y ser gustados; y c) guardar la intimidad, la propia persona.
Claro que la importancia que cada uno de a su intimidad está en función de su propia sensibilidad y de la conciencia de sí mismo que tenga. Una persona que no se considere valiosa no tendrá reparo en mostrar su intimidad a los demás. Hoy podemos constatar que este tipo de personas abundan, incluso que la sociedad actual no respeta a las personas en cuanto tales.
La moda actual no tiene reparo en no respetar la intimidad y el pudor de la persona con tal de resultar agradable a la vista y a los sentidos, es decir, con tal de gustar a los demás. Hay que gustar a cualquier precio, porque lo importante no es «ser uno mismo», sino «tener éxito» entre los demás. Y como la moda es un fenómeno de masas –se trata de vender mucho y a muchos, no nos olvidemos– se produce el acostumbramiento. Lo que en un principio resultaba chocante y grosero cuando es repetido por muchas personas y hasta por los líderes sociales empieza a ser visto como normal, pero no por propia convicción, sino por adormecimiento de la propia sensibilidad.

5. La sensualidad
Pero si se trata de gustar y de ser agradable ¿qué es realmente lo bello? De siempre ha existido una asociación natural entre bondad y belleza, porque lo bello es agradable y el bien es atractivo. Por eso Santo Tomás habla de la belleza como «esplendor de la forma»
[6]. Pero tenemos la tendencia a caer en la trampa de buscar la belleza en los patrones de la moda de cada año. ¿Qué belleza es esa? La verdadera belleza de la persona está en su corazón y desde ahí resplandece a toda la persona.
No es una frase cursi, con perdón. Todos somos capaces de ver en los ojos de cualquier persona su belleza, su hombría de bien, su capacidad de amar, su desinterés, su calidad humana...
La aceptación social del sacrificio de la propia intimidad dice mucho del concepto de persona que cada uno tiene. Entienden que su cuerpo es un instrumento que sirve para gustar a los demás. El propio cuerpo es concebido como una cosa, no como parte integrante de la persona.
Y se llega a esto porque se vive de los sentidos. Y se concibe como bueno lo que resulta agradable a los sentidos, lo que gusta a la vista, al tacto... y se concibe como malo lo contrario, lo que resulta ingrato a los sentidos. Se confunde el bien con el placer, lo bueno con lo apetecible. Sin embargo, el bien es lo que nos hace mejores personas. Unas veces el bien será apetecible y placentero y otras será costoso y esforzado, pero siempre será el bien. El bien es como la medicina que nos cura: unas veces dulce y otras amarga pero siempre saludable. Por el contrario, el veneno nos mata siempre, aunque tenga un dulce sabor.

6. El reto personal
La moda sí que identifica a la persona con una determinada sociedad y cultura, con un estilo de vida, con una determinada forma de ser. Y esta identidad que la moda lleva consigo no es pura apariencia, sino que afecta a la esencia misma de la persona. Un vestido remite necesariamente al hombre o la mujer que lo lleva o puede llevarlo
[7].
La moda es un lenguaje personal que habla de la propia persona a otras personas con las que se relaciona. Y sí, la moda expresa la persona que viste y calza. El vestido habla de la profesión, de la edad, las aficiones, las creencias, las prioridades, los intereses, los gustos, la tradición, la cultura, el respeto. El vestido habla de la escala de valores de la persona, de sus preferencias: «dime cómo vistes y te diré en qué crees». Claro que nadie se sitúa frente a su armario y se cuestiona su concepción antropológica de la existencia cotidiana en su aspecto relacional. Claro que no. Pero al elegir este o aquel pantalón o esta o aquella falda, claro que estoy eligiendo quién voy a ser hoy: una chica normal o una chica desinhibida.
¿Qué cuál es el reto personal de la moda? Que cada uno debe buscar la belleza personal, que la tenemos, pero sin permitir que otros nos impongan sus ideas y concepciones sobre la persona y sobre nosotros mismos. El reto personal es ser uno mismo. Casi nada. La belleza personal consiste en saber adecuar la forma de vestir, buscando el atractivo personal, sin traicionar la coherencia y las propias convicciones. Porque la elegancia es ante todo armonía, pero armonía no sólo de colores y estilos, sino de la persona, de la esencia personal con la presencia social, de lo que soy con lo que me visto. Soy elegante y armonioso cuando me presento tal como soy y visto de lo que soy y soy lo que aparento ser.
Las claves del buen gusto
[8] son:
1. Conocimiento propio: la moda es personal y hay prendas que no todo el mundo puede llevar. Hay que conocerse para saber qué tipo de ropa nos queda mejor y nos favorece y cuál no.
2. Guerra al disfraz: una cosa es vestirse y otra disfrazarse. El buen gusto requiere que la persona se vista para agradar a los demás, pero sin llamar la atención, ni aparentar lo que no se es ni se piensa.
3. Un vestido para cada ocasión: hay que saber vestirse apropiadamente, no es lo mismo la pista de tenis, que la oficina, o el supermercado, o un oficio religioso.
4. Yo soy mi propio diseñador: no hay que seguir al pie de la letra las tendencias de la moda, sino adaptarlas a cada uno.
«¡Queridos jóvenes! No os maraville todo esto: el misterio de la Cruz educa en un modo de ser y de obrar que no se ajusta al espíritu de este mundo. Por esto el Apóstol nos pone bien en guardia: "Y no os amoldéis a este mundo, sino, por el contrario, transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto" (Rm 12, 2). Resistid, queridos jóvenes del UNIV, a la tentación de la mediocridad y del conformismo»
[9].
Felipe Pou Ampuero

[1] Prieto González, Pablo, Aspecto y presencia personal. Nuestro Tiempo, diciembre 2004, p. 96.
[2] Prieto González, Pablo, op. Cit. p. 98.
[3] Sánchez de la Nieta, Ana-Isabel, ¿Qué nos dicta la moda?, Mundo Cristiano, julio-agosto 2003, nº 505-506, p. 25.
[4] González, Ana-Marta, Pensar la moda, Nuestro Tiempo, diciembre 2003, nº 594.
[5] González, Ana-Marta, op. Cit.
[6] García, Nieves, Una moda que no pasa: la belleza interior. www.mujernueva.org, 19 de junio de 2003.
[7] González, Ana-Marta, op. Cit.
[8] Sánchez de la Nieta, Ana-Isabel, ¿Qué nos dicta la moda?, Mundo Cristiano, julio-agosto 2003, nº 505-506, p. 28.

[9] Juan Pablo II, Resistid a la tentación de la mediocridad. Mensaje a los jóvenes del UNIV, 25 de marzo de 2002.

sábado, mayo 07, 2005

5. Intimidad



INTIMIDAD
Fecha: 5 de mayo de 2005

TEMAS: Intimidad, Pudor, Persona.

RESUMEN: El hombre no es un animal, ante todo es hijo de Dios. El cuerpo es parte de la persona. Para llegar a la madurez la persona necesita ser educada también por la ley moral. La intimidad expresa el valor propio de cada persona. El pudor es la virtud que protege la propia intimidad. La modestia o compostura permite hacer visible la propia dignidad a los demás y a uno mismo.

SUMARIO: 1. A solas.- 2. El cuerpo.- 3. Las costumbres.- 4. Las leyes del pudor.- 5. Algunos consejos prácticos.

1. A solas
El hombre no es igual que el resto de los animales. Está sujeto a las leyes de la naturaleza como el resto de los animales, pero no es un animal más. Ni tan siquiera es el animal más perfecto de todos, es más que el resto de los animales porque es capaz de pensar por sí mismo y, por ser libre, puede no seguir su instinto.
El hombre intuye que merece un respeto especial, distinto del respeto que merecen todos los demás animales que habitan la Tierra. Cuando un hombre está a solas consigo, cuando consigue callar al mundo, descubre que en el fondo de sí mismo, en lo más íntimo se encuentra la imagen de Dios, porque lo creó a su imagen y semejanza.
El hombre es, en primer lugar, persona, hijo de Dios. El hombre es digno antes que útil o productivo, o rentable o bello o apetecible. El hombre es respetable por sí mismo. Este sí mismo de cada persona es lo que significa su intimidad personal, su propia existencia. Cuanto más rica es la personalidad más amplia y profunda es la intimidad de una persona y, por tanto, más profunda y más fuerte es la conciencia de su propio valor y la necesidad de su protección.
Llamamos pudor a esta conciencia personal que quiere proteger la esencia personal de cada uno, nuestra dignidad de personas frente a los demás animales y cosas y frente a las demás personas. Esta conciencia de sí mismo no se limita a lo interior de la persona, entendiendo lo interior como el mundo del espíritu o de los sentimientos. La percepción de uno mismo abarca no sólo el espíritu, sino también el propio cuerpo porque se es consciente que la persona no reside en la mente, sino que el espíritu se une al cuerpo de tal forma que éste adquiere un nuevo modo de ser, tan nuevo, que no cabe hablar de continuidad entre el cuerpo animal y el cuerpo del hombre
[1].
El hombre sabe que su cuerpo no es un trozo de materia orgánica, es su propia persona, mejor, la parte visible y material de su propia persona. Lo que percibimos al mirar en los ojos de una persona es el alma y un complejo de sentimientos, actitudes y deseos que asoman al mundo desde el interior de la persona y que nuestra mirada puede traducir y entender sin palabras.
Podríamos llegar a decir que en ocasiones el cuerpo oculta la persona cuando impide ver la personalidad que reside en él. El pudor, la protección de la intimidad personal, se nos aparece como el acto por el cual la persona se hace presente en su propio cuerpo despojándole de todos los matices animales para presentarlo a los demás como una persona, es decir, digna.
La manera quizá más grave de desposeer a las personas de su dignidad es violar su intimidad, es decir, forzarles a manifestar lo más íntimo de su persona contra su voluntad, es tanto como exponerlas a la vergüenza pública y privarlas de seguir siendo dueñas y señoras de aquello que es solo suyo: lo íntimo
[2].
Porque la belleza humana no es sólo física, sino también moral. Y así como la belleza física cambia y con el tiempo pasa, la belleza moral también puede cambiar pero no está sujeta a las leyes de la materia. La belleza interior de la persona se corresponde con su elegancia que significa distinción de uno mismo. Esto es la compostura, la armonía entre lo que una persona es y lo que una persona manifiesta por medio de su actuación, de sus gestos, de sus maneras, de su cuerpo...
Mantener la compostura exige cuidado, atención, dedicación. Obliga a cuidarse, a ocuparse de uno mismo y de la propia apariencia, porque la apariencia propia es una manifestación de la persona y, por tanto, no es indiferente, es personal y, por ser personal, la propia apariencia también es íntima.

2. El cuerpo
Es esencial recordar que la belleza significa, en primer lugar, armonía y proporción de las partes dentro del todo, sean las partes del cuerpo, del vestido, del lenguaje o de la propia conducta
[3]. Ser elegante hace referencia a un modo de actuar espontáneo y moderado con un gusto y estilo personales, que manifiestan a la propia persona y muestran una armonía poseída desde dentro de ella misma. Por esto mismo, el estilo personal es la expresión exterior de la propia personalidad. Una persona elegante tiene estilo propio y sabe disponer de las cosas con distinción, creando a su alrededor un ámbito cuidadoso y agradable para los demás que, por eso, le reconocen como elegante.
La capacidad humana de adornarse, de cuidarse y de vestirse está al servicio de la representación propia, que hace visible y presente a los sentidos lo que los propios sentidos por sí solos no pueden conocer: el júbilo, la dignidad, la veneración, la gratitud, el recuerdo, la fiesta, el amor, la pena...
¿Y qué ocurre con el cuerpo? Resulta que el cuerpo es parte de la persona. Es parte de su intimidad personal. El pudor corporal se manifiesta entonces como resistencia a la desnudez, como una invitación a buscar a la persona más allá de su propio cuerpo. El acto de pudor es, en el fondo, una petición de reconocimiento, como si quien fuera así mirado o deseado le dijera: «si te fijas sólo en mi cuerpo no podrás ver mi corazón».
Existe un pudor del cuerpo que rechaza los exhibicionismos del cuerpo humano propios de cierta publicidad y que inspira una manera de vivir que permite resistir a las tendencias de la moda y a la presión de las ideologías dominantes
[4]. Porque el cuerpo puede y debe llegar a ser una imagen visible de nuestra persona, un signo de nuestro misterio personal. Medio en broma, medio en serio se dice que una persona a los treinta años ya es responsable de su cara... y también de su cuerpo.
La esencia del pudor se encuentra en la personalización del propio cuerpo. El impúdico presenta su propio cuerpo como un simple objeto que llama la atención de manera inmediata y que no manifiesta la persona que encarna. Tanto es así que se puede llegar a pensar que la persona que no cuida su propia intimidad, no tiene una intimidad personal que salvar
[5].
Pero nuestro cuerpo no manifiesta toda nuestra intimidad. La persona entera, cuerpo y alma, es la que manifiesta toda nuestra intimidad. Pero, con todo, la exhibición del cuerpo no es indiferente porque cuando una persona descubre voluntariamente determinadas partes de su cuerpo está perdiendo su intimidad, se está mostrando como una cosa y con ello expresa una grave falta de respeto a su dignidad como persona y a la dignidad de los demás.
A veces, es una cuestión de un centímetro menos. Pero en ese pequeño recorrido se encuentra la diferencia entre ser mirada como una cosa objeto de deseo o como una persona. No es sólo una cuestión de más o menos tela. Con un determinado modo de vestir se asocia un significado de «disponibilidad sexual» que pervierte la mirada
[6].
Si reflexionamos sobre la mirada ante la cual se despierta o se pierde el pudor podemos descubrir que con solo el mirar de un modo o de otro la persona se pierde o se gana como tal persona y se puede convertir en una cosa. «El que mira a una mujer deseándola, ha cometido ya adulterio con ella en su corazón» (Mt. 5,28). Así pues, el cuidado de la intimidad no está solo en el cuerpo, sino que reside en toda la persona –cuerpo y espíritu– y es a la integridad personal donde se debe dedicar la atención necesaria para aprender a cuidar la intimidad personal.

3. Las costumbres
«Las formas que reviste el pudor varían de una cultura a otra. Sin embargo, en todas partes constituye la intuición de una dignidad espiritual propia del hombre. Nace con el despertar de la conciencia personal. Educar en el pudor a los niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto de la persona humana»
[7]. Porque comportarse dignamente es algo que se aprende –nadie nace enseñado– y ser digno tiene que ver con algo tan sencillo como que lo indigno es feo y vergonzoso y debe ser ocultado mientras que lo digno que es bello y atrayente.
Forma parte de nuestra intimidad el vestido, las acciones y los gestos, hasta los movimientos corporales. Comer, limpiarse, sentarse, el tono de la conversación, la atención que se presta a los demás... Allí donde se expresa la persona podemos encontrar una manifestación de su dignidad personal, de su intimidad, donde podemos encontrar a la persona por sí misma, sin añadidos extraños a lo personal.
La permisividad de las costumbres es una concepción errónea de la libertad humana. La persona no nace desarrollada, ni física ni moralmente. Para llegar a su madurez necesita ser educada también –además de en otras materias– por la ley moral. Esta educación moral es labor primera y primordial de los padres y luego de los educadores que quieran enseñar a la juventud a respetar la verdad, las cualidades del corazón, la dignidad moral y espiritual de la persona
[8].
Contra la inmutabilidad de la ley moral se podría decir que los usos y las costumbres, la cultura de cada tiempo y lugar cambian dentro de ciertos límites las leyes del pudor. Y es verdad. Pero no lo es menos que siempre existe un límite entre lo decente y lo indecente; y que los usos, las costumbres y la moda, por definición, son cambiantes: «Para convencerse de que resulta ridículo tomar la moda como principio de conducta, basta mirar algunos retratos antiguos»
[9].
No es verdad que nos podamos acostumbrar a lo indigno, ni a lo indecente, ni a lo irrespetuoso. Pensar lo contrario sería ingenuo si no fuera verdaderamente herético, pues, al menos en la práctica, niega el dogma del pecado original y las consecuencias que se derivan de éste: la naturaleza humana ha sido deteriorada, es naturaleza caída
[10].
Por lo demás, y aparte verdades de Pero Grullo, todos podemos comprender que no es lo mismo desnudarse que no vestirse. El que está desnudo es porque antes se ha despojado del vestido y éste es un acto muy cargado de significación y de expresividad en nuestra sociedad europea. Desde luego, tiene un significado muy distinto a la natural desnudez del «buen salvaje» del Amazonas.

4. Las leyes del pudor
Nadie tiene dudas de que robar está mal y es transgredir una ley natural y divino positiva. Sin embargo, hay que enseñar a los niños a no apoderarse de lo ajeno y respetar la propiedad privada. Por esta enseñanza no causamos ningún daño al niño, ni le creamos un trauma emocional con consecuencias para su vida adulta: simplemente le formamos como persona. De igual manera se debe educar en el pudor y esto requiere un esfuerzo y, en ocasiones, una lucha ascética. El pudor es una virtud y como todas las virtudes se adquieren con hábito y constancia.
Porque no todo el mundo puede permitirse mirar cualquier cosa, como no todo el mundo puede permitirse escalar cualquier montaña. Lo que para un escalador avezado es prudente, para otro será una temeridad
[11].
La regla que enseña a ocultar y a enseñar lo íntimo embellece la persona, porque la hace dueña de sí misma. La muestra a los demás reservada para sí mismo, orientada hacia su intimidad y, por tanto, digna, valiosa. Quien no siente la necesidad de ser pudoroso es que carece de intimidad: vive en la superficie, esperando a los demás en la epidermis, sin posibilidad de llegar a conocer la persona que habita en ese cuerpo.
Para saber qué es pudor e impudor en el hombre y en la mujer, cada uno de ellos ha de tener en cuenta la natural diferencia de percepción del otro. Los dos ven, pero no miran de la misma manera. Con esto es necesario contar con la realidad de las cosas, de igual manera como se cuenta con que necesitamos oxígeno para respirar. Somos reales y somos así: los hombres y las mujeres no tienen la misma sensibilidad.
Hay que tener en cuenta que ser elegante significa tener buen gusto. El buen gusto es una manera de conocer, un cierto sentido de la belleza o de la fealdad de las cosas y de su disposición alrededor de nosotros. Educar la elegancia comienza por enseñar las buenas maneras que en palabras de Kant «son lo que transforma la animalidad en humanidad».
La persona resulta agradable y bella si es elegante y para ser elegante hay que estar arreglada y compuesta. Compuesta no sólo en los vestidos o en lo físico, sino también armoniosa en los gestos y modales: como dice santo Tomás de Aquino la compostura o el decoro es una virtud que regula los movimientos externos del cuerpo.
La compostura incluye, en primer lugar, la ausencia de lo sucio y manchado que podría afear la persona. En segundo lugar, busca la pulcritud, un aseo cuidadoso, el cuidado de la propia presencia, estar «compuesta» y preparada, en disposición de aparecer públicamente ante quien corresponda en cada caso. Y en tercer lugar, la compostura supone orden, saber estar, armonizar consigo mismo y con lo que le rodea. Se refiere sobre todo a los gestos y los movimientos, a las actitudes y, en general, es el decoro. Así pues, una persona decorosa y compuesta será una persona limpia, cuidada y armoniosa.
Es evidente que es necesario estar en lo detalles, en los gestos, en el vestido, en las maneras, en los modales, hasta en los colores. El pudor, como cualquier otra virtud, estriba de ordinario en cosas pequeñas, que juntas llegan a formar una gran virtud. Cosas pequeñas y actitudes constantes, de cada día, de cada momento...
La compostura designa ausencia de fealdad en la figura y conducta personales y es considerada como modestia –que es moderación y medida de las cosas– que inspira la elección del vestido, mantiene silencio o reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana, se convierte en discreción ante la curiosidad de extraños. La dignidad humana se protege con la vergüenza, con el pudor y con la elegancia. La modestia hace posible el pudor como respeto de la intimidad personal. Y el pudor permite la pureza del corazón que nos alcanzará el ver a Dios y ver las cosas según el designio del Creador
[12].


5. Algunos consejos
Algunos consejos para mejorar en la virtud del pudor pueden ser los siguientes:
a) Controlar el exceso de curiosidad: la curiosidad que va más allá de la caridad y del interés por los demás no es buena ni a nadie beneficia. Hay que evitar el chismorreo, la maledicencia, el comentar por comentar los sucesos ajenos, el entrometerse en los asuntos ajenos, prestarse a escuchar conversaciones y noticias que no nos interesan, ver fotografías ajenas, etc...
b) Dominar los propios sentimientos: la persona y sus sentimientos no son una fuerza alocada que actúa espontáneamente. El corazón siente, pero la razón decide y se ama con la voluntad que también es humana y natural. Lo antinatural –por inhumano– es actuar sin razonamiento, por impulsos emocionales.
c) Comportarse de manera sosegada: el comportamiento personal debe ser calmado, mesurado, medido, modesto. Tomarse tiempo para decidir y para actuar. Tiempo para uno mismo, para reflexionar. Tiempo para los demás, para comprenderlos, para conocerlos.
d) Mantener la dignidad en el vestido: no se debe vestir de cualquier manera, sino de la manera adecuada para cada ocasión. Lo más importante no es ir vestido a la moda, sino ir dignamente vestido y a la moda. Hay que saber compaginar las dos cosas. Pero lo principal es la dignidad y lo secundario las modas pasajeras.
e) Respetar la intimidad propia y la ajena: para educar la virtud del pudor se deben promover unos hábitos relacionados con el respeto a la propia intimidad y a la intimidad de los demás. Por ejemplo: llamar a la puerta antes de entrar en el cuarto; preguntar cosas delicadas a solas con los padres; no andar por la casa a medio vestir; no contar a los extraños sucesos de la vida familiar; regresar a casa a una hora discreta; seleccionar las diversiones y los espectáculos, el cine, los programas de televisión, las lecturas; adoptar posturas que no incomoden a los demás; ser delicados en el trato social; acomodarse a la sensibilidad y limitaciones de los demás en cualquier ocasión.

Felipe Pou Ampuero

[1] Antonio Orozco, El pudor: defensa necesaria de la dignidad personal. Arvo.net.
[2] Ricardo Yepes Stork, La elegancia, algo más que buenas maneras. www.arvo.net.
[3] Ricardo Yepes Stork, ob. Cit.
[4] Catecismo de la Iglesia Católica. Nº 2523.
[5] Mikel Gotzon Santamaría Garai, Saber amar con el cuerpo, Eunsa, Pamplona, 1996, p.111.
[6] Mikel Gotzon Santamaría Garai, ob. cit. P. 108.
[7] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2524.
[8] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2526.
[9] San Josemaría Escrivá, Surco, n. 48.
[10] Antonio Orozco, ob. cit.
[11] Mikel Gotzon Santamaría Garai, ob. cit. P. 116.
[12] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2531.

martes, abril 05, 2005

4. Clonación



CLONACIÓN
Fecha: 03 de abril de 2005


TEMAS: Clonación, Persona, Ética.

RESUMEN: El fin no hace buenos los medios. No se puede matar a una persona para curar a otra. Todas las personas somos iguales. Una ciencia sin valores conduce a la destrucción del hombre por el hombre. Cada persona es llamada a la vida por expreso cariño del Creador.

SUMARIO: 1. La libertad.- 2. La oveja Dolly.- 3. Los medios y los fines .- 4. ¿Qué es el hombre?.- 5. El sentido ético

1. La libertad
Los hombres somos seres libres. Los animales no. Los hombres podemos hacer o no hacer una cosa. Depende de nuestra voluntad y del ejercicio de nuestra libertad. Los animales se rigen por el instinto que es la regla de su conducta y les indica lo que deben hacer en cada momento. Los hombres se rigen por la ética que es la regla que dice lo que está bien y lo que está mal. La ética existe porque los hombres somos libres y, por tanto, responsables de nuestros actos.
El hombre lleva impresa en su corazón la primera norma moral que le impulsa a hacer el bien y a evitar el mal. Es la misma norma moral que hace reconocer en todo ser humano, en todo semejante, una dignidad tan grande que le hace merecedor de derechos por el mero hecho de existir, de estar en el mundo
[1].
Acaban de cumplirse doscientos años de la muerte de un filósofo nada sospechoso como Immanuel Kant y resultará una verdadera sorpresa para muchos saber que el pensador del imperativo categórico y del imperativo moral también afirmó «categóricamente» que el hombre es siempre un fin y nunca podrá ser considerado como un medio. También recientemente se han cumplido sesenta años del exterminio nazi de Auschwitz y a todos nos ha quedado el pensamiento del horror de lo que sucedió y la pregunta de cómo se pudo llegar a aquello. Podemos comprobar que aún en nuestros días se siguen produciendo las matanzas y los horrores de las guerras sin que parezca que hayamos aprendido la lección. Como afirma Gonzalo Herranz no es suficiente con dictar leyes y promulgar decretos, ni sirven las declaraciones éticas, si no existe una genuina conversión en el corazón de los investigadores y de los políticos de la ciencia de modo que la reverencia por todos los seres humanos, por humildes que sean, se anteponga a la búsqueda de datos nuevos y curaciones de maravilla, a la sed de prestigio personal o de beneficios económicos
[2].
Porque las leyes humanas no deben ser contrarias a las normas morales, más bien al contrario, necesitan de las normas morales que regulan el comportamiento de los hombres para ordenar las relaciones jurídicas entre ellos. El derecho no tiene la competencia suficiente para definir qué es el hombre o qué no es, o en qué consiste la dignidad humana, ni tampoco podrá definir el matrimonio, por mucho que se empeñe.
La ley justa que quiera serlo deberá respetar tres exigencias: 1) la antropológica que respeta la dignidad de toda persona humana; 2) la epistemológica que indica que la fe no se opone a la investigación, sino que indica el sentido de la investigación y de la trascendencia del hombre y 3) la democrática que asegure a todos la libertad de disentir
[3].
Al hablar de las relaciones entre la ética y la ley se trata de buscar la verdad por encima de cualquier otro interés. Porque la norma ética sirve de guía a la norma legal para mostrar el camino adecuado hacia el bien, hacia la verdad. Y, paradójicamente, se puede comprobar que cuando el derecho abandona los postulados éticos se aparta de la verdad y queda reducido a meros formalismos, ritos, formas, formularios, trámites que resultan estar vacíos de contenido porque: a) el derecho deja de ser la búsqueda de lo justo para convertirse en un sistema de normas jerarquizadas al servicio del poder; b) la responsabilidad debida al autor de los hechos queda reducida a una simple imputación de indemnizaciones económicas; c) la administración de la justicia y la resolución de los conflictos se reduce a una ejecución de procedimientos mecánicos; d) el matrimonio a un simple contrato; e) la persona a un simple sujeto de derechos situado al mismo nivel que una compañía de teléfonos
[4]. En última instancia, el derecho queda reducido a una simple administración de intereses y se renuncia a la justicia como si se tratara de un concepto extraño al derecho y más propio de la ética o de la teología.

2. La oveja Dolly
Por clonación se entiende la réplica o copia de uno o varios individuos físicamente idénticos al donante
[5]. Clonar es algo parecido a fotocopiar una persona por medio de fotocopiar su genética.
En el campo de la investigación sobre animales, desde los años treinta se producen experimentos de producción de ejemplares idénticos con la finalidad de asegurarse determinadas características en los ejemplares obtenidos: mayor producción lechera, resistencia a enfermedades, etc. Esta «producción» de animales no se hace por clonación, sino por escisión gemelar artificial –división del óvulo– a la que sólo de una manera impropia se le puede llamar clonación porque no se duplica, sino que se divide. No sigue el procedimiento biológico de la clonación.
El inicio de una vida humana
[6] implica el encuentro de dos células especializadas que se llaman gametos, una de origen materno (óvulo) y otra de origen paterno (espermatozoide). Cada una de ellas ha sido preparada a través de un proceso biológico (meiosis) que culmina en su fase de maduración en la reducción del número de cromosomas de 46 a 23. Estos gametos están destinados a unirse entre sí mediante una fusión (singamia) que origina una nueva vida y que llamamos fecundación del óvulo. De hecho, los gametos separados sólo sobreviven unas pocas horas, su destino es unirse. El óvulo fecundado por el espermatozoide se llama cigoto. La fecundación afecta primero al citoplasma de las células gaméticas y luego a sus respectivos núcleos.
La fecundación es la fusión y penetración de un espermatozoide en un óvulo también llamado ovocito y finaliza con la primera división normal del óvulo fecundado.
En cuanto a la pregunta de cuándo empieza la vida humana, ningún científico dudaría en responder que en el momento de la fecundación (singamia), es decir, cuando de dos realidades distintas (el óvulo y el espermatozoide) surge una realidad nueva y diferente, el cigoto (óvulo fecundado), con una información genética propia y un poder generador capaz de desarrollar un ser humano. Es una entidad autónoma, diferente de la madre y del padre, que desde el principio dirige sus propios procesos.
El momento de la fecundación es el principio de una vida y, por tanto, el principio de un largo proceso de maduración y desarrollo que avanza a través de distintas fases y estados (estadíos) biológicos y fisiológicos. En la fecundación no hay manos, ni pies, ni cara, incluso, propiamente, tampoco existe una individualidad propia por la que se pudiera diferenciar a Pedro de Ramón. Pero es el principio de todo ese proceso y sin la fecundación no se podría llegar ni a Pedro ni a Ramón. Luego la lógica humana nos dice que lo que es el principio y el motor de algo forma parte de ese algo. El principio de Ramón es Ramón. Por la misma razón que el final de Ramón también es Ramón. Hablando con propiedad no se puede decir que un embrión de un día tiene menos condición humana que uno de cinco días o que un feto de siete meses.
La clonación propia o por réplica, sin embargo, es una reproducción artificial que se obtiene sin la aportación de los gametos: es una reproducción asexual y ágama. En lugar de fecundar el espermatozoide un óvulo de manera natural, lo que se realiza es una fusión o implantación del núcleo de una célula del individuo que se quiere clonar con un ovocito desnucleado, es decir, privado del genoma de origen materno. Se trata de producir individuos biológicamente iguales a un individuo adulto que proporciona el patrimonio genético nuclear. Los individuos resultantes son una réplica o copia biológica del donante del núcleo.
La noticia dada por la revista Nature el día 27 de febrero de 1997 sobre el nacimiento de la oveja Dolly se refiere a una clonación propia o por fusión, no a una escisión gemelar. El hecho tuvo lugar después de 277 fusiones ovocito-núcleo donante. De todas ellas sólo 8 tuvieron éxito, es decir, sólo 8 iniciaron el desarrollo embrional, y de esos 8 embriones solo uno llegó a nacer: la oveja que fue llamada Dolly
[7].
Se distinguen dos tipos de clonación: la reproductiva y la terapéutica o de investigación. En realidad, no son dos tipos de clonación distintos, puesto que las dos implican el mismo proceso técnico y artificial de reproducción por réplica. En lo que se diferencian es en su fin u objetivo perseguido: la llamada terapéutica que se dice es para curar enfermedades. La clonación de embriones para fines terapéuticos significa la obtención de embriones humanos a partir de la combinación en el laboratorio de óvulos desnucleados con núcleos de células humanas para luego interrumpir el proceso de reproducción cuando el embrión es capaz de producir células madre (a los 5 días, cuando está compuesto por unas centenares de células).
Hay que reconocer que el uso del lenguaje es perverso. Porque no se cura a una persona matando a otra, porque se trata, más bien, de utilizar o aprovecharse de otro aunque sólo sea un embrión humano.
La clonación, en cualquiera de sus formas, atenta gravemente contra la dignidad de la persona y por muy noble que sea el fin perseguido, es inaceptable moralmente la producción, manipulación y destrucción de embriones humanos. Nunca se puede instrumentalizar al ser humano
[8].
Además, como afirma la profesora Natalia López Moratalla
[9] todavía hoy no se ha encontrado utilidad científica para la investigación ni para el uso terapéutico a las células embrionarias. Y si en el futuro se descubriera que sirven para curar, las células embrionarias se pueden conseguir por otros procedimientos que no exijan óvulos, es decir, sin matar –que no destruir– embriones humanos[10].
Por el contrario, lo que nadie dice es que en España la cifra de embriones congelados «sobrantes» como consecuencia de las técnicas de fecundación in vitro se calcula entre 40.000 y 100.000 embriones. Estos embriones acarrean un coste derivado de los gastos de su conservación, que al convertirse en materia prima para la obtención de células madre se convierten en un ingreso. A precios de mercado un embrión viable tiene un valor de entre 600 y 900 euros
[11] y esto posibilita una puesta en valor del stock de embriones congelados muy goloso a la vez que hace desaparecer los costes de su conservación.

3. Los medios y los fines
La cuestión central de la clonación es responder cuándo existe la persona humana. Si el embrión humano es persona entonces no es una cosa y queda claro que no se puede destruir, ni producir, ni manipular como si fuera un objeto de producción.
Desde el momento mismo en que el óvulo es fertilizado por el espermatozoide existe una forma de vida distinta de la anterior del óvulo por un lado y del espermatozoide por otro lado. No es que sea independiente, porque por sí sola no puede vivir, pero sí es distinta. Todo lo que viene después no es sino simple desarrollo de lo anterior, sin que existan cambios cualitativos. Sigue siendo la misma entidad de vida que se desarrolla.
El óvulo fecundado tiene vida distinta de la madre y del padre porque tiene una identidad genética propia –es otra persona– y también tiene una unidad biológica propia –es otro cuerpo–. Ahí existe una persona que lleva en sí toda la información y toda la fuerza necesaria para desarrollarse sin cambios cualitativos –sin dejar de ser lo que es– pero sí con cambios físicos y morfológicos.
De cigoto, pasa a mórula, después a blastocito, embrión, feto, y más tarde, también sin cambios cualitativos, bebé, niño, joven, adulto, anciano...
[12]. ¿En qué momento de todo ese proceso de desarrollo tal individuo no era persona? No es verdad que una madre está embarazada tan sólo con que se haya producido la unión del espermatozoide con el óvulo, aunque ella se entere unas semanas más tarde y el padre, seguramente, mucho después y sólo cuando la madre se lo dice clarito y por segunda vez.
El embrión es portador de un patrimonio genético individual y propio. Es persona humana. Tiene vida distinta y propia. El hecho biológico de que esta vida haya surgido de forma natural por la unión de los gametos sexuales diferenciados o por clonación no cambia en nada lo dicho. En la clonación también existe un patrimonio genético propio e individual, aunque copiado del donante, pero individual o propio también del nuevo ser existente. El nuevo ser clonado es una persona humana también.
Los que afirman tajantemente que los embriones humanos no son personas humanas cómo pueden estar tan seguros de su afirmación. ¿Están seguros de no caer en un dogmatismo pagano? Porque sabemos cuándo existe una vida distinta y cuándo no. No suenan las sirenas de los hospitales, es verdad, pero se puede comprobar en el laboratorio y con el microscopio la existencia de vida distinta a partir de la fecundación. Cada uno que piense qué es lo más lógico y qué es una petición de principio o un nuevo dogmatismo ilustrado.
Sin embargo, queda en el aire una segunda cuestión. El código genético determina la individualidad de la persona humana, pero no su dignidad. No valemos lo que valga nuestro código genético, como si fuera nuestra marca de calidad, o nuestro test de inteligencia. Si fuera así no valdría nada un individuo genéticamente defectuoso, débil, tarado, enfermo, inferior... La dignidad humana no depende del código genético, sino del alma espiritual del hombre, a imagen y semejanza de su Creador, que lo hace igualmente valioso y digno de amor y protección por muy tarado, débil o deficiente que pueda ser su código genético, porque sigue siendo –como los demás hombres y mujeres– un hijo querido por Dios
[13].
El embrión humano es persona humana y merece el respeto debido a cualquier persona humana. Descongelar los embriones «sobrantes» para reanimarlos y luego quitarles la vida en la obtención de sus células madre como material de experimentación es matar, es una acción gravemente ilícita
[14]. El investigador que mira por el microscopio no ve una cara, ni manos, ni cuerpo. Sólo puede ver células en estado embrionario, pero eso somos todos: células. Además de células somos personas, con alma, únicas, irrepetibles, con vida y corazón.

4. ¿Qué es el hombre?
Vaya pregunta. Apenas nos aclaramos de cuándo comienza a existir el hombre y pretendemos saber qué es el hombre. Es curioso, pero la clonación tiene un misterioso efecto de boomerang en los conceptos. Porque no se trata tanto de que la clonación deforme el concepto de vida humana y haga ver al embrión humano como una cosa. Es más bien al revés. Es que si no se tiene claro qué es un hombre y en qué reside su dignidad entonces se reúnen los requisitos necesarios para ser un abonado a favor de la clonación humana. Porque si se tiene claro que la persona es intocable, inmanejable, in-manipulable y todos los demás «in» que sean necesarios, entonces no se llega a la clonación.
La persona no es un producto industrial, sino un don de amor. Amor de Dios en el que cooperan los padres con su propio amor. Cada persona es llamada a la vida por expreso cariño del Creador. La persona nace como fruto de un amor humano definitivo, total, que se entiende en la relación de amor a la que son llamados el padre y la madre por medio de su creación sexuada y su alma humana a imagen del Creador. La persona no nace como un producto o una consecuencia de un encuentro fortuito –pasaba un señor por aquí ese día–.
Las personas no se producen, sino que se aman, se aman desde antes de su concepción y luego siguen siendo amadas y ellas –nosotros– amamos también. Es el amor el que explica la existencia del hombre y sólo desde el amor y desde lo que se hace por amor se da sentido a la vida humana. El amor explica que la vida sea un acto de servicio, de entrega, el don de uno mismo.
La clonación, al contrario, alimenta la idea de que algunos hombres pueden utilizar a otros y servirse de ellos hasta tal extremo de programar su identidad biológica. Pensarán que el verdadero valor de los hombres y de las mujeres reside en el color de sus ojos, en su complexión física, en su fortaleza, en la resistencia a las enfermedades, en su pasividad intelectual, en su rutinaria ejecución de mandatos, en su cuerpo escultural si son hembras –que no mujeres–. Pensarán, también, que otros hombres y otras mujeres no merecen respeto porque son molestos o perjudiciales, porque tienen otro olor corporal, otras costumbres, otras creencias, otras maneras de vivir.
La clonación es una consecuencia de la falta de amor y tiene como frutos la discriminación injusta de unas personas y la exclusión de otras. Es como decir muy alto que aquí no cabemos todos porque no les gusta como somos. La clonación es el triunfo del tener sobre el ser, de la técnica sobre la ética. Y todo esto a costa de pervertir las relaciones fundamentales de la persona humana: una mujer puede ser hermana gemela de su madre, carecer de padre biológico y ser hija de su abuelo.

5. El sentido ético
Porque podremos opinar una cosa u otra. Nos puede parecer bien o mal esto o lo otro. Pero ¿qué es lo que está bien y lo que está mal? y, sobre todo, ¿quién dice lo que está bien y lo que está mal? ¿Quién tiene la razón, quién es la referencia ética de los hechos de los hombres?
Porque el sentido común nos dice que la referencia del bien y del mal no puede depender de la mayoría de las opiniones. Primero, porque las opiniones pueden cambiar y con ellas también cambiaría la mayoría. Además, eso sin tener en cuenta las influencias o manipulaciones de la mayoría. Segundo, porque hay cosas que repugnan a cualquier persona y la historia nos demuestra que se han podido aceptar después de un proceso de acostumbramiento y de resignación. Pero eso no las convierte en buenas, sino en tolerables.
Matar a una persona por el solo hecho de pertenecer a la raza judía no está bien. Sigue sin estar bien aunque lo apruebe una mayoría de personas que se encuentran en el poder en un determinado momento. Y sigue sin estar bien aunque el resto de personas que no lo aprueben no haga nada para impedirlo porque no pueden o porque no les importa demasiado. Pero matar está mal.
Un cristiano sabe que sólo Dios es el señor del Bien y del Mal. Es la referencia, el Absoluto. Con sentido Dostoievsky por medio de uno de los hermanos Karamázov dice «si Dios no existe, todo está permitido». Por ser Dios el Bien tiene la Verdad, la única verdad, la Verdad de las verdades. No podría ser de otra manera. Los hombres por medio de nuestra razón –chispazo de la inteligencia divina– y, donde no alcanza la razón humana, por medio de la fe revelada, podemos llegar a conocer la verdad: la verdad revelada por Dios.
Una de las verdades reveladas por Dios es la Creación. Sabemos que no en la forma –porque utiliza palabras y expresiones simbólicas–, pero sí en el concepto, en la verdad esencial de la creación, el mundo, la naturaleza y el mismo hombre han sido creados por Dios y de Él proceden y hacia Él caminan.
La ciencia humana, cualquier ciencia, también la biomédica, debe aceptar estas verdades que son innatas a todo lo creado. Que Dios existe. Que Dios es el Creador. Que Dios es la referencia ética. Que la persona humana es un bien, tiene un valor, es sujeto de derechos fundamentales, no porque se los concedamos, sino porque nace a la vida con ellos, los tiene por sí mismo, por su propia dignidad. Al hombre no se le concede el derecho a la vida, más bien, se le reconoce el derecho a la vida y a los demás derechos fundamentales
[15].
La clonación en cualquiera de sus clases supone una alteración en la reproducción de un ser humano. Constituye un abuso de poder de un hombre –el científico– sobre otro hombre –el ser clonado y llamado a la vida– que daña el respeto a todo hombre y quebranta la igualdad entre los hombres. Por muy noble que fuera el fin perseguido, suponiendo que sirviera para curar enfermedades, que hoy no es así, nunca un hombre puede instrumentalizar a otro hombre. La ciencia necesita de la ética, necesita de Dios, para no degradar la dignidad humana.
Vemos así que la clonación humana es la terrible consecuencia a la que lleva una ciencia sin valores y es signo profundo del malestar de nuestra civilización, que busca en la ciencia y en la calidad de vida los sucedáneos al sentido de la vida y a la salvación de la existencia
[16]. La proclamación de la «muerte de Dios», con la vana esperanza de un «superhombre» conlleva un resultado claro: la «muerte del hombre». No debe olvidarse que el hombre, negando su condición de criatura, más que exaltar su libertad, genera nuevas formas de esclavitud, nuevas discriminaciones y profundos sufrimientos.
Un científico consecuente busca ante todo la verdad. Se puede equivocar, pero no obcecarse, porque es opuesto a su trabajo no estar abierto a la verdad y dejarse llevar de premisas no demostradas. A esos científicos que se dedican a experimentar con embriones humanos la ciencia les importa poco. Lo que de verdad les importa es su prestigio profesional, su investigación, sus conferencias. Y a las empresas que financian esas investigaciones les preocupa demasiado sus cuentas de resultados La peor de todas las ambiciones humanas es la de desear, a toda costa, la propia excelencia. Bien lo sabe el Demonio cuando tienta a Jesús para darle todos los reinos de este mundo (Mt. 27, 42).
Pero el hombre está por encima de la ciencia, la ética está por encima de la ciencia y la ciencia y al ética están al servicio de todos los hombres. En la clonación humana no se da la condición necesaria para una verdadera convivencia: tratar al hombre siempre y en todos los casos como fin y como valor, y nunca como medio o simple objeto.
El fin no justifica los medios utilizados. Por muy buenas intenciones que se tenga, del mal nunca se puede obtener el bien. En el mal no está el bien, es imposible encontrar el bien donde no hay bien.

Felipe Pou Ampuero

[1] Cfr. Constitución Gadium et Spes, n. 16.
[2] Gonzalo Herranz, Departamento de Humanidades Biomédicas Universidad de Navarra, en Diario Médico.
[3] Elio Sgreccia, Biotecnología: Estado y Fundamentalismos. Lexicón, ed. Palabra, Madrid, 2004, p. 70.
[4] F. D’Agostino, Teología del diritto alla prova del fundamentalismo. En Ius Divinum, 119.
[5] Academia Pontificia para la Vida, Reflexiones sobre la clonación, 11 de julio de 1997.
[6] José-Antonio Abrisqueta, Aspectos biológicos del desarrollo embrionario humano, Departamento de Fisiopatología Molecular Humana, Centro de Investigaciones Biológicas (C.S.I.C.), Madrid, leído en www.conferenciaepiscopal.es/documentos.
[7] Academia Pontificia, ob. cit.
[8] Conferencia Episcopal Española, Ante la aprobación del Decreto Ley que aplica la Ley de Reproducción Asistida, nota de fecha 29 de octubre de 2004, citanto la comunicación de la Santa Sede a la ONU sobre la clonación en L’Osservatore Romano 17 de octubre de 2004.
[9] Natalia López Moratalla, La “clonación terapéutica”, ni clonación, ni terapéutica, ni necesaria”, en ABC (Madrid). Día 3 de marzo de 2005.
[10] Hoy día la investigación en células madre se basa en tejidos humanos como la placenta y el cordón umbilical.
[11] Josep Miró i Ardèvol, El desafío cristiano, Planeta Testimonio, Barcelona, 2005, p.205.
[12] Miguel-Ángel Irigaray Soto, Ética y clonación terapéutica, en www.fluvium.org/documentación.
[13] Elio Sgreccia, ob. cit.
[14] Conferencia Episcopal Española, ob. cit. n.2.
[15] Elio Sgreccia, ob. cit. p.70,
[16] Academia Pontificia de la Vida, ob, cit.

domingo, marzo 06, 2005

3. Cristiano



CRISTIANO
Fecha: 05 de marzo de 2005

TEMAS: Religión, Cultura, Educación.

RESUMEN: ¿Qué significa ser cristiano? ¿Cuál es la tarea del cristiano en la sociedad moderna actual? El cristiano quiere vivir como un cristiano y decir a los demás que el hombre es ser creado a imagen y semejanza de Dios. Difundir una cultura humanista en la que se afirme la supremacía del ser sobre el tener, de la ética sobre la técnica.

SUMARIO: 1. El mundo.– 2. Vivir de fe.– 3. Vida pública.– 4. Estilo personal.

1. El mundo
El mundo es bueno porque ha salido de las manos de Dios. El origen del pecado y de la mancha moral no hay que buscarlo en las cosas creadas, pues Dios, tras crear todas la cosas, vio que eran buenas (cfr. Gn, 1,31), sino en el corazón del hombre –en nuestro corazón–. Después del pecado original el hombre fue «mudado en peor». Pero esto no quiere decir que el hombre no sea capaz de vencer, sino que necesita luchar
[1].
Los terremotos no sólo matan y destruyen. También desafían a los hombres a explicarnos el orden de un mundo en el que tales actos aparentemente indiscriminados pueden llegar a ocurrir. Como dice Alejandro Llano
[2] la realidad se puede transformar pero no se puede falsear. Aunque nosotros no lo seamos, la realidad es siempre fiel a sí misma. Y la realidad es que el mundo puede ser un espacio difícil de vivir, poco acogedor y hostil, donde el más fuerte es el que sobrevive a costa de los más débiles que resultan explotados.
No aceptar que el hombre es un ser creado a imagen y semejanza de Dios supone alterar todo el orden natural de lo creado y la realidad misma del hombre que deja de ser entendido como un ser amado por sí mismo, con su propia dignidad, para ser valorado sólo como un instrumento, un medio, para alcanzar otros fines.
La tarea del cristiano se centra, en primer lugar, en elaborar y difundir una cultura humanista en la que se afirme una supremacía del espíritu sobre la materia, del hombre sobre las cosas y de la ética sobre la técnica. Cultura humanista que se opone a la cultura materialista o consumista que defiende la primacía del tener sobre el ser, del placer sobre el amor, del bienestar sobre la felicidad. El cristiano tiene la honrosa tarea de trabajar para que el mensaje divino llegue a su vecino, a su compañero, a su amigo
[3].
Las personas son bienes por sí mismas y no por ninguna otra cualidad. Si no se entiende así la dignidad de la persona se corre el grave peligro de justificar el dominio de los fuertes sobre los débiles, de los sanos sobre los enfermos, de los ricos sobre los pobres, de los integrados sobre los marginados, de los seres «útiles» sobre los seres «inútiles».
La verdad siempre resulta peligrosa, es cierto. Pero es más cierto que la verdad es siempre la verdad y no admite disfraces o variantes menos arriesgadas o comprometidas. La verdad es exigente porque lleva al sentido de las cosas y eso no puede ser otra cosa que su razón de ser, la verdad lleva necesariamente siempre a Dios. Dios es siempre el fin último de todas las criaturas.
Y el mundo grita el nombre de su Creador y habla constantemente de Dios. El cristiano quiere decir a los demás hombres que Dios existe, que no podemos vivir de espaldas a Dios, como si no existiera, como si pudiéramos ignorar su existencia.

2. Vivir de fe
«Ante tantos dramas como afligen al mundo, los cristianos confiesan con humilde confianza que sólo Dios da al hombre y a los pueblos la posibilidad de superar el mal para alcanzar el bien»
[4]. El cristiano debe vivir de la fe. Pero esto no puede significar que la fe sea una creencia mágica o extraña. «El cristianismo es gracia, es la sorpresa de un Dios que, satisfecho no solo con la creación del mundo y del hombre, se ha puesto al lado de la criatura»[5].
Dios existe y es la razón de ser del hombre. Sólo se puede explicar la existencia del hombre desde la existencia de Dios y desde la Creación a su imagen y semejanza. La vida humana es religiosa por esencia, para explicar la existencia del hombre, sin Dios nada tiene sentido.
La fe no es una excusa para soportar la vida. El cristiano no cree en Dios como un remedio para soportar esta vida llena de dolor e injusticias, donde el mal se extiende y nadie puede comprenderlo. La fe es la razón de vivir del cristiano.
La fe del cristiano no es propia, como fabricada a mi medida: para resolverme mis problemas. No se trata de una pasión, de un convencimiento o de una convicción. Por lo menos no se trata sólo de eso, aunque también lo pueda ser.
La fe es un don de Dios. Por ser un don es un regalo gratuito. Y por ser un regalo no es propia, es divina. No se puede reducir la aspiración hacia lo trascendente en una simple necesidad de espiritualidad, como quien necesita jabón y lo compra en la droguería. La fe es una llamada y es un encargo, es una misión, algo por hacer...
Es Dios quien identifica al hombre, quien le manifiesta quién es y cuál es su destino, porque lo conoce, porque lo ha creado. Sólo aceptando la existencia previa de Dios se puede comprender y dar sentido a la existencia humana. Una existencia llena de dificultades, de problemas, de contrasentidos, de dolor y de abandonos, y también de felicidad y de alegrías. Pero todo esto Dios lo explica, lo acoge y hasta nos ha dado ejemplo suficiente en la Encarnación del Verbo. Dios ha asumido toda la existencia humana y ofrece al hombre una explicación de la vida humana.

3. Vida pública
El cristiano quiere vivir como un cristiano y llevar a los demás esta novedad. No le basta con vivir en secreto su misión, sino que quiere sacarla a la calle, a la plaza y manifestar a los demás hombres su verdadera dignidad.
El derecho a vivir en sociedad que corresponde a toda persona –incluidos los cristianos– se refiere necesariamente al libre protagonismo ciudadano en la configuración de la sociedad
[6]. Queremos la sociedad que nos corresponde, humana, libre, plural, verdadera. Y no queremos la sociedad que nos quieran imponer o que nos presenten como ya existente. La libertad de intervenir en la realidad pública y social que nos rodea hay que adoptarla de una vez por todas, sin pedir permiso ni disculpas a nadie, porque no hay más libertades que las que uno se toma y podemos tomarnos la libertad de configurar la sociedad.
Para el cristiano actual y en el mundo actual marcado por el relativismo moral e indiferente pretender mimetizarse como uno más de sus conciudadanos no deja de inspirar compasión como quien quisiera hacerse perdonar las propias convicciones en las que no confía con mucha seguridad.
Nos guste o no el Estado actual ha dejado de ser el centro y el vértice de la vida social. Hoy la sociedad no es nacional, ni mucho menos estatal, sino que es una sociedad compleja, multicéntrica y llena de relaciones que no se puede comprender ni entender si nos empeñamos en verla desde la perspectiva plana de la sociedad tradicional donde se contraponía lo público a lo privado o el estado al individuo. Todo esto ya no existe, hace referencia a otra sociedad, a otro tiempo y a otras circunstancias
[7].
El cristiano viene para decir la verdad, para dar la razón del hombre y, por tanto, la razón de la vida y del mundo. Tiene la valentía civil y cívica de anteponer el valor de la verdad a cualquier conveniencia práctica o coyuntural. Constituye su honor y su deber. El cristiano viene a señalar el camino dentro de su pequeñez personal, con el arrojo y la audacia que sólo la fe pueden dar.
En una sociedad donde la información transforma la comunicación y en la que es el centro de las relaciones, el cristiano viene a decir que la abundancia de información no es equivalente a abundancia de conocimiento, ni mucho menos a sabiduría. Tenemos muchos datos a nuestra disposición y no tenemos ni la más remota idea de para qué estamos en este mundo.
La verdadera sabiduría –que no equivale a cantidad de datos–, es una actividad vital, un crecimiento interno, un avance hacia uno mismo y su propia explicación
[8]. Y en este empeño de adquirir cultura y sabiduría hay que tener siempre presente la verdad de las cosas y recordar que la lectura de los grandes libros es el único camino para lograr una formación armónica y completa, con independencia de la profesión o estudios de cada uno[9].
La misión del cristiano en la sociedad actual es mostrar el hombre al hombre como ser creado a imagen y semejanza de Dios. Una sociedad que ha promovido la centralidad del individuo, pero se ha olvidado del verdadero valor de la persona humana
[10]. Esta sociedad donde la democracia se ha llegado a considerar como el valor supremo, superior hasta a la misma Verdad, y no como un medio privilegiado para discernir, reflexionar y proteger la Verdad misma.
El relativismo en la democracia comporta la negación de la Verdad. Hay que tener muy en cuenta que si no existe una Verdad última que guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente y utilizadas para fines de poder. Porque donde falta la Verdad no existen otras razones que las de la fuerza. Una democracia sin valores se convierte, antes o después, en una tiranía visible o encubierta, primero de la mayoría y luego del poder, que acaba por convertirse en poder absoluto.
El fin debe ser la verdad. Hay que someterse a la verdad, rendirse, bajar la cabeza, y no querer ser como dioses que intentan re-crear la realidad y el mundo. Si la verdad puede ser votada, en lugar de aceptada, la verdad es manipulable: podría ser decidida al capricho del interés del momento, ya no sería la verdad, al menos no sería la verdad de los que no la votaron.

4. Estilo personal
Frente a la simple instrucción o ilustración que responde a la mera información, se impone la educación o formación que responde a la sabiduría y al ser más persona. La educación es decisiva precisamente porque el ser humano no tiene saber innato ni nace enseñado, para saber hacer falta llegar a saber.
Es en la cultura donde se encuentra la formación del hombre. El cristiano debe asumir la tarea de imprimir una mentalidad cristiana a la vida ordinaria, a la cultura actual y cotidiana de su sociedad. Debe contribuir a formar y mostrar un estilo de vida cristiano. Estilo que se debe fundar en la oración y en la contemplación, pues no se trata de desembocar en el activismo, en el hacer por hacer. Tenemos que resistir esta tentación buscando el ser antes que el hacer
[11].
En la sociedad actual puede parecer casi indecente llegar a hablar de Dios. Y no es una tarea fácil poner la fe en palabras y conceptos que pueda entender el mundo moderno. Pero una forma de describir la esencia del cristianismo en lenguaje moderno es describirlo como la historia del amor entre Dios y la Humanidad
[12].
El cristiano ha de ser un testigo convencido de esta verdad: el amor es la única fuerza capaz de llevar a la perfección personal y social, el único dinamismo posible para hacer avanzar la historia hacia el bien y la paz
[13]. Porque el mal no es una fuerza anónima que actúa en el mundo por medio de mecanismos deterministas e impersonales. El mal pasa necesariamente por la libertad humana. La libertad humana está siempre en el centro del drama del mal y lo acompaña. El mal tiene un rostro y un nombre propio: el de los hombres y las mujeres que libremente lo eligen.
Porque ser cristiano significa que quiero ser cristiano. Es querer, que es amor. Después, cada uno será mejor o peor cristiano. Pero primero es necesario querer serlo, aunque no basta sólo con querer. Después hay que saber ser cristiano, hay que formarse, cuidarse, cultivarse, para saber vivir como un cristiano en mi barrio, en mi trabajo, entre mis amigos. No será necesario hablar, porque «hablan» los hechos, las actitudes. El estilo personal del cristiano es un grito elocuente en la plaza pública. Y esto es lo que necesita el mundo moderno: ejemplos vivos, vidas concretas, cristianos corrientes que demuestran que es posible ser cristiano aquí y ahora.
Ser cristiano es precisamente eso, una manera de vivir, no una situación o un estado de las cosas. Cristiano es el que con sus hechos dice que Dios existe, el que vive como si Dios existiera, no el que vive como si Dios no existiera. Y esto no vale sólo para el templo, o para las recitaciones, o para las declaraciones. Además, Dios existe para cuando las cosas van bien, y para cuando la desgracia se acerca; para cuando hay que arrostrar con las consecuencias de los propios actos y para cuando el fin no puede nunca justificar los medios; para cuando parece que la vida no ofrece alternativas y para cuando se ve la salida del túnel; para saber sacrificar el éxito profesional y para dar a las cosas su verdadero valor...
Tenemos la libertad de ser cristianos. Somos libres para elegir vivir como vive un cristiano y dejarnos de discursos. Otros son libres para hacer lo contrario y cada uno responderá de su vida. Soy cristiano cuando trabajo y cuando paseo por el monte. Cuando me baño en la playa y cuando me siento a comer en el restaurante. Cuando me visto para ir a trabajar y, también, para ir de fiesta. Soy cristiano en todo momento porque no puedo –no quiero– dejar de ser cristiano. No es una camisa que se pueda cambiar. Ser cristiano es connatural. Forma parte del ser de cada uno y le acompaña.

Felipe Pou Ampuero


[1] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica. n. 1.707.
[2] Llano Cifuentes, Alejandro, El hombre ante la sociedad de la información: luces y sombras. Ponencia en el Congreso de Católicos y Vida pública.
[3] Decreto Apostolicam Actuositatem (Sobre el apostolado de los laicos), 18 de noviembre de 1965, n. 3.
[4] Juan Pablo II, Mensaje con motivo de la celebración de la Jornada Mundial de la Paz. Vaticano, 8 de diciembre de 2004.
[5] Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte.
[6] Llano Cifuentes, Alejandro, El hombre ante la sociedad de la información: luces y sombras. Ponencia en el Congreso de Católicos y Vida pública.
[7] Cfr. Llano Cifuentes, Alejandro, ob. Cit.
[8] Cfr. Llano Cifuentes, Alejandro, El hombre ante la sociedad de la información: luces y sombras. Ponencia en el Congreso de Católicos y Vida pública.
[9] Llano Cifuentes, Alejandro, La cultura como proyecto, en Nuestro Tiempo, marzo 2004, nº 597.
[10] Card. Paul Poupard, Conferencia sobre la secularización en occidente, en el Instituto Teológico de los Santos Cirilo y Metodio, en Minsk (Bielorrusia), el día 10 de diciembre de 2004.
[11] Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte.
[12] Card. Joseph Ratzinger, entrevista día 19 de noviembre de 2004, diario La República.
[13]
Juan Pablo II, Mensaje con motivo de la celebración de la Jornada Mundial de la Paz. Vaticano, 8 de diciembre de 2004.

2. Hombre y Mujer



HOMBRE Y MUJER
Fecha: 05 de febrero de 2005

TEMAS: Sexualidad, Familia, Persona.

RESUMEN: La sexualidad humana no es una casualidad, sino algo querido por Dios. No es una sexualidad animal, ni la simple procreación de la especie. Es la manifestación del amor humano. En el amor conyugal se realiza plenamente la sexualidad humana, por esto es necesario aprender a amar.

SUMARIO: 1. La Creación.- 2. Sexualidad humana.- 3. Procreación.- 4. Educación del amor.- 5. Amor humano.

1. La Creación
La Biblia dice: «Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó» (Gn. 1, 27). El hombre y la mujer son creación de Dios. No son una consecuencia accidental o inevitable de un proceso de evolución. Tampoco son el producto de una suma de circunstancias. Son alguien, no algo, querido expresamente, singularmente, por el Creador de todo el Universo.
La Creación divina abarca a todo lo que existe, conocido y desconocido, porque ha salido de las manos del Creador. Entre todo lo creado existe desde lo más pequeño e insignificante como puede ser una molécula, hasta lo más grandioso y espectacular, como puede ser una constelación llena de planetas, estrellas y satélites. Todo ha sido creado por Dios. Además de todo eso Dios también ha creado al hombre. Del propio relato de la Creación se puede considerar que todo ha sido creado por y para el hombre.
El hombre y la mujer fueron creados a imagen de Dios. Dios creó al hombre para Sí y de esta manera «los bendijo» (Gn. 1, 28). El hombre y la mujer son los únicos seres que son amados por Dios, que es su creador, por sí mismos, por ser ellos mismos, no para nada, ni por ser útiles para nada. El valor del hombre y la mujer no reside en las cualidades que tienen o que puedan adquirir, en los conocimientos científicos que lleguen a descubrir, ni en la capacidad de entendimiento. El valor del hombre está en ser imagen de Dios. Esta es la dignidad de la persona humana, de todas y de cada una de las personas humanas. Valen y son dignas por ser ellas mismas. Porque Dios ama al hombre y a la mujer por sí mismos, no por ser de una determinada manera o cultura.
Además, el relato bíblico nos dice otra cosa. Dice no sólo que los creó a su imagen, sino que siendo así, además los creó como hombre y como mujer. Las palabras del Génesis recogen dos verdades fundamentales sobre la persona humana[1]. Su dignidad personal, propia, individual de cada uno, no colectiva, ni de grupo, ni de raza o credo. Cada persona es única y tiene un valor por sí misma porque Dios le ama. Y que la persona, así dicho, no existe. Existen las personas, cada uno y cada una. Y estas personas concretas que son las que Dios ha creado, son hombres o mujeres porque Dios las ha creado así. Dios no crea una persona y luego no se sabe cómo tiene un sexo. No. La persona es un ser sexuado y Dios nos crea particularmente –a cada uno– como hombre o como mujer.
El relato de los hechos parece sugerir que la mujer es inferior o, al menos, posterior al varón en lo que a su creación se refiere. Sin embargo, no es así como debe interpretarse el relato. No es el hombre quien se fabrica una mujer que lo acompañe en la soledad y le ayude en la vida. Es el mismo Dios quien modela a la mujer, de la misma materia que el hombre, para que siga siendo imagen y semejanza de Dios mismo. Así se nos insinúa que la mujer nace más del corazón del hombre que de la costilla de Adán. La mujer no es un producto del varón, sino imagen de Dios que completa al varón «no es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él» (Gn. 2, 18) de manera que la unión del varón y la mujer sea una más perfecta imagen de Dios.
De manera que el sexo humano es obra del Creador que vio que era bueno y lo amó. El sexo humano, como el hombre y la mujer han salido de las manos de Dios y es algo bendecido por Dios. Esto nos lleva a considerar que el cuerpo del hombre y el cuerpo de la mujer no es un simple instrumento manejado por un espíritu independiente y ajeno a la materia que lo puede manipular a su antojo: esto sería caer en un espiritualismo barato[2]. El cuerpo humano, sexuado y concreto, es obra del Creador. Es parte esencial de la persona humana, de cada persona, porque ha sido creada con este cuerpo concreto —el de cada uno— y por esto podemos decir con propiedad que el cuerpo humano es personal, es decir, propio, particular, único, irrepetible y digno. Cada uno sin nuestro cuerpo no seríamos nosotros mismos, seríamos otra persona distinta.
Podríamos pensar que el hecho de que el hombre tenga cuerpo no le diferencia de los demás seres creados, que también lo tienen. Sin embargo, a los demás seres creados, Dios no los ama por sí mismos, no son personas, sino individuos —unos más entre sus iguales— de su especie. Hay veces en que por cariño o por interés podemos diferenciar a algún animal de otros semejantes y llegar a tenerle un aprecio especial. Pero ese animal no es amado por sí mismo, sino por nosotros y, sobre todo, ese animal no es amado por Dios por sí mismo.
Lo que hace al hombre y la mujer semejantes a Dios es el hecho de que, a diferencia de los seres vivientes, incluso de los dotados de sentidos animalia, sea también un ser racional[3]. El hombre y la mujer han sido creados como seres racionales y con capacidad de darse cuenta de las cosas que suceden a su alrededor y que le suceden a sí mismo. Por la inteligencia pueden llegar a conocer el bien y el mal. Pero solo este conocimiento no basta. Se debe querer el bien y desechar el mal. Es un acto de la voluntad en el ejercicio de la libertad individual de cada persona.

2. Sexualidad humana
Dios al crear al hombre lo crea como varón y como mujer, lo crea como un ser sexuado. De aquí podemos sacar algunas consecuencias: 1) el sexo humano es querido por Dios; 2) sólo existen dos sexos, el masculino y el femenino y nada más; 3) Dios crea con un sexo determinado y concreto a cada persona; y 4) el sexo humano, por ser humano se refiere al amor y no sólo a la procreación.
1) La sexualidad humana es algo querido por Dios, no sólo tolerado o soportado como una consecuencia inevitable. Luego el sexo es bueno. Dios, que es el Creador del universo, por ser Dios, no tiene límites en su poder de creación. Sin ninguna dificultad podía haber creado al hombre sin sexo, de otra manera. Dios no actúa como los hombres que están sujetos a sus propias limitaciones y, en ocasiones, no tienen más remedio que soportar consecuencias no queridas o no deseadas.
Dios no actúa así. No necesita tolerar ningún efecto no deseado ni querido. Al contrario, si algo es creado por Dios es porque ésa ha sido su voluntad expresa y concreta. Dios quiere el sexo humano. Y lo que Dios quiere es bueno por sí mismo. Dios ama al hombre tal y como lo ha creado, como persona sexuada, es decir, como varón o como mujer según cada caso.
2) No existen más que dos tipos distintos y excluyentes de sexo humano: el masculino y el femenino. La creación del hombre se reduce a varones y mujeres. Y esto se realiza de una manera concreta e individual, particular para cada persona, de la misma manera como cada persona tiene un nombre y una cara propia y personal, también tiene un sexo personal y propio. No existe otro tipo de sexualidad que no sea la creada por Dios, ni tampoco existe la posibilidad de elegir o cambiar la sexualidad con la que hemos sido creados.
El sexo no es un producto cultural o una consecuencia de la educación recibida o del ambiente frecuentado. El sexo de cada persona es personal, forma parte de su propio ser, de su propia dignidad y no queda a la voluntad del sujeto la elección o alteración del mismo. El hombre es varón o es mujer. Y la mujer es persona como persona es el varón.
Necesitamos descubrir que la mujer es una forma o modo de ser persona, que es ser creador, capaz de amor y de fecundidad[4]. No es un cuerpo, una cosa, un objeto de usar y tirar al capricho del varón, como si sólo el varón fuera persona y la mujer fuera un ser inferior o degradado. La mujer es un modo de ser persona como el varón es otro modo o manera de ser persona y varón y mujer se complementan en el modo de ser persona.
3) Dios crea con un sexo determinado y concreto a cada persona y en esta manera de dar el ser y de crear a cada persona debemos descubrir la voluntad divina. ¿Qué quiere Dios al crear varón y mujer? Y sobre todo, ¿para qué los crea con un sexo que hace referencia —necesariamente— al otro sexo?
Porque la sexualidad humana es un referente, es decir, que el varón hace referencia y solicita la presencia de la mujer para dar sentido a su sexualidad y por tanto a su creación, y la mujer hace referencia al varón en el mismo sentido pero en relación contraria. Si existen varones es porque existen mujeres, y si existen mujeres es porque existen varones.
Dios no crea al hombre para que viva solo, por eso son hombre y mujer, para poder formar una familia como comunión de amor. Cada uno de nosotros, hasta lo más profundo del corazón es hombre o es mujer. Cuando la sexualidad se reduce a un mero dato biológico se corre el riesgo de "cosificarla" y "despersonalizarla", convirtiéndola en un mero añadido exterior[5].
4) Con esto llegamos a entender que el sexo humano, por ser humano, se tiene que referir al amor y no sólo a la procreación. Los animales procrean, pero las personas se aman, no sólo realizan la procreación de la especie, sino que dicha procreación es una consecuencia, un fruto del amor que se dan el uno para el otro en la relación sexual a la que son llamados por la creación.
La misma estructura corporal y psicológica de los sexos expresa esa mutua referencia: el hombre está capacitado, en el alma y en el cuerpo, para entregarse enteramente a una mujer, y viceversa[6].


3. Procreación
Somos hombres y mujeres porque hay que tener hijos. Esto ante todo. Es verdad. Pero no es toda la verdad completa, ni por sí sola dice algo verdadero, sino más bien engañoso. La procreación es la principal función del sexo, pero no es la única, ni quizá la más importante. Si volvemos a fijarnos en la creación podemos encontrar muchas formas de vida que no son sexuadas. La procreación de las especies no siempre es sexuada, ni Dios necesita del elemento sexual para conseguir que las distintas especies puedan perpetuarse.
Sin embargo, en el plan divino de la creación del hombre, desde el principio figura la bendición de la procreación unida a la diferenciación sexual del varón y la mujer porque así reconoce el mismo Creador la dignidad de la persona humana al proclamar que la convocatoria de un nuevo ser humano a la existencia sólo se pueda hacer de una manera coherente dentro de la unión sexual humana, de la manera como los humanos se procrean, es decir, por medio del amor conyugal.
La procreación humana es, antes que procreación, humana y, precisamente, por ser humana tiene unas características que la diferencian de la procreación animal. Es decir, no se trata sólo de aparearse, de engendrar nuevos individuos de la especie humana que tras un periodo de gestación de nueve meses vienen al mundo a aumentar el número de individuos de la especie humana que habitan el planeta Tierra. Se trata, sobre todo, de dar el ser a personas que son valiosas por sí mismas desde el mismo momento de su concepción.
Por esta razón, la reproducción humana no es una técnica, ni unas reglas o mecanismos biológicos sujetos a unas leyes físicas o biológicas que se pueden modificar o aprender. Necesitamos un planteamiento ecológico de la sexualidad humana que se adecue a la naturaleza humana, que sea humana de verdad. Porque no todas las posibilidades que ofrece la técnica de vivir la propia sexualidad son de verdad humanas, algunas son animales y otras son hasta contrarias a la naturaleza de los animales y de los hombres.
Tenemos que comprender y aceptar que al igual que en cualquier rama de la técnica, el mero hecho de que sea posible hacer algo nuevo no significa que eso nuevo sea bueno para el hombre, ni que por ser nuevo necesariamente favorezca el progreso, tampoco cualquier posibilidad de comportamiento sexual que la técnica nos pueda ofrecer no tiene que ser buena por el simple hecho de ser nueva. Será buena si es beneficiosa para el hombre porque se acomoda a la naturaleza humana y no será buena en caso contrario.
Y, en este sentido, es fundamental volver a recordar que mientras el hombre ama, los animales solamente se reproducen, no son capaces de amar. Por esto, la sexualidad humana no es sólo reproducción, que también lo es, sino sobre todo es amor. Y como tal amor, humano, de verdad, es entrega, donación total y definitiva, para siempre, como el amor de Dios por los hombres, de quien somos imagen y semejanza.

4. Educación del amor
Si el hombre es capaz de amar, se impone la tarea de aprender a amar y de saber amar, de igual manera que el hombre tiene que aprender a vivir desde el primer momento de su existencia.
La sexualidad es la expresión corporal o material de nuestra capacidad de amar y de darnos por entero, pero si no la educamos, en lugar de servir para expresar y realizar el amor, nos arrastrará a comportarnos como animales y no sabremos expresar nuestro amor, como le pasaría a quien no aprendiese a hablar que no podría comunicarse con los demás hombres.
Para evitar tratar a las demás personas —varones y mujeres— como objetos o cosas, tenemos que ejercer una tarea de autodominio o control que no es fácil, pero sí posible, y que se aprende educando los sentimientos. El dominio del cuerpo, de los apetitos, de la imaginación, de los ojos, es parte indispensable de esa educación de la sexualidad que la convertirá en adecuada expresión de nuestra capacidad de amar[7]. Porque el cuerpo es una parte de la persona, pero no es toda la persona, falta el espíritu. Las tendencias del cuerpo no son siempre humanas: seguro que son animales, pero no siempre humanas.
Educar los sentimientos y los apetitos significa saber guiar lo puramente animal hacia lo humano, llevarlo hacia lo que es conforme con la naturaleza humana y con el hombre concebido como animal racional con cuerpo y alma. Porque quien ama es el hombre entero, el cuerpo y el alma, no ama sólo el alma, de la misma manera que no vive solo el alma, ni se muestra solo el cuerpo, sino que vemos la persona entera.
Pero esto no puede llevar ni a un desprecio de las pasiones por el mero hecho de sentirlas y tenerlas, ni a consentir los sentimientos solo porque existen. Hay que ser humanos, tenemos la obligación de vivir conforme a nuestra naturaleza humana, que es real, y además querida por Dios, luego buena. No hay que tener miedo a quererse. Sí hay que evitar el peligro de agobiarse, de ponerse en situaciones difíciles de las que es posible que no sepamos salir airosos. Pero esto el amor lo comprende y hasta lo implica: si te quiero como persona y quiero lo mejor para ti no quiero hacerte pasar un mal rato —y viceversa—, ni mucho menos quiero cambiar nuestro amor por un simple placer de ahora y que luego se acaba.

5. Amor humano
La capacidad de amar es lo más grande que tenemos, por no decir que es lo que nos diferencia realmente de los demás seres creados. Y como la persona es alma y cuerpo ama con el alma y con el cuerpo a la vez, es decir, que ama la persona que es necesariamente sexuada. Luego amor y sexualidad están relacionados: el amor se expresa con la sexualidad y la sexualidad es para expresar el amor.
Pero el amor no se expresa por ideas, ni por telepatía. El amor humano se expresa de manera humana, por medio de los sentidos: se comunica. Si no existe entrenamiento y aprendizaje no sabremos expresar nuestro amor, es como si no supiéramos inglés, no seríamos capaces de entendernos con un inglés. Nos sentiremos frustrados, porque el cuerpo no sigue a la mente y no expresa amor, sino otras cosas: pasiones, apetitos, instintos, cosas animales que pueden no ser malas de por sí, pero no es lo que queremos comunicar.
Un alma enamorada tiene algo de artista y necesita un cuerpo que sea un instrumento bien afinado, para poder expresar la riqueza de su amor. Y en este entrenamiento es donde entra en acción el ejercicio de la libertad personal. Porque para aprender a amar es necesario elegir una vida humana y desechar una vida animal. Pero no basta sólo con elegir, sino que es necesario mantener la elección y, por tanto, estar constantemente eligiendo un tipo de vida y estar constantemente desechando otro tipo distinto.
Pero en realidad, la entrega de una persona a otra, el amor definitivo y verdadero sólo puede tener lugar dentro del matrimonio. El amor de los esposos es el amor para siempre que se realiza mediante la entrega de la persona entera al otro y se expresa por medio de la sexualidad humana. El acto sexual sólo es auténtico y verdadero cuando se realiza por dos personas que se han entregado totalmente, para siempre, es decir, que el acto sexual sólo es auténtico si es un acto conyugal.
Quienes hacen de la sexualidad humana un coto cerrado para disfrutar sin limitaciones, llegan con facilidad a tal estrechez de miras que para ellos ya sólo cuenta el instinto sexual y su satisfacción: el amor y el matrimonio se convierten, entonces, en un mero instinto y placer.
El matrimonio es el lugar del amor conyugal, del amor de un hombre con una mujer. Y es el amor conyugal el lugar donde se entiende completamente la sexualidad humana creada para amar definitivamente mediante el don de sí mismo. Es el matrimonio el ámbito de la sexualidad humana. La cultura familiar es la cultura del amor y de la vida, centrada en Cristo y abierta al horizonte de la misión en el mundo[8].





[1] Conferencia Episcopal Española. Hombre y mujer los creó. Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida. 26 de diciembre de 2004, n.1.
[2] Santamaría Garai, Mikel-Gotzon, Saber amar con el cuerpo, Eunsa, Pamplona, 1996, p.11.
[3] Dignitatis Mulieris, Enc., n. 6.
[4] Santamaría Garai, Mikel-Gotzon, Saber amar con el cuerpo, Eunsa, Pamplona, 1996, p.77.
[5] Conferencia Episcopal Española. Hombre y mujer los creó. Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida. 26 de diciembre de 2004, n.1
[6] Santamaría Garai, Mikel-Gotzon, Saber amar con el cuerpo, Eunsa, Pamplona, 1996, p.15.
[7] Santamaría Garai, Mikel-Gotzon, Saber amar con el cuerpo, Eunsa, Pamplona, 1996, p.88.
[8] Conferencia Episcopal Española. Hombre y mujer los creó. Subcomisión Episcopal para la Familia y Defensa de la Vida. 26 de diciembre de 2004, n.4.