domingo, febrero 04, 2007

22. Democracia

Fecha: 1 de febrero de 2007
TEMAS: Política, Verdad, Bien común.

RESUMEN: 1. La democracia se basa en el gobierno de la mayoría. Esto implica que una mayoría impone sus criterios, sus ideas y sus opiniones a una minoría que es la que no gobierna, lo cual es aceptable siempre que la cuestión pueda ser decidida por criterios de mayoría.

2. Pero la democracia no es un valor absoluto, no es un referente moral que nos dice con criterios de verdad o de bondad lo que está bien o lo que es correcto. La democracia es un procedimiento y en cuanto tal debe estar delimitado por sus fines, que son los fines que hacen bien al hombre.

3. La grandeza de la democracia es ponerse al servicio de la verdad, del bien común y de la justicia. Se podría enunciar así: todos juntos queremos lo mejor para todos.

4. Sin educación moral no hay democracia posible porque faltarían los cimientos necesarios sobre los que edificar decisiones mayoritarias moralmente aceptables. Es claro que sin verdad —sin conocimiento— no existe verdadera libertad. La libertad sólo es posible si existe la información.

5. El compromiso moral que se pretende no es otra cosa que la convicción de que la persona humana posee una dignidad y un valor inalienable y que la libertad no es lo mismo que arbitrariedad.

6. El cristiano sabe donde está la Verdad y por esto está abierto a todo lo que hay de justo, verdadero y puro en las culturas y en las civilizaciones, pues nada que sea verdadero puede ser extraño a la Verdad.

SUMARIO: 1. Democracia.— 2. Educación moral.

1. Democracia

En nuestros días estamos asistiendo a una verdadera exaltación de la democracia como un sistema de gobierno perfecto, el mejor de todos, y, a decir de algunos, insuperable en lo futuro. La democracia se basa en el gobierno de la mayoría. Esto implica que una mayoría impone sus criterios, sus ideas y sus opiniones a una minoría que es la que no gobierna.

En un principio, tales bases de actuación no son objetables siempre y cuando la cuestión decidida o gobernada pueda ser decidida por criterios de mayoría o de cantidad. Es decir, siempre y cuando la cuestión decidida sea opinable. En tales casos es indiferente que se adopte una decisión u otra distinta. Ante la equivalencia de dos o más decisiones podemos estar de acuerdo todos en que se adopte la decisión más votada no tanto porque sea la mejor, sino porque es la que agrada a mayor número de votantes o, dicho al contrario, la que desagrada a los menos votantes posibles.

Pero tales cuestiones opinables no son mejores o peores unas respecto de las otras, porque si unas fueran peores que otras lo lógico sería elegir la mejor solución. Esto es lo que hacemos siempre. Cuando vamos a comprar una bicicleta elegimos la mejor, la más idónea. Si voy a pasear por el campo será una bicicleta de campo, no me servirá una de carretera y menos aún una de carreras porque además de pincharse las ruedas enseguida no tendrá la fuerza suficiente para andar por los caminos y por el monte.

En mi caso la bicicleta de monte es mejor que la de carreras y no debo elegir la de carreras. Luego viene la cuestión del color, los radios, los cambios y otros accesorios. Todas estas cuestiones pueden ser más o menos importantes, pero no son transcendentales y desde luego son opinables. Si voy a ser el único usuario de la bicicleta decidiré lo que más me guste a mí, pero si vamos a ser varios usuarios lo mejor es decidir con el voto de todos, es decir, con el voto de la mayoría.

Lo mejor o lo peor no lo decide la mayoría. Porque la mayoría no es criterio de verdad o de raciocinio. La mayoría es criterio de elección, sólo de elección. La mayoría no es criterio de bondad, o de maldad. No hace malo lo bueno, ni hace bueno lo malo. Matar a un inocente es malo. Y si lo vota la mayoría sigue siendo malo. Y si la mayoría es abrumadora, casi unánime y decide que determinada raza debe desaparecer... pues seguiría siendo una decisión mala aunque eso sí: casi unánime.

Y es que la democracia es un sistema de gobierno para la administración —buena se entiende— de las cosas ordinarias. Pero la democracia no es un valor absoluto, no es un referente moral que nos dice con criterios de verdad o de bondad lo que está bien o lo que es correcto. La democracia es un sistema, un medio, un instrumento que nos damos los hombres y que está muy bien para lo que está indicado. Pero la democracia no es un fin en sí mismo. La democracia por la democracia es —con perdón— un absurdo.

El fin de la vida de los hombres es la felicidad, la verdad, el bien. El fin de la vida de los hombres no es la democracia. Y la democracia podrá ayudarnos a conseguir el fin de una vida si se orienta hacia ese fin. Pero si la democracia se orienta hacia sí misma lo único que se conseguirá es una mayoría. Una mayoría para nada.

La democracia es un procedimiento y en cuanto tal debe estar delimitado por sus fines, que son los fines que hacen bien al hombre y son fines de los hombres no fines de la democracia. El sentido de la democracia se acaba en el resultado del procedimiento de adopción de acuerdos por mayoría.

Si la democracia fuera el referente último de la conciencia de los hombres, el criterio del bien y del mal, deberíamos concluir que el bien y el mal quedarían determinados por las sucesivas decisiones de quienes en cada momento histórico ejercieran el poder. Ahora blanco, mañana verde y pasado naranja... No puede ser. El bien es el Bien y el mal es el Mal. No son mudables. Lo que es el Bien para el hombre no depende de la decisión de unos gobernantes.

Porque además a los gobernantes no se les exige ninguna aptitud para evaluar lo bueno y lo malo. Tendrían que decidir sobre lo que no saben. Los enfermos no acuden al ayuntamiento para que la corporación municipal decida por mayoría qué medicina o tratamiento les conviene: «a favor de la aspirina un 52% y a favor de la operación de apendicitis aguda un 35%; el resto se abstiene hasta que aprueben una partida presupuestaria especial».

La democracia tiene una tarea mucho más noble y magnánima que el simple recuento de votos y la formación habilidosa de mayorías. La grandeza de la democracia es ponerse al servicio de la verdad, del bien común y de la justicia. Se podría enunciar así: todos juntos queremos lo mejor para todos. La democracia no es simplemente una cuestión de procedimiento, sino de ideas, de ideales y de compromisos con la moralidad[1].

La democracia no es un sistema completo de vida. Es más bien una manera de organizar la convivencia de acuerdo con una concepción de la vida anterior y superior a los procedimientos democráticos y a las normas jurídicas[2]. Queremos vivir en un Estado de Derecho donde el imperio de la ley somete al mismo poder. Este hecho de someter el poder al Derecho nos remite a la idea de cómo surge el Derecho. No surge de un simple acuerdo de voluntades de ciudadanos. El Derecho surge del afán de conseguir la Justicia y de dar a cada uno lo que le corresponde, lo suyo. Lo contrario sería un abuso de fuerza, un comportamiento incivilizado. Y para esto se han seguido criterios de verdad y de razón, no de mayorías y de recuentos de votos. La Edad Moderna ha expresado un conjunto de elementos normativos en las diversas declaraciones de derechos y los ha sustraído al juego de las mayorías[3]. Nadie nos preguntó si votamos a favor o en contra de los derechos del hombre y de la mujer...

Todo este sentido y fin de la democracia se deteriora cuando las instituciones políticas centran el objetivo real de sus actividades no en conseguir el bien común de los ciudadanos, sino el bien particular de un grupo, de un partido o de una determinada clase de personas, tratando para ello de conseguir el poder y de perpetuarse en él[4].

En una verdadera democracia no son las instituciones políticas o los partidos políticos los que configuran las convicciones personales de los ciudadanos, sino que es exactamente al contrario: son los ciudadanos los que han de conformar las instituciones políticas y los mismos partidos y actuar en ellos según sus propias convicciones morales, de acuerdo con su conciencia, siempre a favor del bien común[5].


2. Educación moral

Por todo lo dicho es claro que sin educación moral no hay democracia posible porque faltarían los cimientos necesarios sobre los que edificar decisiones mayoritarias moralmente aceptables. Una educación moral que consiste en un verdadero compromiso personal de cada ciudadano con la verdad y con el bien.

Porque es claro que sin verdad —sin conocimiento— no existe verdadera libertad. La libertad sólo es posible si existe la información. Es evidente que quien se cree libre pero está engañado, en el error, no puede ser libre[6]. Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente. En una sociedad donde no se llama la atención sobre la verdad y donde se renuncia a alcanzarla, se debilita toda forma de ejercicio auténtico de la libertad[7].

Y esta educación moral debe partir en primer lugar de los propios ciudadanos, pero auspiciada y sostenida por el propio poder a quien honra el fomento de la enseñanza moral. No basta con que los legisladores sigan exclusiva y casi mecánicamente los sondeos de opinión. La legislación en una democracia debe contar con los imperativos morales y conseguir la verdad y el bien común por encima de las corrientes de opinión. No podemos olvidar que la Historia reciente nos demuestra que en nombre de la mayoría se han cometido las mayores atrocidades contra la Humanidad. No basta con tener la mayoría, además se debe tener la razón que, en absoluto, es equivalente a tener la mayoría.

El compromiso moral que se pretende no es otra cosa que la convicción de que la persona humana posee una dignidad y un valor inalienable y que la libertad no es lo mismo que arbitrariedad. Estos principios son básicos y ayudan a compartir la vida con quienes piensan de otra manera —porque les respetamos— y a saber mantener las propias convicciones sin ceder a las corrientes de opinión —porque la verdad no está en venta—.

El cristiano sabe donde está la Verdad y por esto está abierto a todo lo que hay de justo, verdadero y puro en las culturas y en las civilizaciones, pues nada que sea verdadero puede ser extraño a la Verdad.

La democracia es un medio, un instrumento que el cristiano tiene a su disposición para opinar y para influir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos, que le permitan transmitir la fe a las nuevas generaciones y le impulse a construir una cultura cristina capaz de llevar la Verdad a la cultura actual[8].

«Para muchos cristianos la desesperanza es una verdadera tentación (...) la Iglesia y la salvación del mundo no son obra nuestra, sino empresa de Dios. (...) La Iglesia no pone nunca su esperanza ni encuentra su apoyo en ninguna institución temporal, pues sería poner en duda el señorío de Jesucristo, su único Señor»[9].


Felipe Pou Ampuero
[1] Weigel, George, Política sin Dios, Ediciones Cristiandad, S.A., Madrid, 2005, p. 109.
[2] Conferencia Episcopal Española, LXXXVIII Asamblea Plenaria, Orientaciones morales ante la situación actual de España. Madrid, 23 de noviembre de 2006, n.53.
[3] Card. Joseph Ratzinger, Las bases morales prepolíticas del Estado liberal, Munich, 19 de enero de 2004. www.zenit.org.
[4] Conferencia Episcopal Española, LXXXVIII Asamblea Plenaria, ob. cit. n.57.
[5] Conferencia Episcopal Española, LXXXVIII Asamblea Plenaria, ob. cit. n.53.
[6] Otxotorena, Juan Miguel, Libres y verdaderos, Alfa y Omega, 8 de diciembre de 2005.
[7] Congregación para la Doctrina de la Fe, Compromiso y conducta de los católicos en la vida política., Vaticano, 24 de noviembre de 2002, n. 7.
[8] Conferencia Episcopal Española, LXXXVIII Asamblea Plenaria, ob. cit. n.37.
[9] Conferencia Episcopal Española, LXXXVIII Asamblea Plenaria, ob. cit. n.24.

jueves, enero 04, 2007

21. Religión


Fecha: 1 de enero de 2007
TEMAS: Cultura, Religión, Fe.
RESUMEN: 1. El secularismo es una concepción del mundo según la cual este último se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios.

2. El problema hoy son las personas indiferentes a la existencia de Dios. Existen personas que viven «como si Dios no existiera» . La nueva religiosidad se caracteriza porque coloca el «yo» en el centro. La religión moderna es la religión del yo que se funda en lo que yo creo, en lo que a mí me motiva y en lo que yo siento, en lo que me hace sentir la presencia de un dios, de un ser superior según lo que yo entiendo por ser superior y que siempre se funda en mi éxito personal y en el logro de mis propias iniciativas.

3. Una cosa es cierta: el hombre no descubre a Dios, sino que más bien, es Dios quien se manifiesta al hombre. Dios es superior al hombre y no al revés y es Dios quien lleva la iniciativa. No somos los hombres los que con nuestros razonamientos decidimos cómo es el rostro de Dios y qué es lo que quiere en cada momento y de nuestra vida, sino que Dios se nos ha manifestado en Jesús y nos ha dicho que nos quiere.

4. El cristiano es también un hombre moderno y la religión verdadera no se opone a nada del progreso y de la ciencia que sea bueno para el hombre.

SUMARIO: 1. Secularismo.- 2. Indiferencia religiosa.- 3. Sentimiento religioso.- 4. El rostro de Dios.

1. Secularismo

Normalmente todos creemos en Dios. Decir o pensar que Dios no existe es una cuestión muy beligerante. Aún así, también están presentes los ateos que niegan la existencia de Dios. Sin embargo, entre los que decimos que Dios existe nos podríamos preguntar ¿cómo es el rostro de Dios?, ¿en qué Dios creemos?, ¿dónde está tu Dios?[1].

Los ilustrados sostienen que el conocimiento humano iluminado por la ciencia y la técnica, amparado en el progreso científico, destierra al hombre de la oscuridad de la ignorancia y del engaño de lo oculto para devolverlo a su estado original. El mundo y la vida, los mismos hombres y la creación del universo tiene una explicación científica o no tiene entidad real. Todo aquello que la ciencia no pueda explicar no existe.

El secularismo es una concepción del mundo según la cual este último se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios. Dios resultaría superfluo y hasta un verdadero obstáculo para conocer el mundo y la realidad que nos rodea[2]. De tal manera que si el hombre es capaz de conocerlo y explicarlo todo se debe llegar a la conclusión de que por encima del hombre no existe nada, no hay ninguna limitación ni existe ninguna realidad que limite o condicione la capacidad de conocer del hombre.

Claro está. Como no existe un solo hombre sino que somos seis mil millones, más o menos, la realidad conocida y «verdadera» no puede ser la que diga yo, sino la que digamos la suma de más «yos». Es el relativismo.

Sin embargo, los ilustrados no sostienen que la verdad no existe. Sostienen que la verdad es la decisión de la mayoría. Luego la verdad sí que existe. Bien, en esto estamos de acuerdo todos, en que la verdad existe. En lo que no estamos de acuerdo es dónde está la verdad.

Los ilustrados entienden que el mundo y la realidad que nos rodea es racional, es decir, que se entiende con la razón y se explica con razonamientos. Yo, también. Estoy de acuerdo en esto. En lo que no estoy de acuerdo es en que baste la sola razón humana para entender el mundo. ¿Por qué? Pues por lógica. Si el hombre no ha creado el mundo difícilmente podrá dar razón de él.
El mundo material es el mundo verificable, el que se puede estudiar científicamente. El que es objeto del laboratorio. Es real y es mundo, pero no es todo el mundo, es solo una parte del mundo que interesa y que el hombre en su afán de conocer debe explorar. Pero existen otras muchas realidades que no se pueden ver por un microscopio. Es más, diría que esas realidades que no caben en un tubo de ensayo son las que proporcionan el bienestar y la felicidad a los hombres.

El mundo no material no es del todo cognoscible por el hombre y eso no puede querer decir que no existe. Lo racional no se limita a lo material. Existe un conocimiento racional de lo no material. La belleza, el bien, la justicia, el amor, la música, la felicidad, no son realidades irracionales. La religión tampoco es una realidad irracional o un capricho de algunos que no sirve para nada. La religión es racional.

Dios no se presenta como un ser caprichoso que interviene sin sentido y sin razones en la realidad. La misma realidad tiene unos procesos razonados y lógicos. Dios es un ser racional que ha creado el universo y la realidad. Por eso la realidad es racional. Dios se presenta como la Razón y no cabe la razón falsa. Luego Dios es Razón y es Verdad. Y esto es lo propio de la fe cristiana en el mundo de las religiones: que sostiene que nos dice la verdad sobre Dios, sobre el mundo y sobre el hombre, y que pretende ser la religión verdadera.


2. Indiferencia religiosa

Cuando Dios no está presente en nuestras vidas quien está presente es nuestro yo. Es el individuo el que reemplaza el lugar que corresponde a Dios. En realidad, un ateo está convencido que Dios no existe y trata de demostrarlo. Dios es un asunto que le interesa, para concluir que no existe.

Sin embargo, hoy el verdadero problema no son los ateos. El problema hoy son las personas indiferentes a la existencia de Dios. Existen personas que viven «como si Dios no existiera», no importa tanto si existe Dios o si realmente es todo un engaño. Lo que importa es que con los avances de la ciencia y de la técnica hemos conseguido vivir sin necesitar a Dios y nos da igual su presencia. Para el homo indifferens puede que Dios no exista, pero carece de importancia. No es un ateo, es un indiferente que vive como si Dios no existiera, es decir, es un ateo práctico.

Esta es la situación actual de un neopaganismo que vive confiado no en Dios, sino en los beneficios que proporcionan los bienes materiales, la técnica y el progreso, los frutos del poder. Vive adorando las cosas y en la práctica, de hecho, practica una nueva idolatría de cosas olvidándose que es a Dios a quien se debe adorar.

El materialismo occidental orienta los comportamientos hacia la búsqueda del éxito a toda costa, quiere obtener la máxima ganancia porque piensa que eso es lo que realmente vale la pena. Lo que Dios diga no es tan importante para pasar la vida. Para ser feliz hay que tener más cosas, mejores cosas y disfrutar de las cosas cada vez más. Afanarse en todo este plan de vida supone no tener tiempo para Dios, ni para otras cosas más profundas o que no consistan en satisfacer todos los deseos. Vacía la mente y el corazón de todo lo demás y sólo lleno de uno mismo nos encontramos con el «como si Dios no existiera» y, claro está, con la soledad.

Este hombre moderno y solo cae pronto en una grave crisis cultural y espiritual porque no podrá evitar preguntarse ¿quién soy? ¿qué sentido tiene mi vida? ¿después de esta vida qué? Muchos no consiguen respuesta a estas preguntas y caen en una especie de nihilismo antropológico que reduce al hombre a sus instintos y tendencias[3]. La indiferencia religiosa se convierte así en un fenómeno cultural en el sentido que con frecuencia muchas personas viven de esta manera no porque sean ateas, ni porque hayan concluido que Dios no existe después de un trabajoso proceso intelectual, sino simplemente porque «eso es lo que hace todo el mundo».

Otros que no consiguen acallar la voz de su conciencia intentan encontrar una explicación a la vida que practican oyendo voces que les calmen la sed de espiritualidad y les justifiquen sus comportamientos. Buscan una religión a su medida o a la medida de su vida en lugar de buscar una vida a la justa medida de la verdadera religión.

Acaban en fenómenos religiosos más asentados en un sentimiento religioso que en un Dios personal. El Dios sí, Iglesia no de los años sesenta, se ha convertido ahora en un religión sí, Dios no, o al menos, religiosidad sí, Dios no[4].


3. Sentimiento religioso

Porque nos volvemos a encontrar con el tema de la verdad. Si existe una religión verdadera esa es la que habrá que seguir o, al menos, buscar. Si no existe ninguna religión verdadera ninguna nos vale. Otra vez se cuela el inevitable relativismo por la puerta trasera. Si todas las religiones son igual de buenas, es tanto como decir que ninguna religión es verdadera. Si ninguna es verdadera porque no tiene la verdad lo que realmente importa de la religión no es que sea verdadera —que no lo es, dicen— sino la buena intención del que practica la religión[5]. Y aquí nos encontramos con el sentimiento religioso.

Lo que importa es tener buena intención, no escuchar al Dios verdadero. La nueva religiosidad se caracteriza porque coloca el «yo» en el centro. La religión moderna es la religión del yo que se funda en lo que yo creo, en lo que a mí me motiva y en lo que yo siento, en lo que me hace sentir la presencia de un dios, de un ser superior según lo que yo entiendo por ser superior y que siempre se funda en mi éxito personal y en el logro de mis propias iniciativas. Es un sentimiento... religioso.

Es una forma romántica de religión donde el espíritu se refugia y contempla la estética, la belleza, el orden, la paz entendida como quietud, el estado de cosas que me favorece. Ser religioso es estar bien con uno mismo y con los demás, ser gente de bien. Pero sobre todo es no tener que rendir cuentas a nadie acerca de mi propio comportamiento. Si existe un dios desde luego no se trata de una persona con cara, que tenga un rostro, una voluntad, una decisión, una razón distinta de la mía o independiente de mis deseos.

La tentación actual es la de reducir el cristianismo a una sabiduría puramente humana, casi como una ciencia del bien vivir. Hoy se lucha a favor del hombre, eso es seguro. Se lucha por mejorar sus condiciones de vida, su salud, sus derechos, su esperanza. Pero se lucha a favor de un hombre a medias, reducido a la mera dimensión horizontal, sin ninguna referencia trascendente. Sin embargo, los cristianos sabemos por la fe que Jesús vino a traer la salvación integral del hombre[6].


4. El rostro de Dios

Pero ¿cómo es el rostro de Dios? Cómo es el Dios verdadero. ¿Es el rostro de un vigilante que controla y anota? ¿Es el rostro de un padre que cuida y protege? Creemos en Dios, sí pero ¿de qué Dios estamos hablando? Porque Dios es la Sabiduría, la Verdad, el Bien, la Paz, la Concordia, la Felicidad. Sí, pero Dios no se identifica con sus atributos, ni menos aun es la suma de todos ellos, como si se tratara de un puzzle en el que se juntan las piezas y al final obtenemos un retrato.

Una cosa es cierta: el hombre no descubre a Dios, sino que más bien, es Dios quien se manifiesta al hombre. Dios es superior al hombre y no al revés y es Dios quien lleva la iniciativa. No somos los hombres los que con nuestros razonamientos decidimos cómo es el rostro de Dios y qué es lo que quiere en cada momento y de nuestra vida, sino que Dios se nos ha manifestado en Jesús y nos ha dicho lo que quiere y que nos quiere.

La verdad del cristianismo no es una idea abstracta o una demostración científica. Es una persona cuyo nombre es Jesucristo que nos ha dicho cosas y creemos que esas cosas son verdaderas. Por eso la primera contribución de la Iglesia al progreso y al desarrollo de los hombres no se basa en los medios materiales ni en las soluciones técnicas, sino en el anuncio de la verdad de Cristo que forma las conciencias y muestra la auténtica dignidad de la persona y del trabajo, promoviendo la creación de una cultura que responda verdaderamente a todos los interrogantes del hombre[7], porque de ningún modo es posible dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los hombres sin colmar sobre todo, las profundas necesidades de su corazón.

Vivir la verdadera religión supone aceptar con garbo las condiciones de vida del hombre moderno. Porque el factor fundamental consiste en cultivar la amistad con Jesucristo cada jornada mostrando que le queremos de modo teórico y práctico[8]. Esta es la gran responsabilidad del cristiano en la hora presente: manifestar su fe en expresiones culturales comprensibles y atractivas para sus conciudadanos.

Evangelizar la cultura es dejar que el Evangelio impregne la vida concreta de los hombres y mujeres de una sociedad dada. Hay que imprimir una mentalidad cristiana a la vida ordinaria. Más que de convencer, la evangelización trata de proponer y de predisponer a la escucha. No se trata de demostrar a toda costa que Dios existe, sino que se trata de compartir el gozo de la experiencia de la fe en Cristo[9]. Se trata de saber mostrar el verdadero rostro de Dios.

Para esto no basta con hablar. Se nos exige un gran esfuerzo para utilizar el lenguaje de los hombres de hoy, compartir sus esperanzas y responder a las cuestiones con un estilo accesible. El cristiano es también un hombre moderno y la religión verdadera no se opone a nada del progreso y de la ciencia que sea bueno para el hombre. Es más, lo fomenta y lo aplaude porque quiere el bien para el hombre.

La formación religiosa se impone porque hay que ver y hacer ver la diferencia entre la vida eterna y el mundo de los espíritus; entre la contemplación cristiana y la meditación trascendental; entre el milagro y la sanación; entre el ciclo litúrgico y la relación con la naturaleza.

También hay que saber mostrar que el Dios verdadero, Creador de cielo y tierra, no puede rechazar a los hombres sólo porque no conocen el cristianismo y, en consecuencia, han crecido en otra religión. Él aceptará su vida religiosa igual que la nuestra[10].

Y es la familia la primera escuela de evangelización. Es el lugar de transmisión de la fe viva y vivida, encarnada en la vida cotidiana a través de diversos gestos y conductas de los padres. La celebración de las fiestas religiosas y del domingo, la oración en familia por la noche; la bendición y acción de gracias por los alimentos y la salud, la esperanza en Dios como verdadera fuente de todo bien muestran a los hijos el verdadero rostro de Dios.

Un Dios que cuida de sus hijos los hombres. Pero también un Dios que es persona y tiene voluntad y voz, que nos ha hablado por medio de la Escritura y tiene leyes. Un Dios al que debemos obedecer y que, en modo alguno, es un Dios inexistente o imaginado. Es tan real que existe.

Recordamos el pasaje de la zarza ardiendo con Moisés (Ex 3,1-10). Es Dios quien habla y Moisés se oculta la vista porque no puede ver el rostro del Señor. Dios tiene un rostro, es un Ser personal, no es una imagen o figuración. Dios es realmente otro distinto de los hombres, es el autentico Otro que se distingue de los hombres, no es un hombre superior o especial. Es el Otro que no es hombre y nos quiere como solo es capaz de querer Dios.


Felipe Pou Ampuero
[1] Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, ¿Dónde está tu Dios?, Vaticano, 11-13 de marzo de 2004. n. I-3
[2] Cfr. Juan Pablo II, Evangelio Nuntiandi, n. 55.
[3] Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio de la Cultura, ¿Dónde está tu Dios?, Vaticano, 11-13 de marzo de 2004. n. 1.
[4] Cfr. Asamblea Plenaria..., n. 2.
[5] Card. Joseph Ratzinger, Fe, Verdad y Cultura, Madrid, 16 de febrero de 2000.
[6] Cfr. JuanPablo II, Enc. Redemptoris missio, n. 11.
[7] Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma de 2006.
[8] Mons. Javier Echevarría, Entrevista de la agencia de noticias polaca KAI, 29 de noviembre de 2005, en www.arguments.es
[9] Cfr. Asamblea Plenaria... n.2-3
[10] Card. Joseph Ratzinger, Fe, Verdad y Cultura, Madrid, 16 de febrero de 2000.

sábado, diciembre 02, 2006

20. Europa

Fecha: 1 de diciembre de 2006
TEMAS: Cultura, Religión, Vida.

RESUMEN: 1. Europa es un lugar geográfico, pero sobre todo es un concepto cultural e histórico que se ha caracterizado como continente por muchos factores, uno de los cuales y no el menos importante, es por la fuerza unificadora del cristianismo.

2. Se puede decir que la fe cristiana ha forjado la cultura europea fundiéndose con su historia y, a pesar de la dolorosa división entre Oriente y Occidente, el cristianismo se ha convertido en la religión de los europeos. ¿Qué cultura podrá proteger mejor los derechos humanos, promover el bien común, defender el legítimo pluralismo y dar razón de los compromisos morales que hacen posible la democracia, la cultura que ha producido “La Grande Arche de la Dèfense” con su frío racionalismo, o la cultura materializada en esa catedral que, según los promotores de La Grande Arche cabe perfectamente dentro del cubo?

3. El hombre europeo actual ha llegado al convencimiento de que para ser moderno y libre tiene que ser radicalmente secular, es decir, sin Dios. Por tanto, Dios no es una ayuda ni menos aún una razón de la existencia. Dios aparece como un estorbo, como un lastre que ralentiza los avances, como una rémora del pasado que sólo cabe en las mentes atrasadas e ignorantes.

4. El cristianismo propone una lectura alternativa de la modernidad que supone una lectura completamente moderna, en el sentido de nueva respecto de cualquier otra interpretación anterior. Europa tiene que volver el rostro a Cristo para encontrar al hombre. Y este camino de vuelta se recorre a través de la naturaleza del hombre tal como Cristo la da a conocer.

SUMARIO: 1. Qué es Europa.- 2. La cultura europea.- 3. Sin esperanza.- 4. Volver al origen.

1. Qué es Europa

El entonces cardenal Joseph Ratzinger comenzaba una conferencia sobre Europa con esta pregunta que se formulaba. ¿Qué es exactamente Europa?[1] Porque realmente Europa es un continente, el más admirado culturalmente de todos, la cabeza de lo que se llama la civilización occidental. Pero dónde empieza Europa. Siberia no se tiene por parte de Europa pero allí habitan europeos que tienen un modo de pensar y de vivir completamente europeo. Por el sur, ¿dónde termina Europa? ¿Justo en el mar Mediterráneo? ¿Se podría decir que Tánger no es europea? Qué islas del Atlántico son Europa y cuáles no lo son. ¿Y por el este? ¿Turquía es Europa? ¿En su totalidad?

Europa no tiene unas fronteras. Más bien los países europeos tienen unas fronteras como las tienen todos los países. Y son producto de convenciones y de guerras. La suma de unos países puede formar un continente, pero sólo si entendemos que un continente es eso, la suma de algo. Pero los continentes no son la suma de cosas, tienen una entidad peculiar y propia.

Europa es un lugar geográfico, pero sobre todo es un concepto cultural e histórico que se ha caracterizado como continente por muchos factores, uno de los cuales y no el menos importante, es por la fuerza unificadora del cristianismo[2]. Y hasta se puede afirmar que sólo de un modo secundario Europa es un concepto geográfico. Porque lo que realmente define a Europa no son unas fronteras o unos límites físicos —tal río o valle— sino una manera de entender la vida, el hombre y su pasado, es decir, su cultura y su historia.

Una cultura europea que se caracteriza por una palabra «comunicación». Fueron los romanos los que surcaron el Imperio con grandes calzadas que como arterias culturales servían para acercar Roma a cada rincón del Imperio, pero también para enriquecer la sabiduría romana con la griega, bética, egipcia, celta. Sobre esas vías de comunicación se transportaban mercancías y saberes. Pero también transitaban personas. Unas iban y otras venían y se mezclaban los pueblos y se conocían gentes de distintos usos y maneras. Permitían contrastar el propio «aldeanismo» con el de los demás y mostraron el mundo a los hombres. Un mundo mucho más grande y rico que lo que la imaginación humana puede soñar.

Sobre esas vías surgieron las nuevas naciones —también los nuevos ejércitos— y las nuevas peregrinaciones a Santiago[3]. Con la peregrinación se llevó la cultura y la fe de los peregrinos. Una fe que habla de un Dios de todos, de unos hijos de un mismo Padre, de una autoridad que procede de un Creador, de una dignidad de la persona que tiene su origen en su misma creación y no en el poder temporal.

El papa Gregorio VII defendió la prerrogativa de la Iglesia para decidir quién sería nombrado obispo, limitando el poder temporal del emperador y auspiciando lo que en el curso de los siglos sería la «sociedad civil»[4]. En adelante, el Estado no ocuparía hasta el último centímetro de la vida de los súbditos que en el futuro serían ciudadanos con derechos y libertades. El emperador tuvo que reconocer que existían una serie de cosas que él no podía hacer, no porque no tuviera ejércitos, sino porque no tenía competencias para llevarlas a cabo.

A veces, a los europeos se nos olvida que somos hijos de las calzadas romanas y del espíritu del papa Gregorio VII, pero conviene recordar la historia y actualizarla para saber que la memoria es la facultad que fragua la identidad de los seres humanos porque a través de ella se dibuja el sentido de la identidad personal, de lo que somos[5].

2. La cultura europea

Y la identidad de Europa y de los europeos no se comprende sin una presencia, sin una referencia al cristianismo. Una religión que no surge en Europa, viene de Oriente, pero se extiende y se asienta en Roma, capital del Imperio. Los valores europeos son de origen cristiano porque antes del cristianismo no existieron. El respeto de la persona por sí misma, el profundo sentimiento de la justicia social y de la libertad de todos los hombres que no pueden ser esclavizados, el valor del trabajo humano, la esperanza como motor de la iniciativa de las empresas humanas, el valor de la familia como cimiento del ser humano, escuela de virtudes y lugar donde se aprende a vivir en sociedad, la fraternidad de todos los hombres que explica la tolerancia de lo diverso y hasta de lo opuesto, etc.

Se puede decir que la fe cristiana ha forjado la cultura europea fundiéndose con su historia y, a pesar de la dolorosa división entre Oriente y Occidente, el cristianismo se ha convertido en la religión de los europeos[6]. De la fe cristiana también aprendió Europa que sobre la autoridad pública y sobre su poder pende no el juicio de la historia, sino el juicio de un orden trascendente, el de la justicia. Y que lo justo no es solamente aquello que los poderes públicos declaran como tal[7].

Porque todos los valores humanos por los que se identifica Europa en la actualidad y que a sus líderes políticos tanto les gusta alabar, presuponen una imagen del hombre, una identidad personal que lleva implícito un orden moral concreto y una idea del derecho que no se fundamentan en sí mismos, sino que se apoyan en valores superiores y trascendentes que en último extremo se refieren a un Ser superior de todo y de todos, principio y fin de todo lo conocido[8].

Y esta identidad europea no es una identidad de los cristianos, aunque sea una identidad cristiana. Porque bajo el amparo de los valores morales europeos viven y conviven todos los hombres que admiten la existencia humana como un respeto personal y una esperanza en un futuro mejor.

¿Qué cultura podrá proteger mejor los derechos humanos, promover el bien común, defender el legítimo pluralismo y dar razón de los compromisos morales que hacen posible la democracia, la cultura que ha producido “La Grande Arche de la Dèfense” con su frío racionalismo, o la cultura materializada en esa catedral que, según los promotores de La Grande Arche cabe perfectamente dentro del cubo?[9]


3. Sin esperanza

Y ¿cuál es el problema de Europa? Desde luego si los fundamentos de Europa son morales y culturales, el problema de Europa está en sus propios fundamentos. Habrá que solucionarlo en esos términos y no en clave de poder o de política económica. El mayor peligro es el desequilibrio existente entre las posibilidades técnicas y científicas y el crecimiento moral que lo acompaña.

Asistimos a un momento en el que a mayor progreso científico se une un menor crecimiento moral, por no llegar a decir que en algunos casos se asiste a un desprecio de la ley moral objetiva por el cientifismo que la entiende como una limitación y cortapisa de sus avances tecnológicos.

El mundo occidental se ha convertido en un lugar que se considera autosuficiente, donde el hombre se ha emancipado del Dios verdadero y se considera capaz de organizarse por sí mismo sin necesitar de la idea ni de la presencia de un Dios que le diga lo que está bien y lo que está mal. Europa llega a vivir de espaldas a Dios, como si Dios no existiera.

El hombre europeo actual ha llegado al convencimiento de que para ser moderno y libre tiene que ser radicalmente secular, es decir, sin Dios. Por tanto, Dios no es una ayuda ni menos aún una razón de la existencia. Dios aparece como un estorbo, como un lastre que ralentiza los avances, como una rémora del pasado que sólo cabe en las mentes atrasadas e ignorantes. Dios no pertenece a la modernidad, dicen y piensan.

Sin embargo, la realidad es tozuda. Y por más que la modernidad se obstine en pensar una nueva vida, la vida real se empeña en ser real antes que pensada. De tal manera que la vida diseñada y filosofada no es vida realmente, sino tan solo un señuelo, una trampa. De Lubac lo resumía así «No es verdad, como se dice en ocasiones, que el hombre no puede organizar el mundo de espaldas a Dios. Lo que sí es verdad es que el hombre, si prescinde de Dios, lo único que puede organizar es un mundo contra el hombre»[10].

Cuando el europeo ha decidido vivir de espaldas a Dios ha dejado de ser un hermano para el hombre y se ha convertido en un opresor del hombre, en un tirano justificado por sí mismo, enloquecido por sus propias razones sin otro fundamento que la fuerza del poder y no la de la verdadera Razón. Europa asiste así a una pérdida de la esperanza en cuya raíz está el intento de hacer que prevalezca una antropología sin Dios y sin Cristo[11].

El europeo vive sin esperanza y, sobre todo, vive sin futuro. Como si el porvenir no mereciera la pena. Ha intentado explicar el sentido de la vida sin Dios y sin Cristo y se ha situado él mismo en el centro del universo, como si fuera Dios, olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre[12].

La esperanza queda reducida al presente material y se contenta con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica. Entiende la felicidad como simple satisfacción de los propios caprichos a través del consumismo o por medio de la evasión de la realidad con sustancias estupefacientes.

La falta de esperanza y de verdadera felicidad provoca una angustia existencial que se manifiesta «en el dramático descenso de la natalidad, en la disminución de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada y en la resistencia, cuando no el rechazo, a tomar decisiones definitivas de vida, incluso en el matrimonio»[13].


4. Volver al origen

Y ¿cuál es la solución de Europa? «Yo, obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes (...) Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo»[14].

En último análisis la democracia se basa en la convicción de que la persona humana posee una dignidad y un valor inalienable que el poder no puede menoscabar y que la libertad no es equivalente a arbitrariedad. Supone un compromiso de la sociedad con la moralidad, con unas ideas, con unos ideales y con unas creencias que son comunes a todo el conjunto social. Es el marco donde se desarrolla la vida pública y social de una civilización. Desde luego esto es mucho más y —sobre todo— algo distinto de una simple cuestión de procedimiento. Como si todo se redujera a votar y contar los votos a favor o en contra. La democracia no es una suma y una resta de votos, es una convicción en el bien común, en la justicia y en la paz social.

Por esto mismo, si un parlamento aprueba por una gran mayoría de votos que somos unos extraterrestres simplemente se equivoca y va contra la realidad de las cosas. Por muy mayoritaria que sea la decisión.

En esta situación, las raíces cristianas de la cultura europea no son una vuelta al mundo pre-moderno, como si los cristianos estuvieran arrepentidos de la ciencia y de sus progresos. No. El cristianismo propone una lectura alternativa de la modernidad que supone una lectura completamente moderna, en el sentido de nueva respecto de cualquier otra interpretación anterior.

En Europa, con bastante ligereza, se da por descontado que todos somos cristianos y que ya sabemos lo que eso significa. Pero la realidad es que se lee y se estudia poco la Biblia y no siempre se profundiza en la catequesis. Tampoco se acude a los sacramentos, esenciales para un cristiano por donde llega la gracia de Cristo. El resultado final no es una fe auténtica y madura, sino un vago y difuso sentimiento religioso de una imagen personal de un dios que no se parece al Dios verdadero y que no compromete más de lo que nosotros le queramos permitir. De aquí a un agnosticismo práctico no hay nada.

«Al final la fe es sencilla y rica: ¿creemos que Dios existe, que Dios cuenta? ¿Pero de qué Dios hablamos? Un Dios con rostro, un rostro humano, un Dios que reconcilia, que vence el odio y da esa fuerza de la paz que nadie más puede dar»[15].

Y ¿cuál es la esperanza del europeo y del hombre en general? La esperanza tiene un nombre que es Cristo que ha venido a decir al hombre que es un ser amado por Dios por sí mismo, que tiene un valor y una dignidad que ningún poder puede eliminar. Solamente Cristo revela al hombre lo que es el hombre porque conoce al hombre desde su origen. Y es la Iglesia la depositaria de la palabra de Cristo que anuncia la verdad del hombre a los demás hombres.

La esperanza del hombre no se encuentra en la ciencia o en la técnica. La verdadera esperanza se encuentra en el amor que Dios tiene al hombre. Esta es la buena noticia para todos los hombres: «Dios nos ha amado primero» (cf. 1 Jn 4, 10) y además nos ama hasta el final (cf. Jn 13,1)[16]. Solamente Cristo es capaz de devolver la esperanza al hombre porque nos dice que hay un futuro, una vida después de esta vida y que Dios está allí esperándonos.

«Tenemos que afirmar de modo rotundo que el hombre es más que el bien que está en condiciones de hacer: es hijo de Dios»[17].

Europa tiene que volver el rostro a Cristo para encontrar al hombre. Y este camino de vuelta se recorre a través de la naturaleza del hombre tal como Cristo la da a conocer, como ser creado, con cuerpo y alma, social, llamado al amor, capaz de entregarse a los demás. Este camino de vuelta supone aceptar que el hombre es de una determinada manera y que la vida pública de los hombres debe ser a la medida de los mismos. Es un camino hacia la verdad del hombre que tiene unos principios necesarios para el hombre, sin los cuales la existencia humana no puede ser cabal.

La protección de la vida en todo momento, el reconocimiento y promoción de la familia como una unión entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio y la protección del derecho de los padres a educar a sus hijos son unos principios que no pertenecen al dogma de la fe, sino que están inscritos en la naturaleza humana y por tanto son comunes a todos los hombres y sin los cuales los hombres no podrán sobrevivir[18].

Felipe Pou Ampuero

[1] Card. Joseph Raztinger, Europa: sus fundamentos espirituales, Roma, 13 de mayo de 2004, www.zenit.org
[2] Juan Pablo II, Discurso, Castelgandolfo, 17 de agosto de 2003.
[3] Juan Pablo II, Discurso en el acto europeísta celebrado en la catedral de Santiago de Compostela. 9 de noviembre de 1982.
[4] George Weigel, Política sin Dios, Ediciones Cristiandad, S.A. Madrid, 2005, p.108.
[5] Cfr. Juan Pablo II, Memoria e identidad, Madrid, 2005, p. 178.
[6] Juan Pablo II, Discurso, Castelgandolfo, 20 de julio de 2003.
[7] George Weigel, Política sin Dios, Ediciones Cristiandad, S.A. Madrid, 2005, p.112.
[8] Pablo Blanco, La Europa de Ratzinger, Nuestro Tiempo, junio 2006, nº 624, p. 108.
[9] George Weigel, Política sin Dios, Ediciones Cristiandad, S.A. Madrid, 2005, p.171.
[10] Citado por George Weigel, op. Cit. p.58.
[11] Juan Pablo II, Discurso, Castelgandolfo, 13 de julio de 2003.
[12] Juan Pablo II, Exhortación apostólica La Iglesia en Europa, Vaticano, 28 de junio de 2003, n.9.
[13] Juan Pablo II, Exhortación apostólica La Iglesia en Europa, Vaticano, 28 de junio de 2003, n.8.
[14] Juan Pablo II, Discurso en el acto europeísta celebrado en la catedral de Santiago de Compostela. 9 de noviembre de 1982.
[15] Benedicto XVI, Discurso, Aosta, 25 de julio de 2005.
[16] Juan Pablo II, Exhortación apostólica La Iglesia en Europa, Vaticano, 28 de junio de 2003, n.84.
[17] Jacques Philippe, La libertad interior, Rialp, Madrid, 2005, p.150.
[18] Cfr. Benedicto XVI, Discurso, Vaticano, 29 de marzo de 2006.

miércoles, noviembre 01, 2006

19. Laico


Fecha: 1 de noviembre de 2006

TEMAS: Religión, Fe, Vida pública.

RESUMEN: 1. Laico quiere decir «uno del pueblo». Un laico es uno del pueblo de Dios que además y a la vez es uno del Estado de Derecho, un fiel de la Iglesia que además es un ciudadano.

2. La esencia de la democracia es que cada uno pueda proponer, no imponer, las ideas y planes que tenga por conveniente y que quien alcance la mayoría de apoyos consiga que su proposición salga adelante.

3. Si no aceptamos algo porque «huele a cristiano, aunque sea conveniente» quien sale perdiendo no son los cristianos, sino la sociedad democrática, cristianos y no cristianos. Y este planteamiento aparte de poco democrático y nada razonable es muy empobrecedor.

4. El laico en todo caso debe actuar como tal cristiano en coherencia con los principios morales y éticos de la Iglesia que son los de su fe. No faltarán ocasiones para profesar las propias creencias aunque más como una consecuencia del planteamiento personal de las cuestiones que como el origen de las mismas. Será la propia actuación del cristiano la que profesará su fe en la vida pública y si no es así podemos estar seguros de que algo importante no está funcionando como se esperaba.

5. Porque, a fin de cuentas, ser cristiano no es frecuentar tal o cual práctica, ni seguir una lista de mandamientos y deberes; ser cristiano es, ante todo, creer en Dios.

SUMARIO: 1. Uno del pueblo.- 2. La plaza pública.- 3. La profesión de la fe.- 4. Un lugar en la sociedad.

1. Uno del pueblo

La palabra laico viene del término griego laikós y éste a su vez viene de la palabra laos que quiere decir pueblo. De aquí se deriva que entonces laico quiere decir «uno del pueblo»[1]. En el lenguaje cristiano laico se aplica a quien pertenece al pueblo de Dios y, de manera especial, a quien por no tener funciones y ministerios vinculados al sacramento del Orden no forma parte del clero. Los clérigos son el Papa, los Obispos, los presbíteros y los diáconos.

Además hay que recordar a cierto número de religiosos o consagrados que emiten votos pero no reciben las órdenes sagradas y que deberían ser considerados laicos. Sin embargo, por su estado de consagración ocupan un lugar especial en la Iglesia y se distinguen de los demás laicos. De esta manera el Concilio consideró laicos a los que no son clérigos ni religiosos[2].

Laico en términos constitucionales se podría traducir como uno del Estado de Derecho, es decir, como «un ciudadano». Un sujeto de derechos y de deberes, un titular de libertades. Así nos encontramos con que un laico es uno del pueblo de Dios que además y a la vez es uno del Estado de Derecho, un fiel de la Iglesia que además es un ciudadano.

Pero ante esta dualidad del laico, que por otra parte es natural y espontánea, se plantea la cuestión de si el laico por ser fiel de la Iglesia tiene la libertad necesaria para actuar en la vida pública. Se piensa que ser cristiano supone abdicar de la esencial libertad de poder elegir entre distintas opciones posibles para participar en la vida pública.

Sin embargo, la libertad así entendida queda muy alejada del compromiso político que cualquiera reclama y considera esencial en quien se dedique a la vida pública. El cristiano tiene que actuar en la vida pública como a él personalmente le parezca que debe actuar. Esto a su vez significa que la actuación coherente del cristiano tiene que ser una cuestión de autenticidad personal y no tanto de confesión religiosa. Si un cristiano no defiende el aborto, no es porque la Iglesia se lo prohíba, sino porque el aborto es un crimen. La Iglesia puede ayudar al cristiano y enseñarle la verdad de las cosas, pero no puede imponer una actuación política de los cristianos.


2. La plaza pública

Y este hecho de comparecer el cristiano con los demás ciudadanos, que son sus iguales, en la plaza pública para exponer sus ideas y sus razonamientos no es nada anormal. Todo lo contrario. La proposición cristiana del bien común, de la educación y de la vida y las demás cuestiones que son fundamentales en la vida de todo hombre no es un proposición religiosa o confesional, —siéndolo—, sino que es ante todo una proposición democrática. Porque esto es la esencia de la democracia que cada uno pueda proponer, no imponer, las ideas y planes que tenga por conveniente y que quien alcance la mayoría de apoyos consiga que su proposición salga adelante.

La democracia es la búsqueda de la verdad por medio del consenso y la mayoría, pero no la abdicación de la verdad. Tampoco es la democracia una imposición autoritaria de ninguna idea o propuesta y menos una lucha de poder. En esta democracia tiene cabida el cristiano, y el no cristiano. Y el derecho del laico a comparecer en la plaza pública junto con los demás del pueblo para hablar de las cosas comunes como las entiende un cristiano es un derecho de lo más democrático del mundo.

Porque en el ámbito democrático no importa tanto el origen de las ideas como que las ideas sean buenas y ayuden a conseguir el bien común. Esto es lo importante. Si no aceptamos algo porque «huele a cristiano, aunque sea conveniente» quien sale perdiendo no son los cristianos, sino la sociedad democrática, cristianos y no cristianos. Y este planteamiento aparte de poco democrático y nada razonable es muy empobrecedor.

Con las buenas soluciones debemos estar siempre porque antes o después nos acercan a la verdad y en la verdad se encuentra el bien común y la justicia social que son las metas de la política y del sistema democrático.

Buscar estas metas y luchar por alcanzarlas no limita al ciudadano ni lo condiciona, ni le priva de su libertad, sino que lo libera realmente porque le permite ser más persona, más de lo que él mismo es y menos de lo que no es.

El cristiano tiene el mismo derecho que los demás ciudadanos a participar en la vida pública sin tener que renunciar a nada que los demás no renuncien. Porque la esencia de la vida pública es participar en la construcción del bien común y para eso hay que aportar, no hay que renunciar. Es uno más y sus propuestas pueden ser aceptadas o rechazadas, pero siempre sobre la base de la argumentación racional[3]. A fin de cuentas lo que es verdaderamente importante no es qué inspira a un ciudadano sus propuestas, sino que tales propuestas sean sólidas, eficaces y procuren un bienestar común y una mejora respecto de la situación anterior. Y esto es lo que hay que valorar.

La medida de toda política es la justicia. Pero la razón práctica no siempre tiene la lucidez necesaria para discernir la solución justa ante el deslumbramiento de los intereses particulares y el afán de poder. La Iglesia puede ayudar a purificar la razón de las interferencias del poder y los intereses, pero no es su misión actuar en las realidades temporales. Al laico como ciudadano del Estado sí le corresponde en primera persona esta actuación que consiste en configurar rectamente la vida social, respetando la legítima autonomía de las cosas temporales y cooperando con los demás ciudadanos[4].


3. La profesión de la fe

Y en toda esta actuación en la vida pública de los laicos surge la pregunta de si el laico está obligado a profesar su fe en el ámbito político[5]. Desde luego no cabe duda que una cosa es profesar públicamente su fe y otra que pueda actuar desoyendo a su conciencia y sin coherencia con su fe.

Empecemos por esto segundo. El laico en todo caso debe actuar como tal cristiano en coherencia con los principios morales y éticos de la Iglesia que son los de su fe. Lo contrario además de absurdo sería una burla y en fraude para sus conciudadanos quienes esperan que el cristiano actúe como tal y no como lo contrario a lo que es. Esta coherencia es la que se espera de cualquier ciudadano sea de la creencia que sea. Por tanto, el laico no puede prestar su apoyo a medidas que sean injustas o que vayan contra la doctrina de la Iglesia, ni aun cuando se pretendiera una finalidad deseable o buena puesto que nunca el fin puede justificar los medios ilícitos empleados.

Pero volviendo a la primera pregunta, la profesión pública de la fe, habrá que responder que a pesar de la importancia personal que puede tener, en sí mismo, es un dato secundario y más propio del cotilleo personal que de la acción pública. En la medida que al sistema democrático lo que le interesa son las proposiciones bien argumentadas que busquen y faciliten el bien común es indiferente que estas soluciones tengan la etiqueta de cristianas o no. Si son buenas nos tenemos que encontrar del mismo lado porque en el bien y en la verdad estaremos siempre juntos.

Sin embargo, seguro no faltarán ocasiones para profesar las propias creencias aunque más como una consecuencia del planteamiento personal de las cuestiones que como el origen de las mismas. El cristiano está llamado a plantear a la sociedad cuestiones fundamentales sobre el hombre y el bien común que la buena fe y el amor a la verdad presentan como irrenunciables. Tales son el respeto de la vida desde su concepción hasta su muerte natural; el renacimiento de la familia fundada en el matrimonio indisoluble de un hombre con una mujer; el derecho de los padres a educar a sus hijos; el derecho de cada hombre a expresar libremente su religión y creencias; el desarrollo de la economía al servicio del hombre y del bien común; la solidaridad de los hombres y de los pueblos; la paz de las naciones...

Será la propia actuación del cristiano la que profesará su fe en la vida pública y si no es así podemos estar seguros de que algo importante no está funcionando como se esperaba. El cristiano camuflado o mimetizado con la sociedad no será un auténtico cristiano.


4. Un lugar en la sociedad

Y a todos nos alcanza comprender que para ocupar cargos públicos hay que tener preparación y además oportunidad. Presidente sólo hay uno, diputados más y concejales algunos más, pero aún así se acaba pronto la lista de ocupaciones. No sé si podré tener esa oportunidad o no. Lo que sí sé es que hoy mismo sí puedo ser un buen ciudadano. Responsable de la cosa común. Que no deja el mundo donde vide fuera de su hogar, sino que lo hace pasar a su casa cada vez que entra en ella, para compartir con su mundo sus quehaceres, sus inquietudes, sus esperanzas. Comprometido para dar y seguir participando en la construcción de la casa de todos.

Y esto se hace cada día, en la escuela y en la fábrica, en la oficina y en el almacén, en la parada del autobús y en el ascensor, en el trabajo y en las vacaciones. Siempre tengo la ocasión de comprometerme en ser un buen cristiano que muestre a los demás que la vida es importante, que el hombre es digno y valioso, que los derechos humanos nos pertenecen por derecho propio, que Dios existe y adorarle nos ennoblece, que la violencia no soluciona los problemas, que perdonar es propio de los hombres...

Porque, a fin de cuentas, ser cristiano no es frecuentar tal o cual práctica, ni seguir una lista de mandamientos y deberes; ser cristiano es, ante todo, creer en Dios, esperarlo todo de Él y querer amarle a Él y al prójimo de todo corazón[6]. El objetivo de los laicos en su vida pública es la renovación moral de la sociedad, restaurar la adecuada jerarquía de valores donde el hombre esté por encima de las cosas, el ser por encima del tener y el amor por encima de la mera satisfacción.

Es preciso un cristiano a la altura de los tiempos modernos que vivimos, como siempre ha sido necesario un cristiano a la altura de su tiempo. El gobierno de las cosas temporales requiere más de principios morales que de acuerdos internacionales que todos dudan de su cumplimiento. «La suerte futura de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar» (Gaudium et Spes, 31,3).



Felipe Pou Ampuero

[1] Juan Pablo II, Catequesis sobre los laicos, Audiencia general, 27 de octubre de 1993.
[2] Cfr. Lumen gentium, 31.
[3] Cesar Izquierdo, Libertad del cristiano en su acción social y política, Nuestro Tiempo, julio-agosto 2006, nº 625-626, p.99.
[4] Benedicto XVI, Enc. Dios es Amor, n.28.
[5] Cesar Izquierdo, op. Cit. P.107
[6] Jacques Philippe, La libertad interior, Patmos, Madrid, 2005, p.108.

domingo, octubre 01, 2006

18. Razonable

Fecha: 1 de octubre de 2006
TEMAS: Fe, Razón, Verdad.

RESUMEN: 1. La postura del hombre frente a la existencia de Dios se reduce a una disyuntiva: vivir como si Dios no existiera o, por el contrario, vivir como si Dios existiera.

2. Pero ¿alguna vez se nos ha ocurrido pensar que, en cualquier caso, sería bueno que Dios existiera? Lo mejor para el hombre y para la humanidad, lo más razonable es que Dios exista.

3. Parece que la existencia de Dios es más razonable que su inexistencia y para la vida del hombre sería más asequible y tranquilizador que Dios existiera. Sin embargo, no tenemos pruebas científicas de la existencia de Dios.

4. Cuando una madre hace lo imposible por un hijo, cuando un hombre ama a una mujer y siempre que un hombre pone empeño en conseguir algo es el espíritu el que vence a la materia y proclama que la persona es algo más materia.

5. La ciencia es capaz de conocer una parte de la realidad, la que puede llegar a comprobar, pero la ciencia humana no agota la realidad. Una cosa es que la ciencia actúe con métodos racionales y otra que la razón quede limitada por la ciencia, que no es así.

6. Que el hombre no sea capaz de entender las razones de Dios no significa que Dios no tenga razones o no tenga razón.

SUMARIO: 1. Como si Dios existiera.- 2. El espíritu.- 3. El sentido de las cosas.- 4. El método científico.- 5. La realidad.- 6. El Logos.

1. Como si Dios existiera

Ante la existencia de Dios cualquier hombre puede adoptar distintas posturas. Pero en resumen la postura del hombre frente a la existencia de Dios se reduce a una disyuntiva: vivir como si Dios no existiera o, por el contrario, vivir como si Dios existiera. La elección de una u otra postura depende de muchas razones. Para los que creen que Dios existe acaban concluyendo que creen por la fe. Con esta explicación dejan un poco atónitos a los que no tienen fe, porque parece que la existencia de Dios dependiera solamente de la fe personal.

Para los que opinan que Dios no existe manifiestan que la existencia de Dios no es verificable, no se puede comprobar científicamente y, por tanto, la cuestión sobre la existencia de Dios no pertenece al mundo de la realidad, sino al mundo subjetivo de la imaginación de cada uno. Allá cada cual con lo que quiera creer y pensar.

Pero ¿alguna vez se nos ha ocurrido pensar que, en cualquier caso, sería bueno que Dios existiera? Lo mejor para el hombre y para la humanidad, lo más razonable es que Dios exista. Cuando contemplamos la naturaleza y el mundo creado, el firmamento, y todo lo que existe y nos parece tan armonioso que cada cosa esté en su sitio y que haya un tiempo para cada cosa, todo eso nos lleva a pensar que existe un orden en la existencia de las cosas, que cada cosa creada tiene unas leyes dentro de sí que dicen cómo tiene que ser. Y existe una armonía en la creación que no sería posible si Alguien no lo hubiera hecho[1].

Si Dios no existiera todo sería consecuencia de un caos, de un desorden y de una casualidad. A la postre todo sería consecuencia de un absurdo sin sentido. Sería un despropósito que de lo anormal se derivara lo normal. Para ninguno de nosotros tiene sentido que de lo absurdo y sin sentido se pueda derivar lo razonable y el sentido de las cosas. Por pura casualidad no se hace un mundo.

Es verdad que no tengo la certeza científica de que el origen del universo sea obra de Dios, pero tampoco tengo certeza científica de que el origen del universo se deba a una casualidad. Y puestos a no poder comprobar ninguna de las dos tesis prefiero quedarme con la tesis más razonable que me dice que el mundo tiene un orden interno y unas leyes que lo rigen y hacen funcionar y que todo esto es obra de un Ser superior que lo ha creado y no de la pura casualidad.

2. El espíritu

Los hombres tenemos espíritu. No somos solamente materia —carne con ojos, que diría alguien—. El hombre no es una máquina, ni un robot. Aunque podríamos explicar que las potencias, la inteligencia, la voluntad, el temperamento, el carácter, el temple de cada uno y su estado de ánimo, al fin y al cabo, no son sino procesos químicos de sustancias que se unen en nuestro cerebro —que no deja ser una parte de nuestro cuerpo y materia es— y que provocan reacciones en el hombre. Sin embargo, el hombre es capaz de vencer a su propio cuerpo y a su propia materia, de ir contra su propia química, de vivir conforme a su voluntad y no conforme a su necesidad. Cuando una madre hace lo imposible por un hijo, cuando un hombre ama a una mujer y siempre que un hombre pone empeño en conseguir algo es el espíritu el que vence a la materia y proclama que la persona es algo más que materia.

Ese algo más que llamamos espíritu y que supera a la simple materia ¿de dónde viene? ¿cuál es su origen? Podemos pensar que está ahí sin más. Pero es más razonable pensar que tenemos espíritu por alguna causa que ha sido capaz de infundirnos el espíritu. De algún sitio procederá el espíritu ya que no procede de la materia, puesto que no es materia. Lo razonable es pensar que el espíritu procede de un Ser superior que nos dio el espíritu como participación de su propio espíritu. No lo tengo comprobado pero, en mi opinión, es más razonable pensar esto que su contrario.


3. El sentido de las cosas

El propio sentido de las cosas, de las maneras de actuar las personas, de los modos de comportarnos y de vivir en sociedad con los demás. Tenemos una noción de lo bueno y de lo malo. De lo que es comportarse con corrección y de lo que significa ser una mala persona. El sentido común nos dice que existe una manera de estar que es la adecuada. Que nos debemos comportar con sencillez, con veracidad, con valentía, ser sinceros y más cosas. El sentido común nos dice que es mejor ser de esta manera que de la contraria. Que los falsos, los malvados, los cobardes, los traidores no son buena compañía ni hacen bien a nadie. Y todo esto ¿por qué es así? ¿Será por pura causalidad o porque existe una referencia precisa de lo que está bien y de lo que está mal? Porque los hombres no podemos comportarnos de cualquier manera, sino tan solo de la manera acertada y el que no se comporta de la manera acertada se equivoca, no acierta y a la postre es un desgraciado y un infeliz en la vida. Puedo pensar que esto es así por pura casualidad o puedo pensar que existe el Bien, la Verdad, la Vida y el sentido de las cosas. Que todo esto sólo lo puede explicar Aquel de quien proviene el bien porque es el mismo Bien. Puedo pensar lo contrario, pero me parece más razonable pensar que existe un Ser superior que es la referencia de la vida, es el Absoluto, es el Ser por excelencia que da la medida a los demás que tan solo existimos participando del ser.


4. El método científico

Los científicos tienen unos métodos de investigación. Siguen unos procesos racionales por medio de los cuales avanzan en sus experimentos y pueden llegar a descubrir nuevas realidades que antes estaban allí pero nos eran desconocidas. No crean nada, pero lo descubren: amplían nuestro concepto de la realidad. Es el razonamiento humano que sigue los dictados de la lógica. De lo simple se llega a lo complejo, de lo sencillo a lo complicado, de la unidad a la pluralidad, de las premisas a las conclusiones, de la parte al todo. Las personas no somos seres absurdos o sin sentido, no somos seres que actúan por causalidades de la vida. No nos comportamos así. No sería lógico pensar que el mundo y la realidad que nos rodea y nos esforzamos en conocer razonadamente existan por causas no razonables. En tal caso los científicos estarían perdiendo el tiempo: ¿por qué buscar razones en la realidad cuando la realidad no obedecería a ninguna razón? Y, por cierto, qué miedo ¿no? Porque si todo fuera fruto de la casualidad qué sería de nosotros mañana.

El hombre desde que tiene noticia de sí mismo se realiza siempre la misma pregunta que es fundamental para cada uno: ¿quién soy? ¿para qué vivo? ¿cuál es el sentido de mi vida? Si Dios no existiera dónde estaría la verdad: ¿en la opinión de cada uno? Pero esto es tanto como declarar que no existe la verdad, sino la propia opinión. Lo que prevalecería sería la suma de las opiniones, es decir, la mayoría. Pero la mayoría que se pudiera defender frente a la opinión solitaria pero más poderosa.

Frente al estado totalitario la mayoría de la población oprimida opina que el opresor debe desaparecer, pero el opresor no reconoce esa opinión mayoritaria como verdadera. Además la mayoría por sí misma no es más razonable. Si el ochenta por ciento de un parlamento vota que somos extraterrestres no tengo por qué estar de acuerdo con tal decisión por muy mayoritaria que sea.

Mi vida no vale nada si depende de la opinión de los demás, de la mayoría o del poderoso. Porque entonces mi vida deja ser valiosa para convertirse en sólo útil o provechosa para la mayoría o el opresor. No. Mi vida vale por sí misma y esto es así porque existe la Verdad y esa verdad dice que mi vida es valiosa y no simplemente útil. Y esto sólo puede ocurrir, razonablemente, si existe un Ser superior que dice lo que está bien y lo que está mal, lo que es verdadero y lo que es falso.


5. La realidad

Parece que la existencia de Dios es más razonable que su inexistencia y para la vida del hombre sería más asequible y tranquilizador que Dios existiera. Sin embargo, no tenemos pruebas científicas de la existencia de Dios. Tenemos testimonios y declaraciones de otras personas, que han visto, que han oído, que han sentido… Pero la existencia de Dios es una realidad que no se puede comprobar científicamente. No podemos demostrar que Dios existe porque la existencia de Dios no es verificable por procedimientos humanos.

Para algunos esto es suficiente para concluir que si Dios no es demostrable Dios no existe. Dicen esto porque presuponen que la realidad está delimitada por aquello que podamos comprobar con métodos experimentales. Como si todo lo que no se pudiera comprobar no existiera.

Las cosas no son así. La realidad es superior a la ciencia, más amplia y más rica. La ciencia es capaz de conocer una parte de la realidad, la que puede llegar a comprobar, pero la ciencia humana no agota la realidad. Esto es una pretensión cientifista, que no es lo mismo que científica. Por otra parte, la razón y lo racional no queda limitado por la ciencia, como si solo fuera racional aquello que la ciencia experimental ha podido comprobar y certificar. Una cosa es que la ciencia actúe con métodos racionales y otra que la razón quede limitada por la ciencia, que no es así.

La razón es superior a la ciencia. La pregunta del por qué del hombre y la razón de su existencia no la puede contestar la ciencia experimental y, sin embargo, la contestación a estas preguntas no pueden ser sino racionales porque el hombre como tal es un ser racional por esencia. Es verdad. Si no sé la fórmula del ácido acetilsalicílico no me importa mucho y puedo pasar sin saberlo la vida entera. Pero si no sé qué pinto en la vida y qué hacer con mi vida tengo un problema serio.

La persona no es un mono con raciocinio. Es distinto. Es otra cosa. Es persona. La razón es esencial a la persona. Y hasta aquí vemos que es más razonable que Dios exista. Si ese Dios al que descubrimos como razonable ha creado un mundo razonable también sería razonable pensar que el Ser superior que ha causado todo esto es un Ser razonable, con razón, racional. Dios no es un ser caprichoso, juguetón, de voluntad modificable y ligera. No es razonable pensar eso de Dios. Es más razonable pensar que Dios es razonable, más aún, pensar que Dios es la misma Razón, el «Logos». Y por ser la Razón sus obras son razonables.


6. El Logos

Pero la razón de Dios no es la razón del hombre. Ni tampoco es lógico pensar que la razón del hombre, que es inferior, puede comprender la razón de Dios que es superior. Esto sería tanto como querer introducir el mar dentro de un vaso de agua. Lo mayor no puede caber dentro de lo menor. Y el que el hombre no sea capaz de entender las razones de Dios no significa que Dios no tenga razones o no tenga razón.

Es más razonable pensar que puesto que el hombre no puede comprender del todo a Dios es el mismo Dios quien se acerque a la razón del hombre y le descubra verdades que con la razón humana el hombre nunca podría descubrir.

Si resulta que lo razonable es que Dios exista y además también es razonable que de existir Dios exista como Razón, la Palabra de Dios es buena y nos conviene porque, ante todo, es razonable. No es solamente conveniente o favorable sino razonable. Y siendo razonable de quien es la Razón tendremos que concluir que la Palabra de Dios es necesaria para el hombre porque le muestra el camino de su felicidad y el sentido de su vida. ¡Atención! No un posible sentido de su vida entre otros muchos, sino precisamente el verdadero sentido de su vida, no comparable con ningún otro sentido.

Ante los dictados de la moral y de la ética, el hombre moderno se muestra receloso porque piensa que tales normas coartan y limitan su libertad. Le oprimen y no le dejan ser él mismo. Por tanto, concluye el hombre moderno, es necesario liberarse de las ataduras y suprimir la esclavitud de la norma moral. Nada más erróneo.

Las normas morales no son un límite de la expresión humana. Al contrario, son el único medio adecuado para la expresión humana. Por medio de la moral y de la ética basada en la verdad de Dios el hombre se encuentra consigo mismo y es capaz de ser verdaderamente hombre y no sólo animal o solo materia o solo un absurdo. «Si Dios no existe, todo me está permitido» repetía el ateo de Iván Karamazov, y no le faltaba razón.

Quién es más humano, pregunto, Teresa de Calcuta o Atila, por poner dos ejemplos. Los dos eran personas humanas, desde luego. Pero no han representado la humanidad de la misma manera, ni nos identificamos con ellos en la misma medida. Con quién me identifico mejor con el vecino amable y servicial o con el que miente, engaña y extorsiona a cuantos se encuentra en su camino.

¿Entonces creer que Dios existe es una cuestión racional? Bien sabemos que no. Si fuera así la cuestión se habría resuelto hace mucho tiempo. «El problema estriba en si el mundo proviene de lo irracional —y si la razón no es más que un subproducto, quizá incluso dañino, de su desarrollo— o si el mundo proviene de la razón y es consiguientemente su criterio y su meta»[2].

Ante lo que el hombre no llega a comprender debe suplir su incapacidad con un voto de confianza en lo más razonable. Porque la razón humana tampoco es fruto de la casualidad, sino imagen de la Razón creadora. El hombre sí puede comprender que la fe en Dios no es humana. El hombre siempre estará limitado por sí mismo y no será capaz de conocer más de lo que su inteligencia y su razón le permitan conocer.

La fe es un don divino y como tal excede a la razón del hombre. Sin embargo, la razón del hombre puede ir recogiendo las pistas razonables de la vida y de la naturaleza que le llevarán al don de la fe. «La alegría que Mozart nos regala, y que yo siento de nuevo en cada encuentro con él, no se basa en dejar fuera una parte de la realidad, sino que es expresión de una percepción más elevada del todo, que yo solo puedo caracterizar como una inspiración, de la que parecen fluir sus composiciones como si fueran evidentes»[3].


Felipe Pou Ampuero

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, n.3.
[2] Card. Joseph Ratzinger, Europa en la crisis de las culturas, Subiaco, 1 de abril de 2005.
[3] Benedicto XVI, Mi Mozart, www.alfayomega.es

domingo, julio 02, 2006

17. Los derechos


Fecha: 2 de julio de 2006

Temas: Derechos, vida, solidaridad.

RESUMEN: 1. Los derechos de los hombres no son una invención del siglo pasado son, más bien, un descubrimiento del siglo pasado, como se descubrió el nuevo continente que estaba allí desde siempre pero no lo sabíamos.

2. Los hombres tenemos muchos derechos, pero el primero de todos los derechos de los hombres es el derecho a la vida, a la propia vida y a la vida de todos los demás.

3. No solo la propia vida es un don, también el resto de los derechos de los hombres son una donación que se concede a los hombres para proteger el valor de cada hombre.

4. La dignidad del hombre es un acto de amor que supera lo justo y lo debido hasta alcanzar lo querido, lo amado y la misericordia.

5. El amor a la vida no permite negar ninguna vida. Mi derecho a la vida no puede servir para negar la vida de nadie, ni la defensa de mi propia vida justifica la negación de ninguna otra vida. El derecho a la vida es un acto de amor donde todos estamos unidos y nadie puede quedar excluido.

SUMARIO: 1. Los derechos de los hombres.— 2. El primer derecho es un don.—3. Un acto de amor.— 4. Contra el abuso.

1. Los derechos de los hombres

Recién acaba la Segunda Guerra Mundial el hombre experimentó una de las más grandes humillaciones de la historia cuando entró en los campos de concentración nazis donde todavía las cenizas de los hornos crematorios cubrían el suelo de gris...[1]. La comunidad de las naciones se apresuró a aprobar una Declaración Universal de los Derechos Humanos en cuyo preámbulo se puede leer que «el desconocimiento de los derechos humanos ha originado actos de barbarie ultrajantes».

El pasado siglo XX nos «descubrió» los derechos humanos que, si se me permite, prefiero llamar los derechos de cada hombre o los derechos de los hombres. Porque lo que existe, los que existimos, somos los hombres, todos y cada uno de los hombres y mujeres, los reales, aquellos con los que nos cruzamos por la calle cada día. A veces, parece que cuando se habla de los derechos humanos nos estamos refiriendo a los derechos de «los humanos» como si fueran alguien distinto de nuestros vecinos, de nuestros colegas, amigos, parientes, etc. Los humanos no existen, existen Juan, Pepe, María, Alberto, Inés...

Los derechos humanos son derechos de cada hombre porque le pertenecen a cada uno no por concesión o atribución generosa del mandatario de turno o de la mismísima comunidad de naciones que se reúne en no sé donde y deciden , en un acto de generosidad, conceder la ciudadanía a los humanos que hasta entonces estaban esclavizados por el poder. Pues no. Los derechos de los hombres son derechos originales, propios, implícitos en la condición humana, son la marca de origen, el contraste con el que nacemos y en este sentido los derechos de los hombres no son derechos concedidos por nadie, sino que deben ser —tienen la obligación de ser— reconocidos por todos los hombres, incluso por los poderosos, hombres también, que detentan cualquier tipo de poder [2].

Los derechos de los hombres no son una invención del siglo pasado son, más bien, un descubrimiento del siglo pasado, como se descubrió el nuevo continente que estaba allí desde siempre pero no lo sabíamos. Y ¿por qué los hombres tenemos derechos? Y ¿por qué los tenemos por nacimiento y de origen? Los derechos de los hombres no tienen su fundamento en la categoría moral, los méritos, las propias virtudes, el prestigio social o cualquier otra consideración que se pueda pensar. El único fundamento de los derechos es la dignidad del hombre, la dignidad de cada hombre y de cada mujer. Cada uno somos dignos, que es tanto como decir, que cada uno somos valiosos, tenemos un valor único, infinito y este valor nos hace titulares de unos derechos que son propios, autónomos y originales. Porque como decía Kant en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres: «Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por lo tanto, no admite nada equivalente, eso tiene dignidad»[3].

Y ¿por qué somos dignos y valiosos? Pues porque llevamos en nuestro corazón una semilla de eternidad que no es otra cosa que la «imagen y semejanza del Creador». Somos valiosos porque somos algo más que simples hombres, algo más que seres animados, que seres racionales. Todo esto es mucho y, a la vez, dice muy poco. Porque los hombres somos, ante todo, «hijos de la promesa», seres queridos por Dios uno a uno, así cada uno hasta el fin. No cabe el peso, ni la medida, ni la cantidad, sólo cabe la unidad de cada uno, somos únicos porque somos eternos y por esto somos seres valiosos y dignos, más valiosos que el resto de los seres creados.

Según las épocas y las corrientes de pensamiento se ha podido hacer más hincapié en unos derechos o en otros y sería difícil enumerar una lista de los derechos de los hombres. Podemos ser más exactos si los definimos por su finalidad: son derechos de los hombres todos los necesarios para respetar la dignidad personal de cada hombre. Los hombres tenemos derecho de origen a fundar una familia, a educar a nuestros hijos, a reunirnos y asociarnos, a expresar nuestras ideas, a vivir y manifestar nuestras creencias y fe, a tener un trabajo digno y un salario justo, a albergar la esperanza de un futuro pacífico y sosegado, a un descanso merecido...

Los hombres tenemos muchos derechos, pero el primero de todos los derechos de los hombres es el derecho a la vida, a la propia vida y a la vida de todos los demás[4]. El derecho a la vida es derecho de origen, los hombres no podemos dar ni quitar este derecho a los demás, como tampoco podemos conceder derechos a los demás hombres, no es lícito negar los derechos humanos a los hombres. Cabalmente los hombres solo podemos reconocer el derecho a la vida de los demás y, al menos, no impedir que este derecho no pueda ser ejercido por su titular.

Sin el derecho a la vida carecen de sentido los demás derechos. En el cementerio nadie reclama sus derechos. Ningún muerto se preocupa de su libertad de expresión. Los derechos precisan de la vida para existir y para poder ser ejercidos, para servir a la finalidad por la que fueron concedidos. Los derechos de los hombres hablan de la vida de los hombres y son el mayor portavoz de la vida humana. Tan es así que siempre que se defiende algún derecho se está defendiendo la vida que es necesaria para ejercer este derecho.

Por esto se delata la falsedad de quien pretende defender todos los derechos humanos sin defender el primero y necesario de los derechos que permite que todos los demás existan. Sin vida no existen derechos.


2. El primer derecho es un don

Y ¡oh sorpresa! El primero de los derechos de los hombres, el derecho a la vida no es un derecho es un don. La vida no es propia, no es propiedad del titular. Los derechos de los hombres —y la propia vida es el primer derecho— no son derechos de poder, de fuerza, de atribución. Son derechos de dignidad, de respeto, de valor propio. No tengo derecho a la vida porque mi vida sea importante, porque sea político, o inteligente, o superdotado o porque sea muy rico y mi vida valga mucho. Pues no.

Los derechos de los hombres no son derechos merecidos y, por tanto, no son derechos propios de cada uno a la manera como se pueden entender el derecho de propiedad sobre mi casa o sobre mi bicicleta. Mi vida tiene un valor no por mí, sino por quien me la ha concedido, y el resto de todos mis derechos tienen un valor no porque yo sea una persona muy interesante, sino porque soy imagen del Creador.

No solo la propia vida es un don, también el resto de los derechos de los hombres son una donación que se concede a los hombres para proteger el valor de cada hombre. No son derechos de propietario. Una de las facultades que integran el derecho de propiedad es el llamado poder de disposición por el cual el propietario puede disponer libremente y a su voluntad del objeto sobre el recae su derecho. Así yo puedo regalar mi bicicleta y quedarme sin ella. No funcionan así los derechos de los hombres.

No podemos ejercer los derechos de los hombres como si fueran derechos de propiedad sobre las cosas que nos rodean. Entre otras consideraciones porque si dispongo de mi casa siempre puedo conseguir otra, o vivir de alquiler o en casa de mis parientes. Si dispongo de mi vida no tengo otra más, porque mi vida soy yo mismo y al disponer de mi vida estoy disponiendo de mí mismo.

Mi derecho a la vida no es igual que mi derecho sobre mi bicicleta. El derecho a educar a los propios hijos no es el alquiler de la vivienda, la libertad religiosa no es como el pago de los impuestos. Debemos tener presente que los derechos de los hombres tienen que ser ejercidos como lo que son, como un don, una concesión, un regalo, no como algo propio, sino como algo prestado y concedido que debemos conservar. Tenemos la obligación —así como suena, obligación— de conservar nuestra dignidad personal, de mantenerla y de defenderla de nuestros propios caprichos, en primer lugar, y de las injerencias de los poderosos después.

Los derechos de los hombres no son renunciables porque no son propios, no nos pertenecen. Se nos ha dado su ejercicio con una finalidad muy concreta, no para que nos apropiemos de ellos. Y el que se apropia de lo ajeno está hurtando. Los derechos de los hombres no son ciertamente de los hombres aunque corresponde a los hombres su disfrute y su ejercicio. Porque la vida no es algo que simplemente se tiene, sino algo que se es[5].


3. Un acto de amor

Si los derechos de los hombres son un don, una concesión gratuita, nos podemos preguntar por qué esto es así, por qué funcionan así los derechos de los hombres. El hombre es un ser creado. Pero el hombre no es un ser necesario para Dios. Dios no nos creó porque le «faltara algo» o se sintiera muy solo. Un Dios que es realmente Dios no puede ser incompleto o necesitado, luego nuestra existencia debe tener otra explicación.

Si Dios no necesita al hombre ¿por qué creó al hombre? Sólo cabe una respuesta segura. Dios crea al hombre por amor al hombre y además crea libre al hombre para que le pueda amar libremente. El hombre es un acto de amor de Dios y la dignidad del hombre es verdadera imagen del amor de Dios: tal como Dios ama al hombre es el hombre de digno.

El ejercicio de los derechos de los hombres no puede quedar reducido a la simple contabilidad jurídica del toma y daca. Yo te doy un precio y tu me das una cosa. Te pago el alquiler y me dejas vivir en tu casa. Me temo que no funciona así el ejercicio de los derechos de los hombres. La dignidad del hombre sólo puede ser entendida en las coordenadas del amor y, por tanto, supera con creces las medidas de lo justo, de lo debido, de lo que a cada uno corresponde.

La dignidad personal no es lo correspondiente a cada uno, lo justo, lo propio. Por lo menos no lo es en el sentido de justicia sobre las cosas materiales, el coche, la casa, el patrimonio. La dignidad del hombre es un acto de amor que supera lo justo y lo debido hasta alcanzar lo querido, lo amado y la misericordia. Porque la misericordia supera la justicia pero, todavía más, la misericordia explica la justicia porque no existe una justicia que se limite a ser solo justa. La verdadera justicia debe ser misericordiosa. «El hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad de amor»[6].

El ejercicio de los derechos no puede limitarse a ser solamente justo, sino que debe ser un acto de amor, algo más de lo debido, para empezar a ser precisamente lo querido, lo deseado, lo amado.


4. Contra el abuso

El amor no excluye, sino que une. Cuando se ama, se quiere, se pretende la unión con el ser amado. Cuando se ama no se rechaza o se anula o se ignora al ser amado. Eso no es amar. El derecho a la vida ejercido con amor y no solo con justicia es un derecho a todas las vidas, a las incipientes y a las terminales, a las fuertes y a las débiles, a las importantes y a las ignoradas, a las necesarias y a las desconocidas.

El amor a la vida no permite negar ninguna vida. Mi derecho a la vida no puede servir para negar la vida de nadie, ni la defensa de mi propia vida justifica la negación de ninguna otra vida. El derecho a la vida es un acto de amor donde todos estamos unidos y nadie puede quedar excluido.

Los hombres no podemos realizar un uso exclusivo o abusivo de nuestros derechos porque no se nos han concedido para ejercerlos de cualquier manera o la manera que nos pueda parecer más conveniente. Los derechos de los hombres que son hijos del Amor solo pueden ser ejercidos con amor, con misericordia y muy por encima de la simple justicia.

No podemos ampararnos en nuestro derecho a la vida cuando se mueren de hambre tantos millones de personas cada año. No podemos defender nuestro derecho a la educación cuando el subdesarrollo sigue paseándose por el mundo. No podemos defender nuestros derechos cuando tantos hombres no los tienen. El ejercicio de los derechos es solidario por definición. Yo no ejerzo mis derechos solo para mí, sino para todos los hombres que en este acto se concretan en mí.

No pido revolución, pero sí pido ocupación. Algo podemos hacer. Algo es más que nada y mucho menos que todo. Pero soy consciente de mi poquedad. No puedo mucho, casi nada, pero lo que puedo lo hago.

¿Qué puedo hacer por los derechos de los hombres en el mundo de hoy? Puedo ayudar con mi dinero para promover escuelas, dispensarios, bancos de alimentos, hospitales, ayudas a familias. Allí lejos y aquí cerca, sí también aquí cerca es necesario hacer algo por los derechos de los hombres.

Puedo ayudar con mi voz, con mi presencia, con mi trabajo, con mis ideas, con mi inteligencia. Puedo pensar, proponer soluciones, provocar reuniones, mostrar preocupaciones. Tanto en lo material como en lo espiritual, sobre todo en lo espiritual. No caemos en la cuenta que —al menos de hecho— actuamos como si solo de pan viviera el hombre y sólo nos preocupamos de las necesidades materiales. Estamos equivocados. «No sólo de pan vive el hombre» (Lc 4,4) y el verdadero bien de los hombres es reconocer el camino correcto en su vida. Acertar a saber vivir. Y en esto, las exigencias morales son humanas y, por tanto, necesarias para la vida cabal de todos los hombres.

Para ayudar a los derechos de los hombres, además de lo anterior, lo mejor que puedo hacer es amar a todos los hombres. «Las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad no son valores confesionales, pues tales exigencias están radicadas en el ser humano y pertenecen a la ley moral natural»[7].


Felipe Pou Ampuero

[1] Nieves García, Fundamentar lo evidente, www.mujernueva.org
[2] Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, n. 156.
[3] Nieves García, op.cit.
[4] Juan Pablo II, Enc. Evangelium vitae, n. 2
[5] Eduardo Terrasa, Posibles desencuentros entre yo y mi cuerpo, Nuestro Tiempo, noviembre 2005, nº 617, p. 82.
[6] Benedicto XVI, Enc. Deus Caritas est, 25 de diciembre de 2005, n. 29.
[7] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre el compromiso y conducta de los católicos en la vida política. Vaticano, 24 de noviembre de 2002.